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CAMPO DE MAYO

Félix Bruzzone  

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Fragmento

La anécdota es curiosa y, una vez contada, solo queda repetirla mil veces y en cualquier orden. A Fleje, que desde hace un tiempo se convirtió en corredor, le gustaría que ese orden fuera el que arma su carrera al correr. Un orden en el que todo está sobre la línea por la que él va o sobre la línea que trazan sus zancadas, que serían la misma cosa. Pero lo cierto es que ni el propio Fleje, siquiera al correr, podría ser tan directo y contundente. Lo directo, lo contundente, es la anécdota:

Fleje, apenas mudado con su familia a una casa de una planta frente a la plaza redonda del barrio Teniente Ibáñez, partido de Malvinas Argentinas, provincia de Buenos Aires, un barrio delimitado por el arroyo Basualdo, la avenida San Martín y las vías del ferrocarril Belgrano Norte, un barrio triangular, una especie de flecha o cuña que se clava en Campo de Mayo, la guarnición militar más grande del país, se entera, casi por casualidad, que su madre, secuestrada en la vía pública el 23 de noviembre de 1976, y desaparecida desde entonces, estuvo detenida por el Ejército Argentino, precisamente, en Campo de Mayo.

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O sea: Fleje se mudó, sin saberlo, a cinco cuadras de donde desapareció su madre.

Ahora, entonces, corre en su busca. Campo de Mayo está cerca, y su madre, piensa Fleje, muy lejos no debería estar.

Fleje no usa zapatillas, va descalzo. Hace tiempo que corre así. Entrenó. Sus pies son bolas de músculos coordinados y él siente cada uno de ellos como a una esfera (la perfección) o como un arma hipersensible y letal. Ahora se asoma entre unos arbustos y espía a dos soldados que mean en medio del monte. El día, por el calor, es un hisopo en llamas. Hace ruido Fleje. Los soldados se alertan. Uno de ellos, con el ruido, piensa en una comadreja, un chimango, un lagarto overo, y se da vuelta. Hay alguien, le dice al otro, el que corre. Fleje lo saluda desde los arbustos. El otro soldado, un poco más lento, también gira (mueve un poco el torso, en realidad, y voltea la cabeza) y se queda mirando a Fleje mientras termina de mear. Cuando los dos dan la voz de alto, Fleje ya saltó una zanja, el tronco de un árbol caído, con uno de sus pies descalzos hizo plaf en un charco, y se perdió en el pastizal.

Hoy el olor que viene del relleno sanitario, donde opera la CEAMSE, es demasiado ácido, y es como si el cielo entero, refulgente, fuera así, ácido y peleador. Los dos soldados se refriegan la nariz y avanzan, muy despacio, a campo travieso. Suponen que Fleje va a salir del pastizal rumbo a las colinas (o habría que decir montañas) del relleno, y acortan camino hasta una picada que conocen, donde empieza el monte. Uno le ofrece al otro un cigarrillo. No, fumar con este olor... Tiene razón: el calor hace que el olor recrudezca, como el brillo del cielo, que brilla tanto, tanto... Es que todo, inevitablemente, cerca de las colinas (o montañas) de basura, recrudece. Es como si allá, arriba de todo o en algún túnel oculto, quemaran litros y litros de kerosén, que deja ese fuerte olor a vinagre viejo.

Desde donde están los soldados se ven las antenas de la CEAMSE. Ellos ya entraron en la picada y esperan ver a Fleje (emboscada). La espera es breve. Fleje avanza al trote unos metros a lo largo de la picada hasta que ve a los soldados. Se detiene. Sabe quiénes son, la transpiración de la cara no le tapa los ojos, solo los nubla un poco. En cuanto los reconoce da un salto al costado y vuelve a sumergirse en el pastizal. Los soldados intentan correr para alcanzarlo, y corren un rato, pero corren por correr: ahora lo que saben (vuelven a saber) es que Fleje se les escapó.

A lo largo de la banquina de la avenida Ideoate (una ruta interna de Campo de Mayo, en realidad), tan ancha, suele haber gente que corre. No se trata de corredores comunes. Mucho menos de Fleje. Porque por esa banquina (y por cualquier camino o zona interna a Campo de Mayo) solo pueden circular (a pie) miembros del Ejército Argentino.

Estos son corredores que van y vienen entre la avenida San Martín (otra ruta, aunque llegando al Hospital Militar pueda parecerse bastante a una avenida) y Puerta 7. La banquina por la que corren los miembros del Ejército Argentino va paralela a la ruta y paralela a la hilera de paraísos que la adornan. Y más allá, el campo abierto, que también adorna la ruta y el entorno en general, donde no se alcanza a ver la soja (que en esta época del año también podría ser maíz) porque todo eso, aunque se sepa que está ahí, porque se huele, porque sería difícil pensar un campo sin soja (o sin maíz o sin trigo), está más adentro.

Ahora, por ejemplo, pasan corriendo una mujer y dos hombres. Van en alegre trío inseparable, divertidos mientras transpiran sus ropas, livianas a pesar del invierno. Deben ser suboficiales que salieron desde sus casas en el barrio Sargento Cabral. O desde algún comando de los que hay en el camino hasta allá. Si es así, cuando terminen de correr habrán corrido al menos diez kilómetros, cinco de ida y cinco de vuelta. Un buen plan que parece darle un orden a su entrenamiento diario. El orden que da pensar en números redondos. Sin embargo, de golpe se desvían y se internan en el campo abierto. Allí, años atrás, pastaban vacas. Y ahora está, o se intuye, la soja (o el maíz o el trigo). En ese caso, correrán menos, o más, de diez kilómetros. ¿O tendrán planeadas otras actividades, además de correr en medio del campo? ¿Irán rumbo al aeropuerto o rumbo a...? ¿Qué hay en esa dirección además de campo abierto y actividades inesperadas?

Es una tarde nublada la que Fleje eligió para empezar a correr. En su casa su mujer y su hijo dormían la siesta. El barrio donde vive (o vivía, porque ahora Fleje ya no vive, solo corre), a esa hora, los domingos como aquel en que salió a correr, es una más de las nubes que se apelotonan arriba, grises y quietas. Son nubes cargadas de agua, pero hoy no va a llover, pensó Fleje antes de empezar a correr; y tiene razón: no llovió. Él también estaba durmiendo. Lo despertó el helicóptero militar que pasó sobre su casa haciendo temblar las ventanas, el techo, las paredes. Fleje fue el único en despertarse con el ruido y entonces se le ocurrió salir detrás del helicóptero, corriendo, seguro de poder alcanzarlo y seguro de que no va a llover.

En el libro de Silvina Rocha que Fleje suele (o solía) leerle a su hijo (una bella versión de Alicia en el País de las Maravillas), dos soldados corren a una niña sin nombre. Los soldados responden a las órdenes de una reina que quiere atrapar a la niña porque ella se escapó de su cautiverio en el palacio, cansada de las trampas que le hace la reina cuando juegan al ajedrez. La reina, antes de que la niña se escape, como castigo a sus reclamos de juego limpio, sin trampas, le sacó el nombre y lo guardó en un cajón. Y desde entonces la niña anda sin nombre, escapando de los soldados.

Fleje, ahora, se toma un descanso y camina. En realidad, correr en medio del monte no lo cansa, o lo cansa poco, porque siempre al cansancio le gana la obligación de estar atento a esquivar ramas, a no caer en pozos ni tropezar con piedras o troncos atravesados (o trampas). Así, el descanso se posterga. Pero… ¿hasta cuándo? Fleje no lo sabe. Lo que sí sabe es que, de cualquier modo, debe descansar, y es por eso que aminora la marcha, camina, y así, caminando, llega al río Reconquista.

Antes, cuando todavía no se había lanzado a su aventura de corredor sin freno, viajaba en tren y siempre atravesaba ese río. Lo atravesaba cuando viajaba en el Belgrano Norte, en el San Martín, en el Urquiza. También lo atravesaba cuando iba de San Miguel a Hurlingham por la ruta 8 o de Don Torcuato a San Isidro por el Acceso Norte. Muchas veces lo cruzaba. Pero ahora no. Se detiene, hay cierto espíritu explorador en su pararse frente al río. Le hablaron de animales extraños que viven en la orilla. Le hablaron de tortugas gigantes y la sola esperanza de encontrarse con una de ellas lo enciende casi tanto como la emoción de correr. Pero el río está ahí, manso y podrido, como siempre, y sus orillas negras no parecen abrir los brazos a forma de vida alguna. Y es entonces que Fleje ve, en la orilla de enfrente, a tres operarios que cargan cajas blancas. Van de un galpón a otro. Las cajas son el doble de altas y el doble de anchas que cualquiera de ellos y Fleje deduce que son muy livianas. ¿Qué habrá adentro?, ¿más cajas?, ¿aire?, ¿tuppers? Fleje se siente parecido a uno de los operarios que, al igual que él, decidió no cargar más cajas y ahora descansa (y fuma) junto a una grúa que evidentemente nadie va a usar (las cajas, Fleje lo supone, pero no lo sabe, son realmente muy livianas). El operario que descansa y fuma ve a Fleje y lo saluda y le hace señas para que se acerque. Para eso, piensa Fleje, habría que cruzar el río, y no hay balsa. Fleje se encuentra así frente a un hecho crucial. No porque alguien lo haya descubierto (ya fue visto muchas veces y él sabe que es un corredor perseguido); lo que cambia, ahora, en su larga carrera, es descubrir que el río Reconquista es su límite. Y piensa: ¿pu ...