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CAPANGAS A LA CANCHA

Gustavo Grabia  

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Fragmento

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A Lau, por el hechizo inacabable.

Y a Joaquín y Fede, por lo efímero,
lo eterno y todo lo demás.

AGRADECIMIENTOS

Al Chopo y a Marcos, ellos saben por qué. A mi viejo, por mucho más que hacerme de Ferro, y a mi vieja, por mucho más. A los añejos relatos de Víctor Hugo y a los cracks de Sport 80, que me llevaron a amar el periodismo deportivo, y a Mariano Hamilton y Juan Zuanich que me enseñaron a dignificarlo. A Emilio Salgari, aunque él no se dé por enterado. Y como cada día transcurrido, a los jugadores que dejaron la vida por el Verde de Caballito y a aquellos que, por no hacerlo, me permitieron putearlos.

PONELO AL TANQUE

La asamblea extraordinaria era un volcán en ebullición. Primero pensamos en hacer un cónclave de mesa chica, para encontrar una solución entre los que teníamos la responsabilidad de lo que estaba sucediendo. Pero después, Juan Pablo Trenuti, el tesorero del club —y hay que decirlo, el más cagón de la dirigencia—, propuso hacer una asamblea extraordinaria porque el futuro, afirmó, dependía de todos. Estaba claro que quería una decisión en conjunto con la masa societaria, cosa que si todo salía mal, no habría un culpable único, que temía ser él. Porque algunos ya cuestionaban que si habíamos llegado a esta situación límite era porque se había malgastado el dinero en unos cuantos matungos. Pero claro, él en todo caso solo seguía órdenes. ¿De quién? De Milagros Miramonte, nuestro presidente, cuyo nombre se debía a que su madre quedó embarazada a los 56 años pero en la década del 60, cuando no existía la fertilidad asistida y el deme dos del congelamiento de óvulos era una utopía. Y aunque la familia intentó desalentarla porque Milagros era nombre de mujer y el bebé tenía pene, doña Miramonte, cabeza dura como toda siciliana, se mantuvo en la suya. “Lo’ médico’ dicen que es un miracle y así se va a llamar mi hijo”, repetía hasta el cansancio. Mirado en retrospectiva, fue la primera mujer con mirada inclusiva en cuestiones de maternidad. Claro que cuando nuestro presi hizo la primaria y la secundaria, esas cuestiones sociales no estaban demasiado avanzadas. “Hacé un milagro y volvete hombre”, le gritaban los muy turros. Bullying y Milagros podrían haber sido sinónimos por ese entonces. Pero él, supongo que por esa adversidad, se hizo fuerte, se agarró a piñas con cuanto compañero osaba gastarlo y esa convicción de que nadie lo iba a pasar por encima por más nombre femenino que le hayan puesto, lo terminó depositando un día en la presidencia de nuestro club, el Defensores de Calamuchita, denominación que poco tenía que ver con nuestra cultura porteña pero había sido heredado de un cordobés instalado en la ciudad desde sus años mozos. Y los nombres no se cambian, dijo la madre de Milagros con respecto a su hijo y a la vida misma. Así que quedó Defensores de Calamuchita.

Igual esto que le estoy contando nos saca del tema principal que no es la extraña designación que tenía nuestra bienamada institución, sino el llamado a asamblea extraordinaria para definir un tema inusual: tras cuarenta años transitando por la misma divisional, quizá sin una alegría mayor pero tampoco sin la decepción del descenso, estábamos por caer en la categoría inferior. Que en rea

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