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CARNE PICADA

Jorge Asís  

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Fragmento

PRIMER EPÍLOGO

—En definitiva —habla Rodolfo en el Café de los Ciegos, dilatábamos inútilmente el final de la novela, casi se había olvidado de que iba a morirse pronto—, la vida puede ser una simple sucesión de encuentros y despedidas. Y entre cada encuentro y despedida se extiende una línea que nunca es recta. O no es nada. Es joda, Luciano, por donde lo quieras mirar te vas a dar cuenta que todo es joda; que en la vida todo es secundario, cada vez son menos cosas las que tienen importancia, la mayoría perfectamente pueden pasar a un segundo plano. El encuentro tuyo con Matías lo tengo acá —con el dedito se toca la cabeza, Luciano lo atiende como si participara, ambos estábamos apurados por fundamentales insignificancias—. Es el único que me falta para la novela, qué suerte haberte encontrado. Porque habrá ocurrido muy pocos días antes de que lo mataran, la guerrilla o los servicios, jamás se sabrá, en todo caso tampoco importa. El cuadro del encuentro me lo imagino clarito, casi te diría que es grotesco. Vos con el pinche ése, sentado detrás del mostrador, pilas de tarjetas a los costados...

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—Estaba de pie, Rivarola —interrumpe Luciano—. Porque trabajo de pie, de las nueve de la mañana a las nueve de la noche, siempre de pie. Acontece que el petiso adhiere firmemente a la realidad, y así le fue, a esta altura del libro la compasión no funca.

—Correcto —acepta Rodolfo—. Vos estabas parado. Y no podías ver hasta dónde llegaba la cola de los desgraciados. Era viernes me dijiste, ponele que llegaba a la esquina, la doblaba...

—Seguramente —Luciano.

—Era viernes y faltaba un ratito para que finalizara la recepción de las apuestas. Y de pronto se te acerca un tipo cualquiera, vos no tenés por qué saber que ese tipo es un asesino, ni mucho menos imaginar que se trataba de Matías. ¿Había hecho la cola?, ¿estaba de uniforme o de civil?

—La cola se la bancó como un señorito —después de todo siempre supo seguirle el tren Luciano—. Pero uniforme, turco, no tenía, me extraña en vos... Sabés que en la que estaba él no hacía falta el uniforme...

—No sigás porque te estás equivocando. Porque poco antes que lo mataran yo también lo vi, estaba de vigilancia en un edificio de Lavalle, no sé qué botonería, no pude parar porque no se podía estacionar, o estaba apurado, en fin. Y me pareció verlo con uniforme, fue un segundo, muy fugaz. No te olvides que ya había caído en desgracia, que Buenos Aires ya estaba lleno de asesinos desocupados, ya habían matado a todos los que tenían que matar. ¿Y qué podían hacer con ellos? Ya nadie los quería, estaban usados, quemados, sabían demasiado, sobraban. Y con lo ligero que Matías era no pudo trepar, no logró enganchar nada como la gente, para salvarse. Me contaron que estaba como el duque de Zama, esperaba un nombramiento que no le llegaba nunca, creía que lo iban a destinar de agregado raro en una embajada. Porque no sé si sabrás que al hombre fuerte que lo bancaba, el que estaba prendido en una rosca con grandes objetivos, se lo sacaron de encima con facilidad, limpiamente, sin ningún balazo. Le tiraron una embajada y chau. Pero lo que me interesa es otra cosa, cómo lo viste vos, ¿fusilado?

—Fue muy fugaz también. Estaba de civil... pero mal, cómo decirte, en la última... fusilado, sí. Pero no tenés que apurarte, Rivarola —enciende Luciano otro 43 setenta y repito que los dos estamos apurados—. Te olvidás de un detalle significativo para la reconstrucción.

—¿Cuál? —mucho más molesto que sorprendido, Rodolfo últimamente percibe que cualquier gil se encuentra en condiciones de divagar con él, de cuestionarlo.

—Que todavía yo no le había visto la cara a Matías. Vos te preocupás primero por el uniforme, siempre por lo de afuera, me parece que es un error.

—Ta bien, ta bien, ta —y no es que se haga el uruguayo Rodolfo, sucede que el ta se le pegó como consecuencia de tantos inmigrantes de la Banda Oriental, en el fondo el desbarajuste americano sirvió para unir los tics, cómodamente se simplificó con comodines el lenguaje—. Me olvidé que todavía no le habías visto la cara. Claro, porque el juego tuyo es particularmente mecánico. Vos, detrás del mostrador, le mirás al desgraciado nada más que las manos, las boletas, el desgraciado a vos te mira el pinche...

—El punzón, animal —vuelve a interrumpir Luciano.

—Bueno, el desgraciado a vos te mira el punzón y también las manos, mira cómo después das vuelta las tarjetas y sacás con la uñita los cartoncitos que no fueron bien perforados. Y vos mirás, mientras tanto, cuántas boletas trae en la mano el desgraciado que sigue. Hay un detalle que sí me interesa mucho, ¿quién levantó la mirada primero?

—Qué sé yo, Rivarola, eso sí que creo que no es importante...

—¡Carajo, el que manda en la novela soy yo! Sí que es importante, es prioritario. Acordate que todavía no le habías visto la cara, le mirabas las boletas y las manos. ¿Quién descubrió primero a quién? Vamos, hacé memoria, si querés ser personaje mío tenés que hacer méritos, turrito.

Entonces el personaje pugna por recordar, pero se tienta, sucede que no está acostumbrado a discutir con su creador, y le cuesta, aún, adjudicarle importancia a ese momento.

—Fui yo —quizás para conformarlo responde Luciano—. Sí, seguro —repite—, fui yo quien lo miró primero.

—¿Y por qué tuviste que mirarle la cara? Si con la boleta y las manos para tu oficio es suficiente. Por algo lo miraste.

—Ahora me acuerdo, había un error. Porque creo que puso seis apuestas dobles con una boleta simple, que permite nada más que cinco dobles. ¿Vos entendés de prode, Rivarola?

—Otra agresión como ésa y te expulso directamente de la novela —amenaza el creador—. Lo que me faltaba, que un personaje me venga a preguntar a mí si entiendo de prode, hay algunos códigos de la narrativa moderna que no me banco más. Oíme, petiso con palanca al piso, yo soy un intelectual comprometido con la problemática de mi país, las obsesiones del pueblo son mis obsesiones, ¿te gustó ésa? ¿Qué otra posibilidad de salvación puede tener un rata en la Argentina? Nunca hice más de siete puntos, si te interesa.

Ríe como cuando era joven el personaje, como cuando robábamos.

—Y tenía que tachar una apuesta, porque si no esa boleta se la iban a impugnar, de cajón. Entonces levanté la cara y lo vi. Ni siquiera grité, ni lo abracé, me quedé como estúpido, como una estatua. «Gordo», dije, creo.

—Ahora te podés callar, lo demás puedo inventarlo solito. Gracias.

—No, Rivarola, ahora te lo voy a contar, aguantátela, primero me incitás a que hable y después querés hacerme callar, el negocio así no me convence, es tuyo nada más. Lo hubiera querido abrazar a Matías, agradecerle todo lo que hizo por mí, llevármelo a tomar un café, decirle que a mí me importaba un carajo que fuese asesino o botón... Pero tenía una cola larguísima, ¿te das cuenta?, no pudimos hablar porque yo estaba en el mundo nada más que para perforar tarjetas. Miré a la piba que cobraba, por si acaso pudiera salvarme un minuto, pero no, se marea, es tiernita, se equivoca. Matías me miraba y sonreía, los tipos de la cola se impacientaban. ¿Sabés qué me dijo después de tantos años?

—Si querés, decímelo, pero no lo voy a poner, todo lo que pudo haberte dicho será vulgar, dejá mejor que lo invente yo que soy el...

—Me dijo: «petiso, vos que estás acá debés saber, qué te parece, ¿Cipolleti le podrá ganar a River en el Monumental?».

—¿Y qué le contestaste? —ansioso ahora el creador.

—Que no. Que era un sueño, Cipolleti ganarle a River —escéptico el personaje—. Por favor. Le podrá hacer un poco de fuerza al principio...

—Pero el partido es largo y nos pasan por encima, Cipolleti...

Sonreímos, la sonrisa es amarga.

LA MÁQUINA DE OLVIDAR

La máquina de olvidar funciona a la perfección en Buenos Aires. Antes de salir en libertad, después de haberse tragado como cinco años, Luciano lo intuía; desde el olvido, recordaba, eran olvidos demasiado intensos que parsimoniosamente podían volver a olvidarse, apenas apoyara sus zapatos sobre el pavimento, sobre las veredas difíciles de la libertad.

Las dos menos cuarto, hacía frío, la escenografía de Moreno era aún más tenebrosa. Sabía que al salir, precisamente al bajar la escalinata clara del Departamento de Policía, iba a encontrarse con esa mano inconfundible y alta, con el brazo extendido, la lágrima contenida que lo esperaba enfrente, subida a un zócalo triste, clausurada la espalda contra la cortina de hierro. La resignación debe vencernos, al final los porteños debemos admitir que el tango es sabio, porque la irresistible paciencia de su madre estaba ahí, fija la bondad sobre el zócalo, de pie contra la frialdad infamante de una cortina de bar cerrado. Inquebrantable y sola, también de hierro ella, con el único tapado gris que él ya reconocía, tan formoseña y tan católica, doña Feliciana. Entonces Luciano debió admitir la tremenda sinceridad del beso, del abrazo reiterado y las impugnadoras lágrimas; ella le tocaba la cara, el pelo, lo volvía a abrazar.

Claro que el hijo hubiese preferido caminar, él no tenía frío ni sueño, como si pretendiera readaptarse con urgencia a las calles que supo antes recorrer. Se encontraban apenas a unas diez cuadras de la casona de altos, Lima al 1200, el Constitución donde Luciano nació y creció, donde Feliciana veló a sus dos maridos, cocinó bacalaos infinitos, combinó los innumerables sabores de la vida. Una casona que doña Feliciana alquilaba desde hacía treinta y ocho años, a cierto Diego Iñiguez, el propietario que había muerto hacía ya como doce, por eso ella depositaba ahora, y por si acaso, en la cuenta bancaria de su fantasma, del Diego Iñiguez soltero, sin sobrinos, sin primos, nada. Una casona que ella subalquilaba, desde hacía como treinta, a dos familias que eran ya su propia familia, los hermanos Ledesma y un sobrino esporádico, y la señora Paca, abandonada o viuda, con su chiquilina, Alicia. Y el tío Mateo, claro, formoseño y hermano, jubilado de insoportable honestidad.

Sin embargo la vieja optó por la premura de un taxi, era un falcon, y el taxista un melenudo que se dio cuenta de inmediato que su pasajero era hasta hacía media hora un presidiario. Pero a Luciano aún no le importaba, prefería mirar la noche a través de la ventanilla, la geografía de Lima violentamente cambiada, el silencio conmovedor de la ciudad; aspecto también nuevo el del silencio, aunque se tratara del invierno más feroz. Miraba también la soledad, la ciudad era un espejo, el solitario era él.

Le anticipó su madre en el taxi que la bienvenida consistiría en un regocijante bacalao, que compartirían por supuesto los inquilinos, tal vez el tío Mateo, y además una sorpresa. Ella pagó el trayecto, para el melenudo entonces ya no quedaba el menor atisbo de duda, el pasajero era un preso, probablemente un chorrito, por eso a lo mejor lo miró con esa piedad morbosa que suelen administrar los porteños con un inferior, como si la existencia del inferior los justificara, o los fortaleciera. Entonces el secreto para amargarse menos en Buenos Aires puede consistir en no ser nunca el último, mientras persistan otros más destrozados siempre habrá consuelo. Luciano no lo saludó, el taxista en cambio sí, ¿por qué iba a perdérsela?, en ese «buenas noches» cualquier atento agudo podría advertir la defensiva presencia de la compasión, el tono perdonavidas de un consejo, una vana especie de «cuidate, pensá en tu madre, laburá, insecto».

La sorpresa era un nuevo marido. El tercero, un porteñito ostensiblemente ajado, concubinato con seguridad bendecido por el padre Froilán, el cura complaciente, manolarga y amigo, al que Matías apodaba Fray Franela. Macario Macario se llamaba el porteño ajado, era un identikit, una bestia similar a sí misma, idéntico el nombre y el apellido, idéntica la apariencia y la realidad, Macario dos, Macario bis, Macario al cuadrado, se trataba de un viudo enjuto, muy tragón, algo más joven que ella, un seco, inspectorzuelo del ferrocarril próximo a jubilarse. El marido anterior, Arana, el Osobuco, el que utilizaba bastones para no caminar nunca, había por fin muerto; flaquísimo el desdichado, prácticamente sólo con alma, sin cuerpo, blanco y seco como ciertos vinos. En la última carta Jesús le había contado que en el ataúd la cara del Osobuco parecía una estatua ordinaria, la piel era yeso que se descascaraba.

Vestigios de un tendal, pasado indeleble. Constitución otra vez y no el Missisipi, aquella aspiración trunca; la separación que le costó demasiado asimilar, mejor dicho el abandono que no asimiló. Porque Celia emigró precipitadamente al Missisipi, sin esperarlo, ni siquiera avisarle, con adulta indiferencia se llevó los hijos, la desesperación y los recuerdos, y a su madre para que se los cuide, hasta morir. En el equipaje probablemente logró acomodar también su falso honor, se lo llevó a Estados Unidos, a los dos hijos Corrales y al Taborda, el de Luciano, los cinco sobrevivientes del naufragio, refugiados y acaso a salvo en el áspero frío del Sur, entre racismo y negros, peleando quizás todavía por el idioma y sobre todo por la aceptación, remando en pos del arraigo improbable en un condado como Yoknapatawpha, donde en apariencias era muy respetado aquel desconocido tío Sutpen, el primo hermano de don Clemente, su ex suegro ya también muerto. Que les vaya bien, pensaba en la cárcel, pero sobre todo allí, muy lejos, para siempre, en el infierno.

En Villa Devoto estaba Luciano cuando su hijo nació. Era un ingreso reciente, y entonces mucho más que la paternidad le interesaba que no se lo rompieran, ganarse la confianza de los otros presos y sentirse aprobado, que los violentos comprendieran que él también era todo un delincuente y ningún otario, ningún mero decente que aprovechó la oportunidad de robar. Tal vez fue por su falso honor, o por su vergüenza, o sin ir más lejos de puro hija de puta sencillamente, pero Celia ni intentó mostrárselo, y peor aún, ni ella se mostró, Luciano imaginaba el circo que habría armado la petisa, su ensayada indignación, los lamentos sobreactuados al enterarse que su segundo marido era un vulgar estafador. Celia habría actuado, pensaba, como si auténticamente lo ignorase, tal como alguna vez, a la hora demorada de la sobremesa, lo habían convenido. Como si Luciano no hubiera currado por un proyecto común, Yoknapatawpha. Sin embargo no había sido convenido que lo dejara absolutamente en banda, durante ningún vino; pensaba que esa traición había obedecido a sus ganas, a su improvisada vocación de turra.

En cierta visita agobiante, de esas en que no encontraban qué decirse, doña Feliciana le contó que Clementito, su nieto, era muy parecido a él; se lo decía mientras, como muletilla, maldecía a menudo la ingrata actitud de Celia. También su madre se había detenido en detalles de la obviedad, al chico lo llamaron Clemente en homenaje al abuelo, al padre de Celia, el hombre de los gargajos horrendos y la tos, el que con su muerte aceleró el declive irreparable de aquella despampanante familia Rinaldi, la de los despertares casi épicos, paredes con ritmo de matracas, patios con pasodobles, ternuras y risas.

También estaba adentro Luciano cuando don Clemente murió. Doña Feliciana le contó que el destrozado dejó esta perra vida tosiendo, y que hasta muerto el pobre escupía, tosía, babeaba; y que dejó de herencia muchas deudas, una hipoteca que fue un batracio, vacío y desolación, y que hasta debieron malvender una máquina prendada para pagar la funeraria.

La mierda es el destino del hombre. Inexorablemente todos los caminos nos conducen a ella, Roma es la mierda, los humanos pacientemente nos dirigimos al desagüe, a la nada, pensaba Luciano. Ocurrió que de pronto, en menos de cinco años, la magnífica familia de su esposa, por los caños de la realidad, también se había ido a la mierda, como el país. Y lo que quedó de aquel tronco de apariencia sólido pero tan vulnerable, es muy débil, algunas pequeñas ramas, un resto o rezago, mera chatarra: Jesús o un proyecto, a lo mejor aún no decepcionado de su revolución de los tomates, como irónicamente denominábamos, con Matías y Rodolfo, a su comunidad; Celia o una huida, un socorro piadoso, mil olvidos y tres hijos que se fortalecerían en Yoknapatawpha.

En la prisión, sobre todo en la Unidad Carcelaria de Santa Rosa, La Pampa, Luciano también intuía que la segunda parte de su condena comenzaría al salir, en la calle, y claro que se trataba de una frase hecha, como tantas, pero tal vez era demasiado atinada. Pasaba días enteros en La Pampa, muy solo y sin siquiera vigilancia, en el medio del campo, porque lo único que le quedaba de bueno era la conducta; entonces araba, bajo el sol, entre el viento, bajo un cielo grandiosamente intacto, para él, un cuadro natural que le instaba a aprehender todos los secretos de la tierra, que le enseñaba a soportarse, a no tratarse más como a un extraño, o una sombra, o un simple peso. Se resignó entonces a bancarse, la peor tarea para un porteño, dificultoso oficio el de aceptarse, por eso sintió que la liberación era como un premio sorpresivo, un regalo imprevisto, por comportamiento irreprochable o por los trámites eficaces del doctor Malaquín. Y repentinamente entonces lo arrancaron de aquella ambigua tranquilidad, como si tal vez fuese otra secuencia del castigo lo devolvieron al matadero donde vale todo, a la ciudad indiferente y silenciosa, a las reprochadoras lágrimas maternales, a la mirada especulativa del taxista más crápula.

En el viaje en tren, por la vuelta, trató de entusiasmarse, de creer que la libertad sería positiva, pugnaba por engañarse diciéndose que todavía era un tipo con condiciones, con experiencia, y que aún le sobraría fósforo para comenzar de nuevo, ubicarse y hasta ser —por qué no— un tipo feliz, espejismo ciudadano. Traía menos pelo, y el poco que traía era muy corto, muy botón, traía la piel curtida, expresivos silencios y unas ganas torpes, como de resentido y ocultas, de juntar mucho dinero, pero sin currar, por derecha. Lo único concreto que traía en definitiva era edad, la de cristo, como diría doña Feliciana, 33 años, y creía que además contaba con algunos amigos que se postularían para ayudarlo, tal vez a Malaquín, el boga tramposo pero gaucho. Estudiaría entonces por fin la posibilidad de instalar un laboratorio fotográfico, comprarse de nuevo una cámara estupenda, cuestión de trabajar en fiestas de cumpleaños, casamientos, postales para los chicos o para los muertos; traía puesto también aquel forzado entusiasmo de aspirante, y sin embargo apenas escuchó el saludo del taxista se le esfumó la euforia, desapareció como aquella inventada paz del campo, el persistente sol o el cielo fabulosamente personal. Con la mirada en el piso atravesó el viejo pasillo, esperó el ascensor descuajeringado, deseaba profundamente que no estuviese esperándolo el tío Mateo. Ella encendió la luz, Mateo no se había levantado, la sorpresa menos: le ofreció comida, le ofreció un té, lo que quería Luciano era estar solo.

—Ahora entonces dormí, nene. Mañana será otro día, a vivir de nuevo, mi querido. —Le cedió otra lágrima la vieja, volvió a acariciarle la cara, a darle otro beso—. Yo voy a rezar por vos —agregó, y lo entregó abruptamente a su pasado, al antiguo cuarto de adolescente y soltero, como si no hubiera crecido un carajo.

LA DERROTA SE HEREDA

A quien nace perdedor es inútil que lo aviven, decía Jesús. Y Luciano, en fin, era un perdedor innato, absurdo, irreparable, que empezó a foguearse en la derrota desde aquella pérfida noche de lunes, invierno de 1943, lluvia casi incomprensible contra los sucios ventanales del Hospital Rawson, frío que penetraba generosamente por los agujeros de las ventanas. Y siempre fue bondadoso, petiso, abnegado, hizo los mandados a su madre y hasta a doña Paca, obedeció a su padre, fue a comprarle diez mil veces cigarrillos particulares a don Ledesma, pasó inadvertido por la primaria y el comercial, fue coro estable de la pandilla de Saravia, muy pronto comenzó a caérsele el pelo. Sin embargo mantuvo siempre firmes sus pretensiones, sus veleidades de jefe, de líder, su cascarita de ganador, Jesús afirmaba que esa era una característica infalible, principal, de los petisos; el ansia infantil de destacarse, ordenar, cortar la budinera, ser puñal.

—Buenos Aires, turco, está lleno de petisos, ¿te fijaste?

El que después se hizo santo, Jesús, era quien mejor lo había estudiado, se reía de sus intenciones de convertirse en capito, como si pretendiera desplazarlo; entonces Jesús era el conductor verdadero, digamos mejor que era el núcleo, el más brillante, el que disponía. Claro, eso antes de que comenzáramos a robar.

—¿La derrota puede ser hereditaria? —militante del cinismo Jesús, nos lo preguntaba a mí y a Matías. Tampoco concebíamos esa manera tan rigurosa de perder, la que, por otra parte, también afirmaba Jesús, era preferible a empatar. Marcar zona nunca, hermano, vivir para el cero a cero es un negocio abyecto, decía, y Rodolfo lo escuchaba, el vampiro lo chupaba.

Doña Feliciana era una provinciana cordial, beata; según Rodolfo era una cangura ejemplar, ideal para venderle retratos, engañarla, si la pobre, igual que su hijo, era demasiado trasparente, simpleza y bondad suelen ser sinónimos de lentitud o estupidez en las ciudades, decía Jesús.

—Fijensé que es un calco, también muy perdedora. La derrota entonces se hereda, seguro, como la tierra.

Su segundo marido, Arana, era un pedazo de osobuco, sin calcio, sin grasa, un hueso con mala carne y para colmo un hueso enfermo, blando y débil.

—Pobre mujer, ustedes son unos desalmados que se ríen —también riéndose nos decía Jesús—. Venir a casoriarse por segunda vez, y que el marido, a los quince días, se le enferme. Le hacía falta un macho y se consiguió un pensionista...

Hígado, la vesícula, la columna, la gota y diabetes, y entonces, a partir del mes de matrimonio, además de mantenerlo (porque el Osobuco era corredor minorista, independiente), doña Feliciana debió convertirse en su virtual enfermera.

—Cinco a cero perdió, se jugó y la golearon, jugarse nunca fue la clave.

Y el padre muerto, el primero, don Severino Taborda, fue en vida un fanático desmedido, en cualquier sentido, en el trabajo y sobre todo en la cancha; era plomero, gasista, de Arrecifes, dejó la vida entre tribunas y caños, era un enardecido hincha de River Plate que no tenía un mango miserable pero se jactaba de ser millonario, era infaltable los domingos, local o visitante, por el campeonato o amistoso, apretado o con gripe, con lluvias históricas como la del nacimiento o vientos o treinta grados, hablaba siempre de La Máquina, tenía cuarenta y dos años y se le pinchó el corazón. Murió en el estadio de Huracán, de visitante, para colmo River había perdido por tres a uno; el plomero dejó de herencia entonces unos cuantos caños de plomo, algunas pocas varillas de estaño para soldaduras, un gastado equipo de autógena, dos tubos azules de gas, vacíos y altos, y unas cuantas láminas enormes, en colores, el perfil dionisíaco de Amadeo Carrizo, el bigotito tahur de Labruna, la imponencia de Néstor Rossi, la mirada indefinida de Loustau. También dejó una pila de banderines, una pelota firmada, y la colección casi completa de El Gráfico, Goles, Mundo Deportivo y La Cancha, debidamente encarpetadas para cuando —decía— Lucianito fuera grande.

—Le agarró un soplo en la tribuna —nos contó predispuesto el tío Mateo, cuñado del hincha—. Lo llevaron al Rawson, pero apenas llegó, se murió.

Mientras el melancólico tío Mateo contaba, nos agarró una insoportable tentación de risa, la vida entonces era una risa y apenas si logramos fingir; debimos turnarnos, darnos vuelta, para reír, era la víspera de una noche de tonta farra. Luciano, probablemente, mientras tanto se bañaba, ya era grande y se ponía lindo como si no tuviera, simplemente, que acompañarnos, hacerse el simpático con nuestras mujeres, contarles chistes, entretenerlas, darles fuego con su carucita.

—Con un padre que se murió en la cancha, ¿cómo no iba a crecer en desventaja? —también quería reflexionar Matías, el que después se hizo botón—. Es comprensible.

Aconsejador, siempre de atrás, festejador, Luciano tenía una permanente inclinación a hacer favores, escuchar y pagar, lo llamábamos mufa, fúlmine, fluido maléfico, y cuando nuestras bromas cáusticas, crueles, arreciaban, él sonreía. Y mucho después comprendí que el petiso arltiano se escudaba en la probabilidad, en la certeza de un futuro triunfante, era una fija que se pasaba las horas añorando el triunfo, la riqueza, la gloria o la felicidad, quizás más que nosotros y sobre todo que yo, lo cual es, directamente, exagerar.

Durante los apasionantes instantes del curro, me acuerdo, cuando nos sobraba el dinero y el tiempo y los proyectos, él era frío, calculador, cauto. Entonces el dinero era una naturalidad, algo así como porciones de una deuda ingrata que acaso Dios estaba pagándole, y que seguiría cobrando hasta el eterno final; en cambio, Jesús y yo, atrapados entre la red de torpeza que otorga la inexperiencia, pretendíamos ingenuamente avasallar, comprar el aire, impactar, éramos dos chiquilines que deseábamos, en el fondo, contar a la subestimada manga de humanos, que supieran los pobres giles o secos de nuestra condición de estafetas, nobles del curro y, sobre todo, vivos, ganadores. Después, lo que son los curros, al abrirse e intentar el delito independiente, en soledad, el tonto e incauto fue Luciano, la ostentación siempre fue una suerte de antesala, un camino que puede guiar, derechito, a la cárcel.

Sin embargo no hay que apurarse, es necesario referir, primero, que Jesús y yo éramos pintones, y elegantes sin ropas lujosas, con cualquier jean; que Luciano era apenas un pedacito de pan, de esos que cualquier imbécil se lo come, un angelito que ni siquiera tenía la seductora simpatía de Matías. Hay que referir entonces que Luciano despertaba en las mujeres un despreciable sentimiento de amistad, no calentaba a ninguna, y si ellas lo buscaban era apenas para confiarle sus módicos conflictos existenciales. Oculto detrás de su turbia bonhomía, el petiso se enamoraba en silencio de las potras más elementales, las que encontraban en su compañía, tan solo, al amigo, al hermano, pero jamás al macho. Las potras entonces se acostaban con Jesús, con Matías, conmigo, pero se desahogaban sentimentalmente con el inadmisible perdedor, con quien las hubiera querido, por lo menos, con una pizca de sinceridad, y soportaba una escandalosa quemazón por dentro, un complejo total, un ahogo, resignándose a su angustiosa función de cuidaconchas, asesor espiritual, los ojos fijos de impávido custodio.

En los bares, fiestas, playas y pizzerías, perdía; ponía siempre de más, nos pagaba los boletos y el taxi, se quedaba sin dinero y nos prestaba, para pagar horas de amor ajeno en un hotel alojamiento, para comer. Rodolfo le decía:

—Tenés asegurado un lugar en el cielo, Luciano.

—Al cielo van los triunfados —decía Jesús—. A mí, dejame entre las víboras del infierno, con ellas me quiero entender, hablamos el mismo idioma.

Jamás supe si lo queríamos, pero nos era imprescindible y cómodo, nos hacía falta su afecto, su presencia, su ayuda, aunque Jesús, por su parte, decía que desconfiaba intensamente de los tipos muy buenos; afirmaba que cuando la cualidad más notoria de un turrito era la bondad, sentía mal olor, como a podrido. Para él, entonces, Luciano era un hijo de puta frustrado, brillantemente se lo decía y el petiso aceptaba la definición, la lápida.

—No existe la gente buena en Buenos Aires —antes de que se recibiera de santo se ufanaba Jesús—. La gente que es buena es porque no tuvo condiciones para ser hija de puta. Y el que tomó conciencia, y no llegó a serlo, tranquilamente se puede convertir en un boludo, en otro más de los que saltan a roletes por la ciudad.

Según sus teorías, la mayoría de los porteños, o todos, llevamos oculto a un hijo de puta en potencia, a ciertos elegidos se les desarrolla, y a otros, a los débiles, no, y frustrados entonces adoptan la mascarita inmediata de la bondad, dedicándose, full time, a ser cordiales, decentes, pero uno, que es zorro viejo, desarrollado, nota a la distancia la simulación.

Ciudad de hijos de puta la nuestra, Buenos Aires. Ciudad de buenos por fracasados, de mínimos que transcurren su vida odiando al cuñado, a la mujer, en competencia firme con el vecino, con el compañero, escalando montañas irreales, equivocadas; ciudad de tipos que invierten sus mejores horas en combates desiguales por la subsistencia, batallas perdidas que no tienen la menor importancia pero nos usurpan el tiempo. Máximas espantosas que me enseñó Jesús, teorías raras o atinadas del santo futuro, a quien yo odiaba pero utilizaba, era uno de mis primeros amigos del centro, que entonces se definía artista, lo veía como a un filósofo, que sabía, seducía, mientras yo, que quería infiltrarme, me dedicaba a aprehender; en todo caso Rodolfo era apenas una simplificación de sus amigos, una consecuencia de lo que opinaban, discutían, deliraban, y ya que esto tomó un lamentable tono confesional, espero que cambie, afirmo que creo no haber dicho ni escrito nunca una frase propia, auténtica. Yo soy ejecutor, decía Rodolfo, y a menudo sigo diciéndolo, yo ejecuto los razonamientos de mis amigos, no descubro, cuento lo que puedo ver, lo que me dicen, no quiero tener razón, soy tan sólo un repetidor, un eco, soy una mentira, créanme.

EL BACALAO

En un segundo piso, desde la ventana de su cuarto, Luciano podía contemplar, antes, un grato panorama de toldos, una suave abstracción de ropa tendida; podía, tal vez, relajarse, despejarse o por lo menos no sentirse tan solo, acompañado por el rumor cautivante, el murmullo espeso que provenía desde las casas de altos de enfrente, de los conventos viejos o modernos, ojos en otras ventanas de solitarios similares, escalones grises, pasillos intercalados con colores o tinieblas familiares. Indudablemente, la vida corría más rápido que él, que se había estancado, y el progreso, prepotentemente municipal, le barrió con topadoras asesinas hasta aquella suave abstracción; le arrancaron, de cuajo, el murmullo espeso, no respetaron siquiera aquellos magistrales cafés donde ocurrieron sus primeros proyectos pifiados. Esos recuerdos, entonces, se forjaron en esquinas que ya no existen, y la calle Lima, la suya, era un pálido umbral que ya no tenía otra vereda de interlocutora, había dejado de ser aquella constelación de cuadras de feria, con tanta gente que hurgaba oportunidades irrisorias entre las liquidaciones de las sederías, entre los zaguanes de su infancia unánime. Y su ventana, por casualidad o metros, se había salvado milagrosamente de la voracidad del ensanche.

—Ya ni podemos cruzar la calle, vos no lo viste, fue un drama —por la mañana después de abrazarlo le dijo Ledesma—. A los dueños les dieron una limosna, una casita lejísimo, o una patada en el culo a los inquilinos. Hubo muchos que hicieron un buen negocio, se especuló... viste... Es una porquería, todo es una porquería...

—Pero ahora, con la 9 de Julio más ancha, se sale mejor para la provincia. Pasan a lo loco, todos apurados —quizás dijo su madre.

—Se congest ...