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CARNE PICADA

Jorge Asís  

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Fragmento

PRIMER EPÍLOGO

—En definitiva —habla Rodolfo en el Café de los Ciegos, dilatábamos inútilmente el final de la novela, casi se había olvidado de que iba a morirse pronto—, la vida puede ser una simple sucesión de encuentros y despedidas. Y entre cada encuentro y despedida se extiende una línea que nunca es recta. O no es nada. Es joda, Luciano, por donde lo quieras mirar te vas a dar cuenta que todo es joda; que en la vida todo es secundario, cada vez son menos cosas las que tienen importancia, la mayoría perfectamente pueden pasar a un segundo plano. El encuentro tuyo con Matías lo tengo acá —con el dedito se toca la cabeza, Luciano lo atiende como si participara, ambos estábamos apurados por fundamentales insignificancias—. Es el único que me falta para la novela, qué suerte haberte encontrado. Porque habrá ocurrido muy pocos días antes de que lo mataran, la guerrilla o los servicios, jamás se sabrá, en todo caso tampoco importa. El cuadro del encuentro me lo imagino clarito, casi te diría que es grotesco. Vos con el pinche ése, sentado detrás del mostrador, pilas de tarjetas a los costados...

—Estaba de pie, Rivarola —interrumpe Luciano—. Porque trabajo de pie, de las nueve de la mañana a las nueve de la noche, siempre de pie. Acontece que el petiso adhiere firmemente a la realidad, y así le fue, a esta altura del libro la compasión no funca.

—Correcto —acepta Rodolfo—. Vos estabas parado. Y no podías ver hasta dónde llegaba la cola de los desgraciados. Era viernes me dijiste, ponele que llegaba a la esquina, la doblaba...

—Seguramente —Luciano.

—Era viernes y faltaba un ratito para que finalizara la recepción de las apuestas. Y de pronto se te acerca un tipo cualquiera, vos no tenés por qué saber que ese tipo es un asesino, ni mucho menos imaginar que se trataba de Matías. ¿Había hecho la cola?, ¿estaba de uniforme o de civil?

—La cola se la bancó como un señorito —después de todo siempre supo seguirle el tren Luciano—. Pero uniforme, turco, no tenía, me extraña en vos... Sabés que en la que estaba él no hacía falta el uniforme...

—No sigás porque te estás equivocando. Porque poco antes que lo mataran yo también lo vi, estaba de vigilancia en un edificio de Lavalle, no sé qué botonería, no pude parar porque no se podía estacionar, o estaba apurado, en fin. Y me pareció verlo con uniforme, fue un segundo, muy fugaz. No te olvides que ya había caído en desgracia, que Buenos Aires ya estaba lleno de asesinos desocupados, ya habían matado a todos los que tenían que matar. ¿Y qué podían hacer con ellos? Ya nadie los quería, estaban usados, quemados, sabían demasiado, sobraban. Y con lo ligero que Matías era no pudo trepar, no logró enganchar nada como la gente, para salvarse. Me contaron que estaba como el duque de Zama, esperaba un nombramiento que no le llegaba nunca, creía que lo iban a destinar de agregado raro en una embajada. Porque no sé si sabrás que al hombre fuerte que lo bancaba, el que estaba prendido en una rosca con grandes objetivos, se lo sacaron de encima con facilidad, limpiamente, sin ningún balazo. Le tiraron una embajada y chau. Pero lo que me interesa es otra cosa, cómo lo viste vos, ¿fusilado?

—Fue muy fugaz también. Estaba de civil... pero mal, cómo decirte, en la última... fusilado, sí. Pero no tenés que apurarte, Rivarola —enciende Luciano otro 43 setenta y repito que los dos estamos apurados—. Te olvidás de un detalle significativo para la reconstrucción.

—¿Cuál? —mucho más molesto que sorprendido, Rodolfo últimamente percibe que cualquier gil se encuentra en condiciones de divagar con él, de cuestionarlo.

—Que todavía yo no le había visto la cara a Matías. Vos te preocupás primero por el uniforme, siempre por lo de afuera, me parece que es un error.

—Ta bien, ta bien, ta —y no es que se haga el uruguayo Rodolfo, sucede que el ta se le pegó como consecuencia de tantos inmigrantes de la Banda Oriental, en el fondo el desbarajuste americano sirvió para unir los tics, cómodamente se simplificó con comodines el lenguaje—. Me olvidé que todavía no le habías visto la cara. Claro, porque el juego tuyo es particularmente mecánico. Vos, detrás del mostrador, le mirás al desgraciado nada más que las manos, las boletas, el desgraciado a vos te mira el pinche...

—El punzón, animal —vuelve a interrumpir Luciano.

—Bueno, el desgraciado a vos te mira el punzón y también las manos, mira cómo después das vuelta las tarjetas y sacás con la uñita los cartoncitos que no fueron bien perforados. Y vos mirás, mientras tanto, cuántas boletas trae en la mano el desgraciado que sigue. Hay un detalle que sí me interesa mucho, ¿quién levantó la mirada primero?

—Qué sé yo, Rivarola, eso sí que creo que no es importante...

—¡Carajo, el que manda en la novela soy yo! Sí que es importante, es prioritario. Acordate que todavía no le habías visto la cara, le mirabas las boletas y las manos. ¿Quién descubrió primero a quién? Vamos, hacé memoria, si querés ser personaje mío tenés que hacer méritos, turrito.

Entonces el personaje pugna por recordar, pero se tienta, sucede que no está acostumbrado a discutir con su creador, y le cuesta, aún, adjudicarle importancia a ese momento.

—Fui yo —quizás para conformarlo responde Luciano—. Sí, seguro —repite—, fui yo quien lo miró primero.

—¿Y por qué tuviste que mirarle la cara? Si con la boleta y las manos para tu oficio es suficiente. Por algo lo miraste.

—Ahora me acuerdo, había un error. Porque creo que puso seis apuestas dobles con una boleta simple, que permite nada más que cinco dobles. ¿Vos entendés de prode, Rivarola?

—Otra agresión como ésa y te expulso directamente de la novela —amenaza el creador—. Lo que me faltaba, que un personaje me venga a preguntar a mí si entiendo de prode, hay algunos códigos de la narrativa moderna que no me banco más. Oíme, petiso con palanca al piso, yo soy un intelectual comprometido con la problemática de mi país, las obsesiones del pueblo son mis obsesiones, ¿te gustó ésa? ¿Qué otra posibilidad de salvación puede tener un rata en la Argentina? Nunca hice más de siete puntos, si te interesa.

Ríe como cuando era joven el personaje, como cuando robábamos.

—Y tenía que tachar una apuesta, porque si no esa boleta se la iban a impugnar, de cajón. Entonces levanté la cara y lo vi. Ni siquiera grité, ni lo abracé, me quedé como estúpido, como una estatua. «Gordo», dije, creo.

—Ahora te podés callar, lo demás puedo inventarlo solito. Gracias.

—No, Rivarola, ahora te lo voy a contar, aguantátela, primero me incitás a que hable y después querés hacerme callar, el negocio así no me convence, es tuyo nada más. Lo hubiera querido abrazar a Matías, agradecerle todo lo que hizo por mí, llevármelo a tomar un café, decirle que a mí me importaba un carajo que fuese asesino o botón... Pero tenía una cola larguísima, ¿te das cuenta?, no pudimos hablar porque yo estaba en el mundo nada más que para perforar tarjetas. Miré a la piba que cobraba, por si acaso pudiera salvarme un minuto, pero no, se marea, es tiernita, se equivoca. Matías me miraba y sonreía, los tipos de la cola se impacientaban. ¿Sabés qué me dijo después de tantos años?

—Si querés, decímelo, pero no lo voy a poner, todo lo que pudo haberte dicho será vulgar, dejá mejor que lo invente yo que soy el...

—Me dijo: «petiso, vos que estás acá debés saber, qué te parece, ¿Cipolleti le podrá ganar a River en el Monumental?».

—¿Y qué le contestaste? —ansioso ahora el creador.

—Que no. Que era un sueño, Cipolleti ganarle a River —escéptico el personaje—. Por favor. Le podrá hacer un poco de fuerza al principio...

—Pero el partido es largo y nos pasan por

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