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CATARATAS

Hernán Vanoli  

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Fragmento

1

Marcos Osatinsky lavaba los platos en la cocina oscura de su departamento. Un viscoso rayo verde de detergente se estrelló contra la pila de platos sucios acumulada en una bacha con pequeños hongos. Casi hipnotizado, Marcos Osatinsky observó la lenta disolución de los anillos del detergente por la acción del potente chorro de agua que despedía la canilla. De fondo, su pantalla irradiaba imágenes de una película sobre dramas familiares. Marcos Osatinsky fregaba con una esponja rosada. El aceite con hormonas de hipocampo de las diversas preparaciones pautadas por una dieta desintoxicante recomendada por Google Iris que Marcos Osatinsky acababa de abandonar bajo el influjo del cannabis patinaba hacia la rejilla. Ese aceite le había costado un tres por ciento de su estipendio como becario del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas. “La culpa es una piñata de goma que se autoregenera”, pensó Marcos Osatinsky. Sintió deseos de bajar al kiosco a comprar un chocolate pero recordó que debía preparar una valija. Marcos Osatinsky agradeció al cielo no tener una familia, al menos no una propia. Redobló sus esfuerzos con el lavado y al terminar se puso a acomodar la vajilla en el secador que la eterna disposición práctica de su hermana le había regalado para algún cumpleaños. Marcos Osatinsky se prometió comprar un lavavajillas afín a su temperamento en tantas cuotas Conicet como le fuera posible.

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Su oído vibró con un mail recién llegado a su bandeja de entrada, pero evitó activar el visor desde su uña, posponiendo el morbo de leerlo. Al terminar con la vajilla, Marcos Osatinsky llegó a la conclusión de que su lavado garantizaba la visita de una cantidad menor a la usual de cucarachas provenientes del restaurante de comida uruguaya que habían abierto en uno de los locales de la planta baja de su edificio. Sin apagar las luces, caminó hasta su cuarto y empezó a meter prendas de ropa en un bolso rojo: no aguantó más y pulsó la uña de su anular izquierdo para que Google Iris leyese su mensaje. La voz de una actriz famosa le informó que el mail era una foto enviada por Alicia Eguren, su amante, la mujer de Ignacio Rucci, su director de tesis. Puso sus manos en posición, volvió a pulsar y desplegó la foto. Alicia Eguren posaba desnuda frente al espejo empañado del baño de su casa. Marcos Osatinsky decidió no responderle. Navegó hasta su billete electrónico y confirmó que el micro con destino a El Soberbio, Misiones, saldría a las cuatro de la tarde del día siguiente. Por una demora administrativa en los fondos de su equipo de investigación, el hospedaje aún no estaba definido, pero esa tarea, la de conseguir lugar, no le correspondía.

Las nubes parecían bonetes de merengue viejo en el cielo de Villa del Parque. Marcos Osatinsky usaba un jean Levi’s de segunda selección, comprado una mañana de octubre en un enorme local que había sido un taller de marroquinería y también un depósito de autopartes: un jean cosido en Indonesia o alguna otra milagrosa nación del capitalismo asiático, pagado con la tarjeta de débito del Banco de la Nación de la República Argentina que dice Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas en escarpadas letras grises, todo ello dentro de un perímetro carcomido que deja ver desprendimientos de un plastificado barato. “Levi’s es una buena marca más allá de que en sus fábricas exploten obreros gracias a regímenes casi esclavos de trabajo”, pensó Marcos Osatinsky. “Levi’s me otorga ciudadanía.”

Tras sacar su boleto de tren a través del sistema de pago ocular, Marcos Osatinsky recordó de manera vaga un documental sobre las condiciones de trabajo en las fábricas de Levi’s, un documental sobre el cierre de una fábrica Levi’s en Francia. Había visto ese video con Luciana, una exnovia. “El recuerdo de algo visto en Internet con una exnovia es el brinco de un toro mecánico que te tira sobre una colchoneta de lona áspera.” En el recuerdo Marcos Osatinsky estaba con Luciana, ambos bajo los efectos del cannabis diseñado por Monsanto que Marcos Osatinsky acostumbraba fumar. Se habían puesto frente a sus respectivos visores y el sistema se había hecho lento a causa de la modificación en las retinas producida por la droga. Habían reído como hienas. Marcos Osatinsky sintió calor.

Mientras viajaba en el Ferrocarril General San Martín rumbo a Retiro, la pagoda de recuerdos similares a caer en lona rugosa hizo que Marcos Osatinsky imaginara un comentario irónico para Mao, la red social de elite donde Marcos Osatinsky militaba, un comentario sobre Levi’s y su campaña para utilizar telas ecológicas que requieren menos agua en cada lavado. De todos modos sabía que olvidaría sus ideas en pocos minutos y que esa frase reaparecería, distorsionada, en alguno de esos pantanos de tiempo durante los que Marcos Osatinsky solía procrastinar pendiente de las afinidades genéticas que existían entre sus contactos.

En alguna de sus ponencias, o quizás en alguna publicación sociológica con referato que habrá cotizado alto frente al Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas, una publicación cuya probable sede haya sido algún paraje del extractivismo latinoamericano, en el mejor de los casos, si no se trató de una publicación directamente inventada para los evaluadores del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas, Marcos Osatinsky había escrito sobre la sociabilidad en Mao. Por lo poco que recordaba de su paper mientras observaba la pelea entre un grupo de palomas rosadas con hocico de gato y cuatro alas de mosca por unos restos de pizza tirados a un costado de las vías, su hipótesis central era que toda red social, una tecnología surgida de las líneas aéreas, o sea del turismo, es una droga de diseño que subordina el tiempo de su yonqui al Golem de aquellos elegidos por el drogadicto como contactos. Marcos Osatinsky había citado a filósofos europeos, toda la primera parte era un comentario sobre las relaciones entre Husserl y Merleau Ponty; una aproximación fenomenológica cuyos términos básicos Marcos Osatinsky había utilizado también para analizar la corporalidad de los sujetos durante los recitales de rock independiente en un trabajo final de la carrera. “La fenomenología ya no sirve para nada, y a nadie le interesa resucitarla”, pensó. “Debería dejar de refritar ponencias.” Marcos Osatinsky suspiró y observó por la ventanilla del tren, con expresión facial neutra, el continuo de edificaciones saturadas de graffitis. Haber estudiado sociología le había servido para distinguir una villa de un asentamiento precario: lo que rodeaba el itinerario del Ferrocarril General San Martín eran villas.

En la estación Paternal, Marcos Osatinsky llegó a la conclusión de que su forma de pensar las redes sociales, informada en gran parte por lecturas de autores de la Escuela de Frankfurt cuando era apenas un púber, podía ser conservadora. Acostumbrado a sentirse agente de la revolución gracias a un singular mecanismo de autocondescendencia, Marcos Osatinsky no podía permitirse eso. Marcos Osatinsky prefirió creer, como casi siempre mientras fumaba y tomaba Coca-Cola Light con una infaltable pestaña de porno lésbico en su navegador, que Mao era en realidad una literatura menor, un dispositivo de enunciación colectiva, un pliegue barroco en la discursividad moderna: un pequeño campo de batallas inasimilable para el discurso del poder.

Tras una nueva serie de zumbidos, Marcos Osatinsky desplegó su visor. Adidas le había transferido un descuento del tres por ciento de una futura compra gracias a una mención a la marca en la reseña de un libro que había publicado en su paleta de Google Iris y que había sido retransmitida por un comentarista de fútbol en televisión. Inundado de un repentino buen humor, Marcos Osatinsky elaboró un mensaje para Alicia Eguren.

El tren ya estaba en Chacarita, una zona de talleres mecánicos y toneladas de basura acumuladas en las esquinas. Marcos Osatinsky escribió un mensaje para su hermano menor, con quien sólo se comunicaba por ese medio tras una pelea a golpes que había dejado a ambos en el hospital: Marcos Osatinsky con fractura de clavícula, su hermano con tabique nasal fisurado. Se trataban, sin embargo, con cierto cariño, y Marcos Osatinsky visitaba a sus sobrinos y los llevaba siempre al zoológico o a exposiciones de artes visuales en museos de la burguesía financiera como el MALBA, que los niños, de diez y seis años, por lo general repudiaban.

De pronto sosegado, Marcos Osatinsky se preguntaba cómo había sido que esas palomas a veces fosforescentes con hocico de gato y alas de mosca que aparecían de nuevo en su campo visual y habían empezado siendo comercializadas como mascotas se habían expandido cimarronamente por la ciudad, generando nuevos olores y enfermedades. Marcos Osatinsky reflexionaba sobre el asco generalizado de la especie humana para consigo misma, lo ominoso de la crianza y el consecuente y vertiginoso crecimiento de la industria de las mascotas durante las últimas décadas. Sin solución de continuidad, Marcos Osatinsky pensó en política. Estaba harto de ser un opinador vaporoso en Google Iris. El tren avanzaba en paralelo a las torres de cartón que anticipaban la llegada a la estación. Marcos Osatinsky también recordó videos donde las palomas con hocico de gato habían sido cocinadas como relleno para empanadas. En Google Iris había videos donde las simpáticas palomas que despedían un gruñido de delfín eran torturadas, mutiladas y violadas con múltiples elementos punzantes. Hacía poco una serie de palomas había desarrollado una mutación rabiosa y agresiva que era aniquilada por escuadrones especiales del Gobierno de la Ciudad. En una cena, el padre de Marcos Osatinsky se había manifestado a favor de esa aniquilación.

Marcos Osatinsky compró unos stickers para su sobrina en una de las máquinas expendedoras del tren; se los daría a su regreso y diría que los había comprado en Cataratas. En los ociosos remolinos de la masa cerebral de Marcos Osatinsky comenzó a bullir otra serie de frases ingeniosas para desplegar en Mao. Pero Marcos Osatinsky se había prometido leer en el transporte público. Volvió a desplegar su visor y empezó a leer los abstracts de las ponencias con las que iba a compartir mesa en el XXII Congreso de Sociología de la Cultura a celebrarse en Iguazú, motivo por el cual viajaba hacia la terminal de Retiro. Marcos Osatinsky sintió que la línea San Martín estaba asociada a una nostalgia por la cultura del trabajo que en el fondo producía un filoso malestar en todo becario de bien. El abstract que Marcos Osatinsky seleccionó, de una investigadora brasileña, también hablaba sobre Mao, en este caso sobre el uso que hacían de la plataforma los políticos brasileños. Marcos Osatinsky intentó memorizar las hipótesis porque, intuía, iban a darle tema de conversación con Alicia Eguren, que también trabajaba su ingenio en ese gimnasio neuronal envenenado llamado Mao. Marcos Osatinsky interrumpió su lectura para revisar las estampitas que le entregaba una mujer embarazada de largo y casposo pelo lacio: una mujer que arrastraba sus pies y con seguridad no tendría autorización para circular dentro de la ciudad.

El tren se detuvo en la estación Palermo. Frente al vagón donde viajaba Marcos Osatinsky descendió un equipo de jugadoras de vóley. Las chicas avanzaron entre la multitud de viajantes, todas iguales: casi un ejército de espaldas triangulares y vello rubio en las piernas, bajo las chapas de la construcción en estilo inglés que las protegía del sol. En una de las estampitas que Marcos Osatinsky compró como amuleto, el gaucho Antonio Gil estaba sentado frente a una mesa de madera junto a San La Muerte. Jugaban a las cartas.

Una vez en Retiro, Marcos Osatinsky bajó con gran dificultad su enorme bolso rojo a través de los escalones del tren. Evocaba el momento en que había recibido su beca Conicet. La satisfacción de su madre, la desconfianza de su padre ante el despunte de otra vida más prendida de la teta del Estado. Claro que ganar la beca había sido un proceso. Marcos Osatinsky gustaba de pensar la existencia en términos de múltiples procesos concatenados sin sentido evidente. Marcos Osatinsky había invertido muchas horas y humillaciones para tejer un vínculo carismático con Ignacio Rucci, y conseguir que Ignacio Rucci accediese a hacerle de garante frente al misterioso comité evaluador del Conicet. Marcos Osatinsky había tenido que arrastrarse, humillarse: había pasado largas tardes ordenando la biblioteca de su futuro director, había llenado formularios y hecho trámites, había investigado y confeccionado papers sobre temas que no le interesaban en lo más mínimo, había participado de reuniones y de eventos para llenar lugar en calidad de público. Consideraba que aquellos eran los sacrificios necesarios para ganar la beca y luego, en algún momento, consagrar su vida al arte.

Cuando le contó a Jazmín, su novia de ese momento, que el Consejo Residual de Fermentaciones Oníricas y Técnicas lo había aceptado entre sus filas, Marcos Osatinsky comprendió que esa beca sería la causa de su separación. Jazmín estaba en contra del Conicet y de las becas, quería vivir eternamente en un centro cultural, no creía en las jerarquías ni en el valor del trabajo, consideraba a cualquier partido de izquierda una confabulación estalinista. Hacía arte callejero: pintaba cuerpos desnudos y robots que mantenían sexo, escenas de un infantilismo perverso y hippie que avergonzaban a Marcos Osatinsky. Desde que Marcos Osatinsky obtuvo la beca, Jazmín había empezado a tratarlo como a un especulador financiero. Aunque Jazmín era, en el fondo, mantenida por su madre, que también cobraba una jugosa pensión del Estado porque su marido había sido militar. El cenit de la descomposición de aquella pareja había sido una discusión tras una fiesta organizada en una terraza por un primo de Jazmín. Marcos Osatinsky agradecía al cielo no haber llegado a iniciar una convivencia con Jazmín. Luego, se separaron por Google Iris el mismo día en que Marcos Osatinsky cursó su primer seminario de doctorado, que desde luego no tenía absolutamente nada que ver con su tema de tesis.

Al avanzar a través de los comercios desparramados a lo largo de la estación Retiro que vendían gadgets de seguridad y vigilancia, Marcos Osatinsky divagaba sobre una novela que quería escribir, cuyos protagonistas eran los fantasmas de la última tragedia ferroviaria. “El relax del congreso va a venirme bien para escribir.” “Voy a asistir a la menor cantidad de mesas posible.” Marcos Osatinsky pensó en la foto que le había enviado Alicia Eguren. Ninguno sospechaba, ni de manera remota, que el curso de ese cuasi trámite turístico cambiaría sus vidas para siempre. Por el contrario, el viaje al XXII Congreso de Sociología de la Cultura había sido planeado por ambos con el hastío y la excitación que sólo puede combinar el diseño de una luna de miel clandestina.

2

A diferencia de su abuelo, que había sido delegado sindical en una empresa transportista, el padre de Gustavo Ramus se las había arreglado para conseguir un título de médico: especialista en cirugía cardiovascular. El padre de Gustavo Ramus tocaba el piano sangrante y serruchaba esternones en el gran anfiteatro de una empresa de medicina prepaga. También era socio en una módica clínica privada ubicada en el Partido de Vicente López, de reciente anexión a la Ciudad de Buenos Aires. Décadas atrás, atendía particular en un consultorio montado en el mismo departamento que habitaba cuando apenas había llegado a estudiar en Buenos Aires desde Olavarría. El padre de Gustavo Ramus había convivido dos años con su hermana en ese departamento. Luego, olvidó su dirección y cuando treinta años después empezó a buscar nuevo consultorio gracias al bajo precio de los inmuebles tras un colapso económico seguido de devaluación, volvió a comprar una propiedad en ese mismo edificio. Justo debajo de donde había vivido. En la actualidad Gustavo Ramus ocupaba ese departamento. Hacía tres meses que no pagaba las expensas.

Pero ahora Gustavo Ramus amaneció en una cama que no conocía. Las sábanas tenían dibujos de plantas carnívoras. A Gustavo Ramus el colchón le había parecido demasiado duro: dolor en las cervicales. Sabía que dentro de veinticuatro horas estaría rumbo a la provincia de Misiones, un congreso donde intentaría cosechar devotos para su tesis sobre cine del Mercosur. Gustavo Ramus estaba enamorado de la tesis gracias a la cual era doctor: hacía unas semanas había ingresado como investigador de carrera del Conicet, donde profundizaría y adornaría algunos de los enunciados de su tesis. La mujer que lo acompañaba dormía con expresión facial ovina. La había conocido a través del servicio de sexo pasajero del Google Iris. “Si activo mi visor esta demente puede despertarse”, pensó. Según los datos que había investigado, la mujer era enfermera de profesión y vivía mantenida por su marido gasista, que viajaba dos o tres veces por mes a hacer instalaciones en edificios públicos de provincias lejanas. La mujer roncaba a su lado, con el sonido tenue de un escape de gas. Tenían una compatibilidad genética del sesenta y ocho por ciento.

La noche anterior, la mujer no sólo había exigido que compartieran los gastos de la mitad exacta de todo lo que habían consumido en un bar de la avenida Rivadavia, sino que también le había pedido una transferencia por la mitad de las cervezas que habían bebido en su casa. Gustavo Ramus paseó su mirada por los cuadros con fotos familiares en la mesita de luz. Recordó el calzoncillo del marido de la mujer que había visto colgado de la canilla de la bañadera. Gustavo Ramus consideró la posibilidad de ahorcarse con ese calzoncillo. Desde hacía algunos días, una de sus amantes de Google Iris lo acusaba de ser culpable de un embarazo.

Gustavo Ramus sintió que si abría la boca su voz temblaría como tiemblan los aviones en una turbulencia. De repente un pequeño pinchazo en su oído izquierdo. No se trataba de un mensaje ni de una notificación: ese dolor era el principio de todo. De chico, Gustavo Ramus había tenido una infección en el oído. Un extraño insecto de Praia da Rosa había depositado huevos, larvas pegajosas en el oído de Gustavo Ramus y le había generado una infección. Casi tienen que desconectarlo de Google Iris. Su familia, que se hospedaba en una posada frente al mar, había tenido que regresar de urgencia a Buenos Aires. Lo habían operado y había perdido un treinta por ciento de la capacidad auditiva. Veinte años más tarde, a los veintiocho, Gustavo Ramus había vuelto a sentir dolor en ese oído, luego sudor frío, calambres en las piernas, nueva internación. Primer ataque de pánico. Gustavo Ramus había hecho terapia psicológica durante dos años para superarlo y, ahora, otra vez el temblor.

Se levantó con suavidad, empezó a vestirse. La mujer giró en la cama y murmuró algo. A Gustavo Ramus se le ocurrió una técnica de investigación de mercado donde el sociólogo pernoctaría con los sujetos de estudio tras someterlos a un día entero de proyección de imágenes en los visores y luego grabaría lo que dijeran entre sueños. Se puso las medias con movimientos quizás similares a los de las larvas que aún vivían en el caracol de su oído. Con suerte, el portero del edificio estaría en su escritorio y podría ir a comprar un vino para llevar al almuerzo en casa de sus padres. La mujer lo pescó camino a la puerta. En segundos tenía puesto un deshabillé estampado con la bandera de Estados Unidos. Gustavo Ramus debió esperarla y decir que iba a hacerse un café. Se arrepintió porque la mujer iba a querer cobrárselo. Pero ella, sobria, pareció olvidar el asunto de la noche anterior y una vez en la cocina se puso a manipular una Nespresso. Gustavo Ramus sorbió un café marfileño con hormonas de elefante acompañado de una chiclosa conversación sobre las exenciones impositivas para amas de casa que podían tramitarse por Google Iris, hecho que Gustavo Ramus había defenestrado en su cuenta de Mao pero ahora rescató como una medida progresista mientras intentaba tragar ese café. Le hubiera gustado que la mujer oveja le explicara por qué no tenía hijos. Quizás le hubiera gustado ofrecerle su supuesto hijo, dentro de una enorme caja de pizza, envuelto con una cinta de regalo. Gustavo Ramus le pidió que sintonizara el reporte energético de la ciudad en la pantalla porque quería saber si había luz en casa de sus padres. Había. La mujer empezó a hablarle de los premios que se otorgaba cuando resolvía algo bien y de un curso de teatro donde se estaba por anotar, vinculado de alguna forma a la técnica de las constelaciones familiares.

Cuando terminó el café, con un movimiento preciso y no carente de belleza, Gustavo Ramus se levantó de la barra lateral de la cocina y empezó a acercarse a la puerta. Quería irse en ese mismo momento y tenía mucho miedo. “Si tengo un ataque de pánico acá puede ser un desastre”, pensó. “Esta mina es capaz de tirarme rodando por la escalera.” La oveja le dio un pastoso beso en la boca y le dijo que se escribirían. “Seguro”, dijo Gustavo Ramus. El portero no estaba, pero la mujer le abrió con un timbre automático. El barrio de Once parecía desierto. Gustavo Ramus cruzó la calle y quiso detener un taxi que no le prestó atención. Caminó rápido hacia la avenida Corrientes. Por la vereda de enfrente, Gustavo Ramus creyó reconocer al marido de la enfermera, lo había visto en los portarretratos. El hombre avanzaba apurado, con un pesado bolso que colgaba de su hombro derecho. “Habrá perdido el vuelo y vuelve a descansar”, pensó Gustavo Ramus.

Los arreglos florales de las mesas, con orquídeas de colores fluorescentes, resaltaban en la iluminación tenue del salón de fiestas del barrio de Flores, sobre la calle Simón Radowitzky. Ignacio Rucci estaba ubicado en una mesa circular, manteles que imitaban seda en tonos celeste pastel, vajilla brillante. Sobre los platos, restos de la entrada: unas brochettes de salmón aderezado con hormonas de alcaucil y vegetales grillados, acompañados de un timbal de arroz yamaní con leche de coco. Las piernas de Ignacio Rucci estaban relajadas, al punto que podía sentir la presión del elástico de sus medias Ermenegildo Zegna compradas en Carrefour. Su vista cansada no terminaba de hacer foco en un video tridimensional con momentos de la vida de Katerina, la cumpleañera, hija de un excompañero de Ignacio Rucci en el Colegio Nacional de Buenos Aires, compañero también de Rucci en una agrupación política de la Universidad de Buenos Aires, hoy secretario académico del Rectorado de la Universidad de Buenos Aires y candidato a legislador de la ciudad, casado en terceras nupcias con una joven docente de la Facultad de Agronomía. En el escenario del salón, Katerina, recién descendida desde el techo con unos arneses y en medio de un juego de luces láser, se preparaba para repartir quince velas a las quince personas más importantes de su vida.

Frente a Ignacio Rucci estaba Lorenzo Miguel, otro de sus compañeros de secundario devenido militante, luego idealista de la gestión pública. Lorenzo Miguel acomodó su corbata verdosa y se puso de pie: Ignacio Rucci sabía que su misión era seguirlo. Esperó a que su compañero se acercase al guardarropas y lo miró avanzar entre las más de treinta mesas con orquídeas preparadas para brillar en la oscuridad. Las compañeras de Katerina habían armado una coreografía para el momento de recibir las velas. Ignacio Rucci recordó las fiestas de quince a las que asistía en su colegio secundario, sus primeras borracheras. Sus tetillas guarnecidas por palmeras de pelo blanco se estremecieron al evocar el repudio de sus compañeras de curso cuando Ignacio Rucci había gastado parte del dinero de un regalo colectivo en efectos personales. Después había comprado un conjunto de baratijas en una tienda de artículos a mitad de precio. Cayó en la cuenta de que todo eso había ocurrido a pocas cuadras de ese salón. Ignacio Rucci recordó que el barrio Flores no era aún un ghetto de inmigrantes latinoamericanos sino un espacio en transición: la estación de subte recién inaugurada, galerías que hormigueaban con una mezcla social ya difícil de encontrar en otros barrios de Buenos Aires.

Los devaneos nostálgicos de Ignacio Rucci fueron interrumpidos por música romántica a todo volumen. Había llegado el momento de la vela para el padre. Ignacio Rucci se sobresaltó, por algún motivo pensó en Alicia Eguren de muy joven, comprando latas de lentejas en la proveeduría de un camping, con el pelo atado, las pecas en las rodillas pidiendo piedad ante la naturaleza y el olor a quemado. Se excusó, separó su silla y se dirigió al jardín trasero, donde lo esperaba Lorenzo Miguel. Su socio iba a entregarle un cargamento de un fertilizante prohibido llamado BioEmol, que a su vez Ignacio Rucci debía vender a unos fazenderos gauchos, también burócratas universitarios como él, en la ciudad de Foz Do Iguaçu. El producto de la venta sería utilizado para la campaña política de la camarilla de Ignacio Rucci, en especial para Lorenzo Miguel.

Una fuente con un enorme chorro central de color rojizo y un círculo de agua sincronizado al compás de la música ocupaba el espacio central del patio. A la derecha, una pareja parecía discutir bajo la sombra de un helecho gigante. Ella con un vestido largo de gasa y lentejuelas, zapatos de tacos aguja, él con un traje modesto, celeste, y corbata roja. Ignacio Rucci rozó la pipa que guardaba en el bolsillo interior de su smoking con la yema de sus dedos. Imaginó que volvía a cruzar a nado el estrecho de Gibraltar, imaginó que abandonaba la universidad para siempre. Avanzó y se detuvo frente a Lorenzo Miguel, que hablaba a través de su visor, una sonrisa que inspiraba confianza. Lorenzo Miguel se comunicaba con Jorge Osinde, su hombre para transacciones delicadas que implicasen el acarreo de dinero en efectivo. Le ordenaba que siguiese a Ignacio Rucci hasta que hubiera concretado la venta y que después volviera a contactarse. “Este hijo de puta tendría que haber sido actor”, pensó Ignacio Rucci. “Traicionar a estos mierdas va a dignificarme.” Lorenzo Miguel tenía el cuello atravesado por rastros casi imperceptibles de cirugías reparadoras que no habían podido borrar las cicatrices producidas por un jabalí que había estado a punto de matarlo con sus dientes en una excursión de caza. Miraba al mundo desde detrás de unos anteojos circulares. En sus ratos libres, preparaba una reforma para arancelar la Universidad de Buenos Aires. Ese sería su legado a la sociedad, poner el saber al servicio de las fuerzas productivas y no de una clase ociosa y residual; era su lucha. De su mano con un grueso anillo de casado pendía un pequeño maletín Iveco, dotado de un escaneador calibrado con la información biométrica de Ignacio Rucci: sólo Rucci podría abrirlo. Ignacio Rucci saludó al maletín con la mente. Quiso acunarlo, quizás invitarlo a bailar el vals. Pudo sentir su poder a través del titanio. Ahí adentro había un milagro, música del azar.

Gustavo Ramus entró a un Starbucks lleno de veladores verde musgo, muebles en madera oscura con pequeños adornos y altos ventanales abiertos hacia canteros de piedra de los que brotaban tiernas santa ritas. Estar en un Starbucks le dio tranquilidad. Con su mano derecha digitó el contacto de su madre en la uña del pulgar de su mano izquierda. Le avisó que se sentía mal, que no iría a almorzar, que se verían en su retorno de Cataratas. Luego envió un mensaje por Google Iris a Marcos Osatinsky, que aparecía con estado ausente. Envió un mensaje a su proveedor de MDMA. Empezó a tomar un Chai Latte venti con crema de hormonas de axolotl, acompañado de un scon de queso. De un arrebato, marcó el número de la mujer a la que había embarazado. Los carteles de Starbucks brillaban en un amarillo intenso. Lo atendió un contestador. Gustavo Ramus terminó de consumir su basura dulce y al salir del Starbucks cruzó la calle con la sensación de haber estado encerrado durante meses en un sarcófago con acolchonadas paredes del color de los veladores de Starbucks. Y ahora tenía que volver a su pueblo a dar explicaciones. No era un héroe de guerra ni un vampiro: simplemente se había quedado dormido en un sarcófago durante treinta años.

Ya en su casa, Gustavo Ramus encendió su computadora. Tenía una botella de cerveza Quilmes a medio tomar apoyada sobre una mesa ratona construida con un tacho de pintura dado vuelta y una guía telefónica de páginas humedecidas. Gustavo Ramus intentaba escribir el abstract para su presentación en el congreso de Iguazú. Es regla general para cualquier becario bien criado que los abstracts se mandan durante la misma noche en que expiran los plazos. Empezó a redactar, sus dedos transportaban párrafos de un documento hacia otro: a los pocos minutos se dispersó. No podía seguir evitando a la supuesta madre de su hijo. Gustavo Ramus abandonó el abstract. “Cuando sea titular de cátedra quiero que mi hijo sea jefe de trabajos prácticos. Una dinastía.” Poco a poco su departamento se había convertido en una pequeña y olorosa sucursal del Consejo Nacional de Investigaciones Fraudulentas y Tóxicas. Se trataba de un contrafrente oscuro, los mismos azulejos blancos en la cocina que en el baño, living comedor y habitación que Gustavo Ramus había pintado de un verde manzana pagado en cuotas. En el estante superior de su biblioteca, una colección de gatos de plástico que deseaban buena suerte y levantaban la mano hasta el mismísimo triunfo de la revolución campesina. Gustavo Ramus entró a su cuenta de Mao, que a través del sistema de detección ocular de emociones de Google Iris le informó que su nivel de estrés era de ochenta y cinco puntos. Gustavo Ramus comentaba de manera permanente series de televisión y cine. Su sarcasmo de derecha lo hacía temer la necesidad de eliminar su cuenta cuando accediera a un cargo concursado en la UBA. Se puso a buscar alguna académica que también fuese al congreso. La oveja de la noche anterior había sido un exabrupto, salir del microclima.

Tanto en Mao como en su paleta de Google Iris, la estrategia de Gustavo Ramus consistía primero en aplaudir compulsivamente, luego transferir unos pocos centavos a modo de reconocimiento al ingenio, tal como hacían las empresas activas en las redes sociales, luego ignorar por unos días y finalmente, con el deseo a punto caramelo, enviar mensajes directos a cualquier hembra que lo siguiera, tuviera una geolocalización amable y un pool genético seguro, proponiéndole encontrarse a tomar algo para, tras haberla emborrachado, ofrecerle terminar en algún hotel. Toda esta operatoria venía acompañada de un protocolo de frases románticas, una construcción que lo mostraba vulnerable y enamorado, culto y algo bestial, un príncipe en el reino de las mentalidades sutiles. Gustavo Ramus solía compartir sus aventuras con Marcos Osatinsky en conversaciones sobre el espíritu de época. Sus charlas acontecían en uno de los tantos after office de Retiro al que ambos becarios asistían vestidos de traje: en busca de la dignidad que otorga emborracharse vestido de traje. Gustavo Ramus y Marcos Osatinsky se paseaban disfrazados de oficinistas aunque la vida de becario les permitiese pulular durante meses por sus sendos departamentos contrafrente en jogging o, directamente, en calzoncillos.

Las comunicaciones entre Gustavo Ramus y Carla, la madre de su supuesto hijo, habían empezado a través de Second Life, el día de su relanzamiento mundial. A diferencia de otras oportunidades, aturdido por las nuevas posibilidades brindadas por el simulador de vida y su avatar comprado a través de Google Iris, Gustavo Ramus había empezado a hablarle de sus ataques de pánico. Sin interés sexual. Carla era una contadora con quien Gustavo Ramus tenía poca afinidad genética, apenas un 42% sobre la variabilidad. Con el correr de los intercambios, y una noche en que ambos deambulaban sin plan por un castillo irlandés, habían pactado un primer encuentro cara a cara. Más adelante, a medida que se acostumbraba a una relación sin compromiso, Gustavo Ramus se permitía verla cada cinco páginas terminadas de su tesis de doctorado. La rutina se fue consolidando hasta que la contadora quedó, finalmente y en circunstancias confusas, embarazada.

Tras recibir el golpe, Gustavo Ramus consultó a una vidente. En paralelo había intentado convencer a la contadora de realizarse exámenes de ADN a través de diversas estrategias que iban desde el discurso místico hasta las amenazas de violencia física. Carla decía que era riesgoso y que Gustavo Ramus era el padre: las fricciones no tardaron en llegar. En el último encuentro Gustavo Ramus había llegado a lo de Carla, en el alejado y residencial barrio de Villa Devoto, alrededor de las diez de la noche. Deambuló por la plaza, pensó en arrancar flores de algún jardín para bajar el grado de confrontación. Gustavo Ramus tenía todas las de perder: Carla era una gata persa a la que le había costado demasiado preñarse. Además de los daños ocasionados por la permanente estupidez masculina, Carla estaba lesionada por horas interminables de reuniones con sus amigas del Colegio Carlos Pellegrini, diálogos con cupcakes de por medio, relatos de ecografías y de mañanas sangrantes, métodos cubanos de inseminación artificial, fotografías de bebés, planificaciones y baby showers con la presencia de suegras descontentas: las esquirlas del creciente culto a los recién nacidos. Y cuando ya estaba casi resignada a no tener hijos, cuando empezaba a elaborar un discurso de mujer-profesional exitosa mientras se manifestaba a favor del aborto en Google Iris y revisaba los requisitos en un formulario de compra de infantes del gobierno chino, llegaron el atraso, el test, las mieles de la incipiente maternidad.

Sentado en un banco de la plaza, promediando la cuarta calada profunda a su petaca de whisky, Gustavo Ramus la llamó a través de su visor. La rubia contadora de ropa marca Zara, anillos de alpaca comprados en Machu Picchu y tatuaje de una banda de rock independiente de La Plata en uno de sus omóplatos le recitó un resumen del código penal. Le habló del trato de los presos con los fratricidas, porque el comportamiento de Gustavo Ramus podía ocasionarle trastornos en el embarazo. Aturdido, Gustavo Ramus se acercó a la casa de su amante con la persistencia de un bisonte que enfrenta la nieve. Carla le pasó un sobre a través de la reja, sin mirarlo a los ojos. Gustavo Ramus se retiró derrotado: vestía una camisa a cuadros y un pantalón de corderoy que parecían especialmente diseñados para becarios en problemas. Pensó en llamar a algún amigo, pensó en hacer su descargo en Mao, pero no tenía energías para nada. Caminó por la Avenida Lincoln y subió al Peugeot 307 de su madre. Lo que había en el sobre era una ecografía. Gustavo Ramus manejó hasta encontrar una zona oscura que bordeaba las vías del Ferrocarril General Urquiza. Decidió estacionar. Justo en ese momento el tren de los cartoneros pasó sigiloso, a velocidad crucero, rodeado de un enjambre de palomas moscas con hocico de gato atraídas por el fulgor pestilente de la basura. Desde el balcón de un edificio, las sombras de unos chicos tiraron cascotes que rebotaron contra el techo del tren. Gustavo Ramus revisó el bolsillo interno de su camisa leñadora, sacó su porro y tras mirarlo como se miraría a la primera hoja de marihuana cultivada en suelo marciano lo encendió. A la tercera pitada, abrió la ventanilla del acompañante para ventilar. Tiró el sobre con la ecografía a la calle y, en su visor, dictó un mensaje para su madre con una síntesis de la historia que desembocaba en su paternidad.

3

Alicia Eguren abrió una heladera de plástico metalizado, enorme, capaz de escupir hielos cuando Alicia Eguren se lo pidiera. Aquella era la antítesis de su heladera de soltera, un aparato marrón de sonido afónico, lleno de suciedad orgánica y vegetales mustios y potes de yogur echados a perder, una heladera cuyo último destino conocido había sido un depósito del Ejército de Salvación, y después, tras el desguace obligatorio, una isla de basura del tamaño de Manhattan que flota a la deriva en el océano Pacífico. Sacó tres huevos de un compartimiento. En la sartén los aguardaba una película de aceite de oliva producida por un aerosol. Con los huevos, Alicia Eguren empezó a preparar un omelette al que agregó pedazos de queso roquefort, rodajas de cebolla de verdeo y tiras de champignon. La mezcla coagulaba, se endurecía y en los bordes surgían pequeñas burbujas tornasoladas. El roquefort se derretía, los hongos se ablandaban, cebolla dorada.

Junto a la heladera, un estante lleno de electrodomésticos que sólo se usan pocas veces al año: tostadora, juguera, sandwichera, multiprocesadora, licuadora, exprimidora. “Los prendería fuego a todos”, pensó Alicia Eguren. Dejó el omelette a fuego lento y se acercó a su computadora. En el techo se escuchaban las pisadas de un gato. Imaginó que eran las pisadas de una comadreja que arrastraba una gallina, el cuello muerto de la gallina atrapada entre los dientes de aguja de la comadreja. La comadreja despedía un olor nauseabundo, como los olores rancios que a veces se generan en las cocinas y son un mal presagio para sus propietarios, hasta que se esfuman sin explicación. Con su Macbook encendida sobre la barra de desayuno que separaba a la cocina del comedor diario, por encima de la canción de Sigur Rós que sonaba en ese momento y del crepitar del omelette, Alicia Eguren escuchó el disparo de una Itaca. La Itaca era disparada por un dedo blanco, fino, con un anillo de plata, las uñas pintadas de turquesa. Era su propio dedo a los veinte años. Detrás suyo, enseñándole a disparar, estaba Osvaldo. Amanecía y Alicia Eguren volvía de bailar con sus amigas. Habían estado en Pachá, habían tomado pastillas, se habían besado entre ellas para que las dejaran pasar gratis al vip y sentir que la vida era un hermoso sendero de droga y rosas amarillas y orgías a medio concretar en departamentos con carísimas cortinas italianas de un plástico que no deja pasar la luz. Y comprar basura en las estaciones de servicio al amanecer y tomar más droga y comentar la muerte por sobredosis de famos ...