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CATARATAS

Hernán Vanoli  

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Fragmento

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Marcos Osatinsky lavaba los platos en la cocina oscura de su departamento. Un viscoso rayo verde de detergente se estrelló contra la pila de platos sucios acumulada en una bacha con pequeños hongos. Casi hipnotizado, Marcos Osatinsky observó la lenta disolución de los anillos del detergente por la acción del potente chorro de agua que despedía la canilla. De fondo, su pantalla irradiaba imágenes de una película sobre dramas familiares. Marcos Osatinsky fregaba con una esponja rosada. El aceite con hormonas de hipocampo de las diversas preparaciones pautadas por una dieta desintoxicante recomendada por Google Iris que Marcos Osatinsky acababa de abandonar bajo el influjo del cannabis patinaba hacia la rejilla. Ese aceite le había costado un tres por ciento de su estipendio como becario del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas. “La culpa es una piñata de goma que se autoregenera”, pensó Marcos Osatinsky. Sintió deseos de bajar al kiosco a comprar un chocolate pero recordó que debía preparar una valija. Marcos Osatinsky agradeció al cielo no tener una familia, al menos no una propia. Redobló sus esfuerzos con el lavado y al terminar se puso a acomodar la vajilla en el secador que la eterna disposición práctica de su hermana le había regalado para algún cumpleaños. Marcos Osatinsky se prometió comprar un lavavajillas afín a su temperamento en tantas cuotas Conicet como le fuera posible.

Su oído vibró con un mail recién llegado a su bandeja de entrada, pero evitó activar el visor desde su uña, posponiendo el morbo de leerlo. Al terminar con la vajilla, Marcos Osatinsky llegó a la conclusión de que su lavado garantizaba la visita de una cantidad menor a la usual de cucarachas provenientes del restaurante de comida uruguaya que habían abierto en uno de los locales de la planta baja de su edificio. Sin apagar las luces, caminó hasta su cuarto y empezó a meter prendas de ropa en un bolso rojo: no aguantó más y pulsó la uña de su anular izquierdo para que Google Iris leyese su mensaje. La voz de una actriz famosa le informó que el mail era una foto enviada por Alicia Eguren, su amante, la mujer de Ignacio Rucci, su director de tesis. Puso sus manos en posición, volvió a pulsar y desplegó la foto. Alicia Eguren posaba desnuda frente al espejo empañado del baño de su casa. Marcos Osatinsky decidió no responderle. Navegó hasta su billete electrónico y confirmó que el micro con destino a El Soberbio, Misiones, saldría a las cuatro de la tarde del día siguiente. Por una demora administrativa en los fondos de su equipo de investigación, el hospedaje aún no estaba definido, pero esa tarea, la de conseguir lugar, no le correspondía.

Las nubes parecían bonetes de merengue viejo en el cielo de Villa del Parque. Marcos Osatinsky usaba un jean Levi’s de segunda selección, comprado una mañana de octubre en un enorme local que había sido un taller de marroquinería y también un depósito de autopartes: un jean cosido en Indonesia o alguna otra milagrosa nación del capitalismo asiático, pagado con la tarjeta de débito del Banco de la Nación de la República Argentina que dice Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas en escarpadas letras grises, todo ello dentro de un perímetro carcomido que deja ver desprendimientos de un plastificado barato. “Levi’s es una buena marca más allá de que en sus fábricas exploten obreros gracias a regímenes casi esclavos de trabajo”, pensó Marcos Osatinsky. “Levi’s me otorga ciudadanía.”

Tras sacar su boleto de tren a través del sistema de pago ocular, Marcos Osatinsky recordó de manera vaga un documental sobre las condiciones de trabajo en las fábricas de Levi’s, un documental sobre el cierre de una fábrica Levi’s en Francia. Había visto ese video con Luciana, una exnovia. “El recuerdo de algo visto en Internet con una exnovia es el brinco de un toro mecánico que te tira sobre una colchoneta de lona áspera.” En el recuerdo Marcos Osatinsky estaba con Luciana, ambos bajo los efectos del cannabis diseñado por Monsanto que Marcos Osatinsky acostumbraba fumar. Se habían puesto frente a sus respectivos visores y el sistema se había hecho lento a causa de la modificación en las retinas producida por la droga. Habían reído como hienas. Marcos Osatinsky sintió calor.

Mientras viajaba en el Ferrocarril General San Martín rumbo a Retiro, la pagoda de recuerdos similares a caer en lona rugosa hizo que Marcos Osatinsky imaginara un comentario irónico para Mao, la red social de elite donde Marcos Osatinsky militaba, un comentario sobre Levi’s y su campaña para utilizar telas ecológicas que requieren menos agua en cada lavado. De todos modos sabía que olvidaría sus ideas en pocos minutos y que esa frase reaparecería, distorsionada, en alguno de esos pantanos de tiempo durante los que Marcos Osatinsky solía procrastinar pendiente de las afinidades genéticas que existían entre sus contactos.

En alguna de sus ponencias, o quizás en alguna publicación sociológica con referato que habrá cotizado alto frente al Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas, una publicación cuya probable sede haya sido algún paraje del extractivismo latinoamericano, en el mejor de los casos, si no se trató de una publicación directamente inventada para los evaluadores del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas, Marcos Osatinsky había escrito sobre la sociabilidad en Mao. Por lo poco que recordaba de su paper mientras observaba la pelea entre un grupo de palomas rosadas con hocico de gato y cuatro alas de mosca por unos restos de pizza tirados a un costado de las vías, su hipótesis central era que toda red social, una tecnología surgida de las líneas aéreas, o sea del turismo, es una droga de diseño que subordina el tiempo de su yonqui al Golem de aquellos elegidos por el drogadicto como contactos. Marcos Osatinsky había citado a filósofos europeos, toda la primera parte era un comentario sobre las relaciones entre Husserl y Merleau Ponty; una aproximación fenomenológica cuyos términos básicos Marcos Osatinsky había utilizado también para analizar la corporalidad de los sujetos durante los recitales de rock independiente en un trabajo final de la carrera. “La fenomenología ya no sirve para nada, y a nadie le interesa resucitarla”, pensó. “Debería dejar de refritar ponencias.” Marcos Osatinsky suspiró y observó por la ventanilla del tren, con expresión facial neutra, el continuo de edificaciones saturadas de graffitis. Haber estudiado sociología le había servido para distinguir una villa de un asentamiento precario: lo que rodeaba el itinerario del Ferrocarril General San Martín eran villas.

En la estación Paternal, Marcos Osatinsky llegó a la conclusión de que su forma de pensar las redes sociales, informada en gran parte por lecturas de autores de la Escuela de Frankfurt cuando era apenas un púber, podía ser conservadora. Acostumbrado a sentirse agente de la revolución gracias a un singular mecanismo de autocondescendencia, Marcos Osatinsky no podía permitirse eso. Marcos Osatinsky prefirió creer, como casi siempre mientras fumaba y tomaba Coca-Cola Light con una infaltable pestaña de porno lésbico en su navegador, que Mao era en realidad una literatura menor, un dispositivo de enunciación colectiva, un pliegue barroco en la discursividad moderna: un pequeño campo de batallas inasimilable para el discurso del poder.

Tras una nueva serie de zumbidos, Marcos Osatinsky desplegó su visor. Adidas le había transferido un descuento del tres por ciento de una futura compra gracias a una mención a la marca en la reseña de un libro que había publicado en su paleta de Google Iris y que había sido retransmitida por un comentarista de fútbol en televisión. Inundado de un repentino buen humor, Marcos Osatinsky elaboró un mensaje para Alicia Eguren.

El tren ya estaba en Chacarita, una zona de talleres mecánicos y toneladas de basura acumuladas en las esquinas. Marcos Osatinsky escribió un mensaje para su hermano menor, con quien sólo se comunicaba por ese medio tras una pelea a golpes que había dejado a ambos en el hospital: Marcos Osatinsky con fractura de clavícula, su hermano con tabique nasal fisurado. Se trataban, sin embargo, con cierto cariño, y Marcos Osatinsky visitaba a sus sobrinos y los llevaba siempre al zoológico o a exposiciones de artes visuales en museos de la burguesía financiera como el MALBA, que los niños, de diez y seis años, por lo general repudiaban.

De pronto sosegado, Marcos Osatinsky se preguntaba cómo había sido que esas palomas a veces fosforescentes con hocico de gato y alas de mosca que aparecían de nuevo en su campo visual y habían empezado siendo comercializadas como mascotas se habían expandido cimarronamente por la ciudad, generando nuevos olores y enfermedades. Marcos Osatinsky reflexionaba sobre el asco generalizado de la especie humana para consigo misma, lo ominoso de la crianza y el consecuente y vertiginoso crecimiento de la industria de las mascotas durante las últimas décadas. Sin solución de continuidad, Marcos Osatinsky pensó en política. Estaba harto de ser un opinador vaporoso en Google Iris. El tren avanzaba en paralelo a las torres de cartón que anticipaban la llegada a la estación. Marcos Osatinsky también recordó videos donde las palomas con hocico de gato habían sido cocinadas como relleno para empanadas. En Google Iris había videos donde las simpáticas palomas que despedían un gruñido de delfín eran torturadas, mutiladas y violadas con múltiples elementos punzante

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