Loading...

CAUSAS URGENTES

Paula Rodríguez  

0


Fragmento

El polvo que se levantó con el golpe cae despacio sobre los cuerpos. La luz que viene de afuera pega en las partículas más gruesas y entre esos destellos un San Expedito queda suspendido en el aire y en un silencio que no se entiende si es la vida o la muerte. Da vueltas por encima de las cabezas, no se decide por ninguno. Porque quién no es una mierda, al final. Parece que disfruta, Expedito, con el suspenso. Hasta que sube de golpe, choca contra el techo, gira, queda cabeza abajo y cae en picada sobre Hugo, el punto más alto de una montaña de cuerpos, la mano extendida hacia el santo, el cuello torcido en dirección a Liniers, a donde quedaron apuntando todos, uno sobre el otro, revueltos, aplastados contra las paredes del vagón, desbordándose por la ventanilla, dislocados, partidos, reventados.

Hugo se agarra fuerte del santo patrono de las causas urgentes. Quedó con los dos brazos en alto, sostiene con una mano el celular y con otra la estampita. Clava los codos en uno de los cuerpos blandos que se le vienen encima, lo empuja hacia abajo para liberarse y respirar. Perdón, dice. Pero no le responden. No siente las piernas. Siente miedo. Ya no hay silencio. Algunos tosen, se quejan, crujen, lloran. De afuera llegan un poco de aire y algunos sonidos. Ojalá sean los bomberos. Hugo le pide a Expedito que lo saquen primero. Los que rezan lo ponen más nervioso. Ojalá se callen, se mueran de una vez.

Hugo también atiende urgencias. De cerrajería. A un tipo que está encerrado en su oficina, en el Once, por quedarse trabajando después de hora ya no va a llegar a sacarlo. Esto pasa por no tomarse el 163, como dijo Marta. Justo ahora que están mejor viene a pasar esto. Si Hugo se muere, Marta va a joder toda la vida con el yo te lo dije. No tiene razón. Es el azar. Como la salvación: es al voleo. Nadie se salva porque se lo pida a Dios o le llore a un santo. Lo que hay que hacer es llamar a los bomberos.

Entra un mensaje al celular y la pantalla ilumina la cara estallada de la vieja que también subió en Ituzaingó. La señora ya tenía los ojos medio saltones de antes. Venía empujando a una chica para poder sentarse. Ahora la piba debe de estar debajo de la vieja. Hugo tantea con los pies. El vagón sigue a oscuras pero empieza a hacerse una idea de la forma que tienen las sombras. Trata de leer el wasap sin mirar alrededor. Unos cuantos están muertos, no hace falta ver para darse cuenta. Hugo lo sabe por el olor, ese olor que lo persigue y que ahora conoce bien. Lo conoce bien por lo que no es: no huele a carne ni a miedo ni a podrido. Es más bien como el olor del pasto recién cortado, un olor eufórico.

El mensaje es de Marta:

Veni es urgente

Marta nunca explica qué pasa. Es así, alarmista. Todo es urgente. Debe de estar mirando la novela de los turcos. Qué ganas de joder, por qué no pondrá las noticias. Hugo escribe: vení vos, Marta. No es urgencia por verla o por decir adiós, es la bronca que le dan esos mensajes. Que lo quiera tener agarrado de las pelotas, que lo haga sentir que le debe algo mientras él se está ahogando. Cuánto habrá que esperar. Cuánto se puede aguantar así. Hugo no llega a mandar el mensaje porque recibe otro de Marta. Y se vuelve a iluminar el rostro espantado de la vieja muerta.

Te busca la policia

Como si se hubieran puesto de acuerdo con Marta, llegan unos tipos con linternas y apuntan al interior del vagón. Hugo cierra los ojos, encandilado. Se escuchan sirenas, voces y corridas. Todo mal con San Expedito. Es todo mentira.

—Yo no soy un santo, pero vos tampoco —le habla Hugo a la estampita.

No sabe si lo piensa o si lo dice en voz alta. Es mucho el ruido ahora. Y la gente que grita. No hay nadie escuchando del otro lado. Y si hay alguien, a quién va a escuchar primero, si hay cuarenta mil millones de tipos que piden más fuerte y que tienen más llegada al cielo que Hugo y todos los que están en

Recibe antes que nadie historias como ésta