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CAZADORES DE CANGUROS

Jorge Asís  

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Fragmento

EPÍLOGO I

El mate en la derecha, la pava humeante en la izquierda, don Aldo Castelucci miraba hacia el cielo de su ventana, como diciéndose: sin embargo el de hoy será un bello sábado. Pero no tenía a quién decírselo, la Cata dormía, posiblemente soñaría con su infancia perdida en un pueblo de Udine, o con el barco terrible que la trajo, o con tanto sacrificio para algo. El viejo se cebó otro. No, se dijo, hasta dormida la Cata debe pensar en la comida que preparará ese sábado. Pensará entre las vueltas: si Aldo pesca hoy no cocino. La miró y no sonrió, estaba inexpresivamente quieto, él estaba hecho a la medida de ella, se le parecía, ya casi iguales. Caminó otra vez hacia la ventana. En febrero, se dijo, la pasará mejor, será un mes que como siempre se le escapará rápido. Vendrá el Omar con su familia y la casa se llenará de ruidos, los nietos gozaban de Santa Teresita y verlos disfrutar tanto a don Aldo le hacía bien. El Omar lo acompañará a pescar, llevarían una petaca de cognac. A la nuera Santa Teresita no le gusta, se dijo, porque es una agrandada; en cuanto el Omar anduviera mejor de trabajo y los nietos fueran más grandes, se irían a Mar del Plata. Sabía entonces que si la nuera accedía a ir a Santa Teresita era porque no pagaban, ni alquiler, ni hotel, mucho menos la comida. Y porque la trataban, cabe consignarlo, como a la Paulina, que era hija, la diferencia radicaba en que para Paulina la casa sí que era específicamente un hotel. Ella hace su vida, se dijo, pero no le gustaba la vida que hacía. La misma, en realidad, que hacía en Buenos Aires, pero allá era más fácil tratar de ignorarla, estaba el trabajo, la veía poco. Aguantársela, viejo, mil veces se lo dijo, y se cebó otro. Vida puerca. Innegablemente, en febrero se divertiría más, faltaban dos días, apenas, cuidaría a los nietos en la playa, los llevaría a los juegos, haría asados para alguien y no se haría la malasangre que tanto lo perjudicaba. No hacía falta que se asomara a la otra habitación para comprender que Paulina, otra vez, como siempre, no había llegado. Miró de todas maneras, con tristeza y resignación, la cama vacía. Salió al pequeño jardín, volvió a mirar el cielo, y ansiosamente hacia la calle; se desperezó por hábito, tragó bronca y entró otra vez para cebarse el último. Se puso la campera militar, se calzó el medio mundo al hombro, la caña, el balde, y sin mayor entusiasmo salió de la casa de veraneo que construyó con sus propias manos, cuando aún tenía fuerzas y fe, la Paulina y el Omar entonces eran niños. Mientras caminaba rumbo al muelle, vio que se acercaba en dirección contraria un Taunus, gris, metalizado, y por supuesto que su presentimiento no fallaría. Ahí adentro, con dos tipos, sentada en el medio del asiento delantero, venía Paulina. Aunque el auto pasó a su lado ni la miró, le daba una extraña vergüenza mirarla, siguió su itinerario hasta escaparse definitivamente de la novela.

—Es tu viejo, ¿no? —fue Douksas.

—Sí —Paulina—. Se va a pescar. Se hizo el que no me vio. No jode. —Y de inmediato le señaló un chalet a Zalim—: Aquí nomás, Rodolfo, el de la esquina.

Zalim detuvo el Taunus. Ya habían intercambiado los teléfonos, aunque supieran que nunca se iban a llamar. En la vida del otro, cada uno sería apenas otro más, un vago recuerdo altivo, o nada. Las mujeres y los hombres mutuamente prometidos pasarían a convertirse en otro delirio circunstancial, olvidado; pero después de todo era una pena perderla. Ya también habían dejado a Katty, frente a un ostentoso edificio de la Tres; en adelante a Zalim le faltaba nada más que llevarlo al polaco, a San Clemente, después vería, aunque casi con certeza seguiría viaje hasta Buenos Aires. Tenía ganas de ver a sus hijos, aparte le correspondía porque era sábado. Algo agotada, como si pugnara por soportar sus ganas de toser, Paulina lo besó en los labios. Todavía continuaba en el centro la reina, con el polaco se habían pasado adelante después que descargaron a Katty. Paulina también besó a Douksas en los labios, después no pudo más y tosió.

—Cuidate. Mañana… —y se tomó la cabeza Douksas—. Digo, después, te veo en Babieka, caigo a eso de las doce. Y te voy a organizar la despedida que te merecés.

—Eso espero —Paulina—. Es una lástima que el señor Rivarola no pueda quedarse un día más —y demoraba la despedida, sonrió y tosió—. Besos —agregó, y salió del Taunus aunque el polaco no bajara, su enterito amarillo después de todo estaba entero. Iba descalza, llevaba los zapatos en la mano, mirándola bien al amanecer no era tan preciosa.

—Es una mina diez puntos ésta —dijo el polaco, y el turco asintió. A lo lejos, abreviado, como obstinándose en no desaparecer del cuadro, podía verse todavía al pescador.

Primera parte
Zona para cazadores

EL INVIERNO SERÁ UNA GINEBRA LENTA

Pueblo saltarín, decíamos, canguros serviciales, ebanistas, mentiras, polaco, jamás tuvimos un ebanista, vos me inculcaste el amor por las palabras, a vos más que a ninguno le debo la firme pasión por la literatura, tenías especial predilección por la palabra ebanista, éramos jóvenes, canguros espléndidos, jugosísimos, postergados, dóciles o violentos; no tendríamos ebanistas pero rebosábamos de hombres de la carne y del mercado, con manchas indelebles de sangre y olor estrictamente ácido, baranda popular; teníamos curtiembreros, buena gente la del cuero cuando trabajaba bien, con extras; barrenderos, medio flojita la orden de municipales, si les caés después del tres no les queda un peso ni para el boleto de colectivo; teníamos serenos, peones, choferes, estibadores, potentes las órdenes de los portuarios si tenían la tarjeta plástica, un flan si no, una tómbola, preferible a veces es no hacerlas, polaco. Buscábamos sobre todo a los metalúrgicos, esas eran las más bellas órdenes, de fierro, mucho más sólidas que las de los textiles, que las de la construcción ni hablar, no puede compararse, y tampoco era conveniente arriesgarse con los vigilantes, si había que colgar un policía —eso sí— se lo colgaba, podía entrar en el montón pero era una orden casi tan flojita como la de los municipales. Y ojo, polaco, con los tucumanos, tantealos, mirá que son clavadores, son porteños vocacionales, algo ladinos para pagar, parecen tiernos pero de boludos no tienen nada, son bicicleteros, vivarachos, y tratá, en lo posible, de no colgar nunca a una sirvienta, sobre todo si es soltera, en realidad hay que tener cuidado con los solteros en general, son inestables, les vas a cobrar y ya se borraron, salvo que firme el padre y tenga, claro, trabajo efectivo. También es necesario estar atento al máximo con los

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