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CERATI

Juan Morris  

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Fragmento

1. Última vez

—¿Dije muchas estupideces?

Sentado en el sillón del camarín, Gustavo Cerati fumaba un Jockey suave largo y miraba su teléfono con ansiedad. Todavía tenía puesto el traje blanco que había usado en el show. Era la medianoche del sábado y, mientras esperaba que Chloé le respondiera desde Madrid, empezaba a avergonzarse de todo lo que había dicho en el escenario.

Media hora antes había terminado el último show del tour de Fuerza natural por Latinoamérica y Estados Unidos. Gustavo estaba contento y agotado, empezando a relajarse después de un mes y medio de aviones, hoteles, fiestas y conciertos. Había sido una de esas noches en las que todo salía bien: el campus de la Universidad Simón Bolívar de Caracas estaba lleno y la banda había sonado como un organismo vivo y poderoso.

Después de comer con el resto del equipo en una de las carpas montadas detrás del escenario, el sonidista Adrián Taverna y el guitarrista Richard Coleman acababan de entrar a su camarín para charlar un rato. Eran sus más viejos amigos, se conocían desde comienzos de los 80, antes de que Soda Stereo grabara su primer disco. Cuando terminaban los conciertos, Taverna solía pasar un rato por su camarín para hablar sobre cómo había salido todo. Era una especie de ritual.

—Fue el show más exitoso de la gira —les dijo Gustavo apenas los vio llegar.

Mientras se sentaban, una moza entró y dejó sobre la mesa una bandeja con un medallón de lomo y una ensalada. Gustavo terminó de fumar su cigarrillo y les preguntó con una sonrisa si había dicho muchas estupideces.

—Sí, como siempre —le contestó Coleman.

Era uno de los pocos que no se mostraba afectado por su estatus de estrella de rock y se divertía diciéndole lo que otros no se animaban. Taverna lo miró con cara de aturdido. Sabía que Gustavo siempre se sentía inseguro cuando hablaba entre las canciones. Entonces, Coleman agregó:

—Pero a la gente le encanta que digas estupideces.

Los tres se rieron. Hacía calor. Era una noche espesa en Caracas. En el camarín había un espejo, luces ambientales, dos sillones blancos, unas sillas de plástico y una mesa con frutas, botellitas de agua y latas de cerveza. El lugar estaba en un pequeño valle rodeado de montañas. Durante el show, varias nubes habían invadido el escenario dejando a la banda a ciegas.

—Ya sé a qué viniste —le dijo Gustavo a Taverna mientras comía el bife—. Me di cuenta que sonó bien.

Dos noches antes habían tenido algo parecido a una discusión. La anteúltima fecha de la gira había sido en el Coliseo El Campín, en Bogotá, un anfiteatro de cemento y techo de chapa con una acústica difícil. Gustavo, fastidiado por el mal sonido, pero también por la poca gente que había ido a verlos, se lo había recriminado a Taverna en los camarines.

Cuando volvía al hotel a la madrugada después de tocar, Gustavo abría su MacBook y se quedaba un rato chateando por Facebook mientras buscaba en internet los videos del show que la gente había filmado con sus celulares para analizar cómo había sonado la banda y cómo se veían los efectos de luces. Era fanático de los videos de sus fanáticos. Los miraba con detenimiento, estudiándose a sí mismo desde la perspectiva del público, ajustando su imagen mental y sus neurosis a la realidad. Un momento de contemplación disociativa antes de dormirse. Taverna le decía que esos videos tenían un audio pésimo y no servían para tomar de referencia, pero Gustavo le respondía que igual se daba cuenta.

Mientras charlaban esa noche en Venezuela, Taverna lo notó apagado. Nicolás Bernaudo, su asistente, entró para avisarle que uno de los productores venezolanos del show quería saludarlo y Taverna y Coleman aprovecharon para ir a sus camarines.

—Che, ¿te pasa algo? —le preguntó Taverna antes de salir.

—No... Estoy cansado.

—Bueno, aprovechá para descansar que mañana tenés que viajar. ¿Querés hacer algo?

—No, no, quiero dormir hoy.

Taverna salió del camarín desconcertado con la respuesta que acababa de escuchar. En casi treinta años compartiendo giras y shows, Gustavo nunca se había ido a dormir después de tocar.

Esa charla no duró más de diez minutos, pero fue la más larga que tuvieron en toda la gira. Gustavo había pasado casi todo el tiempo con Chloé Bello, una modelo de veintitrés años con la que había empezado a salir en el verano. Sólo se cruzaba con los m

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