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CHARLES STREET, N.º 44

Danielle Steel  

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Fragmento

1

Francesca Thayer permaneció sentada a su mesa hasta que los números empezaron a desdibujarse frente a ella. Los había repasado un millón de veces durante los últimos dos meses y acababa de dedicar todo un fin de semana a recalcularlos de nuevo. El resultado siempre era el mismo. Se pasó la mano de forma inconsciente por la larga melena, rubia y ondulada, que llevaba despeinada y hecha un desastre. Eran las tres de la madrugada y estaba intentando salvar su negocio y su casa. Por desgracia, de momento había sido incapaz de dar con la solución. Imaginó la posibilidad de perderlos y sintió que se le revolvía el estómago.

Cuatro años antes, Todd y ella habían decidido abrir su propio negocio, una galería de arte en el West Village de Nueva York especializada en la exposición y venta de obras de artistas en alza a precios más que asequibles. Francesca sentía un fuerte compromiso por los artistas a los que representaba. Tenía una extensa experiencia en el mundo del arte; Todd, ninguna. Antes de aquella aventura en solitario, había dirigido dos galerías, una en la parte alta de la ciudad, justo después de licenciarse, y otra en Tribeca; no obstante, la que había abierto con Todd era su sueño. Era licenciada en Bellas Artes, su padre era un artista muy conocido que se había hecho famoso en los últimos años, y la galería que Todd y ella compartían había cosechado críticas excelentes. Todd era un ávido coleccionista de obras contemporáneas y pensó que ayudarla a abrir su propia galería podría ser divertido. Por aquel entonces, estaba cansado de su trabajo de abogado en Wall Street. Tenía una cantidad considerable de dinero ahorrado y suponía que con eso le bastaría para vivir unos cuantos años. Según el plan de negocio que él mismo había confeccionado, en tres años empezarían a ganar dinero. Con lo que no había contado era con la pasión de Francesca por las obras menos caras, que solían ser de artistas completamente desconocidos, ni con su costumbre de echarles una mano siempre que podía. Como tampoco se había dado cuenta de que su principal objetivo era mostrar esas obras y no necesariamente enriquecerse gracias a ellas. Su motivación para lograr el éxito empresarial era bastante más limitada que la de él. Se consideraba mecenas y galerista por igual. A Todd, en cambio, solo le interesaba ganar dinero. Le había parecido emocionante y un cambio más que bienvenido después de los años que había dedicado a los impuestos y el papeleo de un importante bufete de abogados. En cambio ahora decía que estaba cansado de oír hablar de tanto artista sensiblero, de ver que su colchón se iba desintegrando poco a poco, de ser pobre. En su opinión, aquello ya no era divertido. Tenía cuarenta años y quería ganar dinero otra vez, dinero de verdad. Cuando se lo comentó a ella, ya tenía apalabrado un trabajo en un bufete de Wall Street. Le prometían un puesto de socio en cuestión de un año. Para Todd, vender arte ya era cosa del pasado.

Francesca quería seguir adelante y hacer de la galería un éxito, costase lo que costase. A diferencia de Todd, a ella no le importaba estar en la ruina. Sin embargo, durante el último año, la relación entre los dos había empezado a resentirse, lo cual convertía la galería en algo aún menos atractivo para Todd. Discutían por todo, lo que hacían, a quién veían, cuál debería ser el futuro de la galería. Ella encontraba a los artistas, trabajaba con ellos y organizaba las exposiciones. Todd se ocupaba de la parte financiera y de pagar las facturas.

Lo peor de todo era que la relación entre ambos se había agotado. Habían estado juntos cinco años. Cuando se conocieron, Francesca acababa de cumplir los treinta y Todd tenía treinta y cinco.

Le costaba creer que una relación que parecía tan sólida pudiera desmoronarse en apenas un año. Nunca habían querido casarse, pero ahora ni siquiera estaban de acuerdo en eso. Al cumplir los cuarenta, Todd había decidido que de pronto le apetecía tener una vida convencional. Le parecía buena idea casarse y no quería esperar mucho más antes de tener hijos. A sus treinta y cinco, Francesca aún quería lo que tenía cuando se habían conocido, hacía cinco años. En una ocasión hablaron de tener hijos, pero ella antes deseaba triunfar con la galería. Desde el primer día había sido muy sincera con él acerca del matrimonio, le había explicado cuánto lo aborrecía. Se había pasado la vida presenciando desde primera fila la obsesión de su madre por casarse, así como las cinco veces que todo se había ido al garete. Francesca llevaba toda la vida intentando no cometer los mismos errores. Siempre se había avergonzado de su madre y lo último que le apetecía a estas alturas era empezar a comportarse como ella.

Sus padres se habían divorciado cuando ella tenía seis años. También había visto a su padre, un hombre irresponsable, aunque encantador y extremadamente bien parecido, ir de relación en relación, por lo general con chicas muy jóvenes con las que nunca estaba más de seis meses. Eso, combinado con la obsesión enfermiza de su madre por el matrimonio, había alimentado la fobia de Francesca al compromiso, fobia que había durado hasta que conoció a Todd. Sus padres también se habían divorciado cuando él tenía catorce años, así que tampoco era muy partidario del matrimonio. Era algo que siempre habían tenido en común; pero ahora, de pronto, Todd empezaba a verle el sentido a casarse. Le dijo que estaba cansado del estilo de vida bohemio de la gente que vivía en pareja y creía que estaba bien tener hijos sin estar casados. En cuanto sopló las velas del pastel de su cuadragésimo cumpleaños, fue como si alguien hubiera accionado un interruptor y, sin previo aviso, se convirtió en un hombre tradicional. Francesca, por su parte, prefería dejar las cosas como estaban, como siempre habían estado.

No obstante, de pronto era como si todos los amigos de Todd vivieran en la zona alta de la ciudad. No paraba de quejarse del West Village, el barrio en el que vivían y del que Francesca estaba enamorada. Comentaba que el vecindario y su gente le parecían cutres. Para complicar aún más las cosas, poco tiempo después de inaugurar la galería se habían enamorado de una casa que necesitaba una buena inversión en reformas. La descubrieron una tarde de diciembre mientras nevaba, y la consiguieron a muy buen precio precisamente porque estaba en pésimo estado. La arreglaron juntos e hicieron gran parte del trabajo ellos mismos. Cuando no estaban en la galería, trabajaban en la casa, y en poco más de un año la dejaron reluciente. Compraron muebles de segunda mano y poco a poco la fueron convirtiendo en un hogar que ambos adoraban. Ahora, de repente, Todd se quejaba de que se había pasado los últimos cuatro años metido debajo de un fregadero roto o reparando todo tipo de cosas. Quería vivir en un piso moderno y con portero para que fuera otro quien se ocupara de todo. Francesca estaba luchando desesperadamente por salvar el negocio y la casa que compartían. A pesar del fracaso de la relación, no quería renunciar a ellos, pero tampoco sabía qué hacer para evitarlo. Ya era lo bastante malo perder a Todd como para perder también la galería y la casa.

Lo habían intentado todo para salvar la relación, sin resultado. Habían ido a terapia de pareja e individual. Se habían separado durante dos meses. Habían hablado y hablado hasta quedarse sin saliva. Se habían comprometido a todo cuanto habían podido. Sin embargo, él quería cerrar la galería, lo cual le habría roto el corazón a ella. También ansiaba casarse y tener hijos, y ella no, o al menos no de momento, o quizá nunca. La idea del matrimonio la horrorizaba, aunque significara unirse al hombre que amaba. Los nuevos amigos de Todd le parecían increíblemente aburridos. Él pensaba que los que habían tenido hasta entonces eran limitados y anodinos. Decía estar cansado de veganos, de artistas famélicos y de lo que él consideraba ideales de izquierdas. Francesca no tenía ni idea de cómo se habían distanciado tanto en apenas unos años, pero había ocurrido.

El último verano lo habían pasado separados, cada uno por su lado. En lugar de navegar en Maine como solían hacer, Francesca había vivido tres semanas en una colonia de artistas, mientras Todd viajaba por Europa con unos amigos y luego frecuentaba los Hamptons los fines de semana. En septiembre, un año después de que empezaran las discusiones, los dos sabían que no tenía sen

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