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CHARLES STREET, N.º 44

Danielle Steel  

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Fragmento

1

Francesca Thayer permaneció sentada a su mesa hasta que los números empezaron a desdibujarse frente a ella. Los había repasado un millón de veces durante los últimos dos meses y acababa de dedicar todo un fin de semana a recalcularlos de nuevo. El resultado siempre era el mismo. Se pasó la mano de forma inconsciente por la larga melena, rubia y ondulada, que llevaba despeinada y hecha un desastre. Eran las tres de la madrugada y estaba intentando salvar su negocio y su casa. Por desgracia, de momento había sido incapaz de dar con la solución. Imaginó la posibilidad de perderlos y sintió que se le revolvía el estómago.

Cuatro años antes, Todd y ella habían decidido abrir su propio negocio, una galería de arte en el West Village de Nueva York especializada en la exposición y venta de obras de artistas en alza a precios más que asequibles. Francesca sentía un fuerte compromiso por los artistas a los que representaba. Tenía una extensa experiencia en el mundo del arte; Todd, ninguna. Antes de aquella aventura en solitario, había dirigido dos galerías, una en la parte alta de la ciudad, justo después de licenciarse, y otra en Tribeca; no obstante, la que había abierto con Todd era su sueño. Era licenciada en Bellas Artes, su padre era un artista muy conocido que se había hecho famoso en los últimos años, y la galería que Todd y ella compartían había cosechado críticas excelentes. Todd era un ávido coleccionista de obras contemporáneas y pensó que ayudarla a abrir su propia galería podría ser divertido. Por aquel entonces, estaba cansado de su trabajo de abogado en Wall Street. Tenía una cantidad considerable de dinero ahorrado y suponía que con eso le bastaría para vivir unos cuantos años. Según el plan de negocio que él mismo había confeccionado, en tres años empezarían a ganar dinero. Con lo que no había contado era con la pasión de Francesca por las obras menos caras, que solían ser de artistas completamente desconocidos, ni con su costumbre de echarles una mano siempre que podía. Como tampoco se había dado cuenta de que su principal objetivo era mostrar esas obras y no necesariamente enriquecerse gracias a ellas. Su motivación para lograr el éxito empresarial era bastante más limitada que la de él. Se consideraba mecenas y galerista por igual. A Todd, en cambio, solo le interesaba ganar dinero. Le había parecido emocionante y un cambio más que bienvenido después de los años que había dedicado a los impuestos y el papeleo de un importante bufete de abogados. En cambio ahora decía que estaba cansado de oír hablar de tanto artista sensiblero, de ver que su colchón se iba desintegrando poco a poco, de ser pobre. En su opinión, aquello ya no era divertido. Tenía cuarenta años y quería ganar dinero otra vez, dinero de verdad. Cuando se lo comentó a ella, ya tenía apalabrado un trabajo en un bufete de Wall Street. Le prometían un puesto de socio en cuestión de un año. Para Todd, vender arte ya era cosa del pasado.

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Francesca quería seguir adelante y hacer de la galería un éxito, costase lo que costase. A diferencia de Todd, a ella no le importaba estar en la ruina. Sin embargo, durante el último año, la relación entre los dos había empezado a resentirse, lo cual convertía la galería en algo aún menos atractivo para Todd. Discutían por todo, lo que hacían, a quién veían, cuál debería ser el futuro de la galería. Ella encontraba a los artistas, trabajaba con ellos y organizaba las exposiciones. Todd se ocupaba de la parte financiera y de pagar las facturas.

Lo peor de todo era que la relación entre ambos se había agotado. Habían estado juntos cinco años. Cuando se conocieron, Francesca acababa de cumplir los treinta y Todd tenía treinta y cinco.

Le costaba creer que una relación que parecía tan sólida pudiera desmoronarse en apenas un año. Nunca habían querido casarse, pero ahora ni siquiera estaban de acuerdo en eso. Al cumplir los cuarenta, Todd había decidido que de pronto le apetecía tener una vida convencional. Le parecía buena idea casarse y no quería esperar mucho más antes de tener hijos. A sus treinta y cinco, Francesca aún quería lo que tenía cuando se habían conocido, hacía cinco años. En una ocasión hablaron de tener hijos, pero ella antes deseaba triunfar con la galería. Desde el primer día había sido muy sincera con él acerca del matrimonio, le había explicado cuánto lo aborrecía. Se había pasado la vida presenciando desde primera fila la obsesión de su madre por casarse, así como las cinco veces que todo se había ido al garete. Francesca llevaba toda la vida intentando no cometer los mismos errores. Siempre se había avergonzado de su madre y lo último que le apetecía a estas alturas era empezar a comportarse como ella.

Sus padres se habían divorciado cuando ella tenía seis años. También había visto a su padre, un hombre irresponsable, aunque encantador y extremadamente bien parecido, ir de relación en relación, por lo general con chicas muy jóvenes con las que nunca estaba más de seis meses. Eso, combinado con la obsesión enfermiza de su madre por el matrimonio, había alimentado la fobia de Francesca al compromiso, fobia que había durado hasta que conoció a Todd. Sus padres también se habían divorciado cuando él tenía catorce años, así que tampoco era muy partidario del matrimonio. Era algo que siempre habían tenido en común; pero ahora, de pronto, Todd empezaba a verle el sentido a casarse. Le dijo que estaba cansado del estilo de vida bohemio de la gente que vivía en pareja y creía que estaba bien tener hijos sin estar casados. En cuanto sopló las velas del pastel de su cuadragésimo cumpleaños, fue como si alguien hubiera accionado un interruptor y, sin previo aviso, se convirtió en un hombre tradicional. Francesca, por su parte, prefería dejar las cosas como estaban, como siempre habían estado.

No obstante, de pronto era como si todos los amigos de Todd vivieran en la zona alta de la ciudad. No paraba de quejarse del West Village, el barrio en el que vivían y del que Francesca estaba enamorada. Comentaba que el vecindario y su gente le parecían cutres. Para complicar aún más las cosas, poco tiempo después de inaugurar la galería se habían enamorado de una casa que necesitaba una buena inversión en reformas. La descubrieron una tarde de diciembre mientras nevaba, y la consiguieron a muy buen precio precisamente porque estaba en pésimo estado. La arreglaron juntos e hicieron gran parte del trabajo ellos mismos. Cuando no estaban en la galería, trabajaban en la casa, y en poco más de un año la dejaron reluciente. Compraron muebles de segunda mano y poco a poco la fueron convirtiendo en un hogar que ambos adoraban. Ahora, de repente, Todd se quejaba de que se había pasado los últimos cuatro años metido debajo de un fregadero roto o reparando todo tipo de cosas. Quería vivir en un piso moderno y con portero para que fuera otro quien se ocupara de todo. Francesca estaba luchando desesperadamente por salvar el negocio y la casa que compartían. A pesar del fracaso de la relación, no quería renunciar a ellos, pero tampoco sabía qué hacer para evitarlo. Ya era lo bastante malo perder a Todd como para perder también la galería y la casa.

Lo habían intentado todo para salvar la relación, sin resultado. Habían ido a terapia de pareja e individual. Se habían separado durante dos meses. Habían hablado y hablado hasta quedarse sin saliva. Se habían comprometido a todo cuanto habían podido. Sin embargo, él quería cerrar la galería, lo cual le habría roto el corazón a ella. También ansiaba casarse y tener hijos, y ella no, o al menos no de momento, o quizá nunca. La idea del matrimonio la horrorizaba, aunque significara unirse al hombre que amaba. Los nuevos amigos de Todd le parecían increíblemente aburridos. Él pensaba que los que habían tenido hasta entonces eran limitados y anodinos. Decía estar cansado de veganos, de artistas famélicos y de lo que él consideraba ideales de izquierdas. Francesca no tenía ni idea de cómo se habían distanciado tanto en apenas unos años, pero había ocurrido.

El último verano lo habían pasado separados, cada uno por su lado. En lugar de navegar en Maine como solían hacer, Francesca había vivido tres semanas en una colonia de artistas, mientras Todd viajaba por Europa con unos amigos y luego frecuentaba los Hamptons los fines de semana. En septiembre, un año después de que empezaran las discusiones, los dos sabían que no tenía sentido seguir intentándolo y habían decidido dejarlo. En lo que no se habían puesto de acuerdo era en qué hacer con la galería y con la casa. Francesca había invertido todos los ahorros en su mitad de la casa y, si quería conservarla, tenía que comprarle a él su parte o acceder a venderla. En la galería habían invertido menos y lo que Todd le pedía era lo justo. El problema era que tampoco lo tenía. Él le estaba dando tiempo para que se buscara la vida. Era noviembre y seguía tan lejos de encontrar una solución como hacía dos meses. Él seguía esperando con el convencimiento de que acabaría entrando en razón y se daría por vencida.

Todd deseaba vender la casa antes de fin de año o recuperar su parte. Y también quería estar fuera del negocio por esas mismas fechas. Seguía ayudándola los fines de semana cuando tenía tiempo, pero ya no ponía ni ilusión ni ganas, y cada vez era más estresante para ambos vivir bajo el mismo techo cuando la relación hacía tiempo que estaba muerta. Llevaban meses sin dormir juntos y, siempre que podía, Todd se iba los fines de semana con sus amigos. Era una situación triste para los dos. A Francesca le había afectado el final de la relación, pero también estaba estresada por la galería y por la casa. Podía sentir el sabor amargo de la derrota y lo odiaba con todas sus fuerzas. Tenía más que suficiente con el fracaso de la relación. Cinco años eran demasiado tiempo para acabar otra vez en la casilla de salida de su vida. Cerrar la galería, o venderla, y perder la casa era más de lo que podía soportar. Pero aunque observaba fijamente los números, vestida con unos vaqueros y una vieja sudadera, no conseguía encontrar por ninguna parte la magia que necesitaba. Por mucho que sumara, restara o multiplicara, seguía sin tener el dinero necesario para comprar la parte de Todd. Repasó de nuevo las cifras mientras las lágrimas le rodaban por las mejillas.

Sabía exactamente qué le diría su madre. Se había opuesto con todas sus fuerzas a que Francesca se comprara una casa o montara un negocio con un hombre al que amaba pero con el que no tenía intención de casarse. Para ella, inversión y amor eran la peor combinación imaginable. «¿Y qué pasará cuando rompáis?», le había preguntado, dando por sentado que era inevitable, ya que todas sus relaciones habían terminado en divorcio. «¿Cómo lo solucionarás, sin pensión y sin acuerdo de separación?» Su madre era de la opinión de que toda relación debía iniciarse con un acuerdo prematrimonial y terminar con una pensión de manutención.

«Ya llegaremos a un acuerdo, mamá, como haces tú con tus divorcios», le había respondido Francesca, molesta por lo que insinuaba su madre, como solía ocurrirle con todo lo que esta decía. «Con buenos abogados y el amor que seamos capaces de conservar el uno por el otro llegados a ese punto, si es que algún día nos separamos. Y con respeto y buena educación.»

Todos los divorcios de su madre habían sido amistosos. Mantenía una buena relación con sus ex maridos y todos seguían adorándola. Thalia Hamish Thayer Anders Johnson di San Giovane era guapa, elegante, consentida, egocéntrica, glamurosa y, a ojos de la mayoría de la gente, estaba un poco loca. Francesca la definía como «colorida» cuando intentaba ser amable con ella, pero lo cierto era que durante toda su vida había sido una humillación insoportable. Se había casado con tres estadounidenses y dos europeos. Sus dos maridos europeos, uno británico y el otro italiano, poseían títulos nobiliarios. Se había divorciado cuatro veces y había enviudado una quinta, la última. Sus esposos habían sido un escritor de éxito; el padre de Francesca, que era artista; el vástago de una famosa estirpe británica de banqueros; y un constructor de Texas que le había dejado una buena cantidad de dinero y dos centros comerciales, lo cual a su vez le había permitido casarse con un conde italiano arruinado pero absolutamente encantador que, ocho meses más tarde, se había matado en Roma en un horrible accidente con su Ferrari.

Para Francesca era como si su madre fuera de otro planeta. No tenían nada en común. Y obviamente entonaría un «te lo dije» en cuanto le anunciara que la relación había terminado, algo para lo que todavía no había reunido el valor suficiente. No quería tener que oír lo que su madre tuviera que comentar al respecto.

Al fin y al cabo, no se había ofrecido a ayudarla cuando compró la casa y abrió la galería, y Francesca sabía que tampoco lo haría ahora. Para ella, invertir en aquella casa había sido una insensatez. Ni siquiera le gustaba el barrio. Al igual que Todd, seguro que le aconsejaría que la vendiera. Si lo hacían, si la vendían, seguro que obtendrían beneficios, pero a Francesca no le interesaba el dinero; quería quedarse en la casa y estaba convencida de que había una forma de hacerlo, solo que aún no había dado con ella. Su madre tampoco le sería de ayuda esta vez. Nunca lo era. Era una mujer práctica. Había dependido de los hombres toda su vida y había empleado las pensiones y el dinero de los acuerdos de divorcio para mantener un tren de vida más propio de la jet set. Nunca había ganado ni un solo centavo por sí misma, solo a base de casarse o de divorciarse, algo que para Francesca se parecía peligrosamente a la prostitución.

Ella era una mujer independiente y quería seguir siéndolo. Con la vida de su madre como ejemplo, había decidido no confiar nunca en nadie, y menos en un hombre. Era hija única. Su padre, Henry Thayer, no tenía muchas más luces que su madre. Había sido un artista sin un solo centavo en el bolsillo durante muchos años, un hombre excéntrico aunque encantador, un mujeriego, hasta que hacía once años, a los cincuenta y cuatro, había tenido la inmensa suerte de conocer a Avery Willis. Había contratado sus servicios como abogada para que le ayudara en una demanda, que al final ganó para él, contra un marchante de arte que le había estafado. Luego le aconsejó cómo invertir el dinero en lugar de permitir que se lo gastara en mujeres. Y un año más tarde, en un arranque de genialidad, el único que Francesca le había conocido en toda su vida, su padre se había casado con Avery. Para ella, a sus cincuenta años, era la primera vez. En poco más de diez años, le ayudó a amasar una fortuna considerable invirtiendo en arte y en propiedades inmobiliarias. Le había convencido para que comprara un edificio en el SoHo, donde aún hoy seguían viviendo y en el que su padre todavía pintaba. También tenían una segunda residencia en Connecticut. Avery se había convertido en su agente y el precio de sus obras se había disparado al mismo ritmo que los números de su cuenta bancaria. Y por primera vez en su vida, estaba siendo lo suficientemente inteligente como para serle fiel. Para Henry era como si su mujer caminara sobre las aguas. La adoraba. Aparte de la madre de Francesca, era la única mujer con la que se había comprometido lo bastante como para casarse. Y eso que no existían dos mujeres más distintas que Avery y Thalia.

Avery tenía una carrera respetable como abogada y nunca había necesitado depender de un hombre. Su esposo era su único cliente. No podía considerarse glamurosa, aunque sí atractiva, y era una persona sólida, práctica, con una mente privilegiada. Nada más conocerse, Francesca y ella se habían vuelto locas la una por la otra. Tenía la edad suficiente para ser su madre, pero no quería serlo. No tenía hijos propios y, antes de casarse, sentía la misma desconfianza por el matrimonio que Francesca. También tenía, como ella misma los definía, unos padres locos. Francesca y su madrastra habían sido muy amigas durante los últimos diez años. A sus sesenta, Avery aún conservaba un aspecto natural y juvenil. Solo era dos años más joven que Thalia, pero era como si fuera de otra especie.

A Thalia lo único que le interesaba con sesenta y dos años era encontrar otro marido. Estaba convencida de que el sexto sería el definitivo y el mejor de todos. Su hija no estaba tan segura y esperaba que no volviera a casarse. Estaba convencida de que la vehemencia con la que Thalia buscaba al número seis había ahuyentado a cualquier posible candidato. Parecía increíble que llevara dieciséis años viuda y sin pareja, sin contar un puñado de aventuras. Y seguía siendo una mujer hermosa. Con cuarenta y cinco años, su madre ya había tenido cinco maridos. Siempre decía que le gustaría volver a tener cincuenta, y es que creía que a esa edad le habría resultado mucho más fácil encontrar a otro posible candidato que ahora.

Avery era feliz tal y como estaba, casada con un hombre al que adoraba y cuyas extravagancias toleraba de buen grado. No le preocupaba lo mal que se hubiera podido comportar su esposo antes de estar con ella. Henry se había acostado con cientos de mujeres, de costa a costa de Estados Unidos y por toda Europa. Le gustaba decir que antes de conocer a Avery había sido un «chico malo» y Francesca sabía que no le faltaba razón. Había sido «malo», en el sentido de irresponsable, además de un marido y un padre terrible, y seguiría siendo un «chico» hasta el día de su muerte, aunque viviera para cumplir los noventa. Su padre era un chiquillo, a pesar de su enorme talento artístico, y su madre no era mucho mejor que él, aunque, en su caso, sin oficio ni beneficio.

Avery era la única persona en la vida de Francesca con dos dedos de frente y ambos pies firmemente anclados en el suelo. Y además había sido una bendición para su padre y también para ella misma. Necesitaba su consejo, pero aún no se había atrevido a llamarla. Se le hacía muy duro tener que admitir que había fracasado en todos los frentes, en la relación y en un negocio que siempre estaba en apuros, sobre todo si tenía que cerrarlo o venderlo. Ni siquiera podría conservar la casa de Charles Street que tanto adoraba a menos que consiguiera el dinero para pagar a Todd. Y ¿de dónde demonios se suponía que lo iba a sacar? Sencillamente no lo tenía. Y ni siquiera Avery podría ayudarla.

Al final apagó la luz de su despacho, junto al dormitorio, y se dirigió a las escaleras para bajar a la cocina y prepararse un vaso de leche caliente que la ayudara a dormir. Al bajar, escuchó un goteo insistente y vio que había una pequeña gotera en la claraboya. El agua caía directamente sobre el pasamanos y se deslizaba despacio por él. No era la primera vez que tenían aquella gotera. Todd había intentado arreglarla muchas veces, pero había vuelto a aparecer con las fuertes lluvias de noviembre. No dejaba de repetirle que nunca sería capaz de ocuparse de la casa ella sola y puede que tuviera razón, pero al menos quería intentarlo. Le daba igual que el agua se colara por el tejado o que la casa se fuera derrumbando a su alrededor. No importaba en absoluto lo que tuviera que hacer, Francesca no estaba preparada para rendirse.

Se dirigió hacia la cocina con una expresión decidida en los ojos. Cuando volvió a subir por las escaleras, aprovechó para colocar un trapo sobre el pasamanos que absorbiese el agua de la gotera. No podía hacer nada más hasta la mañana siguiente, cuando se lo dijera a Todd. Estaba pasando el fin de semana con unos amigos, así que se encargaría de ella a la vuelta. Por episodios como aquel era precisamente por lo que él deseaba vender la casa. Estaba cansado de tantos problemas y, si no iban a vivir allí los dos juntos, no quería saber nada de la casa. Ansiaba marcharse. Y si Francesca encontraba la forma de pagarle, los problemas serían solo suyos y tendría que encargarse de ellos. Con un suspiro, subió a su dormitorio y se prometió a sí misma que por la mañana llamaría a su madrastra. Quizá se le ocurriera algo en lo que Francesca no había reparado hasta entonces. Era su única esperanza. Quería conservar su casa con goteras y su galería de arte siempre en apuros con sus quince artistas emergentes. Había invertido cuatro años en ambas y le daba igual lo que Todd o su madre pensaran. Se negaba a renunciar a su sueño o a su hogar.

2

A la mañana siguiente, llamar a Avery le resultó mucho más fácil de lo que había pensado. En cuanto escuchó su voz al otro lado del teléfono, empezó a sentirse mejor. Conversaron unos minutos y compartieron risas al comentar las últimas excentricidades de su padre. En muchos sentidos, seguía siendo un adolescente encantador, algo que Avery encontraba adorable, mientras que ella había aprendido a perdonarle sus errores como padre. Tras el diálogo inicial, Francesca decidió ir al grano y le contó lo que estaba pasando. Con un nudo en la garganta, le habló de la ruptura con Todd, del dilema con la galería y la casa, y de lo agobiada que estaba.

—No sabes cuánto lo siento —respondió Avery enseguida—. Tenía la sensación de que algo no iba bien. Últimamente no vemos tanto a Todd.

De hecho, hacía meses que no lo veían. Durante el verano, Francesca había ido varias veces de visita a Connecticut, siempre sola. En cada ocasión se inventaba una excusa que explicaba su ausencia, si bien Avery sospechaba que algo más estaba pasando entre ambos. Incluso Henry lo había comentado, pero no quería entrometerse en la vida de su hija, que siempre había sido una persona muy reservada. «Ya nos lo contará cuando esté preparada, si es que realmente está sucediendo algo», había dicho, y ella estaba de acuerdo. Así pues, cuando escuchó la noticia de boca de Francesca, no se sorprendió.

—Y qué duro lo de la galería y el negocio. ¿Estás perdiendo dinero con la galería?

Quería saber si Francesca podía venderla.

—En realidad no, pero apenas me da para cubrir los gastos. No creo que nadie me la quiera comprar, no mientras no dé beneficios. Todd cree que si subiera los precios, en cuestión de dos o tres años estaría generando ganancias, pero que si sigo centrándome únicamente en artistas emergentes nunca conseguiré ganar dinero de verdad, y yo no quiero empezar a vender grandes nombres. Ese es un mercado muy diferente y se aleja mucho de lo que yo quería hacer cuando abrí la galería.

Siempre había sido una idealista del arte, algo de lo que Todd solía quejarse. Él quería que fueran más comerciales para ganar más, pero Francesca no estaba dispuesta a ceder, aunque ahora se daba cuenta de que quizá no le quedaba más remedio que hacerlo, por odiosa que le resultara la idea. Le encantaban los artistas serios, aunque no fueran conocidos. Lo suyo nunca había sido el mercado comercial, opinara Todd lo que opinase. Justo acababa de firmar con un artista japonés, un tipo con un talento enorme que había recibido muchas alabanzas con su primera exposición. Francesca vendía sus obras casi regaladas, pero tampoco podía cobrar más por alguien que apenas era conocido. Siempre intentaba ser honrada con aquello que vendía y con la forma como lo hacía.

—Puede que tengas que ceder un poco y vender algún artista más consolidado —le dijo Avery, tratando de mostrarse más práctica. Había aprendido mucho de arte en el tiempo que llevaba con Henry y conocía a la perfección la parte económica del negocio. Sin embargo, las obras de su padre estaban en otra división y, gracias a Avery, se vendían por cantidades más que generosas—. ¿Por qué no hablamos primero de la casa? ¿Tienes algo que puedas vender para reunir el dinero y pagarle su mitad a Todd? —le preguntó.

Francesca se vino abajo. Ese era precisamente el problema, no tenía nada.

—No, lo invertí todo en la casa. Si apenas me llega para pagar mi mitad de la hipoteca. Por suerte, esa parte creo que sé cómo solucionarla: voy a buscar compañeros de piso. Con tres me bastaría y, al menos, tendría ese problema solucionado.

—No te imagino viviendo con desconocidos —replicó Avery con sinceridad.

Sabía que su hijastra era una persona extremadamente celosa de su intimidad y que, como hija única que era, siempre había sido un poco solitaria. Claro que, si estaba dispuesta a compartir su casa, sin duda le sería de gran ayuda. Era una muestra de lo decidida que estaba a conservarla, sobre todo porque tener compañeros de piso supondría un gran sacrificio para ella.

—Supongo que si eres capaz de sobrellevarlo, tendrás resueltos los pagos de la hipoteca. Y ¿qué pasa con el resto del dinero que le deberás a Todd si te quedas la casa? —Avery parecía pensativa; de pronto, se le ocurrió una idea—. No sé qué te parecerá, pero tienes seis cuadros de tu padre. Son algunas de sus primeras obras. Sacarías mucho dinero por ellas en una subasta, al menos lo suficiente para pagarle su parte a Todd, eso seguro, si es que estás dispuesta a venderlas. Si quieres, puedo hablar con la galería del centro que lleva sus cuadros. Se volverán locos cuando sepan que pueden conseguir algunas de sus primeras obras. Siempre hay mercado para ese tipo de trabajos.

Francesca torció el gesto al escuchar las palabras de Avery. La sola idea de vender los cuadros de su padre bastaba para que se sintiera culpable. Era algo que jamás se había planteado, claro que nunca había estado tan desesperada como ahora y sin nada más que poder vender.

—¿Qué crees que pensará él? —preguntó, preocupada por la reacción de su padre.

Henry siempre había sido un hombre excéntrico y un poco loco, pero no por ello dejaba de ser su padre. Francesca lo quería con locura y sentía un profundo respeto por su obra, en especial por los seis cuadros que tenía en casa.

—Creo que lo entenderá —respondió Avery—. Antes de que nos casáramos, él también vendía cosas de vez en cuando para mantenerse a flote. Tu padre sabe mejor que nadie por lo que estás pasando. Una vez llegó a vender un Pollock pequeño que tenía para pagarle a tu madre un dinero que le debía hacía tiempo. Haz lo que tengas que hacer, Francesca.

Avery siempre había sido una mujer, ante todo, práctica. Por eso Francesca había preferido hablar con ella antes que con sus propios padres.

—Quizá me bastaría con vender cinco, así al menos podría quedarme con uno. Fueron un regalo de papá. Me sentiría un poco gilipollas si me tuviera que deshacer de todos para comprar algo tan mundano como una casa.

—Por lo que cuentas, no creo que tengas más opciones.

—No, tienes razón. —En ningún momento había pensado en los cuadros, pero no tenía nada más con lo que pagarle a Todd. Por un momento sopesó la posibilidad de vender la casa en lugar de los cuadros, aunque tampoco le pareció una buena opción—. ¿Por qué no llamas a la galería, a ver qué dicen? Si me consiguen un buen precio por ellos, supongo que los venderé. Pero ofréceles solo cinco. Intentaré quedarme al menos con uno.

Aquellos cuadros significaban mucho para ella. Su venta supondría un auténtico sacrificio, uno más de una larga lista.

—Los llamaré —le aseguró Avery—. Tienen una lista de coleccionistas de su obra. Imagino que se abalanzarán sobre ellos, a menos que quieras esperar para subastarlos.

—No puedo esperar tanto —replicó Francesca—. Todd hace meses que quiere vender la casa. Le prometí que le pagaría su parte o dejaría que la vendiera antes de fin de año. Eso es en menos de dos meses. No puedo esperar a una subasta.

—En ese caso, a ver qué dicen en la galería. En cuanto cuelgue, los llamo. —Se le había ocurrido otra idea y, aunque no estaba segura de qué pensaría su marido al respecto, decidió compartirla con Francesca—. A tu padre le encanta lo que estás haciendo con la galería desde que la abriste. Siempre le han gustado las nuevas promesas, igual que a ti. Estaba pensando que quizá le apetecería asociarse contigo, ser algo así como el socio en la sombra, suponiendo que, por una vez en su vida, tu padre fuera capaz de mantenerse en un segundo plano. Él se lo pasaría bien ayudándote, al menos hasta que empezases a ganar dinero. Por lo que dices, Todd te pide una cantidad bastante modesta a cambio de su parte.

Lo cierto era que Todd se había mostrado muy razonable en todo momento. Lo único que pedía era un precio simbólico, poco más de lo que había invertido cuando abrieron la galería. La casa ya era otro tema, y es que en cuatro años su valor había aumentado de forma considerable. Sin embargo, también en esto estaba siendo justo. Esperaba conseguir más dinero de la casa para poder comprarse un apartamento. Su comportamiento durante todo el proceso de ruptura y la repartición de los bienes que compartían había sido intachable, a pesar de que para él también había supuesto una gran decepción. Ninguno de los dos esperaba que ocurriera algo así, pero eran conscientes de que lo suyo no tenía solución y querían pasar página cuanto antes. Francesca estaba actuando con toda la celeridad de la que era capaz, teniendo en cuenta el problema tan enorme al que se enfrentaba.

—No se me había ocurrido pedirle a mi padre que invirtiera en la galería —dijo por fin, intrigada ante la perspectiva—. ¿Crees que lo haría?

—Yo creo que sí. Para él sería una experiencia emocionante y estoy segura de que le gustaría ayudarte. Además, no estamos hablando de una gran inversión. ¿Por qué no quedas para comer con él y se lo preguntas?

A Francesca no solo le gustaba la idea, sino que sabía que tenía muchas más probabilidades de recibir ayuda de su padre que de su madre, quien se había opuesto a ambos proyectos desde el primer momento. Thalia nunca había mostrado el más mínimo interés por el arte, a pesar de que conservaba varios de los cuadros de su ex marido que con el tiempo se habían revalorizado tanto. En un principio, los había conservado por una cuestión más sentimental que económica y, al pasar los años, se habían transformado en dinero caído del cielo. Eran al menos una docena de los primeros trabajos de su padre, los mismos lienzos que ahora se vendían a precio de oro. Solía decir que nunca se desprendería de ellos; Francesca siempre había creído que su madre tampoco.

—Lo llamaré para ver si quiere comer mañana conmigo —aseguró, y por primera vez en los últimos dos meses, su voz transmitía una nota de esperanza—. Eres un genio, Avery. Mi padre tiene mucha suerte de tenerte a su lado.

—No más que yo de tenerlo a él. Es un buen hombre, sobre todo ahora que ya no colecciona mujeres.

Francesca había conocido a algunas de las novias de su padre y le habían caído bien, a pesar de que unas cuantas parecían estar bastante locas. Avery, sin embargo, era más sensata que cualquiera de las mujeres con las que Henry se había relacionado a lo largo de su vida. Además, sentía un cariño especial por Thalia; era tan extravagante que a Avery le resultaba imposible no quererla y reírse con ella, si bien al mismo tiempo comprendía el malestar de Francesca. Ni siquiera ella podía ignorar la realidad, y es que Thalia había sido un desastre como madre, sobre todo para una niña como su hijastra, que lo único que quería era una madre normal, como las de todo el mundo. La suya, por desgracia, no lo era. Henry, por su parte, también era un padre excéntrico y bastante despreocupado. Los dos juntos eran cualquier cosa menos tradicionales y con los años habían acabado anulando a su hija. Lo último que quería Francesca era ser como ellos, y lo había conseguido. Se parecía más a su madrastra que a sus propios progenitores. Asimismo, Avery era consciente de la extraña pareja que habían formado Henry y Thalia. Eran dos personas tan diferentes que parecía imposible que hubieran aguantado siete años casados. Lo único bueno que había salido de aquella unión había sido su hija, y ahora los dos eran buenos amigos. Thalia sentía un aprecio especial por Avery, como todo el mundo. Era una mujer inteligente, agradable, íntegra y modesta. Una persona auténtica. Cualidades que la madre de Francesca no poseía.

—Creo que acabas de solucionar todos mis problemas —sostuvo con un suspiro de alivio.

—Aún no. Todavía tengo que llamar al marchante de tu padre y tú tienes que hablar con él sobre lo de la galería, pero creo que hemos empezado con buen pie —respondió Avery, que intentaba infundirle ánimos.

Quería a Francesca, la consideraba una buena persona y creía que merecía una recompensa por todo el duro trabajo que había realizado hasta entonces. No deseaba ver cómo lo perdía todo por culpa de su ruptura con Todd.

—Sabía que me ayudarías a pensar en una solución —dijo Francesca, y su voz transmitía felicidad y esperanza por primera vez en meses—. Yo sola era incapaz de encontrar una salida, de saber por dónde seguir.

—Has recorrido mucho camino —replicó Avery—. A veces va bien tener a alguien con perspectiva que te ayude a elaborar un plan. Ojalá funcione. En cuanto hable con el marchante de tu padre, te llamo. El momento es inmejorable. Dentro de poco se va a la Art Basel de Miami y, si no encuentra coleccionistas dispuestos a comprar, allí se reunirá con mucha más gente. Es probable que tengas el dinero antes de que acabe el año.

—Todd estará contento —dijo Francesca, incapaz de disimular la tristeza al pensar en él.

—Tú también deberías estarlo si con ello consigues conservar la casa.

Con o sin papeles de por medio, Todd y ella tenían mucho de que hablar al respecto de la repartición de bienes. Lo suyo era casi peor que un divorcio.

—Lo est ...