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CHAUCHA Y PALITO

María Elena Walsh  

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Fragmento

CHAUCHA Y PALITO

Chaucha y Palito eran quizás tía y sobrino. O madre e hijo. O maestra y alumno. No se sabe porque nadie les preguntó.

Como parecían poca cosa se les hacía poco caso, de ahí el apodo de Chaucha y Palito, nombre que se da a esas escasas monedas que apenas alcanzan para comprar dos caramelos, o medio lápiz, o una figurita descolorida.

Vivían en una casa..., mejor dicho, daba la impresión de que alguien los había olvidado allí, como dos muñecos tras una mudanza o dos monigotes dibujados en la pared después de que los chicos se fueron.

Digamos que habitaban una casita diminuta de una ciudad descomunal, como quien dice en una risueña caja de zapatos en medio de ciegas murallas grises.

Como todo el mundo iba y venía corriendo, consultando relojes y papeles y números y armas y máquinas y horarios, nadie les prestaba atención.

¡Y eso que la atención es algo que se presta solamente, cuando en realidad habría que regalarla a quien le hiciera falta! ¿No?

No. En esa ciudad la atención ni siquiera se prestaba, sólo se vendía.

Así fue como Chaucha y Palito se volvieron invisibles.

Invisibles para los grandes, no para los chicos que los ve

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