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CHE

Pacho O'Donnell  

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Fragmento

PRÓLOGO

Quien asesinó al comandante Ernesto Che Guevara el 9 de octubre de 1967 en el poblado de La Higuera, el sargento Mario Terán, dará su única versión del suceso al entonces ministro del Interior boliviano, Antonio Arguedas. Lo visitará en marzo de 1968 reclamando la recompensa prometida, pues sólo le habían entregado un reloj ordinario «de esos que apenas valen ochenta pesos», y en cambio otro suboficial de su mismo apellido había sido enviado por error a la sede de los «boinas verdes» estadounidenses en Panamá a disfrutar de la beca que a él correspondía.

Su relato textual fue el siguiente, tal como lo registró Arguedas:

Cuando llegué al aula el Che estaba sentado en un banco. Al verme dijo:

—Usted ha venido a matarme.

Me sentí cohibido y bajé la cabeza sin responder.

Entonces me preguntó:

—¿Qué han dicho los otros?

Se refería a Willy y al Chino. Le respondí que no habían dicho nada y él comentó:

—¡Eran unos valientes!

Yo no me atrevía a disparar. En esos momentos veía al Che grande, muy grande, enorme. Sus ojos brillaban intensamente y temí que se me echara encima y que con un movimiento rápido me quitase el arma.

—¡Serénese y apunte bien! —me dijo como si me ordenase—. ¡Va usted a matar a un hombre!

Entonces di un paso atrás, hacia el umbral de la puerta, cerré los ojos y disparé la primera ráfaga. El Che con las piernas destrozadas cayó al suelo, se contorsionó y comenzó a regar muchísima sangre. Recobré el ánimo y disparé la segunda ráfaga que lo alcanzó en un brazo, en un hombro y en el corazón.

Ya estaba muerto.

DE ROSARIO A MÉXICO D.F.

Los que no han sufrido no saben nada. No conocen ni el bien ni el mal, no conocen a los hombres ni se conocen a sí mismos.

FENELÓN

1

En la borrosa filmación familiar se ve a un niño de tres o cuatro años pedaleando vigorosamente en su triciclo como si deseara arrollar al camarógrafo, mientras una sonrisa pícara le ilumina la cara. La toma es breve, inhábil, de no más de cinco segundos, y no registra el recrudecimiento del ahogo asmático que el esfuerzo habrá provocado en Ernestito Guevara de la Serna ante la mirada preocupada de su madre, doña Celia, quien, refrenando su impulso de socorrerlo, lo incitará a seguir pedaleando hasta el límite de sus fuerzas.

El padre, don Ernesto, quizá observando la escena desde alguna de las ventanas de Villa Nydia, llegará una vez más a la conclusión de que su esposa es una mujer muy especial y se lamentará, como escribirá años más tarde, de que «cada día apareciese una nueva restricción a nuestra libertad de movimiento, y cada día nos encontráramos más sometidos a esa maldita enfermedad».*

El futuro Che nacerá en una familia de abolengo de cuyo árbol genealógico pendían aventureros, revolucionarios, exiliados políticos, millonarios y viajeros, cuyas andanzas se recordaban, se fantaseaban y se magnificaban con regocijo y orgullo, lo que operaría como mandato familiar no sólo para Ernestito sino también para sus hermanos, todos ellos adeptos al «vivir peligrosamente».

Mediocre estudiante de arquitectura, don Ernesto dejó la carrera para adentrarse en el mundo de los negocios con suerte fluctuante, habitualmente esquiva. Las malas lenguas comentaban que su matrimonio con Celia de la Serna fue por interés, con el objetivo de gozar en algún momento de la herencia que correspondería a su esposa, descendiente directa del virrey español que protagonizara la última resistencia contra las ansias independentistas en Sudamérica. Él tiene en ese entonces veintisiete años; ella no llega a los veinte.

Apuesto, con un mentón enérgico que heredarían casi todos sus hijos, don Ernesto usaba anteojos gruesos por sufrir de astigmatismo. Era de personalidad sociable y extrovertida; los que lo conocieron le atribuyen una imaginación frondosa y los típicos síntomas de quien padece una devoradora necesidad de cariño, que explicaría su obsesión de seducir a cuanta mujer se cruzaba en su camino. Todo ello alimentó las frecuentes y no pocas veces fragorosas discusiones con su esposa Celia, que giraban siempre en torno al exceso de infidelidades y a la escasez de dinero y que, con el correr de los años, desembocaría en la separación definitiva.

Doña Celia de la Serna cursó su secundario en un colegio para niñas de la alta sociedad, el Sagrado Corazón, y era entonces una católica ferviente que introducía trocitos de vidrios en su calzado para martirizarse y hasta pensó en convertirse en monja. Más tarde, con esa misma pasión, se proclamó agnóstica y, años después, identificada con su amado hijo, se transformará en una activa militante socialista y defensora de la revolución cubana, lo que le valdrá persecución y cárcel.

María Elena Duarte, su nuera, esposa de Juan Martín, el menor de los hermanos del Che, afirmaría: «Ella se reía porque sus antepasados tenían una fortuna de millones y millones de dólares, y nada o casi nada había llegado a ella. Fue una mujer avanzada en su época, la primera en muchas cosas. Cuando yo la conocí tenía una posición política tomada, sin duda influenciada por su hijo Ernesto. Había una interrelación muy grande entre ellos. Celia era como un Che femenino».

El abolengo, en un país sin títulos de nobleza, se sostenía sobre la posesión de insólitas extensiones de pampa fértil. Ésa era la oligarquía argentina y a ella pertenecían los Guevara, los Lynch y los De la Serna, aunque algunos de sus miembros se hubieran empobrecido en los avatares de una Argentina perennemente convulsionada, en la que era fácil enriquecerse o empobrecerse rápidamente. Esa pertenencia a una familia de innegable raigambre aristocrática, con parientes y antecesores con importantes estancias en la provincia de Buenos Aires, daría al Che la identidad de ser «el pobre» en un mundo de ricos, lo que le habrá ayudado a confraternizar con los desamparados y habrá fomentado su rencor hacia los propietarios. También le habrá otorgado su legendario desparpajo para desenvolverse entre los poderosos de la tierra, que eran los de su clase.

* Ernesto Guevara, Mi hijo el Che, Sudamericana, Buenos Aires, 1984.

2

La familia de doña Celia se había opuesto al casamiento, pues no confiaba en el apuesto pero poco fiable Ernesto Guevara Lynch, pero los jóvenes se amaban con un sentimiento fogoneado por el saboteo familiar y nunca ocultarían la atracción sexual que los imantaba, sobre todo en las reconciliaciones habitualmente subrayadas por el nacimiento de un nuevo hijo.

Finalmente se casaron el 20 de diciembre de 1927 en casa de Edelmira Moore de la Serna porque no tenían dinero para alquilar los salones de algún club de moda. Celia estaba embarazada de dos meses por lo que, fieles a su clase social, para evitar el escándalo parten hacia el yerbatal de Caraguatay, en la provincia de Misiones, que había comprado Guevara Lynch antes de casarse, seducido por las promesas del «oro verde», la yerba mate. Da contradictorias versiones sobre el origen de los fondos para esa adquisición: en ciertas ocasiones dirá que fue una herencia de su familia y en otras la adjudicará a la de su esposa.

La casa proyectada por don Ernesto, que así reivindicaba sus frustrados estudios de arquitectura, era precaria y sólo se accedía a ella navegando por el río Paraná. Allí afrontarán circunstancias difíciles, «impactos emocionales» los llamará don Ernesto: «los “escapados” de los obrajes y yerbatales, los capangas asesinos, las bestias feroces, los trabajos peligrosos, los robos y asesinatos, los ciclones en la selva, las interminables lluvias y las enfermedades tropicales». Además, debido a que romperá las reglas de juego de los patrones del lugar y pagará a sus peones con dinero y no con vales, sus cultivos y equipos sufrirán saboteos por parte de quienes sienten amenazado ese rentable sistema de explotación feudal.

Cuando el parto es inminente, los Guevara navegan hacia Buenos Aires, pero no pasan de Rosario, donde Celia da a luz a su primer hijo, Ernesto, el 14 de junio de 1928, según la partida de nacimiento; sin embargo, todo indica que se produjo un mes antes, y que falsearon ese dato para ocultar la verdadera fecha del embarazo. Ernesto Guevara de la Serna, el futuro Che, nace transgrediendo las normas sociales, rompiendo los moldes de lo que «debe ser».

Poco después de nacer, Ernestito sufrirá su primera enfermedad, una bronconeumonía tan grave que su abuela Ana Lynch y su tía Ercilia viajan de urgencia a Rosario para ayudar a esa inexperta madre primeriza, en la atención de ese bebé casi desahuciado por los médicos. Pero Ernestito mejoraría y la familia volverá al yerbatal de Misiones, donde los resultados económicos nunca serían boyantes debido a la inexperiencia, al saboteo y al escaso sentido práctico del jefe de familia. En marzo de 1929, Celia queda embarazada de nuevo y, para aliviar sus tareas, toman una nodriza gallega, Carmen Arias, que se quedó con ellos ocho años y que será quien imponga a Ernestito el apodo de Teté, el balbuceo con que el niño reclamaba su chupete.

Don Ernesto contará en su libro Mi hijo el Che una anécdota de su primogénito que ya anunciaba determinación y tozudez: «Ernestito comenzaba a caminar. Como a nosotros nos gustaba tomar mate lo mandábamos hasta la cocina, distante unos veinte metros de la casa, para que nos lo cebara. Entre la cocina y la casa cruzaba una pequeña zanjita que ocultaba un caño. Allí tropezaba el chico y caía con el mate entre sus manitos. Se levantaba enojado y cuando volvía con otra cebada, volvía a caerse. Empecinado siguió trayendo y volcando el mate una y otra vez hasta que aprendió a saltar la zanja». En este recuerdo se evidencia la actitud poco sobreprotectora de esos padres que pretendían que sus hijos ganaran confianza en sí mismos, sin evitarles golpes.

A fines de 1929 se trasladaron a Buenos Aires a un chalet que alquilan a Martín Martínez Castro, casado con una hermana de don Ernesto, María Luisa, en el elegante barrio de San Isidro. En diciembre de ese mismo año nació Celita. La vida familiar comenzará entonces a girar en torno al distinguido Club Náutico San Isidro. Fue allí donde Ernestito sufrió su primer ataque de asma, enfermedad que lo torturaría a lo largo de toda su vida. Guevara padre atribuiría la responsabilidad a su esposa por bañarse en el río con su hijo de apenas dos años un frío día otoñal. «Celia era muy joven y, como tal, algo desaprensiva», la acusará en su libro.

Pero es sabido que la patogénesis del asma no es tan sencilla y que, además de una propensión genética, pudo influir la angustia de un niño expuesto a las ruidosas desavenencias de sus padres, como también un condicionante casi siempre presente en la psicología de este mal: una relación madre e hijo tan estrecha que puede asfixiar a este último. En ello habrá influido el sentimiento de culpa de doña Celia, que no habrá podido olvidar las acusaciones de don Ernesto que generaron en ella el deseo de reparación a través de los cuidados y la dedicación.

Guevara Lynch estaba asociado con su amigo Germán Frers en un astillero. Frers era un famoso deportista, campeón de regatas internacionales, que se empecinaba en fabricar veleros que eran obras de arte náutico, pero cuyo coste de producción solía superar el precio de venta. Para colmo de males, el astillero se incendió y al no tener seguro don Ernesto lo perdió todo. Le quedó la embarcación Kid, que utilizaba en Misiones para recorrer los arroyos y para pescar con sus hijos. Además su primo, en magra compensación por las pérdidas, le dejó el Ala, un yate de cierta importancia que tiempo después será vendido para pagar deudas.

Durante una época vivirán de lo producido por la plantación misionera, cuya administración habían cedido a desgana a un amigo de la familia, porque el afligente asma de Ernestito les impedía regresar por la contraindicada humedad del lugar.

Su economía también se vio aliviada al recibir la renta de unas tierras de Celia, luego de un dictamen judicial contra la familia De la Serna. Entonces, en 1930 se mudan a un departamento alquilado en Buenos Aires, en la intersección de las calles Sánchez de Bustamante y Peña, en el residencial barrio de Palermo; allí estarán cerca de la abuela Ana Lynch y de la tía Beatriz, personas entrañables para Ernesto Guevara de la Serna y decisivas en su vida. En mayo de 1932 nace su hermano Roberto.

Pero Ernesto, para desasosiego de sus padres, tampoco soportará el clima porteño. Guevara Lynch escribirá: «Celia pasaba las noches espiando su respiración. Yo lo acostaba sobre mi vientre para que pudiese respirar mejor, y por consiguiente yo dormía poco o nada». Inseparable, más constante que cualquier amor, el asma acompañó al Che toda su vida, justificando con creces el párrafo que a su muerte le dedicaría su primera esposa, Hilda Gadea: «Y qué decir de tu heroísmo, de tu doble o triple heroísmo, al enfrentar la lucha guerrillera en una selva inhóspita con tu inseparable compañera desde los tres años: el asma. Si para cualquiera es heroísmo enfrentar estos peligros, para alguien como tú lo es mucho más».Y sabía de lo que hablaba porque lo había asistido en Guatemala y en México en durísimos ataques a los que parecía no sobrevivir.

Las crisis indomables del primogénito provocan el traslado de la familia a Córdoba pues mi padre, reconocido pediatra y su médico de confianza, les aconseja el clima seco de las serranías cordobesas. Así lo registrará don Ernesto: «Nos dimos cuenta de que lo único razonable era buscar otro clima y escuchamos las palabras de nuestro médico y amigo, el doctor Mario O’Donnell, quien siempre nos aconsejaba buscar un clima propicio en vez de tantos medicamentos».

Su amigo, médico y compañero en las campañas de Sierra Maestra y el Congo, el hoy general Óscar Fernández Mell, afirmará, cincuenta años después en La Habana, que su preocupación no era tanto por la asfixia sino porque las elevadas dosis de adrenalina que aspiraba y se inyectaba terminasen por afectar el corazón del Che.

Tras casarse, los Guevara Lynch-De la Serna, por vocación o por obligación, llevarán una vida trashumante: Misiones, Rosario, San Isidro, Palermo, Alta Gracia, Córdoba capital, y finalmente Buenos Aires otra vez. También en Alta Gracia cambiarán de casa debido a que dejaban de pagar o a que quienes les facilitaban el alojamiento a precios irrisorios reclamaban su devolución: en un principio se alojaron en el hotel La Gruta; en 1933 ocupan Villa Chichita; en 1934 Villa Nydia; en 1937 el chalet de Fuentes; en 1939 el de Ripamonte y en 1940 otra vez Villa Nydia. No es difícil entender la tendencia al nomadismo de su primogénito, al que también habrá contribuido su necesidad de aire y de espacio, típico del asmático, que lo lleva a viajar por su país primero, por mar luego y por América Latina dos veces, viviendo y muriendo lejos de los suyos.

La familia vivirá principalmente de las rentas de holgura variable que recibe doña Celia, y menos a menudo de sueldos o contratos ganados por don Ernesto; lo que los hará llevar un ritmo de vida desigual, a veces de buen pasar y otras de restricciones extremas, que hará del desorden y de la bohemia un estilo propio, que algunos interpretarán como una actitud rebelde ante las estrictas normas de la clase social a la que pertenecían, pero cuyos privilegios apenas podían disfrutar. Entre éstos estaban las vacaciones gratuitas en la estancia de los Moore de la Serna en Entre Ríos y en la estanzuela de los Lynch en Portela, partido de Baradero.

En casa de los Guevara no había horarios fijos y cada uno comía cuando tenía hambre; nadie se extrañaba si, para ahorrarse el trayecto por el exterior, alguno de los niños cruzaba el salón de estar en bicicleta; para entrar no se tocaba el timbre, y podían verse juntos a miembros de la alta sociedad cordobesa alternando con caddies del campo de golf cercano, obreros, emigrados españoles; todos ellos exentos del cumplimiento de normas sociales.

3
NUNCA DIGAS QUE ALGO ES IMPOSIBLE

Habla Rosario López, Rosarito, quien fuera cocinera de los Guevara

de la Serna en Córdoba desde los cuatro años de Ernestito

hasta los once*

Muchas veces, cuando Ernestito venía de jugar con sus amiguitos, casi no podía caminar, morado por la asfixia, con la parte superior del cuerpo doblada, boca abajo, sin poder enderezarse. Era una desesperación. Yo salía corriendo a ayudarlo, a ponerle una silla o a llevarlo al dormitorio, a sentarme con él hasta que se recuperaba algo. Qué quiere que le diga, yo he sufrido al lado de Ernestito. Cierta vez, nunca lo olvidaré, con ocho o nueve años, me dijo muy serio: «Si el asma sigue atacándome tanto, voy a terminar pegándome un tiro».

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