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CHE

Pacho O'Donnell

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Fragmento

PRÓLOGO

Quien asesinó al comandante Ernesto Che Guevara el 9 de octubre de 1967 en el poblado de La Higuera, el sargento Mario Terán, dará su única versión del suceso al entonces ministro del Interior boliviano, Antonio Arguedas. Lo visitará en marzo de 1968 reclamando la recompensa prometida, pues sólo le habían entregado un reloj ordinario «de esos que apenas valen ochenta pesos», y en cambio otro suboficial de su mismo apellido había sido enviado por error a la sede de los «boinas verdes» estadounidenses en Panamá a disfrutar de la beca que a él correspondía.

Su relato textual fue el siguiente, tal como lo registró Arguedas:

Cuando llegué al aula el Che estaba sentado en un banco. Al verme dijo:

—Usted ha venido a matarme.

Me sentí cohibido y bajé la cabeza sin responder.

Entonces me preguntó:

—¿Qué han dicho los otros?

Se refería a Willy y al Chino. Le respondí que no habían dicho nada y él comentó:

Recibe antes que nadie historias como ésta

—¡Eran unos valientes!

Yo no me atrevía a disparar. En esos momentos veía al Che grande, muy grande, enorme. Sus ojos brillaban intensamente y temí que se me echara encima y que con un movimiento rápido me quitase el arma.

—¡Serénese y apunte bien! —me dijo como si me ordenase—. ¡Va usted a matar a un hombre!

Entonces di un paso atrás, hacia el umbral de la puerta, cerré los ojos y disparé la primera ráfaga. El Che con las piernas destrozadas cayó al suelo, se contorsionó y comenzó a regar muchísima sangre. Recobré el ánimo y disparé la segunda ráfaga que lo alcanzó en un brazo, en un hombro y en el corazón.

Ya estaba muerto.

DE ROSARIO A MÉXICO D.F.

Los que no han sufrido no saben nada. No conocen ni el bien ni el mal, no conocen a los hombres ni se conocen a sí mismos.

FENELÓN

1

En la borrosa filmación familiar se ve a un niño de tres o cuatro años pedaleando vigorosamente en su triciclo como si deseara arrollar al camarógrafo, mientras una sonrisa pícara le ilumina la cara. La toma es breve, inhábil, de no más de cinco segundos, y no registra el recrudecimiento del ahogo asmático que el esfuerzo habrá provocado en Ernestito Guevara de la Serna ante la mirada preocupada de su madre, doña Celia, quien, refrenando su impulso de socorrerlo, lo incitará a seguir pedaleando hasta el límite de sus fuerzas.

El padre, don Ernesto, quizá observando la escena desde alguna de las ventanas de Villa Nydia, llegará una vez más a la conclusión de que su esposa es una mujer muy especial y se lamentará, como escribirá años más tarde, de que «cada día apareciese una nueva restricción a nuestra libertad de movimiento, y cada día nos encontráramos más sometidos a esa maldita enfermedad».*

El futuro Che nacerá en una familia de abolengo de cuyo árbol genealógico pendían aventureros, revolucionarios, exiliados políticos, millonarios y viajeros, cuyas andanzas se recordaban, se fantaseaban y se magnificaban con regocijo y orgullo, lo que operaría como mandato familiar no sólo para Ernestito sino también para sus hermanos, todos ellos adeptos al «vivir peligrosamente».

Mediocre estudiante de arquitectura, don Ernesto dejó la carrera para adentrarse en el mundo de los negocios con suerte fluctuante, habitualmente esquiva. Las malas lenguas comentaban que su matrimonio con Celia de la Serna fue por interés, con el objetivo de gozar en algún momento de la herencia que correspondería a su esposa, descendiente directa del virrey español que protagonizara la última resistencia contra las ansias independentistas en Sudamérica. Él tiene en ese entonces veintisiete años; ella no llega a los veinte.

Apuesto, con un mentón enérgico que heredarían casi todos sus hijos, don Ernesto usaba anteojos gruesos por sufrir de astigmatismo. Era de personalidad sociable y extrovertida; los que lo conocieron le atribuyen una imaginación frondosa y los típicos síntomas de quien padece una devoradora necesidad de cariño, que explicaría su obsesión de seducir a cuanta mujer se cruzaba en su camino. Todo ello alimentó las frecuentes y no pocas veces fragorosas discusiones con su esposa Celia, que giraban siempre en torno al exceso de infidelidades y a la escasez de dinero y que, con el correr de los años, desembocaría en la separación definitiva.

Doña Celia de la Serna cursó su secundario en un colegio para niñas de la alta sociedad, el Sagrado Corazón, y era entonces una católica ferviente que introducía trocitos de vidrios en su calzado para martirizarse y hasta pensó en convertirse en monja. Más tarde, con esa misma pasión, se proclamó agnóstica y, años después, identificada con su amado hijo, se transformará en una activa militante socialista y defensora de la revolución cubana, lo que le valdrá persecución y cárcel.

María Elena Duarte, su nuera, esposa de Juan Martín, el menor de los hermanos del Che, afirmaría: «Ella se reía porque sus antepasados tenían una fortuna de millones y millones de dólares, y nada o casi nada había llegado a ella. Fue una mujer avanzada en su época, la primera en muchas cosas. Cuando yo la conocí tenía una posición política tomada, sin duda influenciada por su hijo Ernesto. Había una interrelación muy grande entre ellos. Celia era como un Che femenino».

El abolengo, en un país sin títulos de nobleza, se sostenía sobre la posesión de insólitas extensiones de pampa fértil. Ésa era la oligarquía argentina y a ella pertenecían los Guevara, los Lynch y los De la Serna, aunque algunos de sus miembros se hubieran empobrecido en los avatares de una Argentina perennemente convulsionada, en la que era fácil enriquecerse o empobrecerse rápidamente. Esa pertenencia a una familia de innegable raigambre aristocrática, con parientes y antecesores con importantes estancias en la provincia de Buenos Aires, daría al Che la identidad de ser «el pobre» en un mundo de ricos, lo que le habrá ayudado a confraternizar con los desamparados y habrá fomentado su rencor hacia los propietarios. También le habrá otorgado su legendario desparpajo para desenvolverse entre los poderosos de la tierra, que eran los de su clase.

* Ernesto Guevara, Mi hijo el Che, Sudamericana, Buenos Aires, 1984.

2

La familia de doña Celia se había opuesto al casamiento, pues no confiaba en el apuesto pero poco fiable Ernesto Guevara Lynch, pero los jóvenes se amaban con un sentimiento fogoneado por el saboteo familiar y nunca ocultarían la atracción sexual que los imantaba, sobre todo en las reconciliaciones habitualmente subrayadas por el nacimiento de un nuevo hijo.

Finalmente se casaron el 20 de diciembre de 1927 en casa de Edelmira Moore de la Serna porque no tenían dinero para alquilar los salones de algún club de moda. Celia estaba embarazada de dos meses por lo que, fieles a su clase social, para evitar el escándalo parten hacia el yerbatal de Caraguatay, en la provincia de Misiones, que había comprado Guevara Lynch antes de casarse, seducido por las promesas del «oro verde», la yerba mate. Da contradictorias versiones sobre el origen de los fondos para esa adquisición: en ciertas ocasiones dirá que fue una herencia de su familia y en otras la adjudicará a la de su esposa.

La casa proyectada por don Ernesto, que así reivindicaba sus frustrados estudios de arquitectura, era precaria y sólo se accedía a ella navegando por el río Paraná. Allí afrontarán circunstancias difíciles, «impactos emocionales» los llamará don Ernesto: «los “escapados” de los obrajes y yerbatales, los capangas asesinos, las bestias feroces, los trabajos peligrosos, los robos y asesinatos, los ciclones en la selva, las interminables lluvias y las enfermedades tropicales». Además, debido a que romperá las reglas de juego de los patrones del lugar y pagará a sus peones con dinero y no con vales, sus cultivos y equipos sufrirán saboteos por parte de quienes sienten amenazado ese rentable sistema de explotación feudal.

Cuando el parto es inminente, los Guevara navegan hacia Buenos Aires, pero no pasan de Rosario, donde Celia da a luz a su primer hijo, Ernesto, el 14 de junio de 1928, según la partida de nacimiento; sin embargo, todo indica que se produjo un mes antes, y que falsearon ese dato para ocultar la verdadera fecha del embarazo. Ernesto Guevara de la Serna, el futuro Che, nace transgrediendo las normas sociales, rompiendo los moldes de lo que «debe ser».

Poco después de nacer, Ernestito sufrirá su primera enfermedad, una bronconeumonía tan grave que su abuela Ana Lynch y su tía Ercilia viajan de urgencia a Rosario para ayudar a esa inexperta madre primeriza, en la atención de ese bebé casi desahuciado por los médicos. Pero Ernestito mejoraría y la familia volverá al yerbatal de Misiones, donde los resultados económicos nunca serían boyantes debido a la inexperiencia, al saboteo y al escaso sentido práctico del jefe de familia. En marzo de 1929, Celia queda embarazada de nuevo y, para aliviar sus tareas, toman una nodriza gallega, Carmen Arias, que se quedó con ellos ocho años y que será quien imponga a Ernestito el apodo de Teté, el balbuceo con que el niño reclamaba su chupete.

Don Ernesto contará en su libro Mi hijo el Che una anécdota de su primogénito que ya anunciaba determinación y tozudez: «Ernestito comenzaba a caminar. Como a nosotros nos gustaba tomar mate lo mandábamos hasta la cocina, distante unos veinte metros de la casa, para que nos lo cebara. Entre la cocina y la casa cruzaba una pequeña zanjita que ocultaba un caño. Allí tropezaba el chico y caía con el mate entre sus manitos. Se levantaba enojado y cuando volvía con otra cebada, volvía a caerse. Empecinado siguió trayendo y volcando el mate una y otra vez hasta que aprendió a saltar la zanja». En este recuerdo se evidencia la actitud poco sobreprotectora de esos padres que pretendían que sus hijos ganaran confianza en sí mismos, sin evitarles golpes.

A fines de 1929 se trasladaron a Buenos Aires a un chalet que alquilan a Martín Martínez Castro, casado con una hermana de don Ernesto, María Luisa, en el elegante barrio de San Isidro. En diciembre de ese mismo año nació Celita. La vida familiar comenzará entonces a girar en torno al distinguido Club Náutico San Isidro. Fue allí donde Ernestito sufrió su primer ataque de asma, enfermedad que lo torturaría a lo largo de toda su vida. Guevara padre atribuiría la responsabilidad a su esposa por bañarse en el río con su hijo de apenas dos años un frío día otoñal. «Celia era muy joven y, como tal, algo desaprensiva», la acusará en su libro.

Pero es sabido que la patogénesis del asma no es tan sencilla y que, además de una propensión genética, pudo influir la angustia de un niño expuesto a las ruidosas desavenencias de sus padres, como también un condicionante casi siempre presente en la psicología de este mal: una relación madre e hijo tan estrecha que puede asfixiar a este último. En ello habrá influido el sentimiento de culpa de doña Celia, que no habrá podido olvidar las acusaciones de don Ernesto que generaron en ella el deseo de reparación a través de los cuidados y la dedicación.

Guevara Lynch estaba asociado con su amigo Germán Frers en un astillero. Frers era un famoso deportista, campeón de regatas internacionales, que se empecinaba en fabricar veleros que eran obras de arte náutico, pero cuyo coste de producción solía superar el precio de venta. Para colmo de males, el astillero se incendió y al no tener seguro don Ernesto lo perdió todo. Le quedó la embarcación Kid, que utilizaba en Misiones para recorrer los arroyos y para pescar con sus hijos. Además su primo, en magra compensación por las pérdidas, le dejó el Ala, un yate de cierta importancia que tiempo después será vendido para pagar deudas.

Durante una época vivirán de lo producido por la plantación misionera, cuya administración habían cedido a desgana a un amigo de la familia, porque el afligente asma de Ernestito les impedía regresar por la contraindicada humedad del lugar.

Su economía también se vio aliviada al recibir la renta de unas tierras de Celia, luego de un dictamen judicial contra la familia De la Serna. Entonces, en 1930 se mudan a un departamento alquilado en Buenos Aires, en la intersección de las calles Sánchez de Bustamante y Peña, en el residencial barrio de Palermo; allí estarán cerca de la abuela Ana Lynch y de la tía Beatriz, personas entrañables para Ernesto Guevara de la Serna y decisivas en su vida. En mayo de 1932 nace su hermano Roberto.

Pero Ernesto, para desasosiego de sus padres, tampoco soportará el clima porteño. Guevara Lynch escribirá: «Celia pasaba las noches espiando su respiración. Yo lo acostaba sobre mi vientre para que pudiese respirar mejor, y por consiguiente yo dormía poco o nada». Inseparable, más constante que cualquier amor, el asma acompañó al Che toda su vida, justificando con creces el párrafo que a su muerte le dedicaría su primera esposa, Hilda Gadea: «Y qué decir de tu heroísmo, de tu doble o triple heroísmo, al enfrentar la lucha guerrillera en una selva inhóspita con tu inseparable compañera desde los tres años: el asma. Si para cualquiera es heroísmo enfrentar estos peligros, para alguien como tú lo es mucho más».Y sabía de lo que hablaba porque lo había asistido en Guatemala y en México en durísimos ataques a los que parecía no sobrevivir.

Las crisis indomables del primogénito provocan el traslado de la familia a Córdoba pues mi padre, reconocido pediatra y su médico de confianza, les aconseja el clima seco de las serranías cordobesas. Así lo registrará don Ernesto: «Nos dimos cuenta de que lo único razonable era buscar otro clima y escuchamos las palabras de nuestro médico y amigo, el doctor Mario O’Donnell, quien siempre nos aconsejaba buscar un clima propicio en vez de tantos medicamentos».

Su amigo, médico y compañero en las campañas de Sierra Maestra y el Congo, el hoy general Óscar Fernández Mell, afirmará, cincuenta años después en La Habana, que su preocupación no era tanto por la asfixia sino porque las elevadas dosis de adrenalina que aspiraba y se inyectaba terminasen por afectar el corazón del Che.

Tras casarse, los Guevara Lynch-De la Serna, por vocación o por obligación, llevarán una vida trashumante: Misiones, Rosario, San Isidro, Palermo, Alta Gracia, Córdoba capital, y finalmente Buenos Aires otra vez. También en Alta Gracia cambiarán de casa debido a que dejaban de pagar o a que quienes les facilitaban el alojamiento a precios irrisorios reclamaban su devolución: en un principio se alojaron en el hotel La Gruta; en 1933 ocupan Villa Chichita; en 1934 Villa Nydia; en 1937 el chalet de Fuentes; en 1939 el de Ripamonte y en 1940 otra vez Villa Nydia. No es difícil entender la tendencia al nomadismo de su primogénito, al que también habrá contribuido su necesidad de aire y de espacio, típico del asmático, que lo lleva a viajar por su país primero, por mar luego y por América Latina dos veces, viviendo y muriendo lejos de los suyos.

La familia vivirá principalmente de las rentas de holgura variable que recibe doña Celia, y menos a menudo de sueldos o contratos ganados por don Ernesto; lo que los hará llevar un ritmo de vida desigual, a veces de buen pasar y otras de restricciones extremas, que hará del desorden y de la bohemia un estilo propio, que algunos interpretarán como una actitud rebelde ante las estrictas normas de la clase social a la que pertenecían, pero cuyos privilegios apenas podían disfrutar. Entre éstos estaban las vacaciones gratuitas en la estancia de los Moore de la Serna en Entre Ríos y en la estanzuela de los Lynch en Portela, partido de Baradero.

En casa de los Guevara no había horarios fijos y cada uno comía cuando tenía hambre; nadie se extrañaba si, para ahorrarse el trayecto por el exterior, alguno de los niños cruzaba el salón de estar en bicicleta; para entrar no se tocaba el timbre, y podían verse juntos a miembros de la alta sociedad cordobesa alternando con caddies del campo de golf cercano, obreros, emigrados españoles; todos ellos exentos del cumplimiento de normas sociales.

3
NUNCA DIGAS QUE ALGO ES IMPOSIBLE

Habla Rosario López, Rosarito, quien fuera cocinera de los Guevara

de la Serna en Córdoba desde los cuatro años de Ernestito

hasta los once*

Muchas veces, cuando Ernestito venía de jugar con sus amiguitos, casi no podía caminar, morado por la asfixia, con la parte superior del cuerpo doblada, boca abajo, sin poder enderezarse. Era una desesperación. Yo salía corriendo a ayudarlo, a ponerle una silla o a llevarlo al dormitorio, a sentarme con él hasta que se recuperaba algo. Qué quiere que le diga, yo he sufrido al lado de Ernestito. Cierta vez, nunca lo olvidaré, con ocho o nueve años, me dijo muy serio: «Si el asma sigue atacándome tanto, voy a terminar pegándome un tiro».

Lo que me admiró en él cuando entré a trabajar en casa de los Guevara de la Serna era que leía los diarios, corría rápido para recibirlos, porque en aquellos tiempos se llevaban a las casas, se ponía de rodillas, los extendía sobre el piso y los leía. Y yo me decía: ¿cómo es esto de que un niño de cuatro años esté leyendo el diario? Seguramente me llamaba más la atención porque yo era analfabeta. Había un diarucho que se llamaba El Mundo, chiquito como el que viene ahora adentro de La Voz del Interior, y Ernestito cortaba para mí las recetas de cocina. Todavía las tengo pegadas en un cuaderno. «Tomá para vos que te gusta cocinar», me decía.

El niño tenía actitudes que ya lo marcaban como un fuera de serie. Por ejemplo, cierta vez, lo veo salir con uno de sus pantalones en la mano, y es de aclarar que no tenía muchos, y cuando le pregunto adónde lo lleva me responde: «Son para el Negro Albornoz que los tiene rotos». Se los regalaba a uno de sus amiguitos pobres. Y no fue la única vez, a menudo tenía detalles como ése.

Otro día yo me lamenté por algún motivo que ahora no recuerdo, por algo que nunca iba a tener o hacer. Entonces Ernestito me regañó: «Rosarito, nunca digas que algo es imposible, todo lo que te propongas hacer, si te lo proponés seriamente, lo vas a lograr. Hasta podés viajar a la luna, si querés, vas poniendo un cajón arriba de otro y si perseverás al final llegás». Después se reía y comentaba: «Claro que si te resbalás y te caés, te vas a pegar un porrazo bárbaro».

Sus padres eran buena gente, con mucha personalidad. En Alta Gracia les gustaba ir por las noches al hotel Las Sierras y los chicos se quedaban conmigo. Eran buenos patrones, trataban bien a la servidumbre. Cierta vez se demoraron tres meses en el pago de mi sueldo porque les habían robado un vagón de yerba, pero después don Ernesto me pagó de más: «Por haber tenido paciencia», me dijo. El dinero no les importaba.

Me fui de esa casa para casarme y a Ernestito no lo volví a ver hasta algunos años después. Yo debía pasar frente a un colegio y los chicos estaban en la puerta, acababan de salir y tenían esa excitación típica de la salida de clases. Yo tenía miedo de que se burlasen de mí y entonces aceleré mi paso y bajé la mirada. Entonces me percaté de que uno de ellos caminaba a mi lado y me apresté a descargar un carterazo sobre su cabeza. Entonces oí una voz que me decía: «¿Ya no me saludás, Rosarito? ¿Ya te olvidaste de mí?». Era Ernestito que me sonreía con aquella sonrisa inigualable y me dio un beso delante de los demás chicos.

* Entrevista realizada por el autor en Alta Gracia, Córdoba, el 22 de octubre de 2002.

4

La actitud de doña Celia no será de sobreprotección sino por el contrario, como adepta al deporte, inducirá a su hijo a enfrentar su enfermedad, a derrotarla, a no doblegarse ante ella. En vez de inmovilizarse por la asfixia, lo anima a desafiarla practicando el más rudo y agotador de los deportes; lo que no tendrá éxito como terapia, pero blindará a Ernesto Guevara de la Serna con una legendaria fortaleza de carácter que a nada temerá, mucho menos a una muerte con la que forcejea desde sus primeros días, haciendo de lo siniestro un hábito. Así se acostumbrará a nadar contra la corriente, trepar árboles hasta la copa, enfrentarse a carneros furiosos, correr más rápido que los demás, taclear rivales siempre más corpulentos, hacer furiosamente el amor, trepar montañas ariscas, andar por selvas nubladas de humedad, desplazarse entre multitudes que lo amaron hasta la sofocación, emboscar al enemigo asordinando el jadeo, realizar trabajos voluntarios hasta el desmadre, vadear ríos demasiado caudalosos, recorrer diferentes continentes y diferentes climas. Siempre con su asma a cuestas haciéndole todo más difícil.

Los destacados alergistas estadounidenses Korenblatt y Wedner sostendrán, muchos años después, que, al cabo de prolongadas y rigurosas investigaciones, se puede afirmar que «niños de edad preescolar con asma severa tienen un elevado riesgo de sufrir problemas de conducta en su desarrollo emocional … El 55 por ciento de los niños estudiados tienen mínimas dificultades de comportamiento, mientras que el 45 por ciento tendrá perturbaciones que van de moderadas a graves … Especialmente oposición a los padres (autoridad), tendencias a la confrontación con ellos, cinco veces más marcada en los niños asmáticos». Además este antagonismo es más persistente en comparación con niños sanos. Esto no «explica» al Che, pero ciertamente ofrecería una base biológica a su personalidad indómita y original.

Contrariando el acendrado y conservador catolicismo de la clase alta cordobesa, los Guevara solicitan a la escuela de sus hijos que se los exceptúe de las clases de religión. Rosarito me contará acerca de una escena de violencia, cuando el sacristán de la iglesia tomó rudamente de un brazo a doña Celia, y la sacó fuera por asistir a misa con mangas cortas y pantalones. A partir de ese momento, ningún miembro de la familia volverá a pisar la iglesia, y Roberto, el hermano que seguía en edad a Ernestito, recordará que los dos integraban el equipo de «no creyentes» en los partidos de fútbol que se organizaban contra el mucho más numeroso de los «creyentes». Fue éste sin duda un poderoso mensaje de los padres a sus hijos acerca de que no debían ocultarse las diferencias, ser leales con los propios principios, aunque se corriese el riesgo de la maledicencia y la marginación.

El despiadado combate de Ernesto Guevara de la Serna contra el asma duraría toda su vida. Años más tarde, viajando por Guatemala, Ernesto se entusiasmó con la posibilidad de un puesto de médico en el Petén, zona húmeda y selvática. Entonces escribiría en su diario de viaje: «El Petén me pone frente al problema de mi asma y yo, frente a frente, y creo que lo necesito. Tengo que triunfar sin medios y creo que lo haré, pero también me parece que el triunfo será obra más de mis condiciones naturales —mayores de lo que mi subconsciente cree— que la fe que ponga en ello».

El tiempo que duraban las crisis y los períodos de recuperación Ernestito los aprovechaba para leer, hábito que no abandonará a lo largo de su vida. De allí las fotos y filmaciones del Che leyendo en medio de las peores circunstancias de sus campañas guerrilleras. Sus lecturas son amplias pero ordenadas: poesía, historia, novelas, cuentos, biografías, ensayos, teatro. Precozmente ya hojeaba a Freud, tal vez buscando respuestas sobre la sexualidad vacilante de todo adolescente, y, aunque no es seguro que haya comprendido cabalmente los desarrollos del genial austríaco, es indicativo de su obsesión por saber, de la importancia que siempre, aun en los peores momentos, dio a la formación a través del estudio.

En uno de esos momentos de forzada inmovilidad, don Ernesto le enseñará a jugar al ajedrez que, de allí en más, se constituirá en el mayor canal de comunicación entre padre e hijo, y pasará a ser uno de los pasatiempos preferidos del Che, que llegará a jugarlo tan bien como para sostener meritorias partidas con ajedrecistas profesionales.

Era inconformista y despiadado con la estupidez. Cierta vez uno de sus pequeños compañeros de escuela dijo que llevarse a la boca tinta o una tiza era veneno, y quien lo hiciese moriría en el acto. «Mirá», le advirtió Ernestito y hundió una tiza blanca en su tintero como quien moja un cruasán en el café con leche; luego se la llevó a la boca y le arrancó un pedazo con los dientes. «Está rica», comentó a sus aterrados compañeros, que también lo vieron beberse un sorbo de tinta y luego alejarse con una sonrisa irónica y sin señales de agonía inminente. Ésa será la actitud que tendrá ante el peligro toda su vida.

Dolores Moyano, su amiga de infancia, escribirá que «su desafío con la muerte, su cortejo con el peligro al estilo Hemingway, no era irreflexivo ni exhibicionista. Cuando hacía algo riesgoso o prohibido era para probar si era posible hacerlo o no, y en caso de que se pudiese, cuál era la mejor manera de hacerlo. La actitud subyacente era intelectual, la determinante experimental. Ernestito no era un niño que buscara impactar asustando con sus audacias sino un experimentador incansable y no convencional».

Uno de sus autores favoritos fue Emilio Salgari. En su obra Sandokán, el pirata de la Malasia, cuyas páginas devoró varias veces, habrá podido leer sin percibir su sentido premonitorio:

—Ya es hora de terminar con un pirata tan audaz.

—¿Me odian mucho?

—Tanto que se contentarían con perder hasta la última de sus naves con tal de destruirte.

—¡Ah!

—¿Puedes dudarlo? Hermanito mío, son muchos los años en que tú les haces una peor que la otra. Toda la costa tiene las marcas de tus correrías, todos los pueblos y ciudades conocen tus asaltos y las huellas de fuego de tu presencia, todos los fuertes holandeses, españoles e ingleses han recibido tu castigo y el fondo de los mares está lleno de naves que has cañoneado y hundido.

—Es verdad, mas ¿quién tiene la culpa? Los hombres de la raza blanca han sido inexorales conmigo: ¿no asesinaron a mi madre, a mis hermanos y han tratado por todos los medios de aplastarme, borrarme de la faz de la tierra? Por ello los odio, sean españoles, holandeses, ingleses o portugueses; los execro y me vengaré de todos terriblemente; ¡lo he jurado sobre los cadáveres de mi familia y mantendré el juramento!

El Ernestito que también leía el Don Quijote, ya convertido en el Che, muchos años después escribirá a sus padres, despidiéndose antes de una de sus epopeyas: «Queridos viejos: Otra vez siento bajo mis talones el costillar de Rocinante, vuelvo al camino con mi adarga al brazo».

5
ALGUNA VEZ SE IBA A ROMPER LA CABEZA

Habla Enrique Martín, amigo de infancia del Che

en Alta Gracia, Córdoba*

Ernesto era muy buen amigo, divertido, siempre tenía ideas y los de la barra lo seguíamos. Poco tiempo después de que los Guevara llegaran a Alta Gracia, nos invitaron a su casa. Nosotros no sabíamos si ir porque ellos eran de familia rica, mientras que nosotros éramos de familias humildes, división típica de los lugares de veraneo. Después nos acostumbramos a ir y siempre éramos bien recibidos. Nos daban de almorzar o tomábamos la merienda, y no importaba si había amigos copetudos de Córdoba capital o de Buenos Aires, nos mezclábamos todos.

Lo que más destacaba en Ernesto era su temeridad. En «el paredón de los jesuitas» hay un remanso del río donde se junta un poco de agua. Él se subía a un saliente de piedra que hay a más de cuatro metros por encima y se zambullía. También lo hacía desde un sauce muy alto que ya no está. Los demás no nos animábamos y estábamos convencidos de que alguna vez se iba a romper la cabeza.

Los otros biógrafos les han hecho entrevistas a sus amigos ricos, los que venían en las vacaciones de verano o de invierno y algún que otro fin de semana, pero Ernesto vivía todo el año en Alta Gracia y nosotros éramos sus verdaderos amigos: los Vidosa, Chicho y el Negro Albornoz, Óscar Suárez, todos hijos de caseros, Juanchilo Míguez cuyo padre era pintor, mi hermano Leonardo y yo, hijos de taxista, y otros que ahora no recuerdo.

En el jardín de atrás de los Guevara cavábamos trincheras, que reforzábamos con las puertas de alambre que sacábamos del cerco, y los mayores hacían guerras tirándose unos frutos duros que parecían higos y que los más chicos les alcanzábamos. Una vez Ernesto asomó su cabeza con tan mala suerte que recibió un proyectil en el ojo, que al rato se le puso negro. El padre se enojó mucho y nos retó, pero esa misma tarde ya estábamos otra vez tomando el café con leche en su casa.

Un día vinieron a caballo unos pibes que veraneaban allí, y nos quisieron atropellar. Uno de ellos era Calica Ferrer, que después se hizo muy amigo de Ernesto, y entonces nosotros sacamos nuestras armas, las gomeras, y los acribillamos a pedradas obligándolos a rendirse. Otra vez Ernesto nos propuso hacer una broma a los Aguirre Cámara, una familia muy distinguida de Córdoba que festejaban la Navidad. Encendió una cañita voladora con tan buena puntería que pasó rozando la mesa volteando copas y botellas. Salieron todos los invitados a perseguirnos, pero era imposible alcanzarnos porque éramos muy ágiles y porque conocíamos todos los escondites del pueblo. Otra vez él y Robertito apedrearon un auto verde en que viajaban los curas y fueron a dar a la comisaría del pueblo.

Los ataques de asma de Ernesto eran muy fuertes y nos asustábamos mucho. A veces lo teníamos que llevar alzado hasta la casa, y después espiábamos por la ventana y lo veíamos tendido sobre su cama, inmóvil, blanco y creíamos que estaba muerto. Para salir de dudas lo chistábamos y entonces él movía un poco la mano para convencernos de que todavía estaba vivo.

* Entrevista realizada por el autor en Alta Gracia, Córdoba, el 22 de octubre de 2002.

6

A medida que Ernesto crece, lee de una manera intensiva, caótica, pero indudablemente con un método, con una extraña guía. Literatura de aventuras y acción, libros de viajes, autores latinoamericanos como Quiroga, Ingenieros, Neruda. Sólo asiste regularmente en segundo y tercer grados de la escuela primaria, primero y cuarto los dará libres, y con asistencia parcial quinto y sexto; muchas veces postrado por la asfixia, bajo la paciente supervisión de su madre, lo que contribuirá a simbiotizarlos en una relación que, por momentos, parecerá demasiado estrecha. Doña Celia también le enseñará un francés tan bueno como para que, treinta años más tarde, el presidente argelino Ben Bella se admire de la fluidez idiomática de su amigo el Che Guevara.

Ernestito lee a Baudelaire en su idioma original, y El Decamerón de Boccaccio. Le interesa particularmente la psicología, Jung y Adler. El padre de su amigo González Aguilar, médico, lo sorprende leyendo a Freud y comenta con sus hijos que es una lectura antes de tiempo. Años después Alberto Granado, el compañero de su primer viaje por Latinoamérica, no acaba de creer que haya leído tanto o más que él, a pesar de la diferencia de edad. Discurren sobre Steinbeck, Zola, se apasionan con Santuario de Faulkner.

También asomarán sus primeros pinitos en el interés por el otro sexo. Su prima, la Negrita Córdova Iturburu, hija del escritor, recordará que «cuando íbamos a los bailes, Ernestito sacaba a las más feas, para que no se quedaran sin bailar, aunque él era sordo para la música». Ella parece haber sido su primer amor: «En plena adolescencia, Ernestito y yo fuimos un poco más que amigos. Un día me preguntó si yo ya era una mujer y hubo una especie de idilio amoroso». Contará también que ese apuesto joven de diecisiete años «se sabía los Veinte poemas de amor y una canción desesperada de Neruda. Comenzaba a recitarlos uno a uno y no terminaba hasta el final; tenía una gran memoria».

Su primo le dedicará esos bellos poemas quizá sin saber que están inspirados en otro amor clandestino, pues Neruda aún no se había separado de la argentina Delia del Carril pero andaba en amoríos con la chilena Matilde Urrutia.

… Pero cae la hora de la venganza, y te amo,

cuerpo de piel, de musgo, de leche ávida y firme.

¡Ah los vasos del pecho! ¡Ah los ojos de ausencia!

¡Ah las rosas del pubis! ¡Ah tu voz lenta y triste! …

Cayetano Córdova Iturburu, Policho, era tío del Che, casado con Carmen de la Serna, hermana de Celia. Comunista, escritor prolífico y de cierto renombre fue también periodista y corresponsal del diario Crítica en la guerra civil española. Es ése un motivo más para que la sangrienta contienda ibérica sea la primera conmoción política que Ernesto va a vivir con conciencia.

Ya es un niño de ocho años cuando la República española es derrotada y llegan a Córdoba los primeros refugiados republicanos, que son recibidos en casa de los Guevara-De la Serna. Sus hijos pronto se harían amigos de los de don Ernesto y doña Celia, y de allí en más se comentaría con pasión el fusilamiento de García Lorca, las ejecuciones sumarias de Franco, la heroica defensa de Madrid, las ominosas purgas de la cheka, etc.

La hermana mayor de Celia, Carmen, describirá aquella casa de Alta Gracia, Villa Chichita, la «casa de los fantasmas», una de las tantas que ocuparán los Guevara: «Aquélla era una casa de dos pisos, tan mal construida que presentaba grietas por todas partes. Había goteras y cuando la perrita orinaba arriba el pis caía a la planta baja. No era una residencia impecable.

»El desorden gobernaba a todos y sólo hacían grandes limpiezas cuando se festejaba algo. Mi hermana Celia, muy descuidada, se había adaptado a la manera muy despreocupada de vivir de su marido. Pero en ese vive como quieras todos parecían felices … Esto otorgaba a los hijos una valiosa independencia que Ernestito y Robertito sabían aprovechar muy bien.

»Ernestito no era un chico muy simpático con la gente; era más bien hosco, muy callado, introvertido … El asma, que lo acosaba constantemente, era su enemigo más temible, el único que lo vencía, y cuando le daba un ataque buscaba desesperado el inhalador en los bolsillos, el que más de una vez había perdido en sus correrías. Los hermanos, que conocían su punto débil cuando se peleaban con él, llenaban una jarra con agua para volcársela encima y provocarle así un espasmo bronquial que lo paralizaría».

El agua aparece en la vida del niño como un enemigo; ya sea bañándose en las frías aguas del Náutico o en los chorreantes ataques de sus vengativos hermanos. También asistió aterrado al salvamento de su madre, que se hubiera ahogado en Caraguatay de no haber sido por la corajuda acción de dos hacheros guaraníes que la rescataron del correntoso Paraná. Todo ello quizá baste para explicar la resistencia al contacto con el agua, lo que dará al Che la fama, que nunca se molestó en desmentir, como viajero, funcionario o combatiente, de rehuir la higiene.

Las cartas de Policho Córdova Iturburu eran leídas en familia, y cada avance o retroceso de las tropas republicanas o nacionales era seguido sobre el mapa. Ernestito escuchaba a su padre resaltar con entusiasmo el heroísmo de los voluntarios de las Brigadas Internacionales, y fantasear con incorporarse a esas tropas mal equipadas que enfrentaban a un enemigo poderoso, ayudado por la Italia de Mussolini y la Alemania de Hitler. Ya antes, durante la guerra boliviano-paraguaya, ese hombre amable, que siempre sustituyó la realidad por la fantasía, en sus peleas con su esposa amenazaba con irse al Chaco a pelear del lado paraguayo con el que se sentía identificado por su amor a la selva misionera de Caraguatay.

Rosario López, Rosarito, la empleada doméstica en Villa Nydia, recordará a doña Celia como «una mujer muy libre, adelantada a su época. En aquel entonces era muy raro que las mujeres condujeran un auto, pero ella manejaba una voíturette descapotable y lo hacía a bastante velocidad, causando escándalo en la alta sociedad de Córdoba. Cargaba a sus hijos y a sus amigos y los llevaba de aquí para allá. Cierta vez tomó una curva y uno de los chicos cayó a la calle; ella no se dio cuenta y entonces Ernestito gritó, me parece escucharlo: “¡Mamáaa, se cayó Luisito, se cayó Luisito!”, hasta que Celia se percató y volvió a recogerlo».

De Ernesto padre dirá Dolores Moyano que «era simpático, cordial y de gran vitalidad». Sus intereses eran más ideológicos que políticos y fue uno de los fundadores del Comité de Ayuda a la República Española, en Alta Gracia. Ello bastaba para ser considerado «de izquierdas» por la conservadora sociedad cordobesa. Uno de los exiliados españoles, a los que recibía en la casa familiar, era el general Jurado, célebre por haber derrotado a Franco en la batalla de Guadalajara, que en Argentina trabajaba como corredor de seguros.

Ernestito y Roberto, su hermano, influidos por el clima familiar, juegan a reproducir las feroces batallas que se libraban del otro lado del mar, y, en los fragorosos combates entre las trincheras improvisadas en el jardín, los bandos se disputarán el honor de ser republicanos, inevitables vencedores de los franquistas. Una de las gracias infantiles de los hermanitos, cuando los visitaba algún exiliado, era recitar de memoria los nombres de decenas de generales rojos, aunque demostraban una especial atracción por el Campesino y por el general Líster.

Juan González Aguilar, médico, había sido jefe de Sanidad de la República española y, cuando la suerte de las armas comenzó a mostrarse esquiva, envió a toda su familia a la seguridad de Argentina. Su mujer y cuatro hijos se radicaron en Alta Gracia y los niños se hicieron enseguida amigos de los Guevara, no sólo por la hospitalidad de los argentinos sino también porque las casas estaban muy cerca y sus edades eran parejas: Carmen, la mayor, era de la edad de Ernesto y se convirtió en su mejor amiga; Juan y Paco coincidían con Roberto y Celia, mientras que los más chicos, Ana María Guevara y Pepe González, también congeniaban.

Una anécdota de entonces cuenta que una tarde Ernesto vio entrar en casa de los González Aguilar a un hombre pequeño y flaco, de sesenta y pico años.

—¿Quién es este viejito? —preguntó a su amiga Carmen—. ¿Tu abuelito?

—No, es un amigo de mi papá —contestó la niña—. Tocaba el piano en España…

Se trataba nada menos que de Manuel de Falla, el eximio músico español que en 1939 se refugió en la Argentina, donde intimó con el melómano González Aguilar, estimulando la creación de un cuarteto de laúdes que dirigiría el médico español.

Rosendo Godoy Zacarías, amigo de Ernestito en aquellos años, recuerda: «Éramos doce pibes, seis porteños y seis cordobeses. Nos juntábamos siempre a jugar al fútbol; Ernestito era uno de los que siempre jugaban, y cuando terminábamos nos corríamos a lo del “viejito”, como le decíamos a Falla, que nos convidaba con un chocolate humeante y riquísimo. Los que ganaban podían repetir».

Para hacerse una idea de cómo influyó y seguiría influyendo en el Che aquella conflagración europea que tanta resonancia tuvo en su hogar, en la que sus padres tomaron abierto y activo partido por quienes sostenían ideas socialistas, en contra de aquellos que decían defender el orden establecido y la religión, señalemos que cuando Ernestito tuvo que bautizar una perrita recogida de la calle, lo hizo con el nombre de Negrina, porque era negra y en honor a Negrín, presidente de la República.

Otro amigo que Ernesto suma a raíz de la guerra civil en España es Fernandito Barral, que con su madre estuvieron internados en un campo de concentración en Argelia, hasta ser reclamados por un tío que vivía en Argentina. Radicados en Córdoba, Fernandito se hizo amigo de Paco González y éste lo introdujo en casa de los Guevara. Allí conoció a Ernesto. Le confesará al biógrafo Hugo Gambini su secreta envidia de entonces hacia Ernesto por la decisión, audacia y seguridad en sí mismo que demostraba, pero sobre todo por su temeridad: «Había una notoria diferencia de carácter entre él y todos nosotros, considerados “niños buenos”, más o menos domesticados. Él no entraba en esa categoría. Tal vez por eso se me grabó tanto esa viveza y decisión que caracterizaban las acciones de Ernesto, y sobre todo su independencia».

Años después Barral, perseguido por alguna de las dictaduras que asolaron a la Argentina, se asilará en Hungría donde recibirá un mensaje del ya ministro Che Guevara invitándolo a colaborar con la revolución cubana, y será uno más de los amigos de infancia y juventud que responderá a su llamada.

También la Segunda Guerra Mundial será seguida con mucho interés por la familia Guevara-De la Serna y, a instancias de don Ernesto, se fundará una filial de Acción Argentina, una asociación de apoyo a los aliados, que se dará a la tarea de vigilar a los muchos alemanes que vivían en esa zona de Córdoba; entre otros motivos, porque allí habían sido internados los marinos del acorazado Graf Spee, hundido por destroyers ingleses en lo que dio en llamarse el combate del Río de la Plata. Ernestito recibiría su carnet de miembro y colaboraría como mensajero y también como espía.

Carmen de la Serna describirá cómo su sobrino, un niño constreñido por el asma, con el correr del tiempo pudo transformarse en un adolescente muy atractivo: «Cuando era muy joven, tenía los hombros levantados por la respiración forzada, pero luego se le ensanchó la caja torácica con el deporte y el aire de Córdoba le oxigenó mejor los pulmones». Carlos Calica Ferrer me contará que Ernesto se sometió a un tratamiento con un kinesiólogo japonés para corregir el típico «pecho de pollo» de los asmáticos, es decir las costillas en punta hacia delante con el esternón sobresaliente. Eso le ensanchó notoriamente la caja torácica.

Ernesto no escapó al condicionante de su clase de iniciarse en el sexo con mujeres de inferior posición social, como si lo supuestamente pecaminoso no debiese «contaminar» a las jovencitas de familias encumbradas económica y socialmente, que frecuentaban. Lo haría a instancias de su amigo Calica, quien años más tarde sería su acompañante en el segundo viaje por Latinoamérica. La Negra Cabrera era la mucama de los Ferrer y se prestaba con gusto a los instintos de los hijos de sus patrones y sus amigos. «Lo hacía por gusto, sin cobrar», me contará Calica en Buenos Aires, muchos años después.

Cierto día, éste invitó a sus amigos a compartir tal privilegio y fueron pasando uno tras otro, mientras los demás espiaban por el ojo de la cerradura. Durante mucho tiempo Ernesto debió soportar las bromas de quienes lo imitaban corcoveando exitosamente sobre la mujer, pero interrumpiendo la briosa ceremonia una y otra vez para bombear adrenalina en sus bronquios. Siempre con la complicidad del amigo leal, Ernesto siguió visitando a la Negra Cabrera y a veces le llevaba de regalo alguna prenda de vestir o perfume que hurtaba del ropero de su madre.

Carlos Figueroa, vecino veraniego de los Guevara en Alta Gracia, me contará en Buenos Aires: «Necesitábamos ganar plata y entonces con Ernesto pusimos una fábrica; envasábamos un cucarachicida muy fuerte que bautizamos “Vendaval”. Quisimos ponerle “Al Capone”; hasta habíamos imaginado el eslogan: “porque mata a todos”, pero alguien nos convenció de que la familia Capone nos iba a reclamar derechos por usar el apellido. En realidad era el DDT que fabricaba Duperial y que nosotros reducíamos con talco, y hacíamos todo el proceso de envase y venta. El negocio fracasó pero fue divertido. Lo que sucedía era que andábamos siempre secos y buscábamos la forma de ganarnos un peso».

Ya a sus diecinueve años Ernesto Guevara de la Serna escribirá, demostrando su precoz intimidad con la muerte y su apuesta a la fuerza de voluntad y al coraje:

¡Lo sé! ¡Lo sé!

Si me voy de aquí me traga el río…

Es mi destino: ¡hoy debo morir!

Pero no, la fuerza de voluntad todo lo puede.

Están los obstáculos, lo admito.

No quiero salir.

Si tengo que morir, será en esta cueva.

Las balas, qué me pueden hacer las balas

si mi destino es morir ahogado. Pero voy

a superar mi destino. El destino se puede

alcanzar con la fuerza de voluntad.

Morir, sí, pero acribillado por

las balas, destruido por las bayonetas, si no, no. Ahogado no…

Un recuerdo más perdurable que mi nombre

es luchar, morir luchando.

7
EL SUEÑO DE UN ALTO DESTINO

Habla Jorge Beltrán, amigo de juventud del Che*

Conocí a Ernesto en Alta Gracia, a través de los González Aguilar. Él tenía diecinueve años y yo diecisiete. Me cayó muy bien y nos hicimos amigos, aunque no entrañables porque discrepábamos mucho; a él le gustaba confrontar, era polémico.

Era muy lector, pero con una actitud diferente de la que yo tenía como típico adolescente; él no leía por por puro placer, leía estudiando. Yo tenía en casa La historia universal de Oncken, un autor alemán que estuvo de moda a fines del siglo XIX y principios del XX. Los tomos tenían ilustraciones atractivas que me inducían a leer tal o cual monografía o batalla. Ernesto, en cambio, leyó esta obra de dieciocho volúmenes desde el principio hasta el final, de forma totalmente ordenada. Una autodisciplina extraordinaria.

Yo pienso que hay en el Che de aquel entonces el sueño de un alto destino. Un alto destino que pasaba por el sacrificio. Hablaba con frecuencia de medicina, de leprosos; no tenía todavía un sentido americanista. Y adquiría una cultura extraordinaria. Por ejemplo, había unas ediciones económicas de la editorial Tor; yo conocía alguna obra de Quevedo, otras de Cervantes; él las conocía todas porque las leía en el orden en que iban apareciendo. Tenía un compromiso consigo mismo de lograr un cierto nivel de erudición. Hacía una gimnasia de la lectura como llevaba a cabo también una preparación física en busca de la fortaleza ruda a través del rugby. Insisto en que, con la perspectiva que dan los años, él se estaba preparando para un alto sacrificio.

Era un chico que sufría bastante por el asma, una enfermedad que lo hacía leer porque lo tiraba en la cama. No había televisión en aquellos tiempos. Cuando se sentía bien le gustaba divertirse, participaba con nosotros tomando alguna copa o saliendo con chicas, pero nunca fue frívolo.

Yo vivía en la plaza España y él en la calle Chile al 280, a dos cuadras de casa y a una de lo que ahora es la Casa de Gobierno. Todavía está; una casa a la que había que subir por una escalerita. Al frente se encontraba un profundo pozo baldío donde había ranchos; en aquel entonces casi no existían las «villas miseria», eran ranchos, y me acuerdo que, una de las tantas veces que fui a visitarlo a su casa, me contó que venía de tomar mate en esos ranchos porque le gustaba alternar con esa gente. También me acuerdo que me dijo entonces algo diferente de lo que opinaban nuestros padres, liberales y terriblemente antiperonistas; me dijo que le disgustaban la demagogia, la falta de libertades públicas y la corrupción económica del peronismo, pero que valorizaba la obra social de Evita y de Perón. Él se manifestaba socialista y ya tenía una visión materialista de la historia. Decía por ejemplo, me acuerdo, «es la posición la que determina la situación», o sea que es el estrato socioeconómico el que induce a una toma de posición.

Nos juntábamos en la casa de los González Aguilar, entre Obispo Oro y Boulevard Chacabuco. También en Malagueño, la estancia de don Martín Ferreyra y doña Rita, su mujer, quienes nos trataban como a hijos; ellos no los tenían y nos permitían todo tipo de gastos y diversiones. El Che nunca perteneció a ese grupo de «gente linda»; es por su amor hacia Chichina que aparece con una presencia abrasiva, porque él se complacía en manifestar su antiestética, su arreglo desaliñado y bohemio. En la mesa de don Martín se respetaban los buenos modales y a él le divertía burlar todas sus reglas.

Le encantaba molestar a los burgueses, alterarlos, más que lo típico de un chico de veinte años. Es cierta la famosa anécdota del zapato marrón y el zapato negro, y el argumento de que los había comprado baratos por la quemazón de una zapatería; yo lo he visto con un zapato marrón y otro negro. Quizá buscara notoriedad fastidiando, exagerando los malos modales en la mesa, comiendo como un perro, salpicando. Era un muchacho formidable, no muy lírico, no leía mucha poesía. A mi entender, su destino ya estaba marcado: lo aguardaba la épica. Era muy valiente, temerario inclusive; se arriesgaba en actividades deportivas o atléticas propias de nuestra juventud, no le tenía miedo a nada.

Ernesto me dijo dos veces, no recuerdo a santo de qué, una frase que decía haberla sacado de algún volumen de Joaquín V. González, pero que podría haber sido un epígrafe de Goethe: «Toda estrella mirada a través de una lágrima es una cruz». Me emociono cuando evoco este recuerdo tan premonitorio. No creo que él tuviera entonces el proyecto de inmolarse; nunca coincidí en que el Che estuviese dominado por una compulsión suicida, todo lo contrario: esa imagen preanunciaba su destino, mirar un objetivo alto con un sentido de la vida como sacrificio y entregarla en pos del logro de su realización magna.

El Che es un líder revolucionario, un idealista, un romántico. Lo de romántico para mí es un alto piropo. Serlo cuando todo el mundo tiene un estúpido utilitarismo, un materialismo pragmático y cruel, debería servir para que todos tengamos su vida y su pensamiento como referencia de un líder romántico que nunca vaciló en sus ideales. Sin miedo y sin tacha, su vida es una parábola perfecta, sin objeciones.

Al asesinarlo lo convirtieron en una leyenda, y al cortarle las manos cometieron una crueldad innecesaria y estúpida porque lo que valía en el Che eran el corazón y las bolas.

* Entrevista realizada por el autor en Córdoba, Argentina, el 24 de octubre de 2002.

8

Movido por su pasión de viajar, explicable desde un punto de vista psicológico por un anhelo inconsciente de liberarse del nirvánico y sofocante amor de la madre que, a medida que se profundizan sus conflictos con don Ernesto, ha ido colocando a su primogénito en el lugar de padre de familia, Ernesto se ve forzado a «salir al aire libre» en busca de su verdadera identidad, de reconocer su propio deseo; también a desafiar a su asma y a probarse a sí mismo que su mal no lograba paralizarlo. Ernesto Guevara de la Serna emprenderá entonces su primer viaje largo y aventurero que no terminará, con distintas variantes, hasta su último aliento.

Su amigo de juventud cordobesa Carlos Figueroa me contará que le pareció admirable «cuando recorrió un montón de provincias en una bicicleta traccionada por un motorcito. Fue un viaje muy importante porque ahí le tomó el gusto a la aventura, se demostró a sí mismo que era capaz de valerse solo y comprobó que aunque el asma se ensañara con él no alcanzaba para derribarlo. Para que le creyeran hacía registrar su paso en todos los Automóvil Club de los lugares por donde pasaba».

El fabricante del motorcito, un ingeniero italiano que copiaba a los peninsulares motores Cucciolo, no podía creer que hubiese andado tanto y recién se convenció cuando Ernesto le mostró ese registro; entonces, negociaron un nuevo motor a cambio de la publicidad. Fue entonces cuando apareció en El Gráfico la foto de Ernesto montado en la bicicleta, donde firmaba Ernesto Guevara Serna, «desaristocratizando» su apellido.

Su primer objetivo fue llegar hasta Pilar, a sesenta kilómetros del punto de partida; una vez allí, se propuso alcanzar Pergamino, a doscientos kilómetros. Finalmente, movido por lo que sería una constante en su vida, se desafió a sí mismo a lograr lo inimaginable: recorrer doce provincias, más de cuatro mil quinientos kilómetros en un medio de locomoción tan precario que una y otra vez lo obligaba a emparchar pinchaduras o a limpiar bujías. Años más tarde, ser ministro de Industria y presidente del Banco Nacional de Cuba tampoco será un punto de llegada, sino sólo una etapa en su trayectoria vital.

Durante el viaje solitario, en una carta a su familia desde Salta, muestra cómo la miserable situación de la mayor parte de la gente de esa región lo ha conmovido, una realidad que el perímetro de su clase social le había vedado conocer hasta entonces. Relata que a esas provincias no se las conoce «por su Altar de la Patria, la Catedral donde fue bendecida la enseña de la Patria, la casa en que fue muerto Lavalle, el Cabildo de la revolución, etc.» sino que «su alma verdadera está reflejada en los enfermos de los hospitales, los detenidos en las comisarías o el transeúnte ansioso a quien uno llega a conocer».

Ese viaje erizado de dificultades, sólo posible en base a un vigoroso amor propio y preanunciador de futuras epopeyas y calvarios, dejará huellas que los tiempos por venir se encargarán de significar. El joven aventurero, por ejemplo, demostrará con buena prosa en sus notas de viaje una honda sensibilidad y una visión no convencional ante lo que la naturaleza pone ante sus ojos: «Esperaba en cada momento oír el rugido del león, ver la silenciosa marca de la serpiente o el paso ágil de un ciervo… y de pronto se escucha el rugido, pero en él se reconoce a un camión que sube la cuesta. Parece entonces que se rompiera con fragor de cristalería el castillo de mi ensueño y me volviera a la realidad. Me doy cuenta entonces de que ha madurado en mí algo que hace tiempo crecía dentro del bullicio ciudadano: el odio a la civilización, a gentes moviéndose como locos al compás de un ruido tremendo que se me ocurre la antítesis odiosa de la paz, de esa en que el roce silencioso de las hojas forma una melódica música de fondo».

Lo que Ernesto Guevara busca montado en su bicicleta es dar un sentido a su vida, eso que encontrará finalmente en Guatemala y en México, gracias a su impulso viajero que transformará la aventura en compromiso político llevado a su paroxismo. Eso asoma en su humorístico comentario acerca del agobiado trabajador que venía de recolectar algodón en el Chaco y se dirigía a la vendimia sanjuanina y que, enterado de que el esfuerzo del joven tenía sólo una motivación raidista, suspirará: «Mama mía, ¿usted gasta toda esa fuerza inútilmente?».

En la misma anotación, descubriendo una vez más su inconsciente búsqueda de una razón de ser para su vida, relata el trágico destino de un motociclista que se ofrece para remolcarlo. Ernesto se niega, pues ya ha tenido la experiencia de dolorosos porrazos en circunstancias similares y algunos kilómetros más adelante, en Rosario de la Frontera, se entera de que el piloto de la potente Harley Davidson había muerto en un accidente. Su comentario, leído hoy, no tiene desperdicio: «El saber que un hombre va buscando el peligro, sin tener siquiera ese vago aspecto heroico que entraña la hazaña pública, y a la vuelta de una curva muere sin testigos, hace aparecer a este aventurero desconocido como provisto de un vago “fervor” suicida».

Figueroa me contará otras facetas de su amigo de juventud: «Le decíamos “chancho” porque era muy negligente para vestirse; no le importaba absolutamente nada andar planchado o no planchado, o con la ropa manchada. A lo mejor íbamos a salir con alguna chica y era tal su aspecto que yo le decía “no podés salir así, sos un chancho”, y de ahí en adelante le quedó el apodo. A él no le importaba nada que le dijeran así puesto que en la revista de rugby que publicamos firmaba “Chang-cho”».

Será don Ernesto quien se enfade con el mote, con lo que sólo logrará que la pandilla de jóvenes pase a nombrarlo como «el chancho padre».

«Con las chicas era un ganador —continúa Figueroa—, no sabía bailar pero siempre se las arreglaba para conquistarlas. Tenía una conversación muy interesante, era muy buen mozo y eso de ser distinto a los demás seducía mucho. Todos envidiábamos su éxito con las mujeres.»

Sin embargo, no tendrá éxito con la niña de quien se enamorará perdidamente, Chichina Ferreyra, joven bella e inteligente, perteneciente a una de las familias más aristocráticas y ricas de Córdoba. «A Ernesto lo conocí en octubre de 1950 en lo de González Aguilar, en el casamiento de Carmen, siendo él ya estudiante de medicina en Buenos Aires, aunque tengo recuerdos de habernos cruzado en el barrio y en el club de Villa Allende cuando ellos vivían en Córdoba», me contará Chichina más de cincuenta años después, sentados al reparo de la elegante galería de Malagueño, rompiendo sólo parcialmente el pacto consigo misma de no hablar de su relación con el futuro Che. En parte por recato ante su actual esposo, pero también por la imposibilidad de incorporar a su firme pertenencia a una clase social conservadora y acérrimamente anticomunista una historia amorosa con el símbolo planetario de la revolución socialista. Ese silencio, que ninguno de los biógrafos del Che había logrado quebrar, sigue siendo un pedido de disculpas a los de su clase. Lo mismo sucede con no pocos de sus amigos ricos de infancia y juventud, renuentes a dejarse entrevistar para hablar sobre Ernesto Guevara de la Serna, cuya juvenil proximidad han negado a lo largo de muchos años en que fue claramente visualizado como un peligroso enemigo de sus privilegios y convicciones.

Dolores Moyano, una de las integrantes del grupo, escribirá acerca de esa ubérrima estancia de dos mil hectáreas de fértil pradera: «Comprendía dos canchas de polo, caballos árabes y un pueblo feudal de obreros de la cantera de la familia. Todos los domingos los Ferreyra iban a misa en la iglesia del pueblo, y ocupaban una capilla propia a la derecha del altar con su propia entrada y una baranda donde comulgar, lejos de la masa de trabajadores. En muchos sentidos, Malagueño debía de ser un ejemplo de todo lo que Ernesto detestaba. Sin embargo, impredecible como siempre, Ernesto se había enamorado locamente de la princesa de ese pequeño imperio, mi prima Chichina Ferreyra, una niña extraordinariamente hermosa y encantadora que, para consternación de sus padres, se sentía igualmente fascinada por él».

En Malagueño, Ernesto se relacionará con los jóvenes pudientes y à la page de clase alta que frecuentaban ese lugar paradisíaco, y forzará su lugar seduciendo a la joven con el despliegue de conductas e ideas inconformistas, irreverentes, compitiendo con los otros concurrentes en cultura y audacia. Y los horrorizaba con su vestimenta, compuesta de una infaltable camisa de nailon originariamente blanca que con el uso se había vuelto gris, y a la que llamaba «la semanal» pues declamaba lavarla sólo una vez por semana, y pantalones demasiado anchos y jamás planchados que algunas veces exhibieron una banda adhesiva para tapar un corte.

Es de imaginar el efecto que producía en un grupo de jóvenes pertenecientes a una oligarquía provincial, que destinaban tiempo y dinero en estar a la moda, en aquella época de importaciones restringidas. «No eran las camisas de seda italiana, los perfumes franceses o los pullovers británicos lo que nos desvivía, sino los jeans norteamericanos, lo que hacía rabiar a “tatita” porque dejábamos de usar las bombachas salteñas», recordará Chichina.

Según Dolores Moyano, «no era Ernesto quien se embarazaba ante nosotros sino nosotros ante él». Quizá porque ya entonces quien luego devendría el Che Guevara representaba una verdad denunciatoria, estalladora de convenciones tranquilizantes.

Tomás Granado, uno de sus más cercanos amigos y compañero del colegio Deán Funes, en la ciudad de Córdoba, hoy residente en Caracas, me contará por teléfono: «Durante el primer año y parte del segundo, Ernesto viajó todos los días desde Alta Gracia en tren. Luego toda la familia se trasladó a Córdoba ciudad. Pocos meses antes de terminar el bachillerato, su padre nos hizo hacer un curso de “laboratorista de suelos” y luego nos consiguió empleo en Vialidad Provincial para hacer análisis de materiales. A mí me destinaron a Colonia Tirolesa y a Ernesto a Villa María».

Desde allí Guevara hijo escribirá a su padre, quien se preocupaba porque Ernesto no se dejase tentar: «Me contaba el encargado que yo era el único laboratorista, que él había conocido en veinte años, que no aceptaba la comida (por parte de la empresa adjudicataria), y uno de los dos o tres que no coimeaba».

Allí trabajó de diciembre a marzo, pero cuando se enteró de que su querida abuela estaba muy grave en Buenos Aires, lo dejó todo y viajó para atenderla. Luego de su fallecimiento ya se quedó allá y empezó a estudiar medicina, mientras Tomás se graduaba de ingeniero en la Universidad de Córdoba. A pesar de la distancia continuaron viéndose con frecuencia porque Ernesto, cuando sus ocupaciones y el dinero se lo permitían, viajaba a Córdoba para encontrarse con Chichina.

Es indudable que es el inconsciente deseo de curarse del asma el que lo mueve a decidirse por la carrera médica, como lo prueba su inclinación a especializarse en alergología, y mucho menos, como afirmarán otros biógrafos, la muerte de su querida abuela a quien acompañará durante sus últimos días. Otro motivo, y no menos importante, es la reciente operación de cáncer de mama a que es sometida su madre y que, según sus amigos cercanos, lo conmueve profundamente.

También porque la medicina, y en ello influirían sus lecturas de Cronin, prometía, más que la ingeniería, satisfacer su deseo de «ser un famoso investigador que trabajaba infatigablemente para descubrir algo que pudiera poner definitivamente a disposición de la Humanidad». Ya es clara, en esta temprana anotación en su diario personal, la vocación por el sacrificio en pos de lo que él considera el bienestar del prójimo. También su anhelo de un destino superior.

En la facultad conocerá a Tita Infante, una compañera de estudios que milita en la Juventud Comunista, y será ella la primera en hablarle de Marx y de la revolución socialista. Y lo hará con la suficiente convicción como para interesar a Ernesto, quien leerá algunos textos sobre el tema y la acompañará a reuniones políticas. Ella se enamorará perdidamente del atractivo compañero de curso y ambos sostendrán una relación epistolar de alternada frecuencia a lo largo de los años, aunque él nunca la tuteará en sus cartas tratándola con afecto, pero sin efusividad.

Años después, Tita le contaría a Ernesto Guevara Lynch cómo fue aquel primer encuentro con su hijo, durante una clase de anatomía, ante el horrendo espectáculo de los cadáveres descuartizados que les servían de práctica: «Comenzaba el año 1947. En un anfiteatro de anatomía de la facultad de medicina escuché varias veces una voz grave y cálida, que con su ironía se daba coraje a sí mismo y a los demás, frente a un espectáculo que sacudía aun al más insensible de esos futuros galenos … Por su aspecto era un muchachito bello y desenvuelto. El fuego ya chisporroteaba en su mirada. Una mezcla de timidez y altivez, quizá de audacia, encubría una inteligencia profunda y un insaciable deseo de comprender».

Según la hermana menor de Ernesto, Tita estuvo muy enamorada, pero no pudo precisar si en algún momento fue correspondida. Lo cierto es que el corazón del apuesto joven parecía pertenecer a Chichina Ferreyra, la princesa cordobesa, el mejor partido de aquella aristocracia provinciana. Aunque según Calica Ferrer, el supuesto amorío de su amigo no era más que uno de esos desafíos que entusiasmaban a Ernesto, la conquista de algo que parecía imposible pero que, como había aleccionado a Rosarito, nada lo era si uno se lo proponía con inteligencia, tenacidad y convicción.

Entre febrero y junio de 1951, agobiado por su estrechez económica y también para poner distancia con un clima hogareño irrespirable por los conflictos entre sus padres, que habían decidido otra vez separarse, Ernesto busca trabajo en la marina mercante y es contratado en los buques Anna G., Florentino Ameghino y General San Martín, en los que cumplirá funciones de enfermero. Viajará desde la gélida Patagonia argentina hasta el tórrido Caribe de Trinidad y Tobago, recorriendo también las costas de Brasil, Venezuela y Curaçao. El tiempo muerto, que abunda, lo aprovechará para estudiar las materias médicas que luego rendirá como libre, causa de que sus notas nunca sean destacables.

Luego, aburrido del estudio y convocado por su espíritu nómada, vendría el tiempo de planear otro viaje.

9
«ERA VALIENTE, NO SUICIDA»

Habla Alberto Granado, compañero del Che en su primer viaje

por América*

Siempre, desde que lo conocí a los catorce años, se caracterizó por despreciar el peligro, una necesidad de arriesgar más que el resto de la gente. Cuando atravesaba las vías del ferrocarril, en vez de ir por la parte normal, lo hacía por donde más peligro había, cruzando por encima de las columnas de las vías. Pero era valiente, no suicida.

Yo tenía veinte años y Ernesto catorce. Vino a verme y me preguntó si lo quería entrenar al rugby; me conocía porque mi hermano más chico, Tomás, era su compañero de estudios y le había comentado que yo dirigía un equipo de segunda división en el club Estudiantes. A él lo habían rechazado de otros clubes por ser asmático, pero me compadecí porque también yo tuve dificultades debido a que siempre fui muy esmirriado y eso me creaba problemas.

Lo hice saltar por encima de una vara a una altura bastante considerable y caer sobre su hombro. Era una prueba que yo les tomaba a todos los candidatos, pues así no sólo chequeaba su aptitud física sino también si tenían el coraje necesario para un deporte rudo como el rugby. El Che lo hizo una vez y después otra y otra, y habría seguido hasta el infinito si no lo hubiera frenado.

Era un empachado de lectura porque tenía una capacidad extraordinaria, ya entonces, de transformar lo negativo en positivo. Debía encerrarse horas y horas en un cuarto para aspirar unos sahumerios como tratamiento contra el asma, y Ernesto elegía hacerlo en la biblioteca del padre que estaba muy bien provista, y entonces aprovechaba el tiempo en leer todo lo que encontraba. Cuando lo conocí llevaba un cuaderno de esos comunes, escolares, donde anotaba, por ejemplo, «Julio Verne: leí Veinte mil leguas de viaje submarino. Me faltan tal, tal y tal otro». Una especie de diario que él llamaba «diccionario filosófico». Esa capacidad de lectura la mantuvo durante toda su vida. Podía hablarte tanto de William Faulkner como de Albert Camus. Cuando tenía oportunidad —como en el caso de Sartre y Simone de Beauvoir, que lo visitaron en Cuba— discutía con los autores. Podía recitar de memoria los versos de Neruda o de Almafuerte. Con éste hacía algo curioso: después de recitar siete u ocho de sus versos decía: «pero Almafuerte a mí no me gusta» y seguía con otro autor.

Otra de sus características era que se trataba de esas personas a las que se quiere o se odia; no había término medio. Era imposible que, tanto el Ernesto que yo conocí como el Che de después, pasara desapercibido. No era fácil ser amigo de él porque era muy crítico. Hay quien a los amigos les aguanta todo; en cambio él, si se transgredía alguna de sus normas, no tenía empacho en decírtelo de frente y cara a cara. Por eso, al que no le gustaba que le cantaran las cuarenta chocaba con esa forma de ser de Ernesto.

Pero ese rigor lo aplicó siempre, sobre todo consigo mismo. Años después, cuando él era ministro en Cuba, me invitó a almorzar en su despacho y fui con Delia, mi mujer. Tenía un cocinero que se llamaba Félix, que había combatido a su lado en la Sierra Maestra, y el Che le dijo: «Félix, aquí tengo ...