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CIUDAD EN LLAMAS

Garth Risk Hallberg  

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Fragmento

PRÓLOGO

En Nueva York reparten de todo a domicilio. Al menos, parto de ese principio. Estamos en pleno verano, en la plenitud de la vida. Me encuentro en un piso vacío de la calle Dieciséis Oeste, escuchando el plácido zumbido de la nevera de la habitación de al lado y, aunque solo contiene media barra de mantequilla del mesozoico que se dejaron mis anfitriones cuando se fueron a la costa, dentro de cuarenta minutos puedo estar comiéndome más o menos lo que se me antoje. Cuando era joven —más joven, se entiende— podías pedir drogas. Tarjetas de visita estampadas con el número 212 y una única palabra, «reparto», o, con mayor frecuencia, alguna tontería sobre masajes terapéuticos. No puedo creerme que lo hubiera olvidado.

Claro que es otra ciudad, o la gente quiere otras cosas. Los matorrales de Union Square que ocultaban las transacciones en persona han desaparecido, junto con las cabinas desde las que llamabas al camello. Ayer por la tarde, cuando me acerqué a descansar un rato, unos bailarines montaban jaleo a cámara lenta bajo los árboles reverdecidos. Había familias sentadas pacíficamente en sus mantas, a la luz color vino. Veo cosas así por todos lados, arte público difícil de distinguir de la vida pública, coches de topos circulando por Canal, quioscos adornados como regalos. Como si los sueños pudieran presentarse como las opciones del menú de la experiencia disponible. Aunque, curiosamente, el efecto que tiende a tener esta racionalización de todos los deseos, el mismo perro con distinto collar, es recordarte que lo que anhelas de verdad no lo encontrarás ahí fuera.

Lo que yo personalmente anhelo desde que llegué, hace seis semanas, es un estado mental concreto. Entonces no habría sabido explicarlo con palabras, pero ahora creo que es algo así como la sensación de que las cosas todavía podrían cambiar en cualquier momento.

Una vez fui autóctono —saltaba los tornos, pescaba en los contenedores y dormía en cualquier azotea del centro— y esa sensación constituía la tónica de mi vida. En la actualidad, cuando aparece, es solo a ráfagas. Con todo, he aceptado cuidar de este piso todo septiembre, con la esperanza de que me baste. Tiene forma de bloque apilable de los primeros videojuegos: habitación y sala a la entrada, luego comedor y dormitorio principal y cocina al final, como una cola. Mientras me peleo en la mesa de la cocina con estos comentarios preliminares, el crepúsculo va avanzando al otro lado de las ventanas, consiguiendo que el cenicero y los montones de papeles que tengo delante parezcan de otra persona.

Eso sí, mi rincón favorito, con mucho, está pasada la cocina, saliendo por la puerta lateral: un porche de pilotes tan altos que podríamos estar en Nantucket. Vigas verdes como los bancos del parque y, por debajo, moqueta de hojas de dos ginkgos larguiruchos. «Patio» es la palabra que me gustaría emplear, pero «ventiladero» también serviría; altos bloques de pisos tapian el espacio de forma que nadie más puede acceder a él. Los ladrillos blancos del otro lado están desconchándose, y al anochecer, cuando me dispongo a abandonar mi proyecto, salgo a contemplar cómo la luz trepa y se suaviza conforme el sol va poniéndose en otro cielo sin lluvia. Dejo que el móvil vibre en el bolsillo y observo cómo las sombras de las ramas se estiran hacia esa lejanía azul que surca una estela de condensación cada vez más gruesa. Las sirenas y el ruido del tráfico y las radios que suben desde las avenidas son como un recuerdo de sirenas y ruidos de tráfico y radios. Tras las ventanas de los otros pisos se encienden televisores, pero nadie se molesta en correr las cortinas. Y comienzo a sentir de nuevo que las líneas que han encajonado mi vida —entre el pasado y el presente, el fuera y el dentro— se desdibujan. Que todavía podrían repartirme a domicilio.

Al fin y al cabo, en este patio no hay nada que no estuviera ya en 1977; quizá no sea este año sino aquel otro, y todo lo que sigue esté por venir. Quizá un cóctel molotov hiende la oscuridad, quizá un periodista corre por un cementerio; quizá la hija del pirotécnico sigue sentada en un banco nevado, velando a solas. Pues si las pruebas indican algo, es que no existe una sola Ciudad unitaria. O, si existe, consiste en la suma de miles de variaciones, que compiten todas por el mismo puesto. Tal vez me haga ilusiones; con todo, no puedo evitar imaginar que los puntos de contacto entre este lugar y mi ciudad perdida no terminaron de curarse, dejaron las cicatrices que lamento cuando lanzo la mente por la salida de incendios hacia el cuadrado azul de libertad que hay más allá. Y tú, que estás ahí fuera: ¿no estás también aquí conmigo? Es decir, ¿quién no sigue soñando con un mundo distinto a este? ¿Quién de nosotros —si implica liberarse de la locura, del misterio, de la belleza totalmente inútil del millón de posibles Nueva Yorks de otra época— está dispuesto, incluso ahora, a renunciar a la esperanza?

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© Kike Calvo / VWPICS / Alamy

LIBRO I

HEMOS CONOCIDO AL ENEMIGO,

Y SOMOS NOSOTROS

[DICIEMBRE DE 1976 — ENERO DE 1977]

La vida en este enjambre fruncía la noche;

el beso de la muerte, el abrazo de la vida.

TELEVISION,

«Marquee Moon»

1

Por la avenida Once avanzaba un árbol de Navidad. O, mejor dicho, lo intentaba; se había enganchado en un carro del súper abandonado en el paso de cebra, se sacudía y se erizaba y se estiraba, a punto de estallar. O así se lo pareció a Mercer Goodman mientras se empeñaba en rescatar la copa del árbol de la malla abollada del carro. Últimamente todo estaba a punto de estallar. En la acera de enfrente, manchas de carbón ensuciaban la zona de carga donde los lunáticos encendían hogueras por la noche. Las putas que se bronceaban allí durante el día vigilaban ahora desde detrás de las persianas de tiendas de baratillo, y por un segundo Mercer fue consciente de cómo los veían: un negro con gafas y pantalón de pana que intentaba recular mientras en la otra punta del árbol un blanco greñudo con cazadora de motorista estiraba del tronco y a la mierda con el carrito. Entonces el semáforo cambió a verde y, milagrosamente, mediante alguna combinación de tirones y empujones, se soltaron.

—Sé que estás molesto —dijo Mercer—, pero ¿te importaría no hacer aspavientos?

—¿Hago aspavientos? —preguntó William.

—Estás llamando la atención.

Como amigos, o incluso vecinos, formaban una extraña pareja, lo que tal vez explicara por qué el hombre que vendía los árboles de los boy scouts junto al acceso al Lincoln Tunnel había dudado tanto en aceptar su dinero. También era la razón por la que Mercer no había podido invitar nunca a William a su casa para presentarle a la familia y, por tanto, el motivo de que tuvieran que celebrar solos la Navidad. Bastaba con mirarlos, el burgués marrón claro y el punk pálido y enjuto: ¿qué podía haber unido a semejante par salvo el poder oculto del sexo?

Había sido William quien había elegido el árbol más grande que quedaba. Mercer le había pedido que pensara en el ya grave hacinamiento del piso, por no mencionar la media docena de manzanas que distaba de donde estaban, pero era la forma de William de castigarle por querer un árbol. Había sacado dos billetes del fajo que se guardaba en el bolsillo y había anunciado, en tono sarcástico y lo bastante fuerte para que lo oyera el vendedor: «Yo, mejor por el culo». Ahora, entre vaharadas de aliento, William añadió: «¿Sabes…? Jesús nos habría mandado a los dos al infierno. Sale en… el Levítico, creo, en alguna parte. No le veo sentido a un Mesías que te condena al infierno». Te equivocas de Testamento, podría haber objetado Mercer, y además hace semanas que no pecamos juntos, pero lo fundamental era no picar el anzuelo. El jefe de los scouts quedaba todavía a escasos cien metros, al final de un caminito de agujas verdes.

Gradualmente las manzanas fueron despoblándose. A esa hora Hell’s Kitchen se componía mayoritariamente de solares de escombros, chasis quemados de coches y algún que otro mendigo en los semáforos. Parecía que hubiera explotado una bomba y solo quedaran los parias, que debió de haber constituido el principal atractivo de la zona para William Hamilton-Sweeney hacia finales de los años sesenta. Lo cierto era que había explotado una bomba unos años antes de que Mercer se mudara al barrio. Un grupo con uno de esos complejos acrónimos que no lograba recordar había volado una furgoneta delante de la última fábrica en funcionamiento, con lo que había abierto un nuevo espacio para lofts desvencijados. En el edificio donde vivían ellos, en una vida anterior fabricaban caramelos de menta de la marca Knickerbocker. En cierto modo, apenas había cambiado: la conversión de local comercial a residencial había sido chapucera, probablemente ilegal, y había dejado un residuo industrial en polvo incrustado entre los tablones del suelo. Daba igual cuánto fregases, siempre persistía una nota a menta empalagosa.

Como el montacargas había vuelto a estropearse, o seguía estropeado, tardaron media hora en subir cinco plantas con el árbol a cuestas. La chaqueta de William se manchó de savia. Había trasladado los lienzos al estudio del Bronx, pero aun así el único hueco donde cabía el árbol estaba delante de la ventana del salón, donde las ramas tapaban el sol. Mercer, previéndolo, había comprado provisiones para animarse: luces para colgar de la pared, un faldón para el árbol, un cartón de ponche de huevo sin alcohol. Las dejó en la encimera, pero William se sentó enfurruñado en el futón a comer gominolas de un cuenco con la gata, Eartha K., aposentada con aire petulante sobre su pecho. «Al menos no has comprado un nacimiento», dijo. A Mercer le dolió en parte porque en ese instante rebuscaba bajo el fregadero las figuritas de los reyes magos que su madre le había enviado con su regalo.

En cambio, lo que encontró fue el correo, que juraría haber dejado a la vista sobre el radiador esa misma mañana. Normalmente Mercer no lo habría consentido —no podía pasar junto a una de las bolas de pelo de Eartha sin echar mano del recogedor—, pero un sobre concreto llevaba sin abrir una semana, entre la segunda y la tercera notificación de Americard Family of Credit Cards (redundancia sic), y Mercer albergaba la esperanza de que tal vez hoy William admitiera por fin su presencia. Reorganizó el montón para dejar el sobre arriba del todo. Volvió a colocarlo sobre el radiador. Pero su amante ya se había levantado a remojar con ponche el grumo de gominolas verdes, como si fueran un cereal futurístico. «El desayuno de los campeones», dijo.

La cuestión estaba en que William tenía una especie de don para no fijarse en lo que no quería ver. Otro ejemplo práctico: hoy, Nochebuena de 1976, hacía dieciocho meses que Mercer había llegado a Nueva York desde la pequeña población de Altana, en Georgia. «Ah, conozco Atlanta», le aseguraba la gente con alegre condescendencia. «No», solía corregirles él, «Al-tan-a», pero al final se cansó. La simplicidad era más fácil que la precisión. En su ciudad, todos pensaban que se había ido al norte a dar clases de inglés en la Escuela Femenina Wenceslas-Mockingbird de Greenwich Village. Por debajo, por supuesto, subyacía la ardiente ambición de escribir la Gran Novela Americana (que todavía ardía en él, aunque por razones diferentes). Y todavía más por debajo… bueno, la manera más sencilla de exponerlo habría sido decir que había conocido a alguien.

El amor, como Mercer lo había entendido hasta la fecha, conllevaba vastos campos gravitacionales de deber y desaprobación que se imponían a las partes implicadas y convertían incluso una charla trivial en una lucha por seguir respirando. Ahora conocía a una persona capaz de no devolverle las llamadas durante semanas sin sentir la menor necesidad de disculparse. Un caucásico que se paseaba por la calle Ciento veinticinco como si le perteneciera. Un hombre de treinta y tres años que todavía dormía hasta las tres de la tarde, incluso después de empezar a vivir juntos. Al principio, la entrega con que William se dedicaba a hacer exactamente lo que le venía en gana había supuesto una revelación. De pronto, era posible separar el amor de estar en deuda con alguien.

Más recientemente, sin embargo, Mercer había comenzado a sospechar que el precio de la liberación consistía en negarse a mirar atrás. William solo hablaba en los términos más vagos de su vida antes de Mercer: el período de dependencia de la heroína durante los primeros años setenta que le había convertido en un goloso insaciable; los montones de cuadros que se negaba a mostrar a Mercer ni a nadie que pudiera haberlos comprado; el grupo de rock implosionado cuyo nombre, Ex Post Facto, había grabado con una percha metálica en la espalda de la chupa de cuero. ¿Y la familia? Silencio total. Durante mucho tiempo Mercer ni siquiera había deducido que William era uno de los Hamilton-Sweeney, lo que era más o menos como conocer a Frank Tecumseh Sherman y no caer en preguntarle por algún parentesco con el general. William todavía se paralizaba cada vez que se mencionaba la Hamilton-Sweeney Company en su presencia, como si acabara de encontrarse una uña en la sopa e intentara retirarla sin alarmar a los otros comensales. Mercer se decía que sus sentimientos no habrían cambiado un ápice de haber sido William un Fulanito o un Menganito. Con todo, costaba reprimir la curiosidad.

Y eso antes del Festival Interconfesional de Primaria de ese mismo mes, al que el decano de estudiantes había estado a punto de exigir la asistencia de todo el profesorado. A los cuarenta minutos de espectáculo, Mercer intentaba distraerse con el interminable reparto del programa cuando le llamó la atención un nombre. Pasó el dedo sobre las letras a la tenue luz del auditorio: Cate Hamilton-Sweeney Lamplighter (coro infantil). Por lo general Mercer se circunscribía a la escuela superior —con veinticuatro años era el maestro más joven y el único afroamericano al que patear, y las niñas más pequeñas parecían considerarlo una especie de conserje bien vestido—, pero, una vez que salieron a saludar, buscó a una colega que trabajaba en el jardín de infancia. Ella le señaló a un grupo de duendecillas ecuménicas junto a la puerta del escenario. Por lo visto, la tal «Cate» era una de ellas. Es decir, una de los suyos.

—¿Y por casualidad no sabrás si tiene algún William en la familia?

—¿Te refieres a su hermano Will? Estudia quinto o sexto, creo, en una escuela de la zona alta. Mixta, no sé por qué no llevan allí a Cate. —La colega pareció contenerse—. ¿Por qué lo preguntas?

—Ah, por nada —respondió Mercer, dando media vuelta.

Era justo lo que había pensado: un error, una coincidencia, que ya estaba procurando olvidar.

Pero ¿había sido Faulkner quien había dicho que el pasado ni siquiera había pasado? La semana anterior, el último día del semestre, después de que la última becada retrasada le hubiera entregado el examen final, una mujer blanca y de aspecto nervioso se había plantado en la puerta del aula. Era bonita como lo son las madres jóvenes —y probablemente la falda que llevaba costaba más que el vestuario entero de Mercer—, pero había algo más que también le resultaba familiar, aunque no conseguía identificar el qué.

—¿En qué puedo ayudarla?

Ella cotejó el papel que tenía en la mano con el nombre de la puerta.

—¿El señor Goodman?

—Yo mismo.

¿O «El mismo»? No lo sabía. Plegó las manos sobre la mesa e intentó no parecer amenazador, como solía hacer cuando trataba con madres.

—No sé cómo exponerlo con tacto. Cate Lamplighter es mi hija. Su maestra me ha comentado que preguntó usted por ella al terminar el festival de la semana pasada.

—Ah, vaya. —Mercer se sonrojó—. Fue una confusión. Pero ruego me disculpe por cualquier…

Entonces lo vio: la barbilla afilada, los asombrados ojos azules. Podría ser un William en mujer, salvo porque llevaba el pelo caoba en lugar de moreno y cortado en una media melena sencilla. Y, claro, por el atuendo elegante.

—Creo que preguntaba usted por el tío de Cate, le puse William a mi hijo por él. Aunque no lo sepa, ni siquiera conoce a su sobrino. Hablo de mi hermano, claro. William Hamilton-Sweeney. —La mano que tendió, al contrario que su voz, era firme—. Me llamo Regan.

Cuidado, pensó Mercer. En Mockingbird, un cromosoma Y ya era un lastre de por sí y, tanto daba lo que dijeran cuando le contrataron, ser negro también. Maniobrando entre la Escila del exceso y la Caribdis del déficit, Mercer había trabajado arduamente para proyectar una sexualidad retraída. En lo concerniente a sus colegas, vivía con la única compañía de sus libros. Aun así, saboreó el nombre en su boca:

—Regan.

—¿Puedo preguntarle por qué le interesa mi hermano? No le deberá dinero ni nada por el estilo, ¿verdad?

—No, por Dios. Nada de eso. Es… un amigo. Sencillamente no sabía que tuviera una hermana.

—No nos hablamos mucho. Desde hace años. De hecho, no tengo ni idea de cómo encontrarlo. No querría molestar, pero ¿podría dejarle esto?

Se acercó a depositar una cosa en la mesa, y al verla retroceder un pequeño dolor recorrió a Mercer. En el vasto mar silencioso que formaba el pasado de William había aparecido un mástil, solo para volver a perderse en el horizonte.

Un momento, pensó.

—Pues iba a tomarme un café. ¿Le apetece uno?

La inquietud tiñó el rostro de la mujer, o la tristeza, abstracta pero penetrante. Era de una belleza bastante espectacular, aunque tal vez un poco flaca. La mayoría de los adultos cuando estaban tristes parecían replegarse y envejecer y perdían su atractivo; tal vez fuera un recurso evolutivo, para producir gradualmente una raza maestra de homínidos inmunes a las emociones, pero, en tal caso, el gen se había saltado a aquellos Hamilton-Sweeney.

—No puedo —respondió por fin—. Tengo que llevar a los niños con su padre. —Señaló el sobre—. Si pudiera, si ve a William antes de Nochevieja y se lo da, ¿podría decirle… que este año necesito que vaya?

—Que vaya ¿adónde? Perdón. No es asunto mío, desde luego.

—Encantada de conocerle, señor Goodman. —Se detuvo junto a la puerta—. Y no se preocupe por las circunstancias. Me alegro de saber que mi hermano tiene a alguien.

Se había retirado sin darle tiempo a preguntar qué insinuaba. Mercer se asomó al pasillo para verla marcharse, taconeando por los cuadrados de luz de las baldosas. Luego miró el sobre cerrado que tenía en las manos. No llevaba matasellos, solo una mancha de líquido corrector donde debería estar la dirección y una caligrafía apresurada que rezaba William Hamilton-Sweeney III. Mercer no sabía que tuviera un numeral romano.

La mañana de Navidad se despertó con sentimiento de culpa. Un poco más de sueño podría haberlo aliviado, pero años de ritual pavloviano lo imposibilitaban. Su madre solía entrar en el cuarto cuando todavía era de noche y tirar calcetines repletos de naranjas de Florida y baratijas del colmado a los pies de su cama y la de C. L.; y luego fingía que se sorprendía cuando sus hijos se despertaban. Ahora que en teoría era adulto ya no había calcetines, y permaneció echado junto a su amante roncador durante lo que le pareció una eternidad, contemplando cómo la luz avanzaba por el pladur. William lo había instalado apresuradamente para cerrar un hueco donde dormir en el espacio sin divisiones del loft y nunca había encontrado el momento de pintarlo. Además del colchón, las únicas concesiones a la domesticidad eran un autorretrato inacabado y un espejo de cuerpo entero girado en paralelo a la cama. A veces, avergonzado, Mercer pillaba a William mirando al espejo cuando estaban in flagrante, pero era una de esas cosas sobre las que sabía que no debía preguntar. ¿Por qué no podía respetar esas pequeñas reticencias? En cambio, lo atraían cada vez más, hasta que para proteger los secretos de William terminaba, por fuerza, teniendo los suyos propios.

Pero sin duda el sentido de la Navidad radicaba en no seguir dando la espalda y amargándose. La temperatura había ido descendiendo de manera continuada y la prenda más gruesa de William era la cazadora de Ex Post Facto, así que Mercer había decidido regalarle una parka, un envoltorio cálido que lo rodearía adondequiera que fuera. Había ahorrado cincuenta dólares de cada uno de sus últimos cinco sueldos y había ido a Bloomingdale’s vestido todavía con lo que William llamaba su disfraz de profesor —corbata y americana con coderas—, pero esto no pareció persuadir a los vendedores de que era un cliente respetable. De hecho, un detective con bigotillo de roedor lo había seguido desde la sección de ropa de abrigo a la de hombre y luego a la de etiqueta. Aunque quizá fuera una suerte: de lo contrario tal vez Mercer no hubiera descubierto el abrigo Chesterfield. Era precioso, leonado, como tejido con el fino pelaje de unos gatitos. Cuatro botones y tres bolsillos interiores, para pinceles, bolígrafos y cuadernos. El cuello, el cinturón y el cuerpo eran de tres tonos distintos de lana añal. Era lo bastante extravagante para que William se lo pusiera y extraordinariamente cálido. También estaba muy por encima de las posibilidades de Mercer, pero una suerte de rebelión embelesada o de embeleso rebelde lo condujo hasta la caja registradora y, de allí, al mostrador de envolver regalos, donde lo empaquetaron en un papel estampado con un enjambre de bes doradas. Ya hacía semana y media que el abrigo estaba escondido debajo del futón. Incapaz de esperar más, Mercer fingió un ataque de tos y William se despertó.

Después de preparar el café y enchufar el árbol, Mercer le dejó el paquete en el regazo.

—Hostia, cuánto pesa.

Mercer apartó una pelusa.

—Ábrelo.

Observó atentamente a William mientras la tapa soltaba un poquito de aire y el papel de seda se arrugaba.

—Un abrigo.

William intentó musitar cierta exclamación, pero pronunciar el nombre del regalo, como todo el mundo sabía, era lo que hacías frente a una decepción.

—Pruébatelo.

—¿Encima de la bata?

—Antes o después tendrás que probártelo.

Solo entonces William comenzó a decir lo que tocaba: que necesitaba un abrigo, que era bonito. Desapareció en el hueco del dormitorio y se entretuvo allí un rato inusitadamente largo. Mercer prácticamente le oía girar ante el espejo ladeado, tratando de decidir cómo se sentía. Al final, la cortina de cuentas volvió a abrirse.

—Es estupendo.

Al menos le quedaba estupendo. Con el cuello levantado, resaltaba las bellas facciones de William, la aristocracia natural de sus pómulos.

—¿Te gusta?

—Un sueño de abrigo en Technicolor. —William imitó varios gestos, se palpó los bolsillos, giró a cámara—. Es como lucir un jacuzzi. Pero ahora me toca a mí, Merce.

Al otro lado de la habitación, las bombillas de los comercios parpadeaban débilmente contra la luz de mediodía. El pie del árbol estaba vacío, salvo por los pelos de gato y algunas agujas; Mercer había abierto el regalo de su madre la noche anterior, mientras hablaba con ella por teléfono, y sabía por cómo había firmado la tarjeta que C. L. y su padre se habían olvidado o no habían querido mandar regalos por separado. Mercer se había preparado ante la eventualidad de que William tampoco le hubiera comprado nada, pero ahora William le tendía desde el hueco del dormitorio un paquete que había envuelto en papel de diario con gesto de borracho.

—Ten cuidado —dijo, depositándolo en el suelo.

¿Alguna vez no tenía cuidado Mercer? Le asaltó un fuerte olor a lubricante al abrir el papel y descubrir una cuadrícula de teclas blancas y ordenadas: una máquina de escribir.

—Es eléctrica. La encontré en una casa de empeños del centro, está como nueva. Se supone que van mucho más rápido.

—No deberías haberte molestado —dijo Mercer.

—La que tienes está hecha una mierda. Si fuera un caballo, le pegarías un tiro.

No, de verdad, no debería haberse molestado. Aunque Mercer aún no había reunido el valor para contárselo a William, la lentitud con que progresaba —o no— su «trabajo en curso» no tenía nada que ver con la máquina, al menos en el sentido convencional. Para evitar más secretos, abrazó a William. El calor de su cuerpo penetró incluso el suntuoso abrigo. Entonces William debió de ver el reloj del horno.

—Mierda. ¿Te importa si enciendo la tele?

—No me digas que hay partido. Es festivo.

—Sabía que lo entenderías.

Mercer intentó sentarse con William unos minutos a ver su querido deporte, pero para él el fútbol americano televisado era tan interesante, o incluso tan narrativamente inteligible, como un circo de moscas, de modo que se levantó y fue a la cocina a seguir con las otras estaciones de la cruz navideña. Mientras la multitud rugía y los anunciantes ensalzaban las virtudes de las maquinillas de doble hoja y la pasta con queso Velveeta, Mercer glaseó el jamón y troceó los ñames y abrió el vino para dejarlo respirar. Él no bebía —había visto lo que le había hecho el alcohol al cerebro de C. L.—, pero se le había ocurrido que un Chianti animaría a William.

La cocina de dos quemadores fue caldeando el ambiente. Mercer se acercó a abrir una rendija la ventana y espantó a las palomas que se habían posado en el macetero de los geranios, vacío durante el invierno. Bueno, en realidad era un bloque de hormigón. Los pájaros volaron por los cañones que formaban las fábricas abandonadas, a tramos perdidos entre las sombras, a ratos iluminados por una explosión de luz. Cuando volvió a mirar a William, el Chesterfield estaba de vuelta en la caja, en el suelo junto al futón, y la bolsa extragrande de chucherías estaba casi vacía. Mercer notó cómo se convertía en su madre.

Durante el descanso se sentaron con los platos en las rodillas. Mercer había supuesto que al detenerse la acción quizá William apagase el televisor, pero ni siquiera bajó el volumen ni apartó la vista.

—Los ñames están riquísimos —dijo. La música reggae, la Noche Amateur del Apollo y la comida eran las únicas afinidades electivas de William con la negritud—. Ojalá dejaras de mirarme así.

—Así ¿cómo?

—Como si me hubiera cargado a tu cachorrito. Siento que el día no haya estado a la altura de tus expectativas.

Mercer no se había dado cuenta de que lo miraba fijamente. Desvió la mirada hacia el árbol, que ya comenzaba a secarse en su soporte de aluminio.

—Es la primera Navidad que paso fuera de casa. Si intentar mantener algunas tradiciones me convierte en un iluso, pues supongo que lo soy.

—¿No te parece significativo que la sigas considerando tu casa? —William se secó la comisura de la boca con la servilleta. Sus modales a la mesa, hermosos, fuera de lugar, deberían haberle dado una pista—. Somos mayorcitos, Merce. Creamos nuestras propias tradiciones. La Navidad podría consistir en doce noches seguidas de discoteca. Si quisiéramos, podríamos almorzar ostras a diario.

Mercer no atinaba a discernir qué parte de lo dicho era sincera y hasta qué punto William solo trataba de ganar la discusión.

—En serio, William, ¿ostras?

—Las cartas sobre la mesa, querido. Esto es por el sobre que no paras de intentar plantarme delante de las narices, ¿verdad?

—Bueno, ¿es que no piensas abrirlo?

—¿Por qué iba a abrirlo? No contiene nada que vaya a hacer que me sienta mejor. ¡Mierda!

Mercer tardó un segundo en comprender que William estaba hablando con el partido, donde alguna brutalidad anunció el inicio del tercer cuarto.

—¿Sabes qué creo? Creo que ya sabes lo que contiene, William.

Al igual que Mercer, de hecho. O, al menos, tenía sus sospechas.

Fue a por el sobre y lo tendió hacia el televisor; una sombra anidaba tentadoramente en su interior, como el secreto oculto en el corazón de una radiografía.

—Creo que es de tu familia.

—Lo que yo querría saber es cómo ha llegado hasta aquí sin matasellos.

—Lo que yo querría saber es por qué representa semejante amenaza.

—Cuando te pones así no se puede hablar contigo, Mercer.

—¿Por qué a mí no se me permite querer cosas?

—Sabes perfectamente que yo no he dicho eso.

Ahora le tocaba a Mercer plantearse cuánto quería decir las palabras que salían de su boca y hasta qué punto solo buscaba ganar. Por el rabillo del ojo veía la batería de cocina, el estante de libros ordenados alfabéticamente, el árbol, todo comodidades en las que, era verdad, William había cedido por él. Pero ¿y el plano emocional? En cualquier caso, él también había dicho demasiado para retractarse.

—Te voy a decir lo que quieres: que tu vida se quede como está mientras yo me retuerzo alrededor como una parra.

En las mejillas de William aparecieron puntos pálidos, como ocurría siempre que se rompían los límites entre sus vidas interiores y exteriores. Durante un segundo William podría haber saltado por encima de la mesa del café. Y durante un segundo Mercer podría haberlo agradecido. Podría haber probado que él era más importante para William que su autocontrol, y qué fácil habría resultado pasar de forcejear enfadados a ese otro forcejeo más dulce. En cambio, William cogió el abrigo.

—Salgo.

—Es Navidad.

—Es otra cosa que podemos hacer, Mercer. Podemos disponer de ratos a solas.

Pero Solitas radix malorum est, pensaría después Mercer, al recordar. La puerta se cerró, dejándolo a solas con la comida que apenas habían tocado. También el apetito lo abandonó. Había algo de escatológico en la tenue luz vespertina, debilitada por el árbol y la capa de hollín que cubría la ventana, y también en el frío que se colaba por la rendija que había abierto. Cada vez que pasaba un camión, las puntas deshilachadas del portabotellas de mimbre temblaban como las agujas de un delicado sismómetro. Sí, todo, personal, mundial e históricamente, estaba desmoronándose. Mercer fingió un rato que se entretenía con el flujo de camisetas de la pantalla. Pero en realidad se había escondido de nuevo en su cabeza dando pequeños tirones para realizar la clase de ajustes que le permitirían seguir viviendo así, con un novio que se marchaba el día de Navidad.

2

Últimamente Charlie Weisbarger, de diecisiete años, había dedicado mucho tiempo a las apariencias. No era presumido, no creía serlo, ni se gustaba exageradamente, pero la perspectiva de volver a ver a Sam lo atraía sin remedio hacia el espejo. Era curioso: se suponía que el amor te empujaba a superar las limitaciones, pero, por lo que fuera, su amor por Sam —como la música que había descubierto ese verano o su trastorno voluntario— solo había terminado devolviéndolo a las orillas de sí mismo. Era como si el universo tratara de darle una lección. El reto, suponía, estaba en negarse a aprender.

Cogió un álbum del montón que había junto al equipo y puso un penique sobre la aguja para que no saltara. El primer elepé de Ex Post Facto, de 1974. Datos complementarios: se publicó unos meses antes de la desintegración del grupo, por lo que también era su último disco. Mientras los poderosos acordes rasgaban los altavoces, Charlie sacó una caja negra y redonda de la balda del armario adonde había desterrado la indumentaria de su infancia. El polvo se pegaba a la tapa, como la superficie viscosa de una sopa fría. En lugar de desaparecer cuando lo sopló, se arremolinó y se le metió en la boca, de modo que Charlie limpió el resto con lo que tenía más a mano, un viejo guante de béisbol apretujado como un escroto contra la base de la mesilla de noche.

Aunque sabía lo que contenía la caja, la visión del gorro de pieles negro del abuelo nunca dejaba de provocarle una sacudida de soledad que le recorría todo el cuerpo, como tropezar con un nido del que hubieran huido todos los polluelos. El Sombrero del Viejo País, lo llamaba mamá, como en «David, ¿tiene que volver a ponerse el Sombrero del Viejo País?». Pero para Charlie siempre sería el Sombrero Manhattan, el que se había puesto el abuelo un par de diciembres atrás cuando habían ido a la Ciudad, los dos solos. La tapadera había sido un partido de los Rangers, pero sobre lo que le había hecho jurar a Charlie que mantendría el pico cerrado era que en realidad iban al Espectacular de Navidad del Radio City. Había sido brusco de la leche, el viejo polaco, abriéndose paso a empellones. La verdad, Charlie no entendía a qué venía tanta intriga: de todos modos nadie se creería que el abuelo pagase por ver a aquellas bailarinas shiksa. Después, puede que durante una hora, se quedaron viendo la pista de hielo del Rockefeller Center, contemplando a los patinadores. Charlie no iba bien abrigado, pero sabía que no debía quejarse. Al final, el abuelo se

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