Loading...

COMO EL VIENTO ENTRE LOS ALMENDROS

Michelle Cohen Corasanti  

0


Fragmento

Contenido

Portadilla

Créditos

Dedicatoria

Agradecimientos

PRIMERA PARTE: 1955

1

2

3

4

5

6

7

8

9

10

11

12

13

14

15

16

17

18

19

20

21

SEGUNDA PARTE: 1966

22

23

24

25

26

27

28

29

30

31

32

33

34

TERCERA PARTE: 1974

35

36

37

38

39

40

41

42

43

44

45

CUARTA PARTE: 2009

46

47

48

49

50

51

52

53

54

55

56

57

58

A Sarah y Jo-Robert

«No hagas a otros lo que no quieres que te hagan a ti. Este es el único significado de la Torá; el resto son comentarios. [Y ahora] vete a estudiar.»

Rabino Hillel (30 a.C.-10 d.C.),
uno de los rabinos más importantes
del periodo talmúdico

A Joe, quien me ha dado el valor de aceptar lo que habría preferido enterrar.

Agradecimientos

Las semillas de esta historia fueron sembradas hace más de veinte años. Aún estaba en el instituto cuando me marché al extranjero en busca de diversiones, aventuras y libertad lejos de mis padres. Mi primera intención había sido ir a París, pero mis padres rechazaron la idea y me enviaron a Israel a pasar el verano con la hija del rabino. En aquel entonces yo estaba tan desinformada con respecto a la situación imperante en la región que creía que palestino era sinónimo de israelí. Siete años después, cuando retorné a Estados Unidos, estaba más informada de lo que hubiera deseado.

Yo era una idealista y quería ayudar a instaurar la paz en Oriente Próximo. Al cabo de algunos años de estudio en una facultad de derecho de Estados Unidos, decidí que lo único que quería era salvarme. Cuando conocí a mi esposo y le conté mis experiencias, me dijo que yo tenía una historia y que debía escribirla. Como no estaba preparada, la enterré. Pero el pasado se las ingenia para salir a la superficie. Prefiero creer que yo necesitaba la perspectiva que me dieron esos veinte años para escribir esta historia.

Quiero dar las gracias a Joe, mi esposo, por ayudarme con la documentación y a escribir este libro, y a mis hijos, Jon-Robert y Sarah, por despertar en mí el deseo de hacer de este mundo un lugar mejor para todos. Quiero agradecer también a mis estupendos correctores de estilo, quienes me enseñaron a expresar con palabras mi historia: el diligente Mark Spencer; la erudita Masha Hamilton; la competente Marcy Dermansky; mi suegra Connie, que corrigió cada una de las distintas versiones; la eficiente Teresa Merritt y la talentosa Pamela Lane.

Mi especial agradecimiento a Les Edgerton, que revisó el manuscrito y ayudó a que este libro se convirtiera en realidad. Mi gratitud a Caitlin Dosch y Christopher Greco por brindarme su ayuda con los problemas de ciencias y de matemáticas. Mi agradecimiento también a Nathan Stock y al Centro Carter por su colaboración y su competencia, especialmente en todo lo relacionado con Gaza. Muchas gracias a Marina Penalva, mi agente, y a Pontas Literary & Film Agency, así como a Garnet Publishing, en particular a Sam y Stephen, quienes ayudaron a resolver todas las dificultades, y a los correctores Felicity Radford y Nick Fawcett por el trabajo minucioso que realizaron con el manuscrito. Muchas gracias, también, a Paddy O’Callaghan, Abdullah Khan y Yawar Khan por su constante apoyo. Por último, gracias a Moe Diab y a su inteligencia, quien dio vida a mi protagonista. Deseo agradecer asimismo a mis editores internacionales por su pasión y dedicación.

PRIMERA PARTE

1955

1

Mamá siempre decía que Amal era traviesa. Y toda la familia repetía en broma que mi hermana, con sus escasos años y sus piernitas endebles y regordetas, tenía más energía vital que mi hermano menor Abbas y yo juntos. Por eso, cuando fui a ver cómo estaba y observé que no estaba en su cuna, se me heló el corazón y un miedo tenaz se apoderó de mí.

Era verano y la casa respiraba lentamente a causa del calor. Solo en su habitación, aguardé un instante a que el silencio me dijera dónde se habría metido. La brisa movió la cortina blanca. La ventana estaba abierta de par en par. Me precipité al alféizar, rogando que, cuando me asomara, ella no estuviera abajo, que no se hubiera lastimado. Me daba miedo mirar, pero miré igual, pues no saber era peor. «Dios, por favor, por favor, Dios mío...»

Abajo no había nada, salvo el jardín de mamá: la misma brisa agitaba las flores de vivos colores.

En la planta baja, el aire estaba impregnado de aromas deliciosos y la mesa grande repleta de comida riquísima. A Baba y a mí nos gustaban muchísimo los dulces y mamá estaba preparando un montón para la fiesta navideña de esa noche.

—¿Dónde está Amal?

Cogí dos galletas de dátiles y, cuando se volvió, me metí una en cada bolsillo. Una para mí y otra para Abbas.

—Está durmiendo la siesta.

Mamá vertió el almíbar sobre el baklava.

—No, mamá, no está en su cuna.

—Entonces, ¿dónde está?

Mamá llevó la sartén caliente al fregadero y la enfrió con agua, que se transformó en vapor.

—¿Escondida?

Mamá salió disparada hacia la escalera rozándome con sus túnicas negras. Sin decir nada, fui tras ella con la intención de encontrarla yo antes y así ganarme las golosinas que llevaba en los bolsillos.

—Necesito ayuda.

Vi a Abbas de pie en lo alto de la escalera, con la camisa de­sabotonada.

Lo miré de mala manera: tenía que hacerle entender que yo estaba ayudando a mamá a resolver un problema serio.

Abbas y yo seguimos a mamá hasta el dormitorio de Baba y de ella. Amal no estaba debajo de la cama grande. Descorrí la cortina que tapaba el sitio donde mis padres guardaban su ropa esperando encontrar a Amal en cuclillas y con una gran sonrisa. Pero no estaba. Me daba cuenta de que mamá estaba realmente asustada. Sus ojos negros fulguraban de tal manera que también yo me asusté.

—No te preocupes, mamá —dijo Abbas—. Ichmad y yo te ayudaremos a encontrarla.

Mamá cruzó el dedo índice sobre sus labios para pedirnos a Abba y a mí que nos calláramos cuando pasamos por el vestíbulo rumbo al cuarto de nuestros hermanos menores. Como dormían, ella entró de puntillas y con un gesto nos indicó que nos quedáramos fuera. Mamá sabía cómo no hacer ruido mejor que Abbas y yo. Pero Amal no estaba allí.

Abbas me miró asustado y yo le di una palmada en la espalda.

Bajamos las escaleras. Mamá llamó a Amal una y otra vez, registró de arriba abajo el salón y el comedor, revolviéndolo todo y estropeando sus preparativos para la cena de Navidad con el tío Kamal y su familia.

Mamá corrió a la terraza cubierta y Abbas y yo fuimos tras ella. La puerta del patio estaba abierta. Mamá ahogó un grito.

Desde el ventanal vimos a Amal, en camisón, que bajaba el prado corriendo en dirección al campo.

Mamá llegó al patio en pocos segundos. Atravesó el jardín pisoteando sus rosales y desgarrándose la túnica con las espinas. Abbas y yo la seguíamos pisándole los talones.

—¡Amal! —gritó mamá—. ¡No sigas!

Sentía un dolor en el costado de tanto correr, pero seguí. Mamá se detuvo tan de golpe delante del «letrero» que Abbas y yo chocamos con ella. Amal estaba en el campo. Se me cortó la respiración.

—¡Detente! —gritó mamá—. ¡No te muevas!

Amal corría a la caza de una gran mariposa roja y su negra cabellera ondulada se agitaba al viento. Se volvió y nos miró.

—La tengo —dijo entre risas, señalando la mariposa.

—¡No, Amal! —le gritó mamá con severidad—. No te m

Recibe antes que nadie historias como ésta