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COMO SAPIENS

Lucas Llach  

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Fragmento

1. Despertar

EL AFRICANO QUE LLEVÁS DENTRO

El 14 de agosto de 2011 dejé de usar jabón y shampoo para bañarme. Cuando escribo esto, ya pasaron siete años. Soy y siempre fui una persona muy limpia. Sigo siéndolo. Me baño a diario, una o dos veces por día. No usar shampoo ni jabón no quiere decir no lavarse el pelo y la piel. Raspo con mis dedos el pelo bajo la ducha. Fin del lavado de cabello. Froto con mis manos mis brazos y piernas bajo la ducha. Fin del lavado de piel. Si preparé un asado, que deja olor a humo en el pelo, uso shampoo, porque a alguna gente puede molestarle o no gustarle el olor a humo.

Estoy en condiciones de anunciarle al mundo un secreto: el jabón y el shampoo son absolutamente superfluos. Se puede estar igual de limpio usando shampoo y jabón que usando solamente agua. Por supuesto, aquí no valen los argumentos, solo vale la experiencia. Probalo vos mismo. Yo lo hice y lo sigo haciendo.

Es cierto que los primeros días sin usar shampoo el cuero cabelludo se vuelve graso. Son tres o cuatro días. El efecto principal del shampoo, además de dejar olor a shampoo, es secar el pelo de ese sebo capilar. Pero la causa y el efecto son más complicados que eso. El sebo capilar aparece cuando el pelo está muy seco. Es decir, el shampoo, al secar el pelo, genera más producción de sebo. Si se deja de usar shampoo, cesa la sobreproducción de sebo. Estoy limpio y, creo, no huelo mal. Mi pelo huele a pelo. O a agua: inodora, incolora e insípida.

Todo esto es experiencia. Mía y de algún otro que lo probó. Insisto: no hay otra manera de comprobarlo que probarlo. Si no creés en mi experimento todavía en curso, es poco esforzado desmentirlo. Diez días sin shampoo y verás que tenés el pelo tan poco grasoso como si usaras shampoo. Si después de una semana de lavarte solo con agua tu pelo sigue muy grasoso, te devolvemos el dinero de este libro.

¿Por qué decidí probar la vida sin shampoo, que (me enteré luego) se convirtió en una tendencia en los Estados Unidos, llamada “no poo” (nombre infeliz cuya traducción es “no caca”)? La especie Homo sapiens usa shampoo hace muy poco tiempo, pero sí chapotea en el agua desde sus inicios. Nuestra biología es prácticamente idéntica a la de los primeros humanos. (Volveremos más adelante sobre esto: no es idéntica, como no es idéntica la biología de un japonés y de un africano subsahariano; pero hay menos diferencia entre la biología de un humano de hace 200.000 años y cualquier humano actual que entre un humano actual y su contemporáneo genéticamente más diferente).

Razoné que el no uso de shampoo no podía ser un problema para el Homo sapiens, especie a la que pertenezco. No era posible que, en humanos sanos, la producción de sebo capilar hubiese sobrevivido a las fuerzas de la selección natural si realmente fuera un fenómeno problemático o insalubre para la especie humana. Si el sebo fuera un problema, algún humano o ancestro humano habría nacido sin sobreproducción de sebo (al cabo, un ahorro de energía) dándole ventaja sobre sus semejantes, haciéndolo más exitoso a él o ella y a sus descendientes. Sin embargo, pasó lo contrario: los que nacieron sin producir grasa en el pelo (alguno tiene que haber habido en esa lotería de miles y miles de millones de números que es el linaje humano) no ganaron la lenta batalla de la selección natural: la perdieron. Por lo tanto, tenía que ocurrir que, absteniéndome de shampoo —como se abstuvieron todos los humanos hasta hace unas pocas generaciones— o bien la producción de sebo capilar se atenuaba o bien su producción daba lugar a algo bueno.

Pasó lo primero: el cuerpo autorregula la producción de sebo. El uso diario de shampoo estimula la producción de sebo. Usás shampoo para sacarle grasa a tu pelo; tu cuerpo siente el cuero cabelludo seco y produce sebo; usás shampoo para sacártelo, y así te pasás la vida, como un perro tratando de morderse la cola.

Confío en que quizás también hay algún beneficio del no shampoo y del no jabón, además de ahorrar y desenmascarar las falsas promesas de la industria del tocador. Quizás la disminución en el trabajo de las glándulas seborreicas, que ya no tienen que andar como dueño de auto viejo, reponiendo aceite todos los días, puede traer algún beneficio de largo plazo en tu salud capilar. No lo sé, y la continuada expansión de mi calvicie en los últimos años no ayuda a esta parte del argumento, pero ¿quién sabe? Mientras yo seguía con mi experimento, el movimiento no poo se extendió (dentro de las minúsculas minorías occidentales ocupadas en estas cosas) y empezó a encontrar su justificación científica: lo mismo que tus órganos digestivos, la piel en general y el cuero cabelludo en particular son un ecosistema de 1,8 metros cuadrados (según tu altura y anchura), colonizado por microorganismos que pueden ser muy útiles para tu salud. Esos seres minúsculos (bacterias, virus, hongos) tienen mala prensa, pero forman un ecosistema que hace de barrera para otros seres minúsculos, primos de los primeros, que sí pueden hacerte daño.1 Habría que hacer las cosas bien para probar que el shampoo y el jabón sirven de algo, en comparación con rasparte el pelo con agua: cien niños sin shampoo, cien con shampoo, y hacerles un seguimiento capilar durante 50 años. Complicado, sí. Igual de complicado que demostrar que el “shampoo Sedal Dúo fortifica y da larga vida a tu cabello”. Pero quizás con más onda: en 2016 los diarios ya hablaban de “las diez celebridades de Hollywood que abandonaron el shampoo”, incluyendo a Adele y una diva de nuestra juventud, Gwyneth Paltrow.2

El argumento contra el shampoo forma parte de una peligrosísima familia de argumentos, que podríamos llamar “naturalistas”. En resumen: la idea de que lo que es natural es bueno. Los argumentos naturalistas aplicados a la salud humana llevan a la muerte temprana, epidemias, enfermedades, dolor. Es natural que los humanos sean comidos por leones, pero no te conviene bajarte del auto en el Parque Kruger, en Sudáfrica. Es natural que si tu colesterol está peligrosamente alto no tomes estatinas (que reducen el “colesterol malo”), pero probablemente eso aumente tus chances de morir. Es natural que no te des la antitetánica si acabás de pisar un clavo oxidado. Pero —humildemente— te aconsejo que lo hagas.

Lo natural no siempre es lo bueno. ¿Por qué, entonces, me hice creyente en la “doctrina del carácter superfluo del shampoo”? Porque cumple, creo, las condiciones, bastante peculiares, para que el argumento naturalista sea correcto. El argumento en contra del shampoo es un ejemplo de un tipo de argumento naturalista bastante más específico, que es el argumento evolutivo. En dos palabras, el argumento evolutivo sostiene que así como el cóndor está habituado a los Andes y la ballena franca austral a los mares del sur, la biología y los instintos humanos están mucho mejor preparados para lidiar con las condiciones de vida en las que el Homo sapiens se desarrolló como especie que con las de nuestra vida contemporánea. Hay un desfasaje entre las condiciones de vida para las que fuimos diseñados y las que nos toca enfrentar. Ese desfasaje no nos hace bien. E incluso puede ser mortal.

Bueno, fueron más de dos palabras. Y hay más.

Ni nuestra especie ni ninguna otra fueron diseñadas con una finalidad. No fuimos diseñados por nadie ni para nada. El ser humano simplemente ocurrió. Eso es lo que dice la mejor evidencia disponible. ¿Cómo podemos estar tan seguros de que no hubo una inteligencia detrás de nuestro diseño, algo parecido a lo que algunos llaman Dios? Del mismo modo que podemos estar seguros de que el universo no está sostenido por ocho tortugas gigantes bailando sobre una alfombra mágica que vuela en otro universo inmaterial que a su vez es el sueño de una ballena: no podemos, pero tampoco es muy interesante. No es solo que no hay manera de demostrarlo. Y no solo no hay evidencia para desmentirlo: no es concebible para el ser humano que se produzca ninguna evidencia que lo contradiga. No es concebible, para un fan de la teoría de las ocho tortugas, ninguna evidencia que lo vaya a convencer de lo contrario. Tampoco puede ser desmentida ni confirmada ninguna de las innumerables doctrinas sobre la creación de los miles de religiones que existieron hasta el momento. Y que, si nos ponemos a inventar, podrían ser millones o miles de millones, todas contradictorias entre sí. La probabilidad de que una de ellas sea cierta es matemáticamente cero.

La teoría de las ocho tortugas, lo mismo que la teoría de un diseño inteligente de los seres vivos o incluso del universo, es lo que Karl Popper llamaba una “proposición no falsable”: está tan lejos de la evidencia (a favor o en contra) que no solo no puede demostrarse su falsedad, sino que es inconcebible la aparición de evidencias que demuestren su falsedad. El filósofo Bertrand Russell bromeaba que él creía que una tetera de porcelana flotaba en el espacio, orbitando entre la Tierra y Marte, pero que era tan pequeña que ni los más potentes telescopios podían detectarla ni podrían detectarla jamás. Su creencia en la tetera era tan válida o tan poco válida como la creencia en Dios: pretender que hay que demostrar que Dios no existe es como pretender que para desmentir la existencia de la tetera hay que demostrar que la tetera no está ahí dando vueltas con los asteroides. La teoría de las ocho tortugas es como el amigo invisible de tu hijo, los ángeles, los demonios, las brujas y la tetera de Russell. Una rama de la literatura fantástica. El que quiera creer, como decía Jesús de Nazareth, que crea.

Volvamos al “para”, a la finalidad: la selección natural actuó sin ninguna intención, pero genera la ilusión de una intención. Todos coincidiríamos, en el lenguaje habitual, en lo que le dijo el Lobo Feroz a Caperucita: los ojos son para ver, los oídos para oír, la boca para comer. La ilusión de un “para” en la naturaleza debe ser uno de los motivos de la popular

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