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COMPLáCEME (TRILOGíA STARK 5)

J. Kenner  

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Fragmento

1

«Señora de Damien Stark.»

Esas cuatro sencillas palabras ocupan mis pensamientos como todas las mañanas desde que pronuncié las palabras mágicas que me hicieron pasar de Nikki Louise Fairchild, soltera, a Nikki Fairchild Stark, casada.

Noto el tirón de los músculos cuando mi boca se curva en una sonrisa, seguido de la presión de la mano de Damien en torno a la mía.

—Estás sonriendo —dice.

—Parece que no puedo dejar de hacerlo —reconozco.

Hemos estado paseando de la mano por una playa mexicana, con la fresca agua del Pacífico lamiéndonos los tobillos y retrocediendo de nuevo con una cadencia tan vieja como el tiempo.

Me vuelvo hacia él y me quedo sin aliento al tiempo que se me acelera el pulso. Le he mirado tantas veces y, sin embargo, cada mirada es como la primera. Es la personificación del poder y la perfección, del amor y del honor. Es la culminación de mis sueños, la encarnación de mis fantasías.

Recibe antes que nadie historias como ésta

Creo que ÉL es el futuro.

Y, sobre todo, es mío.

Está de espaldas al mar, con el cielo azul extendiéndose detrás de él mientras las olas se arremolinan en torno a sus pies. Lleva un bañador con la cintura baja y una camisa de manga corta. La brisa hace que la blanca tela se le pegue, destacando su constitución atlética y el terso y bronceado pecho que mis dedos se mueren de ganas de acariciar.

Incluso vestido de manera tan informal, Damien parece un dios que surge del mar, un ser tan poderoso que hasta los elementos se encogen de miedo ante su voluntad. Y en un momento de vertiginosa certeza sé que este hombre habría salido igual de victorioso en un campo de batalla como en una sala de juntas.

Pienso en la fragilidad de las circunstancias, y no por primera vez. ¿Y si hubiéramos nacido con una diferencia de cien años o incluso de veinte o de diez? ¿Y si él no hubiera formado parte del jurado de aquel certamen de belleza hace años? ¿Y si yo hubiera cedido ante mi madre y me hubiera hecho modelo en vez de perseguir mis sueños? ¿Y si le hubiera abofeteado la cara en lugar de aceptar su oferta de un millón de dólares a cambio de un retrato de mí desnuda?

Habría sobrevivido, sí, pero no es lo mismo sobrevivir que vivir, y con Damien, estoy viva de un modo vibrante, resplandeciente y feliz.

Le hago partícipe de mis pensamientos, deseando hallar las palabras que describan de verdad como mi corazón rebosa de alivio y gratitud cuando pienso en que hasta el más delicado tirón de los hilos del tapiz del tiempo podría haber hecho que nuestras vidas discurrieran por caminos distintos.

—Eres un milagro —concluyo, esperando que comprenda a pesar de la deficiencia de mis palabras.

—No —responde—. El milagro somos nosotros.

Sus palabras me hacen estremecer, porque Damien Stark me conmueve como nadie más lo ha hecho ni lo hará. Y creo que ese es el verdadero milagro.

Veo que echa un vistazo a su muñeca y luego hace una mueca socarrona y divertida porque no lleva reloj. Me echo a reír.

—¿No está en su elemento, señor Stark?

—Viviendo felizmente sin comodidades —contesta, luego se gira hacia el horizonte—. ¿Qué hora crees que es? ¿Casi las once?

El sol nos contempla desde lo alto y yo inclino la cabeza hacia atrás, protegiéndome los ojos con la mano ante su ardiente calor. Es el momento del día en que la arena brilla y la luz se refleja en la espuma del mar como fuego líquido. Me parece adecuado. Porque ahora mismo no hay nada que más desee que arder en brazos de Damien.

—Probablemente —digo—. ¿Por qué? ¿Tienes algún compromiso urgente?

Él esboza una sonrisa en respuesta a la diversión que tiñe mi voz.

—En realidad, sí.

Enarco las cejas con genuina sorpresa.

—Ah, ¿en serio? —Estoy segura de que no ha planeado ninguna comida. A fin de cuentas hemos gozado de un desayuno romántico en la playa justo después de la ceremonia de nuestra boda, y de eso hace solo unas horas. Hemos disfrutado de todo, desde delicados crepes hasta jugosas frutas del bosque, pasando por café con densa nata. Es imposible que tenga hambre otra vez—. De acuerdo. Desembucha. ¿Qué pasa?

Él no dice nada, sino que se limita a pasar su brazo por el mío.

—Deberíamos volver adentro.

Entrecierro los ojos, pero fracaso en mis esfuerzos por ponerme seria. Porque, como es evidente, sé lo que ha planeado. O al menos sé lo esencial. Después de todo, es el día de nuestra boda. Y hay ciertas formas tradicionales de pasar el tiempo justo después del «sí, quiero». Francamente, estoy de acuerdo con el plan. Lo que no sé son los detalles de lo que Damien tiene en mente.

Examino su rostro y reparo en el destello decidido de sus ojos.

—No me lo vas a decir, ¿verdad?

Su boca se crispa de forma nerviosa mientras trata de contener una sonrisa.

—Ni aunque me lo supliques. —Se inclina hacia mí y me roza los labios con los suyos—. Y eso que me encanta cuando suplicas —añade, con la voz desbordante de pícaras promesas.

El beso es suave y provocativo, pero mi reacción dista mucho de ser delicada, y tengo que reprimirme para no apretarme contra él cuando un calor familiar se acumula entre mis piernas.

—Damien —digo, y advierto algo parecido a la desesperación en mi voz.

La pasión siempre está al acecho entre nosotros dos y ese simple beso hace que se apodere de mí una oleada de fuego.

Lo agarro por la pechera de la camisa, valiéndome de eso para atraerlo hacia mí al tiempo que me arrimo. Se palpa el deseo en el aire y siento que me atraviesa una descarga eléctrica cuando me aprieto contra su pecho desnudo, ahora resbaladizo por el calor y la humedad.

Se me endurecen los pezones bajo la fina tela de la parte superior del bikini y dejo escapar un débil gemido de anhelo. Me he quitado el vestido de novia antes de desayunar y ahora solo llevo este pequeño bikini y un fino pareo rosa anudado a la cadera. Pero incluso un atuendo tan escaso es demasiado. Solo deseo tener su piel contra la mía e impulso las caderas hacia delante, desesperada por sentirle contra mí.

Está duro, su erección tensa el bañador. Cambio de posición para agarrarle el trasero con las manos y pegarlo a mí. Él gime, emite un sonido tan lleno de desesperación y necesidad que me tiembla todo el cuerpo y creo que podría correrme con la mera intensidad de su deseo.

Pero no; quiero más. Quiero tenderle conmigo en la arena. A este hombre, que es mi marido.

Quiero sus manos en mí, su polla dentro de mí. Quiero sus labios, su contacto. Quiero su calor.

Quiero todo lo que pueda darme y más.

Lo mejor de todo es que sé que él también lo quiere.

—Damien —susurro, y luego lo libero mientras me afano con el nudo de mi pareo. Es fino y ligero, pero bastará como manta improvisada.

Su mano aferra la mía, y me estremezco de impaciencia. Aparto la mano y cierro los ojos, más que dispuesta a dejar que me desnude.

Pero no lo hace.

Durante un momento me siento confusa y desorientada, y entonces abro los ojos y lo veo mirándome. Veo el deseo en su cara, tan vibrante y salvaje como mi propia necesidad. Y, sin embargo, no hace nada por tocarme de nuevo. Todo lo contrario; da un solo paso atrás, sin dejar de mirarme a los ojos. Nos está negando el placer a ambos y ese simple hecho me cabrea tanto como me excita.

Me controlo y enarco una ceja.

—¿Está jugando, señor Stark?

—Por supuesto —dice con una sonrisa traviesa—. Y, por si lo has olvidado, no juego si no puedo ganar.

—¿De veras? —repongo, divertida—. ¿Y cuál es el premio?

Se acerca, sin tocarme todavía, pero tanto que puedo oír que los latidos de mi propio corazón reverberan contra su ancho y duro torso.

—Tú.

Mi corazón se agita dentro de mi pecho. Aun ahora, estando casados, hace que me sienta tan deliciosamente viva como la primera vez que me tocó.

—En ese caso, ya has ganado —susurro, con la verdad impresa en mis palabras.

Damien alza la mano para acariciarme la mejilla con tal suavidad que no estoy segura de poder diferenciar su tacto de la brisa.

—Sí, lo he hecho —dice.

Entrelaza sus dedos con los míos y luego se dispone a conducirme por la arena hacia el paseo.

—Dime al menos adónde vamos.

—Regresamos.

Empiezo a decirle que eso ya me lo había imaginado. Estamos en una playa solitaria en una parte remota de México cuyo nombre no sé pronunciar y ni siquiera podría volver a encontrar. Después de que decidiéramos saltarnos todo el drama de la boda y escaparnos, nos fuimos a Los Ángeles en uno de los aviones privados de Damien. Lo dejamos en un aeropuerto bastante grande, con el piloto habitual de Damien, Grayson, que imagino que ha vuelto a Estados Unidos. Damien y yo cruzamos el aeropuerto en un todoterreno con chófer, después tomamos un pequeño aeroplano de un solo motor con dos asientos y una zona de carga diminuta. El propio Damien pilotó el resto del camino.

Damien me explicó el cambio en el avión, diciéndome que en la pista a la que íbamos no podía aterrizar un jet. Resultó que llamarlo «pista» resultaba algo exagerado. Era poco más que una extensión de tierra prensada. Me aterraba morir antes de que llegáramos y pudiéramos jurar nuestros votos. Damien se partió de risa.

Y aunque tal vez hubiera preferido un avión con más de un motor y algo de asfalto para tomar tierra, no habría cambiado la expresión de Damien por nada del mundo. Ni el regocijo que vi mientras pilotaba el avión ni el orgullo y la expectación cuando desembarcamos, nos montamos en el todoterreno que nos estaba esperando y recorrimos la escasa distancia hasta el complejo turístico, apartado y absolutamente espectacular.

Se trata de una propiedad pequeña, con menos de diez clientes en todo momento. Atiende de forma exclusiva a parejas que buscan un retiro romántico y, por lo que he visto hasta el momento, los dueños saben bien lo que hacen. Pues, aunque nuestro encargado personal me dijo que el completo estaba todo reservado, ni Damien ni yo hemos visto ni rastro de otras parejas. En lugar de eso, parece que estemos solos en este remoto trecho de playa… o tan solos como es posible con un personal que satisface todos tus caprichos.

Anoche, al llegar, vi un mapa de la propiedad, y la superficie global del complejo se asemeja a una mano. Está ubicado en una zona apartada delante del mar, con cinco penínsulas que sobresalen como dedos. Cada bungalow ocupa su propia península, lo que le confiere intimidad y unas vistas impresionantes del mar por los tres costados.

Aunque llegamos después de que anocheciera, el complejo me impresionó desde el primero momento. Pero cuando entré en nuestro bungalow y contemplé las vistas por los tres costados del mar que revelaban la pareces de cristal, me quedé sin respiración. Era como estar de pie en la cubierta de un barco con millas infinitas de océano al frente, solo interrumpidas por la luz de la luna, que danzaba en el vaivén de las olas.

Nuestro bungalow es el más alejado del edifi ...