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COMPLEMENTO

Silvana Berbel  

5


Fragmento

Prefacio

Dominada por la desesperación, comencé a moverme con rapidez. Giré para escapar, pero me descubrí atrapada entre él y la baranda de hormigón. No me había percatado de lo cerca que estaba del final.

—¡Justo donde te quería! —exclamó entusiasmado.

Me di vuelta para mirarlo, horrorizada.

—¿Por qué está empecinado conmigo? —atiné a preguntar.

—Podría decirte que es porque estás en el lugar y el momento equivocados, pero ¿para qué mentir? Estás justo donde debes estar, y eres precisamente la persona que estamos buscando.

—¿Por qué? —repetí con un quejido.

—En este instante comprenderás —dijo avanzando hacia mí—. ¡Mírate! Eres apenas un pichón. Sin embargo, no te preocupes, por esa razón es que voy a enseñarte a volar.

El corazón se me detuvo.

El agresor salvó la distancia que nos separaba, me tomó del cuello de la ropa y, para mi espanto, me alzó en el aire sobre la baranda de la terraza. Entonces, me soltó al vacío, sin darme tiempo a aferrarme a nada.

Presa del pánico, comprendí que iba a morir.

Hubo un grito tan aterrador que me costó reconocerlo como propio. Nunca hubiera imaginado que mi vida concluiría de esa manera, con apenas 19 años.

Por un instante en que mi cuerpo pareció quedar suspendido en el aire, el cerebro se me bloqueó y esperé que la respuesta a mi pregunta fuera develada. Eso nunca sucedió. Comencé a caer de cabeza.

El corazón me bombeaba frenético, a punto de colapsar, cuando de pronto ocurrió algo que no soñé con presenciar jamás. Resultaba incluso más extraño que el loco arrojándome desde un quinto piso, sin explicación lógica alguna.

Alguien chocó contra mí, no desde la dirección esperada sino desde arriba. Me rodearon unos brazos fuertes, y una mano firme me atrajo la cabeza contra un pecho duro, protegiéndola y obstruyéndome la visión. Agradecí que los últimos segundos de mi vida fueran en completa oscuridad: no quería ver el suelo acercándose en el momento de estrellarme.

¿Quién era?

Apenas terminé de pensarlo, comprendí. No podía verlo, pero supe que era él. ¿De dónde había salido? ¿Se había lanzado al vacío para morir conmigo?

1
Ángela

Un mes antes

Esa noche, mi existencia apacible se vio desbaratada. Podía compararse con un trompo que gira con gracia y perfecta armonía, hasta que de improviso, por un caprichoso suceso del destino, comienza a tambalearse desequilibrado.

Si esa noche mi auto no hubiera estado en el mecánico y, como de costumbre, hubiera conducido a Ciudad Universitaria en vez de ir en colectivo, entonces mi vida no habría sufrido ese cambio nefasto y radical.

Esa simple alteración de mi rutina marcaría un antes y un después…

El cuatrimestre había concluido. Sentía que el estrés hacía estragos en mi cuerpo y no podía permitirme semejante agotamiento físico y mental. Mis padres habían accedido a dejarme vivir con mi hermano Sebastián, en Buenos Aires, para estudiar la carrera de Diseño Gráfico, con la estricta condición de que tomara las cosas con calma y cuidara mi salud.

Me sobreprotegían a causa de una reiterada arritmia cardíaca, que papá, especialista en el tema, me detectó a muy temprana edad. Se negaban a aceptar que era capaz de llevar una vida perfectamente normal. Fue mucho el esfuerzo para convencerlos de que podía valerme por mí misma y quedarme con Sebastián, en nuestra casa de Vicente López.

Si bien era mi familia de sangre, no eran mis padres y hermano biológicos. Mis tíos me adoptaron de muy pequeña, luego de la muerte de mi madre, y, por supuesto, terminé llamándolos papá y mamá. Lo mismo ocurrió con mi primo: para mí, Sebastián siempre sería un hermano.

De mi padre biológico no sabía nada, mis tíos nunca lo conocieron y mamá jamás habló de él. Solo sabía que ella había tenido una aventura, durante el tiempo en que estuvo enemistada con su hermano, es decir, con quien ahora es mi papá. Cuando se reconcilió con él, solo mencionó que era madre soltera y necesitaba de su ayuda, porque le habían diagnosticado cáncer de páncreas terminal.

Yo no recordaba a mi madre biológica, porque su fallecimiento se produjo apenas dos años después de darme a luz. Fue a Irene y a Oscar a quienes reconocí como padres desde que tuve uso de razón. Eran tan amorosos y por demás protectores que, si hubieran imaginado lo que esa noche me sucedería, jamás me habrían permitido estar lejos de ellos, en Buenos Aires.

Bajé del primer colectivo con el celular pegado a la oreja, mientras hablaba con Aldana, una amiga de la facultad.

—¡Uf! ¡No llego más! —refunfuñé agotada, caminando los pocos metros que me separaban de la siguiente parada—. El colectivo tardó veinte minutos en venir y no quiero imaginar lo que voy a tener que esperar al siguiente.

—Los profesores ya llegaron y juntaron las libretas. ¿Por qué no vas a lo de Facundo y le pedís que te traiga con su auto?

Facundo, mi novio, vivía a cinco cuadras de ahí. Apenas hacía dos meses que salíamos. Nos habíamos conocido en la facultad, en clase de Tecnología.

—No, no quiero molestarlo. Está estudiando para el final de Comunicación —le expliqué.

—¡Qué bajón! —protestó Aldana, y estuve totalmente de acuerdo.

—¡Sí, ni me lo digas!

—Tomá un taxi.

—Lo que pasa es que soy una estúpida, no traje plata suficiente. Salí corriendo de casa y en la billetera solo tengo diez pesos y la tarjeta para el colectivo.

—Sí, una estúpida importante —se burló.

—¡Gracias! ¡Qué amorosa!

—¿Qué, no lo sabías? Emano amor por todos mis poros —bromeó y me arrancó una sonrisa—. No te preocupes; les pido a los profesores que te esperen.

—¡Gracias! ¡Te debo una! Voy a tratar de llegar lo antes posible. Nos vemos allá.

—¡Mua! —me saludó.

Corté y guardé el celular en la mochila. Ajusté el cuello del abrigo para evitar que el frío me congelara la garganta y seguí caminando apresurada hacia la parada del colectivo.

En verdad, la idea de ir hasta el departamento de Facundo era demasiado tentadora. Sabía que él no se negaría a llevarme. Siempre estaba dispuesto a consentir todos mis caprichos. Pensar en eso hizo que sintiera remordimiento.

Era tan cariñoso y dulce, y estaba tan comprometido con la relación, que me generaba culpa, porque yo aún no tenía esa seguridad. No sabía qué sentía realmente por él; por esa razón todavía no había aceptado que el noviazgo fuera más allá. Sin embargo, tenía que reconocer que estaba equivocada. Me sentía frustrada porque en ninguna de mis relaciones m

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