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CON EL CORAZóN AL SUR

Gabriela Exilart  

5


Fragmento

JAMÁS OLVIDARÍA SU NOMBRE
PRÓLOGO

Creció gestando en su interior un monstruo al que no podía poner nombre ni hallarle explicación. Era un latir intenso en su pecho de niño, una emoción reprimida. Las palabras que escuchó cuando apenas era un muchachito de pantalones cortos jamás se le borraron de la memoria y en momentos de soledad o hastío repetía incansablemente ese apellido que había arruinado su vida torciendo su rumbo hacia destinos de odio y deseos de venganza.

Nunca olvidaría el rostro de su madre bañado en llanto ni la mano férrea de su tío obligándolo a mantenerse entero.

—Los hombres no demostramos lo que sentimos —había dicho mientras cerraba los dedos en su hombro.

El niño de entonces pudo sentir que su tío mentía, que sí demostraba lo que sentía porque se lo estaba transmitiendo en ese apretón, en su respiración húmeda y en el leve temblor de la barbilla que él espiaba desde su altura. Sus ojos oscuros recorrieron los rostros de los demás, y halló en ellos la misma falsa entereza, las miradas fijas en el ataúd, las manos en la espalda o sobre el hombro de los desvalidos representados por las mujeres y los niños de la familia.

Sus tías estrujaban sus pañuelos de puntillas, todas vestidas de negro, y sus primos querían salir corriendo de allí para ir a jugar a las bolitas o a la pelota, aunque sabían que no podrían hacerlo hasta tanto el muerto no recibiera su eterno entierro.

Su tío se hizo cargo de todo y debieron mudarse a la casa de él y vivir junto con su tía y sus primos. Su madre quedó reducida a una visita a la que nada se le permitía hacer y día a día fue marchitándose.

La tía, madraza de cuatro varones, al principio se compadeció de él, el más pequeño de todos, y trató por todos los medios de devolverle la sonrisa a ese rostro taciturno y melancólico. Los primos ya usaban pantalones largos y acompañaban al padre en sus negocios mientras él quedaba condenado a las mujeres de la casa, que al poco tiempo se cansaron de intentar alegrarlo y lo dejaron en libertad de estar triste o ausente. Lito parecía abstraído de todos pero en realidad era una esponja que guardaba información. Sabía que algún día iba a tener la oportunidad de usarla y de reventar esa piedra que anidaba en su corazón y no le permitiría ser feliz.

Aunque la adolescencia le estalló en el cuerpo como a cualquier muchacho no logró que se olvidara de la misión que se había impuesto, y mientras sus compañeros de colegio pensaban en acostarse con jovencitas o se masturbaban día y noche porque no lo conseguían, él elucubraba la manera de alcanzar su objetivo.

El ejército se le presentó como la opción más viable, porque le permitiría tener los conocimientos necesarios y usar las armas. Siempre sería mejor a ser un delincuente, como había sido su padre. Porque pese a todo, no desconocía que Tito había sido un mafioso que había muerto en su ley. Las contradicciones ya habían dado paso a las deliberaciones y, si bien en algún momento se odió por sus pensamientos, había superado la etapa de los reproches y tenía una férrea decisión sobre los pasos a seguir.

Fue un soldado ejemplar, siempre dispuesto a acatar órdenes y a mantenerse alejado de los conflictos. Pronto su nombre empezó a circular entre los altos mandos y fue ascendiendo en las jerarquías hasta convertirse en capitán. El capitán Lito Napolitano.

Su nuevo escalafón lo bañó de poder y endulzado como estaba vivió una tardía adolescencia en el cuerpo de un hombre. Disfrutó de las mujeres hasta el hartazgo, se envició con ellas tanto como con el poderío de su rango y su uniforme. No era apuesto pero sí interesante y las mujeres caían bajo el embrujo de sus penetrantes ojos oscuros.

Lito participó de varios operativos antes del golpe de Estado de 1976 y su piel se fue endureciendo lo mismo que su conciencia. En los comienzos no le parecía bien sacar información a los detenidos por medio de cruentos procedimientos, pero con el tiempo fue acostumbrándose.

El ejército le proporcionó un marco adecuado para su venganza. Y el golpe de Estado fue el broche perfecto para acceder a ella. Tenía todo el aparato a su disposición, podía hacer lo que quisiera.

Pero no era tan ambicioso, solo un nombre daba vueltas por su cabeza, un nombre que había escuchado entre murmullos luego del entierro. Sus tíos hablaban de una traición, la traición de un hermano de crianza que había desencadenado la muerte de su padre. Y por más que luego supo que uno de ellos se había “encargado” de ese sujeto y su familia, él se enteró, tiempo después, de que no había hecho el “trabajo” completo: la esposa había escapado con su hija llevándose el dinero robado a los Napolitano. Y un Napolitano no olvida. Por eso jamás olvidaría el nombre del traidor: Abel Battistelli.

CAPÍTULO 1

Buenos Aires, 1978

Bajó del tren y su mirada buscó entre la multitud el rostro conocido sin dejar por ello de prestar atención a sus hijos que querían moverse luego de tantas horas de quietud.

Sus ojos oscuros escudriñaron entre las personas que estaban en el andén pero no daban con la figura que buscaban.

—Pablo, vení acá —elevó apenas el tono de su voz para retener cerca de su pollera al pequeño de nueve años que ya corría en busca de nuevas aventuras. Mantenerlo quieto durante el viaje había sido una odisea que Naiquen había negociado con promesas de dulces y chicles cuando llegaran a destino.

De inmediato su hijo mayor corrió en su búsqueda y lo trajo de la mano, reprimiéndolo con palabras que la madre no escuchó a causa del bullicio que los rodeaba pero que adivinó en el gesto serio de su primogénito.

Mauro había asumido un rol que no le correspondía, tanto en la crianza de Pablo como en las responsabilidades que creía estaban a su cargo por ser el mayor, aunque solo contara con doce años.

—Vamos chicos, por favor, quédense conmigo —pidió acariciando el hombro de Mauro en señal de agradecimiento—, ya van a venir por nosotros.

El andén iba vaciándose y Naiquen avanzó hacia uno de los bancos para depositar las valijas. No tenía ganas de sentarse luego del extenso viaje, pero al menos su equipaje no permanecería en el suelo.

El calor de Buenos Aires en nada se comparaba con el de Río Negro. El aire parecía irrespirable y gotas de sudor se deslizaron por su espalda. Tomó un pañuelo y se lo pasó por el cuello y la frente mientras sus hijos curioseaban sin alejarse demasiado.

Consultó su reloj y notó que hacía más de media hora que habían descendido del tren, temió que su prima se hubiera olvidado de ella. Desechó el pensamiento justo en el mismo instante en que un hombre aparecía corriendo frente a ellos.

—¡Lo siento! —dijo Santiago por todo saludo mientras miraba con ojos asombrados a los niños—. ¡Qué grandes que están! —Con efusividad abrazó a Naiquen—. Perdoná la demora, se me complicó en el diario. ¡Bienvenida a Buenos Aires!

—Gracias. —Naiquen sonrió ante su primo político disculpando el retraso—. Fuiste muy amable en venir a buscarnos, sé que estás en horario de trabajo…

—No es problema, ya estamos acá. —Y posando sus ojos verdes en los niños se presentó—: Yo soy algo así como un tío. —La declaración hizo gracia a Pablo que soltó una carcajada—. ¿Están cansados? ¿Tienen hambre?

—Sí, tengo mucha hambre —respondió el pequeño.

—Vamos a casa entonces, que la tía los espera para comer.

Santiago tomó las valijas y los guió para salir de la estación de trenes. Los niños miraban deslumbrados lo que para ellos era una gran ciudad. Comparada con Valcheta, Buenos Aires era un monstruo de cemento y ruido.

Naiquen los tomó de la mano para cruzar, ansiosa ante ese nuevo mundo al que tendría que adaptarse.

Un reluciente Peugeot 504 blanco los aguardaba para llevarlos a la casa. Santiago abrió el baúl y metió en él las valijas. Luego los invitó a subir. Los niños acariciaron los asientos de cuero a medida que avanzaban por las calles demasiado transitadas para su gusto. Pablo pensó que no habría árboles donde colgarse y un dejo de tristeza tiñó de sombras sus ojos celestes. Mauro iba pensativo tratando de memorizar los sitios por los cuales circulaban. Todo le parecía demasiado monumental y no retenía a tiempo tantas imágenes nuevas.

—¿Qué tal el viaje? —preguntó el hombre.

—Largo. —Fue lo primero que vino a la boca de Naiquen.

La mujer quería ser más simpática y locuaz con su primo político pero la distancia y los años sin verse le habían atenazado las palabras.

Santiago y su prima Lihuén habían pasado varios meses en su casa de Valcheta, pero de eso hacía ya más de dos décadas. Recordó con nostalgia esos tiempos felices en que Lihuén, con su hermosa panza, la hermana que no tuvo. Y si viajaba más atrás en el tiempo, imágenes de una tierna infancia la llevaban a Mendoza, a la casa de sus tíos Aime y Stein. Cuántos recuerdos cargaba sobre su espalda.

Los años en Mendoza eran brumosos, vagamente visualizaba la casa y una gran cocina donde se cocinaban manjares y vida. Los olores de las ollas se mezclaban con el pan recién horneado y las facturas que su tía Aime amasaba. De eso jamás se había olvidado y pese a que no tenía ese don para la repostería, de vez en cuando se afanaba en preparar alguna torta o pasteles para sus hijos.

La cocina la llevó a la hermosa historia que había protagonizado su prima junto con Santiago. Habían desafiado a sus padres para poder estar juntos y pese a su férrea oposición habían logrado casarse y criar a su hijo.

Naiquen había sido testigo de la culminación de ese gran amor, había visto a Lihuén llorar sin consuelo en la espera de su hombre, la había escuchado durante noches enteras, tomadas de la mano y apretadas en la misma cama, mientras le relataba cómo se había enamorado de su hermanastro.

En ese momento ella era una muchachita de catorce años y todavía no tenía conciencia real de la gravedad de la situación; sentía normal la relación entre Lihuén y Santiago. Su propia madre, Fresia, vio con buenos ojos ese amor y ayudó a los amantes a salir adelante.

Jamás olvidaría el día en que Santiago arribó a Valcheta. Tanto le había hablado su prima de él que le tenía cariño aun sin conocerlo. A ese muchacho de ojos chispeantes y verdes se le había transformado el rostro cuando ella le confirmó que Lihuén vivía ahí. La joven Naiquen lo había abrazado con efusividad antes de conducirlo hasta la casa.

Al descorrer la cortina que separaba la cocina del exterior ambos habían visto a Lihuen descansando en la mecedora, iluminando la estancia con su vientre prominente y su mirada nostálgica. Las lágrimas de Santiago la habían impulsado a dejarlos solos pero su expresión en ese instante se le quedaría grabada para siempre.

Muchas veces Naiquen se preguntaba por qué ella no había podido vivir un gran amor. Por qué ningún hombre la había amado de verdad. Era la única en la pequeña familia a la que la vida le había negado la posibilidad de ser feliz junto a un esposo. Su madre se había casado enamorada de su padre; ella misma le había contado que Abel la había amado de manera incondicional. Pese a que no lo había conocido le tenía cariño y respeto por lo que sabía de él a través de los relatos de Fresia, quien siempre se había ocupado de retratarlo como un hombre cariñoso y digno.

Su tía Aime había tenido que luchar para poder concretar su amor, pero había contado con un hombre de la talla de Stein Frank a su lado, quien había abandonado su posición social y su bienestar económico para casarse con “la india”, como la llamaba su suegro. Aime y Stein habían pasado penurias pero en el corto tiempo que estuvieron unidos habían sido felices y había nacido Lihuén.

Ésta había heredado la fortaleza y decisión de su madre, y pese a todos los prejuicios se había casado con su hermanastro.

Las mujeres de su familia habían triunfado, ella no. Hizo a un lado el resentimiento que iba creciendo y volvió al presente.

Miró el perfil de Santiago y advirtió que pese a los años transcurridos seguía siendo atractivo. La madurez de sus cincuenta le quedaba bien y unas incipientes canas se colaban entre sus cabellos de color castaño claro. Sus ojos, apenas bordeados por unas finas arrugas, seguían siendo chispeantes y alegres. Ya no llevaba el flequillo cayéndole sobre la frente, ahora lucía el pelo más corto. Admiraba a sus primos, ellos habían arriesgado todo para estar juntos y contra todos los pronósticos habían salido adelante.

Santiago les iba relatando a los niños sobre la ciudad de Buenos Aires y respondía las preguntas de Pablo con entusiasmo.

—Ese es el Obelisco —dijo mientras cruzaban la 9 de Julio en dirección al barrio de Palermo. Había tomado ese camino adrede para mostrarles a los chicos el monumento.

—¿Y para qué sirve? —cuestionó Pablo, para quien todo tenía que tener una función.

Santiago rio.

—Para nada, se construyó en conmemoración de los cuatrocientos años de la fundación de la ciudad.

Mauro por su parte, quiso saber cuánto medía.

—Alrededor de 70 metros, no estoy muy seguro —respondió Santiago, contento de haber despertado el interés de los niños—, otro día podemos venir a dar un paseo.

—¿Falta mucho? —Pablo estaba cansado de tanto viaje.

—Enseguida llegaremos y la tía los recibirá con tortillas y churrascos. Supongo que les gustan las tortillas…

—¡Sí! Mamá nunca nos hace —se quejó el pequeño—, se le pegan todas… —Acompañó sus palabras con una risa.

Naiquen sonrió ante el comentario que tenía mucho de cierto.

Luego de bordear un lago, al cabo de unos minutos arribaron a la casa. Se notaba que había sido refaccionada recientemente y a Naiquen le llamó la atención que fuer

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