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CON LA SANGRE EN EL OJO

Alejandro Parisi  

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Fragmento

Entró en puntas de pie y con la nariz fruncida por el asco.

Cada objeto de la oficina estaba cubierto de polvo. En el piso, junto al fichero metálico de tres cajones, había decenas de macetas vacías amontonadas de manera irregular. La mujer las sorteó con pasos cortos y se detuvo frente a Balestra.

Él la observó desde el otro lado del escritorio, forzando media sonrisa desde su sillón raído. Aunque las trataba a menudo, no terminaba de relajarse frente a aquellas mujeres pasadas de moda y actualizadas a base de Botox y Pilates. Las conocía bien, eran la mejor parte de su clientela: atractivas, omnipotentes, olvidadas por esposos e hijos, aferradas con uñas y dientes a un matrimonio destruido, al alcohol, a las pastillas, a hobbies estrafalarios o a las horas extras que les dedicaban sus jardineros y personal trainers.

—Si vino a contratarme puede descontar la tintorería de mis honorarios —dijo Balestra señalando el otro sillón raído.

Ella lo fulminó con ojos verdes e irritados. Llevaba el cabello rubio recogido en una cola de caballo, y el cuerpo enfundado en una blusa escotada y una falda satinada ajustada que resaltaba su figura. Se tocó la nariz con una mano saturada de anillos y cadenas que tintineaban con cada uno de sus movimientos.

—Intenté llamarlo pero parece que no atiende ni el teléfono ni el celular… Vengo de parte de Martina Ordóñez —dijo, aún de pie.

Martina Ordóñez lo había contratado hacía seis meses porque le preocupaba que su marido la engañara, mientras que el pobre tipo inventaba viajes y congresos de Biología para que ella no sospechara que se sometía a quimioterapia. Martina Ordóñez. Tenía razón. Su marido la engañaba con un cáncer de próstata.

—¿Y usted es…?

—Miriam Hirsch.

—¿Por qué no se sienta?

—Preferiría no hacerlo. Y además estoy apurada.

—Usted dirá.

—Quiero que siga a mi marido y… le saque unas fotos.

—¿Para su álbum familiar?

—Para el juicio de divorcio —dijo la mujer, sin ocultar su fastidio.

Balestra festejó su propio chiste en silencio y después intentó ser más gentil, tampoco era cuestión de dejar ir a una posible clienta:

—¿Su marido la engaña?

Miriam Hirsch asintió con dientes apretados.

—¿Sabe con quién?

—No, pero los miércoles se encuentra con… mujeres en un departamento que tenemos en Puerto Madero.

—¿Cómo lo sabe? Bajó la vista y descansó el peso de su cuerpo en la otra pierna.

—Por un mail anónimo…

Su incomodidad significaba sólo una cosa: que escondía algo. Pero a él no le importaba saberlo. Al menos por ahora.

—¿Su marido tiene una amante estable? ¿Relaciones casuales, prostitutas…?

—No lo sé. Eso tiene que averiguarlo usted, ¿no?

Balestra tomó el atado de cigarrillos y encendió uno. Miriam Hirsch contuvo la respiración para que él sintiera la obligación de incorporarse y abrir la ventana. Pero Balestra no se movió; a esa hora la avenida Entre Ríos siempre era un caos. Pensó en bocinazos, frenadas e insultos, y su dolor de cabeza se hizo más intenso.

Miriam Hirsch seguía de pie frente a él, y miraba la oficina como si fuera un cadáver lleno de gusanos. Al fin soltó un largo suspiro.

—¿No me va a preguntar nada de mi marido? ¿Cómo es, dónde trabaja…?

Balestra reprimió sus ganas de echarla a empujones, y dijo:

—Sólo necesito la dirección del departamento de Puerto Madero y la del trabajo. Ah… y una foto.

Después volvió a fumar en silencio. La mujer buscó algo en su cartera y le extendió una fotografía.

—Andrés Hirsch.

Bronceado, con traje azul, los hombros anchos y un pelo ceniciento que le cruzaba la frente, Hirsch aparentaba la misma vitalidad que su mujer pero con menos cirugías.

—Todavía es buenmozo… no creo que ande con prostitutas —dijo ella.

—Con pinta y con plata puede andar con quien quiera, lo digo por experiencia.

—Conmigo ya no va a joder más. Sáquele las fotos al muy hijo de puta.

Balestra valoró el insulto chabacano: un toque de realismo que la alejaba de su apariencia de muñeca Barbie para la tercera edad. Miró el calendario pegado con cinta

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