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COORDENADAS PARA UN CRIMEN

María Inés Falconi  

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Fragmento

1

Tonio abrió la puerta del garaje levantándola un poco para que no arrastrara contra el piso. Estaba vencida desde hacía unas semanas y, a pesar de los continuos rezongos de su mamá, su papá todavía no había encontrado el tiempo para arreglarla. Mejor, porque seguro que lo iba a tener que ayudar y hoy, sábado, era día de pesca. Ni pensaba quedarse a arreglar puertas.

Sacó su bicicleta y la dejó apoyada contra el pilar de la luz para entrar a buscar las cañas.

Su mamá le gritó desde la cocina:

—¡Cerrá la puerta del garaje que se meten las gallinas, ¿querés?!

Tonio, paciente o tal vez feliz sabiendo que en dos minutos estaría pedaleando rumbo al río, dejó las cañas y fue a cerrarla. Antes tuvo que sacar dos gallinas de abajo de la camioneta. Las muy tontas, tan lentas como parecían, tenían un sexto sentido: en cuanto la puerta del garaje se abría, más rápido de lo que canta un gallo (y de eso ellas sabían mucho) se metían adentro. Una vez su papá había hecho papilla a una con la rueda trasera de la camioneta. Desde entonces se repetía el eterno: “Cerrá la puerta del garaje”. Nadie quería volver a ver una gallina despanzurrada contra el piso de cemento.

Después buscó su mochila de pesca llena de anzuelos, plomadas, tanza y demás artículos necesarios para un buen pescador, se subió a la bici, tocó un timbrazo para avisar que se iba y salió. Solo Alma, su perra, lo despidió con un ladrido.

Iba a ser un día de calor, pero él y Fran, su compañero de pesca de los sábados, conocían un lugar bajo los sauces donde había muy buen pique y también muy buena sombra. En la mochila llevaba también dos sándwiches de salame y una botella de agua. Esta vez, a él le había tocado la comida y a Fran, las lombrices. Ojalá se hubiera acordado de juntarlas.

Fran vivía a unas diez cuadras de su casa, para el lado del río. Decidió no ir por la San Martín porque, a pesar de ser la calle mejor asfaltada del pueblo (algo que su cola agradecía cuando pedaleaba por ahí), los sábados a la mañana se llenaba de autos y había que tener demasiado cuidado para no terminar como la gallina.

Cuando llegó al boulevard, un coche lo pasó pitando y lo llenó de tierra. Casi le hace perder el equilibrio.

—¡Pará, gil! ¿Se te enfría la sopa? —le gritó.

El auto, por supuesto, no paró. Era un auto rojo que no conocía. Alguien que andaba visitando el pueblo, seguramente. Ahí nadie iba a esa velocidad. ¿Para qué? En Las Cañas nadie tenía apuro.

Recobró el equilibrio (y el aliento) y pedaleó con más fuerza.

Fran vivía en “la casa linda”: un chalet de dos pisos con tejas rojas y puertas de madera lustrosa (que no arrastraban por el piso). Su papá era el dueño de una de las estancias más grandes de la zona, pero durante el invierno venían a vivir al pueblo para que Fran y su hermana, María Luz, pudieran ir a la escuela. Al año siguiente, cuando Fran tuviera que empezar el secundario, toda la familia se iba a mudar a la ciudad porque, según decían, la escuela secundaria de la ciudad era mejor que la del pueblo. “Te prepara mejor para la universidad”, decían.

Tonio lo envidiaba un poco. Ir a la universidad estaba muy lejos de sus planes. Cuando él terminara la secundaria, iría a trabajar con su papá en la carpintería. Tan mal no estaba, después de todo.

Pero recién había empezado diciembre y todavía quedaban como tres meses para compartir y los dos amigos, inseparables, estaban dispuestos a explotarlos todo lo que pudieran. Tonio, incluso, muerto de amor por Vicky, había decidido postergar cualquier tipo de acercamiento (más allá del cotidiano en la escuela, hola y chau) para que nada lo distrajese de lo más importante: estar con Fran.

Cuando llegó a la “casa linda” se asombró al ver muchos autos estacionados en la puerta. Pensó que seguramente los tíos de Fran estaban de visita. Algo le había dicho Fran en la semana, pero no le había prestado atención. Buscó el auto rojo. Quizás era un pariente de Fran, pero no lo encontró.

Sin bajarse de la bicicleta, tocó dos timbrazos para avisarle que había llegado. Esperó un rato, pero nadie salió. Vio la bicicleta de Fran apoyada al costado de la casa. Eso quería decir que su amigo tenía que estar adentro. Protestando, se bajó de la bici y fue a tocar el timbre.

La puerta se abrió y apareció una señora a la que no conocía.

—¿Sí...? —dijo la señora muy sonriente.

—Busco a Fran —le contestó Tonio sin siquiera decir buenos días.

—Ah... esperá, no sé —dudó la señora—. ¡Clarita! ¿Dónde está Fran? —preguntó hacia adentro.

—No sé, hace un rato que no lo veo —escuchó que contestaba la mamá—. Cándida,… ¿usted lo vio a Francisco?

Cándida era la señora que limpiaba la casa y que, desde siempre, había vivido con la familia. Esto parecía el juego del gran bonete.

Se ve que Cándida tampoco sabía. “¡Fran!”, escuchó gritar. La señora que le había abierto la puerta había de- saparecido, dejándolo plantadísimo en el umbral. ¿Qué hacía? ¿Entraba? ¿Se iba? Estaba tratando de tomar una decisión cuando la puerta se abrió de golpe y María Luz apareció frente a él.

—¿Buscás a Fran? —le preguntó.

—No, a vos —se burló Tonio—. ¿No queré

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