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CORAZóN DE ULISES

Javier Reverte  

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Fragmento

Prólogo

«¡Feliz quien, como Ulises, ha hecho un bello viaje!» dice un famoso verso. ¡Tres veces feliz, pues, quien, como Javier Reverte, lo hizo y comenzó a escribir su crónica en las playas isleñas de la homérica Ítaca, y lo concluyó con una visita a la egipcia Alejandría, la ciudad fantasmagórica y decadente fundada por el gran Alejandro y poetizada por Cavafis y Durrell! El escritor, curtido en largos viajes africanos, nos refiere aquí un apasionante recorrido a través de un paisaje mediterráneo ilustrado por mitos famosos y espléndidos personajes históricos. En una especie de guía personal por las famosas costas y las prestigiosas ciudades de Grecia y Turquía (que fueron en la antigüedad tierras colonizadas y pobladas por griegos) para amantes del viaje sentimental, a la vez que un periplo literario iluminado por los clásicos griegos.

El viaje literario permite evocar un fastuoso mundo cultural, pues el viajero deambula por los escenarios de la antigua Grecia, y va acompañado por los textos clásicos sobre los mitos y los héroes antiguos, por los ecos de poemas de Safo, por sentencias de Heráclito, historias de Heródoto, siluetas trágicas, diálogos socráticos y reflexiones platónicas y aristotélicas. Sin olvidarse de los frívolos, festivos, apasionados y estupendos dioses del Olimpo. En el reajuste entre lo visitado y lo recordado, entre la realidad actual y los reflejos de la tradición literaria e histórica, reside gran parte del encanto de su texto. Sobre las impresiones de su entorno actual y de la visión inmediata de paisajes y gentes, y en contraste con su reportaje directo, nos va recordando la grandeza histórica, filosófica y poética de las ilustres figuras vinculadas a estos lugares, ruinas y ciudades. Y lo hace entreverando ambos aspectos con un estilo muy personal, vivaz y nada pedante, con una prosa fresca y directa.

Nos resume las tramas inolvidables de la Ilíada y la Odisea, y el viaje de los Argonautas, y las guerras médicas y las conquistas de Alejandro Magno con un tono entusiasta y no falto de humor, que refleja su rendido amor a Grecia, no sólo a la actual, sino a la Grecia antigua, la de los poetas y filósofos, la de los inventores del diálogo, la democracia, la geometría, la tragedia, y la filosofía, es decir, la Grecia clásica. Repetidamente el escenario geográfico aviva los recuerdos de un grandioso pasado. La Grecia antigua impone sus perdurables palabras, sus radiantes figuras, sus soleados prestigios. En las costas jonias y áticas amaneció la aurora de la civilización europea. El contraste entre ese pasado y el presente impresiona la imaginación y aviva nostálgicos recuerdos en esos austeros y claros paisajes. Tanto en Atenas como en Rodas, Éfeso, y Estambul (que fue Constantinopla y fue Bizancio) el antiguo esplendor histórico se deja aún percibir en sus ruinas. Ruinas embellecidas por la poesía y la historia, como las de la homérica Troya. La apagada y grisácea Alejandría de hoy refulge cuando el viajero evoca la espléndida y gloriosa ciudad helenística, la de la tumba de Alejandro, la del gigantesco Faro, la del Museo y su inmensa Biblioteca, la de Cleopatra y César, la de los miles de libros perdidos, y luego la del poeta Cavafis y del novelista L. Durrell. Y en ese juego de imágenes entre pasado y presente se ahonda la experiencia emotiva e intelectual que el viaje brinda. Como dice Javier Reverte: «El viaje literario tiene algo de viaje hacia la eternidad, una búsqueda incansable del tiempo detenido».

Sin duda alguna, uno de los atractivos esenciales del libro de Reverte es este juego contrastado de imágenes y tiempos diversos. De un lado, el reportaje actual y preciso sobre una ruta bien definida: el Peloponeso, las aguas del Egeo (con visitas a Creta y Rodas), la costa oriental de Turquía y las orillas del mar Negro, Grecia del Norte, Atenas, Corinto, Patras, Ítaca y Alejandría. De otro, la fantasmal presencia de las figuras ilustres del mundo antiguo. El periplo se enmarca entre las claras islas y costas del Egeo y los azules horizontes del mar Jónico (o Adriático), al final.

Otro, no menos evidente, consiste en su chispeante estilo narrativo. Parece difícil observar detalles inéditos cuando uno viaja por ciudades y regiones preparadas para ofrecer al turista sus tópicos encantos, y no es fácil dar con algo nuevo que contar de paisajes tan frecuentados. Sin embargo Reverte acierta a encontrar el dato fresco, la anécdota digna de recuerdo, la nota exacta en la descripción de un paisaje o un encuentro fugaz —en Creta, en la costa de Trebizonda, en Missolonghi, en Alejandría, etcétera—. Apunta los trazos más vistosos de color local y los gestos que definen a un tipo o un personaje con especial habilidad. Salpica el reportaje con finos diálogos que siempre nos ofrecen una impresión justa o una estampa divertida y emotiva. Acierta a reflejar en su ágil prosa el instante fugaz y a transmitirnos un estado de ánimo en pequeñas escenas de vivaz colorido. Es decir, logra salvar en sus apuntes el aire fresco del camino, las palabras más expresivas, lo irrepetible y más humano de los encuentros. En los detalles y matices confirma su buen oficio de buen narrador. Como ya lo hacía su lejano maestro, el homérico Ulises.

«Cuando viajas literariamente —escribe Reverte— recorres tres veces, al menos, el camino: al idearlo, al pisarlo y al escribir de regreso. Sin duda es la forma más rentable de viajar.» La más rentable y la más agradecida y sabrosa, en efecto. Lo demuestra de nuevo al evocar un itinerario menos exótico que el de otros viajes anteriores, pero no menos interesante. En un libro muy sagazmente programado, que rememora muchas lecturas previas (de textos clásicos y de estudiosos del mundo antiguo), y las impregna de fresco, actual y vistoso colorido, un relato escrito con apasionado fervor por el mundo griego y por el luminoso ámbito del Mediterráneo oriental, el mítico mar de Jasón y Ulises, en un estilo impecable. Su texto aviva en el lector el deseo de viajar tras sus huellas por las tierras y mares de Grecia, con la mirada despejada y el alegre coraje del héroe homérico, y de releer los textos memorables que Reverte invoca con sabia y oportuna precisión en sus claras jornadas.

CARLOS GARCÍA GUAL

Si los hombres dejan de creer que un día se convertirán en dioses, entonces con toda seguridad no pasarán de ser gusanos.

HENRY MILLER,

El coloso de Marusi

PRIMERA PARTE

Caminos de agua

Mi única patria, la mar.

JOSÉ DE ESPRONCEDA,

Canción del pirata

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Donde el silencio habla

Hay días, o instantes de tu vida, que guardas en tu memoria, e incluso en tus sentidos, como si no se alejasen en el tiempo, como si se hubieran detenido en el espacio y habitasen siempre junto a ti. El primer beso en los labios de tu novia, aquel poema que abrió una herida de luz en tu alma, el nacimiento de un hijo, la muerte de tus padres o ese momento en que viste por vez primera el mar, asomando como un pecho vigoroso y azul al otro lado de una loma…; que cada cual escoja los suyos. Entre los míos está un atardecer, hace unos quince años, en que me senté junto a mis dos hijos, por entonces todavía unos niños, en el espigón del puerto de Garrucha, un pueblo de Almería donde pasábamos largos veranos bajo uno de los cielos más luminosos de la Tierra. El sol ya se había ocultado y un lunón con cara de gato rojo comenzaba a asomar tras la línea del mar. Un airoso velero salía en esa hora de la bocana del puerto, ponía rumbo al sur, en dirección tal vez a la invisible y remota África, y dejaba tras de sí una estela plateada sobre las aguas oscuras. La brisa marina nos traía una carnosa caricia de sal.

Uno de los dos chavales dijo que le gustaría estar en aquel barco, Mediterráneo adentro, y a los tres nos invadió, de pronto, el mismo anhelo: viajar a bordo de una nave que no sabíamos hacia dónde se dirigía. La idea despertó una honda sensación de aventura que compartimos durante largos minutos y sobre la que hablamos durante un buen rato, viendo el barco escapar más y más de la tierra. Ninguno pronunció una sola palabra referida al regreso.

Inicio este libro en Ítaca, la isla que fue patria del legendario Odiseo, nuestro Ulises. Sentado en la terraza solitaria de la pensión donde me alojo, después de un largo periplo que me ha traído hasta aquí siguiendo las huellas de la cultura griega, pienso que hay dos tipos de viaje: el que se emprende sin olvidar el regreso al hogar, por mucho tiempo que se emplee en el camino, y aquel que no busca o

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