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CORAZóN DEL MAR (TRILOGíA IRLANDESA 3)

Nora Roberts  

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Fragmento

Queridos lectores:

El saber popular y la leyenda son parte esencial de la historia de Irlanda. Se han escrito allí canciones y relatos sobre asuntos de hadas y de la Buena Gente que vive en sus castillos de plata bajo las verdes colinas. Y son esas canciones y cuentos los que dan a la cultura irlandesa parte de su encanto.

La familia de Trevor Magee cree haber dejado atrás todo eso cuando, atravesando el océano, se instala en América, donde hace su fortuna. Pero, como muchos cuyas raíces están en esas montañas, Trevor regresa a la tierra de sus antepasados. Él llegará a Ardmore para construir su sueño, un teatro donde mostrar el arte de ese país.

Para ello se asociará con los Gallagher, e incluirá su tradicional pub en sus planes. En Corazón del Mar, se alojará en una casa en la que habita un fantasma, lady Gwen, que espera a su verdadero amor. Trevor mantendrá un pulso con Carrick, un príncipe de las hadas que está decidido a alcanzar por fin su objetivo.

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Y, en medio de todo ello, conocerá, se relacionará y deseará a la enigmática y frustrante Darcy Gallagher, que quiere de la vida todo lo que ésta pueda darle, y que no hace un secreto de su deseo de encontrar un hombre rico que le proporcione una existencia de lujo y diversión. Pero, ahora que ella ha conocido a Trevor, a su corazón se le plantea una difícil elección. Lo mismo que a Trevor. Hasta que ambos resuelvan su dilema, Carrick y lady Gwen permanecerán separados.

Caminen conmigo bajo la sombra de una antigua torre circular. Les contaré lo que va a suceder.

NORA ROBERTS

1

El pueblecito de Ardmore descansaba apaciblemente en la costa sur de Irlanda, en el condado de Waterford, bañado por el mar. Lo rodeaba un rompeolas de piedra que seguía la curva de una playa de arena dorada.

En sus alrededores había unos magníficos acantilados tapizados de hierba y un hotel que se aferraba a ellos. Si uno se sentía con ánimo, el paseo alrededor del promontorio era muy agradable, aunque también un poco cansado. En la cima de la primera colina estaban las ruinas del oratorio y el pozo de san Declan.

La vista merecía el esfuerzo; desde allí podían divisarse el cielo, el mar y el pueblo. Era tierra bendita, y aunque allí había personas enterradas, sólo una tumba tenía la lápida grabada.

Las calles del pueblo estaban bien cuidadas, con sus casas de colores, algunas con el típico tejado de paja, y una serie de cuestas bastante empinadas. Se veían flores por todos lados: las había en macetas, cestas y jardineras y también adornaban los patios. Era una imagen encantadora para verla desde dentro o desde las alturas, y sus habitantes estaban orgullosos de haber ganado dos años consecutivos el premio al pueblo más pintoresco.

En la cima de Tower Hill podía apreciarse una muestra preciosa de una torre cilíndrica, que conservaba la cubierta cónica, y las ruinas de la catedral del siglo XII construida en honor de san Declan. Si se les preguntara, los lugareños contarían que Declan había llegado treinta años antes que el bueno de san Patricio.

No lo harían por presumir, sólo querrían que se supiera cómo habían sucedido las cosas.

Aquellos que estuviesen interesados en ello, podrían encontrar ejemplos de piedras talladas con caracteres ogham que se guardaban en la catedral, y arcos romanos erosionados por el tiempo y el viento, pero que seguían siendo muy interesantes.

Sin embargo, el pueblecito no tenía pretensiones. Se conformaba con ser un lugar agradable con una tienda o dos y con unas cuantas casas diseminadas por el campo que daban la espalda a unas preciosas playas de arena.

En el cartel de la entrada al pueblo se podía leer FAILTE, es decir: Bienvenido.

Lo que atrajo a Trevor Magee fue esa mezcla de historia antigua, carácter sencillo y hospitalidad.

Su familia provenía de Ardmore y Old Parish. Su abuelo había nacido allí, en una pequeña casa muy cerca de la bahía. Durante los primeros años de su vida habría respirado ese aire húmedo y habría ido de la mano de su madre mientras compraba en las tiendas o caminaba por el rompeolas.

Su abuelo dejó el pueblo y se llevó a su mujer y a su hijo a Estados Unidos. Que Trevor supiera, nunca había regresado ni había vuelto la vista atrás. Entre el anciano y su país de nacimiento siempre había habido distancia, una distancia llena de amargura. Era rara la ocasión en que Denis Magee hablaba de Irlanda, de Ardmore o de la familia que se había quedado allí.

Por todo ello, la imagen que tenía Trevor de Ardmore estaba teñida de sentimientos y curiosidad, y los motivos para elegirlo tenían mucho de personal.

Sin embargo, podía permitirse los motivos personales.

Trabajaba en la construcción y lo hacía bien y con inteligencia, como habían hecho antes su padre y su abuelo.

Su abuelo se ganó la vida poniendo ladrillos e hizo su fortuna especulando con terrenos durante y después de la Segunda Guerra Mundial, hasta que la compraventa se convirtió en un negocio próspero y la construcción la dejó para sus empleados.

Al viejo Magee sus orígenes obreros le inspiraban la misma emoción que su tierra natal. Trevor no podía recordar que hubiese demostrado sentimientos hacia nada.

Trevor había heredado el corazón y las manos del albañil y la frialdad y el rigor del hombre de negocios, y había aprendido a utilizar todo ello.

Lo utilizaría allí, junto con un ligero toque de sentimentalismo, para construir el teatro, una estructura tradicional para música tradicional con la entrada por un pub llamado Gallagher’s. Antes de programar el tiempo que pasaría en el pueblo, ya había alcanzado un acuerdo con los Gallagher y se había empezado a remover tierras. Sin embargo, ahora él estaba allí y se proponía hacer algo más que firmar cheques y mirar.

Quería participar plenamente.

Un hombre que pasara la mañana mezclando cemento sudaría bastante, incluso con la temperatura que hacía en mayo. Aquella mañana, Trevor había salido de la casa de campo que había alquilado, llevando consigo una chaqueta vaquera y un tazón humeante de café. Unas horas después se había quitado la chaqueta y una leve sombra de humedad le recorría el pecho y la espalda.

Habría pagado cien libras por una cerveza fría.

El pub estaba a la vuelta de la esquina, al otro lado de la obra. Lo sabía porque el día anterior, a mediodía, había entrado, pero un hombre no podía saciar su sed con una Harp helada cuando tenía prohibido que sus empleados bebieran durante el trabajo.

Balanceó el cuerpo y giró el cuello mientras echaba un vistazo. El estruendo de la hormigonera, los gritos de los hombres, unos daban órdenes y otros se daban por enterados: era la música del trabajo y él no se cansaba de escucharla.

Era un legado de su padre. El lema de Dennis Magee Junior había sido conocer el proceso de principio a fin, y eso era precisamente lo que hacía la tercera generación de Magee. Durante más de diez años, quince si se incluían los veranos que había pasado en las obras, había aprendido todo lo relativo al negocio de la construcción.

Tener los músculos y la espalda doloridos, incluso la sangre.

A los treinta y dos años se dedicaba más a los consejos de administración y a las reuniones que a los andamios, pero nunca había perdido el gusto y la satisfacción de trabajar con las manos.

Se proponía darse ese gusto en Ardmore, en su teatro.

Observó a la pequeña mujer con gorra desteñida y botas gastadas que daba vueltas por todos lados, moviéndose como el hormigón que caía por el tubo. Mezclaba la arena con las piedras y utilizaba la pala para avisar al operario con un golpe, luego se metía en el barro con los demás trabajadores para alisarlo.

Brenna O’Toole, pensó Trevor, contento por haber hecho caso de su instinto. Contratarla junto con su padre como capataces había sido un acierto. No sólo por sus conocimientos de construcción, que eran muchos, sino también porque conocían el pueblo y a sus habitantes; el trabajo se hacía con fluidez y los hombres estaban contentos y daban lo mejor de sí mismos.

En estos proyectos, las relaciones públicas eran tan importantes como unos cimientos sólidos.

No se podía negar que estaban haciéndolo bien. Durante los tres días que llevaba en Ardmore, Trevor había comprendido que O’Toole y O’Toole habían sido una elección muy acertada.

Cuando Brenna se disponía a salir, Magee se acercó, alargó una mano y la ayudó.

—Gracias. —Brenna se apoyó en la pala. Parecía un duendecillo, a pesar de la gorra desteñida y de las botas llenas de mugre. Su piel era blanca como la pura leche irlandesa y unos rizos rojizos se escapaban de la gorra—. Tim Riley dice que no lloverá en dos o tres días, y suele acertar. Creo que las zapatas estarán listas antes de que tengamos que preocuparnos por el tiempo.

—Habíais avanzado mucho antes de que yo llegara.

—Ya lo creo, una vez que nos dio la salida ya no había por qué pararse. Le haremos unos cimientos sólidos, señor Magee, y dentro del plazo.

—Trev.

—Claro, Trev. —Brenna se echó la gorra hacia atrás y levantó la cabeza para poder mirarlo a los ojos. Calculó que mediría por lo menos treinta centímetros más que su metro cincuenta y cinco, incluidas las botas—. Los hombres que mandaste de Estados Unidos forman un buen equipo.

—Estoy de acuerdo, por algo los elegí.

A ella el tono le pareció algo distante, pero no antipático.

—¿Y nunca eliges mujeres?

Trevor sonrió despacio, de tal forma que parecía como si el humor se fuera apoderando del rostro hasta alcanzar los ojos color humo.

—Claro que lo hago, siempre que puedo. Tanto dentro como fuera del trabajo. He metido a una de mis mejores carpinteras en este proyecto, llegará la semana que viene.

—Me alegra saber que mi primo Brian tenía razón en este sentido. Decía que contratabas a las personas por su destreza, no por su sexo. Es una buena mañana de trabajo —añadió asintiendo con la cabeza—. El ruido de ese maldito camión nos va a hacer compañía durante un buen rato. Darcy volverá mañana de vacaciones, y te aseguro que vamos a tener que oír cuatro cosas a propósito del jaleo.

—Es un ruido precioso, suena a construcción.

—Siempre he pensado lo mismo.

Se quedaron un rato observando cómo el camión arrojaba el resto de hormigón.

—Te invito a comer —dijo Trevor.

—Acepto. —Brenna dio un silbido para llamar a su padre e hizo un gesto de ir a comer. Mick respondió con una sonrisa y volvió al trabajo.

—Está en el paraíso —comentó Brenna mientras se limpiaban las botas—, nada hace tan feliz a Mick O’Toole como estar en medio de una obra, y cuanto más se pringue mejor. —Brenna estaba contenta, golpeó los pies contra el suelo y se dirigió a la puerta de la cocina—. Espero que tengas tiempo de conocer la zona mientras estás aquí, no te irás a encerrar en el trabajo...

—Mi intención es visitar los alrededores.

Tenía todo tipo de información: atracciones turísticas, estado de las carreteras, caminos para ir a las ciudades más importantes, pero quería conocerlo por sí mismo.

Necesitaba conocerlo, reconoció Trevor para sí. Desde hacía más de un año, algo le atraía en sueños hacia Irlanda, hacia Ardmore.

—Ahí tenemos a un hombre bien plantado haciendo lo que mejor sabe hacer —dijo Brenna mientras abría la puerta de la cocina—. ¿Qué nos has preparado, Shawn?

El hombre que manejaba los fogones de una cocina enorme se volvió. Era alto, con pelo negro despeinado y ojos de un color azul brumoso.

—Para los íntimos tenemos sopa de algas y emparedados de carne. Buenos días, Trevor. ¿Te hace trabajar más de lo que debería?

—Nos tiene ocupados a todos.

—Y es lo que tengo que hacer, ya que el hombre de mi vida es un lento. Me pregunto, Shawn, si has elegido algunas melodías para que las oiga Trevor.

—He estado muy ocupado dando de comer a mi mujer. Es muy exigente. —Tomó el rostro de Brenna y la besó—. Y ahora, fuera de mi cocina, desde que no está Darcy esto es un lío.

—Volverá mañana, y a estas alturas del día ya la habrás maldecido una docena de veces.

—¿Por qué crees que la echo de menos? Decidle a Sinead lo que queréis —dijo a Trevor—. Es una buena chica, y Jude le echa una mano. Sólo necesita un poco de experiencia.

—Sinead es una amiga de mi hermana Mary Kate —le comentó Brenna a Trevor mientras empujaba la puerta que separaba la cocina del pub—. Una chica con buenas intenciones aunque con una cabeza de chorlito. Su única ambición en este momento es casarse con Billy O’Hara.

—¿Y qué opina Billy O’Hara?

—Como no es tan ambicioso como ella, no dice nada. Buenos días, Aidan.

—Buenos días. —El mayor de los Gallagher se ocupaba de la barra y los miró mientras servía unas cervezas—. ¿Coméis con nosotros?

—Nos gustaría, pero estás liado.

—Dios bendiga a los autobuses turísticos. —Aidan, con un guiño, acercó dos pintas a unas manos anhelantes.

—¿Quieres que comamos en la cocina?

—No es preciso, si no tenéis mucha prisa. —Sus ojos, de un azul más profundo que los de su hermano, echaron un vistazo al pub.

—El servicio es un poco más lento de lo habitual, pero hay una o dos mesas libres.

—Que decida el jefe. —Brenna se dirigió a Trevor—. ¿Cómo lo ves?

—Nos sentaremos a una mesa. —Era la mejor forma de ver cómo marchaba el negocio.

Siguió a Brenna y se sentaron a una de las mesas con forma de seta. Había murmullo de voces, una neblina de humo y olor a levadura de cerveza.

—¿Tomarás una pinta? —le preguntó Brenna.

—No hasta que termine la jornada.

Brenna frunció los labios y se balanceó en la silla.

—Es lo que me han contado algunos hombres. La expresión exacta es que eres un tirano en esa cuestión concreta.

No le importaba la palabra «tirano». Significaba que dominaba la situación.

—Es una expresión acertada.

—Te diré una cosa, aquí puedes tener algún problema si quieres imponer esa norma. Muchos de los hombres que trabajan aquí se amamantaron con Guinness, y para ellos es tan inocua como la leche materna.

—A mí también me gusta, pero si un hombre o mujer trabaja para mí, se tendrá que conformar con la leche materna.

—¡Ah!, eres un tipo duro, Trevor Magee —lo dijo entre risas—. Cuéntame, ¿qué te parece tu casa?

—Me encanta, es cómoda, funcional, tranquila y tiene unas vistas sobrecogedoras. Es lo que buscaba, así que te agradezco que me la proporcionaras.

—No hay de qué. Es de la familia. Creo que Shawn envidia la cocina que tiene. Todavía falta mucho para que la casa que nosotros nos estamos haciendo esté terminada. Siquiera habitable —añadió como si fuese uno de los temas de discusión—, pero me concentraré en la cocina durante mis días libres, así estará más contento.

—Me gustaría verla.

—¿En serio? —Brenna inclinó la cabeza con un gesto de sorpresa— Puedes venir cuando quieras. Te daré la dirección. ¿Te importa que te diga que no esperaba que fueses un hombre tan simpático como pareces?

—¿Qué esperabas?

—Un tipo más... tiburón. Espero que no te ofenda.

—No me ofende, y depende de las aguas en las que nos movamos. —Levantó la mirada y su rostro se animó al ver a la mujer de Aidan acercarse. Se dispuso a levantarse y apartarle una silla, pero Jude lo detuvo.

—No, no me quedo, pero gracias —apoyó una mano en la tripa de embarazada—. Hola, soy Jude Frances y hoy seré vuestra camarera.

—No deberías estar llevando bandejas en ese estado.

Jude suspiró mientras sacaba la libreta.

—Me recuerda a Aidan. Me siento cuando me canso, y no llevo nada pesado. Sinead no puede hacerlo todo sola.

—No te preocupes, Trevor. Mi queridísima madre estaba recolectando patatas el día que nací, y volvió para asarlas después del parto. —Brenna se rió al ver la cara de Trevor—. Bueno, a lo mejor no fue así, pero me jugaría lo que fuese a que podría haberlo sido. Si no te importa, Jude, tomaré la sopa del día y un vaso de leche —añadió con una sonrisa burlona dirigida a Trevor.

—Yo tomaré lo mismo —dijo él—, y el emparedado.

—Una magnífica elección. Volveré en un instante.

—Es más fuerte de lo que parece —dijo Brenna cuando Jude se dirigió a otra mesa—. Y más cabezota. Ahora que ha conocido a su director, por decirlo así, trabajará más para demostrar que puede hacer lo que le has dicho que no haga. Aidan no dejará que se pase, te lo prometo. La adora.

—Ya me he dado cuenta. Parece que los hombres Gallagher quieren mucho a sus mujeres.

—Será mejor que lo hagan, o sus mujeres los apañarían —Brenna se sentía tranquila, se reclinó en la silla y se quitó la gorra. Los rizos rojos cayeron como una cascada—. Entonces, ¿no te parece todo demasiado... rústico? Después de vivir en Nueva York...

Trevor se acordó de las obras en las que había trabajado: derrumbamientos de tierra, inundaciones, calor sofocante, gamberrismo y sabotajes.

—En absoluto. El pueblo es exactamente como me lo imaginaba después del informe de Finkle.

—¡Ah!, Finkle. —Brenna recordaba muy bien al enviado de Trevor—. Ése sí era un hombre que prefería las comodidades de la ciudad. Pero tú no eres tan... especial.

—Puedo ser muy especial. Por eso he aprovechado la mayoría de tus diseños para el proyecto del teatro.

—Vaya, eso es un piropo encubierto y muy bonito. —Nada le habría podido complacer más—. Supongo que me incliné más por lo personal. Me gusta especialmente la casa de campo de Faerie Hill, donde vives, y no estaba muy segura de que te fuese a gustar. Me imaginaba, supongo, que un hombre con tu formación y recursos preferiría el hotel del acantilado, con servicio y restaurante.

—Las habitaciones de los hoteles se hacen opresivas y me pareció interesante quedarme en la casa donde nació, vivió y murió la mujer que estuvo prometida con uno de mis antepasados.

—La vieja Maude era una mujer excepcional, una mujer sabia. —Brenna no apartaba los ojos de Trevor mientras hablaba—. Su tumba está cerca del pozo de san Declan, ahí la puedes sentir. No es la mujer que hay en la casa ahora.

—Entonces, ¿quién es?

Brenna arqueó las cejas.

—¿No conoces la leyenda? Tu abuelo y tu padre nacieron aquí, aunque tu padre era un niño cuando se fueron a Estados Unidos. Sin embargo, volvió después de muchos años. ¿Ninguno de los dos te contó la historia de lady Gwen y el príncipe Carrick?

—No. ¿Así que es lady Gwen quien se aparece en la casa?

—¿La has visto?

—No. —A Trevor no le habían contado leyendas y mitos cuando era un niño, pero tenía suficiente sangre irlandesa como para interesarse por ellos—. Pero hay un aire femenino, casi una fragancia, así que apostaría por ella.

—Y acertarías.

—¿Quién era?, creo que estoy compartiendo residencia con un fantasma y que debería saber algo sobre ella.

Brenna se dio cuenta de que no despreciaba el asunto ni mostraba una indulgencia burlona hacia lo irlandés y sus leyendas.

—Me vuelves a sorprender. Primero déjame que mire una cosa. Vuelvo enseguida.

«Fascinante», reflexionó Trevor, «tengo mi propio fantasma».

Ya había sentido cosas otras veces, en viejos edificios, en solares vacíos, en campos desiertos. No era el tipo de cosas que se comentan en un consejo de administración o cuando te tomas una cerveza con tus empleados después de una jornada agotadora. Sin embargo, aquel sitio era distinto, tenía un aire diferente. Quería saber más.

En aquel momento le interesaba todo lo relacionado con Ardmore y sus alrededores. Una buena historia de fantasmas podía atraer a tanta gente como un pub bien gestionado. Era una cuestión de ambiente.

Gallagher’s era el ambiente exacto que estaba buscando como antesala de su teatro. La vieja madera oscurecida por el tiempo, el humo y la grasa combinaban perfectamente con las paredes crema, el hogar de piedra y las mesas y bancos.

La barra era preciosa. De castaño envejecido, y los Gallagher la mantenían limpia y encerada.

La edad de los clientes oscilaba entre un niño de meses hasta el hombre más anciano que Trevor creía haber visto en su vida. Se sentaba en un taburete, en el extremo de la barra.

Había algunos más que tomó por lugareños por la forma de fumar y beber a sorbos, y otros, el triple aproximadamente, que sólo podían ser turistas, con la bolsa de la cámara debajo de la mesa y los mapas y guías encima.

Las conversaciones eran una mezcla de acentos, pero predom ...