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CORBATTA

Alejandro Wall  

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Fragmento

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El 22 de noviembre de 2015, en Benito Juárez, una ciudad al sur de la provincia de Buenos Aires, apareció un muerto. Sin saber que estaba ante una revelación, Marcela Correa leyó en voz alta el nombre que figuraba con el orden 001 en el padrón de votantes:

—Corbatta, Oreste O.

Era un domingo de elecciones presidenciales en la Argentina. Marcela, una maestra de 48 años a la que le había tocado ser autoridad de la mesa 11 en la Escuela Técnica Nº 1, lo único que pretendía saber era cuántas personas quedaban por votar. No le había llamado antes la atención, pero cuando en ese momento de la tarde leyó el primer nombre de la lista, uno de los fiscales, Mario Cortez, quince años mayor, se sorprendió:

—¿Oreste Corbatta? ¿Corbatta? Corbatta era un jugador de fútbol, pero murió hace mucho tiempo.

Marcela no tenía idea de quién era Corbatta y tampoco le interesaba el fútbol. En ese instante, le salieron las preguntas más básicas. ¿Y si alguien quería votar con ese nombre? ¿Y si no era el Oreste Corbatta que creían? ¿Y si se trataba de un homónimo? Pero Oreste Corbatta, con Documento Nacional de Identidad 4.855.786 y domicilio en Moreno 228, no era un homónimo del futbolista.

Era Corbatta, el wing derecho, el mito.

—Apenas me contaron que podía ser un muerto llamé al fiscal general de la escuela para avisarle sobre la cuestión porque no sabía qué hacer. Me quedé atenta por si venía Corbatta —me dijo Marcela, por teléfono, en marzo de 2016.

Corbatta había llegado a Benito Juárez, una localidad de 14 mil habitantes a unos 400 kilómetros de la ciudad de Buenos Aires, en 1975. Ya no era el malabarista de Racing, Boca, el Deportivo Independiente Medellín de Colombia y la Selección argentina. No había gloria. Corbatta era un mito perdido en la geografía de la pampa bonaerense. Lo llevaron tres empleados de un sembradero de frutas después de encontrarlo como un vagabundo en la provincia de Río Negro, donde había jugado para pequeños equipos durante los últimos cuatro años. Defensores de Mariano Moreno, un club de la Liga Juarense, el sótano del fútbol profesional, lo contrató a cambio de una pieza en la que solo cabía una cama. No podía cocinarse y no tenía plata. Si en esos días no pasaba hambre era porque Tulio Fauret, un vecino que colaboraba en la comisión directiva del club y que pronto se convertiría en su amigo, le acercaba comida.

—Había venido sin nada —me relató Tulio, a los 75 años, desde Benito Juárez en abril de 2016—. Empecé a averiguar para sacarle el documento pero salía muy caro. Había que traer unos papeles desde La Plata. Al final, los trajo mi hermano, que viajaba seguido a Buenos Aires. Así que le hicimos el DNI y lo anotamos en la dirección que teníamos entonces, Moreno 228.

En esa dirección vivía Tulio con su padre y un hermano. Ahí vivió Corbatta cuando ya no tenía sentido que llevaran la comida a la pieza: podía quedarse con ellos, ser uno más de la familia Fauret. De sus tiempos como fiscal en elecciones durante la década del 90, Tulio Fauret se guardó la hoja de un viejo padrón en el que Corbatta figuraba con esa dirección después de morir a los 55 años, el 5 de diciembre de 1991.

Que hubiera personas fallecidas no era una novedad. Pero en noviembre de 2015 habían pasado casi veinticuatro años desde la muerte de Corbatta. Gustavo Díaz, un periodista de FM Sol, una radio local, le sacó una foto al padrón y la subió a las redes sociales. El nombre de Corbatta, un futbolista que nunca imaginó Twitter, se viralizó como el muerto que podía votar. En algunas publicaciones de internet se instaló la sospecha de que alguien, haciéndose pasar por él, había colocado el sobre en la urna porque, en la revisión del Registro de Infractores al deber de votar —un acto obligatorio en la Argentina—, Corbatta no figuraba como transgresor.

—Eso es porque el registro contiene a las personas que están obligadas, mayores de 18 años y menores de 70. Corbatta tendría que ser mayor —me explicó en un correo electrónico Alejandro Tullio, que hasta esas elecciones estaba a cargo de la Dirección Nacional Electoral.

Corbatta, que habría cumplido 80 años el 11 de marzo de 2016, no fue a votar ese 22 de noviembre de 2015. A las seis de la tarde —antes de abrir la urna para comenzar a contar los votos de la final entre los candidatos presidenciales Mauricio Macri y Daniel Scioli—, Marcela Correa, la presidenta de mesa, tachó el nombre del jugador, como el de todos los ausentes.

—Ese día Corbatta no votó —juró Marcela— pero, según contaron, una vez anterior sí lo hizo. Ahora, eso ya no lo te puedo confirmar.

Aunque podía estar ante una historia de denuncia periodística, un eventual fraude electoral que además incluía a una vieja figura del fútbol argentino, lo que el episodio me reveló fue que estaba tras los pasos de un fantasma. El día en que Corbatta apareció en las noticias por figurar en el padrón de Benito Juárez, en noviembre de 2015, yo llevaba tres años haciendo la investigación para este libro. Nunca antes se me había presentado tan cabalmente —tan espectralmente— como esa vez. Corbatta, el wing derecho, era una sombra que yo perseguía para reconstruir un pasado pero que actuaba sobre el presente.

¿Y qué es el pasado sino otra forma del prese

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