Loading...

CRECIENTE TENTACIóN (LOS SHADOW SHIFTERS 1)

A. C. Arthur

0


Fragmento

ÍNDICE

Portadilla

Índice

Dedicatoria

Glosario de términos y nombres propios

Prólogo

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Capítulo 26

Capítulo 27

Capítulo 28

Capítulo 29

Capítulo 30

Epílogo

Notas

Sobre la autora

Créditos

Grupo Santillana

PARA KATHY JENKENS

ALGUNAS PERSONAS SOLO ESTÁN

EN TU VIDA UNA TEMPORADA,

Recibe antes que nadie historias como ésta

PERO TIENEN UN EFECTO PERMANENTE.

GLOSARIO DE TÉRMINOS Y NOMBRES PROPIOS

01.jpg

TRIBUS DE SHADOW SHIFTERS

Acordado: el despertar; la primera transformación de un Shadow Shifter.

Companheiro: pareja.

Companheiro calor: el aroma que comparten las parejas.

Croesteriia: los guepardos.

Curandero: el sanador espiritual y médico de las tribus.

Ètica: el Código Ético de los Shadow Shifters.

La Asamblea: tres veteranos de cada tribu que forman el consejo de gobierno de los Shifters en el Gungi.

Rogues: Shadow Shifters que han dado la espalda a las tribus y se niegan a cumplir la Ètica, en un esfuerzo por convertirse en una especie distinta.

Topètenia: los jaguares.

Unión: el vínculo entre Shifters emparejados.

Veteranos: miembros más antiguos de la tribu.

PRÓLOGO

01.jpg

Podía olerla.

El aroma era atrayente, seductor y se fundía con algo más. Miedo.

Era el miedo lo que lo impulsaba a seguir adelante. El saber que algo iba mal. Sus pasos silenciosos lo condujeron hasta la monumental oscuridad entre dos edificios. El aire estaba húmedo y denso por las tormentas de verano que habían descargado durante el día. El suelo estaba mojado y resbaladizo, plagado de pequeños charcos mientras atravesaba la sobrecogedora oscuridad.

Ella intentó gritar.

El sonido fue silenciado, pero él lo escuchó. Todo su cuerpo se puso tenso; cada músculo, cada ligamento quedó totalmente inmóvil mientras localizaba el sonido. El grito de una mujer. La rabia le hirvió por dentro, se expandió por sus venas en fuertes oleadas. El felino que llevaba en su interior rugió, presionó hacia la superficie con una ferocidad casi irreconocible.

No estaba en la selva, donde podía correr libre, cazar y ser cazado. No estaba bajo la profunda bóveda verde del bosque tropical de denso follaje y cortinas punzantes de fría lluvia que empapaban su cuerpo. No, se encontraba en las calles de Washington DC, en la ciudad que había considerado su hogar durante toda su vida adulta. El hogar de su mitad humana.

Esta necesidad de luchar, de dejar al felino emerger libremente, no era nueva, pero resultaba extraña en ese lugar y en ese momento. Sin embargo, mientras seguía avanzando, el felino se estiró, sus músculos se contrajeron y fijó la mirada; la lucha sería inevitable.

Siguió adelante; necesitaba hacer uso de todas sus fuerzas para dominar al animal que llevaba dentro. Una brisa cálida se filtró a su paso, lo golpeó en la cara y le acercó el aroma de la chica. Sus fosas nasales se ensancharon a la vez que sentía un cosquilleo en los dedos, que se movían y le quemaban con las garras cerca de la superficie.

Su vista era aguda. Incluso en la oscuridad las sombras que tenía delante tomaron forma: un hombre, grande, enfadado, decidido. La mujer (cuyo aroma le recordaba a otro momento, a otro lugar) yacía en el suelo mojado con el hombre encorvado sobre ella. El extraño hombre estaba entre sus piernas; ella tenía la falda subida, las medias y la ropa interior desgarradas, lo que la dejaba desnuda a la vista de todos. Él le sujetaba las manos sobre la cabeza, inmovilizándole las muñecas con una de sus fuertes manos mientras la otra violaba su cuerpo. Cada vez que la tocaba ella se retorcía, intentaba liberarse y gritar, pero tenía algo metido en la boca que enmudecía el sonido.

El felino se abrió paso a zarpazos hasta la superficie y arañó la barrera que había creado para mantenerse oculto. Iba en contra de sus leyes, en contra de todo en lo que creía. No podía dejarse ver por un humano, sin duda significaría el principio del exterminio de su especie. Pero tampoco podía abandonarla a su triste suerte. No se iría sin ayudarla. Esa también era su ley: las mujeres debían ser protegidas a toda costa. Era eso y la dolorosa familiaridad de su aroma lo que le hacía seguir adelante. No estaba ignorando por completo la doctrina de Ètica, sino adaptándola a su voluntad.

La bestia se liberó violentamente con un rugido que hizo temblar los edificios de alrededor y resonó en la noche. Como si de una respuesta se tratara, el cielo se resquebrajó, vertiendo cortinas de lluvia gélida sobre él. Se deleitó con la sensación, el aroma, el sonido del bosque, y dio un salto hacia delante concentrando toda su atención en el hombre que yacía paralizado encima de la mujer.

El hombre no se movió, el muy idiota se quedó encima de ella como un animal que protege a su presa. Pero eso no era un problema. Su jaguar estaba suelto, tenía hambre de pelea y veía que tenía ante él una batalla fácil. Sus huesos se estiraron y amoldaron mientras se quitaba la ropa, que le cayó hasta las rodillas, los músculos y los tendones en movimiento, transformándose. Si la mujer era la presa de ese hombre, entonces ya podía despedirse de ella. Lo que un jaguar cazaba lo mataba.

Cuando aterrizó sobre la espalda del desconocido, el jaguar abrió las fauces y le hundió los colmillos en la base del cráneo. El sonido se apagó en la garganta del violador, casi de la misma forma en que los gritos de socorro de la mujer se habían apagado en la suya. El jaguar se apartó, retrocedió sobre sus patas traseras y le quitó a la mujer de encima el cuerpo de ese hombre que ahora se estaba quedando sin vida. Cuando ya no hubo más movimiento, echó el cadáver a un lado; el cuerpo fue a dar contra un muro de hormigón húmedo con un golpe ensordecedor.

La rabia estalló cuando la bestia reconoció su exterminio. Esa era su primera víctima allí, en ese mismo lugar, desde aquel día. Desde aquella vez en que debió haber sido así de fuerte, en que debió haber defendido lo que era suyo pero no lo hizo. La culpa lo asediaba a diario, se le aferraba a la piel como el pelaje que ahora lo cubría. Era su segunda naturaleza, una parte de él que despreciaba pero que a la vez aceptaba. Nunca podría sentirse pleno a causa de ese pasado que no podía ni cambiar ni olvidar.

Al levantar su cabeza redondeada, el felino soltó otro rugido de angustia cuando el olor de la sangre humana se filtró en sus fosas nasales. Respiraba agitadamente y se le nubló la vista durante unos segundos de incertidumbre.

Entonces ella se movió. Detrás de él la mujer estaba intentando escapar, porque él, también, parecía ser su enemigo. Su miedo era una fragancia penetrante, mezclada con valor, un almizcle más fuerte que luchaba por vencer al pánico. Llenaba sus sentidos, lo impulsaba a darse la vuelta, a mirarla.

Esta vez la vio a través de sus ojos felinos. Ella lo miró con incredulidad, el terror multiplicado por un millón. Se arrancó la mordaza de la boca y dejó escapar un grito ensordecedor que le hizo retroceder.

El recuerdo fue rápido y doloroso, hirió tanto al hombre como a la bestia como si se tratara de una cuchilla caliente. El felino enseñó los dientes, dio un paso hacia ella e intentó darle un golpe, avergonzado. Ella saltó y él se encogió, incapaz de decidir cómo reaccionar correctamente bajo esa forma animal, casi reacio a volver a transformarse.

Una y otra vez intentó mitigar la bola de fuego que le sacudía el cuerpo, los sentidos. Su aroma era el mismo, su miedo era real y puro, pero en sus ojos vio algo más… ¿Lo había reconocido?

Imposible. No existían similitudes entre sus dos estados. Se lo estaba imaginando. Su bestia estaba mezclando señales, pero su hombre era más sensato. Además de la confusión interior, el secreto había salido a la luz. El jaguar que también era un hombre había dejado que ella lo viera, una humana.

Pero cuando se volvió otra vez hacia ella, para ver el miedo y la incredulidad en sus ojos una vez más, se había ido. La vio correr hacia la única salida del callejón. Podría haberla perseguido, sin duda la habría alcanzado. Quizá debiera haberlo hecho para asegurarse de que estaba totalmente a salvo. O de que iba a guardar silencio absoluto sobre lo que acababa de presenciar.

Pero no hizo nada.

Igual que entonces.

CAPÍTULO

1

01.jpg

DOS AÑOS DESPUÉS

Anoche volvió a suceder.

El sueño, eso es.

Con su habitual terror sombrío ese sueño había llenado la noche de una oscuridad sobrecogedora que seguía presente durante las primeras horas del día. Esta vez le había costado más de lo normal deshacerse del confuso recuerdo, como se demostró por lo tarde que entró a trompicones en la ducha.

Con la cabeza inclinada hacia atrás y los ojos cerrados, Kalina dejó que el agua caliente le recorriera la cara. Durante un segundo se vio de nuevo en aquel callejón, tirada en el suelo helado mientras la lluvia empezaba a caer. Aquellos minutos le habían parecido horas y el miedo a que le hiciera daño, a que la pudiera matar, se había convertido en parte de su existencia. El corazón le taladraba el pecho pero se negaba a abrir los ojos, se negaba a aferrarse a la ayuda que sabía que estaba ahí.

Fue hace años; ya debería haberlo superado. Había intentado convencerse a sí misma y a todas las personas de su entorno de que así era. Pero el sueño seguía repitiéndose. El hombre que le había salvado la vida aparecía en las sombras de la noche. Y también la bestia. Podía diferenciarlos, pero no sabía con certeza si debía hacerlo. Solo sabía que era una locura seguir teniendo un recuerdo tan vivo de aquella noche. Apenas recordaba el nombre del imbécil que la atacó y después murió, pero se acordaba de los ojos de la bestia.

El sueño siempre era el mismo, el que había tenido un sinfín de veces antes con el enorme felino negro que tanto la aterró.

Vale, a decir verdad, todos los felinos, hasta el rechoncho gato tricolor de su vecina de al lado, la señora Gilbert, la ponían nerviosa. Nunca le habían gustado los gatos, nunca. De pequeña cruzaba la calle cada vez que veía uno dirigirse hacia ella. No conocía la razón de esa aversión a los felinos: solo sabía que no le gustaba mirarlos ni oírlos.

Pero en su sueño hacía las dos cosas.

Escuchaba su rugido amenazante como si estuvieran en una caverna, el eco hacía que su cuerpo se estremeciese. Lo había visto, lo había mirado a los ojos amarillo verdosos, le había parecido incluso que le hablaba, y siempre se quedaba con la misma sensación de angustia. Aparte de su terror por el peligroso animal, la atracción era innegable. Su rugido era como un llanto desgarrado, una petición extrema de algo que ella no sabía si le podía dar. Eso era ridículo, claro, y normalmente le restaba importancia, diciéndose que lo verdaderamente importante era que siguiera teniendo ese sueño aterrador. O pesadilla, rectificó. Aun así, había algo que mantenía vivo en su mente el recuerdo de la bestia matando al gilipollas del camello de poca monta (al que se le había metido en la cabeza que su trato se debía cerrar con sexo en lugar de con buenos y limpios dólares americanos).

Las seis semanas de terapia durante su baja por enfermedad en el Departamento de Policía Metropolitana, y lo que parecieron sesiones interminables en las que se guardaba para sí sus verdaderos sentimientos, revelaron que despreciaba demasiado al traficante como para albergar emociones profundas sobre el ataque. El hecho de que de alguna forma se las arreglara para romperle el cuello y escapar quedaba bien en su historial laboral. Tan bien que, dos años después del suceso, había recibido esta golosa misión secreta que podría sacar a la luz un emergente cártel de Sudamérica. Suponía que algo le tenía que agradecer al cabrón del traficante.

Bien pensado, quizá debería agradecérselo a la bestia, porque estaba claro que había sido el verdadero asesino. Algo que intencionadamente nunca le había contado a nadie, jamás. Nadie la creería. O peor, seguro que la habrían bajado de categoría y asignado un trabajo de oficina. O incluso la habrían despedido por loca. Y todo por lo que había trabajado, el tipo de vida y la seguridad que se había construido, se habría echado a perder. Ni se lo planteaba. Así que el gran felino de ojos sobrecogedores era su secreto, uno que nunca revelaría a nadie.

El agua caliente que caía por su cuerpo mientras se estiraba lánguidamente en la ducha casi la tentó a quedarse más tiempo, pero tenía un trabajo importante que hacer, de modo que decidió que ya iba siendo hora de salir de la ducha.

Acababa de atarse el cinturón de la bata y de abrir la puerta del baño cuando escuchó el timbre. Era muy pronto para tener visita, así que mientras atravesaba en silencio la sala de estar para ir a abrir la puerta, supuso que sería la señora Gilbert, que iba a pedirle algo prestado.

En el momento en que su mano tocó el pomo Kalina sintió algo. Un cosquilleo por la espalda, como un aviso que la hizo detenerse. Tras girar el pomo, abrió y se sorprendió al ver a un hombre y no a la señora Gilbert.

—Buenos días, traigo una carta para Kalina Harper. ¿Es usted?

Aunque los labios del hombre se movían, ella no lo escuchaba; estaba más pendiente del calor que aumentaba en su cuerpo. De repente la bata le picaba en la piel; se le erizaron los pezones y sintió un escalofrío. Fue de lo más extraño, como un torrente de excitación o de conciencia repentina de su feminidad.

—Oh. —Se aclaró la garganta y se cerró la bata—. Sí, soy yo. Gracias.

Él sujetaba un sobre con el brazo extendido. Kalina se acercó a cogerlo. Sus dedos se tocaron y su mirada capturó la de la joven. Era alto y delgado, su piel de color oliva, sus ojos oscuros. Más oscuros de lo que había visto nunca.

—De nada —dijo él, y una lenta sonrisa empezó a formarse en su cara.

Kalina apartó la mano, dio un paso atrás y cerró la puerta. Sus ojos eran diferentes y su sonrisa era…, no lo sabía bien. Todo había sido muy extraño.

—No, tú eres la rara —se reprendió a sí misma.

Todos esos recuerdos de bestias en la noche y felinos al otro lado del pasillo hacían que se asustara de su propia sombra. No tenía tiempo para esas tonterías; ya llegaba tarde. Y si se retrasaba no iba a quedar muy bien ante sus superiores.

Se vistió deprisa y salió de su apartamento directa a la oficina, a la que llegaría media hora después. Este era su mundo, en el que era una importante agente de la ley cuyo trabajo contribuía a mejorar las vidas de los demás. Este era su propósito, un propósito que nunca habría soñado que alguna vez llegaría a tener en la vida. Pero así era. Hacía tiempo que había dejado de ser la huérfana a quien nadie quería ni aceptaba, que vivía dando tumbos de un hogar de acogida a otro. No, ahora estaba exactamente donde quería estar. Si últimamente había sentido la candente necesidad de algo más, eso no importaba. No había nada más, al menos para ella. Intentar alcanzar lo imposible era una pérdida de tiempo, una distracción que no se podía permitir. Nada aparte de su compromiso con su trabajo era importante.

El sobre que había recibido esa mañana, sin embargo, lo podría ser. Así que entró en el aparcamiento, aparcó el coche y lo abrió.

Algo cayó en su regazo. Era una foto. Al darle la vuelta, Kalina sintió que se le paraba el corazón unos segundos para luego ponerse a latir alocadamente en su pecho. Era una foto suya tomada la noche que la atacaron. De hecho, recordó mientras seguía mirando la foto, parecía haber sido tomada justo antes de que se produjera el ataque.

Cinco minutos, eso era todo lo que se iba a permitir. Cinco minutos para preocuparse, incluso asustarse un poco. Con la frente apoyada en el volante, respiró profundamente. No iba a pasar, el miedo no iba a dirigir sus actos. Otra vez no.

Transcurrieron otros quince minutos hasta que Kalina atravesó las puertas de cristal de Reynolds & Delgado, el nombre escrito en mayúsculas justo encima del mostrador de recepción. La decoración era elegante, suntuosa pero no exagerada, profesional pero sin ser aburrida. Caminó por el lustroso suelo de madera hasta la recepción vacía, atravesando un arco que daba paso a la alfombra azul oscura que silenciaba el sonido de sus tacones.

Contabilidad se encontraba al final del pasillo a la derecha, en el quinto piso del edificio Reynolds situado en el centro de la ciudad. Los pisos sexto y séptimo también albergaban a miembros del despacho, mientras que los primeros cuatro estaban reservados para aparcar y los últimos siete los ocupaban arrendatarios. Su escritorio se situaba justo enfrente del despacho del director financiero, pues su puesto era el de técnico de facturación. Esto significaba que procesaba todos los gastos de la empresa. Era exactamente donde necesitaba estar para rastrear el dinero que salía hacia Sudamérica. Todos los cursos nocturnos que había hecho de economía, finanzas y contabilidad por fin habían dado sus frutos.

Cuando se acomodó en su escritorio ya había empezado a convencerse a sí misma de que la foto era algún tipo de broma. Tal vez de sus compañeros de trabajo de la comisaría, ya que en la unidad de narcóticos siempre habían tenido un sentido del humor bastante macabro. Satisfecha con su improvisada explicación, puso el bolso en el cajón y encendió el ordenador.

Mientras esperaba a que el ordenador se pusiera en marcha, se le secó la garganta. Era como si su lengua fuera demasiado gruesa para su boca; incluso las muelas le dolían un poco. Esta era otra de las cosas inexplicables que le pasaban desde hacía un par de semanas, otro asunto extraño que se negaba a considerar importante. Se levantó y decidió que un café le vendría bien para empezar. Dan Mathison, el director financiero y su jefe directo, no llegaría hasta dentro de una hora, y los otros dos miembros del departamento todavía no estaban allí, así que aún tenía tiempo.

—Para mí que es el hombre más sexy del mundo —dijo con un suspiro Pam Winston, la recepcionista de la quinta planta.

Cuando entró en la oficina hacía unos minutos Pam no estaba en su puesto de trabajo; al verla ahora, Kalina aceleró el paso con cierto temor a medida que se acercaba a la recepción.

—Como mínimo el más sexy de la ciudad —continuó Pam.

—Sí, señora, estoy totalmente de acuerdo. —Esta era Ava Jackson, la asistente legal del departamento de patrimonios y fideicomisos, que trabajaba en el otro lado de la planta.

Casi siempre que Kalina iba a la cocina veía a las dos mujeres hablando en el mostrador de recepción. Odiaba tener que pasar por esa zona para llegar a la cocina y a su deseado café. Los cotilleos de la oficina eran otra de las cosas que hacían de esa misión en particular un dolor de cabeza. Y siempre que pasaba por delante de esas dos estaban hablando de hombres. Hoy no era diferente.

—Pero está muy enfadado todo el tiempo —estaba diciendo Ava.

—Yo no diría enfadado, solo que es un poco gruñón. —Pam reflexionó un segundo—. De todas formas, es el jefe, así que puede permitirse actuar como quiera. Y sigue siendo guapo. ¿Lo has visto ya esta mañana?

—Mmm. ¿Qué lleva hoy? —preguntó Ava a la vez que sus ojos con lentillas grises se agrandaban.

—El traje azul marino, el de rayas —dijo Pam, mientras cogía del montoncito del correo un sobre que debería estar abriendo y distribuyendo pero que en cambio utilizaba para abanicarse.

—Y la corbata azul claro con la camisa blanca almidonada. Chica, así es como lo veo cada noche en mis sueños. Me encanta cuando lleva ese traje. ¡Me encanta!

Las dos se echaron a reír cuando Kalina se dispuso a pasar por delante mientras pensaba que desearía soñar con un hombre en vez de con un felino. Ese trabajo no iba a ser permanente, así que hacerse amiga del personal, de esas empleadas en particular, no era un requisito. Aun así, intentaba ser lo más cordial posible, a pesar de que al oír sus cotilleos incesantes le daban ganas de sacarles los ojos.

—Buenos días, señoritas —dijo con una sonrisa que era tan falsa como la que le dedicaron las dos mujeres.

Pam era una mujer corpulenta que le prestaba muchísima atención a la ropa, el pelo, las uñas y el maquillaje. Siempre iba impecable y, tal como había observado Kalina, todo lo que llevaba hacía juego, hasta las puntas de sus uñas postizas. Hoy el color era el naranja, y no habría estado mal si el conjunto hubiera sido más discreto; pero ese era siempre el problema de Pam: su estilo era demasiado recargado. Entonces cogió uno de sus rizos negro azabache entre los dedos y empezó a darle vueltas, de modo que las uñas postizas chasqueaban al tocarse entre sí.

—Buenos días, Kalina.

Era un simple saludo, pero Kalina detectó cierto tono de impertinencia. Lo ignoró e intentó seguir caminando.

—Entonces ¿a ti qué te parece? —le preguntó Ava, vestida con un traje pantalón blanco de lino y con unos tacones de aguja de color turquesa que eran más apropiados para una barra de striptease que para la oficina.

—¿Perdón?

—Como eres nueva, nos preguntábamos qué te parece el jefe —le explicó Pam.

—¿Cuál? —preguntó distraída, como si no hubiera escuchado su conversación.

Ava asintió con la cabeza.

—El señor Delgado está muy bien, también, pero estábamos hablando del señor Reynolds.

—Creo que los dos son unos abogados fantásticos.

Los labios pintados de color melocotón de Pam esbozaron una sonrisa mientras Ava dijo entre dientes:

—Sí, claro.

Kalina no se quedó allí lo suficiente como para oír el resto de la conversación, y no podía importarle menos lo que pensaran de ella. O lo que pensaran de Roman Reynolds. Puede que fuera su jefe, pero era su sospechoso. Y punto.

Cuando se encontró nuevamente frente a su escritorio con un café humeante en la mano, se reprendió a sí misma por pensar en el hombre alto, de piel morena, ojos color de medianoche y complexión de jugador de fútbol americano. Mientras sus dedos se movían sobre el teclado, ignoró la tensión entre sus muslos al imaginarse sus labios sensuales, sus brazos fuertes y sus manos grandes.

Había investigado mucho sobre Roman Reynolds, que tenía treinta y cinco años, era soltero e indecentemente sexy. Era conocido por ser una persona introvertida, con una enorme cuenta corriente y cientos de mujeres compitiendo por su atención. Era un abogado litigante de éxito que vivía en el distrito de Forest Hills y conducía un elegante Mercedes deportivo GL550 negro.

Además, a fin de cuentas era su sospechoso, no su amante. Por mucho que fantaseara con lo otro.

Había personas que nacían para sufrir. El bien o el mal no importaban demasiado. El resultado final era lo importante.

Roman Reynolds suspiró, se sentó en su silla de respaldo alto de cuero y miró las calles de Washington por la ventana. Se preguntaba si era allí donde debía estar.

Había llegado muy lejos en sus treinta y cinco años de vida. Había pasado muchas dificultades y sentía, muy dentro de sí, que aún tendría que pasar muchas más. La responsabilidad que caía sobre sus hombros era muy grande, empezando con la muerte de sus padres hasta llegar a la idea de futuras muertes. Dependía de él hacer algo, proteger a las personas que le importaban, poner fin a la locura. Rome no se tomaba esta responsabilidad a la ligera.

Para desgracia de quienquiera que fuese su enemigo.

El trabajo era su vida, y había dedicado su vida a la seguridad de su gente. Si hubiera tenido elección, las circunstancias serían distintas. Pero no la tuvo y así estaban las cosas.

—¿Querías verme?

La voz que lo devolvió a la realidad era la de Dominick Delgado, su socio y mejor amigo. Al girarse y ver a Nick en la puerta de su despacho, Rome asintió con la cabeza.

—Entra y cierra la puerta.

No iban a hablar de asuntos del despacho de abogados y Rome no quería que algún empleado entrara y los escuchara.

—¿Qué pasa? —preguntó Nick mientras andaba con firmeza por el suelo enmoquetado y se sentaba en una de las sillas reservadas a las visitas. —¿Alguna noticia más sobre los ataques?

El senador Mark Baines y su hija habían sido asesinados tras salir de un acto benéfico para recaudar fondos hacía tres semanas. Los cuerpos, que encontraron dos días después de que se denunciara su desaparición, estaban mutilados. La noticia había inquietado a Rome y convertía a otros Shifters en sospechosos.

—Rogues —dijo Nick sin más—. Lo he consultado con otros líderes de Facción y están denunciando casos similares en sus zonas. Definitivamente están interviniendo.

Rome suspiró. Esta noticia no le sorprendía. Pero no era lo que quería escuchar. Conocían a los rogues, todos los líderes de Facción de todas las zonas horarias los conocían. Eran un grupo de Shifters, desertores de todas las tribus, que en vez de intentar vivir en paz entre los humanos se creían una especie superior. Querían dinero y poder y desde hacía tiempo habían llevado su movimiento rebelde contra la Asamblea y las tribus fuera del bosque.

—¿Los tenemos identificados?

Nick se encogió de hombros.

—Suposiciones. Nada definitivo. Pero esto podría ser un problema.

—Podría ser un gran problema. ¿Alguna idea de cómo cortarlo lo antes posible?

—Encontrarlos y matarlos —dijo Nick con frialdad.

—Haces que parezca muy fácil eso de matar gente.

Su amigo se encogió de hombros.

—Instinto de supervivencia. Eso es todo. Tenemos que ser un frente unido o no seremos nada en absoluto. No sé tú, pero yo estoy a favor de despertarme cada mañana y respirar libremente.

—Es así de serio. —Era una afirmación, no una pregunta, porque Rome sabía que lo que su viejo amigo estaba diciendo era categóricamente cierto—. Nuestros padres afrontaron este problema con valentía y pusieron las cosas en su sitio. Quizá deberíamos seguir sus pasos.

Los padres de Nick habían muerto, justo igual que los de Rome. Fallecieron en un accidente de coche hacía unos cinco años. Nick no hablaba mucho de ello y Rome entendía el porqué, así que normalmente no sacaba el tema. Los dos tenían pasados oscuros, secretos que probablemente era mejor dejar ocultos. Pero si desenterrar alguno de esos viejos asuntos podía ayudar a solucionar el problema, no tenían elección.

—No sé si fueron por el buen camino. Quiero decir, ¿intentar crear una especie de democracia entre las tribus, un sistema penal para una especie que ni siquiera se supone que existe? No veo cómo puede funcionar eso.

No podía ver más allá de la ira, eso era lo que básicamente estaba diciendo Nick. Rome lo conocía demasiado bien. Sus padres lo habían decepcionado y Nick no podía olvidarlo; por eso aún estaba enfadado con ellos, a pesar de que ya habían muerto. Mientras respiraba profundamente, Rome consideró cómo proceder. Nick y él tenían muchas cosas en común; la profundidad de su dolor solo era una de ellas.

Aunque Rome no estaba enfadado con sus padres, había secretos que no habían compartido con él, cosas que le hubiera gustado saber antes de que murieran. No podía recuperarlos, no tenía acceso a ninguna línea telefónica con el más allá para llamarlos. Todo lo que podía hacer era seguir adelante. Algunos días era más difícil que otros. Hoy estaba intentando que fuera lo más fácil posible.

—Es hora de actuar, y nos convendría tener algunas directrices que seguir —dijo finalmente.

—Tenemos la Ètica —fue la respuesta de Nick.

El código ético de los Shifters, conocido tradicionalmente como la Ètica, era su Declaración de Derechos, por así decirlo. Resumía todo lo que podían y no podían hacer como Shifters. El código fue un mandato de la Asamblea, formada por tres veteranos de cada tribu que constituían un consejo de quince miembros. El mayor problema era que vivían en las profundidades del bosque tropical brasileño, en el apartado Gungi. Las normas y limitaciones que se aplicaban a la vida en el bosque no eran demasiado útiles para la vida convencional que Rome y otros líderes de Facción estaban intentando llevar.

—Creo que necesitamos algo más.

—¿Así que quieres seguir donde nuestros padres lo dejaron? ¿Intentar construir una especie de gobierno para nosotros? ¡No somos como ellos, Rome! ¡No somos humanos!

La ira de Nick era evidente, y cualquier otro día Rome la podría haber compartido con él. Pero esa mañana estaba intentando mantener la concentración; quería impedir a toda costa que sus tumultuosas emociones gobernaran su buen criterio. Si los rogues planeaban algo, solo una cabeza fría podía mantener vivos a los suyos frente a la amenaza. Un plan bien pensado y perfectamente ejecutado podría ayudarlos a alcanzar la unidad que deseaban. Ese era el estilo de Rome, tranquilo, frío y excesivamente sereno. Podía ser peligroso, y así era normalmente si lo provocabas, pero había sido precisamente la manera delicada y a la vez implacable de solucionar sus problemas lo que le había hecho ganarse el título de «litigante letal».

La idea de que hubiera unos Shifters rebeldes le gustaba tan poco como a Nick, pero no quería tener las manos manchadas de sangre; eso solo conduciría a lo que querían evitar desesperadamente: que los Shifters fueran expuestos y acusados de ser asesinos peligrosos, animales que no merecían convivir con los humanos.

—No levantes la voz, el despacho no está tan protegido como nuestras casas. Te entiendo, Nick. Sabes que sí. Pero no estamos en el bosque, tenemos que usar la cabeza y no solo nuestra habilidad para luchar y matar. Capturar a esos Shifters es la mejor opción. Averiguar cuáles son sus propósitos y si hay lugar para la negociación.

—¿Cómo vas a negociar con alguien que quiere el control? Quieren mandar, Rome. Ese es su propósito. Creen que son la especie dominante de la Tierra. ¿De verdad podemos permitirnos invitarlos a comer e intentar disuadirlos? —Nick hizo una pausa; luego añadió—. No olvidemos que son los responsables de la muerte de tus padres.

Ese comentario fue una puñalada mortal. Y Nick lo sabía. No había nada, absolutamente nada, que Rome deseara más que encontrar al rogue que mató a sus padres.

Vance y Loren Reynolds habían sido brutalmente asesinados y Rome sospechaba que la causa de su asesinato había que buscarla en sus actividades, en lo que estaban intentando hacer entre los Shifters. Algunos de los viejos documentos que había encontrado (notas de reuniones con veteranos y otros líderes de Facción) le habían llevado a creer que sus padres y sus ideas de democracia entre los Shifters habían influido en algunas personas de una forma equivocada. Y seguía tan cabreado como hacía veinticinco años, cuando ocurrieron los asesinatos en el dormitorio de sus padres.

Él se había quedado escondido en un armario, impotente ante los hechos, sin poder hacer nada para salvar sus vidas. Una corriente continua de ira le hervía a fuego lento bajo la superficie de una piel, la de abogado de éxito, que tenía que mostrar cada día de su vida. Se vengaría de los asesinos de sus padres, no tenía ninguna duda. Ese sería el momento, la ocasión en la que dejaría de lado el código moral que había aprendido como humano, la justicia que había estudiado en la Facultad de Derecho, y se convertiría en un cazador, en el jaguar asesino, tal y como era visto este animal por la gente.

Para Rome la venganza era un motivo para vivir y respirar, pero no podía dejar que dictara cada una de sus acciones.

—Sabes que eso no es lo que estoy sugiriendo. Y no te equivoques: cuando encuentre al rogue responsable del asesinato de mis padres, su muerte será lenta y muy dolorosa. Pero esa es mi batalla personal. Esa sangre solo manchará mis manos.

Nick negó con la cabeza.

—Es cosa de los dos —contestó—. Sabes que estamos juntos en esto.

Rome asintió con la cabeza pero no dijo nada.

Más muertes estaban en camino, tal como le había advertido su instinto. Esta batalla solo era el principio.

Y… Un momento. Inhaló profundamente. Exhaló con un poco más de inestabilidad de la que quería admitir. Algo más iba a venir, algo o alguien…

Llamaron a la puerta y antes de que dijera una palabra, antes de que Nick atravesara la habitación para abrir, Rome sabía quién era.

CAPÍTULO

2

01.jpg

Rome se empalmó al instante, el deseo le golpeaba por todas partes.

—Perdón —dijo ella en el momento en que se abrió la puerta—. Tengo unos cheques que necesito que firme y su ayudante no estaba en su mesa.

Detrás de su escritorio Rome se puso tenso y se pasó la lengua despacio por los dientes, que de repente estaban demasiado afiliados para ser humanos. Sus fosas nasales se abrieron mientras inhalaba, dejando que el aroma de la joven le impregnara todo el organismo.

Era ella.

Por dentro su felino rugió, saltó a la superficie como si también la conociera. Habían pasado dos años desde que la vio por primera vez. Había pensado en ella, demasiado para siquiera contemplar esa idea en este momento. Pensaba en ella, soñaba con ella, fantaseaba con ella. Pero no tenía ni idea de quién era o dónde había ido esa noche.

Ahora estaba aquí.

En su empresa, caminando por su despacho hacia él. Observó cómo andaba, sus largas piernas se acercaban a él, sus caderas curvilíneas se balanceaban con el vaivén de sus pasos. Sus pechos eran redondos, abundantes, hacían que sus manos se murieran por tocarlos. El vestido que llevaba envolvía su cuerpo, atado a un lado con una especie de fajín, y la tela acariciaba cada una de sus curvas como una suave melodía de jazz. El pelo, negro fundido con un color castaño rojizo, lo llevaba corto y de punta, lo que acentuaba los rasgos exóticos de su cara, la cara que le había obsesionado durante tanto tiempo. Su tez era del color de la miel, sus pómulos marcados y los labios gruesos. Sus ojos lucían el color de las hojas en otoño.

Y en este momento le estaba entregando un montón de cheques de su empresa.

—¿Trabajas aquí? —preguntó mientras se daba cuenta de la asombrosa estupidez de la pregunta—. ¿Cuándo te contrataron? —reformuló.

Ella paró en seco a solo unos centímetros de su mesa. Se miraron a los ojos, fijamente. Entonces ella se aclaró la garganta.

—Me contrató hace dos semanas el señor Mathison. Trabajo en contabilidad. Si firma estos cheques ya no le molestaré más —dijo mientras miraba fugazmente a Nick, que tenía a su vez los ojos fijos en Rome.

Llevaba dos semanas en la empresa y él no había percibido su aroma hasta ese momento. Contabilidad estaba en la quinta planta y el despacho de Rome en la séptima. Aun así, había estado muy cerca de ella durante catorce días y no se había dado cuenta.

¿Y por qué debería haberlo hecho? Esa mujer no era nadie especial, solo una más a la que había ayudado hacía mucho tiempo. No debería ser ningún indicador de que ella volvía a estar en su vida. No había que darle importancia. Él contrataba a cientos de personas, mujeres incluidas. Esta no era diferente.

Ahora estaba más cerca del escritorio, con el brazo extendido para darle los cheques. Él alargó la mano para alcanzarlos, dejando a propósito que sus dedos se rozaran, y la oleada de calor que enseguida sintió desde el brazo al resto del cuerpo lo dejó sin aliento. El calor y la lujuria eran tan intensos que apenas podía tragar, tan potentes que sus testículos se tensaron con la idea de liberarse. Su abultado miembro palpitaba con fuerza contra la cremallera, ansioso de entrar dentro de ella.

El brazo que tenía extendido se retiró rápidamente; primero lo llevó detrás de su espalda y luego hacia un lado, en un movimiento con el que intentaba demostrar control. Pero era un control apenas dominado, Rome lo podía percibir en sus ojos. Ella también se había acalorado, y estaba confundida. Rome respiró hondo y se resignó a no saber exactamente cómo se sentía la mujer.

Cogió un bolígrafo del portalápices situado a su izquierda y empezó a firmar los cheques. Mirarla estaba haciendo que se le pasaran por la cabeza todo tipo de cosas, las sensaciones le asediaban el cuerpo. La palabra «confusión» se quedaba corta.

—¿Qué te parece tu trabajo por ahora…? —preguntó Nick, haciendo una pausa para aludir al hecho de que no sabían su nombre.

Su respuesta fue rápida, su voz clara, casi melódica.

—Kalina Harper. Me gusta mucho. Nunca había trabajado en un despacho de abogados, así que está siendo una experiencia muy enriquecedora —respondió.

—Me alegro. Tendremos que ir a comer algún día —continuó Nick—. Procuro conocer a todos nuestros empleados. No puedo creer que no supiera que te habían contratado.

—Los cheques ya están —interrumpió Rome con brusquedad. Entonces se puso de pie, rodeó a la mesa y se detuvo delante de ella. Había tanta tensión que se podía cortar el aire a su alrededor. Ella cambió el peso de su cuerpo de un pie a otro. Cada tendón del cuerpo de Rome latía, el aroma de esa chica se filtraba por sus fosas nasales, entrando gota a gota en su organismo como una potente droga. Pero ni siquiera eso era suficiente para enmascarar la maraña de dolor que yacía en la distancia, el recuerdo del sufrimiento y miedo. Y algo más.

—¿Te gusta trabajar en contabilidad? —preguntó él.

Ella lo miró a los ojos de un modo casi desafiante mientras alargaba la mano para coger los cheques.

—Sí, me gusta.

Mentira.

Su especie podía oler una mentira o un engaño intencionado tan fácilmente como la excitación. Aunque claro, a la gran mayoría de los empleados no les gustaba su trabajo, trabajaran para él o para otra persona. Eso no era nada nuevo. Aun así, le preocupó.

—¿Me puede dar los cheques? —preguntó ella.

Rome sonrió. «Despacio, seductor, convincente», pensó él. Al extenderle los cheques mantuvo sus ojos fijos en los de ella. Había algo en esa mujer que le intrigaba, lo excitaba, hacía que la deseara. Completamente.

Y lo que Rome quería lo conseguía.

—Aquí tienes. —Sujetó los papeles con las dos manos y se aseguró de que tuviera que tocarlo para recogerlos. En el momento en que sus manos se acercaron él las cubrió, agarrándola con firmeza.

Ese urgente e intenso deseo por ella era casi doloroso. Pero fue la forma en que ella lo miró lo que realmente hizo que se quedara sin aliento. En ese momento sus ojos eran diferentes, el color ámbar se aclaró, y juraría que vio destellos de un tono amarillento, retazos de conocimiento.

¿Acaso sabía ella quién era? ¿Lo que era? Imposible.

—Encantado de conocerte —dijo él, mientras la soltaba con suavidad.

Ella dio un paso hacia atrás pero no apartó la mirada de él. Sus ojos parecían normales otra vez y se la veía más controlada.

—Igualmente —respondió ella antes de dar ...