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CRIMEN Y CASTIGO

Fiódor M. Dostoievski  

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Fragmento

Introducción

Cuando en 1866 se publicó la primera parte de Crimen y castigo en los números de enero y febrero de la revista de Mijaíl Katkov El Mensajero Ruso, alcanzó un éxito de público inmediato. El resto de la novela estaba aún por escribir, y su autor se enfrentaba a la pobreza y las deudas para cumplir unos plazos cada vez más apremiantes. No obstante, tanto él mismo como sus lectores percibieron que la obra poseía un impulso interior propio que se hallaba vinculado a la vez con los procesos inexorables del cambio social exterior y de un despertar espiritual interior. «La novela promete ser una de las mejores obras del autor de Memorias de la casa muerta», escribió un crítico anónimo.

El terrible crimen que constituye la base de esta historia se describe con una verosimilitud tan asombrosa, con unos detalles tan sutiles, que el lector se encuentra experimentando involuntariamente las peripecias de este drama con todos sus resortes y mecanismos psíquicos, atravesando el laberinto del corazón desde los inicios más tempranos de la idea criminal hasta su desarrollo final [...] Incluso la subjetividad del autor, que en ocasiones ha perjudicado a la caracterización de sus héroes, en este caso no produce daño alguno, ya que se centra en un solo personaje y está cargada de una claridad tipológica, artística en su naturaleza.

La aparición de las sucesivas partes de la novela supuso progresivamente todo un acontecimiento social y público. En sus memorias, el crítico N. N. Strájov recordaba que, en Rusia, Crimen y castigo fue la sensación literaria del año, «el único libro del que hablaban los adictos a la lectura. Y cuando se referían a él solían quejarse de su fuerza abrumadora y del efecto angustioso que ejercía en los lectores, hasta el punto de que aquellos con nervios de acero casi caían enfermos, mientras que los que tenían unos nervios débiles se veían obligados a abandonar su lectura». La novela contenía muchos aspectos «angustiosos». Aparte del análisis de la desdicha social y la enfermedad psicológica, impactante incluso para los lectores de la obra de Victor Hugo Los miserables, recientemente publicada y de la que Dostoievski obtuvo parte de su inspiración estructural y panorámica,[1] el libro parecía representar más un ataque contra el cuerpo estudiantil ruso, al que acusaba de aliarse con los jóvenes radicales y nihilistas violentamente opuestos al orden social y político establecido. En las primeras reseñas, los críticos liberales e izquierdistas, que percibían el paralelismo entre el crimen de la anciana y las conversaciones sobre asesinatos políticos que impregnaban el ambiente, vieron la novela como una virulenta aportación a la lluvia de literatura «antinihilista» que había empezado a aparecer en la década de 1860 y se lanzaron a la defensa de «las asociaciones rusas de estudiantes»: «¿Ha habido algún caso de un estudiante que cometa un crimen para robar?», se preguntaba el crítico G. Z. Yelisevev en el Contemporáneo.

Y aunque hubiese habido algún caso así, ¿qué demostraría eso sobre la actitud general de las asociaciones de estudiantes? [...] ¿No fue Belinski quien le hizo notar una vez a Dostoievski que lo fantástico tenía su lugar «en el manicomio, no en la literatura»? [...] ¿Qué diría Belinski acerca de esta nueva fantasía del señor Dostoievski, a consecuencia de la cual toda asociación de jóvenes se ve acusada indiscriminadamente de intento de robo con asesinato?

Este grito fue adoptado por un crítico anónimo en la revista Semana (que reflejaba normalmente un punto de vista liberal-conservador), quien escribió:

[...] teniendo en cuenta todo el talento del señor Dostoievski, no podemos pasar por alto esos síntomas melancólicos que en su última novela se manifiestan con especial fuerza [...] El señor Dostoievski está descontento con la generación más joven. Esa circunstancia en sí misma no es digna de comentarios. Desde luego, la generación en cuestión posee una serie de defectos que merecen una crítica, y exponerlos resulta encomiable en extremo, por supuesto siempre que se haga de forma honorable, sin lanzar la piedra y esconder la mano. Así lo hizo, por ejemplo, Turguénev cuando describió (cabe decir que con muy poco éxito) los fallos de la generación más joven en su novela Padres e hijos; sin embargo, el señor Turguénev desarrolló el asunto de forma limpia, sin recurrir a insinuaciones sórdidas [...] El señor Dostoievski no ha actuado del mismo modo en su nueva novela. Aunque no dice abiertamente que las ideas liberales y las ciencias naturales conduzcan a los jóvenes al crimen y a las chicas a la prostitución, de manera oblicua nos da la impresión de que así es.

El crítico nihilista D. I. Písarev, consciente como otros más de la vitalidad artística y de la absoluta e innegable actualidad de la obra, probó otro enfoque de acercamiento. Basando su crítica en una interpretación «social» de la novela, afirmó que Raskólnikov era un producto de su entorno y que la transformación radical de la sociedad que Dostoievski parecía reclamar no podía lograrse mediante la clase de cristianismo que ofrecía Sonia, sino mediante una acción revolucionaria, la construcción de una nueva sociedad. Casi en solitario, Strájov intentó atraer la atención de sus lectores hacia la dimensión trágica universal de la novela como parábola del modo en que un joven con talento, tras unos terribles sufrimientos personales causados por la sociedad, queda arruinado por las ideas «nihilistas» y tiene que experimentar un proceso de expiación y redención. Strájov señaló que Dostoievski trata con compasión a su héroe y comentó: «Esto no es una burla de la generación más joven, ni tampoco un reproche o una acusación; es un lamento por ella».

La famosa respuesta de Dostoievski al artículo de Strájov —«Es usted el único que me ha entendido»— ha continuado resonando a lo largo de los años, pues Crimen y castigo no ha dejado de presentar dificultades de interpretación. Incluso en la segunda mitad del siglo xx se escribieron estudios críticos acerca de la novela en los que las ideas fundamentales que la sustentan se ignoraban como expresiones de una ideología que el arte imaginativo del escritor «superó» o bien se distorsionaban hasta convertirlas en caricaturas irreconocibles de sí mismas. Así, por ejemplo, el crítico estadounidense Philip Rahv, en un ensayo que por lo demás arroja mucha luz sobre las fuentes y los antecedentes asociados con la novela, mantiene que «la fe de Sonia no se ha alcanzado mediante la lucha» y que «no le ofrece ninguna solución a Raskólnikov, cuya existencia espiritual es inconmensurable en comparación con la suya», y describe el epílogo del libro como «inverosímil y poco coherente con la obra en conjunto».[2] Aunque es cierto que es imposible alcanzar una comprensión definitiva de cualquier obra de arte debido a su infinitud, en el caso de Dostoievski es difícil evitar la sensación de que en muchos de los análisis críticos de su obra los factores operativos son de naturaleza ideológica y no puramente estética. Esto no es extraño, pues en las obras de madurez de Dostoievski el pensamiento y la imagen, la idea y la forma, están siempre entrelazados. Por todo ello, aún puede ser útil recapitular la «idea» original de Crimen y castigo tal como la concibió su autor.

Quizá la explicación más clara de las intenciones de Dostoievski al escribir la novela la dio el filósofo Vladímir Soloviov (1853-1900), que fue amigo de Dostoievski y en el verano de 1878 le acompañó en una peregrinación al monasterio de Óptina Pústyñ. En el primero de sus tres discursos conmemorativos (1881-1883, publicados en 1884) Soloviov expone el asunto con sencillez. En un análisis de Crimen y castigo y Los endemoniados escribe:

Pese a su riqueza de detalles, la primera de estas novelas tiene un sentido claro y sencillo, aunque muchos no lo hayan entendido. Su protagonista representa esa visión de las cosas según la cual el hombre fuerte es su único amo, y todo le está permitido. En nombre de su superioridad personal y de su creencia de que es una fuerza, se considera autorizado a cometer un crimen y, de hecho, lo ejecuta. Pero luego, de pronto, la acción que él consideraba una mera infracción de una ley externa sin sentido y un audaz desafío a los prejuicios de la sociedad resulta ser, para su propia conciencia, mucho más que eso; es un pecado, una infracción de la justicia moral interna. Su infracción de la ley externa recibe su legítimo castigo desde fuera en forma de exilio y trabajos forzados, pero el pecado interior de orgullo que ha apartado al hombre fuerte de la humanidad y le ha llevado a cometer el crimen, ese pecado interior de autoidolatría, solo puede redimirse con un acto moral interno de renuncia a sí mismo. Su confianza sin límites en sí mismo tiene que desaparecer frente a aquello que es mayor que él, y su justificación, creada por sí mismo, debe humillarse ante la justicia superior de Dios que vive en esas mismas gentes sencillas y débiles que el hombre fuerte veía como miserables insectos.

Soloviov ve el significado esencial de las primeras obras de Dostoievski, a quien le preocupan por encima de todo esas «gentes sencillas y débiles», como percepción de «la verdad antigua y eternamente nueva de que en el orden establecido los mejores (desde el punto de vista moral) son al mismo tiempo los peores en opinión de la sociedad, de que son condenados a ser pobre gente, humillados y ofendidos». No obstante, si Dostoievski se hubiese conformado con abordar este problema solo como objeto de ficción, mantiene Soloviov, no habría sido más que un periodista con pretensiones. Lo importante es que Dostoievski vio el problema como parte de su propia vida, como una pregunta existencial que exigía una respuesta satisfactoria. La respuesta no era nada ambigua: «Las mejores personas, al observar en otras y percibir en sí mismas una injusticia social, tienen que unirse, alzarse contra ella y recrear la sociedad a su manera». Con este fin Dostoievski se había unido a la conspiración de los petrashevistas; su primer e ingenuo intento de hallar una solución al problema de la injusticia social le llevó al patíbulo y a una condena a trabajos forzados. En medio de los horrores de la «casa muerta» empezó a revisar sus nociones sobre una revuelta que no era necesaria para el pueblo ruso en conjunto, sino solo para él mismo y los demás conspiradores.

Durante su condena a trabajos forzados, afirma Soloviov, por primera vez Dostoievski se e

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