Loading...

CRISIS

Robin Cook  

0


Fragmento

Prólogo

8 de septiembre de 2005.

El otoño es una estación gloriosa, pese que a menudo se emplea como metáfora de la muerte y la agonía inminentes. En ningún lugar se hace más patente su atmósfera vigorosa y sus exuberantes colores que en el nordeste de Estados Unidos. Ya a principios de septiembre, los días tórridos, brumosos y húmedos del verano de Nueva Inglaterra empiezan a dar paso a días cristalinos de aire fresco, claro y seco bajo un cielo intensamente azul. El 8 de septiembre de 2005 fue uno de aquellos días. Ni una sola nube manchaba el cielo diáfano desde Maine hasta New Jersey, y tanto en el laberinto de macadán del centro de Boston como en la parrilla de hormigón de la ciudad de Nueva York, la temperatura se situaba en unos agradables veinticinco grados.

Cuando el día ya tocaba a su fin, dos médicos sacaron al mismo tiempo y con idéntica desgana el teléfono móvil que llevaban prendido a la cinturilla en sus respectivas ciudades. A ninguno de los dos les hacía ninguna gracia la intromisión, pues ambos temían que el timbrazo melódico del aparato anunciara una crisis que requeriría su atención y presencia profesionales. Una interrupción inoportuna, pues ambos tenían planeadas sendas actividades personales muy interesantes para aquella noche.

Recibe antes que nadie historias como ésta

Por desgracia, la intuición no les falló, pues ambas llamadas hacían justicia a la reputación metafórica del otoño. La llamada de Boston hacía referencia a una persona a punto de morir, aquejada de un intenso dolor en el pecho, debilidad profunda y dificultades respiratorias, mientras que la de Nueva York se refería a una persona reciente pero inequívocamente muerta. Ambas situaciones constituían urgencias para los dos médicos y requerían que aplazaran sus planes personales. Lo que los dos ignoraban era que una de las llamadas desencadenaría una secuencia de acontecimientos que tendría graves repercusiones sobre ambos, los pondría en peligro y los convertiría en enemigos encarnizados, mientras que la segunda llamada daría un giro distinto a la primera.

Boston, 19.10 horas.

El doctor Craig Bowman dejó caer los brazos unos instantes para aliviar el dolor de los antebrazos. Estaba frente al espejo instalado en la cara interior de la puerta del vestidor, pugnando por anudarse una elegante pajarita negra. Había llevado esmoquin a lo sumo media docena de veces en su vida, la primera vez en el baile de graduación del instituto y la última el día de su boda, y en todas las ocasiones se había conformado con un modelo de pajarita ya anudada que se incluía en los esmóquines alquilados. Pero ahora, en la era de su reencarnación, quería una de verdad. Se había comprado un esmoquin nuevo y no tenía intención de conformarse con una pajarita falsa. El problema residía en que no sabía anudársela y le había dado demasiada vergüenza pedir ayuda al dependiente de la tienda. En aquel momento no se había preocupado, porque imaginaba que se parecería bastante a atarse los zapatos.

Por desgracia, no tenía nada que ver, y llevaba diez minutos intentando anudarse el maldito artilugio. Por fortuna, Leona, su nueva y explosiva secretaria y administrativa, además de novia reciente, se estaba maquillando en el baño. En el peor de los casos tendría que preguntarle si sabía anudar pajaritas. Lo cierto es que no le apetecía recurrir a ella. No llevaban demasiado tiempo saliendo juntos, y Craig prefería que Leona conservara su aparente fe en la sofisticación de su novio, porque temía que de lo contrario no dejaría de darle la vara. Leona tenía lo que su madura recepcionista y su enfermera denominaban una «boca de cuidado». El tacto no era uno de sus puntos fuertes.

Craig desvió la mirada hacia Leona. La puerta del baño estaba entornada, y la joven se estaba maquillando los ojos, pero lo único que veía era la silueta lateral de su sinuoso trasero de veintitrés años enfundado en reluciente crepé rosa. Estaba de puntillas, inclinada sobre el lavabo para poder acercarse más al espejo. Una breve sonrisa de satisfacción curvó los labios de Craig al imaginarse a sí mismo aquella noche recorriendo el pasillo de la Sinfónica, motivo por el cual se estaban acicalando tanto. En compensación por su «boca de cuidado», Leona era un «auténtico bombón», sobre todo en aquel vestido de generoso escote que habían comprado hacía poco en Neiman Marcus. Craig estaba convencido de que muchos se volverían para mirarla y de que recibiría miradas envidiosas de otros hombres de cuarenta y cinco años. Comprendía que aquellos pensamientos eran bastante infantiles, por expresarlo de forma delicada, pero no los había experimentado desde la última vez que se pusiera un esmoquin y tenía la sana intención de disfrutarlos al máximo.

La sonrisa de Craig se desvaneció cuando acudió a su mente la posibilidad de toparse con algún amigo suyo y de su mujer entre el público. Desde luego, no albergaba el propósito de humillar a nadie ni herir los sentimientos de nadie. Sin embargo, no creía que fuera a encontrarse con ningún conocido, ya que él y su mujer nunca habían ido a la Sinfónica, ni tampoco ninguno de sus pocos amigos, en su mayoría otros médicos sobrecargados de trabajo como él. Aprovechar la oferta cultural de la ciudad no había formado parte de su estilo de vida suburbano, por causa de la gran cantidad de horas de dedicación que exigía el ejercicio de la medicina.

Craig llevaba seis meses separado de Alexis, de modo que no era ningún escándalo salir acompañado. No creía que fuera cuestión de la edad. Siempre y cuando saliera con una mujer adulta de edad razonable, postuniversitaria, no pasa nada. A fin de cuentas, tarde o temprano lo verían por ahí acompañado por alguna mujer, sobre todo teniendo en cuenta la actividad que desplegaba en los últimos tiempos. Además de asistir con regularidad a conciertos, se había convertido en asiduo a un nuevo gimnasio, así como al teatro, el ballet y toda una serie de otras actividades y reuniones sociales en las que participaba cualquier persona culta normal en una ciudad cosmopolita. Puesto que Alexis se había negado sistemáticamente a formar parte de su transformación desde el principio, ahora Craig se consideraba con el derecho a acompañar a quien le viniera en gana. Nada lo impediría convertirse en la persona que aspiraba a ser. Incluso se había hecho miembro del Museo de Bellas Artes y esperaba con impaciencia las inauguraciones de las exposiciones, pese a que nunca había asistido a ninguna. Se había visto obligado a sacrificar el disfrute de toda actividad cultural durante los arduos y solitarios años de estudio y trabajo para convertirse en médico, en el mejor médico posible, lo cual significaba que durante diez años de su vida adulta, solo se había ausentado del hospital para dormir. Y en cuanto terminó la especialidad en medicina interna y puso por fin su placa, aún le quedó menos tiempo para dedicarse a cualquier actividad personal, incluyendo por desgracia la vida familiar. Se había convertido en el adicto al trabajo arquetípico e intelectualmente provinciano que solo tenía tiempo para sus pacientes. Pero todo aquello estaba cambiando, y tanto los lamentos como los sentimientos de culpabilidad, sobre todo en lo tocante a los asuntos familiares, debían quedar relegados a segundo término. El nuevo doctor Craig Bowman había dejado atrás la vida anodina, monótona, ajetreada, insatisfactoria y vacía de cultura. Sabía que algunas personas calificaban su situación de crisis de la mediana edad, pero él la consideraba más bien un renacimiento o, mejor dicho, un despertar.

A lo largo del año pasado, Craig se había propuesto, incluso obsesionado por transformarse en una persona más interesante, feliz, completa y mejor, y como consecuencia de todo ello, en un médico mejor. Sobre la mesa de su piso en la ciudad se apilaba un montón de catálogos de distintas universidades de la zona, entre ellas Harvard. Tenía intención de asistir a clases de humanidades; tal vez uno o dos cursos por semestre para recuperar el tiempo perdido. Y lo mejor de todo era que gracias a su transformación había podido volver a su amada investigación, que había quedado del todo olvidada al empezar a ejercer. Lo que había comenzado en la facultad como un trabajo remunerado, encargándose de las tareas de machaca para un profesor que estudiaba los canales de sodio en miocitos y neuronas, se convirtió en una pasión cuando lo ascendieron a la categoría de investigador asociado. Craig incluso había sido coautor de varios artículos científicos de gran repercusión durante su época de estudiante y residente. Y ahora estaba de nuevo en la brecha, con la posibilidad de pasar dos tardes a la semana en el laboratorio, lo cual le encantaba. Leona lo llamaba hombre renacentista, y si bien sabía que era un calificativo prematuro, Craig creía que con un par de años de esfuerzo bien podría acercarse a esa figura.

El origen de la metamorfosis de Craig había sido bastante repentino y lo había cogido del todo desprevenido. Poco más de un año antes y de forma bastante casual, su vida profesional había dado un giro de ciento ochenta grados, lo cual le había reportado el doble beneficio de un considerable aumento de ingresos y también de satisfacción profesional. De pronto se le brindaba la posibilidad de practicar el tipo de medicina que había aprendido en la facultad, en la que las necesidades de los pacientes eclipsaban las enrevesadas reglas de su cobertura médica. Ahora Craig podía dedicar una hora entera a un paciente si su situación así lo requería, y había tomado la acertada decisión de hacerlo. De un solo plumazo se había visto libre de la doble lacra de los reembolsos cada vez más exiguos y el aumento de los costes, circunstancias que hasta entonces le habían obligado a dar cabida a un número cada vez mayor de pacientes en su consulta. Para cobrar ya no tenía que pelearse con los empleados de las aseguradoras, a menudo ignorantes en toda cuestión médica. Incluso había empezado a hacer visitas domiciliarias si ello era lo mejor para el paciente, algo que habría resultado impensable en su vida anterior.

El cambio había sido un sueño hecho realidad. Al recibir, de forma inesperada, la oferta por correo electrónico, Craig había respondido a su aspirante a benefactor y ahora socio que tenía que pensárselo. ¿Cómo había podido ser tan idiota como para no aceptar de inmediato? ¿Y si hubiera perdido la oportunidad? Todo empezó a ir mejor, salvo los problemas familiares, pero el origen de dichos problemas residía en lo absorto que había estado en su antigua situación profesional. En última instancia había sido culpa suya, lo cual no tenía reparo en reconocer. Había permitido que las exigencias del ejercicio moderno de la medicina gobernaran y limitaran su vida. Pero desde luego, ahora no se estaba ahogando, de modo que tal vez las dificultades familiares pudieran resolverse con el tiempo. Quizá lograra convencer a Alexis de que las vidas de todos ellos podían mejorar de forma drástica. Entretanto, tenía intención de disfrutar de su evolución personal. Por primera vez en su vida, Craig tenía tiempo libre y dinero en el banco.

Con un extremo de la pajarita en cada mano, Craig estaba a punto de intentar una vez más anudársela cuando sonó su teléfono móvil. Su rostro se ensombreció. Miró el reloj; las siete y diez. El concierto empezaba a las ocho y media. Echó un vistazo al nombre que indicaba la pantalla del teléfono. Stanhope.

—¡Maldita sea! —masculló.

Abrió la pestaña del teléfono, se lo llevó a la oreja y saludó.

—¿Doctor Bowman? —preguntó una voz refinada—. Le llamo por Patience. Ha empeorado. De hecho, creo que esta vez está realmente enferma.

—¿Qué le ocurre, Jordan? —inquirió Craig mientras volvía la mirada hacia el baño.

Leona había oído el teléfono y lo estaba mirando. Craig formó en silencio la palabra «Stanhope», y Leona asintió. Sabía lo que aquello significaba, y Craig adivinó en su expresión que albergaba el mismo temor que él, es decir, que la velada que habían planeado corriera peligro. Si llegaban tarde al concierto, tendrían que esperar al intermedio para ocupar sus butacas, lo cual significaba perderse la diversión y la emoción de la entrada, que ambos esperaban con ilusión.

—No lo sé —repuso Jordan—. Parece mucho más débil de lo normal. No parece capaz ni de incorporarse en la cama.

—¿Qué otros síntomas tiene aparte de la debilidad?

—Creo que deberíamos pedir una ambulancia e ir al hospital. Está muy alterada, y me tiene muy preocupado.

—Jordan, si usted está preocupado, yo también lo estoy —señaló Craig en tono tranquilizador—. ¿Qué síntomas tiene? Quiero decir que esta mañana he estado en su casa atendiendo sus molestias habituales. ¿Se trata de algo diferente?

Patience Stanhope era una del puñado de pacientes que Craig calificaba de «pacientes problemáticos», pero sin duda era la peor del grupo. Todos los médicos tenían algún paciente así en cualquier tipo de consulta, y los hallaban pesados en el mejor de los casos y enloquecedores en el peor. Eran los pacientes que perseveraban día tras día con una letanía de dolencias que en su mayoría eran completamente psicosomáticas o inexistentes, y que rara vez respondían a ningún tratamiento, ni siquiera a los de la medicina alternativa. Craig lo había probado todo con aquellos pacientes, pero en vano. Por lo general eran personas deprimidas, exigentes, exasperantes y absorbentes. Asimismo, a causa de internet, se habían vuelto muy creativos respecto a sus supuestos síntomas y su deseo de largas conversaciones y solicitud. En su consulta anterior, tras verificar su hipocondría más allá de toda duda razonable, Craig se las arreglaba para visitarlos con la menor frecuencia posible, lo cual conseguía derivándolos a la enfermera y, en contadas ocasiones, a otro especialista, sobre todo a un psiquiatra, si conseguía persuadir a los pacientes a que acudieran a uno. Pero en su nueva etapa profesional, su capacidad de recurrir a semejantes tretas era limitada, lo que significaba que los «pacientes problemáticos» eran la única pesadilla que sufría en su consulta. Según su contable, representaban tan solo el tres por ciento de su clientela y consumían más del quince por ciento de su tiempo. Patience era el ejemplo por excelencia. Craig llevaba ocho meses visitándola al menos una vez por semana, muy a menudo por la noche. Como comentaba con frecuencia a su personal, Patience ponía a prueba su paciencia, un chiste que siempre arrancaba carcajadas.

—Esto es muy distinto —aseguró Jordan—. Muy diferente de las molestias que tenía anoche y esta mañana.

—¿En qué sentido? —quiso saber Craig—. ¿Puede darme algún detalle?

Quería saber con la mayor exactitud posible qué le pasaba a Patience y se obligó a recordarse que los hipocondríacos a veces se ponían enfermos de verdad. El problema de tratar a aquella clase de pacientes era que bajaban en gran medida el umbral de suspicacia. Era como la alegoría del niño que anunció al lobo demasiadas veces.

—El dolor se sitúa en otra parte.

—De acuerdo, es un buen punto de partida —dijo Craig.

Se encogió de hombros en dirección a Leona y le indicó con un gesto que se diera prisa. Si el problema era el que imaginaba, quería llevar a la joven consigo a la visita domiciliaria.

—¿En qué sentido es diferente el dolor?

—Esta mañana tenía dolores en el recto y en el bajo vientre.

—Lo recuerdo —contestó Craig.

¿Cómo iba a olvidarlo? Hinchazón, gases y problemas de evacuación descritos en todos sus desagradables detalles eran las molestias más habituales.

—¿Dónde le duele ahora?

—Dice que en el pecho. Nunca se había quejado del dolor en el pecho.

—Eso no es del todo cierto, Jordan. El mes pasado tuvo varios episodios de dolor en el pecho. Por eso le hice la prueba de esfuerzo.

—Es verdad, lo había olvidado. Me resulta imposible estar al corriente de todos sus síntomas.

Y a mí, sintió deseos de corroborar Craig, pero se contuvo.

—Creo que debería ir al hospital —repitió Jordan—. Me parece que le cuesta respirar e incluso hablar. Hace un rato ha conseguido decirme que tenía dolor de cabeza y náuseas.

—Las náuseas son una de sus dolencias habituales —le recordó Craig—. Y el dolor de la cabeza también.

—Pero esta vez ha vomitado un poco. También ha dicho que tenía la sensación de estar flotando en el aire y que se sentía entumecida.

—Esos son síntomas nuevos.

—Ya le digo que esto es del todo diferente.

—¿Es un dolor visceral y como aplastante, o bien agudo e intermitente, como un calambre?

—No lo sé.

—¿Puede preguntárselo? Es posible que sea importante.

—De acuerdo, espere un momento.

Craig oyó a Jordan dejar el auricular. Leona salió del baño. Estaba lista. A los ojos de Craig merecía ocupar la portada de una revista. Se lo hizo saber levantando el pulgar en señal de aprobación. Leona sonrió y preguntó en silencio qué sucedía.

Craig se encogió de hombros sin apartarse el teléfono de la oreja, pero sí de la boca.

—Me parece que tendré que hacer una visita domiciliaria.

Leona asintió.

—¿Tienes problemas con la pajarita? —inquirió acto seguido.

Craig asintió a regañadientes.

—A ver qué puedo hacer —se ofreció la joven.

Craig alzó el mentón para dejarle más espacio, y en aquel momento Jordan volvió a ponerse al teléfono.

—Dice que tiene dolores terribles, con todos los adjetivos que ha mencionado usted.

Craig asintió. Parecía un episodio clásico de la Patience a la que conocía tan bien. Eso no le ayudaba en nada.

—¿El dolor irradia hacia otras partes del cuerpo, como el brazo, el cuello u otro lugar?

—Dios mío, no lo sé. ¿Quiere que se lo pregunte?

—Sí, por favor.

Con unos cuantos movimientos hábiles, Leona tiró de los extremos lazados de la pajarita y apretó el nudo que había hecho. Tras un pequeño ajuste retrocedió un paso.

—No está mal, modestia aparte —declaró.

Craig se miró al espejo y no pudo por menos de estar de acuerdo. Leona había conseguido que pareciera un juego de niños.

Jordan se puso una vez más al teléfono.

—Dice que solo le duele el pecho. ¿Cree que está sufriendo un ataque al corazón, doctor?

—Tendremos que descartarlo, Jordan —repuso Craig—. Recuerde que le dije que había observado ciertos cambios leves en la prueba de esfuerzo, razón por la que recomendé que se sometiera a más pruebas cardíacas, aunque ella no parecía muy dispuesta.

—Ahora que lo dice, sí que me acuerdo. Pero sea cual sea la dolencia actual, creo que se está agravando. Está bastante azul.

—De acuerdo, Jordan, ahora mismo voy. Una última pregunta. ¿Se ha tomado alguno de los antidepresivos que le he dejado esta mañana?

—¿Es importante?

—Podría serlo. Si bien no parece que esté sufriendo una reacción adversa a un fármaco, tenemos que tomarlo en consideración. Se trata de una medicación nueva para ella. Por eso le dije que no empezara a tomarla hasta esta noche, cuando se acostara, por si le provocaba mareos u otros síntomas.

—No sé si se los ha tomado o no. Tiene muchos medicamentos que le recetó el doctor Cohen.

Craig asintió de nuevo. Sabía muy bien que el botiquín de Patience parecía una farmacia en miniatura. El doctor Ethan Cohen tenía tendencia a recetar muchos más medicamentos que Craig y era el antiguo médico de Patience. Había sido el doctor Cohen quien había ofrecido la oportunidad a Craig de compartir su consulta, pero en la actualidad era su socio mucho más en teoría que en la práctica. El médico también tenía problemas de salud y había cogido una baja que bien podía tornarse permanente. Craig había heredado todos sus pacientes problemáticos de su socio ausente. Para su alivio, ninguno de los pacientes problemáticos de su consulta anterior había decidido pagar la cuota necesaria para cambiar a la nueva consulta.

—Escuche, Jordan —dijo Craig—. Salgo ahora mismo, pero entretanto intente localizar el pequeño frasco de muestra que le he dado a Patience esta mañana, para que podamos contar los comprimidos.

—Haré lo que pueda —prometió Jordan.

Craig cerró el teléfono y se volvió hacia Leona.

—En efecto, tengo que hacer una visita domiciliaria. ¿Te importaría acompañarme? Si resulta ser una falsa alarma, podemos ir directamente desde allí al concierto sin perdernos el principio. Su casa no está lejos de la Sinfónica.

—Estupendo —accedió Leona alegremente.

Mientras se ponía la chaqueta del esmoquin, Craig se dirigió con paso rápido al armario de la entrada. Del estante superior sacó el maletín negro y lo abrió. Su madre se lo había regalado cuando se licenció en la facultad de medicina. En aquel momento había significado mucho para Craig, porque imaginaba cuánto tiempo habría tenido que apartar su madre el dinero sin que su padre se enterara. Era un maletín de médico grande y anticuado, confeccionado de cuero negro con cierres de latón. En su consulta anterior nunca lo había utilizado porque no hacía visitas domiciliarias, pero en el último año lo había usado mucho.

Craig guardó en el maletín una serie de cosas que creía poder necesitar, entre ellas un aparato portátil de ensayo de infarto de miocardio o de biomarcadores de ataque al corazón. La ciencia había avanzado mucho desde su época de residente. Por entonces podía llevar varios días obtener los resultados del laboratorio, mientras que ahora se podía efectuar la prueba a la cabecera del paciente. No se trataba de un ensayo cuantitativo, pero no importaba. Lo esencial era obtener las pruebas para el diagnóstico. Del mismo estante bajó el electrocardiógrafo portátil, que entregó a Leona.

Al separarse formalmente de Alexis, Craig había encontrado un piso en Beacon Hill, en el centro de Boston. Era un dúplex en la cuarta planta de un edificio sin ascensor situado en Revere Street. Era muy soleado, tenía terraza y vistas al río Charles y Cambridge. Beacon Hill era el centro neurálgico de la ciudad y satisfacía a la perfección las necesidades de Craig, sobre todo porque podía llegar a pie a varios buenos restaurantes y al distrito de los teatros. El único inconveniente menor era el estacionamiento, por lo que se había visto obligado a alquilar una plaza en un aparcamiento de Charles Street, a cinco minutos a pie de su casa.

—¿Qué posibilidades tenemos de acabar a tiempo para llegar al concierto? —preguntó Leona mientras se dirigían hacia el oeste por Storrow Drive en el Porsche nuevo de Craig.

—Por lo visto Jordan cree que la cosa va en serio —repuso Craig, alzando la voz para hacerse oír por encima del rugido del motor—. Eso es lo que me asusta. El hecho de vivir con Patience lo convierte en la persona más cualificada para valorarlo.

—¿Cómo puede vivir con ella? Patience es una lata, y en cambio él parece un hombre muy refinado.

Leona había observado a los Stanhope en la consulta en un par de ocasiones.

—Imagino que debe de tener alguna ventaja. Me da la impresión de que ella es quien tiene el dinero, pero quién sabe. La vida privada de la gente nunca es lo que parece, incluyendo la mía hasta hace bien poco —comentó mientras oprimía el muslo de Leona.

—No sé cómo puedes tener tanta paciencia con personas como ella —se maravilló Leona—. Y no pretendía hacer un juego de palabras.

—No es fácil, y entre tú y yo, no los soporto. Por suerte son una minoría. Me formaron para atender a enfermos. Para mí, los hipocondríacos se encuentran en la misma categoría que los que fingen estar enfermos. Si hubiera querido hacerme psiquiatra, habría estudiado psiquiatría.

—¿Quieres que te espere en el coche cuando lleguemos allí?

—Como quieras —contestó Craig—. No sé cuánto tardaré. A veces me acorrala durante una hora entera. Creo que deberías entrar conmigo. Te aburrirás sola en el coche.

—Será interesante ver cómo viven.

—No son una pareja estándar precisamente.

Los Stanhope vivían en una enorme casa de ladrillo de tres pisos estilo georgiano, situada en medio de una espaciosa parcela arbolada cerca del club de campo Chestnut Hill, en una zona elegante de Brighton, Massachusetts. Craig entró en el sendero circular y detuvo el coche delante del edificio. Conocía muy bien el camino. Jordan abrió la puerta mientras subían los tres escalones que conducían a ella. Craig llevaba el maletín negro, y Leona, el electrocardiógrafo.

—Está arriba, en su dormitorio —anunció Jordan de inmediato.

Era un hombre alto y de aspecto pulcro, ataviado con un batín de terciopelo verde oscuro. No manifestó sorpresa alguna al ver el atuendo formal de Craig y Leona. Se limitó a alargar a Craig un pequeño frasco de plástico, que dejó caer en la palma de su mano antes de girar sobre sus talones.

Era el frasco de muestra de Zoloft que Craig había dado a Patience aquella mañana. Al instante comprobó que faltaba uno de los seis comprimidos. A todas luces, la mujer había empezado a tomar la medicación antes de lo que Craig le había recomendado. Se guardó el frasco en el bolsillo y echó a andar en pos de Jordan.

—¿Le importa que nos acompañe mi secretaria? —le preguntó—. Tal vez pueda echarme una mano.

En la consulta, Leona había mostrado en varias ocasiones su disposición a ayudar. A Craig le había impresionado su iniciativa y su compromiso desde el principio, mucho antes de pensar en invitarla a salir. También le impresionaba el hecho de que asistiera a clases nocturnas en la Escuela de Bunker Hill, en Charleston, con la intención de obtener algún tipo de título sanitario de auxiliar o incluso de enfermera. En su opinión, ello acentuaba su atractivo.

—En absoluto —repuso Jordan por encima del hombro al tiempo que les indicaba por señas que lo siguieran.

Estaba subiendo la escalera principal, que rodeaba la ventana de palladiana situada sobre la puerta de entrada.

—Dormitorios separados —susurró Leona a Craig mientras se apresuraban a seguir a Jordan—. Qué absurdo, ¿no? Creía que estas cosas solo se veían en las películas antiguas.

Craig no respondió. Recorrieron a toda prisa un largo pasillo enmoquetado y entraron en la femenina suite principal, tapizada con lo que parecían ser varios kilómetros de seda azul. Patience estaba tendida en una cama de grandes dimensiones, recostada sobre varios almohadones muy mullidos. Una criada ataviada con un discreto uniforme de doncella francesa, que le había estado humedeciendo la frente con un paño húmedo, se incorporó al verlos.

Tras echar un breve vistazo a Patience y sin decir una palabra, Craig se acercó a toda prisa a la mujer, dejó caer el maletín sobre la cama junto a ella y le buscó el pulso. Acto seguido abrió el maletín, sacó el medidor de la tensión arterial y el estetoscopio.

—¡Pida una ambulancia! —gritó a Jordan mientras rodeaba el brazo derecho de Patience con la banda.

Sin apenas enarcar siquiera las cejas para indicar que lo había oído, Jordan se dirigió al teléfono que había sobre la mesilla de noche y marcó el número de emergencias al tiempo que despachaba a la doncella con un gesto.

—¡Dios mío! —musitó Craig al retirar la banda.

Retiró los almohadones que incorporaban a Patience, y el torso de la mujer se desplomó sobre la cama como una muñeca de trapo. Bajó la ropa de cama, le abrió el camisón y la auscultó unos instantes antes de pedir a Leona que le pasara el electrocardiógrafo. Jordan estaba hablando con la operadora de emergencias. Craig forcejeó un poco para desenrollar los cables del electrocardiógrafo y aplicó las ventosas a toda prisa con un poco de gel conductor.

—¿Se pondrá bien? —le preguntó Leona en un susurro.

—No tengo ni idea —replicó Craig—. Está cianótica, por el amor de Dios.

—¿Qué quiere decir cianótica?

—Que no tiene suficiente oxígeno en la sangre. No sé si es porque su corazón no bombea bien o porque no está respirando lo suficiente. Puede ser una de las dos cosas o ambas.

Craig se concentró en el electrocardiógrafo, que empezó a escupir la lectura. Los picos eran pequeños y muy espaciados. Craig arrancó la tira de papel y la estudió con más detenimiento antes de guardársela en el bolsillo de la chaqueta. Luego retiró las ventosas de las extremidades de Patience.

Jordan colgó el teléfono.

—La ambulancia viene de camino.

Craig se limitó a asentir mientras revolvía el contenido del maletín en busca de una bolsa de respiración asistida. Colocó la mascarilla sobre la nariz y la boca de Patience y comprimió la bolsa. El pecho de la mujer se elevó con facilidad, lo cual sugería que ventilaba bien.

—¿Podrías encargarte tú de esto? —pidió Craig a Leona sin dejar de ventilar a Patience.

—Supongo que sí —repuso Leona, vacilante.

Se situó entre Craig y el cabezal de la cama para ocuparse de la respiración asistida.

Craig le enseñó a mantener la mascarilla sellada y la cabeza de Patience echada hacia atrás. Acto seguido examinó las pupilas de la paciente; estaban muy dilatadas y no reactivas. Mala señal. Comprobó la respiración de Patience con el estetoscopio. Seguía ventilando bien.

Craig sacó del maletín el aparato de ensayo para detectar los biomarcadores asociados al ataque de corazón. Abrió la caja de un tirón y sacó uno de los dispositivos de plástico. Con una jeringuilla pequeña y heparinizada extrajo sangre de una vena principal, la agitó y dejó caer seis gotas en la zona de muestras antes de sostener el dispositivo a la luz.

—Positivo —anunció al cabo de un instante.

Volvió a guardarlo todo de cualquier manera en el maletín.

—¿Qué es positivo? —preguntó Jordan.

—Resultado positivo de mioglobina y troponina en sangre —explicó Craig—. En términos sencillos, significa que ha sufrido un ataque al corazón.

Una vez más, Craig se cercioró con el estetoscopio de que Leona estaba ventilando correctamente a Patience.

—De modo que su impresión inicial era acertada —observó Jordan.

—Nada de eso —objetó Craig—. Me temo que está muy mal.

—Es lo que intentaba decirle por teléfono —espetó Jordan con sequedad—. Pero en aquel momento me refería al infarto.

—Está peor de lo que me dio a entender —insistió Craig mientras sacaba adrenalina y atropina, junto con un pequeño frasco de solución intravenosa.

—Perdone, pero le dije claramente que estaba empeorando.

—Me dijo que le costaba un poco respirar, y lo cierto es que apenas respiraba cuando hemos llegado. Podría habérmelo hecho saber. También me dijo que la veía bastante azul, y resulta que está completamente cianótica.

Craig inició la infusión intravenosa con movimientos eficaces. Fijó la aguja con esparadrapo y le administró adrenalina y atropina antes de colgar el frasco de solución intravenosa de la pantalla de la lámpara con ayuda de un pequeño gancho en forma de S que había confeccionado para aquellos casos.

—He intentado explicarme lo mejor posible, doctor.

—Y se lo agradezco —aseguró Craig, alzando la mano en ademán conciliador—. Lo siento, no pretendía mostrarme crítico, pero es que estoy preocupado por su mujer. Lo que tenemos que hacer ahora es llevarla al hospital lo antes posible. Necesita oxígeno y un marcapasos. Además, estoy seguro de que está acidótica y necesita tratamiento para eso.

A lo lejos se oía el ulular de la sirena de la ambulancia. Jordan salió de la habitación para bajar, abrir la puerta a los enfermeros y conducirlos hasta la habitación de Patience.

—¿Saldrá de esta? —inquirió Leona sin dejar de comprimir la bolsa de respiración asistida—. Ya no parece tan azul.

—Lo estás haciendo muy bien —contestó Craig—, pero no soy muy optimista, porque las pupilas siguen muy dilatadas y está muy flácida. Pero lo averiguaremos en cuanto la llevemos al hospital Newton Memorial, le hagan análisis de sangre, le pongan respiración asistida y un marcapasos. ¿Te importaría conducir mi coche? Quiero ir en la ambulancia por si entra en parada. Si necesita reanimación cardiopulmonar, quiero encargarme del masaje torácico.

Los enfermeros formaban un equipo muy eficiente. Eran un hombre y una mujer que a todas luces llevaban algún tiempo trabajando juntos, ya que se adelantaban a las necesidades del otro. En un abrir y cerrar de ojos pasaron a Patience a una camilla, la bajaron y la metieron en la ambulancia. Pocos minutos después de su llegada a la residencia de los Stanhope, estaban de nuevo en marcha. Conscientes de que se hallaban ante una auténtica emergencia, pusieron la sirena a toda volumen, y la mujer conducía en consecuencia. Por el camino, el enfermero llamó al hospital para ponerlos en antecedentes.

Cuando llegaron al hospital, el corazón de Patience aún latía, pero a duras penas. Habían avisado a una cardióloga a la que Craig conocía bien, y los recibió en la entrada de ambulancias. Entraron a Patience a toda velocidad, y el equipo entero se puso a trabajar con ella. Craig contó a la cardióloga cuanto sabía, incluyendo los resultados del ensayo de biomarcadores, que habían confirmado el diagnóstico de infarto de miocardio o ataque al corazón.

Tal como Craig había augurado, conectaron a Patience al aparato de respiración asistida con oxígeno al cien por cien antes de colocarle un marcapasos externo. Por desgracia, no tardaron en constatar que tenía actividad eléctrica sin pulso, lo cual significaba que el marcapasos creaba una imagen en el electrocardiograma, pero el corazón no reaccionaba con latido. Uno de los residentes se encaramó a la camilla para iniciar el masaje cardíaco. Llegaron los resultados del hemograma, y los índices de gases en sangre no eran malos, pero el nivel de acidosis era casi el más alto que la cardióloga había visto en su vida.

Craig y la cardióloga cambiaron una mirada. Ambos sabían por experiencia que la actividad eléctrica sin pulso tenía un pronóstico nefasto en los pacientes hospitalarios, aun cuando se detectara de forma precoz. La situación de Patience era mucho peor puesto que había llegado en ambulancia.

Tras varias horas realizando todos los esfuerzos posibles para que el corazón reaccionara, la cardióloga llevó a Craig aparte. Craig seguía ataviado con la camisa de vestir y la pajarita perfectamente anudada. Varias salpicaduras de sangre le adornaban la parte superior del brazo derecho, y la chaqueta del esmoquin estaba colgada de un poste de infusión intravenosa junto a la pared.

—Debe de haber sufrido una lesión masiva en el músculo cardíaco —señaló la cardióloga—. Es la única forma de explicar las anomalías de conducción y la actividad eléctrica sin pulso. Quizá las cosas habrían sido distintas si hubiéramos podido atenderla un poco antes. Por tu descripción de la secuencia de acontecimientos, imagino que el tamaño del infarto inicial aumentó de forma significativa.

Craig asintió. Se volvió para mirar al equipo, que seguía ocupado en la reanimación cardiopulmonar sobre el delgado cuerpo de Patience. Paradójicamente, había recuperado un color de piel casi normal gracias al oxígeno y al masaje cardíaco, pero por desgracia, se les estaban acabando las ideas.

—¿Tenía antecedentes de enfermedad cardiovascular?

—Hace unos meses obtuvimos un resultado equívoco en una prueba de esfuerzo —explicó Craig—. Sugería un problema menor, pero la paciente se negó a toda prueba de seguimiento.

—Mal hecho —observó la cardióloga—. Por desgracia, sus pupilas no se han reducido en ningún momento, lo que indica lesión cerebral anóxica. Teniendo en cuenta eso, ¿qué quieres hacer? Tú decides.

Craig respiró hondo y exhaló el aire ruidosamente en señal de desaliento.

—Creo que deberíamos dejarlo.

—Estoy de acuerdo —convino la cardióloga.

Le oprimió el hombro con ademán tranquilizador y regresó a la camilla para anunciar al equipo que todo había terminado.

Craig cogió la chaqueta del esmoquin y se dirigió a la recepción de urgencias a fin de firmar los papeles conforme la paciente había fallecido a causa de una parada cardíaca consecuencia de un infarto de miocardio. Luego salió a la sala de espera. Leona estaba sentada entre enfermos, heridos y familiares, hojeando una revista antigua. Tal como iba vestida, le pareció una pepita de oro entre un montón de grava anodina. La joven alzó la vista cuando se acercó a ella. Craig advirtió que comprendía la situación.

—¿No ha habido suerte? —dijo Leona.

Craig negó con la cabeza y paseó la mirada por la sala de espera.

—¿Dónde está Jordan Stanhope?

—Se fue hace más de una hora.

—¿En serio? ¿Por qué? ¿Qué ha dicho?

—Que prefería estar en casa y esperar tu llamada. Comentó que los hospitales lo deprimen.

Craig lanzó una breve carcajada.

—Muy coherente. Siempre me ha parecido un tipo raro y frío que se limitaba a cuidar de su mujer de forma mecánica.

Leona dejó la revista y siguió a Craig afuera. Craig consideró la posibilidad de decirle algo filosófico sobre la vida, pero cambió de idea. No creía que Leona lo entendiera y le preocupaba no saber explicárselo. Ninguno de los dos habló hasta que llegaron al coche.

—¿Quieres que conduzca? —se ofreció Leona.

Craig sacudió la cabeza, le abrió la portezuela del acompañante, rodeó el coche y se sentó al volante sin arrancar el motor.

—Es evidente que nos hemos perdido el concierto —constató con la mirada fija al frente.

—De lejos —corroboró Leona—. Son más de las diez. ¿Qué quieres hacer?

Craig no tenía ni idea. Solo sabía que debía llamar a Jordan Stanhope y que la perspectiva no le hacía ninguna gracia.

—Perder a un paciente debe de ser lo peor de ser médico —comentó Leona.

—A veces es peor enfrentarse a los supervivientes —replicó Craig sin saber cuán proféticas resultarían ser sus palabras.

Nueva York, 19.10 horas.

El doctor Jack Stapleton llevaba sentado en su exiguo despacho en la quinta planta de la oficina del forense más horas de las que estaba dispuesto a admitir. Su compañero de despacho, el doctor Chet McGovern, lo había abandonado poco después de las cuatro para ir a su gimnasio pijo del centro. Como hacía a menudo, había intentado convencer a Jack para que lo acompañara con jugosas descripciones del nuevo lote de jovencitas que asistían a su clase de body sculpting con sus modelitos ajustados que nada dejaban a la imaginación. Sin embargo, Jack había declinado la invitación con la respuesta habitual de que, en cuestión de deportes, prefería ser participante a espectador. Le resultaba increíble que a Chet todavía le hiciera gracia lo que se había convertido en una réplica tan trillada.

A las cinco en punto, la doctora Laurie Montgomery, compañera y amiga del alma de Jack, asomó la cabeza al despacho para anunciar que se iba a casa a ducharse y cambiarse para la cita romántica que Jack había organizado para los dos en su restaurante predilecto de Nueva York, Elio’s, donde habían celebrado muchas cenas memorables a lo largo de los años. Le sugirió que la acompañara para refrescarse, pero de nuevo Jack declinó el ofrecimiento, alegando que estaba ahogado de trabajo y que se reuniría con ella en el restaurante a las ocho. A diferencia de Chet, Laurie no intentó hacerle cambiar de opinión. Desde su punto de vista, era tan infrecuente que Jack se mostrara tan disponible una noche entre semana que lo que más deseaba era hacer lo imposible por alentar aquel comportamiento. Por regla general, los planes de Jack después del trabajo incluían el regreso a casa en bicicleta a una velocidad temeraria, un agotador partido en la cancha de baloncesto del barrio con sus colegas de la zona, una ensalada rápida en uno de los restaurantes de Columbus Avenue alrededor de las nueve y poco después una caída en picado sobre la cama.

Pese a lo que había dicho, Jack no tenía mucho trabajo y llevaba un buen rato, sobre todo la última hora, remoloneando para mantenerse ocupado. De hecho, ya antes de sentarse a su mesa tenía bastante al día todas sus autopsias pendientes. La razón por la que se estaba obligando a trabajar aquella tarde en concreto residía en que quería mantener la mente ocupada en un intento vano de dominar el nerviosismo que le ocasionaba el plan secreto que había urdido para aquella velada. Sumergirse en el trabajo o bien en actividades deportivas intensas había sido su bálsamo y su salvación durante los últimos catorce años, de modo que no estaba dispuesto a prescindir ahora de esa treta. Por desgracia, el escaso trabajo que se había impuesto a sí mismo no le interesaba en absoluto, sobre todo porque se le estaba acabando. Su mente empezó a desviarse hacia regiones prohibidas, amenazando con atormentarlo lo suficiente para que se retractara del plan. Fue en aquel momento cuando sonó su móvil. Miro el reloj. Faltaba menos de una hora para el momento crucial. Sintió que se le aceleraba el pulso. Una llamada en aquel momento no auguraba nada bueno. Puesto que la probabilidad de que se tratara de Laurie era nula, la probabilidad de que se tratara de alguien capaz de tirar por la borda sus planes era inmensa.

Retiró el teléfono de la pinza de la cintura y echó un vistazo a la pantalla. Tal como había temido, era Allen Eisenberg. Allen era uno de los residentes de patología en nómina de la oficina del forense para cubrir situaciones rutinarias fuera del horario normal, problemas que en opinión del investigador forense requerían la presencia de un médico. Si el problema escapaba a los conocimientos del residente de patología, se hacía necesario avisar al forense de guardia, que aquella noche era Jack.

—Siento tener que llamarle, doctor Stapleton —se disculpó Allen con voz áspera y quejumbrosa.

—¿Qué ocurre?

—Un suicidio, señor.

—¿Y bien? ¿No pueden ocuparse ustedes?

Jack no conocía demasiado bien a Allen, pero sí a Steve Marriott, el investigador forense del turno de noche, un profesional con mucha experiencia.

—Se trata de un caso sonado, señor. La difunta es la esposa o novia de un diplomático iraní. Lleva un buen rato gritándole a todo el mundo y amenazando con llamar al embajador iraní. El señor Marriott me ha llamado para pedirme ayuda, pero creo que la situación me sobrepasa.

Jack no respondió. No tendría más remedio que acudir. Aquellos casos notorios siempre acababan teniendo implicaciones políticas, la parte del trabajo que Jack más detestaba. No sabía si podía acudir al lugar de la muerte y llegar a tiempo al restaurante, lo cual no hizo más que acentuar su ansiedad.

—¿Sigue ahí, doctor Stapleton?

—Que yo sepa sí —replicó Jack.

—Creía que se había cortado —comentó Allen—. En fin, el lugar es el apartamento cincuenta y cuatro J de las Torres de Naciones Unidas, en la calle Cuarenta y siete.

—¿Alguien ha movido o tocado el cadáver? —inquirió Jack mientras se ponía la americana de pana marrón y palmeaba sin darse cuenta el objeto que llevaba en el bolsillo derecho.

—El investigador forense y yo no.

—¿Qué me dice de la policía? —preguntó Jack al tiempo que recorría el pasillo desierto en dirección a los ascensores.

—No lo creo, pero todavía no lo he preguntado.

—¿Y el marido o novio?

—Tendrá que preguntárselo a la policía. Tengo a mi lado al detective encargado del caso, y quiere hablar con usted.

—Pásemelo.

—¡Eh, colega! —bramó una voz, obligando a Jack a apartarse el auricular de la oreja—. ¡Haz el favor de mover el culo y venir ya mismo!

Jack reconoció la voz de inmediato; pertenecía al teniente Lou Soldano, de la división de Homicidios de la Policía de Nueva York y amigo suyo desde hacía diez años. Jack lo conocía desde hacía casi tanto tiempo como a Laurie. De hecho, había sido ella quien los presentara.

—¡Tendría que haberme imaginado que andarías metido en esto! —se lamentó Jack—. Espero que recuerdes que tenemos que estar en Elio’s a las ocho.

—Eh, que yo no decido los horarios de estas porquerías. Pasan cuando pasan.

—¿Qué estás haciendo en un suicidio? ¿Creéis que igual es otra cosa?

—¡Qué va! Es un suicidio, está clarísimo, con un disparo de contacto en la sien derecha. Mi presencia se debe a una petición especial de mi querido capitán por deferencia a las partes implicadas, capaces de armar la gorda si se lo proponen. ¿Vienes o qué?

—Ahora mismo salgo. ¿Alguien ha movido o tocado el cadáver?

—Nosotros no.

—¿Quién está gritando?

—El diplomático, el novio o marido, todavía no sabemos cuál de las dos cosas. Es un enano, pero muy guerrero, y me hace añorar a los afligidos calladitos. No ha parado de gritarnos desde que hemos llegado, intentado darnos órdenes como si fuera Napoleón.

—¿Qué le pasa? —quiso saber Jack.

—Quiere que tapemos a su mujer o novia y está cabreadísimo porque hemos insistido en no tocar nada hasta que vosotros acabéis de examinarlo todo.

—¡Un momento! —exclamó Jack—. ¿Me estás diciendo que la mujer está desnuda?

—En pelota picada. Por no llevar, no lleva ni vello púbico. Va afeitada como una bola de billar, lo cual…

—¡Lou! —lo interrumpió Jack—. ¡No se ha suicidado!

—¿Cómo dices? —preguntó Lou, incrédulo—. ¿Pretendes decirme que sabes que es un homicidio sin ni siquiera haber visto el escenario de la muerte?

—Lo examinaré, por supuesto, pero ya te digo ahora que no ha sido un suicidio. ¿Hay alguna nota?

—Se supone que sí, pero está en farsi, así que no sé qué dice. El diplomático dice que es una nota de suicidio.

—No ha sido un suicidio, Lou —insistió Jack.

En aquel momento llegó el ascensor. Jack entró, pero mantuvo las puertas abiertas para no perder la cobertura.

—Te apuesto cinco dólares. Nunca he sabido de ninguna mujer que se suicidara desnuda. Esas cosas no pasan y punto.

—¡Estarás de guasa!

—No. Lo que pasa es que las mujeres suicidas no quieren que las encuentren desnudas. Será mejor que actúes en consecuencia y avises a los de la policía científica. Y ya sabes que el diplomático guerrero, marido, novio o lo que sea, tiene que ser tu principal sospechoso. No permitas que desaparezca en la embajada iraní, porque podrías no volver a verlo.

Las puertas del ascensor se cerraron en el momento en que Jack cerraba la pestaña del teléfono. Esperaba que aquella interrupción de sus planes no encerrara un significado más profundo. La verdadera bestia negra de Jack era el miedo a que la muerte acechara a sus seres queridos, convirtiéndolo en cómplice cuando morían. Miró el reloj. Eran las siete y veinte.

—Maldita sea. —Masculló y golpeó unas cuantas veces la puerta del ascensor con la palma de la mano en señal de frustración.

Tal vez le conviniera replantearse la idea.

Con la rapidez nacida de la costumbre, Jack sacó la bicicleta de montaña de la zona del depósito de cadáveres donde se almacenaban los ataúdes de Potter’s Field, se puso el casco y la llevó hasta el portón de carga de la calle Treinta. Montó entre los furgones del depósito y salió a la calle. Al llegar a la esquina giró a la derecha por la Primera Avenida.

Una vez sobre la bicicleta, la angustia de Jack se disipó. Se puso de pie para pedalear con más fuerza, y la bicicleta cobró velocidad en un abrir y cerrar de ojos. El tráfico de la hora punta se había despejado un tanto, de modo que los coches, taxis, autobuses y camiones circulaban a buen ritmo. Jack no podía conducir a aquella velocidad, pero casi. Una vez alcanzó su velocidad de crucero, se sentó de nuevo en el sillín y cambió a un desarrollo mayor. Gracias al ejercicio diario con la bicicleta y el baloncesto, estaba en una forma física espectacular.

Era un atardecer glorioso, con un fulgor dorado que difuminaba las siluetas de los edificios. Algunos rascacielos se recortaban prístinos contra el cielo azul, que se oscurecía a cada minuto que pasaba. Jack dejó el Centro Médico de la Universidad de Nueva York a su derecha y un poco más al norte, el complejo de la Asamblea General de la ONU. En cuanto pudo, se desplazó hacia la izquierda para poder torcer por la calle Cuarenta y siete, que era de una sola dirección y lo conduciría hacia el este.

Las Torres de la ONU se hallaban a poca distancia de la Primera Avenida. La impresionante estructura de vidrio y mármol se elevaba sesenta y tantas plantas hacia el cielo crepuscular. Justo enfrente de la marquesina que se extendía desde la entrada hasta la calle había estacionados varios coches patrulla de la policía de Nueva York con las luces del techo encendidas. Numerosos neoyorquinos curtidos por la ciudad pasaban por delante sin mirar siquiera. También vio un destartalado Chevrolet Malibú aparcado en doble fila junto a uno de los coches patrulla. Era el de Lou. Delante del Malibú había un coche fúnebre de los Servicios Sanitarios y Humanos.

Mientras aseguraba la bicicleta a una señal de prohibido aparcar, la angustia volvió a apoderarse de él. El trayecto había sido demasiado corto para surtir un efecto duradero. Eran las siete y media. Mostró su identificación de forense al portero uniformado, quien le indicó que subiera al piso treinta y cuatro.

En el apartamento 54 J, la situación se había calmado bastante. Cuando Jack entró, Lou Soldano, Allen Eisenberg, Steve Marriott y varios agentes uniformados estaban sentados en el salón como si de la sala de espera de un médico se tratara.

—¿Qué hay? —preguntó Jack.

En el salón reinaba un silencio absoluto.

—Te estábamos esperando a ti y a los de la policía científica —repuso Lou al tiempo que se levantaba.

Los demás siguieron su ejemplo. En lugar de su proverbial atuendo arrugado y algo desaliñado, Lou llevaba una camisa pulcramente planchada y abrochada hasta el cuello, una corbata nueva muy discreta y una elegante americana a cuadros que por desgracia no le quedaba demasiado bien, pues resultaba algo pequeña para su corpulenta figura. Lou era un detective curtido que había pasado seis años en la unidad de crimen organizado antes de pasar a homicidios, donde llevaba más de una década, y su aspecto era acorde a su trayectoria.

—Vaya, vaya, estás muy elegante —comentó Jack.

Incluso el cabello muy corto de Lou parecía recién cepillado, y no había rastro de su famosa barba incipiente.

—Todo lo elegante que puedo estar —replicó Lou al tiempo que alzaba los brazos como si quisiera mostrar los bíceps—. En honor de tu cena, me he escabullido a casa para cambiarme. ¿Qué celebramos, por cierto?

—¿Dónde está el diplomático? —inquirió a su vez Jack, haciendo caso omiso de la pregunta de Lou.

Echó un vistazo a la cocina y a una estancia que se utilizaba como comedor. A excepción del salón, el piso parecía desierto.

—Se ha largado —repuso Lou—. Salió hecho una furia después de que hablara contigo, amenazándonos a todos con consecuencias terribles.

—No deberías haberlo dejado marchar —objetó Jack.

—¿Y qué querías que hiciera? —se quejó Lou—. No tenía una orden de detención.

—¿No podrías haberlo retenido para interrogarlo hasta que llegara yo?

—Mira, el capitán me ha encargado el caso para no complicar las cosas. Retener a ese tipo en este momento las habría complicado pero que mucho.

—Vale —accedió Jack—. De todas formas, es problema tuyo, no mío. Veamos el cadáver.

Lou señaló la puerta abierta del dormitorio.

—¿Habéis identificado ya a la mujer? —preguntó Jack.

—Todavía no. El supervisor del edificio dice que llevaba aquí menos de un mes y que hablaba poco inglés.

Jack miró en derredor antes de acercarse al cadáver. La habitación despedía un leve olor a carnicería. La decoración era de diseño, con paredes y moqueta negras, el techo de espejo y las cortinas, los objetos de adorno, los muebles y la ropa de cama, blancos. Tal como Lou le había explicado, el cadáver estaba completamente desnudo, cruzado en posición supina sobre la cama con los pies colgando por el borde izquierdo. Sin duda había sido de tez muy morena en vida, pero ahora su piel aparecía cenicienta sobre la sábana, a excepción de unos cuantos cardenales en el rostro y un ojo morado. Tenía los brazos extendidos a los lados con las palmas vueltas hacia arriba. En la mano derecha sostenía una pistola automática, con el dedo índice junto al gatillo. Su cabeza se ladeaba ligeramente hacia la derecha, y tenía los ojos abiertos. En la parte superior de la sien derecha se apreciaba con claridad un balazo de entrada. Detrás de la cabeza, una gran mancha de sangre teñía la sábana blanca. De la víctima partían hacia la izquierda algunas salpicaduras de sangre, así como fragmentos de tejidos.

—Algunos de estos tipos de Oriente Próximo pueden llegar a ser muy brutos con sus mujeres —comentó Jack.

—Eso he oído —convino Lou—. ¿Los cardenales y el ojo morado se deben a la herida de bala?

—Lo dudo —repuso Jack antes de volverse hacia Steve y Allen—. ¿Han sacado fotografías del cadáver?

—Sí —asintió Steve Marriott desde cerca de la puerta.

Jack se puso unos guantes de látex y retiró con cuidado el cabello oscuro, casi negro de la mujer para descubrir la herida de entrada. La lesión mostraba una distintiva forma estrellada, lo cual indicaba que el cañón del arma había estado en contacto con la víctima en el momento del disparo.

Con suma delicadeza, Jack giró la cabeza de la mujer para examinar la herida de salida. Se encontraba debajo de la oreja izquierda.

—Bueno, aquí tenemos más pruebas —comentó mientras se incorporaba.

—¿Pruebas de qué? —inquirió Lou.

—De que no es un suicidio —explicó Jack—. La bala entró desde arriba en un ángulo descendente. La gente no se dispara así.

Jack formó una pistola con la mano derecha y se oprimió el dedo índice contra la sien como si del cañón se tratara. El plano del dedo quedaba paralelo al suelo.

—Cuando una persona se pega un tiro, la trayectoria de la bala suele ser casi horizontal o quizá un poco ascendente, pero nunca descendente. Esto es un homicidio escenificado para que parezca un suicidio.

—Vaya, muchas gracias —refunfuñó Lou—. Tenía la esperanza de que tu deducción sobre su desnudez fuera equivocada.

—Lo siento —se disculpó Jack.

—¿Tienes idea de cuánto tiempo lleva muerta?

—Todavía no, pero a bote pronto diría que no mucho. ¿Alguien ha oído el disparo? Eso nos daría información más precisa.

—Por desgracia no —repuso Lou.

—¡Teniente! —lo llamó uno de los agentes uniformados desde el umbral—. Ha llegado la policía científica.

—Dígales que vengan ya mismo —respondió Lou por encima del hombro antes de volverse de nuevo hacia Jack—. ¿Has terminado o qué?

—Sí. Tendremos más datos para vosotros mañana por la mañana. Yo mismo me encargaré de la autopsia.

—En tal caso, haré lo posible por estar ahí.

A lo largo de los años, Lou había aprendido a valorar la gran cantidad de información que podía obtenerse de las víctimas de homicidio durante la autopsia.

—Estupendo —dijo Jack mientras se quitaba los guantes—. Me largo.

Miró el reloj. Aún no eran las ocho, pero llegaría tarde; eran las siete y cincuenta y dos. Le llevaría más de ocho minutos llegar al restaurante. Miró a Lou, que se había agachado para examinar un pequeño desgarrón en la sábana a cierta distancia del cadáver, cerca del cabezal.

—¿Qué has encontrado?

—¿Qué te parece esto? ¿Crees que puede ser el punto donde la bala penetró en el colchón?

Jack se inclinó para examinar el desgarrón lineal de un centímetro de longitud y asintió.

—Diría que sí. Hay un poco de sangre en los bordes.

Lou se irguió cuando los técnicos de la policía científica entraron con su equipo. Lou les pidió que sacaran la bala, y los técnicos le prometieron que harían cuanto estuviera en su mano.

—¿Crees que podrías escaparte de aquí a una hora razonable? —preguntó Jack.

—No veo por qué no puedo irme contigo —respondió Lou con un encogimiento de hombros—. Sin el diplomático, no hay motivo para que me quede. Te llevo.

—He venido en bicicleta —señaló Jack.

—¿Y qué? La cargamos en mi coche, así llegarás antes. Además, irás más seguro que en tu bici. Me parece increíble que Laurie aún te deje montar en ese trasto por la ciudad, sobre todo cuando veis a tantos mensajeros atropellados.

—Voy con mucho cuidado —aseguró Jack.

—Y una mierda —espetó Lou—. Te he visto ir como un loco más de una vez.

Jack intentó decidir qué hacer. Quería ir en bici por su efecto balsámico y también porque no soportaba el hedor de los ochocientos millones de cigarrillos que se habían fumado en el Chevrolet de Lou, pero tenía que reconocer que, tal como conducía Lou, sería un medio de transporte más rápido, e iba mal de tiempo.

—De acuerdo —accedió a regañadientes.

—Madre mía, un arranque de madurez —exclamó Lou al tiempo que sacaba las llaves y se las lanzaba—. Mientras te ocupas de cargar la bicicleta, hablaré con mis chicos para asegurarme de que lo tienen todo claro.

Al cabo de diez minutos, Lou conducía hacia el norte por Park Avenue, según él el trayecto más rápido hacia la parte alta de la ciudad. La bicicleta de Jack estaba en el asiento posterior con las dos ruedas desmontadas. Jack había insistido en bajar las cuatro ventanillas, de modo que entraba mucho aire, pero al menos se podía respirar pese al cenicero rebosante de colillas.

—Pareces un poco tenso —comentó Lou mientras rodeaban la estación central por el paso elevado.

—No me gusta llegar tarde.

—Como mucho llegaremos un cuarto de hora tarde, lo cual en mi opinión no es llegar tarde.

Jack miró por la ventanilla derecha. Lou tenía razón. Un cuarto de hora no era ninguna barbaridad, pero saberlo no mitigaba en modo alguno su ansiedad.

—Bueno, ¿qué celebramos? Al final no me lo has dicho.

—¿Hay que celebrar algo? —replicó Jack.

—Vale, vale —murmuró Lou, mirándolo de reojo.

Su amigo se estaba comportando de un modo extraño, pero decidió no insistir. Algo pasaba, pero lo dejaría correr.

Aparcaron en una zona prohibida a pocos pasos de la entrada del restaurante. Lou arrojó la tarjeta de coche policial sobre el salpicadero.

—¿Crees que es prudente? —preguntó Jack—. No me gustaría que la grúa se llevara mi bici con tu coche.

—¡La grúa no se va a llevar mi coche! —aseguró Lou con convicción.

Los dos hombres entraron en Elio’s y se dispusieron al combate. El establecimiento estaba abarrotado, sobre todo en la zona del bar cerca de la puerta principal.

—Todo el mundo ha vuelto de los Hamptons —comentó Lou a voz en cuello para hacerse oír por encima del estruendo de voces y risas.

Jack asintió y se disculpó ante los que estaban delante de él para adentrarse en el restaurante. La gente apartó sus copas para dejarlo pasar. Buscaba a la encargada, a la que recordaba como una mujer esbelta de hablar suave y sonrisa afable. Antes de que la encontra ...