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CRISIS

Robin Cook  

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Fragmento

Prólogo

8 de septiembre de 2005.

El otoño es una estación gloriosa, pese que a menudo se emplea como metáfora de la muerte y la agonía inminentes. En ningún lugar se hace más patente su atmósfera vigorosa y sus exuberantes colores que en el nordeste de Estados Unidos. Ya a principios de septiembre, los días tórridos, brumosos y húmedos del verano de Nueva Inglaterra empiezan a dar paso a días cristalinos de aire fresco, claro y seco bajo un cielo intensamente azul. El 8 de septiembre de 2005 fue uno de aquellos días. Ni una sola nube manchaba el cielo diáfano desde Maine hasta New Jersey, y tanto en el laberinto de macadán del centro de Boston como en la parrilla de hormigón de la ciudad de Nueva York, la temperatura se situaba en unos agradables veinticinco grados.

Cuando el día ya tocaba a su fin, dos médicos sacaron al mismo tiempo y con idéntica desgana el teléfono móvil que llevaban prendido a la cinturilla en sus respectivas ciudades. A ninguno de los dos les hacía ninguna gracia la intromisión, pues ambos temían que el timbrazo melódico del aparato anunciara una crisis que requeriría su atención y presencia profesionales. Una interrupción inoportuna, pues ambos tenían planeadas sendas actividades personales muy interesantes para aquella noche.

Por desgracia, la intuición no les falló, pues ambas llamadas hacían justicia a la reputación metafórica del otoño. La llamada de Boston hacía referencia a una persona a punto de morir, aquejada de un intenso dolor en el pecho, debilidad profunda y dificultades respiratorias, mientras que la de Nueva York se refería a una persona reciente pero inequívocamente muerta. Ambas situaciones constituían urgencias para los dos médicos y requerían que aplazaran sus planes personales. Lo que los dos ignoraban era que una de las llamadas desencadenaría una secuencia de acontecimientos que tendría graves repercusiones sobre ambos, los pondría en peligro y los convertiría en enemigos encarnizados, mientras que la segunda llamada daría un giro distinto a la primera.

Boston, 19.10 horas.

El doctor Craig Bowman dejó caer los brazos unos instantes para aliviar el dolor de los antebrazos. Estaba frente al espejo instalado en la cara interior de la puerta del vestidor, pugnando por anudarse una elegante pajarita negra. Había llevado esmoquin a lo sumo media docena de veces en su vida, la primera vez en el baile de graduación del instituto y la última el día de su boda, y en todas las ocasiones se había conformado con un modelo de pajarita ya anudada que se incluía en los esmóquines alquilados. Pero ahora, en la era de su reencarnación, quería una de verdad. Se había comprado un esmoquin nuevo y no tenía intención de conformarse con una pajarita falsa. El problema residía en que no sabía anudársela y le había dado demasiada vergüenza pedir ayuda al dependiente de la tienda. En aquel momento no se había preocupado, porque imaginaba que se parecería bastante a atarse los zapatos.

Por desgracia, no tenía nada que ver, y llevaba diez minutos intentando anudarse el maldito artilugio. Por fortuna, Leona, su nueva y explosiva secretaria y administrativa, además de novia reciente, se estaba maquillando en el baño. En el peor de los casos tendría que preguntarle si sabía anudar pajaritas. Lo cierto es que no le apetecía recurrir a ella. No llevaban demasiado tiempo saliendo juntos, y Craig prefería que Leona conservara su aparente fe en la sofisticación de su novio, porque temía que de lo contrario no dejaría de darle la vara. Leona tenía lo que su madura recepcionista y su enfermera denominaban una «boca de cuidado». El tacto no era uno de sus puntos fuertes.

Craig desvió la mirada hacia Leona. La puerta del baño estaba entornada, y la joven se estaba maquillando los ojos, pero lo único que veía era la silueta lateral de su sinuoso trasero de veintitrés años enfundado en reluciente crepé rosa. Estaba de puntillas, inclinada sobre el lavabo para poder acercarse más al espejo. Una breve sonrisa de satisfacción curvó los labios de Craig al imaginarse a sí mismo aquella noche recorriendo el pasillo de la Sinfónica, motivo por el cual se estaban acicalando tanto. En compensación por su «boca de cuidado», Leona era un «auténtico bombón», sobre todo en aquel vestido de generoso escote que habían comprado hacía poco en Neiman Marcus. Craig estaba convencido de que muchos se volverían para mirarla y de que recibiría miradas envidiosas de otros hombres de cuarenta y cinco años. Comprendía que aquellos pensamientos eran bastante infantiles, por expresarlo de forma delicada, pero no los había experimentado desde la última vez que se pusiera un esmoquin y tenía la sana intención de disfrutarlos al máximo.

La sonrisa de Craig se desvaneció cuando acudió a su mente la posibilidad de toparse con algún amigo suyo y de su mujer entre el público. Desde luego, no albergaba el propósito de humillar a nadie ni herir los sentimientos de nadie. Sin embargo, no creía que fuera a encontrarse con ningún conocido, ya que él y su mujer nunca habían ido a la Sinfónica, ni tampoco ninguno de sus pocos amigos, en su mayoría otros médicos sobrecargados de trabajo como él. Aprovechar la oferta cultural de la ciudad no había formado parte de su estilo de vida suburbano, por causa de la gran cantidad de horas de dedicación que exigía el ejercicio de la medicina.

Craig llevaba seis meses separado de Alexis, de modo que no era ningún escándalo salir acompañado. No creía que fuera cuestión de la edad. Siempre y cuando saliera con una mujer adulta de edad razonable, postuniversitaria, no pasa nada. A fin de cuentas, tarde o temprano lo verían por ahí acompañado por alguna mujer, sobre todo teniendo en cuenta la actividad que desplegaba en los últimos tiempos. Además de asistir con regularidad a conciertos, se había convertido en asiduo a un nuevo gimnasio, así como al teatro, el ballet y toda una serie de otras actividades y reuniones sociales en las que participaba cualquier persona culta normal en una ciudad cosmopolita. Puesto que Alexis se había negado sistemáticamente a formar parte de su transformación desde el principio, ahora Craig se consideraba con el derecho a acompañar a quien le viniera en gana. Nada lo impediría convertirse en la persona que aspiraba a ser. Incluso se había hecho miembro del Museo de Bellas Artes y esperaba con impaciencia las inauguraciones de las exposiciones, pese a que nunca había asistido a ninguna. Se había visto obligado a sacrificar el disfrute de toda actividad cultural durante los arduos y solitarios años de estudio y trabajo para convertirse en médico, en el mejor médico posible, lo cual significaba que durante diez años de su vida adulta, solo se había ausentado del hospital para dormir. Y en cuanto terminó la especialidad en medicina interna y puso por fin su placa, aún le quedó menos tiempo para dedicarse a cualquier actividad personal, incluyendo por desgracia la vida familiar. Se había convertido en el adicto al trabajo arquetípico e intelectualmente provinciano que solo tenía tiempo para sus pacientes. Pero todo aquello estaba cambiando, y tanto los lamentos como los sentimientos de culpabilidad, sobre todo en lo tocante a los asuntos familiares, debían quedar relegados a segundo término. El nuevo doctor Craig Bowman había dejado atrás la vida anodina, monótona, ajetreada, insatisfactoria y vacía de cultura. Sabía que algunas personas calificaban su situación de crisis de la mediana edad, pero él la consideraba más bien un renacimiento o, mejor dicho, un despertar.

A lo largo del año pasado, Craig se había propuesto, incluso obsesionado por transformarse en una persona más interesante, feliz, completa y mejor, y como consecuencia de todo ello, en un médico mejor. Sobre la mesa de su piso en la ciudad se apilaba un montón de catálogos de distintas universidades de la zona, entre ellas Harvard. Tenía intención de asistir a clases de humanidades; tal vez uno o dos cursos por semestre para recuperar el tiempo perdido. Y lo mejor de todo era que gracias a su transformación había podido volver a su amada investigación, que había quedado del todo olvidada al empezar a ejercer. Lo que había comenzado en la facultad como un trabajo remunerado, encargándose de las tareas de machaca para un profesor que estudiaba los canales de sodio en miocitos y neuronas, se convirtió en una pasión cuando lo ascendieron a la categoría de investigador asociado. Craig incluso había sido coautor de varios artículos científicos de gran repercusión durante su época de estudiante y residente. Y ahora estaba de nuevo en la brecha, con la posibilidad de pasar dos tardes a la semana en el laboratorio, lo cual le encantaba. Leona lo llamaba hombre renacentista, y si bien sabía que era un calificativo prematuro, Craig creía que con un par de años de esfuerzo bien podría acercarse a esa figura.

El origen de la metamorfosis de Craig había sido bastante repentino y lo había cogido del todo desprevenido. Poco más de un año antes y de forma bastante casual, su vida profesional había dado un giro de ciento ochenta grados, lo cual le había reportado el doble beneficio de un considerable aumento de ingresos y también de satisfacción profesional. De pronto se le brindaba la posibilidad de practicar el tipo de medicina que había aprendido en la facultad, en la que las necesidades de los pacientes eclipsaban las enrevesadas reglas de su cobertura médica. Ahora Craig podía dedicar una hora entera a un paciente si su situación así lo requería, y había tomado la acertada decisión de hacerlo. De un solo plumazo se había visto libre de la doble lacra de los reembolsos cada vez más exiguos y el aumento de los costes, circunstancias que hasta entonces le habían obligado a dar cabida a un número cada vez mayor de pacientes en su consulta. Para cobrar ya no tenía que pelearse con los empleados de las aseguradoras, a menudo ignorantes en toda cuestión médica. Incluso había empezado a hacer visitas domiciliarias si ello era lo mejor para el paciente, algo que habría resultado impensable en su vida anterior.

El cambio había sido un sueño hecho realidad. Al recibir, de forma inesperada, la oferta por correo electrónico, Craig había respondido a su aspirante a benefactor y ahora socio que tenía que pensárselo. ¿Cómo había podido ser tan idiota como para no aceptar de inmediato? ¿Y si hubiera perdido la oportunidad? Todo empezó a ir mejor, salvo los problemas familiares, pero el origen de dichos problemas residía en lo absorto que había estado en su antigua situación profesional. En última instancia había sido culpa suya, lo cual no tenía reparo en reconocer. Había permitido que las exigencias del ejercicio moderno de la medicina gobernaran y limitaran su vida. Pero desde luego, ahora no se estaba ahogando, de modo que tal vez las dificultades familiares pudieran resolverse con el tiempo. Quizá lograra convencer a Alexis de que las vidas de todos ellos podían mejorar de forma drástica. Entretanto, tenía intención de disfrutar de su evolución personal. Por primera vez en su vida, Craig tenía tiempo libre y dinero en el banco.

Con un extremo de la pajarita en cada mano, Craig estaba a punto de intentar una vez más anudársela cuando sonó su teléfono móvil. Su rostro se ensombreció. Miró el reloj; las siete y diez. El concierto empezaba a las ocho y media. Echó un vistazo al nombre que indicaba la pantalla del teléfono. Stanhope.

—¡Maldita sea! —masculló.

Abrió la pestaña del teléfono, se lo llevó a la oreja y saludó.

—¿Doctor Bowman? —preguntó una voz refinada—. Le llamo por Patience. Ha empeorado. De hecho, creo que esta vez está realmente enferma.

—¿Qué le ocurre, Jordan? —inquirió Craig mientras volvía la mirada hacia el baño.

Leona había oído el teléfono y lo estaba mirando. Craig formó en silencio la palabra «Stanhope», y Leona asintió. Sabía lo que aquello significaba, y Craig adivinó en su expresión que albergaba el mismo temor que él, es decir, que la velada que habían planeado corriera peligro. Si llegaban tarde al concierto, tendrían que esperar al intermedio para ocupar sus butacas, lo cual significaba perderse la diversión y la emoción de la entrada, que ambos esperaban con ilusión.

—No lo sé —repuso Jordan—. Parece mucho más débil de lo normal. No parece capaz ni de incorporarse en la cama.

—¿Qué otros síntomas tiene aparte de la debilidad?

—Creo que deberíamos pedir una ambulancia e ir al hospital. Está muy alterada, y me tiene muy preocupado.

—Jordan, si usted está preocupado, yo también lo estoy —señaló Craig en tono tranquilizador—. ¿Qué síntomas tiene? Quiero decir que esta mañana he estado en su casa atendiendo sus molestias habituales. ¿Se trata de algo diferente?

Patience Stanhope era una del puñado de pacientes que Craig calificaba de «pacientes problemáticos», pero sin duda era la peor del grupo. Todos los médicos tenían algún paciente así en cualquier tipo de consulta, y los hallaban pesados en el mejor de los casos y enloquecedores en el peor. Eran los pacientes que perseveraban día tras día con una letanía de dolencias que en su mayoría eran completamente psicosomáticas o inexistentes, y que rara vez respondían a ningún tratamiento, ni siquiera a los de la medicina alternativa. Craig lo había probado todo con aquellos pacientes, pero en vano. Por lo general eran personas deprimidas, exigentes, exasperantes y absorbentes. Asimismo, a causa de internet, se habían vuelto muy creativos respecto a sus supuestos síntomas y su deseo de largas conversaciones y solicitud. En su consulta anterior, tras verificar su hipocondría más allá de toda duda razonable, Craig se las arreglaba para visitarlos con la menor frecuencia posible, lo cual conseguía derivándolos a la enfermera y, en contadas ocasiones, a otro especialista, sobre todo a un psiquiatra, si conseguía persuadir a los pacientes a que acudieran a uno. Pero en su nueva etapa profesional, su capacidad de recurrir a semejantes tretas era limitada, lo que significaba que los «pacientes problemáticos» eran la única pesadilla que sufría en su consulta. Según su contable, representaban tan solo el tres por ciento de su clientela y consumían más del quince por ciento de su tiempo. Patience era el ejemplo por excelencia. Craig llevaba ocho meses visitándola al menos una vez por semana, muy a menudo por la noche. Como comentaba con frecuencia a su personal, Patience ponía a prueba su paciencia, un chiste que siempre arrancaba carcajadas.

—Esto es muy distinto —aseguró Jordan—. Muy diferente de las molestias que tenía anoche y esta mañana.

—¿En qué sentido? —quiso saber Craig—. ¿Puede darme algún detalle?

Quería saber con la mayor exactitud posible qué le pasaba a Patience y se obligó a recordarse que los hipocondríacos a veces se ponían enfermos de verdad. El problema de tratar a aquella clase de pacientes era que bajaban en gran medida el umbral de suspicacia. Era como la alegoría del niño que anunció al lobo demasiadas veces.

—El dolor se sitúa en otra parte.

—De acuerdo, es u

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