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CRISTINA FERNáNDEZ

Laura Di Marco  

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Fragmento

Prólogo

La idea de un libro sobre la historia de vida de Cristina Fernández —una biografía no autorizada, en clave político-intimista— nació una tarde de otoño, en un bar de La Plata.

Fue en 2008, mientras hacía entrevistas en la misma ciudad donde la presidenta argentina había pasado parte de su juventud. Conversaba con un abogado y dirigente kirchnerista sin cargo formal en el gobierno (a partir de 2011 sí obtuvo uno) que había sido compañero de facultad de los Kirchner cuando ambos estudiaban abogacía en la Universidad de La Plata. Mi objetivo era construir un perfil periodístico de Ofelia Cédola,1 funcionaria K y compañera de estudios de Cristina Fernández, quien por entonces recién había asumido su primer período como presidenta. Cédola había sido su amiga desde la secundaria y en los setenta había oficiado de celestina de la pareja presidencial.

—¿Sabés cuál es el verdadero drama de Cristina? —preguntó, de repente, el hombre con quien hablaba—. Que el padre verdadero nunca la reconoció. El padre biológico no es Eduardo Fernández, el colectivero. Yo conozco a la familia del padre biológico; son de acá, de La Plata. El hombre murió hace años. Trabajaba en Rentas junto con Ofelia [Wilhelm], la madre de Cristina. Eran compañeros de trabajo y Cristina fue fruto de esa relación pasajera. Fue bastante después, con los años, que Fernández reconoció a la hija.

Recibe antes que nadie historias como ésta

El hombre calló de golpe, como si en aquel instante hubiera registrado la importancia de lo que estaba diciendo.

Recuerdo haber pensando que la herida de origen de Evita era la misma: que el padre biológico tampoco la había reconocido, tal como reconstruye la historiadora española Marysa Navarro, una de sus más importantes biógrafas. Incluso, mientras lo escuchaba, llegué a pensar en esa tendencia que tiene la historia a repetirse.

Pese a todos aquellos pensamientos encadenados, en aquel momento decidí que no tomaría en cuenta lo que aquel hombre me estaba diciendo. Y no porque desconfiara de él, al contrario.

Ocurre que en el periodismo político abundan los momentos así: de pronto, una fuente en la que confiamos se hace eco de una historia extraordinaria, cuando no de una operación de prensa lisa y llana, que persigue fines políticos antes que informativos. Por esta razón, para quienes llevamos años en este oficio el primer reflejo siempre es descreer.

Claro que algunas veces lo que parece inverosímil termina resultando real, como cuando los santacruceños contaban que en la casa de los Kirchner había bóvedas con dinero negro derivado del cruce ilegal entre política y negocios. Pero, en todo caso, éstas son las excepciones a una regla probada: el imperio de los rumores sin confirmación.

Además, en este caso en particular tenía una segunda razón para desechar aquella pista: no era la primera vez que me topaba con esa hipótesis, y lo que había leído al respecto me parecía francamente descabellado. Circulaba por internet una historia sobre la falsa paternidad de Eduardo Fernández que era tan malintencionada que no merecía ser explorada.

Pero el tiempo pasó —transcurrieron años— y una sucesión encadenada de hechos hizo que el tema volviera a mí y que, esta vez, cobrara fuerza. Indagué entonces en las biografías autorizadas y allí surgían con claridad baches, incongruencias y fechas que no encajaban. Omisiones. Mentiras.

Definitivamente, la infancia de Cristina estaba plagada de misterios. Misterios e interrogantes abiertos que, como si fueran una marca de origen, se replicaban a lo largo de su vida personal y política.

Tal vez consciente de ello, y ante la necesidad de aportar alguna información a la confusión de sus primeros años, Cristina admitió ante su biógrafa favorita, Sandra Russo, un suceso revelador: “Yo fui hija de madre soltera —confirmó en La Presidenta—. Me enteré después, con el tiempo, viendo mi partida de nacimiento y comparando fechas. Mis padres se casaron después, poco antes de que mi hermana naciera”.

La médica Gisele Fernández, su hermana menor, nació seis años después que la presidenta.

Pero, ¿de qué servía saber si Fernández era o no el verdadero padre o si su padre biológico no la reconoció al nacer?

¿Cuál es el aporte histórico o periodístico, en el caso de que, efectivamente, Cristina fuera fruto de una relación pasajera y no del matrimonio Wilhelm-Fernández? ¿Es ético que el periodismo investigue sobre la vida personal de un presidente?

Más allá del debate que pueda surgir en torno a este tema —que se abre y continúa en el primer capítulo (ver capítulo “Hija natural”)—, el punto que hay que dilucidar es si aquello de la vida personal que se va a relatar tiene traducción política. Es decir, si las cuestiones de la vida privada tienen o tuvieron consecuencias políticas. Y en el caso de Cristina Fernández, la respuesta es sí.

Las páginas que siguen no sólo muestran que existen claves de su personalidad política que fueron alumbradas por acontecimientos de su vida personal sino, también, cómo y de qué manera, cuándo la presidenta habla, en muchas ocasiones lo hace desde Tolosa, el suburbio obrero donde nació y se crió.

Más aún, parada una tarde sobre la esquina de las calles 4 y 32, a metros de la casa de inquilinato en la que la presidenta llegó a este mundo, tuve la exacta sensación de que es imposible descifrar a Cristina Fernández sin conocer su infancia. Y sin conocer Tolosa.

Paralelamente, si tomamos como cierta la hipótesis de que la historia tiende a la repetición, sus secretos de origen la pondrían en línea con Eva Perón y la pareja mítica del peronismo clásico.

Dicho sea de paso, la infancia de Evita también está plagada de ocultamientos y reescrituras para tapar la historia real. Tal como revela Navarro, cuando Evita se casó con Perón se fraguó su acta de nacimiento para evitar que saliera a la luz su condición de hija natural.

La decisión de emprender esta línea de investigación entrañaba sus riesgos y una enorme apuesta. Sin embargo, el éxito editorial de La Cámpora, que en 2011 se convirtió en un best-seller político, generó las condiciones para que Penguin Random House apoyara este nuevo proyecto editorial, junto con todos sus desafíos.

Sucede que la investigación periodística, si se la encara con seriedad, es cara y costosa. Y no sólo se trata de dinero sino también de la inversión de tiempo. Requiere, además, un compromiso de largo aliento que involucra a muchas personas trabajando juntas. Todo ese combo, complejo de lograr, hace que hoy en la Argentina prácticamente no existan libros que sean fruto de un trabajo de investigación de casi dos años.

Para llevar adelante una investigación de esta envergadura contamos con el aporte de un equipo periodístico especializado, viajes a los lugares donde vivió la presidenta durante sus distintas etapas y la realización de más de sesenta entrevistas con personas que la trataron y conocieron en diversos momentos de su vida.

Por mencionar sólo un ejemplo: el blindaje informativo que el gobierno instrumentó en torno a la intimidad presidencial hizo que ni el nombre de su humilde escuela primaria —un colegio en el suburbio del suburbio— trascendiera a los medios. Hasta ahora, no había ningún dato sobre su infancia que no proviniera de ella misma.

Las páginas que siguen incluyen, por primera vez, entrevistas con sus compañeros de la escuela primaria y otros testigos directos de una etapa en la vida de Cristina que, por alguna razón, ha querido guardar bajo siete llaves, y cuya realidad dista bastante de los recuerdos edulcorados que evocó en sus biografías oficiales.

Si bien el trabajo periodístico empezó varios meses antes, la investigación propiamente dicha arrancó en febrero de 2013 y terminó en mayo de 2014.

Personalmente, había un par de preguntas que me intrigaban: ¿cómo fue que aquella joven, que en los setenta había tenido ideales, terminó aceptando una construcción de poder atravesada por la corrupción? ¿Y cómo enfrentó, al enviudar, todo el trabajo sucio que requiere el mantenimiento de ese armado —el llamado “poder K”— al que Kirchner siempre se había dedicado dentro del matrimonio?

En Blue Jasmine, Woody Allen narra la historia de una mujer, casada con un millonario estafador, que decide mirar para el costado, mientras ambos ascienden social y económicamente. Jasmine disfruta de su nivel de vida haciendo “como que” no se da cuenta de lo que está sucediendo, a la vez que va elevando el umbral de tolerancia con respecto a las actividades de su acaudalado esposo. Pero el cuento de hadas se rompe cuando sorpresivamente él decide dejarla por otra mujer. En ese momento ella decide denunciarlo al FBI, con un llamado en el que describe con lujo de detalles los delitos de su cónyuge que hasta ese momento había protegido.

Entonces, ¿Cristina sostuvo una red de corrupción o, como la protagonista de Blue Jasmine, fue la mujer adicta a un jefe político al que le toleró todo, incluso el robo para la Corona K?

O, dicho de otro modo, ¿fue la socia de un hombre poderoso o Kirchner la rescató de la orfandad familiar, dándole poder e identidad y transformándose así en una suerte de padre sustituto?

El segundo riesgo que afrontaba esta biografía, en el marco del actual escenario polarizado, era, paradójicamente, acercarse a la verdad. Esbozar una biografía crítica, pero no destructiva. Y poder exponer a Cristina Kirchner en sus claroscuros, alejada de los falsos extremos —bruja corrupta o santa Cristina— fogoneados por la urgencia de la guerra mediática.

Las páginas de este libro revelan a una presidenta muy distinta —y hasta opuesta— a lo que muestra su personaje público. Exhiben cómo, detrás de su seguridad avasallante, se esconde una mujer con un costado dependiente, influenciable e inseguro.

El influjo que ejerció el periodista Horacio Verbitsky sobre su gobierno, después de la muerte de Kirchner, es una prueba de esa vulnerabilidad, igual que el lazo de dependencia emocional que, durante el último año, generó con el papa Francisco y que va más allá de la especulación política.

También muestra, con lujo de detalles, a través del testimonio directo de sus protagonistas, el día que, sometida a los caprichos de Kirchner, quiso renunciar a la presidencia después del voto no positivo de Julio Cobos en medio de la puja con el campo.

Pero a la vez expone su coraje cuando tuvo que aprender a lidiar, una vez viuda, con los varones del poder: Los Gordos de la CGT, los empresarios, los peronistas y hasta los servicios de inteligencia, que le ocultaron información clave sobre la presentación de Sergio Massa en las primarias de 2013.

Al revés de lo que suele afirmarse, este texto documenta cómo Cristina Kirchner es mucho más peronista de lo que asume y de lo que los propios peronistas admiten.

Una peronista que, fiel a la cultura de su movimiento, se ha ido fusionando, a lo largo del tiempo, con el clima de la época. Incluso tuvo un período de apoyo a Isabel Perón, entre 1982 y 1983, como puede chequearse en los archivos de Santa Cruz. El último congreso del PJ de Parque Norte, en mayo de 2014, en el que logró integrar a sus hijos políticos —La Cámpora— a la conducción partidaria, muestra hasta qué punto esto es así.

Para abordar una investigación con este nivel de apuesta armamos un equipo de periodistas investigadores, con expertisse en cada una de las áreas sobre las que produjeron sus respectivos informes. Por ejemplo, Emilia Delfino, autora de una biografía sobre Hugo Moyano (El hombre del camión), investigó para este libro la trama oculta —y hasta ahora nunca revelada— del divorcio entre la presidenta y el jefe sindical, que había sido socio estratégico del santacruceño hasta la noche anterior a su muerte.

El equipo se completó con Mariano Confalonieri, Luis Gasulla, Mauricio Caminos, Santiago Pérez (abocado exclusivamente a determinar si es o no abogada) y la periodista santacruceña Mirtha Espina, quien conoce como pocos a Cristina Fernández porque, desde fines de la década de los ochenta, cubrió toda su carrera política en Río Gallegos a partir de que fue elegida legisladora por primera vez.

La exploración también aborda los pormenores de su salud física y emocional; los detalles que nunca se revelaron sobre su operación en el cráneo (también rodeada de misterios y desinformación), los diversos diagnósticos en danza, sus estados anímicos y la intimidad de la terapia cognitiva que le recetó su médico, el neurólogo Facundo Manes, luego de la intervención. Terapia a la que también debieron asistir miembros de su entorno y de su familia (ver capítulo “En terapia”).

Destapa la interna médica desatada en la fundación creada por René Favaloro a partir de la internación de su ilustre paciente, cuyo resultado fue que la intervención de la presidenta terminara en manos de un joven neurocirujano poco experimentado, Cristian Fuster, quien había egresado de una pasantía en el centro neurológico Fleni hacía apenas tres años.

En noviembre de 2013 viajé a Santa Cruz, donde entrevisté a fuentes clave de su vida en el Sur. En El Calafate conocí a figuras de su entorno y me alojé al lado de su casa, en su hotel boutique Los Sauces, apenas separado de su chalet —el mismo en el que murió Kirchner— por un arroyo.

En Río Gallegos me dediqué a reconstruir su vida desde el momento en que llegó con Kirchner desde La Plata. En aquella ciudad en la que se radicó a partir de 1976 llegué a hablar, incluso, con quien fue su depiladora personal durante una década, María Inés López.

La obsesión enfermiza de Cristina por la seguridad del cuerpo de Kirchner, pocas horas después de su muerte —una historia ocurrida en el cementerio de Río Gallegos en torno al cajón del ex presidente que es relatada aquí, por primera vez, a través de testigos directos y fuentes con nombre y apellido—, muestra hasta qué grado llegaba la fusión entre ambos.

Hice muchos viajes a La Plata, donde hablé con decenas de personas que la conocieron y compartieron con ella durante su infancia, adolescencia y juventud, cuando aún no se había cruzado con el ex presidente. Es decir, el período más inexplorado y secreto de su vida.

El fin del poder y las posibilidades a futuro del kirchnerismocristinismo abren otros interrogantes, a los que también responde esta investigación: ¿tejió Cristina un pacto político con Daniel Scioli para tramitar la sucesión dentro del peronismo o, como hizo Carlos Menem con Fernando de la Rúa, decidió apostar por Mauricio Macri aun en contra de su propio partido, para preservar el cristinismo para el próximo turno? ¿O se jugará por un candidato propio, como el irreverente Florencio Randazzo, el entrerriano Sergio Urribarri, el devoto Julián Domínguez o el disciplinado Agustín Rossi? Y ese eventual pacto sucesorio, ¿incluye también la impunidad de las causas que se tramitan contra empresarios y funcionarios kirchneristas? ¿Por qué protege a Amado Boudou acorralado por la Justicia? ¿Quiere volver al poder? ¿Qué está pensando para el futuro? ¿Tiene una nueva pareja?

Un párrafo aparte merece el tratamiento de las fuentes y los entrevistados que participaron.

Es preciso dejar asentado que existió un esfuerzo deliberado en identificar a las fuentes con nombre y apellido, en lugar de apelar al más fácil, aunque bastante menos serio, “según dijo un ministro…”. De manera que a lo largo de estas páginas hablan personas de carne y hueso, como aconsejan los estándares del periodismo profesional, y sólo cuando eso no fue posible —porque la fuente tiene un cargo público en el gobierno kirchnerista, sigue frecuentando a la presidenta o aparece informando sobre un tema delicado— se apeló al off the record. Pero el punto importante a destacar es que la reserva de identidad siempre se utilizó como último recurso.

Cristina Fernández también tiene un objetivo preacordado: la historia que sigue incluye más hechos que interpretaciones.

¿Por qué? Porque los hechos son soberanos —es decir, lo que sucedió es verdad—, mientras que las interpretaciones sobre lo sucedido siempre son subjetivas y, por lo tanto, parciales.

Dejamos al lector la libertad de hacer sus propias interpretaciones sobre la figura política más controvertida, atractiva y polémica que surgió en la Argentina en los últimos cincuenta años, después de Eva Perón.

LAURA DI MARCO

29 de mayo de 2014

1. “Ofelia ‘Pipa’ Cédola: una celestina en el poder K”, La Nación, 25 de mayo de 2008.

HIJA NATURAL

Su llegada al mundo como hija de madre de soltera
y el dilema en torno a su padre biológico, la herida de infancia de la presidenta.

Esta es la imagen que tengo de Eva, desde muy

chica. Una Eva fuerte y un Perón

revolucionario y transgresor, que se casa con

ella, que es hija natural, en un momento en que

los hombres se casaban con adornos, con floreros.

Cristina Kirchner en Reina Cristina

¿En qué infancia no hay un misterio? Cristina

contribuyó a crear el suyo con un cuidadoso

silencio sobre aquellos años iniciales de los que

apenas llegan algunas fotos y pocos datos.

Ni el nombre de la escuela primaria

se sobrepone a esa edad oscura.

Carlos Pagni, 9 diciembre de 2007 en

La Nación, a pocos días de que Cristina

Fernández de Kirchner asumiera

su primer período como presidenta

El certificado de nacimiento asegura que Cristina Elisabet Fernández llegó al mundo el 19 de febrero de 1953, al mediodía. Pero no nació en un sanatorio ni en un hospital, sino en la casa de una partera. La comadre vivía a unas pocas cuadras de la precaria vivienda alquilada de la calle 4 y 32 en la que habitaba la familia de Ofelia Wilhelm, su mamá, quien por entonces era una joven de apenas veinticuatro años y estaba soltera.

El embarazo y la maternidad sin casamiento, a principio de los años cincuenta, fue un cimbronazo: un ramalazo de vergüenza para los Wilhelm, que lo vivieron como un escándalo y, al principio, hasta como una tragedia. La propia presidenta le confesaría, muchos años más tarde, a Sandra Russo, su biógrafa oficial, que nadie en su familia se había tomado el trabajo de informarle sobre su condición de hija natural. Ella sola lo descubrió, comparando fechas, cuando ya era una mujer adulta y tenía sus propios hijos.

Un segundo dato llama la atención en el documento que acredita su llegada al mundo, en pleno gobierno peronista: es el lugar donde su mamá dio a luz. “Eva Perón”, se lee en el espacio correspondiente al lugar de nacimiento, un nombre que muy probablemente alude a la ciudad de La Plata, pues cuando la presidenta nació se la llamaba Eva Perón. Perón la había rebautizado en homenaje a su esposa fallecida. Evita había muerto siete meses antes del nacimiento de Cristina. Luego del golpe de 1955, los militares borrarían aquel nombre “maldito” y repondrían el original.

Ofelia había crecido huérfana de madre, bajo la tutela de Carlos Wilhelm y de una tía. La abuela Wilhelm era una bella española que murió joven, y que cuando sus hijos eran niños trabajaba como cocinera en La Plata en lo que entonces era la Casa Cuna. Dejó al marido viudo con cuatro hijos: dos mujeres y dos varones. Los seis habían logrado construir un hogar precario en aquel suburbio en las afueras de La Plata. A principios de los años cincuenta, Tolosa era un barrio obrero que había empezado a desarrollarse como sede de los talleres ferroviarios, a unos quince kilómetros del centro. Al vecindario se le sumaban los inmigrantes italianos, que también elegían la zona para armar sus casitas, cerca del trabajo en el ferrocarril. Cuando Cristina nació, y durante buena parte de su infancia, las calles eran de tierra y circulaba el tranvía.

Los Wilhelm siempre habían sido pobres. Una carencia de la que sólo saldrían seis años más tarde gracias a Eduardo Fernández, que ya era propietario de un colectivo: todo un capital para la época. Los padres de Fernández, además, tenían vacas y algunas tierras en City Bell, un patrimonio que para la familia de Cristina era casi un sinónimo de riqueza. Fue él quien compró un terreno y luego construyó una casita americana para su nueva familia política en la 523 bis entre 7 y 8, un barrio para la clase media. Lo apodaban “el Colorado” por su color de piel, o “el Tarta” por sus problemas para expresarse.

Sin embargo, para aquel ascenso social todavía faltaba mucho en febrero de 1953. Eso recién se produciría hacia fines de 1958 junto con el casamiento del colectivero con Ofelia Wilhelm. La madre de Cristina se casó con Fernández embarazada de Gisele, su segunda hija, quien llegó al mundo el primer día de 1959. Entonces, la presidenta tenía casi seis años, y en marzo de aquel mismo año comenzaría la primaria en la humilde escuela 102 Dardo Rocha, de 7 y 32, junto con veintinueve chicos más. La escuelita, que empezó con apenas cinco aulas, estaba a tres cuadras de la casa materna.

De joven, Carl o el Negro, como apodaban al abuelo de la presidenta, había trabajado en un frigorífico, aunque con el tiempo lograría un empleo mejor en la Aduana de Río Santiago, cerca de Ensenada. Precisamente allí trabajaba cuando Ofelia quedó embarazada.

La que más la acompañó en aquel trance fue Noemí, su única hermana, a quien la presidenta reconocería, muchos años más tarde, como su segunda madre. Del mismo modo que la abuela Wilhelm, la tía-madre también fallecería joven. En los primeros años de vida era Noemí quien llevaba y traía de la escuela a la nena, mientras Ofelia salía a trabajar para mantener la casa. A pesar de la pobreza, o tal vez a propósito de ella, la familia tenía un integrante que jugaba en el club Gimnasia y Esgrima de La Plata, el Lobo, del que todos eran fanáticos. Era uno de los hermanos de Ofelia, el tío Julio.

La ciudad donde nació Cristina era, y de algún modo sigue siendo, mucho más conservadora que la Capital, con divisiones fijas y compartimentos estancos, tanto en la política como en el fútbol. Se trata de una sociedad binaria: se es de Gimnasia o de Estudiantes, peronista o radical, y no existen muchas más posibilidades. Un panorama sin grises que se contrapone con la diversidad de la Capital, donde las identidades están mucho más diluidas, fragmentadas, y los bordes, difusos.

Históricamente, en La Plata los hinchas de Gimnasia pertenecen a las clases bajas o se identifican con ellas, mientras que los de Estudiantes forman parte de la clase media y de los “oligarquetas”, como definirán más adelante los platenses protagonistas de este capítulo. Lo mismo sucede en política: el peronismo está identificado con las clases populares y el radicalismo con la clase media y alta, y por supuesto con el antiperonismo. Una dinámica que replica la de las ciudades del interior de la Argentina y que, pese a su lejanía geográfica, se parece más a Río Gallegos que a la Capital Federal. Tal vez por eso a Cristina le cueste tanto entender el ADN político de los porteños, radicalmente diferente, donde hay un amplio sector opositor al kirchnerismo que es progresista, la misma bandera que agita —al menos discursivamente— su gobierno.

El día que Cristina Fernández llegó al mundo, Perón partía hacia Chile en tren. Los diarios de la época le daban una amplia cobertura a una gira política que, según el peronismo, era histórica y estaba vinculada a la integración regional. Su objetivo era firmar un tratado de unión económica argentino-chilena que finalmente no se concretó y que el antiperonismo interpretaba entonces como una expresión del expansionismo peronista, a lo Hitler. Muchos años más tarde, el intelectual de Carta Abierta Norberto Galasso interpretaría aquel viaje, que había arrancado justo el día del nacimiento de Cristina, como el relanzamiento del ABC: una sigla que traducía la intención de Perón de generar una alianza estratégica con Brasil y Chile. Los intelectuales del kirchnerismo lo interpretan hoy como el retorno a la geopolítica o’higginista y sanmartiniana.

Los Wilhelm eran fervientemente peronistas. Tanto, que Cristina Fernández siempre dijo que su peronismo le venía por parte del abuelo materno. Era él quien la sentaba en las rodillas para leerle La razón de mi vida, cuando ella aún no conocía las letras.

Eran los años del estrellato del Mono Gatica y de Pascualito Pérez, cuando los alquileres estaban congelados, el sueldo mínimo de la administración pública era de 250 pesos y el de un obrero, de 310.

Ofelia Wilhelm tenía alrededor de veinte años cuando ingresó a la oficina de la Dirección General de Rentas del Ministerio de Economía de la provincia de Buenos Aires —actualmente, ARBA— y más tarde se haría sindicalista y secretaria general de su gremio, la Asociación de Empleados de Rentas e Inmobiliario (AERI). Dentro de la oficina del Registro de la Propiedad Inmueble estaba empleada en el área de Catastro. A los pocos años de entrar a esa oficina quedó embarazada.

Los años de la primera infancia de Cristina —y, en general, toda la época pre Kirchner, en Tolosa— constituyen un período que la presidenta, por razones que sólo ella conoce, ha guardado bajo siete llaves. Y tal como advertía el perfil del periodista Carlos Pagni antes de su asunción, ni siquiera el nombre de su escuela primaria había logrado, hasta ahora, salir a la luz pública.

El primer misterio es si el padre oficial de la presidenta, Eduardo Fernández, es efectivamente su padre biológico o si el colectivero fue quien años más tarde asumió esa paternidad.

En Tolosa y en ciertos círculos platenses —los que la presidenta frecuentó durante su adolescencia y su juventud— está muy instalado el hecho de que el colectivero fue quien terminó reconociendo a la nena que Ofelia habría tenido con otro hombre, que no pudo o no quiso hacerse cargo.

Eso podría explicar, en parte, que Fernández haya entrado oficialmente tan tarde a la historia de los Wilhelm: cuando se casó con Ofelia, Cristina estaba por cumplir los seis años.

“El drama de Cristina es ése, que el verdadero padre no la reconoció. Eso es lo que siempre ha circulado aquí”, admite la contadora Graciela Natoli, que fue su compañera del secundario en el colegio de Nuestra Señora de la Misericordia. La abogada Teresita Pérez Galimberti, una ex secretaria de la Justicia Electoral platense que integró el círculo de amigos de la presidenta en la adolescencia, también confirma que la versión está fuertemente instalada en La Plata. Lo mismo sugirieron algunos hijos de los socios de Fernández, en la línea 273, en la que el marido de Ofelia llegó a tener tres unidades. Es la misma versión que sostiene aquel funcionario del gobierno kirchnerista (ver “Prólogo”) cuyo testimonio inicial dio origen a esta biografía.

Pero, ¿hay derecho a meterse en esta historia, a contarla? ¿No se trata de una intromisión indebida en la vida privada, irrelevante, además, porque no se vincula con ningún asunto público?

El punto es discutible, tanto que no hay consenso sobre una respuesta definitiva en la biblioteca periodística. De hecho, la mitad de esa biblioteca estará de acuerdo en avanzar en la búsqueda de datos para completar la trama histórico-política, y la otra la desechará por considerarla una invasión al territorio privado de la vida.

Hay quienes sostienen que el periodismo “serio” no debe ocuparse de la esfera privada, sin discriminar qué partes de esa vida privada estarían vedadas. Aquella prohibición no escrita tampoco considera la intención. Pero la intención de la investigación —el para qué— es crucial a la hora de discernir lo importante de lo accesorio, y aun de lo morboso.

Hay otro dato que también pesa a la hora de elegir una línea de investigación y que suele pasar desapercibido: el periodismo político clásico casi no tiene en cuenta las emociones a la hora de explicar las motivaciones de la acción política. Como si los actores de la política sólo estuvieran guiados, siempre, por actos puramente racionales, como la desesperación por “la caja” o la conservación del poder.

En una palabra, se tira exclusivamente del hilo que atraviesa la ruta del dinero, y muy pocas veces de la trama emocional.

No sucede lo mismo con la historia desde que las nuevas generaciones de investigadores empezaron a condimentar a nuestros próceres con pasiones, actos irracionales, mentiras, luces y sombras, que los explican mucho mejor. Pareciera, entonces, que sólo cuando los acontecimientos son observados con la distancia que da el tiempo sus protagonistas logran recuperar algo de humanidad. Y fue precisamente bajo esta nueva perspectiva que ciertos acontecimientos históricos adquirieron un significado más amplio o más hondo.

Lo curioso es que actualmente casi no existe experto en marketing político que no reconozca el factor emocional a la hora de explicar el voto.

A contracorriente de lo que se creyó durante décadas, hoy los trabajos de campo revelan que para el 90 por ciento de la gente el acto de votar es tan primario como la atracción sexual. Y que, lejos de las grandes abstracciones intelectuales o elucubraciones ideológicas, lo que predomina a la hora de elegir es el “me gusta” o “no me gusta”, más o menos como en el Facebook.

Hay algunos estudiosos del marketing que incluso van más allá: aseguran que el potencial votante primero es “emocionalmente” de izquierda, de derecha o peronista, y que luego se entera de qué tiene que leer para serlo “ideológicamente”.

Si esto corre para los votantes, ¿por qué no regiría también para los votados?

Y esto no significa que la caja y el poder no sean grandes motivadores entre los protagonistas de la política argentina. Sobre todo a partir de los noventa, cuando la política y los negocios comenzaron a confluir en alianzas obscenas. Alianzas que, además, parecen ser una condición necesaria para llegar al poder, como cree la mayoría de los políticos con chances reales, y no sólo los del oficialismo.

Cuando Kirchner decía que para hacer política previamente era necesario “hacer platita” —frase que admitió públicamente la propia presidenta— no estaba expresando sólo una creencia personal.

Convengamos en que la frase sonaría extrañísima en boca del uruguayo Pepe Mujica o de la chilena Michelle Bachelet, por citar dos ejemplos a mano. Sin embargo, aquí calzó con total normalidad. ¿Por qué? Porque tal creencia no sólo sustenta la corrupción kirchnerista sino la corrupción argentina. Y para corroborarlo basta escuchar a los políticos, casi de cualquier color, cuando tienen confianza y sueltan la lengua en alguna reunión sin periodistas.

Los únicos que tienen un mapa mental diferente son, generalmente, los de la izquierda dura, porque para ellos la austeridad económica también es parte inseparable de su fe.

En una palabra, la ruta del dinero es esencial, pero insuficiente. Y está lejos de ser la variable excluyente para explicar la coyuntura política.

El drama del no reconocimiento del padre, por ejemplo, es lo que muchos biógrafos de Eva Perón resaltan a la hora de explicar —al menos en parte— el fanatismo de Evita por Perón y las claves de aquel matrimonio simbiótico con un hombre muchos años mayor que ella: un hombre que, por la edad, podría haber sido su padre. La herida personal de Evita —la de su propia infancia— tuvo una traducción política en el mismo momento en el que le abrió la puerta a la pareja emblemática que armó con Perón: una unión que terminó marcando, de modo definitivo, los últimos cincuenta años de la Argentina política.

También Cristina formó con Kirchner una relación simbiótica, como ella misma definió en algunos reportajes públicos. Y claro que la psicología no explica la política. Sin embargo, lo inverso también es verdadero porque sin la trama emocional que late detrás de la historia política, la vida de la mujer más poderosa de la Argentina sólo se explica a medias.

Si tomamos como cierta la hipótesis de que la historia tiende a la repetición, los secretos de origen de Cristina la pondrían en línea con Eva Perón y la pareja mítica del peronismo clásico.

Secretos de origen

Lo primero que llama la atención en la infancia de la presidenta —plagada de hermetismo, misterios y secretos— es que haya nacido en la casa de una partera.

¿Sería ésta una costumbre de la época?

Tal es la explicación que Ofelia Wilhelm da en el libro Reina Cristina, la primera biografía autorizada de Cristina Fernández, ante la pregunta de su autora, que se muestra sorprendida por el dato.

“Qué disparate, por supuesto que no era la costumbre de la época. Mi hijo nació en el mismo año que Cristina; fue al mismo colegio primario y nació en el Hospital Italiano, aquí en La Plata. Todos los chicos nacían en un sanatorio, si tenías mucha plata, o en un hospital público, si no la tenías. A la partera iban los que estaban de trampa: los abortos y las madres solteras”, asegura un hombre de la generación de Ofelia cuyos hijos fueron a la escuela primaria con Cristina. El hombre, que en 2014 tiene ochenta y cinco años, compartió toda la primera infancia de la presidenta, entre fines de los años cincuenta —cuando los hijos entraron a primer grado— y mediados de los sesenta, cuando egresaron.

Otro dato llama la atención: todas las biografías, autorizadas o no, registran que la segunda hija de Ofelia nació dos años después que Cristina y no seis, como realmente sucedió.

El dato —que parece irrelevante— es replicado erróneamente en diversos artículos periodísticos de la prensa nacional y extranjera, como si hubiera existido un esfuerzo deliberado por parte de la presidenta, y la información que ella misma proporcionó, en atenuar aquellos cincos años en los que, de niña, vivió como hija natural con la sola compañía de su mamá, su tía y su abuelo.

Está claro que si la diferencia fuera de apenas dos años en lugar de seis, el margen para instalar la duda sobre la paternidad de Fernández también resulta menor.

En el círculo más íntimo de la presidenta en La Plata, aquel donde ella pasó su infancia, su adolescencia y su primera juventud, e incluso entre los hijos de los socios de Fernández de la línea 273, circulan dos hipótesis. La primera, que es la que sostienen los Wilhelm-Fernández, es que el colectivero efectivamente es el padre biológico pero que, al no estar convencido de la relación con Ofelia, tardó cinco años en reconocer a su hija y formalizar la familia. Quienes abonan esta teoría señalan que, en principio, la relación entre Ofelia y Fernández se planteó como fugaz, algo común entre los colectiveros de la época, como reconstruirán más adelante los hijos de sus socios en la compañía de colectivos que unía La Plata con City Bell.

Ésta es la versión oficial y la que sostiene también el primer novio de la presidenta, Raúl “el Lagarto” Cafferata, un ex rugbier del club San Luis, cuya familia pertenecía a la burguesía platense. Una pequeñoburguesía de empresarios y profesionales con aspiraciones aristocráticas que sólo estaban en la fantasía de aquellas familias que se creían más de lo que eran. La presidenta y Cafferata tuvieron un noviazgo de cinco años, que empezó cuando Cristina tenía dieciséis, una relación que significó para aquella chica de Tolosa un enorme ascenso social, tal como Eduardo Fernández había significado para su madre. Para tener una primera aproximación, digamos que el mejor amigo de Cafferata era y sigue siendo el embajador en España, Carlos Bettini, cuya abuela María Mercedes Hourquebie de Francese era viuda de un constructor y dueña de una de las grandes fortunas platenses. Bettini y Cafferata eran compañeros en el exclusivo colegio San Luis y también jugaban juntos al rugby en el club del mismo nombre.

“La gran duda es si Eduardo es el verdadero padre —desliza el ex jugador de rugby, en reuniones con sus amigos platenses, cuando le preguntan por esta enigmática historia—, y ante esto lo que yo realmente creo es que sí lo es. Terminé convenciéndome de que embarazó a Ofelia dentro de una relación que no le convencía y después termina casándose por mandato social. Eduardo era tartamudo, y era muy tartamudo cuando se sentía bajo presión. Se manifestaba mucho cuando estaba en su casa, pero no cuando estaba afuera.”

En la intimidad de esas reuniones de amigos, a las que se suma el embajador Bettini cuando viaja a la Argentina, el Lagarto suele decir que “el drama de Cristina siempre fueron los viejos, porque se casaron recién cuando ella tenía cinco años y Ofelia estaba embarazada de Gisele”.

Suele comentar también que Cristina y Fernández apenas se dirigían la palabra. “Con quien sí tenía una relación mucho más afectuosa era con Gisele. En aquel momento, ser colectivero no era como ahora: interactuaban con los pasajeros, que los conocían porque siempre eran los mismos. El colectivero participaba en la vida del barrio. El hecho de que no se haya casado cuando Ofelia quedó embarazada provocó una gran desavenencia con el padre, Carlos Wilhelm, y un hermano de Ofelia. Todos vivían en la misma casa. El padre y el hermano vivían en una habitación en el fondo.”

En aquella casa de 523 bis, entre 7 y 8, donde Cristina creció y de la que recién se iría para casarse con Kirchner, aún sigue viviendo Ofelia con Gisele, que volvió con la madre en 2014 después de separarse de su pareja, el médico veterinario Juan Carlos Citate.

Cafferata suele recordar que Cristina casi no se hablaba con el padre, ni siquiera en la casa.

“Apenas un hola —reconstruye, ante los íntimos—. O se tiraban dardos por algunas discusiones. Yo lo veía a la hora de la cena. El tipo se acostaba temprano y a las cinco de la mañana se iba a laburar. Llegó a tener tres micros y se convirtió en el jefe de personal de la línea 273. Con Ofelia convivían pero no se llevaban bien. Cuando Eduardo llegaba a la casa, el hermano y el padre de Ofelia salían disparando al fondo. Desaparecían, ni se cruzaban. Ella nunca me hablaba del padre. Se instalaba en mi casa —mi viejo era miembro del Jockey Club— y yo me iba con amigos a la noche, mientras ella se quedaba discutiendo con mis viejos de política. El padre de Cristina era un fanático de Ricardo Balbín.”

Este primer novio oficial, que entraba a la casa, fue una de las personas que más conoció a Cristina durante su primera juventud. “Me la roba Kirchner”, se lamentará hoy el rugbier en los círculos platenses. El Largarto tiene un hermano menor, Enrique, que es el verdadero autor de esa foto tan popular que circula en la blogósfera y que muestra a la presidenta, a los veinte años, recostada sobre una reja en la puerta del zoológico de La Plata, y que ilustra la tapa de este libro.

Cafferata veía en Ofelia un genuino interés por cuidar a Cristina, mientras que la presencia paterna prácticamente no existía. “El viejo nunca le ponía límites. Ella empieza el secundario en el Comercial San Martín (hoy Polimodal), un colegio público, pero en tercer año se pasa al Misericordia por esa necesidad que siempre tenía de aparentar y de pertenecer a otra clase social.”

Una prima muy allegada a la presidenta suele decir que lo que Cristina no le perdona a Eduardo Fernández es, en definitiva, que no se haya casado con su mamá de inmediato, cuando quedó embarazada de ella.

De todos modos, hay que decir, siguiendo la línea de razonamiento de Cafferata, que casarse luego de cinco años de haber tenido una hija puede ser algo común en la actualidad, pero de ningún modo lo era en la década del cincuenta, tal como aseguraron quienes comparten generación con la madre de la presidenta.

Entrevistada para este libro, una de las hermanas de Eduardo Fernández, Sara, da algunas pistas que sirven para completar el rompecabezas.

Confirma, en principio, que Ofelia y Fernández se conocieron arriba de un colectivo que manejaba su hermano y, además, que la presidenta canceló todo contacto con la familia Fernández cuando el colectivero falleció, en 1982.

Sigue Sara Fernández: “En la casa de Ofelia no se podía hablar ni de fútbol ni de política porque volaban los platos por todos lados. Cristina dejó de tener contacto con la familia paterna desde que murió Eduardo. La presidenta es muy solitaria y ésa es la razón, creo yo, por la cual dejó de tener contacto con nosotros. Tampoco habla nunca acerca de nosotros, y eso que habla...”.

En la casa de Ofelia “volaban los platos”, como dice la tía Sara, porque los bandos estaban enfrentados: Eduardo era radical y de Estudiantes, mientras que Ofelia era de Gimnasia y peronista. Lo que se llama una explosiva sociedad de crianza.

La propia Cristina, con su historia editada y a cuentagotas, también dio pistas, a su estilo, de que la relación entre ella y su padre siempre había sido conflictiva, al revés de lo que sucedía con su hermana Gisele. A Sandra Russo le dijo: “Papá la adoraba [a mi hermana], y ella lo adoraba a él. Fue un padre muy distinto con Gisele”. Luego, su biógrafa completaría con una percepción propia: “Su padre era distante. Y cuando Cristina habla de él, esa distancia vuelve”. Más adelante asegura que Fernández no era físicamente cariñoso y que, según Cristina, era mujeriego. Descripción que respaldan, e incluso amplían, los hijos de los socios del colectivero ubicándola entre las “costumbres de la época” y los “gajes del oficio” de manejar micros en un suburbio en los años cincuenta y sesenta.

“Los colectiveros eran todos mujeriegos porque arriba del colectivo era habitual conocer a muchas chicas de la zona que viajaban todos los días. Ninguno tenía una sola mujer. Mi padre ...