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CRíMENES SORPRENDENTES DE LA CLASE ALTA ARGENTINA

Ricardo Canaletti  

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Fragmento

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A Gerardo Angarano

y a Victoria Canaletti.

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I
Pequeño corazón delator
(1785)

En esa mañana turbia y sombría unas diez mil personas se reunieron alrededor del cadalso. El murmullo persistente se interrumpió con gritos de éxtasis cuando corrió el rumor de que se acercaba la caballería que precedía al cortejo. Había quienes levantaban sus brazos al aire y movían la cabeza como enloquecidos, se escuchaban risas sarcásticas y exclamaciones de regocijo malsano producido por el merodear de la muerte. De pronto, silencio. Los gritos endemoniados de la calle Saint-Honoré cesaron cuando la carreta que escoltaban los jinetes se asomó por la esquina. La muchedumbre se apretujaba en las cercanías del patíbulo: una tarima de forma cuadrilonga con dos vigas fuertes, altas y acanaladas, aseguradas en su base con clavos y unidas en su parte superior por un travesaño resistente. Este madero tenía en el medio un grueso anillo de hierro por donde pasaba la cuerda que fijaba y sostenía el peso de una cuchilla con filo sesgado, de manera que cuando el verdugo accionaba el resorte caía a plomo y cortaba oblicuamente y en toda la extensión del golpe. La sangre del cuello brotaba por mil canales, como deseaba la muerte. Por entonces, 21 de enero de 1793, el año del Terror, los franceses no la llamaban guillotina, sino simplemente “la máquina”. El silencio repentino tornaba irreal a esa mañana fría. En el carruaje venían Luis XVI y el caballero de París, como le decían a Charles-Henri Sanson, el mejor verdugo de Francia.

Según Sanson, el rey mantuvo en todo momento la compostura, y su temple dejó asombrados a todos los que lo acompañaban en el carruaje: el mismísimo verdugo y sus ayudantes. No era la primera vez que Sanson se encontraba con Luis XVI. Un par de años antes se habían visto en ocasión de una circunstancia inusual: las ejecuciones en París habían disminuido y el verdugo había ido a pedirle al rey un subsidio para poder mantener a su numerosa familia. La siguiente vez, en 1791, fue a propósito del interés que Luis tenía acerca de la propia “máquina”. Quería saber si “hacía doler” a los condenados al momento de perder su cabeza. Sanson le contestó que apenas sentían “un ligero frescor en el cuello”.

Cuando Luis descendió del carruaje, Sanson le dijo que debía sacarse su hábito, pero el rey se opuso de manera terminante. Su viejo verdugo le habló con calma, como si fuese su médico de cabecera. Finalmente, el rey accedió y se quedó con los pantalones y la camisa. Antes de ascender al patíbulo, su majestad le preguntó al verdugo si era necesario que los tambores redoblaran todo el tiempo. Sanson no tuvo respuesta. Luis XVI subió y se dirigió hacia la parte delantera, como si quisiera pronunciar un discurso. Lo detuvieron y lo persuadieron de que eso no era posible. Mientras el público vociferaba, le explicaron con cortesía y suavidad que la situación no era apropiada para dar ningún discurso a personas que solo querían ver su sangre bañar el cadalso y su cabeza exhibida por Sanson en una pica. La muchedumbre, entretanto, gritaba enloquecida. Era la muerte, otra vez, que merodeaba cerca del tablado.

Al tratar de atarle las manos y los pies, como era el procedimiento en esos casos, el condenado se resistió, pero finalmente accedió. Siguió una de las peores humillaciones, el corte de cabello, casi al rape. Y le arrancaron el cuello de la camisa, para que la hoja de la guillotina no tuviese ningún obstáculo. Ahora el público hacía silencio, aunque de vez en cuando se escuchaba gritar: “¡Muerte a Luis XVI!”. Sanson lo tomó de los hombros y lo acomodó con fuerza en el tablero, con la cabeza entre dos vigas, sujeta por dos traviesas provistas de escotaduras que se adaptaban una a otra fijando el cuello para impedir que la cabeza se moviera de un lado a otro. La hoja filosa miraba desde arriba. Antes de que Sanson soltara el resorte, escuchó al sacerdote decir: “Hijo de San Luis, mirad al cielo”. La cuchilla se desplomó como un relámpago. Se escuchó un zumbido y un golpe sordo. Los caballos de los gendarmes que custodiaban el cadalso relincharon. Sanson, que sabía arrancar los labios superiores de los blasfemos, quemar a fuego lento a las meretrices, cortar las lenguas de los mentirosos, amputar las manos de los ladrones, fustigar a los pecadores, herrar como ganado a los desertores o flagelar a los menores de edad que incurrían en algún delito grave, tomó la cabeza de Luis por las orejas, la ensartó en una pica y la mostró a los concurrentes, que gritaron enfervorizados: “¡Viva la república!”.

Nueve meses después, el mismo espectáculo se repetiría con María Antonieta, la reina, la viuda Capeto. A pesar de todas las acusaciones en su contra por supuestas acciones de alta traición a Francia, de la ejecución de su marido y del encarcelamiento de su hijo, el delfín Luis (el término “delfín” es un título nobiliario reservado a los príncipes herederos al trono), no pudieron quitarle la serenidad de su rostro al salir de la prisión de la Torre del Temple hacia su muerte. Como dijo Stefan Zweig, subió al cadalso “exactamente con la misma alada facilidad, calzando sus negros zapatos de satén de tacones altos, por esta última escalera, como en otro tiempo por las escalinatas de mármol de Versalles”. Aunque el lugar donde moriría distaba mucho de ser aquel extraordinario palacio. María Antonieta tropezó y pisó a Sanson. De inmediato, dijo: “Disculpe, señor, no lo hice a propósito”.

NI MUERTA LA DEJARON EN PAZ

“El féretro permanece insepulto en el cementerio, a causa de que no se cavan fosas para una sola persona; sería demasiado caro. Se espera una nueva hornada de la diligente guillotina, y solo cuando está reunido un número suficiente, la caja de María Antonieta es cubierta con cal viva y arrojada en la fosa común con las nuevas aportaciones. Con ello está todo terminado. En la prisión, el perrillo de la reina corre de una parte a otra, ladrando inquietamente durante algunos días; va olfateando de celda en celda, y salta sobre todos los jergones en busca de su dueña, después, también él cae en indiferencia y el carcelero, compasivo, se queda con él. Más tarde, a las oficinas de la Comuna llega un sepulturero y presenta su cuenta: ‘Seis libras por el ataúd de la viuda Capeto; quince libras con treinta y cinco sous por la sepultura y los sepultureros’. Después, un alguacil reúne las miserables prendas de vestir de la reina, forma un inventario y las envía a un hospital; unas pobres viejas se las ponen sin saber ni preguntar a quién pertenecieron antes. Con ello queda terminada, para sus contemporáneos, la persona que se llamó María Antonieta; cuando, pocos años más tarde viene a París un alemán y pregunta por la sepultura de la reina, no se encuentra ya en toda la ciudad ni un solo ser humano que pueda dar informes de dónde está enterrada la ex reina de Francia”.

María Antonieta, Stefan Zweig

Con la muerte de sus padres, el rey de Francia pasó a ser entonces Luis Carlos de Borbón; tenía 8 años. Lo llevaron prisionero al Palacio de las Tullerías y luego al Temple. Mientras la familia permaneció junta, el propio Luis XVI le enseñaba a su hijo geografía, matemáticas, historia y latín. Mucho antes de la Revolución, María Antonieta había insistido tanto con la educación de su hijo que a los cuatro años ya sabía leer y escribir.

Debido a que los monárquicos querían rescatarlo de la prisión, el Comité de Salud Pública (que no tenía nada que ver con la sanidad: el término salut tenía el significado latino de “salvación”), creado por Maximilien de Robespierre y Georges-Jacques Danton, lo entregó en la misma cárcel al zapatero Antonio Simon, un hombre vulgar, bruto, ignorante, fanático republicano, que lo trató con crueldad inusitada. El rey fue abusado y torturado. Fue durante el período en que estuvo con el zapatero Simon cuando contrajo escrófula, una infección de tuberculosis en los ganglios del cuello.

¿Qué pasó con el joven rey de Francia? Se dijo que fue separado de su infame carcelero Simon por las brutalidades que este cometía y que fue literalmente abandonado, sin que nadie se ocupase de él, pero también que murió en 1795, a los 10 años, a causa de la tuberculosis. ¿Fue un invento de los jacobinos la versión según la cual los médicos Pelletan, Dumangin, Lassus y Jeanroy le hicieron la autopsia? ¿Es verdad que al aserrar el cráneo saltó una astilla de hueso dejando una marca que facilitaba su identificación? ¿Es verdad que fue sepultado en la iglesia de Santa Margarita? Nada de esto fue demostrado con certeza. La propia viuda del sádico zapatero Simon afirmó: “Creo que mi Carlitos no murió en el Temple”. Ninguno de los doscientos diez hombres del cuerpo de guardia de la cárcel dijo haberlo visto después de octubre de 1794. Es un misterio a quién le hicieron la autopsia aquellos cuatro reconocidos médicos, pues no son pocos los familiares del pequeño rey que afirman que jamás le hicieron una. En 1820, el conde José María d’Allard de Vaisons exhumó el cuerpo enterrado en Santa Margarita y resultó que aquellos médicos no se pusieron de acuerdo acerca de la edad de los restos, que podían ser tanto de un chico de 12 años como de uno de 14. Incluso el médico Pelletan, que había participado de aquella disección, cuando los analizó sostuvo que no estaba seguro de que fueran del chico al que le hicieron la autopsia debido a que, a su criterio, los despojos correspondían a un muchacho de 15 o 16 años.

Los jacobinos, es decir, el ala más radical de la Revolución francesa, hicieron correr la voz de que si el rey había muerto seguramente lo habían echado a una fosa común. En 1846 se exhumaron los restos de una fosa que sería aquella donde arrojaron el cadáver del rey. Un solo cuerpo mostraba evidencias de haber sufrido tuberculosis, pero correspondía a una persona que al morir tenía 20 años. ¿Y si al fin de cuentas todas estas historias eran falsas y el rey escapó de la prisión con la ayuda de algunos monárquicos? El conde de Vaisons, el que más investigó la suerte de Luis XVII, decidió que los resultados de su trabajo eran tan sensibles que debían permanecer en secreto hasta cincuenta años después de su muerte. Cuando se conocieron al fin, en 1923, surgió de ellos que por informaciones que le dio el general Paul Barrás, el pequeño rey fue rescatado en agosto de 1794 y llevado al castillo de Vitry. Luego, tras un ataque en el que murieron ocho hombres, Luis fue sacado de allí y en 1803 se le perdió el rastro, pues se cree que huyó al exilio. ¿Pero dónde y bajo qué identidad se ocultaba?

UNA CONSPIRACIÓN DE LOS FRANCESES

En Buenos Aires había miedo de que los franceses utilizaran a sus esclavos para una revuelta y, detrás de la palabra prohibida “libertad”, lograran apoderarse del territorio del Río de la Plata. Se rumoreaba que la Revolución en Francia había encendido los ánimos y ya nadie podía estar tranquilo. De voz en voz circulaban mensajes subversivos y hasta había escritos anónimos que anunciaban una revuelta, pasquines que levantaban rumores, a veces con nombre y apellido de los enemigos de la Corona de España. Ese era el origen de todos los temores, que el decapitado Luis XVI era primo del rey de España, y si estos revolucionarios que hablaban de libertad habían podido con el primero eran capaces de atreverse con el segundo, o de perjudicarlo.

El virrey Nicolás de Arredondo decidió cortar por lo sano. Aunque nadie sabía si existía una confabulación de franceses o si esta era producto de la temerosa imaginación de los vecinos, encomendó a Martín de Álzaga, entonces alcalde de primer voto —es decir, funcionario del Cabildo responsable de tareas policiales, seguridad pública y administración de justicia civil y criminal—, que se encargase de descubrir y castigar a los sediciosos. Era el verano de 1795.

Una idea de hierro se fue formando en la mente de Álzaga; había revolucionarios en Buenos Aires, eran ateos y eran franceses. Como ninguna revuelta se realiza solamente con el poder de la palabra, hizo revisar casas sospechosas para buscar municiones. Un negro se presentó y dijo que los sediciosos les habían dado instrucciones a los esclavos para que, el día indicado, mataran a sus amos y a todos los habitantes de la casa cuando estuviesen en la cama; después debían apoderarse de las armas que hubiese y también del dinero; los esclavos se harían dueños de todo y quedarían libres. Aseguró que participarían franceses, mulatos, negros e indios y que el golpe se daría el Jueves y Viernes Santo. Asaltarían el fuerte y degollarían a todos los que no se plegaran a ellos; también al virrey, “un perro ladronazo” que roba la plata. Debían ser días santos para subrayar que se trataba de gente sin Dios.

Pero el negro solamente lo había escuchado. De todas las medidas que tomó Álzaga, el resultado que obtuvo fue cero. Aunque la gente hablaba, y habló de un panadero francés de apellido Dumont, del que se decía —¿quién lo decía?— que en su casa se reunían franceses que terminaban sus brindis vivando la libertad, la peor palabra que se podía mencionar en aquellos tiempos.

Álzaga siguió haciendo caso a lo que aparecía en los pasquines que pegaban —¿quién los pegaba?— por las noches en las paredes de la ciudad. Mandó a arrestar a los que estaban mencionados en ellos. Se esperaba que fuesen militares y políticos, en cambio, fueron arrojados a la cárcel dos panaderos, un sastre, un cocinero, un almacenero, un peluquero, un pulpero, un relojero, un maestro y el capataz de un buque donde revistaba como oficial Santiago de Liniers, cuyo oficio consistía en el mantenimiento de la nave. Se agregaron luego dos criollos, uno por ser vecino de los franceses y el otro, llamado Juan Díaz, que era de Corrientes, señalado de ser nada menos que el ideólogo de la sedición. Se llamó a numerosos testigos que convirtieron el procedimiento criminal en una gran pérdida de tiempo. Álzaga se jugaba su prestigio. Le faltaba la prueba por excelencia para terminar con todo eso. Le faltaba una confesión, una sola, y salvaría su papel de eficaz inquisidor. Hacía mucho tiempo que no se utilizaban las torturas en las causas penales, pero tampoco estaban prohibidas, así que era legal echar mano de ellas. El primero en conocer el suplicio fue Díaz, un hombre que pasaba los cincuenta años y en el que Álzaga había depositado sus esperanzas. Pese a los suplicios, el correntino no dijo una sola palabra. Antes de que el alcalde de primer voto estallara de furia y redoblara la intensidad de los tormentos una idea se le cruzó por la cabeza. ¡Claro, si no habló aun bajo tortura es que es culpable! Lo mismo ocurrió con los otros acusados: no abrieron la boca o reclamaron su inocencia. Pues eso bastaba, según la lógica retorcida y malintencionada de Álzaga, para considerarlos culpables.

La aplicación de tortura no pudo mantenerse en secreto y los vecinos la repudiaron. No era necesario comportarse como una bestia para saber si había o no una revolución en ciernes. Frente a la reacción del público, las autoridades políticas le comunicaron a Álzaga que se abstuviera de aplicar el suplicio otra vez.

Como según los rumores la insurrección se produciría el 2 y 3 de abril, Jueves y Viernes Santo, la decisión fue adelantar el juicio. Una decisión extraña, porque los supuestos insurrectos estaban detenidos. ¿O había más? Los imputados recibieron un pedido de penas basadas en consideraciones tales como, por ejemplo, que se llevaban bien entre ellos, que uno le había dado educación a su esclavo, por sus “gestos”, por reunirse para comentar noticias de Francia, porque alguno “vivía de manera rara” y salía de noche... Las penas solicitadas fueron la muerte para nueve acusados y el exilio para otros seis, mientras que para dos de ellos se solicitó el sobreseimiento.

Los defensores se encargaron de barrer la acusación con argumentos simples hasta llegar a la conclusión de que no había siquiera un intento de sedición. Criticaron con dureza al alcalde Álzaga y reprocharon la utilización de las torturas. Las exposiciones de los defensores obligaron a la fiscalía a dejar aclarado que nunca había apoyado a Álzaga en el empleo de tormentos y realizar un nuevo pedido de penas. Pero sobre todo, se declaró que había muchas dudas sobre una conjura contra la Corona de España por parte de los franceses. Sin embargo, eran franceses, y en la actual situación que atravesaba la política de Francia y de España, la condena debía ser la expatriación. El correntino Díaz pasó doce años encarcelado en las Malvinas, porque a su respecto se mantuvo la presunción, solo la presunción, de tener proyectos que iban contra los intereses del virreinato, aunque nunca se explicó cuáles. Álzaga recibió también una condena, pero social: las burlas y sátiras no se detenían. Sobre todo se le enrostraba haber cometido la inmoralidad de emplear torturas.

La goleta francesa La Chiffone llegó a Buenos Aires el 1 de julio de 1818 procedente de la ciudad francesa El Havre. En ella viajaba un hombre de unos 30 años (el delfín tendría 33), que dijo llamarse Pierre Benoit. Semanas después, presentó los papeles para ingresar en la Marina, necesitada de oficiales experimentados. Mencionó como antecedente militar haber pertenecido a la Marina de Francia entre 1808 y 1814 y haber alcanzado el grado de aspirante de Segunda Clase. Su experiencia como soldado era nada menos que haber acompañado a Napoleón durante los Cent-Jours, el período de cien días en el cual el emperador abandonó su destierro en la isla de Elba y regresó triunfal a París. Los Cien Días terminaron el 18 de junio de 1815 en Waterloo. Según Benoit, fue encarcelado y logró escapar, con documentos falsos, para arribar al Río de la Plata. Ahora su deseo era servir a la causa de la independencia y la libertad contra el opresor español. Había dejado su país, les decía a otros franceses llegados a estas costas, por razones políticas, aunque nunca las explicó. En la planilla de ingreso declaró que había nacido en Calais el 2 de agosto de 1794, aunque la fecha él mismo la consideraba incierta, que su padre se llamaba Pedro Francisco y su madre, María Juana; inicialmente no dio su apellido, luego declaró que era Daut. También informó que su padre lo había educado en artes y ciencias y que conocía distintas disciplinas e idiomas como español, alemán, inglés, latín y hasta hebreo, una rareza tratándose de un pobre marinero de Calais.

—Nací en cuna de oro —afirmó misteriosamente a sus compatriotas sin agregar ni una palabra más.

Era verosímil que hubiera pertenecido a una familia acomodada, porque no cualquiera podía tener una instrucción semejante y unos ademanes delicados que ni siquiera la rudeza del trabajo de marinero habían podido hacer desaparecer por completo. Benoit no sabía si lo habían bautizado. Conservaba una bolsa de seda con unos cabellos, tal vez de su madre. ¿Qué extraña tragedia lo había arrojado fuera de Francia hacia un mundo incómodo y desconocido? Era sorprendente que alguien con conocimientos tan variados e intereses intelectuales diversos hubiera pasado desapercibido en su ciudad o incluso en su país. Pero hasta aquí había llegado Benoit con su relato, sin papel alguno que confirmase algo sobre su vida, salvo su palabra y su asombrosa instrucción. Hablaba pestes de quien era por entonces rey de Francia, Luis XVIII…

Sus antecedentes le permitieron ingresar sin problemas en la Marina. Se lo asignó a la escuadra de Guillermo Brown con el grado que se le otorgaba a todos los oficiales extranjeros, “subteniente aventurero”, pero una lesión en una de sus piernas lo alejó de la Marina poco después. Este mal, que apareció al tiempo de su llegada a Buenos Aires, se iría agravando con los años. No hubo médico que pudiera dar un diagnóstico sobre el padecimiento de Benoit, que era muy doloroso y lo inhabilitaba cada vez más. Tres años después lo nombraron dibujante de la expedición de Aimé Bonpland, o simplemente Amado o Amadeo Bonpland, otro francés que era médico, botánico, agricultor e industrial, con quien vivió las aventuras que aquel grado naval prometía pero que no le había otorgado.

Los franceses se hicieron inseparables y compartieron muchas peripecias. Uno llegó a la vida del otro a causa de circunstancias enigmáticas. O tal vez por voluntad de Benoit, interesado en recorrer lugares insospechados con un experto del calibre de Bonpland. O acaso contratado por el mismo Bonpland, que descubrió en Benoit un pasado atenazado por los dramáticos acontecimientos que había vivido su país. Juntos iban de aquí para allá, recogiendo gajos de árboles, plantas, ramas… Un destino muy curioso para quien podía ser el delfín de Francia.

Fueron al Delta del Paraná y hasta la isla Martín García, donde hallaron plantas de yerba mate que habían llevado los jesuitas. Regresaron a Buenos Aires con esas preciosas mercancías para que Bonpland las estudiara con detenimiento y luego volvieron a salir de campaña.

Bonpland tenía escritos sobre la flora en las Provincias Unidas del Plata y quería publicarlos, pero no consiguió el apoyo para esta empresa. El ambiente político local entonces estaba muy enrarecido. Había espías por todos lados, pues el director Juan Martín de Pueyrredón tenía información de que existía un complot para asesinarlo. Problemas no le faltaban: la oposición de los caudillos del interior; la ocupación de la Banda Oriental por los portugueses; la preparación de la campaña de San Martín y el Ejército de los Andes. En esos tiempos, Pueyrredón veía conspiraciones por todos lados y no se equivocaba: muchas de esas conspiraciones eran reales. Pueyrredón confirmó sus sospechas cuando sus espías le contaron que un grupo de cinco franceses bonapartistas querían asesinarlo y también a José de San Martín y a Bernardo de O’Higgins, instigados por el militar chileno Juan José Pedro de la Carrera y Verdugo y por sus hermanos. La rivalidad existía desde unos años antes y se basaba en los planes diferentes de ambos bandos: mientras Pueyrredón, San Martín y O’Higgins coincidían en la idea de crear en América monarquías constitucionales a cargo de príncipes europeos, los Carrera eran republicanos a ultranza.

OTRA CONSPIRACIÓN DE LOS FRANCESES

El general chileno José Miguel Carrera llegó a Buenos Aires desde los Estados Unidos en enero de 1816. Carrera había sido presidente de la Junta de Gobierno de su país hasta 1813. Al año siguiente se había enfrentado, junto con Bernardo de O’Higgins, contra el ejército español enviado por el virrey de Perú para reconquistar Chile. O’Higgins y Carrera eran enemigos políticos, pero se habían unido contra los realistas y, desorganizados, perdieron una batalla decisiva en Rancagua. Chile había vuelto a ser española. Carrera pensaba que San Martín, Pueyrredón —por entonces director supremo de las Provincias Unidas del Río de la Plata— y O’Higgins tenían tratos con los ingleses para lograr la emancipación de América y establecer monarquías constitucionales, mientras que él era partidario de los Estados federativos, al igual que Carlos de Alvear y el general francés Michel Brayer. En 1818, San Martín echaría a Brayer del Ejército de los Andes por cobarde e inepto, lo cual fue el inicio de una larga disputa entre historiadores franceses y argentinos sobre la veracidad de esta circunstancia. Brayer había sido un oficial muy destacado del Ejército de Napoleón, por lo que nadie podía dudar de sus capacidades ni aceptar que de la noche a la mañana se hubiese convertido en un miedoso.

Entre tanto, en Buenos Aires, a Pueyrredón no le alcanzaban los dedos de las manos para contar sus problemas. El pobre dudaba de todos y veía espías por todos lados; tenía a los caudillos de provincia en contra; la Banda Oriental estaba ocupada por los portugueses; debía atender la preparación de la campaña de San Martín y el Ejército de los Andes, y encima le habían llegado rumores de un complot organizado por franceses para asesinarlo a él, O’Higgins y San Martín. Lo único que podía hacer con rapidez era ocuparse de esto último.

Como había sucedido antes, las versiones, verdaderas o falsas, surgían a la vuelta de cualquier esquina. Enseguida averiguó que el principal implicado era un tal Charles Robert de Conantres. Al igual que otros compatriotas, Conantres —de quien se decía que era coronel, como si todos los franceses en el Río de la Plata lo fuesen o lo hubiesen sido— había llegado a Buenos Aires motivado por la apertura hacia los inmigrantes europeos impulsada por Bernardino Rivadavia. A este francés lo conocían todos porque había fundado el diario El Independiente del Sur, primera publicación bilingüe francés-español, compuesta por cuatro páginas con noticias locales y del extranjero, el precio de las mercancías y el movimiento de los buques en el puerto. El emprendimiento fue muy lento: a Robert de Conantres le costaba mucho trabajar. Se encontró con otro paisano, Jean Lagresse, o Lagreze, que venía de haber realizado pésimos negocios. Un roto para un descosido. Con el misterio propio de los encuentros casuales, Robert de Conantres se relacionó también con el general Brayer, aquel que San Martín había expulsado de su ejército. Cruzaron un par de palabras y Conantres se convirtió en enemigo acérrimo de San Martín.

Los franceses se reunían con frecuencia e invitaban especialmente a los recién llegados al Río de la Plata. Eso ocurrió con el coronel George Jung y el oficial normando Marcos Mercher. Fue por iniciativa de Robert que los demás conocieron las ideas del general chileno Carrera y todos decidieron ir a Chile. Los cuatro franceses estuvieron de acuerdo en cumplir con el plan escondido detrás de las ideas de Carrera, es decir, asesinar a San Martín y a O’Higgins. Cuando regresaron a Buenos Aires, los espías del gobierno conocían ya los planes de los cuatro franceses. Al grupo se agregó Agustín Dragumet, que le había vendido armas a Carrera, y el ingeniero militar Narcise Parchappe. Robert de Conantres se comunicaba por carta con el general Carrera.

De a uno fueron cayendo presos. Primero fue Lagresse, después Parchappe, luego Dragumet y todos los demás. Solo Jung no fue apresado, pues un soldado, al verlo, le disparó y lo mató. La causa tenía en su carátula esta inscripción: “Causa por conspiración contra el Estado y el de Chile”. No había hechos que juzgar, sino planes, proyectos, la conspiracy del derecho anglosajón. Fueron tan incisivas las preguntas del fiscal Simón García de Cossio, que Lagresse rompió en llanto y terminó diciendo que ellos habían sido instrumentos de la venganza que planeaba Carrera, es decir que no eran más que unos pobres diablos a quienes el chileno iba a sacrificar. Si el cargo era conspiración, las cartas entre los franceses y Carrera lo decían todo y la defensa tenía escasas chances de salvarlos.

El veredicto fue dado el 31 de marzo de 1819. Muerte en la horca para Conantres y Lagresse. Pero en Buenos Aires no había verdugos: la horca no es para cualquiera; hay que saber colgar. Entonces se cambió el método de ejecución por fusilamiento: cualquier soldado podía disparar. Una muchedumbre ruidosa se reunió en Retiro el 3 de abril. Eran las 10 cuando cayeron los dos franceses. Siete días después, Mercher, Parchappe y Dragumet fueron desterrados. Parchappe reapareció tiempo después con el oficio de agrimensor y participó de la fundación de la ciudad de Bahía Blanca antes de partir definitivamente hacia Francia.

En medio de ese clima, Bonpland y Benoit se fueron a Entre Ríos, donde Francisco Pancho Ramírez, el caudillo de la República de Entre Ríos —que abarcaba toda la Mesopotamia, incluso Misiones—, apoyó sus investigaciones. Como el dictador de Paraguay, José Gaspar Rodríguez de Francia, consideraba el territorio de Misiones como propio, organizó una expedición punitiva que arrasó con una colonia agrícola donde los franceses trabajaban y los tomó prisioneros. De su estancia en Paraguay se sabe que no sufrieron maltrato, sino todo lo contrario, hasta tuvieron la posibilidad de ir de aquí para allá sin muchas restricciones (la causa del arresto, según una leyenda, fue el enojo de Francia ante una caricatura que Benoit realizó del dictador).

El pobre Bonpland pasaría casi una ...