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CRíMENES SORPRENDENTES DE LA HISTORIA ARGENTINA 2

Ricardo Canaletti  

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Fragmento

I
El gobierno de un loco
(Buenos Aires, 1645)

Al lado del Fuerte había unos bancos y sobre uno de ellos, boca arriba, con la pierna izquierda colgando y con la derecha estirada de tal modo que el pie regordete sobresalía fuera del borde del banco, había un hombre dormido, apenas cubierto con un diminuto calzón que a causa de un desplazamiento repentino dejaba ver toda su entrepierna. La manta había terminado sobre su estómago, como si fuese una faja. Los ronquidos, acaso potenciados por el copioso vino del almuerzo, no molestaban a nadie porque nadie dormía en los bancos salvo este Lucifer desafiante. Los mortales hacían la siesta en sus casas, como era costumbre desde épocas que se perdían en el tiempo.

Este hombre también había dormido en sus aposentos hasta que comenzó a hacerlo en esos bancos que él mismo había mandado construir en las afueras. El verano ayudaba a su descanso pero no justificaba que perdiera la conciencia a la intemperie. No podía decirse que el singular personaje fuera un miserable que no tuviese dónde caerse muerto. Si durante el día los demás esquivaban su mirada y preferían no hablarle, se debía antes al temor que a la repugnancia o, tal vez, a una mezcla de ambas. El Dios de los cristianos, pues aquí todos eran cristianos salvo los salvajes, tampoco quería saber nada con el hombre que sin pudor, por las mañanas y por las noches, se mostraba saliendo de la cama de una de sus amantes para entrar de inmediato en la de otra.

El durmiente respondía los gestos de reproche echándose semidesnudo en un banco. Permanecía allí hasta que el sol comenzaba a bajar y aparecían los primeros caminantes que, avergonzados, evitaban pasar cerca del hereje y sus clamorosas flatulencias vespertinas. La única razón para que el durmiente callejero desafiara los principios de la convivencia entre gentes civilizadas debía de ser sin dudas, de acuerdo a la común coincidencia de los vecinos, un trastorno severo en su cerebro, alguna fiebre de enloquecimiento. Desde cuándo estaba loco, muy pocos lo podían responder. Pero esa locura se manifestó al tiempo de llegar a la Ciudad de la Santísima Trinidad y Puerto de Santa María del Buen Ayre, un poblado de inhóspita geografía.

El crepúsculo terminaba de despertar (¡vaya paradoja!) al despatarrado señor, el despreciable, soberbio, avaro, mentiroso y demente Jacinto de Lariz, caballero de la prestigiosa Orden de Santiago, con grado militar de maestre de campo del Rey, y décimo gobernador de Buenos Aires a partir del 25 de enero de 1646.

Se sentó unos minutos en el borde del banco. Tosió como si los pulmones le fueran a salir por la boca, se rascó el estómago y la cabeza, cada parte con una mano distinta. Tenía ganas de orinar y lo hizo a la vista de un soldado que se había acercado con cuidado y permanecía firme a su lado. A los hombres de uniforme les tenía el último resto de respeto que podía dispensar a un ser viviente sobre esta tierra. Volvió a sentarse, con los codos sobre los muslos y el cuerpo echado hacia adelante. El gobernador de Buenos Aires escupió y giró su cabeza hacia el soldado.

—Hoy mismo firmaré un decreto… —dijo buscando despegar la lengua del paladar y reuniendo saliva para volver a escupir.

El soldado seguía con la vista al frente. ¿A quién otro le confiaría sus planes sino a un soldado? El gobernador de Buenos Aires, así como se lo veía, semidesnudo, con el cabello revuelto y ojos extraviados, en penoso estado de decadencia, había estado apenas unos años antes al mando de un tercio, como se denominaba a los grupos de elite del ejército español que habían combatido en la Guerra de los Treinta Años, en los campos de Flandes contra los holandeses, en Italia y en cuanta región de Europa donde su país tuviera enemigos, que, tanto por motivos religiosos como políticos, eran muchos. Se había ganado la Cruz de Caballero, el respeto de sus soldados y la consideración del Consejo de Indias, que lo propuso a Felipe IV como gobernador del Río de la Plata.

Lariz era un hombre de aspecto corriente; sus ademanes eran justos, secos y desabridos, comía y dormía poco, caminaba mucho y había adquirido los modales de un soldado expuesto durante mucho tiempo a la andanada enemiga; solo se sentía a gusto entre soldados. No temía nada ni a nadie; en una época lejana solamente a Dios, aunque ese temor se había disipado hacía ya algunos años.

—Voy a ordenar —seguía diciéndole al uniformado, que se mostraba indiferente y aburrido— que su majestad, es decir yo mismo, deberá ser conducido a sus dominios de la administración solo cuando no haya ningún prelado en cien metros a la redonda. Y que cada soldado deberá venir acompañado por una doncella… —una ventosidad de singular estrépito lo distrajo de sus disquisiciones, que ya no retomó. Su rostro mostraba resignación.

Para Lariz, los preceptos de la Orden de Santiago —fundada en 1170 y aprobada por el papa Alejandro III— ya no eran más que palabras. Esos mandatos permitían, para remedio de la flaqueza humana, “el matrimonio a los que no pudieren ser continentes; guardando a la mujer la fe no corrompida y la mujer al marido, por que no se quebrante la continencia del tálamo conyugal, según la institución de Dios y la permisión del Apóstol San Pablo”. Lariz había dejado de ser moderado a poco de llegar al puerto de Buenos Aires. Él era todo lo contrario: desenfrenado, incontinente, libertino, un permanente dolor de cabeza para la jerarquía católica de la ciudad, y no solo para ella.

Cuando Lariz llegó, Buenos Aires albergaba algo más de mil habitantes blancos, entre españoles y criollos, y quinientos más si se incluía a negros e indios. Se contaban por separado porque había una clara distinción racial; el poder se distribuía entre los españoles, fueran nacidos en Europa o criollos, aunque con diferentes jerarquías sociales, con blancos que no pertenecían a la elite. Pero las clases populares estaban conformadas exclusivamente por indios, africanos y sus descendientes, y distintos tipos de mestizos. Otro grupo destacado de pobladores hacia la primera mitad del siglo XVII era una cantidad desconocida pero persistente de murciélagos.

¿Buenos Aires era una ciudad? No. Apenas un poblado de enormes chozas esparcidas sin orden y separadas por interminables potreros, con patios grandes como las plazoletas de hoy. ¡Había tanto espacio! Pero el terreno era húmedo, con charcos y pantanos; las calles se convertían en ríos cuando llovía y en lodazales cuando dejaba de hacerlo. Afortunado aquel que vivía en los altos, porque los bajos eran tan bajos que nadie advertía con precisión dónde terminaba el río y empezaba la tierra. Poseer una puerta de madera significaba ser rico.

En fin, el lugar al que Lariz había venido a gobernar era chato, feo, insufrible y muy religioso, debido tal vez a las constantes plegarias de sus habitantes para que no lloviera. Todo era muy penoso. La Iglesia Mayor era un rancho; el Fuerte, una construcción de adobe, y al Cabildo le faltaban 164 años para adquirir el aspecto con el que sería reconocido en la actualidad, porque a mediados del siglo XVII era tan ruinoso que los cabildantes preferían reunirse en la casa de alguno de ellos para tratar los asuntos públicos. La Plaza Mayor, un terreno baldío. En resumen, era el lugar más pobre de la América sureña.

En alguna que otra casa se podían encontrar cuadros colgados de las paredes y hasta vajilla, pero en el caserío había poco y nada. Y si alguien quería procurarse algún mueble o prenda de vestir de calidad, por ejemplo, además de tener una posición acaudalada debía contar con mucha paciencia, porque por entonces la Corona española había dispuesto cerrar

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