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CRíMENES SORPRENDENTES DE LA HISTORIA ARGENTINA

Ricardo Canaletti  

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Fragmento

I

El crimen del gallego Álvarez.
Morir por una suma vil (1828)

Cuando su marido se marchó, Catalina se quedó sola en la sala, espantada. Hasta un momento antes no había creído las habladurías que señalaban a Francisquito, su marido, como uno de los involucrados en el crimen del que hablaba toda la ciudad. Había confiado en él, a pesar de los comentarios que se escuchaban por todos lados y que afirmaban que, borracho, había reconocido su culpa.

—¡Mirá qué pueblo de italianos este —le dijo Francisquito a su amigo Miguel Azcuénaga, luego de haber bebido durante casi medio día, y con la Policía en los talones— que muestra tanto interés por el triste gallego que hemos muerto…!

En la segunda mitad de 1828, en Buenos Aires había dos motivos de conversación: la marcha de la guerra con el Brasil y el asesinato de ese gallego, Álvarez.

Catalina había sido sorprendida en la sala principal de su casa por Francisco Álzaga, su Francisquito. Estaba agitado. Fue directamente hacia ella, le rodeó la cintura con un brazo y habló rápido.

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—Un asunto urgente me obliga a salir de Buenos Aires. Quiero que vengas conmigo.

¿Qué es esta proposición de fuga si no un reconocimiento de culpa?, pensó Catalina. Ahora tenía dudas sobre su marido.

—¿Y a dónde pensás ir? ¿Qué asunto te obliga a salir de Buenos Aires? Yo… —Sintió miedo. Vio entonces a Francisquito como Francisco, como un monstruo, el monstruo Álzaga.

—Tenemos que salir ya. ¿No sabés lo que se dice? ¿Que se me acusa estúpidamente de haber asesinado a Álvarez?

—¡Pero eso es mentira! —Catalina habló en voz muy baja. Se puso pálida—. No lo mataste…

—¡Necesito huir, necesito salvarme! Algún día te voy a contar esta terrible historia…

—Yo… —balbuceó— no puedo seguirte... No me atrevo a huir. Pueden descubrirnos y vas a lamentar haberme llevado.

—La huida es segura.

Catalina se largó a llorar.

—¿Venís conmigo?

—No puedo. ¿Y nuestro hijo? Tengo que atenderlo. Cuando todo se aclare…

—¡Catalina! —gritó Álzaga—. ¡No me querés ni me quisiste nunca! ¿Ahora resulta que mi hijo es mi principal enemigo? Está bien. Quedate con tu hijo y sé con él todo lo feliz que puedas. —Catalina se llevó las manos a la cara—. Pero por lo menos no le digas a nadie, ni a tu padre, que me escapé. ¡Adiós, Catalina! Tal vez algún día nos volvamos a ver.

Ahora, Catalina sintió compasión, por él, sí, pero sobre todo por ella. Apenas Francisquito se hubo ido la invadió, insólitamente, el recuerdo de un instante feliz de su vida, imágenes que lograron detener sus lágrimas. Recordó a su marido, el único hombre al que había acariciado, echando por detrás de sus hombros la capa azul de terciopelo y colocando sus manos en la cintura, mirándola con una severidad fingida. Llevaría esa imagen en su mente por siempre. Fue cuando ella le pidió que le comprara un precioso y costosísimo adorno que había visto en una vidriera. Nadie se había atrevido jamás a negarle un deseo, ni su padre, Bernardo Benavides, ni ninguno de los jóvenes de Buenos Aires que admiraban su belleza inigualable. Aunque sus caprichos lo extenuaban, Francisco Álzaga le hubiese regalado un cielo de amor. Suya era la mujer más hermosa de la época, aquella con la que soñaban los hombres de la ciudad. Se habían casado en 1825. Él había pasado los 20 años y ella ni los rozaba. Ella, Catalina Josefa Rita Benavides Costa, a quien, en honor a su esplendorosa figura, le decían “La Estrella del Norte”, apelativo que había reemplazado por completo su nombre.

Hija de un español y una porteña, La Estrella del Norte era una chica de grandes ojos negros, de mirada estupenda, con una cara perfecta, de cutis sonrosado, diáfano, delicado, y un cuerpo de escultura. Una belleza voluptuosa pero grácil. Decían que tenía la gracia de un cuerpo andaluz. Aunque distinguida, su familia no era rica y no estaba acostumbrada a los lujos. Como todos, Álzaga quedó boquiabierto cuando la conoció. La cortejó y la hizo soñar con un paraíso de amor y de riqueza, tal como le habían prometido los hijos de las más distinguidas y nobles familias. Pero con Francisquito fue distinto. La Estrella decidió convertir a ese arrogante muchacho en su Francisquito, un satélite más que girase a su alrededor. Lo quería y se casó con él, aunque sin esa abnegación de cariño que hace perdonarlo todo y confortar al otro en cualquier circunstancia. Le gustaba estar con Francisquito como a cualquier jovencita lucir un vestido nuevo, aunque a veces le era indiferente, sobre todo cuando la aburría con sus juegos y diversiones y buscaba la compañía de sus amigos. Francisco, en cambio, la quería con locura y La Estrella lo sabía.

Francisco Álzaga, Pancho, pertenecía a una familia distinguida y rica de la ciudad. Tenía 8 años cuando se produjo la Revolución de Mayo, y dos más cuando su padre, Martín de Álzaga, fue fusilado por conspirador, el 6 de julio de 1812. Dejó una casa en Bolívar casi esquina Moreno, una viuda y trece hijos. Francisco era un muchacho generoso y derrochón. Le gustaban el lujo y las comodidades. Galante y buen mozo, más de una vez había extendido su capa sobre el barro para que una graciosa mujer no se embarrase los pies, y luego abandonado la capa para que se la llevara algún andrajoso. Pero esa vida había concluido, al menos por un tiempo, desde que conoció a La Estrella. Durante un año, luego de su casamiento, se alejó de las reuniones sociales, de los cafés y del encuentro con sus amigos del alma. “Uno no debe entregarse mucho —le decía Jaime Marcet, el librero—. Hay que hacerse desear para que la mujer siempre sienta el deseo de tenernos.”

Pero su afición por las fiestas y la diversión volvieron luego con más fuerza. Álzaga gastaba fortunas en sus salidas con Marcet, Marcelino Martínez, Juan Pablo Arriaga y Miguel Azcuénaga, sus amigos inseparables, o alquilaba casas donde organizaba cenas pantagruélicas a las que asistía toda clase de gente, nobles, comerciantes y funcionarios, damas, damiselas y cortesanas. Aquellos iban a todos lados juntos, al teatro, a los cafés, a las reuniones en casa de este o aquel. A veces la farra duraba días, hasta que se acabara la comida que habían hecho preparar, los jamones, las aves asadas, las frutas, los dulces, los vinos. El dinero que gastaban era fabuloso. Todavía más para Álzaga, que además de mantener ocasionalmente a alguna amiga, como los demás, corría con los enormes gastos de La Estrella, que pagaba otra fortuna por el alquiler de casas donde organizaba reuniones, y en sus compras descomunales. La Estrella se daba cuenta de que a su marido le gustaba pertenecer a sus amigos. Poco a poco, Francisquito fue perdiendo ese lugarcito que le había reservado en su corazón. Lo que él hiciera o dejara de hacer comenzó a serle indiferente. Más de una vez los familiares de Francisco habían hablado con Catalina para que utilizara ese arrobamiento que él sentía por ella para atraerlo y sacarlo de la vida de jolgorio. Pero para La Estrella eso era un insulto. “¡No faltaba más que yo fuera a rogar a mi señor marido para que me hiciera el favor de quererme un poco!”, respondía.

Juan Pablo Arriaga era un tipo alto y delgado, de bigote ondulado y cabello rubio ensortijado que le caía sobre la espalda. De espíritu alegre, gastaba sin parar y era el centro de todas las reuniones. Su padre, Fermín, tenía una gran tienda de ropa y pertenecía a una de las principales familias de Córdoba. A los 21 años no quería otra cosa más que gozar de la vida. Aunque tenía entre cuatro y cinco amantes, la principal era Pepita Sánchez, que estaba perdidamente enamorada de él. Pepita tenía esperanzas de casarse y no faltaba ocasión en la que le dijera que sus amigos Álzaga y Marcet eran una pésima influencia para él. En esos momentos, en la mente del cordobés retumbaba la voz de Marcet diciéndole, cual ángel de la guarda, que aquella Pepita no era más que una mujerzuela. La contradicción lo divertía y Juan Pablo terminaba tomando a Pepita por la cintura y diciéndole con ternura: “¡Ah, no sé qué hacer con ustedes!”

¿Quién era este Jaime Marcet, que desaconsejaba a Álzaga de considerar a su mujer y buscaba sabotear cualquier intento de Arriaga de establecer una relación seria, sin tener reparo alguno en echar mano hasta de la calumnia para lograrlo? El tal Marcet era de Barcelona y poco más se sabía de él. Decía que había venido a América a probar fortuna. Se empleó en la librería más importante de Buenos Aires, la de Usandivaras, de la calle Potosí (hoy Alsina), entre Universidad (hoy Bolívar) y Reconquista (hoy Defensa). El catalán tenía 20 años y dejó encantado a Usandivaras y a su hermana menor, Jacoba. Trabajaba de sol a sol, sin descanso y sin distracciones, a pesar de las recurrentes invitaciones que recibía para pasar un fin de semana en alguna chacra de la costa de San Isidro, donde los jóvenes adinerados iban desde el sábado a la tarde hasta el lunes a la mañana.

Suya fue la idea de otorgar abonos de lectura, una forma de alquilar libros, lo que permitió que la librería incrementara su clientela. Usandivaras era un hombre rico y tenía abierto el local más por hábito de trabajo que por otra cosa. Estaba feliz de haber encontrado a Marcet, de alojarlo en su casa, y hasta veía con buenos ojos la simpatía que su hermana sentía por el muchacho. Había pensado en darle parte de las ganancias del negocio cuando cumpliera un año como dependiente. Pero, de la noche a la mañana, Usandivaras comenzó a sentirse mal. Era un hombre fuerte, pero la fiebre, los espasmos y la debilidad lo habían confinado a la cama. Su cuadro empeoraba día a día sin que el médico lograra acertar un diagnóstico.

A Vicenta, la negra esclava de Jacoba, Marcet le caía muy mal. No veía con buenos ojos su inusitado amor por el trabajo, ni sus visitas frecuentes a la cocina justo cuando su patrón comenzó a sentirse mal. Tampoco su creciente afecto hacia Jacoba que, por cierto y para su desgracia, era correspondido. Pero la negra se calló sus sospechas debido a la adoración que sentía por su ama, a quien había criado y a quien no quería ver sufrir. Ni siquiera abrió la boca cuando Usandivaras finalmente murió. A todos les llamó la atención las exageradas muestras de dolor de Marcet. Jacoba debió mandarlo a buscar al cementerio, donde el catalán se había quedado llorando sobre la tumba de su benefactor hasta casi el anochecer del mismo día del entierro. La librería permaneció cerrada por duelo durante ocho días. La negra Vicenta no tenía dudas de que el catalán había envenenado a su patrón.

Con el consentimiento de Jacoba, Marcet comenzó a manejar la librería como si fuese suya. “¡Qué honrado, qué galante, qué buen corazón el de Jaime!”, pensaba Jacoba, y decidió apurar el casamiento. La fiesta rompió una costumbre social, la de que las celebraciones terminaban, inexorablemente, a las doce de la noche. La del matrimonio entre Marcet y Jacoba se extendió hasta el alba. Pasaron la luna de miel en la costa de San Isidro, en la quinta de una familia amiga.

No más volver, Jaime contrató empleados y comenzó a desquitarse de los años de privaciones que había pasado como aplicado dependiente de la librería. Ahora aceptaba las invitaciones que durante tanto tiempo había rechazado y concurría a cuanta tertulia pudiese. Se hizo amigo de los jóvenes más prominentes de la ciudad, Azcuénaga, Álzaga, Arriaga. Terminaron siendo inseparables. Marcet ejercía un raro dominio sobre sus amigos, especialmente sobre Álzaga y Arriaga, con quienes organizaba exageradas fiestas, donde abundaban el vino, la comida, las guitarras, el baile y las mujeres. Junto con aquellos gastaba un dineral para mantener el tren de vida típico de un calavera y, como aquellos, tuvo amantes y una preferida, Mercedes Rossi. Jacoba, inocente, seguía fascinada con su marido, y al principio no notó el cambio evidente en su personalidad, acaso porque, cuando estaba en la casa, Jaime la trataba como los mortales a Afrodita. Para Marcet, su mujer ya era un estorbo y, a pesar de que Jacoba llevaba un embarazo de cinco meses, decidió eliminarla tal como lo había hecho con Usandivaras.

Lo que llamó la atención de Jacoba y le hizo abrir los ojos fueron las continuas llegadas tarde de su marido y, a veces, los días enteros en que no estaba en su casa. Como Pepita, la amante de Arriaga, Jacoba atribuía la culpa de la transformación de su marido a sus amigos, sin advertir que eran Álzaga y Arriaga los que eran arrastrados por Marcet. Jacoba confiaba en que las cosas cambiarían; mientras tanto sufría las ausencias de su marido y callaba. Marcet se fijó el plazo de un año para matar a su mujer y urdió un plan en el que debía volver a representar el papel de esposo afectuoso y dedicado. Más o menos al mes de cumplir con esta representación, Jacoba comenzó a sentirse débil y enferma. Tampoco pudo el médico dar un diagnóstico certero y atribuyó su malestar a alguna cuestión pasajera relacionada con su embarazo. Sin embargo, pensó en el sombrío antecedente de la repentina muerte de su hermano.

Cuando su ama enfermó, la negra Vicenta estrechó la vigilancia sobre Marcet. De esta manera se dio cuenta, espiándolo, que echaba unos polvos en la copa de Jacoba, polvos que se disolvían inmediatamente. Esa era la causa del mal de su patrona. Fue y se lo contó. Jacoba, por poco, la manda a azotar. No creía nada de lo que le decía su esclava. Vicenta la propuso que hiciera una prueba, que a la cena, antes de empezar, se retirara con cualquier excusa y espiara los movimientos de Jaime. A regañadientes, Jacoba decidió hacer la prueba de inmediato, esa misma noche. Desde la hendija de la puerta vio que Marcet sacaba de su chaleco un frasquito y echaba unos polvos en su copa, luego sirvió vino y los polvos se diluyeron. No la sorprendió tanto lo que acaba de ver como la expresión feroz en el rostro de su marido. Jacoba, entonces, apareció.

—¿Por qué echaste polvos en mi copa?

—Pueeess... Es que te amo tanto que no soporto tu enfermedad y he ido a visitar a una de esas adivinas que tienen polvos para todo. Me dio trece paquetitos con los polvos para sanarte, con la instrucción de que los vertiera en tu copa sin que te dieras cuenta, porque de lo contrario no tendrían efecto alguno. —Marcet habló con tanta naturalidad y sin que se le moviera un solo músculo de la cara que Jacoba cambió su actitud—. Por eso, amor mío, te los estoy dando desde hace un mes, casi cuando empezaste a sentirte mal.

Jacoba dudaba, aunque estaba inclinada a creerle de no ser por esa expresión diabólica que había visto en Jaime cuando echaba los polvos en la copa.

—Jacoba, amor mío, en el estado en que estás, ¿cómo piensas que yo pudiera hacerte daño?

Finalmente, Jacoba le creyó sin reservas.

Marcet había pensado en esa respuesta para el caso de que su mujer lo descubriera envenenándola, aunque la frustración del golpe lo llevó a contarle todo a Mercedes, que quedó aterrada. Marcet era muy hábil para engatusar; acaso con su voz meliflua, su mirada inocente y sus dotes para representar cualquier papel, conseguía lo que parecía imposible, por ejemplo, que Mercedes aceptara lo que había hecho. Pero para la joven era una culpa muy grande de sobrellevar; por eso decidió contarle lo que había hecho su querido a la esclava negra que le había regalado su mamá. A diferencia de la negra Vicenta, la esclava de Mercedes se llevaba bien con Marcet, hasta le tenía estima. Cuando le llevaba mensajes de su ama, a cambio recibía buenos dineros del catalán, y hasta la promesa de que si finalmente terminaba casándose con Mercedes le daría la libertad. Mercedes tenía en ella a la mejor confidente. Le contó lo que Marcet había intentado hacer con Jacoba y las dos callaron.

Un mes después de estos episodios, Marcet le comunicó a Mercedes que ya tenía otro plan para deshacerse de Jacoba. No fue bueno el momento para poner en marcha el nuevo proyecto mortal, debido a circunstancias imprevisibles que se combinaron fatalmente para desgracia del librero. La esclava de Mercedes enfermó y la familia mandó llamar a un cura para que se confesara antes de morir. Cuando el fraile Gabriel quedó solo con la sirvienta, la negra le contó del plan de Marcet para matar a Jacoba y casarse con su niña, Mercedes, que conocía y aceptaba el plan. Asombrado, Gabriel le dijo que debía contárselo a la madre de Mercedes o ardería en el infierno. Solo recibiría su absolución si revelaba toda la trama. En lugar de hablar con la dueña de casa, la negra le contó a Mercedes lo que le había dicho el cura. La chica se desesperó y llamó a Marcet, con la esperanza de que su amante hallara una salida a tan terrible situación. El librero entendió que debería vérselas con el fraile.

La mala fortuna de la esclava jugó a favor del asesino. Apenas veinticuatro horas después de contarle al sacerdote lo que sabía, la negra murió mientras dormía. No tuvo tiempo de hablar con la mamá de Mercedes. Horas después, ya entrada la noche, dos hombres llamaban a la puerta del convento preguntando por fray Gabriel. Dijeron que alguien se moría y necesitaba confesarse. El cura los vio y le pareció gente decente. Salió con ellos. Habían hecho solo media cuadra cuando un golpe cayó sobre la cabeza del cura. Eran Marcet y otro más, que se sumaban a los dos que acompañaban a Gabriel. Le pegaron otro palazo, y también trompadas y patadas. El pobre cura quedó tirado en la vereda inconsciente, y recién al día siguiente fue descubierto y llevado por otros curas. Gabriel nunca le dijo a nadie lo que sabía sobre el intento de asesinato de Jacoba. La leña recibida le hizo entender que debía callar para siempre.

El segundo intento de asesinato de Jacoba ocurrió poco después, en el otoño de 1828. Llegó el catalán a su casa, y dejó su frac y el chaleco en el capero. Luego de guardar un papelito en el chaleco se dirigió al comedor. Jacoba, que aun enamorada no era zonza ni desprevenida, mucho menos después del incidente de los polvos en el vaso de vino, revisó las prendas de su marido y tomó el papelito del chaleco. Luego de colocarlo en su seno, fue a acompañar a Marcet. En el camino, la negra Vicenta le advirtió que no tomara la sopa, porque Marcet había volcado en ella unos polvos. A pesar de la insistencia de su marido para que comiera, Jacoba alegó sentirse mal del estómago a causa del embarazo, seguramente. Al terminar su plato, Marcet anunció que debía salir para cerrar un negocio. Cariñoso, besó a Jacoba y se fue.

La señora y su esclava le dieron el plato de sopa con los polvos a una gallina, que al cabo de unos instantes, murió entre convulsiones. ¿Casualidad? Jacoba tenía en su seno el papelito que había sacado del chaleco de Marcet y envió a su esclava donde el boticario para preguntarle qué clase de polvos contenía el papelito. “Veneno. ¡Tenga Usted cuidado!”, mandó decir el boticario. La mujer pasó toda la noche llorando su destino, casada con un falsario y asesino que solo quería su dinero. Sin embargo, aceptó esa vida de martirio y le ordenó a Vicenta que nunca dijera nada a nadie.

Cuando advirtió que el veneno que había colocado en el bolsillo de su chaleco ya no estaba, Marcet supo que Jacoba había vuelto a descubrirlo. Pero esta vez no podría embaucarla con una mentira infantil, como había hecho la vez pasada. Hasta le dio sentido al repentino malestar de estómago que Jacoba había alegado para no tomar la sopa. Su mujer desconfiaba, era palmario. Entonces decidió dejar de lado cualquier intento contra ella y se fue a ver a sus amigos.

Marcet, Arriaga y Álzaga continuaron con sus costosas juergas a pesar de que Jacoba seguía viva, de que Pepita había dejado a Arriaga y de que La Estrella del Norte hacía su vida casi como si estuviese viuda. Las tres pensaban que sus hombres se hallaban bajo la mala influencia de sus amigos, aunque a decir verdad el de la voz cantante había sido siempre Marcet, que ya hubiera querido dominar a Miguel Azcuénaga como a los otros; pero no había podido debido a que a Miguel no le caía bien el catalán y prefería excluirlo de la compañía de sus amigos del alma, Álzaga y Arriaga. Sin embargo, Azcuénaga no pudo apartar a Marcet, al contrario. El grupo comenzó a reunirse sin Miguel, en fiestas cada vez más frecuentes y onerosas. Las finanzas, por más sólidas que fueran, comenzaban a resentirse. Marcet era quien con mayor preocupación pensaba la manera de recomponer su riqueza, pues de los tres inseparables crápulas sus finanzas serían la que primero se verían en aprietos. Mientras los otros eran ricos y no necesitaban trabajar, él vivía de la librería.

Después del último intento de matar a Jacoba, Marcet se encontró con sus amigos en el Café de La Victoria, en diagonal a la esquina del Cabildo. Era uno de los tres cafés más concurridos de Buenos Aires. El otro era el de Los Catalanes, en la esquina de Cangallo y Catedral (hoy San Martín). Los dos reunían a la flor y nata de la juventud porteña y a los hombres más distinguidos. Allí se solazaban con el dominó o con la chaqueta o chaquette, que se jugaba sobre un tablero dividido en doce partes de color blanco y negro, con quince fichas negras y dos dados. Al Café de Marco, por su dueño, Pedro José Marco (en la esquina de Universidad y Potosí, hoy Bolívar y Alsina), iban los muchachos más turbulentos, y acaso fuera el más concurrido de todos. Dieciséis años antes había sido cerrado porque Liniers creía que Martín de Álzaga, el padre de Francisco, allí había conspirado para deponerlo. En ese café se jugaba muy fuerte, al punto de que más de uno había perdido su fortuna. Los tres amigos solían pasar primero por el de La Victoria y luego ir a probar suerte al de Marco. Marcet les llenaba la cabeza a los otros dos sobre la conveniencia de buscar con urgencia una fuente de financiamiento para darles respiro a sus mermadas fortunas. Si querían seguir derrochando como salvajes debían pensar en alguna alternativa. Él, por ejemplo, había descartado vender una propiedad de Jacoba, porque haría evidente su bancarrota y caería en la desgracia social. Álzaga contó que había tenido que comprar a crédito el último capricho de La Estrella del Norte, toda una humillación. Decía que si su mujer se dedicara menos a ella y un poco más a él acaso abandonara las fiestas. Arriaga y Marcet lo miraron sonrientes. No le creían. Álzaga ni siquiera se creía a sí mismo. Marcet, conocedor del espíritu humano y mucho más del de Francisco, le puso el aguijón: “Dios nos libre de una mujer que se cree bella hasta lo irresistible”.

Jacoba tuvo una niña que, a causa de todo el sufrimiento por el que la había hecho pasar su marido, le puso Dolores. Debido al fastidio que le provocaba su mujer, el catalán faltaba de su casa hasta cuatro días a la semana. Pero la fortuna iba descreciendo y Jaime y Francisco acumularon algunas deudas incómodas. En el otoño de 1828 Marcet machacaba con la misma queja: “Hay tanto gallego ordinario que se priva de todo cargando inmensas fortunas…”. Nadie advirtió entonces que ya tenía en mente la solución para sus desventuras económicas.

El catalán conocía al gallego Francisco Álvarez de verlo en los cafés. De buenas a primeras, el librero comenzó a pasar a propósito por la tienda de Álvarez. Este tenía 35 años y una tienda de ropa ubicada en la Recova. Llegado a América con su hermano Ángel, logró hacer fortuna. También se dedicaba a prestar dinero. Llevaba una vida sosegada; solía ir al teatro y a beber chocolate al Café de los Catalanes, que era el que más le gustaba. Admiraba a Álzaga, Marcet y Arriaga, se sentía feliz escuchando sus aventuras. Hubiera querido ser como ellos, disfrutar de la vida, pero le faltaban relaciones que lo introdujeran en las mitológicas fiestas de las que tanto hablaba la gente. Álvarez vivía en los altos de su tienda, donde guardaba su fortuna: dinero en efectivo, un poco de oro, títulos de propiedad y letras que descontaba. Guardaba todo en baúles, donde mezclaba los valores con sus ropas. Marcet lo puso en la mira. Pasaban horas hablando en Los Catalanes, hasta que finalmente lo invitó a participar de las fiestas nocturnas. “Su amistad nos conviene; es rico y en caso de algún apuro podemos pedirle prestado; es muy inocente, fácil de engañar, no hay más que engolosinarlo con mujeres y es nuestro”, les dijo a Álzaga y Arriaga, que reían como tontos.

Marcet preparó una gran cena con algunas mujeres a las que les pidió que lo sedujeran y fingieran enamorarse del español. Dicho y hecho: la fiesta se realizó un sábado en una casa alquilada con ese propósito. Álvarez fue el centro de la reunión. Las mujeres lo rodearon, lo halagaron, lo hicieron beber, y a mitad de la cena ya estaba mareado. Le pidieron que tocara la guitarra para las chicas, mientras estas amenazaban con pelearse entre sí por la atención del tendero. Marcet inauguró el baile y dos muchachas tironeraron a Álvarez, que daba traspiés y se abrazaba a ellas. Francisco le hizo una zancadilla a una y todos rodaron por el suelo entre gritos, carcajadas e insultos. En el piso, su compañera se subió sobre Arriaga, sobre ella otras y sobre esa montaña humana, Álzaga dio una vuelta carnero. Cuando Álvarez salió de ese tumulto las chicas le pidieron que cantara como castigo por haberse caído. Ya sin voz, chillaba mientras le arrojaban servilletas anudadas que él intentaba eludir entre risotadas. Cuando llegó la luz del día, domingo, apuraron la retirada antes de que las familias llegaran a la Catedral, de la cual la casa alquilada estaba muy cerca. Álvarez quería seguir la fiesta pero lo sacaron tambaleando. Álzaga y Marcet lo llevaron a duras penas hasta su negocio. Quienes lo conocían, especialmente sus amigos de la Recova, no daban crédito a lo que veían. Para ellos era un escándalo que un hombre serio y recto cayera con aquellos desvergonzados. Finalmente, Álzaga y Marcet subieron a Álvarez a su habitación y lo dejaron sobre la cama. Hasta su hermano Ángel, que pasó a buscarlo la tarde del domingo para tomar café en lo de los Catalanes, le recriminó su conducta de esa madrugada.

—No te conocía dotes de fraile —le espetó mientras defendía a sus tres nuevos amigos.

—Te hiciste una reputación y ahora la vas a arruinar —replicó su hermano—. En ellos está el peligro —sentenció Ángel premonitoriamente.

Ahora, los inseparables eran Álzaga, Marcet, Arriaga y Álvarez. Las cenas y los bailes se reiteraron. Incorporaron las guerras de almohadones y los azotes con toallas mojadas. Más mujeres y más gastos. Álzaga apenas podía ya cubrir los suyos y los caprichos de La Estrella del Norte. Marcet, que se quejaba de los derroches, hacía todo lo posible por gastar cada vez más, porque su plan era que Arriaga y Álzaga necesitaran realmente dinero para pasar a la segunda parte de su plan. Álvarez idolatraba a sus amigos, especialmente a Álzaga.

En una reunión celebrada en su propia casa, Marcet les propuso a Arriaga y a Álzaga robar para mantener los gastos. Frente a las caras de susto de sus amigos, el catalán ensayó una justificación moral: cuando un hombre tiene riquezas para darse el solo placer de contarla, ningún mal se hace despojándolo, porque esa riqueza no tiene finalidad. Un tanto bebido, Álzaga asintió con una sonrisa estúpida. Arriaga se lo había tomado como un juego. Primero intentaron entrar en la casa del comerciante Camilo Velarde, que vivía cerca de Marcet; pero el plan fracasó pues, ante el primer ruido, Velarde, de sueño muy ligero, se despertó y los espantó a los gritos, aunque sin advertir cuántos eran ni de quiénes se trataba, al punto que el pobre comerciante terminó aquella noche pidiéndole ayuda a su vecino, el propio Marcet.

—Tenemos que pensar en algo sin riesgo —dijeron Álzaga y Arriaga.

—Entonces —se impuso Marcet— nuestro gran golpe es Álvarez.

—Pues traza el plan y no hablemos más.

—A Álvarez podemos asustarlo, pero si sobreviene lucha es preciso resolverse a lo que suceda —señaló Marcet, introduciendo por primera vez la posibilidad de asesinarlo.

—No hablemos más —dijeron Arriaga y Álzaga.

El plan preparado por el librero, con el visto bueno de los otros dos, era bastante sencillo. Iban a alquilar la casa de Eduviges Berois, viuda de Juan Lafranca, ubicada en la calle San Juan 7 (hoy Esmeralda), entre las calles de Las Torres (luego Rivadavia) y Piedad (luego Bartolomé Mitre), entonces un lugar alejado del centro. Quedaba junto al Hospital de Mujeres, en una cuadra casi sin luz. El alquiler corrió por cuenta de Arriaga, que le dijo a la viuda de Lafranca que era para un tío suyo que venía de Córdoba. Una vez cerrado el trato, Arriaga se preocupó por las derivaciones del asalto.

—¿Y si Álvarez habla? —preguntó sin darse cuenta de que Marcet se encargaría de que no hablara jamás.

—No hablará, y si lo intenta lo mataremos —dijo el catalán.

—Yo no tengo corazón para esas cosas —replicó Arriaga, muy serio.

—Entonces quedate en tu casa y no te hagas el hombre.

—No hay que tomarlo a la tremenda —dijo Arriaga—, ni enojarse por lo que tal vez nunca suceda. Seguiré hasta el final.

Los amigos se volvieron a reunir y esta vez Marcet les contó su plan con todos los detalles. Como Álvarez les había dicho que era su deseo comprar un piano, le dirían que habían encontrado un vendedor y que este los esperaba en su casa para mostrárselos. Así lo llevarían a la casa alquilada y lo conminarían para que les entregara su fortuna. Estaban seguros de que accedería porque era muy asustadizo.

—¿Cómo ocultaríamos el crimen si tuviésemos que suprimir a Álvarez? ¿Y cómo sacaríamos el cuerpo de allí? —preguntó Arriaga.

—Lo llevaremos a la quinta de Álzaga, en Barracas —respondió Marcet—, donde hay un monte de naranjos. Nunca lo encontrarán.

Era junio y hacía muchísimo frío.

Le contaron nomás a Álvarez que un conocido de Álzaga se iba a Montevideo y quería vender su piano. Solo era cuestión de ir a verlo. Álvarez quedó encantado. Le dijeron que irían el sábado 5 de julio. Mientras, el librero envió a afilar dos puñales a lo de Tomás Heredia, armero y afilador. Le dijo a Heredia que comerían carne con cuero en San Fernando.

Para Marcet era necesario matar a Álvarez; a cada rato se los daba a entender a sus amigos, sin decirlo claramente. No podían dejar con vida al hombre que los mandaría a prisión.

La tarde del día elegido, los tres se reunieron y tomaron vino para darse ánimo. Marcet y Arriaga encontraron luego a Álvarez en el Café de los Catalanes. Álzaga, que siguió bebiendo, los esperaba en la casa alquilada. Álvarez, Arriaga y Marcet llegaron al anochecer. Al entrar en la casa había una escalinata empinada. Álvarez comenzó a subir detrás de Arriaga, pero escuchó que Marcet echaba los pasadores de las puertas.

—Yo me voy —afirmó Álvarez, alarmado—. Ustedes me trajeron acá para hacerme una broma infernal.

—No sea tonto —lo enfrentó el catalán—. Te trajimos para que pruebes el piano —dijo apretando el mango del puñal debajo de su capa.

—¡Ábranme la puerta! —exclamó Álvarez—. Ustedes me trajeron aquí para hacerme algún mal.

—Pero qué mal te vamos a hacer si arriba está Álzaga.

—Si Álzaga está arriba, está bien, pero antes de subir lo quiero ver. 

Arriaga sudaba a pesar del frío. 

Entonces, Álzaga apareció en los altos.

—Subí, nomás, Pancho, que acá estoy yo —le dijo a Álvarez.

—Ahora sí, porque si está mi tocayo nada malo me pasará.

Álvarez subió hasta donde estaba Álzaga, seguido por Marcet y Arriaga.

—¿Dónde está el piano?

—Más adentro, tocayo —y pasaron a otra pieza.

—¿Dónde está el piano?

—En la otra pieza.

—¿Dónde está el piano? —Álvarez estaba muy asustado.

—¡Qué piano ni qué piano! —exclamó Marcet con el rostro transfigurado y con el puñal en su mano—. Aquí has venido a morir y no a ver pianos.

Álvarez sintió que se le aflojaban las piernas.

—¿Por qué me han de matar si nada les hice? —juntó sus manos en oración—. Yo les daré lo que quieran. ¿Será posible que me maten así, sin que los haya ofendido?

Álvarez miró suplicante a Álzaga, que le quitó toda esperanza de salvación.

—Sí, Pancho. Es preciso que mueras. Qué le vamos a hacer...

Álvarez se desmayó.

—Pronto, que el desmayo viene de perillas. —dijo Marcet. Se agachó sobre Álvarez y le hundió el puñal en el cuello.

—Rápido, para que no caiga sangre. Acá… —Marcet le había dejado clavado el puñal en la garganta para que no saliera tanta sangre—. Ayúdenme. A la letrina.

Lo arrastraron de los pelos hasta el borde de la tabla.

—Cortá de una vez un tajo de degüello —le ordenó Marcet, que dominaba por completo la situación, a Álzaga.

Francisco Álzaga o Pancho o Francisquito se acercó a Álvarez, sacó el puñal que Marcet había dejado clavado y le hizo un largo tajo en la garganta de la que salió mucha sangre mientras el cuerpo del pobre español se convulsionaba. A Marcet le pareció que el tajo de Álzaga no era suficiente, y recogiendo el puñal hizo otro, profundo y circular. Álvarez se estremeció y murió.

Los asesinos estaban exhaustos, respiraban aceleradamente, el pelo pegado a la frente por la transpiración y las manos manchadas de sangre.

Marcet mandó a Arriaga a buscar el carruaje. Con Álzaga pusieron pañuelos de mano en el cuello de la víctima y la arrastraron a otra pieza. Revisaron sus bolsillos, le sacaron la billetera, el anillo de brillantes, que se lo quedó Marcet, y las llaves de su casa. Lo más penoso fue bajar el cadáver por la escalera estrecha. Se caían, se incorporaban, se volvían a caer con el cuerpo encima de ellos, hasta que al final lograron sacarlo a la calle y sostenerlo entre los dos, como si estuviera borracho. Lo sentaron en la calesa, prendieron cuatro habanos y pusieron uno de ellos en la boca de Álvarez. El librero advirtió una mancha de sangre en la vereda y le pasó varias un pie por encima. Se dijeron en voz baja que al día siguiente volverían a la casa a borrar los rastros de sangre. Ya se encargarían de las manchas en sus ropas; Arriaga tenía sangre en los volados del puño de su camisa.

A las diez de la noche llegaron a la quinta de Barracas. Álzaga se acercó a hablar con Bernardo González, el cuidador. Le dijo sin rodeos que traían un muerto, un amigo que había perdido la vida en un duelo. Iban a enterrarlo en la quinta, pero debían hacerlo como fuera porque si se llegara a saber lo sucedido podían sufrir las consecuencias. Leal a su patrón, González le respondió que perdiera cuidado, que sería una tumba. Empezaron a cavar detrás de un grupo de grandes naranjos, y luego de una hora y media enterraron a Álvarez. Álzaga le indicó a Bernardo que al día siguiente sembrara allí semillas de maíz o de alfalfa. Luego volvieron a la ciudad, dejaron el carruaje en la caballeriza de Juan Moore y fueron a la casa de Álvarez. En total, encontraron 80.000 pesos. No era lo que esperaban.

Al salir de la casa, a Álzaga se le dio vuelta el corazón: había olvidado el puñal entre los almohadones del carruaje. Marcet se ocupó de ir a rescatarlo al día siguiente, pero no lo encontró en el asiento. Se lo acercó el propio Juan Moore: lo había encontrado cuando lavaron la calesa. El puñal estaba limpio. Marcet pensó que Álzaga lo había dejado sin manchas antes de olvidárselo. Moore se lo devolvió sin hacer ningún comentario.

Los tres amigos fueron a comprar esponjas al comercio de Jorge Watson. Álzaga había vuelto a empinar el codo, esta vez con anís. Decía que no tenía ningún sentimiento sobre lo que había ocurrido la noche anterior. “¡Qué diablos! Ese era un gallego de porquería que bien muerto está”, exclamó frente a la desesperación de sus amigos, que no querían llamar la atención en la calle. Arriaga estaba pálido y descompuesto. Y Marcet seguía con sus maquinaciones. Pensaba que la desaparición de Álvarez causaría un gran escándalo y que ellos, como sus amigos, debían mostrarse consternados y alarmados, aunque dirían que la desaparición seguramente se debía a algún amorío oculto de Pancho. Por el momento, con esponjas y tierra limpiaron y cubrieron las manchas de sangre que encontraron en la casa alquilada a la viuda de Lafranca.

El primero en preguntarles por la suerte de Álvarez fue Ángel, su hermano.

—Ustedes andan siempre juntos. Así que deben saber qué lugares frecuenta. Si me dicen, yo voy a buscarlo.

Cuando el librero le dio las señas de los domicilios de varias señoritas que Álvarez frecuentaba, Ángel recibió la información con reservas. Nunca le había caído bien el catalán, y creía que era capaz de cualquier cosa con tal de obtener dinero. Intuía que a su hermano a lo mejor lo habían encerrado, o algo peor, para sacarle su fortuna. Sin embargo, los antecedentes de Álzaga y de Arriaga eran una tranquilidad para Ángel. Con estos pensamientos se dirigió a la casa de su hermano, donde encontró un gran desorden. Estaba perplejo. Dos días después, el trío de asesinos dio un paso adelante: antes de que lo hicieran los verdaderos amigos de Álvarez, Marcet y Álzaga fueron a dar aviso al jefe de policía, Gregorio Ignacio Perdriel. Pasaron otros dos días y el diario El Tiempo reprobó a la Policía por no haber resuelto con rapidez un caso que interesaba a todo el mundo: en Buenos Aires era extraordinario un acontecimiento como el de Álvarez, es decir, que de la noche a la mañana un vecino conocido desapareciese así como así. Las personas no desaparecen. Ya se comentaba en todos lados que a Álvarez lo habían agredido, tal vez asesinado. El crimen de Álvarez era la comidilla de los cafés, junto con la guerra con el Brasil.

El 11 de julio, exactamente seis días después de la desaparición de su hermano, Ángel les comentó sin reservas a sus amigos que ya no tenía dudas de que aquellos tres libertinos, como los llamaba, habían atacado a Francisco. Los tenía entre ceja y ceja, especialmente a Marcet, ese catalán del diablo, decía, aventurero y criminal. Pensaba que si su hermano andaba siempre con ellos y de buenas a primeras se lo había tragado la tierra, resultaba evidente que debían saber lo que le había ocurrido. Si esto era así y no hablaban se debía a que tenían algo que ver con la desaparición, si no era que directamente lo habían matado para ocultar un robo. Esos “nobles” habían matado por dinero. Conocía bien a su hermano, a pesar de la transformación que había sufrido por culpa de Arriaga, Álzaga y Marcet; sabía que jamás se habría esfumado. No ocultaría una supuesta relación escandalosa con alguna mujerzuela o con alguna dama ausentándose de todos lados. Ángel compartió estos pensamientos con sus amigos y el boca a boca hizo el resto. Pronto hubo una sola sospecha sobre el destino de Álvarez.

En un comienzo, la ciudad se dividió; estaban aquellos que consideraban que la acusación contra los tres amigos no era más que un infundio, porque no les cabía en la cabeza que hombres de semejante posición y con los mejores antecedentes, aunque excesivos en sus diversiones, pudieran cometer una vileza semejante. ¿Es que acaso les hacía falta el dinero de Álvarez? ¡Patrañas!, repetían. Sin embargo, había otros que los señalaban con el dedo. Álzaga, Marcet y Arriaga se desesperaron. Arriaga se encerró en su casa y no salió por varios días. Marcet creía que el rumor en su contra lo había echado a correr el propio Arriaga, vencido por el remordimiento. Ese cobarde, le decía a Álzaga, era capaz de ir a contarle todo a la Policía. Finalmente, tomó la decisión de sacarlo del medio. Álzaga jamás supo qué cl ...