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CRíMENES SORPRENDENTES DE LA HISTORIA ARGENTINA

Ricardo Canaletti

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Fragmento

II

El Jorobado.
Enemigo público número uno (1853/1854)

Su baja estatura era tan inevitable como su destacada joroba, que provocaba reacciones de repulsión o de gracia. De piernas cortas y torcidas, caminaba junto a la pared como un pegajoso caracol, siempre buscando disimular su humillante jiba cubriéndola con su capa raída. Lucía una sonrisa que no se podía discernir si pertenecía a un espíritu bondadoso o burlón. Las mechas ásperas, revueltas y sucias no disimulaban la frente amplia; los ojos eran vidriosos, la barba rala, el bigote fino y la nariz ancha. Este cuasimodo trágico había llegado al Río de la Plata, procedente de Génova, hacia la primera mitad del 1800. Al poco tiempo había logrado hablar una inexpugnable lengua que fundía el dialecto xeneize con el español y, sobre todo, convertirse en el ladrón más famoso de Buenos Aires, el primer enemigo público número uno, el más astuto, sí, pero también el más repulsivo. Este hombre de físico ridículo se llamaba Domingo Parodi, alias “El Jorobado”, y daba risa.

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Como punguista y cabecilla de una banda de rateros no usaba armas y le temía a la violencia. Era un ladrón sutil, cobarde pero astuto, mezquino y traicionero, cualidades que lo llevaron a controlar la gavilla. Se destacaba fabricando llaves falsas, tarea que realizaba en su herrería, pero el verdadero poder que ejercía sobre sus hombres residía en la impecable planificación de los robos. Nunca robó al tun tun; por el contrario, una red de prostitutas, serenos infieles y comerciantes sin escrúpulos que luego reducían su botín, le suministraban la información imprescindible. Prefería las joyerías y las relojerías, pero dejaba que sus secuaces la emprendieran, de vez en cuando, contra alguna carbonería o algún depósito de aceite. Robaba casas solo porque muchos joyeros vivían en sus propios comercios, en los altos o en los fondos. Entre 1853 y 1854, su período de esplendor, en numerosas ocasiones apareció mencionado en El Nacional o en El Orden. Habrá sido porque el negro González lo ayudaba a disfrazarse y hasta a cambiarse el rostro con cosméticos, pero lo cierto es que a pesar de la publicidad de su nombre aún no había conocido el Hotel del Gallo. Así se conocía en ese entonces al Departamento de Policía, que quedaba en la calle Bolívar frente a la Plaza de Mayo, cerca del Cabildo. El prejuicio que asimilaba la fealdad a la estupidez le jugaba a favor, pues los policías consideraban de manera infantil que ese cuerpo deforme no podía alojar una mente de perversa inteligencia.

La joyería del señor Behr lo obsesionaba. No tanto porque Behr viviera en los fondos del local y durante un asalto nocturno habría que golpearlo y amordazarlo, conducta que no era de su predilección, sino porque el comercio estaba enfrente del regimiento militar de Echenagucía, y era posible que algún ruido o movimiento nocturno pusiera sobre aviso a los soldados. Después de darle vueltas al asunto durante algunos días, convocó a sus secuaces al antro, ubicado cerca de la Plaza del Retiro. Allí se escondían de la policía, llevaban los botines y planeaban los golpes. Como siempre, fueron llegando de a uno, nunca en grupo. Florencio Negri, alias “Antonio Palma” o “Fortacho”, genovés como Parodi y el más despabilado del grupo después del Jorobado; otro genovés, Santiago Montovia, curtidor de pieles, a quien le decían “El Granuja”; José Portete, un marinero mercante; Ángel Gramarra; los portugueses Justiniano da Silva do Monte y Joaquín Correa de Mattos; y el único argentino de la banda, el negrito Lorenzo González, a quien el Jorobado le tenía especial afición. En el antro se sentaban en el piso, contra la pared, pues no había motivo alguno para tener muebles. Solo llevaron comestibles, botellones de vino, y una buena provisión de ginebra y de caña. En los últimos tiempos al Jorobado le dolían los pulmones y a veces escupía sangre, lo que le impedía beber hasta desmayarse, como le gustaba. Temeroso de la tisis y la muerte, se le había dado por rezar para prolongar su vida.

Esa vez, Montovia y el portugués Silva habían llevado información sobre las costumbres y los horarios del relojero Behr. Parodi soltó entonces su plan, que sorprendió a todos: atracarían en pleno día y a la vista de los soldados del regimiento. Solo hacía falta sacar el molde de la cerradura de la puerta de calle del comercio. Propuso dormir para dar el golpe al día siguiente. Las bebidas quedarían en la covacha para festejar a la noche.

Cerca de las seis y media, González, con traje de changador y montera, pasó por el mercado, compró una longaniza, caminó delante de la relojería, cruzó y se fue a hablar con los soldados del cuartel, que tomaban mate con galletas. El negro les dijo que estaba haciendo tiempo hasta que llegara su compañero, porque esa mañana debían realizar la mudanza del negocio del señor Behr a la calle Santa Rosa (hoy Bolívar). Le explicó a un cabo con cara de muerto de hambre que, en verdad, el hermano del señor Behr le iba a dar las instrucciones para cargar la mercadería en los cajones y luego la transportarían. Cuando los milicos se acabaron la longaniza y volvieron a las galletas, el negro se marchó al mercado y volvió con una butifarra y unas cuartas de vino. La charla siguió un buen rato hasta que, a las once, Behr salió de la relojería para ir a almorzar. González cruzó y en el camino lo saludó tocándose la montera. El relojero contestó pensando que era un peón conocido. A los soldados la escena les resultó de lo más familiar, un saludo entre dos conocidos, el patrón y el empleado que le haría la mudanza. Cuando el relojero dio vuelta la esquina, Parodi, atento desde hacía un rato en las cercanías, lo siguió. Palma, también con ropa de changador, y Silva, que simulaba ser el hermano de Behr llegaron al negocio. El portugués abrió la relojería como si fuera suya, sin ninguna dificultad, con la llave que había hecho Parodi. El negro González, Palma y Silva entraron. A nadie le llamó la atención. Mientras esto ocurría, Behr caminó por General López (hoy Moreno) hacia la fonda de la calle Esmeralda entre Cuyo y De la Merced (hoy Perón), donde almorzaba todos los mediodías. Un rato después entró Parodi. Al cabo de una hora, luego de comer y tomarse un café, Behr caminó a buscar su sombrero para retirarse y pasó al lado de la mesa cerca de la entrada que había elegido el Jorobado. Este lo saludó con naturalidad, le dijo que sabía que se dedicaba a la joyería y a la relojería, y le pidió amablemente si podía dedicarle unos minutos, pues tenía entre manos un negocio que tal vez le interesara. Behr aceptó. Parodi le contó que su hermano traía de Europa, de contrabando, relojes y joyas de primera calidad, y que estaba interesado en buscar un comprador de cantidades a un precio conveniente. Dentro de cuatro días, su hermano llegaría a Montevideo con un cargamento de 50 relojes y alhajas, que él iría a recibir. El relojero respondió que, si bien no tenía razones para dudar de su palabra, no podía decir nada porque desconocía la calidad de las joyas y los relojes en cuestión. El Jorobado sacó entonces un par de relojes de oro flamantes y algunas alhajas. Sorprendido, Behr no pudo menos que admitir la excelente calidad de la mercadería. Enseguida le preguntó cuál era el precio que quería por las joyas. El Jorobado se había informado en el mercado del precio de los objetos que estaba ofreciendo; para no despertar las sospechas de Behr, debía ofrecer precios razonables, ni muy altos ni muy bajos. El relojero hizo sus cálculos rápidamente y pensó que, si lograba vender los cincuenta relojes del supuesto hermano de Parodi, podría obtener una ganancia de hasta cien mil pesos. Entre una cosa y otra charlaron durante una hora más, es decir, que Behr pasó dos horas fuera de negocio. Finalmente, cerraron trato y acordaron que a la noche el Jorobado iría a la relojería a firmar los papeles para formalizar la venta. Salieron juntos y Parodi lo acompañó un par de cuadras.

Behr llegó a su negocio y abrió con su llave. Cuando entró, el corazón le dio un vuelco y debió sostenerse con una mano en la pared para no terminar en el piso. El negocio estaba vacío. Lo primero que pensó fue cómo habían hecho para robarle toda la mercadería con los soldados enfrente y a la luz del día. De dos zancadas cruzó la calle y fue a preguntarles a los soldados si no habían visto ladrones entrar a su negocio.

—¿Qué ladrones? No sabemos nada de ladrones ni de nada, solo que en la relojería estuvieron hasta hace poco su hermano y los dos peones de mudanza que usted mandó.

—¡Qué mudanza ni mudanza! ¿Mi hermano? ¡Yo no tengo hermano!

El soldado se quedó con la boca abierta.

Se llevaron hasta la caja fuerte de Behr. El Jorobado fue el último en llegar a la guarida y hasta entonces a nadie se le había ocurrido abrir el tesoro. Los hábiles dedos de Parodi lo hicieron en pocos segundos y se encontraron con cincuenta mil pesos en contante y sonante. Bebieron, se rieron de Behr y de los soldados, y celebraron su buena fortuna. Lo habían logrado a la luz del día, como había dicho Parodi. Palma quedó en un rincón durmiendo la mona. Los portugueses y González se hacían bromas y decían en qué iban a gastar la plata que le correspondía a cada uno. Montovia, Portete y Gramarra jugaban partidas de morra, a las que a veces se sumaba el Jorobado, para agilizar su mente. Ponían sus manos en la espalda, cada uno decía al mismo tiempo un número del uno al diez mientras sacaban la mano derecha y estiraban la cantidad de dedos que quisieran. El cero se representaba con el puño cerrado o morra, y el ganador era el que acertaba una cifra igual a la suma de los dedos presentados por todos los jugadores.

La única pista que tenían los policías era que, en la fonda, Behr había hablado con un jorobado, un contrahecho que le había ofrecido un negocio; luego de acordar con él la firma de los papeles correspondientes, había desaparecido. Behr y los policías creían que había sido un engaño para mantenerlo alejado de la relojería el tiempo suficiente para que el resto de la banda la saqueara. Dieron la orden de detener a cuanto jorobado anduviera por la calle o fuera del conocimiento de algún buen vecino. Cerca de unos 40 jorobados fueron a prisión. Mientras tanto, los ladrones permanecieron durante días en la guarida, donde tenían bebida y comida. Cuando las provisiones comenzaron a mermar, los que no habían tenido una participación decisiva en el robo, como Gramarra y Portete, se encargaron de salir a hacer las compras, especialmente algún jarabe para el Jorobado, que le aliviara los dolores pulmonares que lo aquejaban desde hacía más o menos un mes. Si bien no escupía tanta sangre como al principio, la tosecita lo seguía acompañando. Con los días, el humor de Parodi fue cambiando para peor; esto no obedecía al encierro, sino a una ausencia que ya no soportaba, la de su mulata querida. Debido a la repulsión que causaba, era un hombre de pagar por mujeres. Pero con Nemesia era distinto. Estaba enamorado, y la negra y sus amigas aprendieron a vivir a costa de Parodi. Cada vez que él iba a su casa, Nemesia juntaba a sus mujerzuelas y organizaban pantagruélicas cenas con excelentes vinos, caña y ginebra. El Jorobado parecía un niño tonto contemplándola, y se dedicaba a complacerla aun a costa de excesos brutales que lo dejaban poco menos que como un cadáver viviente, víctima del alcohol, mientras la mulata continuaba vaciando botellas hasta terminar rendida junto a su amante. Era un misterio del corazón como ese hombre vivo e ingenioso podía ir detrás de esa mujer y, peor aún, cómo aceptaba ser engañado por esa negra vulgar y ladina.

Diez días después del golpe al relojero Behr, los ladrones comenzaron a salir de la cueva. Miedoso como era, Parodi mandó a comprar un rosario para rezar por su salud, aunque sus cómplices se rieran de él. Apenas se sintió aliviado de la tos, fue a ver a Nemesia. Si le llevaba poco dinero, ella lloraba y le decía que no la quería y que se había lo había gastado con otras mujeres, para señalarle que nunca fue a verla sin suficientes valores.

—Hija mía, ¿cómo está usted? —le dijo Parodi apenas la vio. Él le decía “hija mía”.

—A usted poco le importa de mí que anda en mil parrandas y viene a mentir amores, como si fuera una tonta que se traga todas sus mentiras.

—Pero, hija mía, estaba muy enfermo. Mi estado es grave, no hago más que escupir sangre. Para mayor desgracia, aunque hubiera hecho el esfuerzo por venir a verla, no podía salir a la calle por miedo a que la autoridad me eche el guante.

—Ja, ja, ja… ¡Echarle el guante a usted! Es el más vivo de todos. Eso lo dice para que no me enoje. Debe haber alguna mujer a quien quiere más que a mí, a quien va a parar todo el dinero mientras yo paso necesidades.

—Acá tenés el dinero, hija mía —la negra estrujó los billetes en su mano y los escondió entre sus enormes pechos. Era ordinaria, fea y hombruna. Pero el Jorobado la veía como una sílfide.

—Bueno, por esta vez te perdono —dijo Nemesia, que ahora fingía estar interesada en la salud de Parodi.

—Es que he tenido cinco vómitos de sangre en las últimas horas, querida hija mía, el último tan violento que creí me había llegado la hora de conocer a la parca. Por eso, querida hija, voy a ver si realizo algún negocio para dejarte suficiente dinero y poder ir al campo donde seguramente me voy a aliviar. Dicen que el aire del pueblo de Luján sienta muy bien a los tísicos.

—Bueno, pero que no sean todas tristezas. Vas a ver qué bien la pasaremos esta noche. Ya mismo voy a llamar a mis amigas.

De golpe, el Jorobado se vio rodeado por media docena de mujerzuelas, que le acariciaban la joroba, la entrepierna y escanciaban el vino. Parodi tosía y reía, pero nunca dejaba de mirar a la mulata, aunque las mujeres lo acariciaran cada vez más descaradamente. Las peores eran Teófila, Gabina y Pancha, inseparables de Nemesia. Eran unas máquinas de gastar dinero y consideraban a Parodi como lo que era, un títere de la mulata. El Jorobado, enfermo como estaba, rechazó algunas copas pero no pudo hacerlo con todas las que le ofrecían, mucho menos cuando fue la propia Nemesia quien le alargó la copa de vino. Les guiñaba el ojo a sus compañeras y las copas comenzaron a ir en una sola dirección, hacia el Jorobado, que bebió hasta ya no poder llevarse el copón a los labios. Cayó redondo sobre su joroba entre las risas de las mujeres. Y allí quedó, inmóvil, cuando la mulata le abrió la boca con una cuchara y le hizo tragar todo el contenido de una botella de coñac. Quería estar segura de que durmiera hasta el día siguiente, mientras ellas y sus amigas registraban todos los bolsillos del Cuasimodo. Le sacaron otros 500 pesos. Entre dos lo levantaron y lo llevaron a una pieza interior, lo tiraron al suelo y se fueron. La noche continuó con canciones, guitarreadas y bailes. Ya de día, Nemesia tenía una borrachera que no le hacía envidia a la del Jorobado. Fue donde su amante y se tiró en el piso a su lado. Al despertar, Parodi tenía la boca tan seca que pidió una jarra de agua.

Aún medio dormida, Nemesia le gritó a una criada de no más de 20 años, que casi a la carrera trajo un botellón de vino que su ama le había pedido para calmar la sed del Jorobado. Bebieron todo el botellón y otro más y otro más. No pararon de empinar el codo hasta que volvieron a caer inconscientes, aunque esta segunda turca no duró lo que la primera. Cuando se despertaron no sabían qué día era, aunque sí se dieron cuenta de que la noche había llegado nuevamente. Nemesia convocó entonces a sus amigas para otra cena descomunal. Parodi tenía los ojos inyectados de sangre, la piel apergaminada y las mechas enmarañadas. Su cuerpo temblaba, y su aliento era tan fétido que más de una mujerzuela volteaba la cara. Nemesia, risueña, le preguntó a su amante si tenía miedo de morirse, mientras reía a carcajadas.

—Hija mía, yo me voy. Tengo algunos negocios que hacer y no puedo demorarme más.

Las mujeres no podían dejar de reírse del Jorobado. Cuando salió, la mulata tuvo un pensamiento para su querido, que compartió con sus amigas.

—Es tan imbécil como horroroso, y aunque yo me le ría en la cara, como lo hago, no se dará cuenta. Su joroba se ha enamorado de mí.

Parodi fue a la herrería. Quería poner claridad en sus ideas. Necesitaba un golpe más para dejarle dinero a la mulata e irse a Luján para curarse la tuberculosis. Buscó los ahorros en su casa, pensó en liquidar algunas alhajas, y finalmente reunió unos 9.500 pesos. Era poco, pensó. Debía dar el golpe en la joyería del señor Carlos Lanatta, de la calle Victoria entre Representantes (hoy Perú) y Santa Rosa (hoy Bolívar). Dos semanas después, con una llave falsa, entraron al negocio y abrieron la caja fuerte. El robo fue un éxito y pudo reunir la suma de ochenta mil pesos. Satisfecho con el botín, fue a ver a Nemesia para dejarle parte del dinero.

—Aunque sos un ingrato que se pasa días sin venir a ver si estoy viva o muerta —le dijo la mulata tomándolo de los hombros—, yo te perdono porque venís en un momento en que no tengo ni un centavo más para el vino.

El Jorobado había separado diez mil pesos, que puso en uno de sus bolsillos del chaleco. Los sacó y se los dio a Nemesia. Ella intuyó que Parodi tenía más dinero encima. Entonces le dijo que esa noche no beberían porque ella debía cuidarle la salud. Al escucharla, Parodi se puso tan feliz que creyó que su joroba se había achicado.

—Yo comeré aquí —respondió Parodi—, pero es preciso que despaches temprano a las visitas porque tenemos que hablar de mi viaje y del dinero que te dejaré para dos meses —agregó. Nemesia le respondió que en cuando terminaran de cenar, las muchachas se irían.

Después de los primeros platos apareció el vino.

—Vamos, Domingo mío. Pensá que vas a estar dos meses sin verme. Una copa de vino no te hará mal.

Parodi se resistió todo lo que pudo, pero finalmente bebió, hasta el momento en que lo hacía sin que lo invitaran. Entre Gabina y Nemesia prepararon una copa especial, una mezcla de bebidas y un poco de café. Luego de beber el mejunje, el respaldo de la silla cedió y Parodi terminó en el piso, inmóvil. Lo llevaron hasta la pieza de Nemesia, donde siguió durmiendo mientras comenzaban el baile y las guitarras. Antes de volver a la fiesta, Nemesia repitió el procedimiento de siempre: le abrió la boca con una cuchara y le hizo beber una buena cantidad de aguardiente. Eran cerca de las cuatro de la mañana. Lo desnudó y le limpió los bolsillos. Se guardó setenta mil pesos, dejándole apenas cincuenta. Acomodó el dinero en una tira de género a manera de cinturón y se la ató a la cintura, bajo la ropa. La negra siguió comiendo y bebiendo con sus amigas hasta que se fue a dormir al lado de Domingo, como antes, como siempre. Los dos se despertaron cerca de las ocho de la noche del día siguiente. Cuando el Jorobado quiso vestirse advirtió que le faltaba todo el dinero. Se desesperó.

—No puede ser —dijo la mulata—. ¿Quién va a entrar aquí a cometer un robo?

Esta vez Parodi creyó que la negra lo había desplumado. Ella hacía que buscaba por todos lados y se echó a llorar porque decía que tampoco encontraba sus diez mil pesos. Representaba tan bien su papel, que el Jorobado despejó sus dudas hacia ella y creyó que su amante también había sido víctima del robo. Pensó entonces en alguna de las amigas de la mulata, pero esta le aseguró que si había sido una de ellas lo sabría en poco tiempo sin lugar a dudas. Nemesia se encargaría, tranquilizaba a Parodi, perdido ahora entre los pechos de la negra. El Jorobado le prometió que volvería con más dinero para que ella pudiera pasar sin aprietos los meses que él estaría en Luján.

Parodi fue a buscar al negrito González, porque le hacía falta un corte de pelo y una buena rasurada. Desaliñado como estaba, su aspecto era aún más repulsivo. En ellos se ocupó González mientras esperaban que los demás llegaran a la covacha. El Jorobado había pensado mucho en el que sería el último atraco antes de retirarse a descansar y a curarse. Robarían la joyería de Fesquel a la noche, un frío domingo de junio, el siguiente. Antes de que Parodi abriera el negocio, debían distraer al sereno. El plan se decía una vez y no se repasaba. Así, sobre la medianoche del domingo, Montovia y Portete fueron a un boliche de la calle Santa Rosa (hoy Bolívar), esquina Santa Clara (hoy Alsina), y comenzaron a beber y a hablar de amores perdidos y damas volátiles, a pesar de que el dueño les había advertido que les permitiría solo un trago porque estaba por cerrar. Mientras esto ocurría, algunos se ubicaron en la esquina de Federación (hoy Rivadavia), y otro grupo en la de Maipú y Victoria. A eso de la una, Montovia y Portete discutieron agriamente con el encargado del boliche porque los señores no se querían retirar. Los gritos y los insultos terminaron con los dos revoltosos echados a la calle, y con el sereno de la zona que llegaba corriendo a la esquina tocando el pito, convencido de que se estaba cometiendo un robo. El robo se produciría en ese momento, pero en el lugar que el sereno había dejado de vigilar para ir al boliche. Su ida les permitió a Parodi y a Palma lanzarse y forzar la puerta de la joyería antes de que regresara. Esta vez usaron un cortafrío y una lima, pues no habían tenido tiempo de realizar un molde de la cerradura. Palma hacía palanca introduciéndola por debajo de la puerta y también por los costados, mientras el Jorobado había metido una lima entre las junturas de la puerta y limaba rápidamente sobre la cerradura. Se veían luces moverse aquí y allá. Eran los serenos que se desplazaban a causa del escándalo armado por Montovia y Portete, cuando fueron echados del boliche. Parodi debía apurarse. Las bisagras de la puerta tardaron quince minutos en saltar por la presión de la palanca; simultáneamente, la cerradura cedía a la lima de Parodi. La puerta quedó entreabierta, suficiente espacio para que entraran los ladrones. Todos llenaron sus bolsillos con las alhajas, menos Parodi y Palma, que disimuladamente abrieron la caja fuerte y escondieron rápidamente los billetes entre sus ropas para que sus cómplices no se dieran cuenta. La voz del sereno que se acercaba comentando con un compañero el ruido que habían hecho aquellos dos borrachos del boliche indicaba que se acababa el tiempo. Parte de la banda salió a la carrera. Gonzalito se encargó de colocar la puerta en su lugar para que el sereno no advirtiera que había sido forzada. Palma y Parodi se sentaron en el piso de la joyería a esperar el amanecer, cuando terminarían de vaciar los estantes y llevarían el resto del botín a la guarida.

La policía sospechaba que el escurridizo cuasimodo estaba detrás de este robo, cometido nuevamente con una distracción. Para resolver el caso de la joyería Fesquel se formó una comisión especial, integrada por los comisarios Nicolás Arnaud, Carlos Eizaga y José Pizarro. Para ellos, la designación era un honor a la vez que una condena en suspenso, pues si no lograban resolver el caso para el día martes, es decir, cuarenta y ocho horas después del robo, se les pediría la renuncia. El martes a la tarde, cuando se aprestaban redactar sus dimisiones, un agente se presentó ante los comisarios con un dato. En la platería de la calle Federación, entre Solís y Entre Ríos, había aparecido un italiano con unas alhajas para su venta, entre ellas una con piedras finas que la dueña de la platería no sabía estimar. Le pidió que volviera a las cuatro de la tarde, que estaría su esposo y podría examinarlas. Los policías le avisaron a su colega, el comisario Manuel Pividal, que tenía su sección muy cerca de esa platería, con la instrucción de arrestar al vendedor de las alhajas. El italiano volvió por la tarde y quedó detenido. Resultó ser Antonio Palma, de 45 años, y de profesión carpintero. Palma fue tratado bruscamente y golpeado hasta que lograron arrancarle una confesión. En ella, mencionó el nombre de todos los miembros de la banda.

—¿Quiénes robaron la joyería Fesquel la noche del sábado al domingo?

—Justiniano Silva, Ángel Gramarra, Joaquín Correra Mattos, Santiago Montovia, el negro González, Parodi y yo.

Además, Palma dio los domicilios de todos sus cómplices, que uno a uno fueron cayendo detenidos. El que no aparecía era Parodi.

Una vez que se repartieron el dinero y las joyas, Parodi se dirigió a la herrería, hizo un gran paquete con otras alhajas que allí guardaba y partió a lo del relojero Mackorti. Este era un reducidor de objetos robados, que terminó pagándole una quinta parte de lo que las joyas valían. Para Mackorti el negocio fue tan extraordinario, que tomó el primer vapor a Montevideo, donde estableció una gran joyería y, con el tiempo, se hizo muy famoso.

Antes de ir a lo de Nemesia, Parodi guardó el dinero que se llevaría a Luján, cosiéndolo en una faja que se enrolló en la cintura. Al llegar a lo de la negra, la encontró sola, masticando un pedazo de pan. Le dejó el dinero envuelto en un gran pañuelo de la India, y a pesar de los ruegos de la mujer para que se quedara a comer, el Jorobado se mantuvo inflexible. La marimacho no insistió debido a lo abultado del paquete que le dejaba su amante. Calculó que debía contener una pequeña fortuna de ochenta mil pesos.

—No me quedo porque me siento muy enfermo. Además, es posible que la policía me ande buscando; me trae mala espina que Palma no haya venido conmigo a lo de Mackorti. ¿Y si le pusieron las manos encima? Ese fliglio d’un prete nos traicionará a todos. Así que me voy, hija mía, para curarme. Volveré en dos meses.

Después de suspiros, besos y pucheros, los amantes se separaron. Parodi tomó la calle Federación hacia San José de Flores. Eran más de las diez de la noche. A cada rato se daba vuelta para mirar sobre su hombro si alguien lo seguía. Caminaba con la capa sobre la cara y el sombrero ladeado. Recién logró tranquilizarse luego de cruzar la Plaza Miserere, pues hasta ahí llegaba la vigilancia de la policía. Descansó en una pulpería que aún estaba abierta, y a eso de las tres llegó a Flores. Hizo tiempo en una plaza, y al amanecer comenzó a averiguar donde había una agencia de carruajes que lo llevara a Luján. La galera llegó a las ocho y viajó con otros dos pasajeros que descendieron en Morón. El resto del camino se la pasó conversando con el mayoral, que le comentaba del fabuloso robo a la joyería de Fesquel, dándole datos tan increíbles como inexistentes. El aspecto del Jorobado era penoso, tosía a cada rato y escupía sangre. Debido a la lástima que le inspiró, el cochero le prometió que en Luján le conseguiría una buena casa de familia donde alojarse. Parodi aceptó.

En Luján, Domingo pasaba por un hombre al que la vida no lo había favorecido en casi nada. Era evidente que se recuperaba de una cruel enfermedad. En el pueblo se hizo popular contando historias y aventuras en las reuniones, sobre todo a los más pequeños. Sacó a relucir su carácter bondadoso, sus maneras distinguidas, y hasta se ganó la simpatía de los dueños de la casa que lo albergaba y de muchos otros. Sin embargo, no dejaba de pensar en sus compinches. Creía que a alguno, si no a todos, habrían agarrado. Pero confiaba en que ninguno lo delataría porque, tarde o temprano, esos bandidos lo necesitarían para seguir robando. También meditaba sobre el robo que siempre había querido hacer, el del Banco de la Provincia, su mayor aspiración. Pero ese tiro quería darlo solo, sin ayuda de nadie, tal vez cuando volviera a Buenos Aires. Así pasaron quince días desde su llegada y su salud comenzaba a recuperarse, sin Nemesia, sin las cenas con las mujerzuelas, sin alcohol. Por entonces, en Buenos Aires, Palma pensaba que el Jorobado resultaría ser el único que no sufriría la cárcel y eso lo disgustaba. Estaba dispuesto a remediar esa circunstancia. Les ofreció a los policías llevarlos hasta Parodi si los comisarios le prometían dejarlo en libertad. Les contó entonces de los deseos del ladrón de ir una temporada a Luján para curarse la tuberculosis.

A Parodi se le cayó la mandíbula cuando vio al comisario, pero mucho más pasmado quedó cuando detrás del comisario divisó la figura de Palma.

—Es inútil, hermanito —le dijo Palma—. Ya todos hemos cantado. Todos estamos en la cárcel; date preso, hermanito.

—Señores —habló el comisario, dirigiéndose a los dueños de la casa donde vivía Parodi—, este hombre es un criminal, un enemigo público, autor de una cantidad robos escandalosos, y yo vengo a arrestarlo acompañado por este cómplice que lo conoce y lo delató.

—Ese hombre es un miserable calumniador —estalló el Jorobado, para echarse luego a llorar como un chico—. Yo nunca lo he visto ni lo conozco. —Se produjo entonces, entre la gente que se había reunido en la casa, un griterío a favor del Jorobado. No creían que ese infeliz fuera el monstruo que pintaban. El policía no perdió el tiempo: mandó a buscar a un herrero para que le colocara una barra de grillos y pidió que preparasen un caballo para Parodi, con el propósito de salir inmediatamente. Cuando el comisario le revisó los bolsillos, como dictaba el procedimiento, no le encontró un solo peso. Sin embargo, en la cintura, debajo de su ropa, el Jorobado llevaba la faja con los billetes, que pasó inadvertida. Así, de Luján volvió preso, pero con todo el dinero y con un imponente poncho patrio que le habían regalado sus buenos amigos de la ciudad.

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