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CRíMENES Y MENTIRAS

Hugo Gambini   Ariel Kocik  

5


Fragmento

Introducción

La historia está atravesada por relatos, mitos y visiones parciales que se adaptan a las modas y a las corrientes de opinión. El peronismo, como emoción política nacional, lleva setenta años marcando el pulso. Su habilidad para el manejo de los medios es una marca de origen. No solo desde una secretaría oficial, como en los tiempos de Apold. En la “batalla cultural”, siempre se destacó por la transgresión, desde aquellos obreros de la carne que marcharon en caravanas a La Plata y a Buenos Aires en octubre de 1945, con ritmo de tambores y aire desafiante (reflejados como carnavaleros por la prensa de izquierda). Con ellos nació una pasión descamisada, un encanto plebeyo que ha rodeado al movimiento popular y bastó para derrotar los mejores argumentos de los adversarios, como aquel que convocaba a la defensa de los derechos humanos de los presos políticos, algo que los diputados peronistas rehuyeron aunque las víctimas fueran trabajadores de sus propios gremios.

El peronismo pudo representar, al mismo tiempo, la avanzada revolucionaria y su contención implacable. Convocó a personajes como el sindicalista Cipriano Reyes y el verdugo Jorge Osinde. El idealista y el gendarme, la rebeldía y la delación. Pudo combatir el capital y pedirle angustiosamente auxilio. Pretender que el país se convirtiera en una potencia latina, aunque la crisis apretara hacia adentro haciendo escasear el cereal que la Argentina ofrecía al exterior. En su seno fue posible festejar el golpe militar de 1966 y luego declararse su víctima. Suena extraño, pero bajo el mismo escudo político se pudo ser la víctima desaparecida y el propio represor en sombras, muchas veces a sabiendas de quién era quién. Héctor Cámpora no podía ignorar en 1973 quiénes eran los responsables de la represión a los jóvenes peronistas. Y no los denunció, acaso porque recordaba que el deber de un peronista era ser leal al jefe (sobre la base de esta lealtad los mediría el pueblo), según le confesó a uno de los autores de este libro.

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Es interesante constatar que en la política argentina muchas veces resulta más importante el relato de los hechos que los hechos en sí. El relato sobre la resistencia peronista a la Libertadora oculta prolijamente que le pusieron bombas con igual o mayor esmero y cantidad al doctor Arturo Frondizi que al general Pedro Aramburu, mientras el líder del movimiento se refugiaba con dictadores como Rafael Trujillo y Francisco Franco, a cuyos países peregrinaban sus acólitos para pedir instrucciones. Se podrán decir muchas cosas sobre Frondizi, pero no se lo puede comparar con estos tiranos, que causaron más víctimas que la dictadura de 1976-1983 en la Argentina.

El gobierno electo en 1973, el último de Perón, posee la característica inédita de haber matado a muchos de sus propios votantes. Se supone que para entonces Perón ya era un “león herbívoro” convencido de viejos errores, que ahora abrazaba a adversarios como Ricardo Balbín. Lo cierto es que detrás de esa imagen se ocultaba el accionar criminal de la Triple A, suficientemente conocido, a diferencia del más olvidado aparato represivo montado por Perón entre 1946 y 1955. Aquella organización tuvo grupos que cumplían funciones parecidas a las de los escuadrones de López Rega en 1973, como en 1946 los verdugos al mando del comandante Guillermo Solveyra Casares, primer jefe de represión ilegal del peronismo, que llegó a conocer al jefe de la CIA, mayor Campbell, mientras cumplía su rol de gendarme contra el comunismo.

En nuestro país se suele repetir que “somos todos peronistas” —frase que dijo Perón, tratando de igualarnos—, pero nosotros disentimos. Si creyéramos en todo lo que dijo Perón, nunca habríamos profundizado en lo más ignorado de su ciclo inicial. Tendríamos que olvidar a quienes hicieron el 17 de octubre, o a los obreros asesinados luego. De igual modo, marchar al ritmo de la corrección política nos impediría abordar los costados más interesantes y ocultos que cuestionan el mito. Aunque no es fácil definir exactamente qué es el peronismo, en vida de Perón se equiparaba a obedecer el mensaje de su jefe. Esto se desprende incluso de la doctrina nacional convertida en ley en 1952, y de los documentos del partido y del gobierno. El caudillo tenía la facultad de intervenir provincias, sindicatos y universidades, así como, más tarde, desde el exilio, autorizar o desautorizar a sus intérpretes, que podían ser designados o borrados de un plumazo.

La propensión a ganar voluntades —Evita aspiraba a que cada argentino fuera peronista— llevó a convertir la doctrina peronista en una ley para regir todas las actividades del país. Incluso la economía y los planes militares quedaban sujetos a los intereses del partido gobernante: un objetivo ambicioso y totalizante. Según Perón, lo lograba persuadiendo, pero para persuadir siempre necesitó de la policía, su aliada más confiable. Recordemos que la Policía Federal fue creada bajo el régimen militar de 1943, cuando él ya tenía el poder.

Las justificaciones de los excesos suelen ser vagas: “Antes nadie había hecho algo por el pueblo”; “El pueblo está con Perón”. La invocación a la popularidad, a ser la mitad más uno como un bien en sí mismo, es carismática, pero omite que las peores dictaduras del siglo XX contaron con mayorías fervorosas. El fascismo y el nazismo llegaron al poder por los votos.

En cuanto a la verdad, Perón nunca consideró que tuviera que rendir cuentas estrictas sobre ella, ya que la propaganda era más importante. Hasta la actualidad, en documentales de televisión, museos y universidades, se citan erróneamente el lugar de su nacimiento, el número de obras de su gobierno, la diferencia real entre precios y salarios, la “creación” de organismos que ya existían, el carácter de la política inmigratoria (sin mencionar la ley de residencia y las deportaciones), el nombre de los que “hicieron” el 17 de octubre, el número de víctimas fatales de la policía peronista en el ciclo 1943-1955 o la supuesta política siderúrgica vital para la industria. Se trata solo de algunos ejemplos, pero son muchas las inexactitudes que se basan en la palabra cambiante de Perón o en su propaganda, que incluye la prensa y las fuentes estatales controladas (se mentía, por ejemplo, en el índice de casos de poliomielitis, y el choque con la realidad impresionó a la opinión pública en 1956, durante una epidemia).

En el orden del ocultamiento, hasta hoy se ejercita el olvido de los miles de torturados que hubo bajo los dos primeros gobiernos peronistas, en un tiempo en que muy pocos levantaban la bandera de la lucha contra la tortura, como la Liga Argentina por los Derechos del Hombre, cuya sede fue asaltada y sufrió un incendio en 1949 —cuyas llamas consumieron denuncias de atropellos policiales—, mientras se aprobaba la constitución peronista. En una larga cadena de distorsiones, hoy en la educación superior, y en nombre de los derechos humanos, hay quienes afirman que personajes como Roberto Pettinato, ex jefe penal peronista, o Adolfo Marsillac, ex jefe de la policía bonaerense, fueron ejemplos, cuando ambos eran promotores de la tortura.

En todo caso, el peronismo instaló su verdad con un lenguaje propio, independiente de los hechos que la contradecían, para los cuales había muy pocos canales de difusión. Si un diputado valiente decía que había visto a un sindicalista torturado, Perón le respondía que veía mal. Si los gobiernos de otros países no comprendían sus intentos por exportar la doctrina peronista, la culpa era del colonialismo, que no se podía desmontar de un día para el otro. Si pese a la propaganda obrerista y social del régimen, con la imagen salvadora de Evita, había regueros de miseria entre el puente La Noria y el puente Alsina o en la Villa Maldonado, la prensa no tenía por qué registrarlos en fotos o agregarlos en artículos donde los barrios modelo tenían difusión.

Casi todos sostienen que el valor del peronismo fue su contenido social, su esencia popular, mito que el 17 de octubre expresó con cierta rebeldía de origen, que luego se perdió y derivó en obsecuencia. Llama la atención la ausencia de interés por rescatar a quienes fueron esos aliados de base de la primera hora, algunos de los cuales luego termi ...