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CUENTOS BREVES PARA LEER EN EL COLECTIVO

Maximiliano Tomas  

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Fragmento

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Penguin Random House

Prólogo

Cualquier recorte de la realidad es, si no arbitrario, subjetivo. Elegir de entre siglos de literatura unos pocos cuentos es recortar. Para empezar, hablar de “cuentistas” implica dejar de lado a cientos de escritores; decir “grandes cuentistas” es profundizar aún más en la selección. Y compilar una antología de cuentos breves de grandes escritores —grandes en el sentido de insoslayables— significa pasar por alto a casi todos. Hasta llegar a lo que en la actualidad conocemos como “literatura moderna”, los cuentistas de raza no abundaron; hubo, por cierto, grandes novelistas que no llegaron a dominar la forma del cuento. Otros, en verdad, ni siquiera lo intentaron: recién en el siglo XIX Edgar A. Poe puso por escrito sus reglas y límites, y le dio al género la entidad literaria que venía reclamando. Un siglo y medio después, no se puede hablar de literatura sin tomar en cuenta las obras del mismo Poe, Chéjov, Maupassant o Quiroga.

Nadie se atrevería a afirmar hoy que el cuento constituye un género menor (para ahuyentar esta idea bastaría invocar los espíritus de escritores más cercanos a nosotros, como Borges, Hemingway, Rulfo, Cortázar, Cheever o Carver). Por eso y para hacer de esta una antología diferente, ya desde su concepción original, la elección de los cuentos fue, si se quiere, aún más arbitraria. Tomando una prudente distancia histórica como para evitar celos contemporáneos, fueron seleccionados los mejores representantes del género y, de ellos, sus producciones más breves.

Sabemos, por la célebre reflexión del escritor español Baltasar Gracián, que “lo bueno, si breve, dos veces bueno”. Poe fue más allá en el elogio de la brevedad y la convirtió en una teoría. En su Filosofía de la composición, el estadounidense definió lo que llamó “unidad de efecto” o “de impresión” de un texto. Lo hizo en referencia a la elaboración de su poema “El cuervo”, aunque creía, con razón, que exponer este concepto-idea sería útil para la literatura en general:

Si una obra literaria es demasiado larga para ser leída de una sola vez, preciso es resignarse a perder el importantísimo efecto que se deriva de la unidad de impresión, ya que si la lectura se hace en dos veces, las actividades mundanas interfieren destruyendo al punto toda totalidad. [...] Lo que llamamos poema extenso es, en realidad, una mera sucesión de poemas breves, vale decir de breves efectos poéticos. [...] Parece evidente, pues, que toda obra literaria se impone un límite preciso en lo que concierne a su extensión: el límite de una sola sesión de lectura. [...] Resulta claro que la brevedad debe hallarse en razón directa de la intensidad del efecto buscado, y esto último con una sola condición: la de que cierto grado de duración es requisito indispensable para conseguir un efecto cualquiera.

Hacia allí se orientó entonces la búsqueda: cuentos buenos y breves, que pudieran leerse en una espera, en un viaje corto, de una sentada.

Y como a cuentos breves les corresponden prólogos más breves aún, apuntaremos para terminar solo uno de los porqués de este libro. Una idea que no es nueva pero que quizá sea, en el mundo de hoy, urgente: pensar la lectura como acto de resistencia. Esa mínima victoria del principio de placer por sobre el principio de realidad. Se sabe: leer nos acercará o alejará —según lo deseemos— del mundo y de nosotros mismos. Pero si bien al parecer la gente lee cada vez menos literatura, también lo hace en donde puede: en autobuses, trenes, colas de banco. Este es además un acto de resistencia: aprovechar los pocos minutos libres que quedan para leer.

Tal vez muchos nos hayamos visto obligados hoy a convertirnos en una suerte de “lectores en tránsito”. Aunque deseemos, en verdad, que se trate solo de un desvío en el camino que nos lleve a dedicarle a la lectura todo el tiempo que se merece. Mientras tanto, nos parece una buena idea compartir estos cuentos fugaces y permanentes, tan breves como eternos.

MAXIMILIANO TOMAS

ALEXANDER AFANASIEV

La ciencia mágica

Hace mucho, mucho tiempo vivía en una choza un viejo campesino con su mujer y su único hijo. El viejo era muy pobre y quería que el muchacho aprendiera un oficio que fuera su consuelo en ese momento y el sostén de su vejez. Pero ¿qué se puede hacer cuando nada se tiene? El hombre llevó a su hijo por pueblos y aldeas, con la esperanza de encontrar a alguien que lo tomara como aprendiz, pero nadie estaba dispuesto a hacerse cargo del muchacho y enseñarle gratis. El viejo regresó a su choza y lloró con su mujer, lamentando su pobreza. Después de un tiempo, volvió a llevar a su hijo al pueblo. No bien llegaron, se toparon con un desconocido que, al verlos, le preguntó:

—¿Qué sucede, anciano? ¿Por qué estás tan triste?

—¡Cómo no estarlo! —respondió el viejo—. He viajado a todas partes con mi hijo, pero nadie quiere tomarlo como aprendiz ni enseñarle gratis. ¡Y no tengo dinero!

—Bueno, bueno. Déjamelo a mí, entonces —dijo el desconocido—. En tres años le enseñaré todo lo que tiene que saber. Este mismo día, dentro de tres años, a la misma hora, vendrás a buscarlo: pero recuerda que no puedes retrasarte. Si llegas a tiempo y reconoces a tu hijo, podrás llevártelo. Si no, se quedará conmigo.

El viejo se alegró tanto, que no se le ocurrió preguntarle al desconocido quién era, dónde vivía o de qué manera instruiría a su hijo. Le entregó al muchacho, volvió a su casa. Lleno de felicidad, le contó la historia a su mujer.

Pero el desconocido era un hechicero.

Pasaron los tres años. El viejo había olvidado por completo el día, la hora y el lugar en que había entregado como aprendiz a su hijo, y estaba muy preocupado. Pero el muchacho, un día antes de que se cumpliera el plazo, fue a verlo bajo la forma de un ave. Al llegar a la entrada de la choza, dio un golpe en el suelo con la pata y se transformó en un joven bello y apuesto. Entró, saludó a su padre y le dijo:

—Padre mío, mañana se habrán cumplido los tres años de mi aprendizaje: no te demores en venir a buscarme.

Y le explicó el lugar al que debía ir y la forma de reconocerlo:

—No soy el único aprendiz en la casa de mi patrón. Hay otros once jóvenes que están a su servicio y no podrán salir nunca de su casa, pues sus padres no pudieron reconocerlos en el momento debido. Si acaso no pudieras reconocerme tú a mí, tendría que quedarme con él para siempre, como el número doce. Mañana, cuando vengas a buscarme, mi patrón nos hará salir a todos bajo la forma de doce palomas blancas, con el mismo plumaje de la cabeza a la cola. Pero escucha bien: las otras volarán muy alto, menos yo, que por momentos subiré mucho más arriba y superaré a las demás. Entonces, el patrón te preguntará: “¿Reconoces a tu hijo?”, y tú señalarás a la paloma que vuela más alto. Después te mostrará doce potros, los doce del mismo pelaje y tamaño, con crines idént

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