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CUENTOS COMPLETOS

Mario Levrero  

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LA MÁQUINA DE PENSAR EN MARIO

Por Fabián Casas

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Estoy hablando con Ulises Conti y me cuenta que en Japón se inventó una máquina para que las mujeres usen en el baño. ¿De qué sirve? Es un aparato que produce el sonido constante del agua del water cayendo. Es para tapar los ruidos fisiológicos —el pudor— y para que se gaste menos agua, ya que antes las mujeres se la pasaban tirando de la cadena para tapar sus ruidos íntimos. No tuvo éxito entre los hombres. Estoy acostado en mi pieza, mirando televisión, una mala película (de esas que nos gustan) sobre una escalada fatal al monte Everest, que fue tema de un libro magistral de Jon Krakauer (el que escribió también Hacia rutas salvajes). En un momento llaman a la esposa de uno de los alpinistas y le avisan que el marido quedó atrapado en la nieve, sin oxígeno, después de un temporal. La mujer, que había estado durmiendo, enciende la luz y, en un gesto desesperado, mira el reloj que tiene en la mesita contigua. Es el mismo que tengo yo, exacto. ¿Quién de los dos está en una película? Supongo que los rasgos de un gran escritor en un lector, sus huellas psíquicas, se dan cuando uno lee la realidad siguiendo sus patrones. Estos dos ejemplos me hicieron pensar que podían ser disparadores o núcleos centrales de cualquier relato de Mario Levrero. De la misma manera que decimos que algo es borgeano o kafkiano. Encuentro en la obra de Levrero dos grandes trancos. Uno influenciado por Kafka y los cuentos infantiles, siempre bordeando lo siniestro, relatos de peripecias, que dan la impresión de que el escritor inventa a medida que narra. Y el otro, el Levrero realista, el último Levrero, más cercano a Jorge Varlotta —su identidad real—, que dejó por lo menos dos libros maravillosos: El discurso vacío y La novela luminosa. Este último lo consagró a otro tipo de lector que hasta entonces no lo conocía, rompió la valla de los lectores de culto. En los cuentos que acá se prologan está el Levrero más secreto y el que, de alguna manera, tiene el ochenta por ciento del ADN que lo hizo un escritor extraordinario. Nunca me gustó formar parte de ese estúpido club que admira a un escritor mientras es de culto y lo desprecia cuando consigue más lectores. Para ese tipo de lectores, el escritor en cuestión es una contraseña de su resentimiento. No lo leen por el simple placer de leer.

A los que nos gusta leer más que escribir, nos parece singular la forma de los primeros textos de Levrero. En principio, en grandes cuentos como “El sótano” o “Nuestro iglú en el Ártico”, lo que estructura el relato es una voz muy familiar a la que narra los grandes cuentos infantiles (Hebe Uhart tiene algo de eso también). Hago una conjetura: todos los cuentos infantiles están escritos para que los lean los grandes. Quizá sea una estrategia para que los mayores estén atentos y no se duerman mientras les leen a los niños. Por eso tienen el toque de lo siniestro. Si no, recuerden cómo hace el Principito para regresar a su asteroide después de ponerse de acuerdo con la serpiente. Tanto en “El sótano” como en “Nuestro iglú…”, hay un personaje que estructura todo el delirio de peripecias que van sucediendo. Es más, sin él, el relato implosionaría en mil pedazos. Ese personaje casi ocupa el lugar del Yo en nuestra conciencia. En “El sótano”, es un niño, Carlitos, a quien le van sucediendo las aventuras extrañas mientras trata de averiguar qué hay en el bendito sótano de su casa. En “Nuestro iglú…”, es un personaje masculino que parece estar viviendo una ensoñación erótica mientras su casa y la gente que la habita se transforman esperando la llegada del Presidente. Levrero no describe a ninguno de estos personajes, no sabemos cómo es su cara, cómo se visten. En realidad parecen ser constituidos por las peripecias que les acontecen. Algo similar sucede en las comedias de rematrimonio, donde hay un personaje que sirve de ancla para que la historia se pueda “seguir” y no se deconstruya eternamente.

A mediados de los noventa viajé a Uruguay con mi novia. Queríamos ir a Cabo Polonio y, antes de llegar, paramos dos días en Montevideo. Yo tenía la dirección de Elvio Gandolfo, un escritor que admiraba y admiro mucho. Le toqué el timbre y nos invitó a tomar un café en el bar de la esquina de su casa. Después de eso, por la noche, fuimos a ver una película cuyo nombre no recuerdo. Era malísima, sobre un tipo —un actor negro— que copaba él solo un avión inmenso. Me acuerdo de que me impactó que Gandolfo, que estaba sentado a mi lado, me relatara la película como si la subtitulara, pero haciendo chistes. Lloré de risa. Después fuimos a cenar y ahí llegó Gustavo Escanlar, un escritor, en ese entonces, joven y uruguayo. Seguimos riéndonos y en un momento los dos nombraron un libro cuyo título me alucinó: La máquina de pensar en Gladys. ¿De quién era? De Jorge Varlotta. ¿Había edición? Sí, uruguaya, pero estaba agotadísima. Como nosotros también estábamos agotados, anoté el título en mi mente y me propuse no parar hasta encontrarlo, y nos fuimos a dormir. Di con él muchos años después. Me acuerdo de ese momento único en que leí el párrafo que confirmaba que había encontrado a un maestro: “… pero el tocadiscos se había apagado en forma automática; el cenicero del sillón había sido vaciado; la máquina de pensar en Gladys estaba enchufada y producía el suave ronroneo habitual...”.

NOTA A LA EDICIÓN

Este libro comprende la totalidad de la obra cuentística del autor editada en vida. Los textos que lo componen están agrupados en secciones que se corresponden con los siete volúmenes de relatos originales que él llegó a publicar*. Se ha respetado el orden cronológico de edición, aunque muchos de los cuentos ya habían visto la luz con anterioridad en diversas revistas literarias, suplementos culturales y medios similares. Para aquellos que integraron más de un volumen, hemos mantenido su primera aparición, omitiendo las sucesivas. En tales casos se ha señalado esta circunstancia al inicio de cada sección; allí encontrarán también los datos de la publicación original.

La única excepción a esta regla es la antología Los muertos (1986), que hemos omitido por completo dado que consta de sus solo cuatro relatos, todos ellos recogidos al año siguiente en Espacios libres, el cual se incluye aquí en su totalidad.

Por otra parte, hemos agregado dos piezas poco conocidas, que no encajan nítidamente en la categoría “cuento” y que tampoco figuran en ninguna de las principales antologías personales del autor: nos referimos a “Tres aproximaciones ligeramente erróneas al problema de la Nueva Lógica” y “Ya que estamos”.

En ambos casos, los motivos para incorporarlas fueron varios, pero especialmente dos: por considerar que poseen un gran interés y valor literario y por tratarse de obras casi desconocidas.

“Tres aproximaciones…” podría englobarse en la extensa obra humorística de Levrero, la cual se encuentra diseminada (camuflada bajo múltiples seudónimos) en revistas del género, uruguayas y argentinas. Pero a diferencia de otros textos similares, éste fue seleccionado en varias ocasiones —por los editores y por el propio autor— para integrar compilaciones de diversas características, lo que le confiere una posición destacada con respecto a los demás. En cuanto a “Ya que estamos”, podría decirse que se trata de una pieza única, cuya extrañeza y singularidad resultan llamativas aun para un escritor a menudo catalogado como “raro”. Si bien tuvo una edición en solitario, la baja tirada (solo 150 ejemplares) y la escasa distribución hicieron que pasara casi desapercibido, al tiempo que para los pocos que sabían de su existencia se convirtió rápidamente en un libro “inconseguible”, incluso en Uruguay.

Ambos fueron escritos en 1972 y 1980 y publicados en 1983 y 1986, respectivamente, por lo que pertenecen a lo que podría denominarse el “período central” de la producción cuentística de Levrero. De ahí que los hayamos agrupado en una sección propia, ubicada —siguiendo el criterio cronológico— entre Aguas salobres (1983) y Espacios libres (1987).

No hemos incluido, en cambio, ningún texto propiamente inédito, a pesar de la existencia de una cantidad significativa de ellos en el archivo personal del autor. Esto se debe a que consideramos que la presente obra es suficientemente abarcativa, y también a la plena convicción, por parte de la albacea y los herederos, de la necesidad de realizar una serie de tareas previas a su publicación total o parcial, incluyendo la revisión exhaustiva del material y su ordenamiento sistemático, así como la toma de decisiones meditadas sobre puntos cruciales como, por ejemplo, la selección y los criterios de corrección. De hecho, actualmente se está trabajando de manera intensiva para lograr estos objetivos.

Por último, creemos necesario detallar algunos de los lineamientos seguidos en la revisión y corrección de esta edición. El criterio principal ha sido respetar escrupulosamente la obra del autor, evitando introducir cualquier modificación en los originales, ya que la mayoría de ellos fueron revisados por múltiples correctores y editores (y por el propio Levrero) con motivo de las publicaciones anteriores. Incluso hemos conservado intactos pasajes con claros errores, pero cuya enmienda implicaría agregar algo que no estaba allí; los casos más llamativos se señalaron con una nota a pie de página. Sí se han rectificado algunas erratas que habían logrado sobrevivir a través de todas estas instancias y que resultaban subsanables sin ningún riesgo de alterar la intención del autor. También se unificaron algunas expresiones que admiten una doble grafía y que aparecían alternativamente de uno u otro modo, sin criterio aparente, aun dentro de un mismo texto; en estos casos se ha adoptado la variante utilizada con mayor frecuencia por el autor, aunque no coincida con la más aceptada. En cambio se han respetado algunos rasgos idiosincráticos de estilo, como un uso muy personal de los signos de puntuación (especialmente las comas), por considerar que éste es deliberado y consistente y que cumple una clara función expresiva, a pesar de que a menudo se sitúan al borde de la incorrección gramatical. Por motivos similares, hemos mantenido ciertos términos arcaicos, aunque en ocasiones convivan con la variante moderna habitual. Lo mismo se aplica a los frecuentes anglicismos, que hemos conservado en su forma no castellanizada y con las marcas originales (comillas, cursiva, guiones, etcétera). Cabe recordar que Levrero era un consumidor habitual de libros usados (especialmente novelas policiales), muchos de ellos de origen anglosajón, a menudo en ediciones baratas y pésimamente traducidas; y que ese lenguaje seguramente se filtró a su estilo literario, en algunos casos como un juego consciente pero probablemente también, en otros tantos, de manera parcial o totalmente inconsciente. No obstante, sí que se enmendaron algunas indiscutibles erratas en los parlamentos en lengua extranjera, por considerarlas claramente inintencionadas y carentes de todo valor estilístico.

Esperamos que los criterios adoptados en la selección de los textos, en su ordenamiento y su corrección resulten satisfactorios tanto para los lectores comunes como para los docentes e investigadores que se acerquen a esta obra.

NICOLÁS VARLOTTA DOMÍNGUEZ

* Estos volúmenes son La máquina de pensar en Gladys, Todo el tiempo, Aguas salobres, Espacios libres, El portero y el otro y Los carros de fuego.

LA MÁQUINA DE PENSAR EN GLADYS
(1970)

La máquina de pensar en Gladys fue publicado por primera vez por la editorial Tierra Nueva (Montevideo, 1970), en la colección Literatura Diferente.

La nota del autor que encabeza esta sección pertenece a la segunda edición (Montevideo, Arca Editorial, 1995).

EL LIBRO Y LOS TEXTOS

(Nota a la edición de 1995)

La máquina de pensar en Gladys ha sido durante casi veinticinco años un libro más bien inexistente. Se publicó en diciembre de 1970, pocos días después de La ciudad, novela que había merecido una mención del semanario Marcha y que, tal vez por eso mismo, tuvo un poco de mejor suerte. La máquina... prácticamente no llegó a librerías; según me contaron algunos libreros, los corredores de la distribuidora decían no conocerlo. Nunca supe si hubo una decisión de no difundirlo, que pudo partir incluso de la propia editorial, o si sólo fue una falta de interés generalizada, desde los editores hasta el público lector. Era una época de “palpitante actualidad” y los libros que atraían la atención del público lector provenían de una fuente de inspiración muy definida. Lo que debería llamar la atención es el hecho de que estos libros míos llegaran a publicarse; el mérito, o la culpa, es de Marcial Souto, quien se empeñó en llevar adelante, inserta en una editorial “ideológicamente comprometida”, una colección llamada Literatura Diferente, que albergó textos de José Pedro Díaz, Carlos Casacuberta, Dean Kuntz* y Robert Scheckley, entre otros.

Algunos de los textos que integran el libro habían sido publicados anteriormente en revistas y suplementos (Señal, Revista de los Viernes del diario El Popular, Maldoror, El lagrimal trifurca), y la novelita Gelatina había aparecido en una plaqueta-separata de la revista Los Huevos del Plata. Después de publicado, y desaparecido, el libro, los relatos que lo integran volvieron a publicarse, algunos de ellos muchas veces, en revistas, diarios y antologías de distintos países.

Mientras tanto, la editorial Tierra Nueva se había trasladado a la Argentina, y por algún motivo se llevó también los ejemplares de La máquina... que tenía en depósito. Algunos amigos vieron ejemplares en las mesas de saldos de las librerías de la calle Corrientes, y así es como actualmente hay más argentinos que uruguayos que tienen en su poder un ejemplar. Después, según se dice, los restantes ejemplares, o sea casi toda la edición, fueron transformados en pulpa de papel nuevamente, y hoy es posible que ese papel sirva de soporte a alguna obra valiosa.

Permítaseme pues dedicar esta segunda edición de La máquina de pensar en Gladys a todos aquellos que buscaron la primera edición, la encontraran finalmente o no; durante años fue muy importante para mí saber que se buscaba.

M. L., febrero de 1995

* Sic en el original (N. del E.).

LA MÁQUINA DE PENSAR EN GLADYS

Antes de acostarme hice la diaria recorrida por la casa, para controlar que todo estuviera en orden; la ventana del baño chico, al fondo, estaba abierta —para que durante la noche se secara la camisa de poliéster que me pondría al día siguiente—; cerré la puerta (para evitar corrientes de aire); en la cocina, la canilla de la pileta goteaba y la apreté, la ventana estaba abierta y la dejé así —cerrando la persiana—; la lata de la basura ya había sido sacada fuera, las tres llaves de la cocina eléctrica estaban en cero, la perilla de control de la heladera marcaba 3 (refrigeración suave) y la botella empezada de agua mineral tenía puesto el tapón hermético, de plástico; en el comedor, el gran reloj tenía cuerda para algunos días más y la mesa había sido levantada; en la biblioteca debí apagar el amplificador, que alguien había dejado encendido, pero el tocadiscos se había apagado en forma automática; el cenicero del sillón había sido vaciado; la máquina de pensar en Gladys estaba enchufada y producía el suave ronroneo habitual; la ventanita alta que da al pozo de aire estaba abierta, y el humo de los cigarrillos del día se escapaba, lentamente, por ella; cerré la puerta; en el living hallé una colilla en el suelo; la deposité en el cenicero de pie, que la sirvienta se ocupa de vaciar por las mañanas; en mi dormitorio le di cuerda al despertador, comprobando que la hora que indicaba coincidía con la del reloj pulsera en mi muñeca, y lo puse para que sonara media hora más tarde a la mañana siguiente (porque había decidido suprimir el baño; me sentía un poco resfriado); me acosté y apagué la luz. Por la madrugada desperté inquieto, un ruido desacostumbrado me había producido un sobresalto; me ovillé en la cama y me cubrí con las almohadas y me puse las manos en la nuca y esperé el final de todo aquello con los nervios en tensión: la casa se estaba derrumbando.

LA CALLE DE LOS MENDIGOS

Extraigo un cigarrillo y lo llevo a los labios; acerco el encendedor y lo hago funcionar, pero no enciende. Me sorprende, porque hace pocos momentos marchaba perfectamente, la llama era buena, y nada indicaba que el combustible estuviera por agotarse; es más: recuerdo haberle puesto piedra nueva, y una nueva carga de disán, hace apenas unas horas.

Acciono, sin resultado, repetidas veces el mecanismo; compruebo que se produce la chispa; entonces, con un cuentagotas, vuelvo a llenar el tanque de disán.

Tampoco enciende, ahora.

En varios años nunca había fallado así. Me propuse buscar el desperfecto.

Con una moneda le quito nuevamente el tornillo que cierra el tanque; esto no parece contribuir a desarmarlo. Con la misma moneda, quito luego el tornillo correspondiente al conducto de la piedra; sale también un resorte, que está enganchado a la punta del tornillo. En el otro extremo, el resorte lleva una pieza de metal, parecida a la piedra (que también sale, junto con algunos filamentos, blancos y del largo del resorte, en los que nunca me había fijado). El encendedor sigue siendo una pieza entera; en nada he adelantado quitando estos tornillos.

Lo examiné con más cuidado, y vi un tercer tornillo: es el que oficia de eje para la palanca que hace girar la rueda y provoca la chispa. Lo quito, pero ya no pude usar la moneda; debí servirme de un pequeño destornillador.

Tengo una colección de destornilladores, en total son muchos, van de menor a mayor, de uno a otro conservan las proporciones. Utilicé el más pequeño, aunque pude haber obtenido igual resultado con el Nº 2, o el N° 3.

Salen algunos elementos: la palanca, el tornillo mismo (que, del otro lado, tiene una tuerca, aunque el aspecto exterior de esta tuerca es igual al de un tornillo; la parte no visible es hueca), dos o tres resortes y la ruedita con muescas; esta rueda alegremente sobre la mesa, cae al suelo, y ya no la encuentro.

El encendedor, sin embargo, me sigue pareciendo un todo; hay algo ofensivo en esa solidez, un desafío. Y permanece oculta la falla. Introduzco entonces el destornillador en distintos orificios; en primer término atraviesa el conducto de la piedra, y asoma la punta por la parte de arriba; en el receptáculo del combustible encuentro algodón, y no sigo explorando; luego investigo los orificios de la parte superior. Hay dos: uno de ellos es el extremo de otro conducto, cuya función desconozco; es un tubo acodado, el destornillador no puede seguir más allá. El otro es más ancho, recto; al final del mismo —a una distancia que, calculo, corresponde aproximadamente a la mitad del encendedor— la herramienta, girando, de pronto se detiene, atrapada por la cabeza de un tornillo, que resuelvo quitar; es corto y ancho; entonces, tiro con los dedos de una pequeña saliente, mientras con la mano izquierda sujeto la parte exterior del cuerpo del encendedor, y veo, complacido, que algo se desliza.

Queda en mi mano izquierda la delgada capa metálica; con un leve chasquido, en el momento en que termina de salir la parte interior, un pequeño conjunto metálico se expande (me sorprendo, porque el tamaño es aproximadamente cuatro veces mayor) y queda en mi mano derecha una réplica, tamaño gigante, que apenas conserva las proporciones, y algo del aspecto del encendedor, pero hay muchos huecos y vericuetos; imagino un mecanismo de resortes que, para volver a guardar este conjunto en su capa, debo comprimir (no imagino cómo, aunque intuyo que debe ser difícil); sólo un mecanismo de resortes puede explicar este sorprendente crecimiento.

Introduciendo el destornillador en varios orificios descubrí que hay tornillos insospechados; pero el Nº 1 es ya demasiado pequeño para ellos, no hace una fuerza pareja y temo que se estropeen. Elijo otro; el ideal es el N° 4, aunque bien podría usar el N° 3 o el N° 5, quizás el N° 6, y aun el N° 7.

Quito algunos tornillos. Caen resortes, de un conducto salen una pieza metálica entera, aceitada (parece un émbolo), y un par de ruedas dentadas.

Descubro que el conjunto consta también de dos partes, una externa y otra interna; cuando no encuentro más tornillos, procedo a separarlas por el mismo procedimiento anterior. El fenómeno se repite con puntualidad, y obtengo una estructura aproximadamente cuatro veces más grande que la anterior (y dieciséis veces más grande que el encendedor), pero el peso es siempre más o menos el mismo; incluso diría que esta estructura es más liviana que el encendedor entero, lo cual, si a primera vista puede parecer extraño —especialmente cuando se sostiene en la palma de la mano—, es lógico; por ley, el contenido tiene que pesar menos que el encendedor completo, a pesar de que su tamaño, mediante el ingenioso mecanismo de resortes, pueda aumentar y, por ello, parecer más pesado.

Me decido a quitar el algodón; parece estar muy comprimido (lo que explica que el disán se conserve tantos días en el interior del tanque —muchos más que en otros encendedores). El tanque ha crecido proporcionalmente, y ahora el algodón está más flojo; el contenido, compruebo, equivale a muchos paquetes grandes; no me ha costado trabajo quitarlo, porque mi mano entra entera en el tanque.

A esta altura, pienso que me va a ser muy difícil volver a armar el encendedor; quizás ya no pueda volver a usarlo. Pero no me importa; la curiosidad por el mecanismo me impulsa a seguir trabajando; ya no me interesa averiguar la causa de la falla (y creo que ya no estoy en condiciones de darme cuenta de dónde está esa falla), sino llegar a tener una idea de la estructura de ciertos encendedores.

No uso, ahora, destornillador, para investigar los conductos; mi mano cabe cómodamente en la mayoría de ellos. Es curioso el intrincamiento de algunos, semejante a un laberinto; mi mano encuentra a veces varios huecos en un mismo conducto, explora uno —que no es más que el principio, o el final, de otro conducto, y que a su vez tiene varios huecos que corresponden a otros tantos conductos. Hay menos tornillos, y también, en apariencia, actúa una menor cantidad de resortes.

Siguiendo con la mano, y parte del brazo, uno de los conductos y algunos de sus derivados, llego a un lugar que parece estar próximo al centro de la estructura; allí mis dedos palpan unas bolitas metálicas. Tienen la particularidad de estar sueltas a medias, como la punta de un bolígrafo; puedo hacerlas girar empujándolas con el dedo.

Presiono con más fuerza sobre una de ellas, y se desprende de la lámina metálica que la sujeta; comienza a rodar por los conductos y cae fuera de la estructura. Observo que su tamaño es como el de una bolita de las que los niños usan para jugar. Caen muchas. Diez o doce, o más. Tomo una de ellas y me sorprende el peso; parece que fuera una pieza entera. Pero de ser así, no me explico cómo pudo caber dentro del primitivo tamaño de encendedor. Pienso que, probablemente, también se hayan expandido mediante un sistema de resortes; me sigue llamando la atención el peso.

De pronto me sentí atacado por el sueño. Miré el reloj y vi que eran las dos de la madrugada. Es fascinante cómo uno se olvida del paso del tiempo cuando está entretenido en algo que le interesa. Pensé que debía irme a la cama, pero no puedo abandonar el trabajo. Quiero llegar, me propongo, a descubrir la última estructura, o a que el encendedor se desarme en su totalidad, se descomponga en cada uno de sus elementos.

Ahora, después de un par de operaciones, mediante las cuales vuelvo a separar la estructura en dos (una capa, o cáscara y una estructura cuadruplicada), el encendedor ocupa más de la mitad de la pieza; esta última estructura ya no se parece en nada al encendedor, sus formas son menos rígidas, hay curvas; si tuviera espacio suficiente para mirarla desde cierta distancia, quizás pudiera afirmar que es casi esférica.

Solamente a través del encendedor puedo pasar de un extremo a otro de la habitación; lo hago con cierta comodidad, aunque debo arrastrarme. Se me ocurre que si lo separara nuevamente en dos partes, obtendría una estructura por la cual podría andar sobre mis piernas. Pero temo, es casi una certeza, que ya no quepa en la habitación.

Hasta ahora he utilizado solamente uno de los conductos, que la atraviesa de lado a lado en forma rectilínea; pero hay otros, y siento tentación de meterme por ellos. Me atemorizan los laberintos; tomo un cono de hilo, ato el extremo a la manija de un cajón de la cómoda, y me introduzco en un conducto, que pronto tuerce la dirección y me lleva a otros.

Son blandos, sin dejar de ser metálicos; más que blandos, diría “muelles”; todavía se presiente la acción de resortes. Me maldigo: no se me ocurrió traer una linterna o, al menos, una caja de fósforos. La oscuridad se hizo total. Llevé, trabajosamente, la mano al bolsillo del pantalón, y solté la carcajada. Un movimiento reflejo, buscaba el encendedor en el bolsillo sin recordar que me encuentro dentro de él.

“Debo regresar a buscar la linterna”, pensé, y ya me disponía a remontar el hilo, para volver, cuando veo una débil luz ante mis ojos. “Una salida, o quizás el mismo orificio por el que entré” —pienso y sigo arrastrándome hacia adelante, hacia la luz; ésta se vuelve cada vez más fuerte.

Puedo apreciar entonces cómo es el lugar en que me encuentro; no es exactamente un túnel, en el sentido de conducto tubular cerrado; está compuesto por infinidad de pequeños elementos, aunque hay grandes columnas metálicas, algunas más anchas que mi cuerpo, que lo atraviesan; pero no puedo ver dónde comienzan ni dónde terminan.

Sigo avanzando y no logro llegar al exterior; la luz se va haciendo más intensa —quiero decir que ahora es un poco más fuerte que la de una vela—; no logro aún localizar su fuente.

Descubro que puedo incorporarme, y camino —aunque ligeramente encorvado. Escucho gemidos.

“Es la calle de los mendigos” —pienso—, y doy vuelta la esquina y veo la fuente de luz —un farol—, y por encima las estrellas.

En efecto, hay mendigos suplicantes y con ulceraciones en brazos y piernas, la calle es empedrada, y empinada; los comercios están cerrados, las cortinas metálicas bajas.

“Debo buscar un bar que esté abierto” —pienso—. “Necesito cigarrillos, y fósforos”.

Agosto de 1967

HISTORIA SIN RETORNO Nº 2

Un perro, Campeón. Vivía solo con él y llegó a incomodarme. Lo llevé al bosque, lo dejé atado con una piola que pudiera romper con un poco de perseverancia y volví a casa.

En un par de días lo tuve rascando la puerta; lo dejé entrar.

Se me hizo intolerable; lo llevé a un bosque más lejano y lo até a un árbol con una piola más gruesa (sabía que el defecto no estaba en la piola sino en la fidelidad del animal; quizás tenía la secreta esperanza que esta vez no pudiera liberarse y muriera de hambre).

Volvió algunos días después.

Entonces supe que el perro volvería siempre. No me atrevía a matarlo por temor a los remordimientos; y pensé que aunque lograra efectivamente perderlo, en un bosque más lejano aún, viviría con el temor constante de su regreso; atormentaría mis noches y enturbiaría mis alegrías; me ataría más su ausencia que su presencia.

Entonces dudé apenas un instante ante la majestad del bosque compacto que se alzaba ante mis ojos —umbrío, imponente, desconocido—; resueltamente, comencé a internarme, y seguí internándome hasta que, finalmente, me perdí.

LA CASA ABANDONADA

Ubicación

En una calle céntrica, poblada en general por edificios modernos, se ve, sin embargo, una vieja casa abandonada. Al frente hay un jardín, separado de la vereda por una verja; en el jardín, una fuente muy blanca, con angelitos; la verja parece una sucesión de lanzas oxidadas, unidas entre sí por dos barras horizontales; de afuera, se ve de la casa un ex-rosado, actualmente muy sucio y verdoso, que corresponde al frente, y algo de una persiana muy oscura.

Esta casa interesa solamente a algunas personas que caen bajo su influjo; estas personas, entre las que me incluyo, saben de algunas cosas que allí suceden.

Hombrecitos

De la pared de una de las habitaciones se ve sobresalir un par de centímetros de un caño que, probablemente, formara parte de la instalación de gas; con suerte o paciencia podrán observarse los hombrecillos, de unos once centímetros, que asoman por allí su cabecita y miran —como quien contempla por vez primera el mar desde un ojo de buey—; después tratan de salir, lo que les da mucho trabajo. Deben, en primer término, ponerse boca arriba, agarrarse luego fuertemente del borde superior del caño y, ayudándose con los músculos de los brazos, y también con las piernas, ir sacando el cuerpo afuera, poco a poco.

Quedan colgados, balanceándose ligeramente.

El hombrecito mira hacia abajo y se asusta, pues en lugar del piso ve un enorme agujero (es evidente que este tipo de maniobras ha concluido, a la larga, por romper el apolillado piso de madera). Al mismo tiempo podrán verse los ojitos redondos y brillantes de otro hombrecillo que, dentro del caño, espera su turno con impaciencia.

Aguantan todo lo que pueden, pero al fin llenan los pulmones como para una zambullida, y sueltan sus manos del borde del caño, y caen y caen.

Porque se espera, podrá tenerse —al cabo de un segundo— la sensación de que se oye algo; pero quien está acostumbrado al espectáculo reconoce que no se oye nada. Algunos imaginan un ruido blando, como el rebote de una pelota de goma; otros un crujido seco, óseo. Los imaginativos llegan a escuchar una pequeña explosión (como si se pisara un fósforo, dicen, pero sin la llamarada siguiente); hay quienes, en este sentido, han llegado a hablar de implosión —basándose en que creen haber oído un sonido como el de una lámpara eléctrica que se rompe (haciendo abstracción del ruido del vidrio de la lámpara); hasta hay quienes dicen haber percibido claramente el quebrarse de un vidrio.

Hemos visitado el sótano, pero su perímetro parece no coincidir exactamente con el de la casa; no hemos visto ningún agujero en su techo que pueda corresponder al del piso de la habitación —por el que desaparecen los hombrecillos.

Pensamos que en algún lugar hay un creciente montón de cadáveres menudos; nos angustia no poder encontrarlo.

Yo, en las charlas de café, sostengo —aunque sin fundamento— la teoría de que los hombrecillos no mueren al caer y que, además, son pocos y eternos y siempre se repiten.

Arañas

Una de las cosas que llamó la atención a los descubridores y primeros fanáticos de la casa fue la ausencia de arañas; se podía encontrar de todo, pero las clásicas arañas parecían completamente desinteresadas de un lugar tan apropiado. Esta errónea opinión fue corregida al visitar la despensa, una habitación contigua a la cocina.

Está llena de arañas.

Hay gran variedad de especies, formas, tamaños, colores, edades y costumbres; las telas forman un relleno, como una esponja, que ocupa toda la pieza; sin embargo, observando atentamente, se puede apreciar que no hay una sola tela que no guarde la debida distancia con otra —perteneciente a una araña rival—; solamente se permite (parece ser norma aceptada) usar una tela ajena como punto de apoyo, o de partida, para un hilo de la propia.

Reina una gran tranquilidad en la despensa; los bichos esperan. Algunos están en el centro de su tela, otros en algún lugar de la periferia, otros permanecen invisibles, otros como ausentes en el techo o en las paredes. No es una espera que provoque anhelo en el espectador.

Muchas arañas —en general, las más grandes— no tienen tela, sino una especie de nido en el piso; se ven con poca frecuencia. Salen especialmente en los días de mucho calor, o en ciertas noches, o en momentos en los que no vemos, realmente, ninguna razón para que salgan.

Creemos que están allí porque suponemos condiciones en extremo favorables: nos llama la atención, sin embargo, ese empecinamiento en no ocupar otros lugares de la casa. Hemos visto cómo algunas dudan en la puerta, y no salen; vemos salir a otras, para verlas de inmediato volver apresuradamente, como si las llamara una fuerza irresistible, o las empujara una especie de pánico.

En el estado de reposo, el conjunto de telas es, de por sí, un bello espectáculo, que va variando y enriqueciéndose con la respectiva variación de la luz que se filtra, por una pequeña ventana, a medida que el día avanza y muere; importan además la humedad ambiente, el estado de ánimo del espectador y algunos factores imponderables.

Cae un insecto en una de las innumerables trampas: entonces, vibra todo. (En ocasiones nosotros mismos llevamos moscas en un frasco y provocamos la acción, pero en general preferimos esperar que las condiciones se den por casualidad). Al principio es una vibración leve, casi imperceptible, que el insecto produce en la tela y que ésta transmite a todo el sistema; el insecto se siente, sin duda, cada vez más angustiado, y sus movimientos por la liberación son cada vez más violentos; el sistema se conmueve y hay un oleaje de ritmo particular y ondas que regresan y se entrecruzan: es como si al tirar piedras al mar se pudiera apreciar el efecto no de una manera plana, sino espacial.

Luego intervienen las arañas: en primer término la dueña de la tela en que cayó el insecto, mientras su compañera sigue de cerca los acontecimientos; se aproxima a la víctima y comienza su trabajo de rutina. Este desplazamiento rápido y delicado, y esta tarea, producen en el conjunto un efecto distinto a los anteriores, y más acentuado; y más tarde son todas las arañas vecinas, que han sentido vibrar su tela y no han localizado a ninguna víctima, que se deslizan en todas direcciones, buscando y buscando, espiando hacia otras telas, quizás enfureciéndose al comprobar finalmente que no hay nada.

Es en este momento que el espectáculo adquiere todo su esplendor; aquí caemos, embelesados, en una especie de trance; algunos han llegado a bailar (porque hay un ritmo, y cada vez más alocado), otros se tapan los ojos porque no lo resisten.

Personalmente he tenido que detener a quien, como hipnotizado, trató de meterse allí dentro (supe que se suicidó, tiempo después, de noche, en el mar).

He dicho que a las arañas les cuesta salir de allí, y que nunca lo hacen por mucho tiempo ni a grandes distancias; hay excepciones.

Pic-nics

Descubrimos por casualidad que, bajo el papel rosado que cubre las paredes del dormitorio, había otro empapelado; inmediatamente se formó un equipo —dirigido por Ramírez— y al cabo de unas cuantas noches de cuidadoso e intenso trabajo logró quitarse totalmente el rosado y dejarse a la vista el precedente: predominaban los tonos verdes.

Se trataba de un hermoso paisaje campestre, de un realismo impresionante: casi podíamos respirar el sano y vigoroso aire de campaña. Las partes dañadas fueron restauradas con maestría por Alfredo (un tipo callado, de bigotes, en quien no sospechábamos ninguna habilidad).

Al influjo del empapelado descubierto debimos organizar pic-nics durante varios domingos; nos levantábamos temprano y llegábamos con canastas y sillas plegables; Juancito, dependiente de un almacén, conseguía una heladerita de cocacola; había vino tinto, un tocadiscos a pila, niños con redes para cazar mariposas, mariposas —facilitadas por un compañero entomólogo, a condición de ser devueltas intactas—, vestidos de alegres colores, parejas de novios, hormigas, alguna que otra araña pequeña (que sacábamos por un rato de la despensa) y otras cosas.

Lo principal resultó ser un invento del Chueco, que era obrero de la construcción en ratos libres: un asador estilo criollo que funcionaba a supergás y eliminaba el humo por algún procedimiento. Aunque sin interés funcional, era también muy apreciado el árbol fabricado por Alfredo con una fibra sintética.

Yo me sentaba en el suelo, en un rincón, a tomar mate; no aprecio los pic-nics, pero el espectáculo me enternecía.

Ello

Algo late, algo crece en el altillo.

Se sospecha verde, se teme con ojos.

Se presume fuerte, blando, traslúcido, maligno. No debemos, no queremos, no podemos verlo.

Para hablar de ello solamente usamos adjetivos, y no nos miramos a los ojos.

No usamos la crujiente escalera; no nos detenemos a escuchar junto a la puerta; no tomamos el picaporte y lo hacemos girar; no abrimos la puerta del altillo.

Mujercitas

Para ver a los hombrecitos que salen del caño del gas hay que esperar y esperar; en cambio, basta llenar la pileta del cuarto de baño con agua tibia y abrir la canilla, y antes de un minuto ya empiezan a salir las mujercitas. Son muy pequeñas y están desnudas; no se cohíben por nuestra presencia, por el contrario nadan libremente, juegan en el agua, trepan a una jabonera de plástico que ponemos allí expresamente y se tienden como al sol; sin excepción son bellísimas, sus cuerpos son esplendorosos y excitantes, se zambullen y nadan por debajo del agua, y juegan en el agua, y vuelven a trepar a la jabonera y a tenderse como al sol.

Entre todas, llegado el momento, tiran del tapón de la pileta y se dejan deslizar por el desagüe.

(Hay una de ojos verdes que es la última en irse, me mira, se va como con lástima).

Una excepción

Una tarde Ramírez —contador de una fábrica de cierta importancia— regresaba a su hogar, después de haber estado investigando, con nosotros, los empapelados superpuestos del dormitorio grande de la casa abandonada (fue él quien llegó a analizar la quinta capa, deduciendo el total —acertadamente, según pudimos comprobar después—, a partir de cinco centímetros cuadrados visibles; por razones obvias —debo recordar al lector que varias damas componen nuestro grupo—, no entró en detalles, pero aseguró que se trataba de una escena erótica, prácticamente pornográfica —lo que nos dio la pauta de la función de prostíbulo que, alguna vez, cumplió la casa); una señora muy anciana corrió detrás suyo un buen trecho, hasta alcanzarlo y explicarle, con voz cortada por la sofocación y la angustia, que llevaba detrás, en el saco, cerca del cuello, una araña muy negra de casi cinco centímetros de diámetro.

Cuando lo invitábamos telefónicamente a ir a la casa abandonada, Ramírez ponía excusas; finalmente nos contó la historia y lo comprendimos.

Dice que cuando la vieja consiguió hacerse entender, él no tuvo presencia de ánimo para quitarse el saco; más bien huyó de su interior, y la prenda quedó un instante en el aire, vacía de hombre; Ramírez cuenta que oyó recién a una media cuadra del lugar el ruido sordo que hizo el saco al caer pesadamente al suelo.

Derrumbe

Mucho me atrae de la casa su sereno e infatigable derrumbe: mido las rajaduras y constato su avance, los bordes negruzcos de las manchas de humedad que se extienden, los trozos de revoque que se van desprendiendo de las paredes y el techo, y una inclinación general, casi imperceptible, de toda la estructura hacia el lado izquierdo; derrumbe inevitable, y hermoso.

El jardín

No logramos ponernos de acuerdo en el asunto del área del jardín. Coincidimos, sí, en que, visto desde la vereda, o desde el sendero que lo divide en dos y conduce a la casa, aparenta tener unos ochenta metros cuadrados (m 8 × m 10); la discusión comienza a partir del momento en que uno se interna entre sus yuyos, sus yedras, sus plantas sin flores, sus insectos, los caminos de hormigas, las lianas y los helechos gigantes, los rayos de sol que se filtran, de trecho en trecho, a través de las copas de los altísimos eucaliptos; las huellas de los osos, el parloteo de las cotorras, las serpientes enroscadas en las ramas —que alzan la cabeza y silban cuando pasamos cerca—; el calor insoportable, la sed, la oscuridad, el rugido de los leopardos, el abrirse paso a machete, las altas botas que llevamos, la humedad, el casco, la lujuriosa vegetación, la noche, el miedo, el no encontrar la salida, no encontrar la salida.

La búsqueda

Casi nadie, entre nosotros, puede prescindir de la idea de que la casa guarda un antiguo y fabuloso tesoro; está formado por piedras preciosas y por gruesas y pesadas monedas de oro. No existen planos, ni referencias de ningún tipo que justifiquen la idea. Yo me cuento entre los más escépticos, aunque muchas veces me permito caer en la tentación de soñar, y hasta llego a imaginar astutos rincones insospechados que puedan contener el tesoro. Me distingue del resto el no buscarlo, ni cuando estoy a solas (como me consta que hacen muchos) ni en las búsquedas oficiales.

Disfruto mucho de estas búsquedas. Me ubico en un perezoso que traigo especialmente de mi casa, y que coloco en un lugar apropiado —generalmente en la sala central—; observo, mientras tomo mate y fumo unos cigarrillos, cómo se reparten metódicamente —las señoras en la casa, los hombres por el sótano— y buscan; las señoras, con sus alegres vestidos, revuelven entre escombros o en los forros de los muebles (sonrío cuando las veo buscar en muebles que, ellas lo saben, fueron traídos por nosotros como material para los huracanes); los hombres, de uniforme azul, golpetean las paredes del sótano buscando un sonido hueco, o distinto; pero todos los sonidos son huecos, y distintos entre sí, y se forma una música que me recuerda la que se toca golpeando botellas, llenas de líquido a distinto nivel; al rato parece que todo encaja y la música se torna muy rítmica y las mujeres suben y bajan y buscan y parece que estuvieran bailando y pienso nuevamente en las botellas musicales, ahora conteniendo licores, todos de distinto color, todos transparentes y dulces.

Lombrices

Tuvo que ser una mujer, Leonor —esa solterona maniática que, no sé por qué, se unió a nuestro grupo (le teme a la casa)—, la que abriera la canilla del bidé; se sabe que el agua corriente está cortada, que es peligroso andar abriendo canillas sin avisar, que por la de la pileta salen mujercitas, por la de la bañera aquella cosa gomosa amarillenta —que se infla como un globo y no deja de inflarse hasta cerrar la canilla (entonces se desprende y flota un rato a nuestro alrededor, luego se eleva y se pega contra el techo, y allí queda; un día entramos y ya no está más)—; que haciendo funcionar la cisterna, por el antiguo procedimiento de tirar de una cadena en cuyo extremo hay un mango de madera, se deja oír ese tremendo alarido, interminable, que pone la piel de gallina y nos hace temer quejas de los vecinos.

Oímos un grito que confundimos con este alarido pero no, era Leonor, que luego vino corriendo y nos señaló el baño, y fuimos y vimos esa lombriz negra y fina —que salía por uno de los agujeritos del bidé y no dejaba de salir, y ya alcanzaba el metro y medio fácil de largo—; esperamos, a ver si se terminaba, pero seguía saliendo y arrastrándose por el piso, apuntando ya hacia otras habitaciones. La cortamos en pedazos y cada uno siguió completamente vivo, moviéndose y escapándose; tuvimos que barrerlos y tirarlos por la rejilla, y aquello seguía saliendo y pronto empezaron a asomar nuevas puntas por otros agujeritos; tratamos de cerrar la canilla pero se había trabado, y nadie se animaba a cambiarle el cuerito, y menos aún a llamar a un plomero, y ya pensábamos que no había más remedio que clausurar también el baño y perder para siempre el espectáculo de las mujercitas (se acusó a Leonor de haberlo hecho a propósito), pero alguien tuvo la idea (y el coraje) de inducir a las respectivas cabezas a meterse en el agujero del desagüe del propio bidé; esto pareció caerles bien a las lombrices porque siguieron saliendo y entrando y así sigue, esa cosa continua y aparentemente interminable; quien ignore la historia y mire el bidé creerá ver una extraña lluvia horizontal de agua negra y brillante.

Huracán

Es un agitarse de cenizas y de puchos en la estufa del comedor; entonces conviene irse, o encerrarse en el dormitorio o, en último caso, quedarse allí, apretado en un rincón, la cabeza entre las rodillas y las manos cubriendo la cabeza.

La tierra, los papeles, algún objeto, comienzan a girar lentamente —como hojarasca— en el centro de la habitación. Hay un descenso brusco de temperatura y el viento sopla cada vez más fuerte, y todo se va arremolinando, todo hacia el centro, y los muebles son arrastrados y las paredes tiemblan, y se precipita la caída del revoque, y la tierra nos ahoga y nos irrita los ojos, y tenemos sed; quien no se previene es atrapado, y gira y gira; sale a veces despedido contra alguna pared, con violencia, y rebota y vuelve nuevamente al centro y así hasta morir y hasta después de muerto.

Cuando vuelve la calma, salgo del rincón y me paseo por entre los escombros, los floreros rotos, los muebles dados vuelta: todo está hermosamente fuera de sitio, el comedor queda como cansado, como si hubiera vomitado.

Se respira, parece, más libremente.

El unicornio

Se cree que es la hierba lo que lo atrae; por supuesto que no hay ninguna certeza en torno a este asunto, y nuestras teorías no tienen mayor fundamento científico. Pero es interesante anotar algunos datos.

Hemos clasificado a la hierba (trabajo realizado por Ángel, el vegetariano) como una variedad criolla —que parece darse sólo en este jardín— de la Martynia louisiana, que crece en América del Norte; tiene flores grandes, amarillentas, moteadas de violeta. Una vez al año da fruto: una cápsula terminada en punta, con forma de cuerno.

De ahí su nombre popular, Planta Unicornio, y de ahí —según nosotros— la visita anual del animal a nuestro jardín.

A pesar de la paciente vigilancia no lo hemos visto; pero hemos visto, sí, la hierba comida, recortada por dientes, hemos visto un orificio en la tierra —como producido por la punta torneada de un paraguas—, en el borde elevado del charco de agua; hemos visto las huellas de patas de caballo, hemos encontrado bosta fresca, hemos oído una noche flotar un suave relincho, hemos hallado a la mañana siguiente a Luisa —de dieciséis años, que se había plegado a nuestro grupo días atrás—, con el pecho atravesado por un enorme único agujero, desnuda, monstruosamente violada.

Eres un vendedor a domicilio; correteas libros o afiliaciones a sociedades médicas. Llamas a todas las puertas, tratas de introducirte en todas las casas.

Es de tarde. Ves unas rejas y dudas un instante; eres decidido, y ese jardín descuidado no te desilusiona. Empujas el portón, atraviesas el sendero que divide al jardín en dos mitades, te paras junto a la puerta y buscas el timbre.

No lo encuentras, pero sí un llamador de bronce; representa una mano, de largos y finos dedos —con un gran anillo en el mayor— a la que falta, no por rotura sino por intencionada fabricación, un par de falanges del índice. Tu mano, al reparar en esta ausencia, se detiene; pero recuerdas algunas lecciones de la escuela de vendedores, y algunos casos anteriores de los que tienes experiencia personal, y completas el movimiento: tomas el llamador, lo levantas —haciéndolo girar sobre su bisagra— y lo dejas caer una, dos, tres veces sobre su base —también de bronce—; adentro, el sonido retumba.

Esto te confunde; nosotros, gracias a tristes experiencias, sabemos bien que los ecos que el llamado despierta en la casa son múltiples y extraños y que, invariablemente, dan la sensación de una voz ronca y pastosa que insiste para que abras la puerta y entres. Tu confusión dura poco tiempo: tomas por realidad tu esperanza y cometes el tremendo error.

Cuando llegamos encontramos sobre alguna silla, o en el suelo, tu portafolios; no necesitamos abrirlo para saber a qué te dedicas. Nos reunimos en el comedor y hacemos un minuto de silencio.

Alguien, siempre, deja caer una lágrima.

También alguien, siempre, propone denunciar el caso a las autoridades; lo convencemos de que no ganaría nada y perderíamos, en cambio, la casa; entonces aparece quien sugiere colocar en la entrada un cartel de advertencia.

Los más viejos debemos explicar, una vez más, que sería éste el sistema más indicado para aumentar las víctimas y que, tarde o temprano, los tontos curiosos terminarían por desalojarnos.

Coincidimos finalmente todos en que estos casos son lamentables, que no está en nuestras manos evitarlos; al final, cansados de tantas escenas tristes, cargos de conciencia y discusiones vanas, tomamos el asunto un poco en broma y decimos que, después de todo, en este mundo sobran vendedores a domicilio.

Luego, sin solemne ceremonia, alguien toma tu portafolios y lo arroja al aljibe del fondo.

Hormigas

En el jardín hay, por supuesto, variedad de hormigas y, periódicamente, detectamos con alegría un nuevo hormiguero; allí plantamos una banderita colorada. Hemos notado que hay hormigas que se dirigen, por grietas, hacia algún lugar situado debajo de la casa, en los cimientos; creemos que esto contribuye a ese derrumbe lento.

Nos ocupamos de cuidar las plantas más importantes, podándolas y dando a las hormigas el material de desecho; el filósofo objeta que contribuimos a la decadencia de las especies, porque facilitamos su tarea y reducimos, gradualmente, su capacidad de trabajo; hay una señora que opina que deberíamos, sencillamente, eliminarlas con gamexane, pero se sabe que este sistema es ilusorio.

Es distinto lo que ocurre dentro de la casa; también hay hormigas, pero no se las ve realizar la más mínima tarea; se las encuentra siempre en forma aislada de cualquier grupo, en actitud contemplativa (o recorriendo desganadamente una pared o una tabla del piso). Hemos descubierto que son pocas, que viven solas —en alguna grieta, en un rincón cualquiera—, que se alimentan de pequeñas cosas que encuentran (jamás las hemos visto almacenar); ocasionalmente se las ve en parejas —pero se trata de relaciones poco estables.

Hay una —la hemos distinguido con un poco de pintura blanca en su parte posterior— que durante varios días junta infatigablemente palitos y otros objetos menudos; con eso construye algo que no es un nido, que no sabemos lo que es, que para la hormiga parece no tener aplicación práctica. Ella lo recorre extasiada, luego lo olvida y vuelve, durante un tiempo, a su actitud contemplativa. Si por casualidad, o por descuido, la construcción es destruida —aunque sea parcialmente—, la hormiga se enfurece y anda enloquecida durante horas.

Archie, el ingeniero —que ha hecho un estudio minucioso—, opina que es una gigantesca obra de ingeniería; dice que es imposible realizar una construcción similar sin un profundo conocimiento de matemáticas; hizo algunos apuntes que, cree, le servirán para revolucionar los sistemas de construcción de puentes; afirma que la hormiga actúa por reflejo y construye puentes allí donde no hacen falta.

Yo pienso que no son puentes; tengo mis ideas al respecto. Todos usan lupas, todos van al detalle y elogian la minuciosidad del trabajo y el equilibrio de los palitos; yo prefiero mirar el conjunto y decir que es hermoso y que su forma recuerda, en cierto modo, la de una hormiga.

Diciembre de 1966-enero de 1967

EL SÓTANO

Era un niño que vivía en una casa muy grande.

Esta casa tenía muchas habitaciones y, a pesar de haberlas recorrido todas (o quizás solamente creyera haberlo hecho), el niño no la conocía enteramente, su memoria no alcanzaba a guardar todos los recuerdos. Por eso, casi siempre, al entrar a una habitación, le parecía hacerlo por vez primera, y en realidad no podía saber si había estado allí anteriormente —aunque suponía que alguna vez debía haber entrado.

Esto no quiere decir que el niño, a veces, se perdiera en su propia casa (o, mejor dicho, en la casa de sus padres; los niños no tienen propiedades, la propiedad de las cosas es asunto de las personas mayores; es, en realidad, el principal asunto de las personas mayores, tan importante que la Historia y las guerras se tejen en su torno, y no es cosa de dejar algo tan importante en manos de los niños —quienes, como se sabe, muestran una tendencia general a romper sus juguetes); no se perdía en la casa, ni podía hacerlo, porque las piezas estaban distribuidas a los costados de largos y amplios corredores, y estos corredores eran pocos, apenas cuatro o cinco, y todos muy rectos, y se cruzaban en el centro, donde había una chimenea y una mesa.

En ese cruce su madre se sentaba a tejer y su padre a leer el diario; allí hacía él los deberes y, puede decirse, toda la vida de la casa giraba en torno de ese lugar, que ellos llamaban la sala, y a cualquier lado que se quisiera ir debíase fatalmente pasar por allí.

Este lugar, la sala, el niño lo conocía muy bien, lo mismo que su dormitorio, el comedor, la cocina y el baño; pero no lograba conocer el resto de la casa de la misma manera.

Sin embargo, todos los días la recorría, y abría todas las puertas que veía y entraba en todos los sitios que quería, y hallaba muchas cosas que, a él, le resultaban nuevas; a veces se daba cuenta de que ya había entrado en alguna de las habitaciones, porque encontraba algo suyo, algo que había perdido, seguramente, en alguna recorrida anterior, como un botón de camisa, la oreja de un perro de lana o una bolita de vidrio.

Una vez encontró una puerta cerrada.

*

Le pareció muy raro, porque en esa casa pocas veces las puertas estaban cerradas, y jamás con llave; pero ésta tenía un enorme candado y, a pesar de todos los esfuerzos que hizo, le resultó imposible abrirlo pues no tenía la llave.

Entonces pensó que esa puerta daría a una habitación en la que nunca había entrado, porque estaba seguro de que nunca había visto antes una puerta cerrada con candado; sólo que hubieran puesto el candado recientemente.

Todo esto le llamó la atención, y se propuso preguntar a sus padres el significado de esa puerta cerrada. Pero luego se entretuvo visitando otras piezas y, cuando llegó la noche y se sentó junto a ellos a la mesa del comedor, para cenar, se había olvidado por completo del asunto.

Hablaron de muchas cosas; había frases y palabras que él no comprendía porque, si bien no era tan pequeño como para no entender una conversación común, sus padres hablaban de cosas difíciles que, muchas veces, estaban fuera del alcance de su comprensión. Por ejemplo: ¿alguno de ustedes podría explicar algo acerca de la tetravalencia del carbono? ¿O sobre los casos de irracionalidad del logaritmo? Yo nunca pude entender nada de estas cosas, y es por eso que ahora estoy escribiendo cuentos, en lugar de hacer algo útil.

Pero también hablaban de cosas que comprendía perfectamente, y él también hablaba, relatando sus experiencias de la escuela e, incluso, de la casa; contaba, por ejemplo, que ese día la maestra se había olvidado de ponerse los dientes postizos; o que había estado en una pieza ricamente alhajada, con hermosos tapices colgados de las paredes, o en otra completamente vacía, y los padres lo escuchaban con atención y a veces le explicaban cosas que para él no estaban claras.

Esa noche, Carlitos —que así se llama el niño de este cuento, casi me olvidaba de decirlo— contó que había estado en una habitación más bien pequeña, que tenía un raro sillón giratorio (como los que suelen encontrarse en los consultorios de los dentistas); había, además, vitrinas con pinzas y, junto al sillón, un aparato con luces y poleas —también similares a los que se ven en los consultorios de los dentistas.

Preguntó a su padre qué significaba todo aquello, y él le respondió que, efectivamente, se trataba del consultorio de un dentista.

*

Aquella noche no preguntó nada a sus padres sobre el candado, y en los días y las noches siguientes tuvo otras cosas para preguntar que, si bien no eran tan insólitas como el hecho de que hubiera una puerta cerrada, ni le extrañaban tanto, tenían un atractivo más inmediato, ya fuera porque había visto algún objeto inexplicable de colores bonitos, o porque había preguntas para ser formuladas que necesitaban una respuesta más urgente (como ese problema que le planteó la maestra, de la araña y la mosca).

Sus padres siempre parecían contentos de hablar con él, y nunca se mostraban fastidiados por sus preguntas; pero en algún momento de la conversación se iban del tema por canales insospechados, y seguían conversando entre ellos de sus propios asuntos, y ya nunca más durante ese lapso (el almuerzo, la cena o la sobremesa), tenía él oportunidad de hacerse escuchar, pues los temas que se tocaban eran tan distantes de los suyos, o los silencios que se producían estaban tan cargados de meditación o actividad manual que él temía romperlos con su palabra.

Pero a poco volvió a toparse con la puerta cerrada; le pareció que ahora estaba ubicada en un lugar distinto de la casa; y esa noche no olvidó el tema.

Sus padres, sin responder directamente, le dijeron que les extrañaba que nunca antes hubiera hablado del asunto, ya que esa puerta siempre había estado allí, igualmente cerrada con el candado; él contestó que ésta era la segunda vez que la veía, y que la vez anterior había olvidado preguntar.

—Entonces —dijo el padre—, si una vez lo olvidaste, quiere decir que el tema no te resulta especialmente interesante.

—No —respondió el niño, y explicó todo su asombro y dio algunas razones por las cuales pudiese haber olvidado el tema, y luego insistió en su pregunta sobre el significado de esa puerta.

—Esa puerta —dijo el padre— conduce al sótano.

—¿Y por qué está cerrada? —preguntó Carlitos.

—Para que nadie la abra —dijo la madre.

—¿Y por qué nadie debe abrirla? —volvió a preguntar el niño.

—Para que nadie baje la escalera que hay detrás —respondió el padre.

—¿Y por qué nadie debe bajar la escalera?

—Para que nadie llegue al sótano.

—¿Y por qué nadie debe llegar al sótano?

—Porque allí —respondió el padre— hay algo que nadie debe conocer.

E inmediatamente padre y madre entraron en un diálogo difícil que nada tenía que ver con todo aquello (algo sobre el Tributo Unificado) y Carlitos quedó pensativo, calculando qué cosa podría haber en el sótano.

*

Al día siguiente Carlitos se cruzó con su madre por el caminito de pedregullo que atraviesa el jardín desde la puerta de la casa hasta la calle, y allí le pidió que lo dejara bajar al sótano.

—No —respondió ella—. Jamás podrás bajar al sótano; nunca encontrarás la llave y nunca, nunca, nunca podrás bajar.

—Pero ¿qué es lo que hay allí? —insistió el niño, con lágrimas en los ojos.

—Eso, nunca, nunca, nunca lo sabrás —dijo la madre, y entró en la casa, mientras el niño seguía su camino hacia la escuela.

En la escuela, Carlitos seguía pensando en el sótano, y la lección fue desagradable porque la maestra se pasó hablando de los sapos, durante todas las horas de clase e incluso durante el recreo.

De regreso, el niño hizo los deberes apresuradamente, y comenzó a recorrer los pasillos en busca de la puerta del sótano; ese día no la encontró.

*

A la mañana siguiente Carlitos se levantó más temprano que de costumbre, y tuvo la fortuna de encontrarse con la sirvienta —una negra muy alta y muy flaca (y que en un tiempo supo ser muy dulce), llamada Comadreja—, a quien hacía mucho que no lograba hallar en ningún cuarto.

Durante la conversación aprovechó a preguntar acerca del sótano; ella respondió, sin interrumpir el fino trabajo que estaba realizando con unos hilos negros, algo como una gran tela de araña:

—No sé nada acerca de ese asunto; no quiero tampoco saber nada acerca de él; nunca supe nada. Si supiera, no te diría nada, o te diría que no sé nada, o que nunca supe nada, o que no quiero saber nada. Tampoco sé de nadie que sepa nada, ni quiero saber de nadie que sepa nada, ni quiero saber de nadie que haya sabido o que quiera saber nada; sólo sé que tus abuelos quizás sepan algo de alguien que quiera saber algo, o que sepa algo, o que haya sabido algo.

La mujer siguió hablando —aunque sin agregar nada de mayor sustancia— y con cada frase añadía un largo hilo negro y húmedo a la tela, que giraba incesante entre sus finos dedos; Carlitos le dio las gracias por la información y salió de la pieza, con intención de buscar a sus abuelos.

Pero hacía mucho tiempo que no los veía, y la casualidad no ayudó a encontrarlos. Tuvo que esperar a la noche.

*

Durante la cena preguntó por ellos a su padre.

—Algunos han muerto —contestó—. Sólo viven la madre de tu padre y el padre de tu madre. A la madre de tu padre no la podrás encontrar si no le preguntas a tu madre; al padre de tu madre, en cambio, lo encontrarás recorriendo la casa, pues está en una de las habitaciones. Pero recuerda que no debes fatigarlo; puede contestar nada más que una pregunta por día, y sólo a cambio de un caramelo de menta.

Carlitos quiso saber con mayor exactitud la ubicación del abuelo; explicó que quizás le llevara mucho, mucho tiempo hallarlo por casualidad; y que, incluso, era posible que no lo hallara nunca.

—Paciencia —respondió el padre—. Paciencia y perseverancia.

Entonces, Carlitos preguntó a su madre por la abuela; ella le contestó que podría encontrarla allí donde viera una nube de tierra, porque la abuela estaba siempre limpiando, con una escoba, siempre en movimiento, siempre rodeada de tierra; pero que tuviera cuidado, porque no siempre dentro de una nube de tierra está necesariamente la abuela; hay nubes de tierra que son nubes de tierra y nada más; y otras son mucho más que nubes de tierra, y ahí está el peligro.

*

Transcurrieron algunas semanas antes de que Carlitos, buscando a su abuelo, hallara por casualidad una nube de tierra que resultó ser su abuela. Era una imagen que le trajo a la memoria las luces de bengala de Navidad; el polvo parecía ser despedido hacia afuera desde el centro de la nube, y las partículas brillaban al ser tocadas por los rayos del sol, y se apagaban al entrar en la sombra. Hacia el centro de la nube, el polvo se hacía más denso, y Carlitos no podía ver más nada.

Sin embargo, resolvió valientemente entrar allí.

Pronto se le llenaron los ojos de tierra, y empezó a picarle la garganta.

—¡Abuela! —llamó—. ¿Eres tú? ¿Dónde estás?

—Pues claro que soy yo —respondió la mujer, con un graznido—. Y estoy aquí. ¿Es que acaso no me ves?

—No, abuela, no puedo verte porque me ha entrado polvo en los ojos.

—Eso te pasa por meterte en las nubes de tierra, niño. ¿Qué quieres de mí?

—Que me digas si sabes qué cosa hay en el sótano.

—Pues claro que lo sé —dijo la abuela, y el niño sentía la escoba que se movía furiosamente cerca de sus pies.

—¿Qué es? —preguntó Carlitos, con ansiedad.

Ya sentía que la tierra lo ahogaba; le costaba mucho respirar, y tenía ganas de estornudar, y le dolían los ojos, y tenía la boca seca.

—En el sótano hay, sencillamente... —comenzó a decir la abuela.

—¡Atchís! —el niño estornudó, y no pudo sentir el final de la frase.

Abrió la boca para decirle a su abuela que hiciera el favor de repetir lo que había dicho, porque no había podido escucharlo, pero fue acometido por un terrible ataque de tos.

—¡Fuera de aquí! —graznó la vieja—. ¿No ves que la tierra te hace mal? Vete, vete rápido y que no te vea entrar nunca más en mi nube de tierra, porque te daré de escobazos en el lomo.

Carlitos trató de insistir, pero comprendió que la abuela tenía razón; la tierra le hacía mal. Siguió tosiendo y estornudando sin parar, los ojos llenos de lágrimas, y salió corriendo.

*

Al abuelo lo encontró en una gran sala, por la época en que terminaban las clases, y amenazaba llegar el verano, con ese zumbido de moscas.

Hacía años que Carlitos no veía al abuelo, pero lo recordaba muy bien, el pelo canoso y los grandes bigotes, sentado a una mesa de trabajo con muchos relojes desarmados por delante, su pequeño destornillador en la mano; también recordaba ese objeto negro, con un vidrio de aumento, que el viejo llevaba ajustado sobre el ojo derecho, para mirar los relojes.

Le sorprendió encontrarlo ahora acostado en el interior de una especie de vitrina o pecera, con la cabeza apoyada sobre un gran almohadón verde. Aún conservaba el lente sobre el ojo derecho; el izquierdo se movió vivamente en su dirección cuando lo sintió entrar.

La habitación era muy grande, y estaba llena de repisas colmadas de relojes, de todas formas y tamaños; algunos ni siquiera parecían relojes, parecían más bien naranjas o caballos blancos.

Carlitos pensó que habría mucho ruido cuando todos dieran la hora al mismo tiempo, pero después notó que todos estaban parados y señalaban las tres y veinticinco.

El abuelo pudo sonreír ampliamente al verlo, a pesar de que de la boca le salía un cañito de goma, que tenía un embudo en la punta. El niño trepó a un banquito que allí había, y deslizó un caramelo de menta en la boca del viejo, a un costado del cañito de goma. (Desde aquella vez en que había hablado con su padre, Carlitos llevaba siempre encima una bolsita con caramelos de menta; había gastado todo su dinero en ellos, los ahorros de toda su vida, más de diez pesos). Al abuelo, de la alegría, le brilló el ojo izquierdo; el derecho continuaba oculto.

Carlitos, sabiendo que solamente podía hacerle una pregunta, no vaciló en posponer el asunto que le interesaba:

—¿Cómo estás, abuelo?

—Muy, pero muy bien, Carlitos —respondió, mostrando en su sonrisa que aún le quedaban dos o tres dientes.

—Hasta mañana —dijo Carlitos, y se retiró.

*

No le fue difícil volver a encontrar la habitación del abuelo, al día siguiente, porque era la última de uno de los corredores —el que partía del costado izquierdo de la estufa.

Deslizó un nuevo caramelo de menta en la boca del abuelo, y sin querer, preguntó:

—¿Para qué es ese cañito que te sale de la boca?

—Por allí me dan la sopa —respondió el viejo—. A mi edad ya no se puede tomar la sopa con cuchara —a pesar del cañito de goma y del caramelo de menta, las palabras le llegaban al niño con mucha claridad; la voz, sin embargo, sonaba distante—. Las manos tiemblan y el contenido se vuelca; y también me es difícil recordar dónde tengo la boca.

Carlitos se despidió hasta el día siguiente.

*

La curiosidad es peligrosa, porque a menudo nos desvía de nuestro camino. Es cierto lo que ustedes están pensando: muchas veces los nuevos caminos que nos descubre, justamente, la curiosidad, son mil veces más interesantes que aquel que por curiosidad abandonamos. Pero observad cómo, en este caso, la curiosidad desvía a Carlitos de un camino también abierto por la curiosidad; y, sobre todo, observad cómo malgasta Carlitos, por curiosidad, su bolsa de caramelos de menta.

—Abuelo, ¿para qué quieres tener eso sobre el ojo derecho?

—Lo tuve tanto tiempo que, cuando quise, no me lo pude quitar; ahora no recuerdo si me lo puse alguna vez, o si nací con él, en vez de ojo.

*

Y al otro día:

—¿Por qué están parados los relojes?

—Para que no pase el tiempo.

*

Y otro día (y otro caramelo, y ya quedan pocos):

—¿Y por qué están parados a las tres y veinticinco?

—Porque a las tres y media mueren los viejos.

*

Por fin Carlitos reacciona; no pregunta por qué ese reloj parece una naranja, o ese otro una puesta de sol; ese día va directamente al asunto que le interesa.

—Abuelo, ¿tú sabes qué cosa hay en el sótano?

—No.

*

Y al otro día:

—¿Y sabes de alguien que sepa algo?

—Sí.

*

Y otro:

—¿Quién es que sabe lo que hay en el sótano?

—Tu abuela.

*

Y otro, aún:

—¿Y aparte de mi abuela?

—Tu padre.

*

Y otro:

—Abuelo, tú no quieres darme ningún dato útil, para que te siga dando caramelos, pero este que te doy ahora es el último, por favor debes contestarme, porque ya no podré conseguir más: dime quién sabe qué cosa hay en el sótano, y que no sea mi abuela, ni mi padre, ni mi madre, y que pueda y quiera contestarme cuando yo le pregunte.

El abuelo meditó unos instantes.

—El jefe de los jardineros tal vez pueda darte alguna información interesante —dijo luego, y pasaría mucho tiempo antes de que Carlitos volviera a ver al abuelo.

*

El jardín era muy grande, y rodeaba a la casa por los costados y el fondo; desde la casa no podía verse dónde terminaba el jardín, y si uno se internaba entre la gran variedad de plantas y flores notaba que se iba transformando en un bosque, en el que podía apreciarse todo tipo de árboles y plantas gigantes. Pero, al igual que la casa, a pesar de ser tan grande que nadie, nunca, podría llegar a conocerlo todo, era muy difícil perderse en él, porque los caminos eran nítidos, estaban muy bien trazados, y había carteles con flechas que indicaban por dónde debía ir uno, tanto si quería seguir como si pensaba volver.

Los jardineros eran muchos y, en su mayoría, hombres de pequeña estatura. Estaban siempre ocupados, trabajando en las mil tareas de la jardinería. Todos vestían traje verde, y llevaban en la cabeza un sombrero verde (parecido a una arrugada hoja de parra), por lo que, a veces, si se estaban quietos —o si movían sus brazos lentamente—, se hacía difícil distinguirlos de las plantas y de los árboles.

Carlitos halló, a pocos metros de la casa, a un jardinero que estaba agachado, con la cabeza casi tocando el suelo, muy ocupado en tirar suavemente de cada hojita de pasto, para hacerlo crecer; es un tarea muy delicada, en la que debe tenerse mucha práctica, para no tirar demasiado fuerte (se ve claramente que si uno tira demasiado fuerte, la hojita puede crecer a mayor altura que las otras, o romperse) (las hojitas de pasto se rompen tal vez con demasiada facilidad).

—Buenas tardes —dijo Carlitos, y el jardinero pegó un salto de rana hacia arriba y luego de dar una voltereta en el aire cayó de espaldas.

—¡Cablegrama! —gritó furioso, con los ojos cerrados, la boca muy abierta y los puños apretados—. ¿Se puede saber por qué tuviste que asustarme de esa manera? Me has hecho romper la primera hojita de pasto de mi vida; es posible que por esta causa pierda mi empleo, y cuando se enteren de que he roto una hojita de pasto ya nadie, nadie en el mundo, querrá emplearme como jardinero; y como lo único que sé hacer es este trabajo de jardinería, lo más probable es que muera de hambre en muy poco tiempo, perseguido por la miseria y las enfermedades.

”Y aunque lograra aprender otro oficio, haciendo un gran esfuerzo intelectual —porque reconozco que soy un poco duro de entendederas—, ¿quién me va a emplear, cualquiera sea el nuevo oficio al que me dedique, sabiendo que me he desempeñado tan mal en la jardinería, que es el oficio más sencillo?

Carlitos dijo que no había sido su intención asustarlo; simplemente había dicho “buenas tardes” para iniciar una conversación, pues tenía algo que preguntarle, y sus padres le habían enseñado (y creía recordar que también la maestra, en la escuela, se lo había enseñado) que no es correcto iniciar una conversación con otra persona sin haberla saludado previamente.

Agregó que si alguien intentaba despedirlo por el asunto del pasto roto, él explicaría lo sucedido y ya no podrían echarlo.

El hombrecito se puso muy contento, e inició una hermosa y compleja danza en torno del niño, moviendo mucho las manos y girando repetidas veces sobre la punta del pie; debo decir que durante su danza no se cuidaba de que sus pies quebraran cientos de hojitas de pasto.

Al fin, el jardinero, ya sereno, le preguntó a Carlitos qué era lo que deseaba saber.

—Usted, ¿es el jefe de los jardineros? —preguntó el niño. El hombrecillo se echó a reír de una manera exagerada, mostrando todos los dientes y la lengua, y las lágrimas le salían a raudales por los ojos; tuvo que tirarse al suelo, todo a lo largo, y tomándose la barriga con las manos rio y rio con verdadera desesperación. Decía que no podía más, que ya no podía reírse más; sin embargo estuvo así durante unos minutos, aún; y la risa era un hilo continuo y cada vez más débil, que escapaba de sus labios con mayor dificultad a cada instante.

—Bueno, bueno —dijo al fin, cuando recuperó el habla, levantándose y recostando su espalda contra un alto cacto (aunque al parecer, sin pincharse: habilidades de jardinero)—. No — agregó seriamente—. No soy el jardinero jefe; soy el jardinero de penúltima categoría.

—¿Y usted sabe dónde se encuentra el jardinero jefe? —preguntó Carlitos, temiendo que el hombre se pusiera a reír otra vez.

—Debe estar, exactamente, en algún lugar de este jardín. El que mejor puede saberlo es el jardinero segundo; yo no sé más.

—Y el jardinero segundo, ¿dónde se encuentra? —insistió el niño.

—Eso debe saberlo el jardinero tercero, y no me preguntes más. Para hallar al tercero deberás preguntarle al cuarto, y para hallar al cuarto deberás preguntarle al quinto, y así sucesivamente hasta llegar al último; el último es aquel que se ve allí, pintando el hongo violeta con lunares amarillos; él te dirá dónde estoy yo, que soy el jardinero penúltimo.

—Eso no necesito preguntarlo —dijo Carlitos, que ya estaba enojado—. Sé perfectamente que usted está aquí, delante de mis ojos.

—Entonces, pregúntame por el antepenúltimo —dijo el hombre, mientras se inclinaba nuevamente sobre la tierra para volver a su labor.

—Creo que es un trámite muy largo —comentó Carlitos, mientras se alejaba por un camino, y se internaba en el jardín—. Mejor trataré de encontrar directamente al jardinero jefe.

*

Cuando uno busca algo, no debe ni soñar en encontrarlo por azar, por lo menos dentro de un plazo determinado. Porque uno de los tantos chistes del azar es, justamente, escondernos lo que buscamos, y hacernos encontrar lo que no buscamos, o que ya no buscamos. Por lo menos, es mi experiencia personal; si a ustedes les sucede lo contrario, pueden adoptar la filosofía que se les antoje, que a mí no me afecta en lo más mínimo.

Pero a Carlitos le sucedía como a mí. El día en que encontró al abuelo, por ejemplo, si bien llevaba la bolsita de caramelos consigo (ya se había convertido en costumbre, ni la sentía en el bolsillo), recorría la casa con afán tratando de encontrar un ratón blanco vestido de esquimal; para qué lo quería es asunto aparte, y me llevaría todo otro libro explicarlo; simplemente citaba el caso para apoyar mi teoría anterior.

Bien; esa tarde Carlitos vagó por el jardín, desalentado; había mirado por todas partes, sin llegar a ver a nadie que impresionara como jefe de los jardineros. Sólo plantas y flores, y árboles; y, a veces, algún tonto jardinerito de ínfima categoría.

De pronto llegó a sus oídos un débil grito.

—¡Socorro!

Miró a su alrededor, pero no pudo localizar a quien había gritado. Luego se repitió el pedido de auxilio y, ahora, le pareció que la voz no venía del sur ni del norte ni del este ni del oeste, sino más bien desde el mismo lugar en que estaba parado, cerca de sus pies.

Miró y en efecto, próximo a su pie derecho, vio un charco de agua, en el que nadaba un pequeño insecto; agitaba las patas, muy finas y largas, con desesperación; era evidente que estaba a punto de ahogarse, ya muy cansado de nadar.

Carlitos se agachó y metió un dedo en el agua; el insecto, muy trabajosamente, logró treparse después de algunos intentos. Carlitos se incorporó y llevó el dedo cerca de sus ojos.

El insecto, que era de una especie para él desconocida, tenía un menudísimo cuerpo verdoso, grandes ojos redondos, y las patas —que como he dicho, eran largas y finas— ahora estaban colgando flojamente a ambos lados del dedo índice del niño.

—¡Uf! —dijo el insecto, luego de tomar aliento—. Muchas gracias, niño; creí que de ésta no me salvaba.

—No tienes por qué —respondió Carlitos; observó que el insecto jadeaba y que, con mucha lentitud, iba tratando de incorporarse sobre sus patas; pero aún no podía hacerlo, y las patas volvían a colgar, fláccidas, a sus costados.

—¿Qué clase de insecto eres? —preguntó el niño, con curiosidad—. Nunca he visto a nadie parecido a ti.

—Soy el único de mi especie —respondió con orgullo—. Me llamo Tito, y como soy único, imagino que debo pertenecer a la especie de los Titos (o Titus, para hacerlo más científico).

—Yo me llamo Carlitos —dijo el niño, a su vez.

Ahora, Tito había logrado afirmarse bastante bien sobre sus patas, y sacudía el cuerpo, como hacen los perros cuando se mojan, para secarse más rápidamente.

—Dime, Carlitos —dijo luego el insecto—. Quisiera retribuirte el favor que me has hecho. ¿Hay algo que pueda hacer por ti?

—No es necesario que me retribuyas nada —respondió el niño—. No me ha costado ningún trabajo y, de todos modos, es lo que hubiera hecho cualquiera en mi lugar.

—Eso crees —respondió agriamente Tito—. Eso crees, niño; yo, con estos ojos, he visto ahogarse a más de una hormiga, a más de una mariposa, sin que nadie moviera una pestaña para salvarlos. Es más; si yo te contara…

El insecto dejó la frase sin terminar, y su boca se torció en un gesto amargo. Carlitos no se animó a alentarlo a que continuara y, un poco para salir del tema, le preguntó si no sabía cómo encontrar al jefe de los jardineros.

Tito meditó unos instantes.

—Mira —dijo, luego—, yo no sé dónde se encuentra; pero, si no tienes miedo, hay un modo muy rápido de hallarlo; claro, se corren ciertos riesgos.

—Dime ya —lo apresuró Carlitos.

—Antes —dijo el insecto— debo hacerte una advertencia; el jefe de los jardineros es muy mentiroso; jamás contesta seriamente una pregunta. No sé para qué quieres hallarlo, pero debes tener en cuenta que, fatalmente, te mentirá.

—Entonces —dijo Carlitos, cabizbajo— ya no tengo interés.

Tito advirtió el profundo desencanto del niño, y dijo:

—Hay, sin embargo, un sistema para hacerle decir la verdad: el jefe de los jardineros es muy mentiroso, es cierto, pero de imaginación limitada. Fíjate que no puede decir más de dos mentiras seguidas; si le preguntas una tercera vez la misma cosa, tendrá que decirte la verdad. El rostro de Carlitos se animó.

—Y para encontrarlo, nada más sencillo —prosiguió el insecto—. ¿Ves ese cartel, cerca de la fuente? —Carlitos dirigió la mirada hacia donde le indicaba el insecto con una de sus patas, y vio, efectivamente, un cartel que decía: “PROHIBIDO PISAR EL CÉSPED”—. Bien; si te acercas a la fuente, y pisas el césped, de inmediato aparecerá un inspector, que intentará cobrarte una multa; si tú no la pagas, te llevará ante el jefe de los jardineros para que te castigue. Por eso te decía que había cierto peligro; si no logras engañarlo, o escaparte luego, no sé qué terrible castigo recibirás.

—Correré el riesgo, de todos modos —dijo Carlitos, que estaba muy entusiasmado. El insecto probó sus alas y al parecer satisfecho con la prueba, se despidió.

—Hasta pronto, Carlitos —dijo—. Te estaré agradecido durante todo el resto de mi vida.

—Hasta pronto, Tito —Carlitos hizo adiós con la mano, mientras el insecto se alejaba, y tuvo que contenerse para no agregar: “Saludos a los tuyos”, recordando que era el único de su especie, y que quizás pensara que se burlaba de él; en cualquier caso, significaría recordarle su soledad, y eso no habría estado bien.

*

Se aproximó a la fuente. Era muy blanca, de mármol, redonda, llena de agua. En el centro había una estatua, que representaba a un feo pez vertical que echaba agua hacia arriba por la boca.

La fuente estaba rodeada de un césped muy fino y hermoso, de un color tan verde como jamás había visto Carlitos anteriormente; un verde brillante y agudo.

Había un cordón de ladrillos pintados de negro y de rojo bordeando el césped. El niño vaciló un instante, y luego levantó la pierna derecha y dejó caer el pie lentamente del otro lado de los ladrillos.

Apenas la suela del zapato hubo rozado una hojita del césped se oyó un fuerte pitido, y pesados pasos corriendo sobre la grava del sendero.

Carlitos quitó el pie del césped y giró la cabeza hacia la izquierda; por el sendero venía, jadeando y resoplando entre uno y otro pitido, un hombre bajito y muy gordo, vestido con un uniforme gris, y que llevaba una gorra gris en la cabeza.

—¡Criminal! —vociferó, al llegar junto al niño. Hizo sonar el pito nuevamente, en forma innecesaria; el sonido taladró los oídos de Carlitos—. ¡Te vi! ¡Te vi cuando pisabas el césped!

—Es verdad —dijo Carlitos.

—Es verdad, señor Inspector —corrigió el hombre.

—Es verdad, señor Inspector —repitió el niño.

—Bien. Tienes que pagar la multa. Son quinientos mil ochocientos mil cuatrocientos cincuenta mil trillones de millones de mil pesos.

—¿Cuánto? —preguntó Carlitos, con los ojos muy abiertos, porque no había logrado hacerse una idea del número.

—Quinientos mil ochocientos mil cuatrocientos cincuenta mil trillones de millones de mil pesos —repitió el inspector.

—No tengo tanto dinero —dijo Carlitos, revisando sus bolsillos. Extrajo una moneda—. Cincuenta centésimos es todo lo que tengo. No más.

El inspector echó la gorra hacia adelante y se rascó la nuca.

—Creo que no alcanza —dijo, mientras calculaba, tratando de que Carlitos no advirtiera que utilizaba los dedos de la mano izquierda para contar—. Deberé llevarte ante el jefe de los jardineros para que te castigue.

—Bueno —dijo Carlitos.

—Bueno, señor Inspector —corrigió el inspector.

—Bueno, señor Inspector.

*

Internándose por el jardín, el inspector lo condujo a través de tortuosos senderos; al cabo de cierto tiempo llegaron a un lugar desprovisto de árboles y de plantas, de forma circular; en el centro había, sin embargo, algo parecido a un árbol: era el jefe de los jardineros.

El inspector aproximó al niño, tomándolo firmemente de un brazo para demostrar autoridad (un poco de teatro para su jefe); dio las explicaciones de rigor y, tras una profunda reverencia, se alejó.

El jefe de los jardineros era, realmente, un señor muy parecido a un árbol. Su cara era arrugada, como la corteza de un árbol; el pelo era verde, como la copa de un árbol; sus piernas y pies, que cubría con un pelele marrón, muy arrugado, estaban muy juntos y parecían el tronco de un árbol, y no se movían de su sitio; los dedos de las manos eran extremadamente largos y retorcidos, como las ramas de un árbol, y tenía siempre los brazos un poco levantados y, al hablar, los movía lentamente, hacia uno y otro lado, recordando a un árbol agitado por la brisa.

Estuvieron un rato en silencio; el jefe de los jardineros estudiaba a Carlitos, y Carlitos estudiaba al jefe de los jardineros. Al niño le sorprendió ver que, como en un árbol, una columnita de hormigas le subía y otra le bajaba por el cuerpo.

—¿Por qué has pisado el césped diecinueve veces? —preguntó, por fin, el jefe de los jardineros, con voz de árbol.

—Lo he pisado solamente una vez —respondió Carlitos y, recordando las reglas de urbanidad, añadió, un poco tardíamente—, señor Jefe de los Jardineros.

—No mientas: me informaron perfectamente que lo has pisado veintitrés veces —dijo.

—No, señor Jefe de los Jardineros; lo he pisado una vez, y nada más.

—Muy bien: ¿por qué has pisado el césped?

—Porque —respondió Carlitos— yo quería hablar con usted, y todos los jardineros de menor categoría me confundían con su extraño comportamiento, y, guiándome por ellos, hubiera tardado mucho tiempo en encontrarlo, o quizás no lo hubiese encontrado nunca; en cambio, de este modo, el inspector me ha traído inmediatamente ante su presencia.

—¿Y para qué querías verme? —preguntó, extrañado, el jefe de los jardineros, diciéndose tal vez para sus adentros que era cosa bastante inusual que alguien quisiera verlo; la experiencia le decía que más bien sucedía, con la gente, todo lo contrario.

—Oh, bueno —y aquí Carlitos empezó a mentir, siguiendo los consejos de Tito—, pues, me han hablado muy bien de usted, me han dicho que usted es una persona de grandes cualidades, y que es muy sabio, y que si yo quería saber cualquier cosa, por más difícil o extraordinaria que fuese, me bastaría con preguntárselo a usted.

—Todo eso es muy cierto. Muy cierto —comentó el jefe de los jardineros, con evidente satisfacción—. Entonces, estás perdonado, porque se justifica plenamente que hayas pisado el césped. Ahora, dime qué quieres saber.

Carlitos estaba muy contento por haber sido perdonado (sin recordar que esta afirmación la había hecho el jefe una sola vez) y, anhelante, le hizo la pregunta que, desde hacía tiempo, lo estaba obsesionando:

—¿Qué hay en el sótano de la casa de mis padres?

El jefe de los jardineros respondió de inmediato, y con gran naturalidad.

—Un tubo de pastillas para la tos —dijo.

—¿Qué hay en el sótano de la casa de mis padres? —insistió Carlitos.

—Hay mucha humedad, oscuridad y telas de araña, botellas y viejas damajuanas vacías amontonadas, ratones y bichos de la humedad y ciempiés, y la reja de hierro de la cabecera de una cama deshecha, y un maniquí que está roto, y algunos montones de diarios antiguos.

Eso le pareció a Carlitos muy lógico y estuvo a punto de creerlo; pero luego recordó la advertencia del insecto y volvió a preguntar, por tercera vez:

—¿Qué hay en el sótano de la casa de mis padres?

El jefe de los jardineros suspiró, y dijo, lentamente y con gran tristeza:

—La verdad es que no sé lo que hay… Yo también qui ...