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CUENTOS COMPLETOS

Oscar Wilde  

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Fragmento

INTRODUCCIÓN

OSCAR WILDE EN TODAS LAS PÁGINAS

Aunque en la historia del arte no vamos escasos de ejemplos en los que un artista altera el rumbo de su poética, el caso de Oscar Wilde es especialmente llamativo por al menos cuatro motivos: la naturaleza del desastre personal que le obligó a cambiar la trayectoria que había emprendido con tanta decisión (varios litigios escandalosos con el padre de su amante, el joven lord Douglas, le dejarían en la bancarrota, privándole de libertad y arruinando para siempre su reputación); el éxito de reconocimiento crítico y económico que alcanzó con su primera poética (las obras dramáticas de Wilde, en especial La importancia de llamarse Ernesto, se mantuvieron años en cartel, convirtiéndole en lo que hoy llamaríamos una «celebridad» incluso en los pujantes Estados Unidos); los logros literarios que cosechó con la segunda poética (concentrada en la famosísima carta a su amante, conocida como De profundis, un calculado ajuste de cuentas con su vida pasada, al tiempo que una purga del propio corazón; y en un poema «social»: la «Balada de la cárcel de Reading», sobre el devastador trato que reciben los presos, pero que también revisa uno de sus temas favoritos: la psicología del criminal, tratado ahora sin rastro de ironía); y la inversión casi completa de sus principios y objetivos compositivos (el hombre para el que toda dimensión social en la obra de arte suponía una mancha estética y una confesión de mediocridad terminaría incorporando en su poesía descripciones penitenciarias con el propósito de provocar mejoras tangibles), hasta el punto que bien podría decirse que el Wilde artista siguió sentado en la silla de siempre, pero se puso a escribir boca abajo.

El principal rasgo que recorre sus dos poéticas es la misma inteligencia en busca de género, como si ninguno de los que la tradición tenía disponibles terminase de adaptarse a la peculiar forma de su talento. Sin duda se encontraba cómodo en el despliegue dramático, pero ninguno de sus argumentos teatrales logra cuajar en una obra que recordemos por encima de los hallazgos aislados; sus ideas literarias se expresaban mejor en diálogos que en los cauces habituales de la reseña; sus audaces pensamientos se resistían a desplegarse en las exigencias expositivas de un ensayo; sus mejores versos no los descubrimos en sus poemas decadentistas y algo pasados de moda ya en el momento de su publicación; su célebre novela sobre Dorian Gray (una morbosa variación sobre el tema del doble) parte de la reescritura de una pieza dramática, y la carga de los diálogos y monólogos, deliciosos cuando los leemos por separado, lastra el avance de la narración; sus cartas están escritas con un ojo mirando a un público mucho más numeroso y amplio que sus destinatarios ocasionales, como si el escenario íntimo del intercambio epistolar tuviese techos demasiado bajos para su ambición; y en cada estrofa de la gran balada sobre la cárcel de Reading el cronista de sucesos y el reformador social parecen jugar un pulso para disputarse el control de los ver

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