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CUENTOS COMPLETOS

Rodolfo Fogwill  

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Fragmento

Prólogo

En este volumen figuran casi todos los cuentos de Fogwill. Quedaron afuera los que considera descartables. En algún reportaje el autor declaró humildemente que creía contarse entre los mejores treinta narradores de la Argentina. Y es cierto: planteada una buena antología de treinta cuentos argentinos, que incluyera las mejores piezas, compilada por un imparcial juez de cuentos, libre de amiguismos y compromisos, allí, en el primer escalón, Fogwill estaría compartiendo espacio con Borges, con Arlt, con Roberto Fontanarrosa.

Ejemplifiquemos con estas páginas mismas. Hay tres cuentos de los cuales uno debiera figurar allí. Clásicos por la seguridad del estilo y la estructura y por su clarísima pertenencia al género: “Japonés”, disimulado cuento de fantasmas de final doble, “Los pasajeros del tren de la noche”, cuento fantástico o de terror, con cierre maestro, y “Restos diurnos”, un clásico moderno, aporte inamovible a los textos de la droga, donde brillaron Baudelaire, De Quincey y Burroughs, aunque no con cuentos.

En un campo marcado por un estilo contemporáneo se ubican tanto “Música” —que recrea genialmente el tono no verbal sino esencial de lo uruguayo en un relato del hampa— como “Memoria de paso”, uno de esos milagros tempranos donde la apuesta es difícil y donde el control del material y, sobre todo, de su ejecución no afloja una línea, ni cede a las inclinaciones personales.

Porque en “Memoria de paso” podría presentarse una de las tentaciones de Fogwill, que suele aflorar a menudo en su figura pública: aparecer como El Hombre que Sabía Demasiado, impulso casi imposible de domar en un cuento que suma los sucesivos períodos históricos, el cambio de sexo y el sonido de una voz que vive más décadas de lo normal. Fogwill lo hace sin embargo con una seguridad que es casi indiferencia de tan ecuánime, pero agrediendo de paso al modelo argumental de Virginia Woolf. La misma indiferencia segura y ecuánime distingue a “Dos hilitos de sangre”, impecable sugestión narrativa del habla automática de la ciudad, cruzada con supuestos saberes sociológicos, de encuestas imaginarias.

Están además las obras maestras lisa y llanamente fogwillianas, absolutas. Por un lado “La larga risa de todos estos años”, que entrecruza amor, política, violencia y pasión sádica como nunca se hizo antes, y en especial “Camino, campo, lo que sucede, gente”, una casi nouvelle que, demorando su despliegue, se resuelve con la destreza del Fogwill poeta, logrando el mejor ejemplo de relato peronista, de trabajadores, aunque proceda de alguien que siempre se ha jactado de su origen antiperonista o “gorila”. Como lujo adicional, la poesía sube con el delgado humo del último cigarrillo, que aparece en esa corroída épica lenta del trabajo y la industria nacional, como muestra de que quien narra no sólo es un fumador inveterado, sino también alguien que ha escrito dos o tres de los mejores poemas de la lengua sobre el humo y el tabaco.

Después están las otras zonas. En general Fogwill es considerado un polemista, no un teórico. Pero más de un texto de este libro tiene proyección teórica. Casi todo escritor, o más bien narrador, vive en la nostalgia de la música, de la pintura, del cine, del mundo creativo que uno no domina, y que se le aparece como más brillante, logrado, seguro y espectacular que el lápiz y el papel o la computadora. Fogwill vive su nostalgia de la música (alta, culta) y de la pintura, y la expresa claramente en “Lo Cristalino” y en “Cantos de marineros en las pampas”, donde más que teorizar concreta un fresco casi infinito de la pampa y la gente de una caravana, o en “Help a él”, insolente parodia de Borges, con desbordes de sexo exasperado e intento de mirada cosmológica.

Hay realismos: el casi publicitario en su jerga de “La cola”, y el de “La liberación de unas mujeres”, conducido como un thriller eficaz hasta el desvaído final, por ser un poco meramente “realista” y no real. De hecho, los gustos cada uno se los da como puede: si “Cantos de marineros en las pampas” es un cuadro interminable, tiene algo también de sinfonía, y “Llamándonos”, con su erotismo mínimo que parece la inversa del sexo espectacular de “Help a él”, tiene algo de pequeña música nocturna.

En caso de querer volver al origen, a Fogwill joven, con todo abierto delante de sí, eufórico con su juguete mayor —el lenguaje argentino recién adquirido—, y disfrutando como un pibe con el ritmo de esa lengua que pocos han hecho sonar como él, hay que volver a 1978-1979 y a su “Muchacha Punk” y a “La chica de tul de la mesa de enfrente”, cuyas primeras frases estallan como acordes de rock o de blues prometiendo el viaje en vilo que, efectivamente, resulta su lectura.

Esta es una antología de media docena de autores muy distintos que tienen un solo nombre de marca: Fogwill. Y que permite la entrada por cualquier extensión, por cualquier tono, por cualquier estructura, escondiendo bajo su eficiente capacidad de entretener, de fascinar, e incluso de asustar, que contiene seis o siete de los mejores cuentos de la literatura argentina.

Elvio E. Gandolfo

Nota preliminar del autor

Cuentos completos: los veintiún textos que integran esta edición son todo lo que escribí en los géneros del cuento y el relato breve. He escrito pocos más —cuatro o seis— y algunos de ellos fueron publicados, pero es mi voluntad que nunca vuelvan a aparecer, y que, si algo me sobrevive, provenga de esta selección.

Seis son de los años setenta, once de los ochenta, dos de los noventa y dos de esta primera década del siglo. Todos fueron escritos como al dictado de una voz, que, con el tiempo, fue apareciendo con menor frecuencia e intensidad. Lo peor que uno podría hacer es intentar simularla.

Para el libro sacrifiqué la sucesión cronológica* en favor de un orden de tonalidades y efectos. Espero haberlo conseguido. Lo que nunca conseguiré es entender la lógica de mis ediciones y sus dedicatorias. Los textos aquí incluidos aparecieron recombinados en ediciones de Tierra Baldía, Centro Editor de América Latina, Ediciones de la Universidad de Belgrano, Catálogos, Sudamericana y Planeta en la Argentina, de Periférica y Mondadori en España, de RIL en Chile y de Passage en Francia. Con tanto malabar y rebarajar, algunas dedicatorias se cruzaron y otras desaparecieron. Recuerdo que las versiones originales estuvieron dedicadas a Mariana Domich, Ricardo Estévez Cambra, María Eugenia, Silvio Fabrykant, Santiago García Isler, Pablo Gianera, Eduardo Grüner, Virginia Hasenbalg, Sergio Knalich, Leónidas Lamborghini, Jorge Palant, Néstor Perlongher, Jorge Revsin, Juan José Saer, Roberto Scheuer, Alberto Ure, Héctor Viel Temperley y Elvio Vitali. Esta edición aparece dedicada a todos ellos, y el relato “Otra muerte del arte” —único de la selección que permanecía inédito— está dedicado a Francisco Garamona, que lo rescató de una purga de borradores.

Buenos Aires, 1º de junio de 2009

* “La cola” (1974), “Reflexiones” (1977-1978), “Efectos personales” (1978), “La chica de tul de la mesa de enfrente” (1978), “Muchacha Punk” (1979), “Memoria de paso” (1978-1979), “Dos hilitos de sangre” (1980), “Japonés” (1981), “La liberación de unas mujeres” (1977-1981), “Música” (1981), “Luz mala” (1981), “Los pasajeros del tren de la noche” (1981), “Llamándonos” (1981-1982), “Sobre el arte de la novela” (1982), “La larga risa de todos estos años” (1983), “Help a él” (1983), “Camino, campo, lo que sucede, gente” (1983), “Restos diurnos” (1994), “Cantos de marineros en las pampas” (1998), “Lo Cristalino” (2001-2002), “Otra muerte del arte” (1979-2007).

Dos hilitos de sangre

Me sucedió dos veces en Buenos Aires, pero la segunda vez me impresionó más, porque al carácter anómalo —“inusitado”— de la escena, venía a sumarse la desagradable sensación de estar viviendo algo por segunda vez. Y a nadie le gusta sentir más de una vez en la vida que está viviendo por segunda vez algo que se repite. ¿No es cierto?

Tal vez lo sea. Yo, en ambas oportunidades, vi correr por la nuca del chofer un hilito de sangre. Fueron jueves, distintos jueves del mismo año y eran choferes cincuentones, choferes viejos, choferes de una edad poco frecuente entre choferes de taxi en estos tiempos en los que es más habitual que la profesión de chofer de taxi sea escogida por hombres de veinticinco, treinta, cuarenta años a lo sumo, gente que deja sus empleos, cobra una pequeña indemnización y —como dicen ellos— “se pone” un taxi, un automóvil —como dicen ellos— “para pucherear”, y viven de eso: pucherean. Por lo general se trata de hombres recién casados y algo en común debe existir entre los hábitos de poner una familia y “poner un taxi”, pero no seré yo quien se ponga a comparar ambas costumbres en este momento.

El segundo hilito de sangre, el de la segunda vez, era semejante al primero, pero manaba más lentamente. Estoy casi seguro de que esa segunda vez el hilito de sangre manaba más lentamente, más despacio, quizá por efectos de la naturaleza de la sangre del segundo chofer, más densa, más viscosa, que aunque surgiera de una fuente idéntica, a una presión y velocidad idénticas, por efectos de su mayor viscosidad o densidad tendía a adherirse con mayor firmeza al vello de la nuca del hombre y a la piel del cuello del hombre, provocando la imagen de un transcurrir más lento por la superficie del hombre, la del chofer del taxi.

Otra diferencia: la primera vez descubrí el hilito de sangre cuando circulábamos por Callao, en los tiempos en que por la avenida Callao aún transcurría el tránsito en doble mano y los semáforos obligaban a detener el automóvil en cada esquina a la espera de la señal verde permisiva de los semáforos. La segunda vez, en cambio, vi el hilito de sangre corriendo remolón entre los pelos de la nuca del chofer mientras avanzábamos por la calle Paraguay entre Carlos Pellegrini y Suipacha rumbo a la calle Maipú por la que el chofer se proponía ensayar una salida hacia el sur, hacia los barrios del sur del centro de la ciudad, adonde me llevaba mi destino. Esa segunda vez ocurrió hace ya mucho tiempo y por entonces aún se circulaba en doble mano por Callao, pero nosotros no circulábamos por Callao sino por Paraguay rumbo al este y no nos detenían allí los semáforos para fatigar nuestra penosa y ralentada marcha: nos detenían los ómnibus que se detenían en cada esquina para librarse por detrás de los pasajeros sobrantes mientras por una puerta delantera, especialmente diseñada, suplían el vacío dejado por los salientes atrayendo nuevos pasajeros entrantes, ansiosos por obtener sus boletos, pequeños papelillos impresos offset a dos colores, con bellas filigranas y números correlativos que ordenan a sus usuarios según su rango de ingreso al vehículo expendedor. Todo es notable. Por Paraguay, con mano única y circulación unidireccional acaecía lo mismo que la vez anterior acaeció por Callao: era menester que en cada esquina el taxi se detuviese. Por una u otra causa, eso era menester. En el segundo caso, en el segundo episodio del hilito de sangre, la causa que constantemente detenía nuestra marcha eran los choferes de ómnibus. En esta ciudad basta que la policía y los inspectores municipales relajen un poco el rigor de su control del tránsito, para que los choferes de ómnibus se comporten “por la libre”, como decía el Che. Naturalmente, el arte del chofer de ómnibus consiste en recorrer la mayor distancia posible en el menor tiempo posible con el mayor número posible de pasajeros a bordo y con un máximo de rotación o mutación de pasajeros, eso que los analistas norteamericanos de servicios de transporte de pasajeros llaman turnover. Tal la clave del negocio del chofer de ómnibus y a mayor rendimiento de rotaciones, kilómetros y carga y a menor tiempo empleado para la obtención de esas deseadas metas, mayor estima se granjea el chofer entre sus colegas y entre los propietarios de ómnibus, pues no siempre los choferes de ómnibus son los propietarios de los ómnibus: basta para probarlo una sencilla revisión de las actas del Registro Nacional de la Propiedad del Automotor. Allí puede observarse que a menudo grupos de dos, tres, seis, quince y hasta cincuenta unidades afectadas al Servicio Urbano de Transporte de Pasajeros —es decir, ómnibus— figuran a nombre de un mismo propietario. Sabiendo que un hombre sólo puede manejar un ómnibus por vez, y admitiendo que nadie compraría segundos y terceros y quintos ómnibus para tenerlos estacionados en la terminal de ómnibus a la espera de concluir el recorrido de la línea urbana en uno para mudarse a otro, queda probado que ha de haber choferes de ómnibus que no poseen ómnibus y manejan ómnibus de otros, de terceros, aunque no puede descartarse la even

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