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CUENTOS REUNIDOS

Edgardo Cozarinsky  

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Fragmento

Prólogo

Los personajes de Cozarinsky no dudan: entre atravesar una ciudad y evitarla, siempre eligen atravesarla. La ciudad es el desafío más alto con que se miden sus viajeros, sus exiliados, sus fugitivos, especímenes ilustres pero a menudo desconsolados de una raza de outsiders que propone enigmas, reclama investigaciones, invita a desovillar tramas secretas —en otras palabras: que desencadena horizontes ficcionales. No es el afán de conquista lo que los tienta. Los apátridas que proliferan en los relatos de Cozarinsky no son del tipo voraz. Emigrados que tocan el piano en clubes de mala muerte (“Días de 1937”), vieneses cultos varados en la Argentina del primer peronismo (“Navidad del 54”), judíos en fuga (“Hotel de emigrantes”), escritores de gira a la pesca de emociones fuertes (“Piercing”), divas europeas de segunda trasplantadas a Hollywood (“El fantasma de la Plaza Roja”), conscriptos aprensivos (“El ídolo de Beyoglu”), magos (“El número del hijo”), narradores frustrados (“Mujer de facón en la liga”), gigolós (“Grand Hôtel des Ruines”), traductores (“La dama de pique”), poetas de provincia que llegan a Michaux sin pasar por Sur y a Princeton salteándose Ezeiza (“Un Rimbaud de los valles calchaquíes”): son estrellas o actores secundarios, extras, héroes menores, mucho más dados a la observación que a la acción, siempre a la sombra de modelos o vidas inaccesibles, sin la voluntad de poder de un Rastignac o un Sorel. Pero cómo brillan de golpe cuando, en un efecto Zelig muy típico de Cozarinsky, esos testigos subalternos dan un paso en falso, se inmiscuyen en la Historia y por un momento se codean con sus hechos, sus lugares, sus figuras decisivas, alumbrándolos con la luz de la ficción.

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La ciudad es en Cozarinsky un compuesto prodigioso de información y de intriga, historia e imprevisibilidad, archivo y futuro. Es pura cultura —más para un escritor-esponja como él, “borgeano tardío”, según la definición de Susan Sontag, o mitteleuropeo cimarrón. De ahí la dificultad, por remota y recóndita que sea la ciudad, de aterrizar en ella en estado de inocencia, sin saber algo de antemano, sin poder prever los pasos a dar o los que dará la ciudad en dirección al recién llegado. Pero es también puro movimiento, y por movimiento hay que entender un principio de transformación permanente, una metamorfosis que es, a la vez, física y temporal, material y de experiencia. No atravesamos dos veces la misma ciudad. En ese sentido, decir que una ciudad es desconocida es una forma entusiasta del pleonasmo. La ciudad es por definición lo que se desconoce, aun en los casos en que, como sucede con París, donde Cozarinsky vivió entre 1974 y 1985, se trata de hogares de adopción, elegidos, incluso reivindicados contra el hogar natal. Una ciudad es lo que se desconoce siempre, aun (o sobre todo) cuando los signos que emite (lengua, paisajes, costumbres, nombres, rostros) sean perfectamente reconocibles, simplemente porque el que la pisa lleva un tiempo sin pisarla y no es el mismo que la pisó la última vez.

Se atraviesa una ciudad como se atraviesa el pasado, ese “otro país donde la gente hace las cosas de otra manera” (L.P. Hartley), donde todos fuimos otros: internándose sin más brújula que un mapa, una contraseña, una instrucción furtiva, un taxista entusiasta o venal, en un orden que es múltiple y lábil y cuyas capas, más que sedimentar, se afectan entre sí, se eclipsan y reescriben, al punto a veces de volverse irreconocibles, tags herméticos que aturden al protagonista de lo que narran, el único, a priori, competente para descifrarlos, que ahora se inclina sobre ellos como sobre un palimpsesto. La Lisboa fantasma de “Hotel de emigrantes” superpone el itinerario del abuelo del narrador con “los de tantos otros [...] todos esos refugiados centroeuropeos, o alemanes, aun eslavos, que impacientaban las salas de espera de los consulados y acosaban los mostradores de las agencias de viajes”. Cruzando la capital húngara, David, el protagonista de “Budapest”, avanza en taxi “lentamente por la Andrassy út (que alguna vez se había llamado avenida Stalin y también avenida de la República Popular, aunque nadie nunca había pronunciado esos nombres)”. Como pasa a menudo con los nombres propios en estas historias de conversos e impostores (el Berdichevsky que intenta ocultar el Verdi-Ceschi en “El número del hijo”), conviene distinguir aquí lo que un nombre de calle designa de lo que traiciona (sin proponérselo): designa una calle; traiciona los nombres que sepultó, que intentó sepultar, pero que el ojo del detective aficionado, que es el héroe de Cozarinsky, siempre se las ingenia para sacar a la luz.

La determinación de estas figuras no tiene nada que ver con el coraje (aunque lo que hagan, en muchos casos, resulte admirable) ni con un cálculo razonado. Son más bien actings, impulsos instantáneos a los que el héroe se entrega cuando se descubre en alguna clase de umbral, como si seguirlos le prometiera algo más grande que la recompensa de una “vida más amplia”: la evidencia de que no habrá vuelta atrás para él. “El mundo empieza cuando ya no se puede retroceder”: la divisa de Gombrowicz, prófugo célebre, bien podría dictar esos saltos al vacío que crispan de vértigo estos relatos. Hay en estos héroes una inquietud, una especie de impaciencia, la misma urgencia seca, casi descortés, con que se despiden ciertos amigos que a la hora de dar bienvenidas, sin embargo, no han tenido miedo de mostrarse efusivos. La paradoja es sólo aparente, y los personajes de Cozarinsky la ponen en escena sin remordimiento alguno. Encontrarse con alguien promete novedad y es siempre una alegría; despedirse es ya de algún modo una pequeña ceremonia fúnebre, la debilidad retrospectiva que el héroe de Cozarinsky rechaza como al veneno, a tal punto teme que pueda lastrarlo en su camino hacia la próxima aventura: la “húmeda, ardiente bienvenida” de lo desconocido.

Atravesar una ciudad, desde luego, es más engorroso que bordearla: es el camino más largo y, por supuesto, más interesante. Después del acting, traspuesto el umbral, aparece algo así como una distensión: el personaje, antes apremiado, pasa a estar suelto, disponible, abierto a esa distracción —ese aprendizaje— que Walter Benjamin —homenajeado en el cuento “En tránsito”— cotizaba más que cualquier sentido de la orientación: extraviarse. “Importa poco no saber orientarse en una ciudad”, escribe Benjamin en Infancia en Berlín hacia 1900. “Perderse, en cambio, en una ciudad como quien se pierde en un bosque, requiere aprendizaje. Los rótulos de las calles deben entonces hablar al que va errando como el crujir de las ramas secas, y las callejuelas de los barrios céntricos reflejarle las horas del día tan claramente como las hondonadas del monte”. Cozarinsky aprendió la lección —de Benjamin pero también de Stevenson, de Henry James, de Joseph Roth, de Nabokov, de todos los escritores ectópicos que integran su panteón privado: sólo el que sabe perderse en una ciudad tropezará con sus tesoros secretos, que la mirada del viajero funcional desoirá aunque le salten a la vista: el cartel de neón que anuncia “Bailongo”, en rojo, en una calle lateral camino al aeropuerto de Budapest; la leyenda cerveza tipo München en la etiqueta de una cerveza salteña con la efigie gaucha de Güemes; el mate y las bolas de fraile con los que alardea la pareja de porteras argentinas frente al tout París lacaniano congregado en el 5 rue de Lille para inaugurar la placa en homenaje al Hombre Que Volvió a Freud. Son esos hallazgos los que hacen que el turista cultural con el que Cozarinsky no teme confundirse pare la oreja, abra los ojos y se ponga a paladear, no los monumentos imponentes, ni los landmarks con mayúsculas, ni nada que encarne la pureza específica de un lugar o una época. Son detalles casuales, caprichos, incongruencias: gemas de un mestizaje risueño, cargado de cómica historicidad, que en alguna parte de su formidable obra ensayística Cozarinsky condensa en logotipos como Miserereplatz o Mitteleuropa-am-Plata.

Budapest, Lisboa, Viena, Tánger, Odessa, Buenos Aires, Foz de Iguazú, Estambul, París, Valparaíso: ricas o pobres, centrales o periféricas, asediadas por el turismo o soslayadas por trip advisor, las ciudades que insisten en los relatos de Cozarinsky son mercantiles, políglotas, multiculturales, abiertas “a todos los fantasmas”. Tienden siempre a la extraterritorialidad de la zona franca, con un mínimo de leyes y un máximo de circulación y contagio. Su modelo es la ciudad-zona internacional que encarnaron Tánger entre 1922 y 1956, cuando era el limbo de Jean Genet, William Burroughs y los Bowles; la Viena de posguerra que aparece en el film El tercer hombre, repartida por los aliados en cuatro zonas, y también Foz de Iguazú y la triple frontera paraguayo-brasileño-argentina (“Tres fronteras”), menos suntuosas y por eso, para Cozarinsky, más sexis. Están tramadas de razas, lenguas, culturas e historias dispares, que no siempre conviven en paz y no siempre encuentran la mejor manera de traducirse. Pero es en esa tensión, esas trasposiciones tartamudas, traidoras, donde Cozarinsky acecha los rastros de una ficción posible. De vuelta en su Viena natal luego de años de exilio en la Argentina del primer peronismo, el oscuro escritor austríaco de “Navidad del 54” titula su último libro —el único por el que lo premiarán— Kleine Schwarze Köpfe, tributo a la fuerza social y sensual con que lo fascinó la Buenos Aires de los cincuenta: los cabecitas negras. Si narrar es una pulsión cien por ciento urbana, es porque no hay espacio como la ciudad para engendrar y poner en escena esas adaptaciones, apropiaciones, traducciones salvajes, freaks impropios que encienden al narrador y lo empujan a desovillar, reconstruir, contar. Only connect: el principio de Forster, citado a veces por Cozarinsky para resumir la lógica de la ficción, descansa en rigor en una conexión previa, un nudo significativo donde confluyen la performance de la ciudad —el enigma de sus incongruencias— y la mirada, el oído, la imaginación siempre tangenciales del narrador, que reconoce en ellas el germen de un relato.

Trasplantes culturales, injertos que no terminan de prender, traducciones literales o indolentes, irrupciones salvajes en contextos de prestigio y solemnidad, grafías que mueven a la sospecha, acentos que no se veían venir, bellezas o portes o aires o citas que contradicen o se apartan del entorno en que aparecen (“Una mujer demasiado elegante para esa gastronomía, para ese decorado [...]”): éste es el orden de anomalías que alimenta el deseo de narrar en los cuentos de Cozarinsky, la fruición del desvío que palpita en su poética. A Cozarinsky, viejo jamesiano (por ingrato que sea con El laberinto de la apariencia, el primer libro que publicó, un estupendo ensayo sobre Henry James que suele dejar de lado a la hora de reconstruir su prontuario de escritor), le importan mucho los mecanismos de la ficción. Su extraordinario ensayo sobre el chisme como forma narrativa (como ur-forma, habría que decir, en la medida en que hace derivar de ella toda lógica narrativa) debería presidir el gran corpus de textos de poética de la literatura contemporánea. Pero, a la hora de narrar, lo que le importa sobre todo es en qué momento nace una ficción, cuándo despega, en qué contexto, bajo qué luz, en qué condiciones algo —un dato histórico, una coincidencia de fechas, un viejo pasaje aéreo cuyo regreso nunca se usó— pierde su condición de realidad y es de algún modo enrarecido, raptado, alienado por un destino de ficción. De ahí la perspectiva siempre doble que tienen los cuentos de Cozarinsky: ficciones muy narrativas, llenas de peripecias, vueltas de tuerca, descubrimientos, reconocimientos decisivos, destinos que cambian en un instante de vértigo, que sin embargo incluyen una dimensión paralela, suerte de doble fondo o de anexo en el que el narrador nunca deja de pensar su relación con lo que está contando, evalúa la convicción o desconfianza que le inspiran sus materiales, calcula sus conveniencias en materia de distancia o proximidad y, sobre todo —punto crucial para el perspectivismo cozarinskiano—, toma decisiones de modulación, esos cambios de tonalidad que definen la “ficcionalidad” o el “documentalismo” del relato.

En “Navidad del 54” se lee: “Esta historia no tiene argumento, a menos que su argumento sea la Historia. Es apenas la huella de un instante, de una chispa provocada por el roce de dos superficies disímiles”. Todo Cozarinsky está como cifrado en esta cita: la tutela de Benjamin (“Adueñarse de un recuerdo tal como éste relampaguea en un instante de peligro”), la pasión equívoca por la Historia, la hipótesis (el vértigo) de que la literatura pueda no ser más que la Historia intervenida, la idea —muy borgeana— de que todo cuento narra un instante y uno solo, pero no ése en el que el héroe conoce por fin su destino, y su identidad, y su verdad íntima, como en Borges, sino ése en el que comprende que lo que llama su vida y lleva su nombre es un híbrido inestable, provisorio, superposición de versiones no del todo confiables. Y en cuanto a las dos superficies disímiles que se rozan, ¿no es ése acaso el trabajo por excelencia de Cozarinsky, su vocación, casi su misión —de escritor, naturalmente, pero también de cineasta? En el papel como en la pantalla, contar es montar, articular dos planos que no estaban llamados a encontrarse, que incluso se repelen. En La guerra de un solo hombre (1982), Cozarinsky el cineasta pegaba imágenes de desfiles de moda y pasatiempos mundanos durante la Francia ocupada con fragmentos de los diarios de Ernst Jünger donde el escritor —también capitán del ejército alemán— describía con estetizado estupor el espectáculo de los bombardeos. El resultado, en las antípodas de cualquier denuncialismo de manual, era la visibilización, por un fenómeno de iluminación recíproca, de las nervaduras sutiles, a menudo paradójicas, por las que corría la sangre de la Historia, la Vida Social y la Literatura en la París de la ocupación alemana.

No hay nada que los relatos de Cozarinsky no se animen a montar, fieles a la idea de que el montaje de cine es apenas un caso particular de un principio general, ubicuo, activo en todos los órdenes de la práctica humana. Lenguas, países, imaginarios, textos, épocas, vidas, momentos de vida, rostros, gestos: todo se presta a esa operación de plegado y pegado, corte y sutura, que funde en un solo hacer al escritor, el cineasta, el historiógrafo diletante, el etnógrafo amateur, el viajero, el cronista... Cuando el narrador de “El ídolo de Beyoglu” dice “Treinta y cinco años más tarde”, lo que hace es mucho más que ofrecer una referencia temporal: es compaginar de manera abrupta, brutal, dos bloques de espacio-tiempo para observar cómo el presente ilumina el pasado, volviéndolo a la vez inocente y legendario, y cómo el pasado insiste en preñar al presente, dotándolo de un valor mitológico que de otro modo nunca tendría. De algún modo, el montaje es la continuación del tráfico por otros medios. Como el tráfico —principio de circulación y de comercio— desafía fronteras y promueve intercambios, el montaje se pregunta siempre qué hay del otro lado (de la imagen, del yo, del lugar, de la lengua, etc.) y hacia allí se lanza, apremiado por la necesidad, a la vez artística y ética, de desclasificar todo lo que sigue preso en las jaulas de la identidad, la pureza, la homogeneidad. Montar, en efecto, es hacer que las cosas dejen de ser lo que son, lo que están “llamadas” a ser, y dejen de estar donde están; es hacer que se muevan y muevan otras cosas, que entren en relaciones nuevas, armen alianzas inéditas, se mezclen. Montar es transmitir, que es la deuda última que los relatos de Cozarinsky, libres como son, se desvelan por saldar, sabiendo incluso todos los riesgos, arrogancias y malentendidos que acechan en el camino. Sólo hay una cosa que contar, en el fondo: cómo algo pasa de un lado a otro, de una mano a otra, de una época a otra, de una lengua a otra. Bienes, nombres, cuerpos, pasaportes, fotografías, chismes: el testigo en sí (en el sentido de El pase del testigo, título, por otra parte, de un libro de ensayos de Cozarinsky) puede no decir gran cosa; puede ser simple, banal, insignificante. Su recorrido, en cambio, es aventura pura: secreto, a menudo accidentado, siempre en zigzag, comunica mundos que se ignoran o rechazan, lugares que se creen únicos, tiempos que se dan por muertos. Ese pase es todo lo que tiene que pasar para que haya relato.

Alan Pauls

La novia de Odessa

Para Alberto Tabbia

La novia de Odessa

Una tarde de primavera de 1890, un joven observaba desde las alturas del bulevar Primorsky el movimiento de los barcos en el puerto de Odessa.

En su atuendo endomingado, contrastaba tanto con la desenvoltura cotidiana de la mayoría de los transeúntes como con el exotismo de otros. Es que el joven estaba vestido para emprender una gran aventura: los zapatos de cuero barnizado se los había regalado su madre; el traje a medida, su tío, sastre de oficio, lo había terminado sólo el día anterior a su partida; finalmente, el sombrero era el que su padre había estrenado veintidós años antes, el día de su boda, y no había tenido más que cinco o seis ocasiones de ponerse.

En ese momento le faltaban tres días para emprender realmente su gran aventura, pero para él las cuatrocientas verstas que separaban Kiev de Odessa, y esta primera visión de un puerto y del mar Negro (que se volcaría en el Mediterráneo, que se volcaría en el océano Atlántico) ya era parte de la travesía que haría de él un individuo nuevo.

Sin embargo, un velo de tristeza empañaba el entusiasmo con que devoraba todos los aspectos de la gran ciudad y su puerto. Carecía de toda educación sentimental, y su primer percance amoroso le trabajaba el pensamiento hasta impedirle gozar ante la realización inminente de su proyecto más audaz. Para alejar esa pena que no sabía borrar, seguía con la mirada a cuanta persona pasaba; todas lucían algún rasgo capaz de interesarle: un aya pulcramente uniformada empujaba a desgano el landó del que asomaba, entre profusas puntillas, un bebé malhumorado; dos hombres de vientre opulento, rubricado por las cadenas de oro de invisibles relojes, caminaban sin prisa discutiendo los precios del trigo y el girasol en distintos mercados europeos; un marinero negro, la primera persona de ese color que veía, observaba, tan curioso como él, todo lo que lo rodeaba; otro marino, que más bien parecía un actor vestido de marino, lucía un aro dorado en la oreja y en el hombro un papagayo, que intentaba sin éxito vender.

Sobre el granito rosado de la escalinata Potemkin, pocos metros más abajo, descubrió a una muchacha absorta en el paisaje, con una mirada no menos triste que la suya. Se había sentado en un escalón y había posado a su lado dos grandes cajas redondas, superpuestas; cada una estaba ceñida por una cinta de raso azul y las mantenía juntas un simple piolín; impreso en el cartón podía leerse, en caracteres latinos, “Madame Yvonne. Paris-Wien-Odessa”.

Una brisa refrescaba el aire y, a lo lejos, sobre el mar, desplazaba de este a oeste nubes de formas veleidosas, dragones y arcángeles que parecían propiciar un encuentro feliz. El joven, a quien llamaremos Daniel Aisenson, no conocía palabras ni expresiones propias para abordar a una desconocida. Se acercó a la muchacha y permaneció a su lado, sonriéndole en silencio. Cuando a ella le empezó a incomodar fingir que ignoraba su presencia, le dirigió una mirada severa, que inmediatamente suavizó: había en él algo que declaraba su inocencia, algo ausente en tantos seductores, groseros o melifluos, que había aprendido a reconocer en la gran ciudad.

Nunca sabremos cuáles fueron las primeras palabras que intercambiaron ni quién las pronunció, pero no es incongruente que haya sido ella quien venció la timidez del joven. Daniel había nacido en un stetl; a los cinco años sus padres se habían instalado en un suburbio de la ciudad, santa entre las santas, de Kiev, de la que conocía poco más que el mercado llamado de Besarabia, y en él el negocio de pasamanería de la familia. Más de una vez, adolescente, se había detenido a admirar los oros y volutas de la catedral de Santa Sofía, las cinco cúpulas resplandecientes de la colegiata San Andrés y, más alto aún, el campanario del monasterio de Petchersk.

No podía impedirse comparar ese esplendor con la modesta sinagoga que frecuentaban, sin gran devoción, sus padres, adonde lo obligaban a acompañarlos. Y esa comparación lo hacía sentirse culpable. Una injusticia divina —sentía— lo había privado de una religión lujosa y protectora, lo había condenado a otra, austera, cruel, cuyo corolario natural parecía ser el peligro siempre latente de un pogrom: a su abuelo los cosacos le habían cortado las piernas de un sablazo cuando se acercó a rogar piedad ante el hetman; casi todos sus tíos habían visto arder sus casas, señaladas con esa estrella de seis puntas que a pesar de ser un símbolo sagrado, en vez de protegerlas, las había marcado para la masacre.

Ella, cuyo nombre nunca sabremos, era en cambio una hija de Odessa, donde griegos, armenios, turcos y judíos eran tan comunes como los rusos. No hablaba el ucraniano sino un ruso elemental, al que se habían prendido algunas palabras de idish: no era judía pero vivía y trabajaba entre judíos. Entre judías, más bien: la temible Madame Yvonne, cuyo verdadero nombre era Rubi Guinzburg, y las tres asistentes que bajo sus órdenes confeccionaban sombreros en un taller de la calle Deribassovska. Todas ellas venían de la Moldavanka pero hacía años que, con esfuerzos denodados, habían logrado simular una distancia con ese barrio que apenas diez calles separaban del taller. En ausencia de clientes o proveedores estallaba el idish, vehículo de reproches e insultos de Madame Yvonne a sus empleadas como de críticas de éstas a las señoras que se probaban una docena de sombreros y partían sin haber comprado ni uno.

En ese taller, aquella muchacha era la shikse, palabra atroz que designaba a la vez a la sirvienta y a la no judía, a la goi. A la shikse correspondía limpiar el taller, preparar el té, llevar a domicilio los sombreros comprados y ejecutar diversos mandados y menudos servicios. Su retribución era un lecho en la cocina, una comida frugal y la ocasional propina en la puerta de servicio de una clienta.

* * *

El atardecer del día siguiente los encontró sentados en un banco, bajo las acacias del parque Tchevchenko. El rumor de la ciudad les llegaba apaciguado y a lo lejos podían entrever el mar y los barcos, promesa indefinida que cada uno de ellos entendía a su manera.

Ella le confesó que era huérfana, que estudiando las revistas francesas de donde Madame Yvonne copiaba sus modelos había aprendido que la vida es la misma en París, en Viena o en Odessa, que sin dinero sólo se puede ser sirvienta, y que el mundo se divide entre los que tienen y los que no tienen. Él le explicó que eso es cierto en Europa pero que del otro lado del océano hay una tierra de pura posibilidad, un país joven donde un judío como él puede llegar a poseer un pedazo de tierra. Atropelladamente, le habló del barón Hirsch, de la colonización, de Santa Fe, de Entre Ríos. Ella oyó, por primera vez, cosas cuya existencia había ignorado: que un judío podía querer cultivar la tierra, que podía temerles a los cristianos como ella les temía a las judías del taller, que podía hablarle a ella de otra cosa que del regalo que le haría si consintiera en acompañarlo una noche a cierto hotelucho de la plaza Privakzalnaia.

¿Fue durante ese segundo encuentro cuando él le reveló el motivo de la tristeza, en apariencia inexplicable, que lo dominaba en vísperas de cruzar el Atlántico hacia una nueva vida? Ese motivo tenía nombre: Rifka Bronfman.

Sus familias los habían presentado cuando cumplieron catorce años, ya los habían prometido antes que se conocieran y los habían casado cinco días antes que él dejara Kiev. Se habían visto a solas no más de diez veces antes de la boda, y siempre con padres o hermanos en el cuarto de al lado o en la ventana que supervisaba el magro jardín entre la casa y la calle.

Hacía un año que Daniel había empezado a jugar con la idea de emigrar. La delegación de la Argentina para la Colonización Judía, de paso por Kiev, había organizado reuniones vespertinas en la Asociación Mutual Israelita, donde un conferencista elocuente, con la ayuda de una linterna mágica y una docena de placas de vidrio, les había mostrado los campos fértiles, interminables, que los esperaban en la Argentina. En un mapa había señalado la ubicación de esas tierras y su distancia de las metrópolis: Buenos Aires y Rosario, que otras placas les habían descubierto. También había agitado en la mano un delgado volumen encuadernado en color celeste y blanco sobre cuya tapa —había explicado— estaba impreso (en español, por lo tanto en caracteres latinos) “Constitución de la República Argentina”; de ese volumen les había leído, traduciendo inmediatamente al idish, los artículos que prometían igualdad ante la ley y libertad de cultos para todos quienes quisieran trabajar esa “tierra de paz”.

Estas palabras Daniel las había repetido a Rifka, esas imágenes se las había descripto detalladamente. Su prometida no compartía tanto entusiasmo. Aceptó seguirlo, acatando el precepto según el cual el lugar de la mujer está al lado del marido, pero ese mundo nuevo no la hacía soñar. Cuando él llenó los papeles necesarios, no expresó ningún reparo particular, pero cuando volvieron aprobados y sellados por el consulado argentino, y leyó en ellos su nombre, su fecha de nacimiento, el color de su pelo y el de sus ojos, prorrumpió en sollozos vehementes, renovados cada vez que el cansancio prometía extinguirlos. Las familias creyeron que se trataba de un estado de agitación provocado por las vísperas del casamiento; un primo, que había hecho vagos estudios de medicina, declaró que se trataba de una afección a la moda, llamada neurastenia. Vagamente halagada por ese diagnóstico, Rifka enfrentó dignamente la ceremonia en la sinagoga, bajo la peluca ritual que cubría su cráneo recién afeitado.

Esa noche, Daniel debió vencer su inexperiencia y ella su miedo. Descubrieron, en medio de la sangre, él el placer, ella el dolor. A la mañana siguiente, él despertó solo en medio de las sábanas manchadas; de lejos le llegaban gritos, llanto, reproches, quejas. Encontró a Rifka en brazos de su suegra, cuyo consuelo rehusaba. Mientras la señora repetía incesantemente “Se le va a pasar, se le va a pasar”, tratando de cubrir la voz de la joven esposa, ésta lograba hacerse oír no menos incesantemente y cada vez más fuerte: “No voy, no voy, no voy”. Cuando Rifka recobró cierta serenidad, pudo unir algunas palabras, formar frases:

—Tengo miedo, mucho miedo. Aquí conozco a todos, aquí está mi familia, tu familia, mis amigas; está la sinagoga, el mercado, todo lo que conozco. ¿Con qué nos vamos a encontrar allá? ¿Víboras? ¿Indios? ¿Plantas carnívoras?

Daniel intentaba explicarle que ahora ella tenía un marido para protegerla, pero Rifka parecía impermeable a todo argumento. Cuando logró secar sus lágrimas, aceptó, junto con un vaso de té con más azúcar que limón, la sugestión, nada optimista, casi desesperada, de su madre: viajar un año más tarde, tal vez sólo seis meses, cuando él hubiese escrito confirmándole que ella estaría a salvo de tantos peligros con que las novelas de Emilio Salgari la habían amenazado.

Daniel no la tocó en las noches siguientes, que precedieron su viaje. Rifka, tal vez aliviada, no se lo reprochó.

* * *

La muchacha lo ha escuchado en silencio. Del parque han caminado lentamente en dirección al escenario de su primer encuentro. El cielo rosado del crepúsculo ha cedido gradualmente a un azul cada vez más profundo. Ya es de noche cuando él termina su relato, abrupto, desordenado, que los párrafos anteriores intentan resumir.

Pasan ante cafés y pastelerías con nombres franceses e italianos, donde no pueden permitirse entrar, y tras la cortina de encajes de una ventana, ella reconoce las flores de trapo, el pájaro embalsamado y remendado y las cintas de seda de un sombrero que vio armar, pieza por pieza, y ahora corona una cabeza invisible. Llegan a la estatua del duque francés cuyo nombre no les dice nada; pálidamente, intermitentemente, la ilumina el resplandor de las ventanas del hotel de Londres. A lo lejos, los barcos anclados en el puerto también conceden algún reflejo al agua negra, susurrante.

Cuando ella habla no es para comentar el relato que ha escuchado con atención.

—¿Cuándo te embarcas?

—Mañana. El barco parte a las seis de la tarde pero los pasajeros de tercera clase deben estar a bordo antes de mediodía.

Ella lo mira, esperando palabras que no llegan. Tras un instante de silencio, insiste.

—¿Y piensas viajar solo?

Él la mira, entendiendo y sin atreverse a creer en lo que entiende.

—Solo... Qué remedio tengo...

Ella lo toma por los brazos con fuerza, plantada ante él. Daniel siente que esas manos pequeñas pueden apretar y tal vez golpear, que no están hechas para sostener solamente una aguja.

—¡Me llevas contigo! ¡Yo soy casi rubia, tengo ojos claros si no celestes, mido poco menos de un metro sesenta y cinco y tengo dieciocho años! ¿Acaso hay una fotografía en el salvoconducto?

—Pero... —él atina a balbucir— no estamos casados...

La carcajada de ella resuena en la plaza desierta, parece rodar por la escalinata y despertar un eco en el puerto.

—¡Cómo podríamos estar casados si yo soy ortodoxa y tú judío! Necesitaríamos meses para que un rabino aceptase mi conversión... Además, ¿no dices que en ese país nuevo no importa nada de todo lo que aquí nos esclaviza? ¡Vamos!

Ante la mirada estupefacta de Daniel, ella empieza a girar sobre sí misma, con los brazos extendidos, como un derviche de Anatolia. Sin dejar de reír, repite como una invocación los nombres que ha oído mencionar hace un momento por primera vez.

—¡Buenos Aires! ¡Rosario! ¡Entre Ríos! ¡Santa Fe! ¡Argentina!

Se ríe cada vez más fuerte y no deja de girar.

—¡Yo soy Rifka Bronfman!

* * *

Ciento diez años después, el bisnieto de esa pareja, convaleciente en un hospital de París, recibe una carta de su tía Draifa, de Buenos Aires. “Sintiendo cada día más cerca la hora de partir”, la anciana le cuenta esta historia, secreto de familia que se transmitieron las mujeres, la mayor de cada generación a la mayor de la generación siguiente. Si la tía lo ha elegido a él es porque la lejanía geográfica le parece contribuir a preservar el secreto sin dejar de cumplir la promesa de la transmisión.

Mientras espera los resultados de una segunda biopsia de sus vértebras, deja vagar su memoria hacia las pocas cosas que oyó de niño sobre aquel bisabuelo que nunca conoció, cuyos diez hijos nacidos en la Argentina tuvieron por madre a esa muchacha que una tarde de primavera de 1890 miraba con tristeza los barcos que partían del puerto de Odessa.

Del bisabuelo había heredado una imagen pintoresca de mujeriego, más bien de inconstante, derivada —ahora comprende— de aquel episodio que la tía Draifa le ha revelado con su carta. Pero ¿acaso no era un simple reflejo de sensatez olvidar a una mujer que no se atrevía a cruzar el Atlántico y reemplazarla por otra cuyos coraje y audacia él necesitaba?

De esa bisabuela Rifka, cuyo verdadero nombre ya nadie nunca conocerá, sabe que no le faltaban coraje ni audacia. En 1902, con dos certeros pistoletazos, había bajado a una pareja de gitanos que rondaban la chacra, conocidos como ladrones de niños en la región de Gualeguay. En 1904, después de haber parido un hijo por año, había aceptado un décimo embarazo, contra los consejos del doctor Averbuch, que la había atendido en todos los partos. Dio a luz una niña rubia como ella, con ojos celestes como los suyos, y murió horas más tarde, de fiebre puerperal.

De pronto su bisnieto entiende por qué las mujeres de la familia, al menos las depositarias del secreto, en vez de sentirse orgullosas de esa antepasada, habían transmitido su historia como un saber peligroso, tal vez prohibido. Ninguna noción ridícula, de ilegitimidad o superchería, las había inquietado; pero, según la ley talmúdica, la condición de judío se hereda por la madre, y por lo tanto los diez hijos de aquella unión no lo fueron...

El paciente del hospital, que cuarenta y ocho horas más tarde sabrá cuál puede ser su expectativa de vida, piensa en su padre, en su madre. ¿Dónde se había extinguido, dónde se había recuperado la pertenencia a la raza “elegida”? (La palabra le suena más que nunca rodeada de un halo sombrío, siniestro). Para él, criado fuera de toda religión, esa continuidad no se había expresado en ningún lazo místico, en ninguna tradición consoladora, apenas en ocasionales excursiones gastronómicas. Y, desde luego, en el “rusito de mierda” escuchado en la escuela primaria y en la frecuencia de guardias y limpieza de retretes durante el servicio militar.

Está demasiado cansado como para apiadarse de sí mismo. Su sentimiento va a una persona sin rostro, a aquella Rifka Bronfman, la verdadera, la que prefirió la seguridad ilusoria de su familia y sus amigos. Si había tenido unos veinte años en 1890, habría estado alrededor de los setenta en 1941... ¿Habría muerto en Babi Yar? Si aún vivía en el momento de la invasión alemana, saludada como una liberación del yugo soviético por la mayoría de los ucranianos, ¿habría sido liquidada por un einsatzgruppe de la Wehrmacht, por los SS, o por un grupo nacionalista, tal vez por sus vecinos, tan sonrientes, tan amables, súbitamente enemigos, justicieros celosos de erradicar la mala hierba semita del jardín de la patria?

Piensa también que no tiene hijos, que no conoce a los lejanos hijos de tantos primos dispersos por distintos países, llevados por nuevos vientos de rigor o de miedo. Se le ocurre que nadie le pedirá que rinda cuentas por no haber transmitido la historia. Sin embargo, dos días después obedece a un impulso que no sabría explicar y empieza a escribirla en forma de cuento.

Literatura

Mi tía Ignacia solía empezar la lectura del diario por los avisos fúnebres. Durante años, con suficiencia de adolescente, sonreí ante esa costumbre. Su vida me parecía tan poco novelesca que le negaba la posibilidad de haber adquirido los enemigos cuya desaparición, se supone, es la recompensa siempre postergada, casi siempre frustrada, de ese ejercicio cotidiano.

Muchos años más tarde me descubrí una mañana buscando entre esos anuncios el desmentido de un sueño: la noche anterior había hallado dos veces mi nombre en esa sección, entre los difuntos y, en el mismo aviso, como único deudo. No lo hallé, pero mi alivio fue pronto eclipsado por otro nombre, el de Natalia Safna Dolgoruki.

Esta combinación de sílabas en sí anodinas me produjo el efecto de un acorde con resonancias innumerables. Más allá de las facciones, ya borrosas, de la persona, se me apareció un atropello de imágenes: la mía, todavía joven, las de amigos y lugares de un Buenos Aires difunto, que había creído sepultado más allá de mi memoria, cicatriz apenas visible entre tantas banales arrugas trazadas por el tiempo.

El aviso anunciaba que un servicio religioso conmemoraría esa tarde los diez años de su muerte en la iglesia ortodoxa de la calle Brasil, la misma cuyas cúpulas, tan exóticas en Buenos Aires, veía asomarse entre el follaje como enormes cebollas doradas cuando mi madre me paseaba por el parque Lezama en los primeros años de mi vida.

Así que medio siglo más tarde iba a penetrar por primera vez en una penumbra perfumada por inciensos lejanos, iba a entrever a la luz rojiza de las lámparas colgantes las expresiones ausentes de santos desconocidos, entre los oros del iconostasio...

Al llegar, desde Paseo Colón, ya advertí una incongruencia: las cinco cúpulas coronadas por cruces, una mayor y central, cuatro menores en las esquinas del techo, estaban pintadas de color celeste. ¿Siempre lo habían estado, y yo había superpuesto a su imagen otras más lujosas, que luego conocí? ¿Acaso se trataba de un tratamiento reciente, económico, para reparar el desgaste del dorado original? En el atrio, sobre la pared izquierda, una composición de cerámicas multicolores celebraba el milenio del “bautismo de Rusia (988-1988)”; la fecha reciente de su confección tal vez explicara que, a pesar de respetar la ausencia de toda perspectiva renacentista, esa escena multitudinaria me recordara el arte de las tapas de latas de galletitas.

Al entrar, elegí mantenerme a una distancia que me pareció respetuosa de los únicos tres asistentes que ocupaban la primera fila: a la izquierda, un matrimonio de edad indefinida, vestido con empeñoso decoro; a la derecha, un señor de edad incalculable, menos cuidado en su atuendo, pero con un detalle espléndidamente anacrónico que me lo hizo, de inmediato, un personaje: un pince-nez, sostenido como se debe sobre el hueso de la nariz y del que colgaba una cinta de terciopelo negro. En una segunda inspección, la señora de la pareja que tal vez me había apresurado en considerar un matrimonio también lucía lo suyo: uno de esos pequeños sombreros que los ingleses llaman “pastilleros” (pillbox hats) del que pendía un corto velo, ambos de color violeta.

Bastó que el pope invisible empezara a salmodiar su rezo para que la ausente recobrase la única vida que mi memoria podía devolverle. “La rusa”, como la llamábamos con tanta familiaridad como respeto entre sus amigos argentinos, había sido durante años mi referencia inagotable para una literatura que me apasionaba sin que pudiera abordarla en su idioma original. (¿Tal vez porque no podía abordarla en su idioma original?). Tres tardes por semana, en su minúsculo “dos ambientes” de Caseros y Piedras, yo leía en voz alta, comparándolas, traducciones al castellano, al francés y al inglés, de novelas rusas que ella releía silenciosamente en el original. De vez en cuando emitía una carcajada: los errores, las cautas aproximaciones del traductor merecían, invariablemente, su benevolencia, expresada en un sonoro “¡Pobrrrecito!”, cuya ere se enrulaba gozosamente en su garganta. Procedía, luego, a rectificar la versión sin pedantería; reconocía la dificultad y perdonaba a los culpables con un “tratarrron pero no pudierrron”. Lo más frecuente era que se embarcase en una explicación de contexto que abría insospechadas ventanas sobre la vida de ese continente imaginario que para mí era Rusia.

Podía tratarse del color exacto de la calza que viste el príncipe Hipólito en el capítulo tercero del primer libro de La guerra y la paz, que Tolstoi define como “cuisse de nymphe effrayée”, en francés, tal vez un inasible matiz entre el rosado y el durazno. Podía tratarse de un breve aparte para recordar que los dos perros de Chéjov en la residencia de Melikhovo se llamaban Bromuro y Quinina. También podía ser una sucinta clase de geografía para explicarme dónde estaban Osetia, Daguestán y Chechenia, casi inabordables regiones del Cáucaso, que por entonces eran para mí sólo escenarios del exilio de Pushkin o del “héroe de nuestro tiempo” de Lermontov, sin sospechar que a fin de siglo ganarían notoriedad por sus guerras civiles, mafias rivales y emigración clandestina.

Supongo que los modestos billetes que en la primera reunión de cada mes yo dejaba en un sobre, bajo la bandeja del té que no interrumpía la conversación, sólo alcanzarían para redondear los difíciles fines de mes de esa mujer solitaria que parecía no haber tenido más familia que Turgueniev, Chéjov, Tolstoi, Dostoievski o, como antepasado intocable, Pushkin. (“No se le ocurra intentar leerlo en traducción, sólo se lo puede saborear en ruso”). Natasha Safna no ignoraba a autores más recientes: un día citó a Biely, otro mencionó a Nabokov llamándolo Sirín, el seudónimo con que publicaba en Berlín y París, cuando, entendí, ella lo había conocido por intermedio de su amiga judía Vera Slonim.

El pasado de “la rusa”, aunque tácito, no era impenetrable. Bastaba con no intentar indagar para que dejase filtrar algún atisbo por la prieta trama de la literatura. Una foto que me detuve a mirar sobre la biblioteca suscitó un breve “No es nadie, apenas un primo”. Y, en voz más baja: “Il faisait le danseur au Touquet, en 1932...”. Otra vez corrigió mi noción de Estambul como ciudad cálida: “En invierno nieva mucho sobre el Bósforo...” y para justificar ese conocimiento agregó: “Vivimos allí entre 1920 y 1926”.

Me intrigaba particularmente en ella una tenaz animadversión hacia Inglaterra. Ese encono no le impedía, desde luego, admirar la poesía de Donne y de Keats, que frecuentemente citaba en el original con pronunciación exacta, ni las iglesias de Hawksmoor o la pintura de Gainsborough; pero con igual frecuencia se refería a la “pérfida Albión” con fruición que no atenuaban los cambios de idioma: “la perfide Albion”, “perfidious Albion”... Un día me dijo, con cierto reproche burlón en el tono: “Anglófilo, como tantos argentinos...”. Nunca supe explicarle, aun puerilmente, que para mí la anglofobia era sinónimo de un país de pericón, achuras y divisas punzó que me amenazaba con el “alpargatas sí, libros no” oído en la infancia: un territorio inhóspito sometido a la delación de jefas de manzana, lejos, muy lejos, digamos, de la prosa de un Julio Irazusta.

Fuera de la Rusia impresa y leída, aun en traducciones infieles, sustento de nuestra relación, latía una Argentina que se me antojaba monótona e incolora. En ella se preparaban años terribles, pero su realidad me parecía incomparablemente inferior a aquella ficción. En sus diarios aturdían canallescos militares, crapulosos sindicalistas y dementes guerrilleros, sin que lograsen dejar huella en mi imaginación.

Poco a poco me dejé distanciar de “la rusa” por pequeñeces que hoy me avergüenzan. Su sordera, por ejemplo. Indisimulable, ella creía remediarla con un arcaico audífono cuyas pilas guardaba en un estuche de metal plateado, prendido a modo de joya sobre sus blusas. Por mi parte, me reconozco culpable de embeleso ante una actualidad cuyas figuras y ocasiones hoy me parecen de una desoladora trivialidad. Me enteré de su muerte al volver a Buenos Aires después de un viaje; nunca supe dónde estaba enterrada, qué había sido de sus libros rusos, de sus pobres íconos descascarados.

Una vez terminado el servicio, donde fui el único en no comulgar, ya en la calle, merecí miradas severas, tal vez reprobatorias, en todo caso breves, de los otros tres asistentes. Era claro que para ellos yo era, más que un desconocido, un intruso. Tras despedirse sumariamente, la pareja madura se alejó hacia la calle Defensa, subiendo la cuesta con paso esforzado pero regular; en cuanto al viejo señor, desplegó insospechada energía para atraer la atención de un taxi donde luego se introdujo con cautela. Dos minutos más tarde habían desaparecido de mi vista, volviendo tal vez a la existencia fantasmal de esos émigrés “cuya única esperanza y profesión es su pasado” (Nabokov).

Enfrente, el parque Lezama me pareció menos verde, más polvoriento que en mi recuerdo. Sobre sus graderías de piedra, ahora pintadas de colores chillones, una familia de tez oscura y expresión castigada compartía trozos de pan y rodajas de fiambre, con el papel que los había envuelto por mantel. Más lejos, bajo los árboles, me asaltó un olor dulzón a podredumbre vegetal. Sólo al distinguir a un grupo de hombres y mujeres ya no jóvenes, ataviados con trapos a la vez multicolores y desteñidos, reconocí en ese efluvio la mezcla de patchuli y cannabis tan popular en tiempos de la secta hippie. Estos patéticos sobrevivientes exhibían abalorios que parecían de alambre, vidrio y lata, supongo que para reunir los requisitos que alguna autoridad municipal debía exigir a las llamadas ferias artesanales. Faltaba, eso sí, el necesario interlocutor: alguien dispuesto a comprar tan desganados objetos.

Se me ocurrió que yo había podido pasar una hora entre personajes de otro tiempo y lugar, sí, pero éstos al menos me habían permitido intuir alguna semilla de ficción. No suscitaban compasión sino curiosidad.

Dos días más tarde, los fantasmas golpearon de nuevo a mi puerta: el correo me trajo un pequeño paquete que contenía una carta y un libro. La primera, firmada con un garabato indescifrable, estaba escrita en un francés sumamente formal. Su autor me explicaba que, poco antes de morir, “nuestra amiga Natasha Safna” le había pedido que, si yo llegaba a manifestarme en algún momento, me entregara ese libro. Diez años habían pasado, mi ausencia y mi silencio habían sido indiscutibles hasta dos días antes...

¿Quién era ese hombre que no sólo sabía mi nombre y mi dirección, que también conocía mi cara como para haberme identificado en la iglesia de la calle Brasil? ¿A cuál de los personajes entrevistos aquella tarde correspondía la primera persona, masculina, singular, que redactaba esas líneas?

El libro era la edición de la Everyman’s Library de las poesías de Keats, recuerdo de una época que por haber sido la de mi juventud yo me obstinaba en no considerar lejana, años en que una edición popular inglesa podía ser un volumen encuadernado en tela y con una cubierta digna. El libro se abrió inmediatamente en la página de la “Ode on a Grecian Urn”, bajo la presión de varias hojas dobladas de ese delgado papel que solía usarse en otro tiempo para las cartas enviadas por vía aérea. Estas páginas estaban cubiertas por una letra minúscula, escritas en ruso, y fechadas en el año 1946. Mi modesto conocimiento del alfabeto cirílico no me permitió ir mucho más allá del “Daragoia Natasha Safna”. Por otra parte, el papel, traslúcido y frágil como alas de mariposa, parecía a punto de desintegrarse en contacto con mis dedos. Decidí guardarlo entre hojas de plástico transparente y hacerlo fotocopiar. ¿Quién podría ayudarme? Me atreví a recurrir a Alejo Florín.

Pocos días más tarde, recibí la fotocopia que le había enviado y la traducción siguiente, acompañadas por una tarjeta donde mi amigo me confesaba su temor de no haber sabido captar en castellano “el tono profundamente conmovedor” del texto ruso.

Plattling, en Baviera

Febrero de 1946

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