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CUERPOS AL LíMITE

Federico Bianchini  

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Fragmento

Prólogo
La belleza de un cuerpo en movimiento

Los cuerpos en movimiento tienen algo hermoso, atractivo, irresistible. Hombres y mujeres con la sangre caliente cautivan nuestra atención en la televisión, en el parque y hasta en el semáforo que nos detiene mientras alguien, que podríamos ser nosotros pero no lo somos, pasa pedaleando, esquivando la masa amorfa de autos asándose sobre el pavimento.

Sedentarios, anclados a empleos bajo techo y con temperatura controlada, consumimos las aventuras de aquellos otros que sí están libres. Sin embargo, la literatura se ha mantenido más o menos ajena al llamado de las piernas. Hay historias de guerra, de adulterio, de amor, de intrigas palaciegas, de traiciones, de asesinatos y de muchas otras acciones que son intrínsecas a nuestra especie, pero son muy pocas las que tratan sobre aquello que ocurre cuando encendemos los músculos. Los libros de Bianchini llegan para remediar este faltante. Al rock de mujeres ajenas, de mujeres que nunca existieron, se suma ahora el rock de Bianchini, el rock de los que corren, nadan y pedalean.

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En Federer como una experiencia religiosa, el más brillante de los artículos escritos sobre el tenista suizo, David Foster Wallace habla de la belleza del cuerpo humano en actividad. Dice que la crítica de deportes de hombres por lo general se centra en los aspectos confrontativos, o bélicos, de la contienda: el esfuerzo, la resistencia, la sumisión del oponente. La tesis del texto es que Federer y su tenis —la potencia de su derecha, la elegancia con que responde a un servicio angulado con un revés paralelo que cae pesado, besando el ángulo donde se cruzan las líneas de fondo— nos permiten asomarnos a algo superior, reconciliarnos con el hecho de que los seres humanos tenemos un cuerpo cuyos movimientos pueden ser gráciles, armoniosos. Foster Wallace fue un tenista serio y aplicado en su primera juventud, e intuyo que su canto a Federer es también una manera de encontrar la salida al laberinto en que estaba volviendo su atribulada mente de escritor. Un laberinto que años después lo llevaría a suicidarse. Prender el cuerpo también sirve para apagar el cerebro.

En los textos de Bianchini hay algo de esa búsqueda. La mujer que nada aguantando la respiración porque alguna vez fue obesa y en otro tiempo anémica, y el veterano de Malvinas que corre la distancia de una maratón para llegar al almuerzo de ñoquis con su madre y, luego de la siesta, corre otra maratón para volver a su casa buscan algo más que entrenar los músculos y la resistencia. ¿Qué buscan, entonces? Como en toda la buena literatura, ésa es la pregunta que tensa el hilo de los relatos de Bianchini. ¿Por qué un hombre corre en la Antártida? ¿Por qué otro nada en el Paraná? ¿Por qué un sobreviviente de una operación de bypass se resiste a abandonar las carreras de aventura? ¿Cuáles son los demonios que empujan a esta gente a salir a cansarse, a exigirse a niveles que rozan la autodestrucción? ¿Logran algún tipo de redención? ¿Qué obtienen luego de todo ese sacrificio?

En una entrevista que le hicieron hace algunos años, antes de que se volviera medianamente famoso por ganar una medalla de oro de vela en los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro, Santiago Lange se hizo esa pregunta solo, sin que el periodista se lo planteara. ¿Por qué dedicaba su vida a tratar de recorrer más rápido que sus oponentes un circuito de boyas colocadas en el mar? ¿Cuál era el sentido de aquello que hacía con tanto esfuerzo? La pregunta me pareció sumamente relevante, pero lo curioso es que no recuerdo la respuesta. Es probable que no hubiese una contestación a la altura de aquella pregunta existencial o que no fuera pueril, un poco obvia.

Algo similar ocurre con los textos de Bianchini. Casi nunca es explícito, pero en todos se intuye la tensión subyacente que plantea el interrogante: ¿por qué? El recorrido de la narración, la reconstrucción del personaje, permiten vislumbrar algunas respuestas, intuir las razones, pero nunca encontramos certezas unívocas, o tan contundentes como el enigma que plantea la pregunta original. En esa carencia de definición está gran parte de la virtud del trabajo de Bianchini: construye héroes impulsados hacia gestas titánicas y los acompaña tratando de averiguar cuál es su combustible. Cada tanto nos acercamos a algo parecido a una verdad, pero ésta nunca es definitiva y la respuesta, iluminada y eterna, nos vuelve a eludir.

El escritor Javier Cercas, que como Foster Wallace también jugó al tenis de manera competitiva en su juventud, describe las novelas como narraciones disparadas por preguntas que intentan responderse durante la trama. Para que sean buenas, continúa, estas preguntas deben contener la imposibilidad de ser respondidas, o deben tener respuestas complejas, ambiguas y hasta contradictorias. Ese enigma fundamental, en el que todo adquiere un sentido que apenas se intuye, y cuya forma se vislumbra de a ratos aunque nunca de manera definitiva, es el punto ciego, dice Cercas, el lugar donde la novela se acerca a la elocuencia, balbucea una verdad que no puede ser traducida y trasplantada, que sólo puede ser entendida en la forma en que allí está contada. La pregunta de por qué los héroes de Bianchini hacen lo que hacen, por qué se flagelan el cuerpo nadando, corriendo y pedaleando distancias que no son humanas, es lo que empuja los relatos. Su respuesta, en cambio, apenas se intuye, o se esconde en los pliegos de una memoria, en el instante ese donde el músculo que parece a punto de ceder resiste.

Como el juego de Riquelme, las fintas en Matrix o el mercurio dentro de un termómetro, al acercarse a esos espacios de verdad la narración se ralentiza, se vuelve densa, minuciosa, detallada. Conocemos la biografía de la nadadora con el récord de apnea —cuando casi se desmaya por la anemia, cuando comía hígado a desgano para recuperar su intestino dañado—, pero nada de esto informa tanto sobre qué la empuja como la descripción en la que se explaya Bianchini de los segundos críticos cuando su sangre se espesa luego de nadar más de cien metros bajo el agua sin respirar. En la anatomía de ese instante, para seguir con Cercas, se encuentra la piedra basal del relato. Y la escritura, como los órganos vitales de la protagonista, entra en trance, se vuelve mecánica y al punto, transparente, efectiva, una máquina entrenada para hacer lo que tiene que hacer. El tiempo de la reflexión ya pasó. Ahora es el tiempo de la verdad. Las palabras, como el cuerpo de los atletas de alto rendimiento, se vuelven poesía, ya no piensan, ejecutan.

NICOLÁS CASSESE

¿Cómo se puede engañar a la cabeza?

Hace tres kilómetros que estoy corriendo y siento que no voy a llegar. Tres kilómetros son treinta cuadras: es poco. No me duelen las piernas. No estoy cansado: en la semana suelo correr cinco kilómetros, pero ahora llueve y hace frío y no quiero seguir. Es una sensación extraña: saber que todavía me faltan siete kilómetros, dos veces lo que ya hice y un poco más, envuelto en esta nube neblinosa. Sé que no tengo que pensar así. Que si quiero llegar adonde me propuse debo pensar, por ejemplo, en que sólo me faltan veinte cuadras para la mitad. Tal vez sea la llovizna, o el viento o algo así. Diane van Deren.

Estoy, estamos, vestido de negro: la marca de ropa que auspicia la carrera nos uniformó con remeras que atrás tienen una línea gris y vertical y, delante de mí, veo decenas y decenas de líneas verticales y grises que marchan, más o menos, con la misma velocidad hacia un mismo punto.

“Me gustaría que alguno de los oyentes que en minutos nomás empezarán la carrera de diez kilómetros nos llame y nos diga por qué, en un día frío y ventoso como hoy, deciden ir a sufrir a Puerto Madero”, dijo hace un rato la mujer de la radio con tono impostado.

Tal vez la mejor respuesta, retórica y simple, habría sido: ¿y por qué no? Aunque ninguno vino a sufrir.

Me pongo en la fila y espero que suene la chicharra. El viento levanta un cartel y dos personas tratan de agarrarlo y corren y el cartel vuela, mucho más rápido que ellos, y se pierde entre los árboles.

Al principio, camino. No se puede hacer otra cosa porque la cantidad de gente es demasiada y todos esperamos que el de adelante empiece a correr, pero el de adelante espera lo mismo y camina y el de adelante y así.

Todavía no llueve. Cuando la marea de gente se dispersa, troto.

Hace mucho más frío del que supuse, pero mantengo un ritmo lento, regulo los primeros kilómetros hasta sentirme cómodo y, luego, cuando faltan uno o dos, corro a fondo. Quizás no sea una buena estrategia, pero me asegura poder llegar tranquilo: no busco otra cosa.

Corro para divertirme y en este tipo de carreras, por más que suene extraño, siento una especie de energía que nos envuelve. Miles de personas con el mismo objetivo, un objetivo claramente inútil: salir de un punto y llegar al mismo, pero no por eso menos atractivo. ¿Un sentimiento de comunidad?

Contra lo que uno podría suponer, la llovizna levanta el ánimo. Por qué la garúa se asocia a la épica es algo que no voy a intentar explicar, pero sucede.

Los domingos a la mañana, con este clima, Buenos Aires se detiene: la carrera ayuda, porque varias calles están cortadas.

El Obelisco marca los dos kilómetros. Sigo y, ahora sí, siento que a pesar de estar moviéndome desde hace más de diez minutos, la lluvia deja de ser épica para convertirse en una cortina interrumpida que trata de frenarnos. Tengo frío. No será el de San Petersburgo o la Antártida, pero igual tiemblo. Voy solamente treinta cuadras y ya no puedo seguir. Creo que, mejor, termino con esto. ...