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CUESTIóN DE EDUCACIóN

Inés García-Albi

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Fragmento

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Cuestión de educación

Si tiene usted en las manos este libro es porque el tema de la educación le interesa, le inquieta, le apasiona o le preocupa. Como a mí. Y no solo por ser madre de dos estupendas criaturas, varones ambos y con todo el mundo prácticamente por explorar, sino como ciudadana que lee, atónita, los diarios y le preocupa la deriva de este país en el que he nacido y en el que vivo. Por estas razones he decidido emprender un viaje peculiar, un viaje a la educación española, y compartir mis experiencias sobre el tema. Lo que va a leer a continuación es un diario de ese viaje.

Últimamente, la educación española tiene muy mala prensa, como se refleja en los titulares de los diarios y en las noticias de los informativos. Por no hablar de los recortes, las voces que advierten que la educación pública se va a pique, una reforma nueva que nace para ser abolida cuando cambie de color el gobierno. La educación es un arma ideológica que utilizan unos y otros con el mayor descaro. Lo más llamativo del caso es que la educación solo cope titulares en los medios de comunicación en época de elecciones, de crisis o cuando salen los polémicos informes PISA que nos sitúan en los asientos traseros de la clase europea. Es justo entonces cuando, ¡zas!, todos los políticos se echan las manos a la cabeza y comienzan a acusarse entre sí, que si fue tu ley, que no, que fue la tuya, y los opinadores de turno —una especie muy autóctona, una raza peculiar de hombres y mujeres que hablan de todo, saben de todo, opinan de todo e incluso se insultan y, cuando se les pilla en un renuncio o mentira, se revuelven como gato panza arriba, echan mano de la libertad de expresión y dan por zanjado el tema— se quejan de que los chicos de ahora no leen y que no saben nada de nada. Otra de sus frases favoritas es: «¡Qué sería de los chicos de hoy si les tocase vivir la escuela que nosotros vivimos. Ya verían, ya!».

Recibe antes que nadie historias como ésta

Pero el último estudio de la OCDE, el PISA de los adultos (que, por cierto, le tocó hacer a mi marido y doy fe de su completa evaluación, pues estuvo más de una hora respondiendo y analizando gráficos, etcétera), no les ha dado la razón. Todo parece indicar que los jóvenes de hoy, a pesar de que se mantienen en los furgones de cola, están mejor cualificados que sus mayores. El estudio es revelador y la diferencia entre jóvenes y adultos es una de las mayores, junto a Corea del Sur; pero en el país asiático todos han decidido tirar del carro en la misma dirección y sus jóvenes se encuentran conduciendo el tren en estos momentos, mientras que aquí seguimos con eternos debates sobre la religión, la lengua vehicular o la conveniencia de exámenes, incapaces de llegar a un acuerdo.

De modo que la manida sentencia de cualquier tiempo pasado fue mejor no tiene validez, según las estadísticas. Seguramente la tiene para algunas experiencias personales, pero no es extrapolable al país. Mi madre, sin ir más lejos, esgrime ese argumento con bastante frecuencia. Ella hizo el bachillerato cuando muy pocas mujeres lo hacían (acaba de cumplir ochenta y dos años) y en cuanto tiene ocasión nos recita la lista de los reyes godos que reinaron España desde el siglo V hasta el VIII, cuyos nombres me encantan por su sonoridad: Chindasvinto, Recaredo, Alarico, Recesvinto y Rodrigo, que es el único que permanece en la actualidad (bueno, hace poco conocí a un Recaredo que me contó que es un nombre que heredan de padres a hijos, aunque no me supo decir el tiempo que lleva el ilustre nombre en la familia). Cuando mi madre llega a Rodrigo nos mira orgullosa de su hazaña —como ejercicio de memoria no está mal— y nos echa en cara nuestra falta de conocimiento (y eso que yo estudié la carrera de historia), mientras explica que también estudiaban griego y latín y nos reta —ahora lo hace con los nietos— a aprobar su examen de reválida, instaurado otra vez gracias a la Ley Wert. Hay que reconocer que mi madre y mis tías tienen una vasta cultura, pero también que eran unas privilegiadas. Es decir, como experiencia personal, su tiempo pasado quizá fue mejor en cuanto a la adquisición de cultura, y es verdad que leían mucho, sabían inglés y francés. Mi querida progenitora siempre cuenta, además de los dichos de la madre Caritina, que en el colegio de la Asunción de Barcelona solo fueron tres las que hicieron el bachillerato y ninguna de ellas continuó su formación en la universidad. No se estilaba por aquel entonces, pero ¡si tres de sus vecinas estudiaban en casa con una institutriz y una profesora de piano que las educaba para ser las señoritas que la sociedad esperaba de ellas! Estas señoras, todas muy cultas, estarían en la actualidad engrosando la lista del AET (abandono escolar temprano: los que no continúan estudiando nada después del obligatorio). Pero era otro contexto, otra sociedad, otra concepción del mundo. Se las educaba para desenvolverse en la vida que les habían diseñado. Mujeres de la burguesía preparadas para una vida matrimonial más o menos estable con una vida social más o menos agitada. Básicamente dedicadas al cuidado de su prole. Luego la vida les ha ido dando muchas vueltas, pero la pregunta sobre la que hay que reflexionar es si estamos educando a nuestros hijos para el mundo que les va a tocar vivir. Todo ha cambiado mucho, pero en este país todavía no tenemos claro el modelo que queremos y seguimos con discusiones ideológicas que nada tienen que ver con los resultados académicos y menos aún con el avance hacia una sociedad del conocimiento. El sistema, las evaluaciones internacionales, las pautas de la Comunidad Europea hablan de alcanzar competencias que les ayudarán a moverse por el mundo que les tocará vivir, pero aquí aún no sabemos cómo llegar hasta ellas.

También es verdad que es fácil criticar la educación actual, sobre todo si has nacido en una clase privilegiada, pero no tienes más que rascar un poco y pronto te aparecen personas preparadas cuyos padres no tenían estudios o tenían los mínimos y pronto se ponían a trabajar. La tasa de escolaridad total no se alcanzó en España hasta la década de 1980, a la vuelta de la esquina, y la primera generación que estudió obligatoriamente hasta los dieciséis años salió del horno a finales de la década de 1990. El panorama no puede ser más desolador. Son muchas las voces que se defienden de los malos resultados obtenidos argumentando el retraso histórico del que venimos, pero lo cierto es que se podía haber avanzado más. Lo que ha ocurrido es que en este país nunca —exceptuando durante la Segunda República— se ha apostado por la educación al cien por cien. Desde 1980 se han aplicado en España doce leyes orgánicas sobre educación, incluida la LGE de 1970, que reguló todo el sistema educativo y se aplicó hasta que llegó la LOGSE.

Hace unos años, cuando nadábamos en la falsa abundancia, como se ha demostrado, se podía haber apostado por ella. Pero no. Se apostó por otro modelo y los chavales abandonaban los estudios obnubilados por el dinero fácil, queriendo emular a los tipos jaleados en los medios de comunicación y demás círculos, personajes ostentosos y triunfadores que alardeaban de su riqueza alcanzada sin esfuerzo; todos ellos con un denominador común: su falta de pudor a la hora de admitir su ignorancia o su escasa preparación. Si hay una cosa que me avergüenza de este país es la falta de interés por la cultura o esa actitud condescendiente hacia las personas dedicadas a la cultura por parte de nuestros dirigentes.

No sé si existe otro lugar donde la gente afirme con tanta desfachatez: «Yo es que no he leído un solo libro en mi vida» o «Yo no he leído nunca». Siempre me ha extrañado que, después de semejante afirmación, a la persona que la ha pronunciado no se le caiga la cara de vergüenza. Hace un par de años acompañé a un escritor en su recorrido por las casetas el día de Sant Jordi —la fiesta del libro en Cataluña—, y uno de los taxistas, al enterarse de la profesión de mi acompañante, comentó con esa soberbia de los ignorantes: «¡Ah!, pues yo no leo, y a mi mujer, que le gusta leer, se lo tengo prohibido, porque aprende cosas que no debe. Hace poco se estaba leyendo El capital, de Marx, y se le meten unas ideas en la cabeza que no me gustan. Y eso que yo soy de izquierdas, pero mejor que la parienta no lea». Nos dejó sin habla. Sin embargo, este desdén hacia la cultura no es exclusivo de las clases populares. También puedo contar numerosos ejemplos de miembros de la burguesía —ingenieros, abogados y demás— que confiesan sin rubor que solo se han leído «un libro en su vida... o ninguno». Podría llenar un capítulo entero con esta clase de historias que reflejan el nivel cultural de este país. Mi amiga Cristina me comentaba que en la revista donde trabaja, una revista femenina que habla de cultura (de actualidad cultural más bien) para un público de nivel alto, el mismísimo director de arte alardeaba diciendo: «¡No ha nacido la mujer que me haga leer un libro!».

Estas anécdotas reflejan el absoluto desinterés, e incluso desprecio, hacia la cultura o el conocimiento. Más aún, los intelectuales y la gente que se dedica a la cultura siempre han sido mirados con condescendencia y desapego por gente supuestamente educada, con carrera universitaria y que se desenvuelve bien en la vida, con carreras profesionales impecables. Ellos prefieren que sus hijos no se dediquen a eso. ¡Cuántas carreras frustradas por imposición paterna! Y quien habla de cultura, habla de ciencia, de educación, de interés por el saber, por conocer.

En fin, que el tema educativo en España da para mucho. Lo fundamental sería un cambio de actitud para priorizar la educación del país, de sus ciudadanos: la única manera de que un país crezca. Muchos no lo creen así. Es un proceso continuado cuyos resultados se verán a largo plazo y los políticos no tienen paciencia. Les importa más el éxito inmediato que el futuro del país que dirigen. Tampoco ayuda que algunos empresarios contraten a personas sin cualificar para pagarles menos. A medida que voy escribiendo, más indignada me siento, y más veo la necesidad de empezar el viaje. Mañana, me digo sin falta, porque es cuestión de educación.

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Las cuentas claras

Pero antes de comenzar el viaje a la educación española, mejor hacer números para que no haya lugar a malentendidos. Las cuentas claras y el chocolate espeso, como dicen aquí en mi tierra. Para ir calentando motores, paso a explicar un par de cosas para situarnos.

En España existen tres tipos de colegios (somos así de originales). El primero, el mayoritario, es la escuela pública, que es la que paga el Estado y cuya titularidad es del Estado. Los docentes son funcionarios y cobran del Estado. Exceptuando Ceuta y Melilla, todas las autonomías tienen la competencia de educación, es decir, que depende del gobierno autonómico. Luego tenemos lo que se llama el colegio concertado, es decir, de titularidad privada, pero sustentado con fondos públicos. En su gran mayoría son religiosos, aunque en las grandes ciudades también los hay laicos. El concierto nació con la Ley Orgánica del Derecho a la Educación de 1985 (LODE). Ahí se establecen los derechos y las obligaciones de cada parte contratante en cuanto a régimen económico, duración, prórroga y extinción del acuerdo y demás condiciones de impartición de las enseñanzas. Por ejemplo, los centros tienen la obligación de impartir gratuitamente la enseñanza, dar el currículum escolar oficial, mantener unas ratios alumno/profesor determinadas y aplicar los mismos criterios de admisión de alumnos que los centros públicos, y la administración debe financiar la actividad del centro concertado. La interpretación laxa de este contrato da lugar a muchos conflictos, porque son legión los que incumplen parte del contrato.

Y, por último, están también las escuelas privadas que se sustentan sin ningún tipo de ayuda pública y suelen ser en su mayoría colegios extranjeros (francés, alemán, británico), pero también los hay nacionales. Son la minoría y se encuentran en las grandes ciudades, que es donde tienen clientela.

Las estadísticas no son mi fuerte, ya aviso, pero voy a intentarlo. Todos los datos están en la página web del Ministerio de Educación (www.mecd.gob.es), donde se puede encontrar toda la información. La totalidad de los centros públicos (englobo todo tipo de enseñanza no universitaria) es de 18.855 y el de los concertados y privados (la estadística los junta, lo siento) es de 8.935; en total, son 27.790, que se dice pronto.

Vayamos al número de alumnos que más refleja la diferencia entre ellos. Número de alumnos en etapa no universitaria, 8.006.376. De estos ocho millones, 5.470.312 acuden, o al menos están inscritos, a un centro de titularidad pública, y los 2.536.064 restantes a centros de titularidad privada. En cuanto a porcentajes (sí se especifican las tres), estamos hablando de que un 68 por ciento están en la pública; un 25,4 por ciento en la concertada y un 6,3 por ciento en la privada. En otras palabras, la mayoría de los jóvenes españoles acuden a la enseñanza pública. Hay variaciones entre Comunidades Autónomas. Así, en Madrid, cuyo gobierno ha apoyado claramente a la concertada, los centros de titularidad pública (englobo todos los centros, esto es, educación especial, centros con FP, etcétera) ascienden a 1.643 y los de titularidad privada a 1.663. Dicho de otro modo, la privada aventaja a la pública con veinte centros más.

Hay 664.325 profesores en nuestro país, de los cuales 474.993 trabajan en la pública y 189.332 en la privada. Con los recortes, ese número va bajando.

Vayamos con nuestro lastre, que es el abandono escolar temprano (AET), es decir, los chicos que tiran la toalla después de cumplir mal que bien con la obligatoria. Está claro que la crisis económica ha empujado a muchos a volver a las aulas y ahora se lo piensan dos veces antes de tirar los libros por la ventana. Conseguir trabajo en la construcción y en otros sectores como la hostelería que contratan a gente sin cualificar ya no es fácil, y en pocos años hemos visto cómo la tasa de AET ha caído en varios puntos; ahora estamos levantando un poco la cabeza (pero poco, porque seguimos estando en la cola europea), con un 23,4 por ciento (dato de 2013). Otra vez nos encontramos con diferencias entre Comunidades Autónomas. El País Vasco, por ejemplo, está con una dignísima tasa del 7,7 por ciento. Es una buena noticia que la tasa de abandono escolar vaya disminuyendo, pero lo importante sería que se haya aprendido la lección y que no volvamos a las andadas en nuevas épocas de bonanza económica; es decir, que no se permita que las empresas contraten gente sin un mínimo de estudios y sin cualificar y que se tome conciencia de la importancia de la profesionalidad y la preparación. Las comunidades con mayor abandono son Extremadura, con un 32,2 por ciento, y Baleares, con un 30,1 por ciento. Esta última, cuya renta per cápita ya quisieran para sí otras comunidades, tiene en la hostelería su caballo de batalla. Otro dato interesante es que el gasto público en educación respecto al PIB en España es del 4,97 por ciento (en 2010), frente a la media europea, que es del 5,44, y muy por debajo de Dinamarca, que ostenta un 8,80 por ciento, o nuestra admirada Finlandia, con un 6,84 por ciento. En este aspecto, estamos al mismo nivel que Bulgaria, Croacia e Italia, por ejemplo.

Y ahora vayamos con los resultados del Informe PISA, otro asunto que también, como decía, nos pone de los nervios. Preguntaré por los informes a lo largo del viaje, así que solo adelanto algunos titulares. En la competencia matemática, España se encuentra por debajo de la media de la OCDE (494); la media de la Unión Europea es de 489 y España tiene una media de 484 puntos. Respecto a la competencia lectora, los países de la OCDE están en 496 puntos y nosotros en 488 (si bien hay que decir en nuestro favor que la media europea es de 489) y en competencia científica, la media de los países de la OCDE es de 501, la Unión Europea está en 497 y España en 496. De todas maneras, hay grandes diferencias entre Comunidades Autónomas, y algunas, como Navarra, Castilla y León, Asturias y Madrid, pueden lucir banderín de honor, ya que están muy por encima de la media de la OCDE.

El lector lo observará con claridad en los cuadros que siguen.

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El viaje

Estoy desayunando en Berlanga de Duero, provincia de Soria, donde tengo concertada una entrevista con un señor que sabe mucho de educación. El viaje lo he hecho en coche, así que he tenido tiempo para rememorar mi época de estudiante y compararla con la de mis hijos. Y he recordado el colegio donde estudié EGB; aún me parece estar sintiendo el olor de los pasillos, de la pequeña capilla y del comedor. Visualizo las aulas, enormes, con tres puertas correderas que separaban el A, el B y el C y se unían en un espacio común. Iba contenta a las Esclavas del Sagrado Corazón de Jesús. ¡Menudo nombre! No guardo mal recuerdo de las monjas, no me han dejado ningún trauma. En cuanto murió Franco, la directora se despojó del hábito y fue todo un escándalo. Supongo que entre el cuerpo de religiosas hay de todo, y nuestra directora era de las modernas. No eran malas personas; lo que no sé es si eran buenas maestras. Imagino que unas sí y otras no. Apenas recuerdo sus caras, no me dejaron mucha huella, así que mucho me temo que excelentes maestras no eran. Me enseñaron a leer y a escribir, y es de bien nacida ser agradecida. De la única que me acuerdo nítidamente es de la madre Concepción, que fue mi tutora en cuarto de EGB cuando tenía nueve años. Se ponía roja como un tomate y cuando se enfadaba, que era a menudo, se remangaba y bramaba «Te voy a dar una sopipampa soberana», mientras te ponía el trasero tan rojo como su cara. Yo recibí en una ocasión la tan temida sopipampa. Lo recuerdo como una humillación. Levantarme la falda delante de mis compañeras y ¡zas, zas, zas! No hacía daño, pero humillaba. Tampoco me dejó secuelas. Nunca le di importancia. Ni yo ni mis padres, que seguramente ni se enteraron del asunto o si se lo conté debieron de pensar que la sopipampa me estaba bien merecida. Ahora la hermana Concepción hubiera salido en los titulares de los periódicos porque algún padre la habría denunciado, pero antes las cosas eran así. Mis hermanos iban a los padres agustinos y uno de los curas era temido porque les pegaba en la palma de la mano con una regla. ¡Eso sí debía de doler! Sin embargo, no recuerdo que ningún padre se quejara. Hemos mejorado mucho, los castigos físicos han pasado a mejor vida y si se da alguno, se arma un gran revuelo mediático. Con razón. Las monjas tenían otro defecto que comparten en la actualidad con algunos colegios privados y concertados: si valías, estupendo, pero si no valías o no te adaptabas, lo mejor era que te largaras porque molestabas. En ningún caso recibías ayuda ni nada por el estilo. Te invitaban a irte para que no les bajaras la nota o les causaras problemas. A mis monjas la media les daba igual. No había competencia entre colegios porque éramos la generación del baby boom y sobraban niños. Éramos tantas (tres o cuatro líneas por curso y cada curso era de cuarenta a cuarenta y dos chicas: una locura) que era imposible saber de qué pie cojeaba cada una. Otro aspecto positivo respecto a antaño es que la ratio ha disminuido en cada clase, si bien ahora, con los recortes, está aumentando otra vez, lo cual constituye un grave error, porque una de las claves del éxito son las clases pequeñas y la enseñanza personalizada. Y no es que lo diga yo, todos los expertos coinciden. En este caso, menos es más.

Quisiera puntualizar que no todos los colegios privados o concertados funcionan de esta manera, aunque sí la gran mayoría. Al colegio de mis hijos llegan cada año unos cuantos rebotados de esos centros mal llamados de prestigio o excelencia. Me indigna, no porque lleguen, sino porque discrepo totalmente del concepto de pedagogía de esos colegios, que, para colmo, encabezan las listas de los mejores del país, y la mayoría de los cuales se nutren de los fondos públicos, cuando deberían ser los últimos en recibir ayudas.

Sigamos con mi historia. Dejé las monjas al terminar EGB. Mi madre me preguntó si quería seguir en el colegio o ir al instituto. Y opté, creo que sin dudar, por cambiar e ir al instituto. Reconozco que no me importó mucho dejar mi rutina escolar, e hice el cambio al instituto sin mayores problemas. Cuando comencé el BUP fue como si hubiera entrado en otro mundo, en otro país, ¡tan diferente era del colegio! Primero porque había chicos, lo cual tengo que decir que no me impresionó lo más mínimo, ya que en mi casa éramos cuatro chicas y tres chicos y siempre había amigos de todos, así que el elemento masculino lo sorteé fácilmente. Hoy en día todos los colegios, excepto los del Opus y algún otro, son mixtos. En eso también hemos mejorado. Estos últimos justifican la educación diferenciada por cuestiones de maduración intelectual entre niños y niñas, pero de todos es sabido que se debe a sus creencias religiosas; dependiendo del color del gobierno, sale a la palestra quitarles el concierto. Los menos se atreven (en Andalucía), los más no. Seguimos y seguiremos con la discusión in saecula saeculorum, porque cuando en España se toca la Iglesia, se arma la de San Quintín. Una educación en un ambiente diverso es sin duda un valor añadido.

Continúo con mi viaje a tiempos pasados; ¿los profesores eran mejores? Había de todo, como ahora. Desde luego, no teníamos tutorías, ni se hablaba de nuestros problemas, ni nada de eso. Llegaban, daban clase y se iban. Y ahora con eso no basta. Está claro. Eran profesores que instruían, transmitían conocimientos —no todos— y punto. Y si ponían muy difícil la asignatura, pasaban a engrosar la lista de profesores genios. Yo tuve que enfrentarme a uno de ellos, el de matemáticas de BUP. Le llamaban el KAO, quizá porque nos dejaba fuera de juego tras una hora con él. Creo que nadie entendía sus clases: pensaba que estaba en la universidad y llenaba la pizarra con una caligrafía preciosa, eso sí, de fórmulas que nunca explicaba. Imagino que el hecho de hacer su asignatura tan enrevesada y difícil fue lo que le dio fama de sabio. Pero en realidad lo único que consiguió fue que odiásemos las matemáticas. Estoy segura de que no hay muchos matemáticos entre sus alumnos. Yo, como la mayoría de mis compañeros, aprobamos ejercitando la memoria, pero puedo asegurar al lector que hoy no me acuerdo de nada y me confieso incapaz de resolver una integral. Temo el momento en que se acerque mi hijo pidiendo ayuda con las mates o la física (otra mala profesora en mi vida), y tenga que reconocer ante él que no me acuerdo o esgrimir aquello tan manido de «Pregúntale a tu padre, que yo soy de letras». Para mi descargo, diré que jamás en mi vida cotidiana me he visto en la tesitura de tener que resolver derivadas e imagino que, si mis hijos son hábiles con la asignatura, seguiré en el mismo estado de ignorancia. Esa manía de complicar las cosas para labrarse fama de sabio es muy propio de este país. Marcos, mi marido, siempre cuenta que cuando volvió a Barcelona tras estudiar la carrera y el doctorado en Gran Bretaña, lo invitaron a dar una charla en la universidad y le dieron el siguiente consejo: «Lo mejor es que comiences la charla con un tono pedagógico y al terminar subas mucho el nivel, que no te entiendan, así todo el mundo creerá que eres un genio y te ofrecerán más conferencias». Es decir, justo lo contrario de lo que se hacía en Gran Bretaña, en su universidad, una de las mejores del mundo; si los estudiantes o asistentes a las charlas o clases no entendían significaba que eras un mal profesor y no volvías a tener oportunidad de dar clase.

Pero no todos los profesores que me tocaron en gracia fueron como el KAO. En mi curso varios optamos por la carrera de historia gracias a Jaime, que supo mostrarnos lo apasionante de la materia. No recuerdo al profesor de literatura, pero sí todos los libros que me hizo leer, entre los cuales figuraban El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha y casi todos los clásicos de la literatura española y alguno de la francesa, como Balzac y Molière. En mi experiencia vital, la enseñanza pública y laica gana a la concertada religiosa. Hay mucho debate en España con esta dualidad, pero los resultados del PISA se refieren a las dos escuelas. Son problemas comunes al paciente, la escuela en general. Los síntomas son los mismos.

El viaje hasta Berlanga de Duero ha resultado ser una delicia; la provincia de Soria tiene mucho que mostrar en todos los sentidos. En Soria capital recordé que Antonio Machado enseñaba francés en el instituto a principios del siglo XX. ¡Quién hubiera tenido un profesor como Machado! El poeta también dio clases a obreros de manera altruista en la Escuela de Artes y Oficios de la capital soriana. En Burgo de Osma he parado frente a la estatua al maestro. Soria es conocida como la Finlandia española por sus buenos resultados en el PISA y otras pruebas de evaluación. Castilla y León sale también bastante favorecida en las fotos internacionales. Me quedan pocos kilómetros hasta Berlanga de Duero. El paisaje es de una gran belleza, una carretera perdida en medio de la nada, y no es extraño cruzarte con algún corzo despistado. Prometo traer a mis hijos de visita. Me temo que es una parte educativa, la de los viajes en familia parando para ver monumentos, museos, naturaleza, que se ha olvidado en muchos hogares y también en las escuelas. Le pregunto a mi sobrina Carmen, que cursa tercero de la ESO en Madrid, sobre sus salidas culturales. Va a un concertado religioso. Este año, me confiesa, han visitado Salamanca en una excursión de un día; y luego la profesora de música se portó bien y les llevó a un concierto de música clásica y otro de rock. Parecen pocas. Todos sabemos por experiencia que aprender sobre el terreno es mejor, pero eso no es solo una labor de la escuela, sino también de los padres. Llamo a Álex Chico, poeta y profesor de literatura de un instituto a las afueras de Barcelona, y le pregunto por sus excursiones. «El año pasado, que era el aniversario de la muerte de Machado, organicé con los chavales una salida a Colliure, donde está enterrado el poeta. La visita daba para hablar del exilio, del grupo de poetas de los años cincuenta que fueron a hacerle un homenaje, etcétera.» «Una idea estupenda», le digo con entusiasmo. «Estupenda hasta que ves todos los papeles que debo rellenar para poder hacerla. Se te quitan las ganas», me contesta. Las salidas, según mi sobrina, dependen del profesor y del curso. «Si tienes un profesor entusiasta como la de música, no hay problema, pero si te toca uno perezoso no ves nada.» Me choca, por ejemplo, que, viviendo en la capital, en toda su vida escolar no haya ido a visitar el Museo del Prado o el Reina Sofía. He llamado al Museo del Prado y he preguntado por las visitas. En la página siguiente se reproduce el cuadro que me han enviado.

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La visita al Museo del Prado debería ser obligatoria al menos para todos los escolares de la Comunidad de Madrid. ¿Cómo puede ser que teniendo esa pinacoteca que dice tanto de la concepción del mundo, de la historia de este país, de tantas cosas, no sea de obligada visita? Mis sobrinas mayores, que viven en Bilbao, tampoco han ido al Guggenheim con el colegio. Es increíble el poco interés que hay por la cultura. En cambio, las más pequeñas sí que han ido. ¿Será debido a los primeros síntomas de cambio o simplemente el colegio de mis sobrinas pequeñas tiene más inquietudes culturales? Ojalá sea lo primero, pero no soy muy optimista al respecto. Hay muchas señales que indican lo contrario.

El otro día recibí un mail de Pilar, una amiga de mi cuñada (he puesto a la familia a trabajar para mi viaje), contándome las burlas que aguantaba de sus compañeros de oficina. Pilar tiene su rutina diaria en una sucursal bancaria donde a todos sus compañeros se les presupone una educación superior. Comentó con ellos que había llevado a sus hijos (de diez y doce años) a la exposición del museo Thyssen y que les había encantado. «Bueno, bueno... no te imaginas lo que tuve que escuchar, que menudos cerebrines me iban a salir, que menuda madre tan aburrida. Aguanté estoicamente, pero me dio pena», escribía quejosa.

Nosotros viajamos mucho en coche: Barcelona está un poco alejada de mi vida pasada, de la familia en Bilbao, de los amigos en Madrid y de los veraneos en el pueblo de Valladolid. Si no hacemos en cada viaje setecientos kilómetros no hacemos ninguno. Paramos bastante, cogemos carreteras secundarias, vamos lentos, no tenemos prisa. ¿Por qué hay que tenerla? Paradas intermitentes, una iglesia románica aquí, una ribera en explosión primaveral perfecta para un picnic allá. Lo hacemos porque mis padres lo hacían con nosotros. Mi padre se desviaba de la nacional porque a treinta kilómetros vendían unas aceitunas sabrosísimas y para allá que íbamos o parábamos a ver el castillo de turno. Algo queda de todo aquello, al menos la inquietud de conocer, de ver. Imagino que ahora se hace menos por las prisas y porque las autopistas no invitan a los viajes relajados. Además, ahora contamos con la ayuda inestimable a la formación y a la curiosidad infantil de la industria del automóvil, que ha incorporado DVD en los asientos traseros para que los niños no molesten, no miren el paisaje, no les entren ganas de hacer pis, no pregunten por el tipo de árbol o qué señal han visto. Nada. ¡Calladitos están mejor! Viajar es una forma de educar, de aprender, de formar.

Quedan cinco minutos para mi cita educacional. Me despido con la respuesta de Kant a la pregunta «¿Qué es educación?». Sapere aude, que quiere decir: «Conócete y atrévete a conocer, haz las cosas por ti mismo».

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El espejo retrovisor

Quizá debiera disculparme por contar mi vida escolar, que imagino debe de interesar muy poco al lector, pero creo que hablar del pasado es básico. Es importante conocer de dónde venimos para comprender dónde estamos y tener una perspectiva global. Cuando inicié este viaje, me acordé de una profesora de historia moderna de la universidad que siempre nos repetía: «Recuerden ustedes que del pasado de nuestro país se pueden extraer lecciones que nos ayudarán a entender el presente». Y con esta premisa nos hablaba del poder político y económico de la Iglesia en tiempos de Felipe III, e íbamos comprendiendo que todo tiene una explicación, un referente en el pasado, y que es bueno conocerlo para entender el presente, aunque este sea otro mundo. Muchos historiadores afirman que los políticos deberían consultarles y no les falta razón. Así que he viajado en busca del pasado, el pasado de nuestra historia educativa. Como no es mi propósito escribir una tesis doctoral, proporcionaré al final del libro una lista bibliográfica por si el lector desea ampliar conocimientos. Porque como casi todo en este mundo, una vez que metes las narices en un tema, encuentras cosas apasionantes; en este caso, la historia de algunos pedagogos y maestros del Renacimiento, sus ideas, nociones que hoy llevamos todos grabadas y de las que nadie duda, pero que en su día fueron novedosas, vanguardistas, sobre todo en el cuidado y la educación de los niños; la evolución del concepto de infancia o la cambiante arquitectura de las escuelas. Todas estas cuestiones las dejo en manos de los historiadores de la educación, profesionales que dedican su vida a ello, como, por ejemplo, Agustín Escolano Benito, que vive a caballo entre Valladolid y Berlanga de Duero.

Berlanga de Duero es una preciosidad. Una localidad que habla de la historia de España en su época de esplendor: castillos, colegiatas, palacios. Castilla dominaba por aquel entonces el mundo conocido. Aquí vio la luz fray Tomás de Berlanga, obispo de Panamá y descubridor de las islas Galápagos (en la pared de la fantástica colegiata de Santa María del Mercado cuelga un caimán disecado casi en las últimas que trajo fray Tomás de sus viajes), y aquí también nació nuestro protagonista de hoy: Agustín Escolano Benito, catedrático de Historia de la Educación de la Universidad de Valladolid, la persona que me ha traído de viaje hasta aquí. Escolano fundó el Centro Internacional de la Cultura Escolar (CEINCE) en un formidable palacio renacentista del siglo XVI que perteneció al padre del comunero Juan Bravo. El CEINCE es su proyecto, su ilusión, un intento por difundir la cultura escolar. Me reciben Agustín y su encantadora mujer, Puri, pedagoga, formadora de profesorado que me muestra los fósiles recogidos en sus paseos campestres. El palacio y sus jardines son impresionantes y están cuidados con esmero. En el patio renacentista mantienen una exposición permanente sobre la historia de la escuela, sus materiales, manuales y técnicas didácticas. Allí me reencontré con las regletas de colores con las que aprendí las unidades, decenas y centenas, hoy ya desaparecidas, y otras herramientas diversas. La visita merece la pena para comprender la evolución de la escuela. Los instrumentos han cambiado, pero la dinámica sigue siendo la misma: el profesor frente a los alumnos en un aula y todo por aprender, por estudiar, por comprender. Prepararse para el mundo y el tiempo que le ha tocado a uno vivir. En la antigua Roma eran fundamentales la oratoria, los textos clásicos; en la Edad Media, los textos religiosos, la historia sagrada. Pero desde siempre se han estudiado las letras, la lectura, la escritura, los números, el cálculo.

Hace unos meses, en el inicio del curso escolar, oí a una madre en el autobús intentando consolar a su hija en su primer día de colegio. La madre le decía que ese año iba a aprender la cosa más importante de su vida. La niña no estaba muy convencida y seguía sollozando, pero le pudo más la curiosidad y preguntó con la voz quebrada qué cosa era. Su madre le contestó: «Este año aprenderás a leer». A la niña el argumento no la convenció y retomó los sollozos, ella quería seguir protegida en su casa jugando con sus cosas. Seguramente lo entenderá cuando sea mayor, o quizá no. Leer ya forma parte de nuestra historia personal, de nuestra historia como civilización. Cuando sabes leer y escribir, es difícil imaginar cómo sería la vida sin esas dos herramientas fundamentales. Yo no recuerdo cuándo comencé a leer, pero la madre del autobús tenía razón; la lectura es lo más importante que se aprende en la escuela, es lo que nos permitirá comprender el mundo, ayudarnos a tener opinión, a reflexionar, a conocer otras ideas, a conseguir un espíritu crítico. Tanto es así, que no me extraña que Doris Lessing defendiera la lectura como un acto de rebeldía.

Uno de los tesoros del CEINCE es su imponente biblioteca. Cuenta con varios espacios y todos los manuales habidos y por haber de nuestra historia escolar. Desde lo que estudiaban los niños de finales del siglo XIX, pasando por los manuales de buenos modales y conductas para señoritas de principios del XX, nuestros manoseados manuales de matemáticas de Santillana o el espléndido Senda de literatura, hasta llegar a los nuevos manuales de educación para la ciudadanía que caen del currículum con la nueva ley del gobierno del PP. El número de volúmenes, que crece cada mes, es de unos cincuenta y cuatro mil. Lo paso genial buceando en la biblioteca. Toparte con joyas como el Arte de enseñar a leer y escribir, de 1565 (cartilla del humanista Juan de Robles dedicada a la marquesa de Berlanga para que enseñara a leer con ella a su hijo, Íñigo Fernández de Velasco, futuro condestable de Castilla), produce una emoción difícil de explicar.

Agustín Pérez Escolano es un referente en educación tanto dentro como fuera de España. De hecho, los dos días que permanezco en Berlanga comparto tiempo, inquietudes y la sabiduría del catedrático con Norma Ramos, una joven mexicana que escribe su tesis doctoral sobre los manuales de la infancia en el México de finales del siglo XIX y principios del XX, muchos de los cuales eran españoles o de influencia española. Para ella, Agustín es un referente académico importante y lo escucha admirada y boquiabierta. Es su maestro. Por el CEINCE pasan muchos estudiantes de diferentes nacionalidades rastreando en los manuales que atesora la biblioteca auspiciada por Agustín. No salgo de mi asombro ante la cantidad de gente que se dedica al estudio de la historia de la educación y me dejo llevar por la pasión de ambos. Comparto la alegría de Norma cuando encuentra un compendio de la época de la independencia mexicana: la lista de los reyes españoles no tiene desperdicio y refleja el uso que hacen las autoridades de la enseñanza; cada rey con su adjetivo correspondiente: ladrón, tonto y otras lindezas parecidas.

Agustín estudió magisterio. En aquellos tiempos, a principios de la década de 1960, si querías continuar una carrera universitaria tras magisterio, la única salida posible era pedagogía, una disciplina cuya facultad nació en 1932 durante la Segunda República con el objetivo de preparar a los directores y formar pedagógicamente a los maestros. La educación fue uno de los pilares de la Segunda República, ...