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CUJO

Stephen King  

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Fragmento

 

 

 

 

Érase una vez, no hace mucho tiempo, un monstruo que llegó a la pequeña ciudad de Castle Rock, estado de Maine. Mató a una camarera llamada Alma Frechette en 1970, a una mujer llamada Pauline Toothaker y a una estudiante de la escuela secundaria, llamada Cheryl Moody, en 1971; a una preciosa muchacha llamada Carol Dunbarger en 1974, a una profesora llamada Etta Ringgold en otoño de 1975; y, finalmente, a una maestra de escuela primaria llamada Mary Kate Hendrasen a principios del invierno de aquel mismo año.

No era un hombre lobo, un vampiro, un espíritu demoníaco ni una criatura innominable del bosque encantado o de los yermos nevados; era simplemente un agente de policía llamado Frank Dodd con problemas mentales y sexuales. Un buen hombre llamado John Smith descubrió cómo se llamaba, merced a una especie de magia, pero, antes de que pudieran capturarle —tal vez fuera mejor así—, Frank Dodd se quitó la vida.

Hubo un poco de conmoción, claro, pero en aquella pequeña ciudad hubo sobre todo regocijo, porque el monstruo que había turbado tantos sueños había muerto, había muerto por fin. Las pesadillas de una ciudad quedaron enterradas en la tumba de Frank Dodd.

Y, sin embargo, en una época tan ilustrada como la nuestra, en la que tantos padres son conscientes del daño psicológico que pueden causar a sus hijos, debió de haber sin duda en algún lugar de Castle Rock un progenitor —o tal vez una abuela— que tranquilizó a los niños diciéndoles que, como no se andasen con cuidado, como no se portaran bien, Frank Dodd se los llevaría. Y sin duda debió producirse el silencio mientras los niños miraban por las oscuras ventanas y pensaban en Frank Dodd, con su lustroso impermeable negro de vinilo, en Frank Dodd, que había estrangulado... y estrangulado... y estrangulado.

Está ahí fuera, puedo oír susurrar a la abuela mientras el viento silba por el conducto de la chimenea y resuella alrededor de la tapadera de la vieja marmita encajada en el quemador de la cocina. Está ahí fuera y, si no sois buenos, puede que veáis su cara, mirando por la ventana de vuestro dormitorio cuando todo el mundo en la casa esté durmiendo menos vosotros; puede que veáis su rostro sonriente, mirándoos desde el armario en mitad de la noche, con la señal de STOP que tenía en alto cuando ayudaba a los niños a cruzar la calle, en una mano, y la navaja que utilizó para matarse en la otra... por consiguiente, sssss, niños... sssss... sssss...

No obstante, para la mayoría de la gente, el final fue el final. Hubo pesadillas, desde luego, y niños que permanecían en vela, desde luego, y la casa vacía de Dodd (ya que su madre sufrió poco después un ataque y murió) adquirió rápidamente la fama de ser una casa habitada por fantasmas y la gente la evitaba; pero todo ello fueron fenómenos pasajeros... los efectos secundarios tal vez inevitables de una cadena de asesinatos absurdos.

Sin embargo, pasó el tiempo. Cinco años.

El monstruo se había ido, el monstruo había muerto. Frank Dodd se estaba convirtiendo en polvo en el interior de su ataúd.

Solo que el monstruo nunca muere. Hombre lobo, vampiro, espíritu demoníaco, criatura innominable de los yermos. El monstruo nunca muere.

Regresó de nuevo a Castle Rock en el verano de 1980.

 

 

Tad Trenton, de cuatro años, se despertó una madrugada no mucho después de medianoche en mayo de aquel año, con necesidad de ir al lavabo. Se levantó de la cama y se encaminó medio dormido hacia la blanca luz que penetraba como una cuña por la puerta entornada, bajándose ya los pantalones del pijama. Orinó durante una eternidad, tiró de la cadena y volvió a la cama. Subió la colcha y fue entonces cuando vio a la criatura en su armario.

Agazapada en el suelo estaba, con sus enormes hombros sobresaliendo por encima de su cabeza ladeada y sus ojos parecidos a pozos de ámbar incandescente... una cosa que hubiera podido ser medio hombre y medio lobo. Y sus ojos le siguieron cuando se incorporó con un hormigueo en el escroto, el cabello de punta y el aliento como un tenue silbido invernal en la garganta; unos ojos enloquecidos que se reían, unos ojos que prometían una horrible muerte y la música de los gritos que no se oían; algo en el armario.

Oyó el ronroneo de su gruñido; percibió el olor de su dulzón aliento de carroña.

Tad Trenton se cubrió los ojos con las manos, respiró entrecortadamente y gritó.

Una exclamación en voz baja en otra habitación: su padre.

Un grito asustado de «¿Qué es eso?» desde la misma habitación: su madre.

Sus pasos, corriendo. Cuando entraron, miró por entre los dedos y lo vio allí en el armario, gruñendo, haciéndole la espantosa promesa de que tal vez vinieran, pero de que se irían sin duda y, cuando se fueran...

Se encendió la luz. Vic y Donna Trenton se acercaron a su cama, intercambiándose una mirada de preocupación por encima de su rostro blanco como la tiza y sus ojos desorbitados, y su madre dijo... no, gritó con irritación:

—¡Ya te dije que tres perros calientes eran demasiado, Vic!

Y después su papá se sentó en la cama, el brazo de papá alrededor de sus hombros, preguntándole qué ocurría.

Tad se atrevió a mirar de nuevo la puerta abierta del armario.

El monstruo se había ido. En lugar de la bestia hambrienta que había visto, vio dos montones desiguales de mantas, ropa de cama de invierno que Donna aún no se había tomado la molestia de subir al tercer piso de la vivienda aislado del resto de la casa. Los montones de ropa se encontraban sobre la silla en la que Tad solía subirse cuando necesitaba algo del estante superior del armario. En lugar de la peluda cabeza triangular, ladeada en una especie de inquisitivo gesto depredador, vio su osito de felpa sobre el más alto de los dos montones de mantas. En lugar de unos hundidos y funestos ojos de color ámbar, vio los amables globos de cristal marrón desde los que su osito contemplaba el mundo.

—¿Qué ocurre, Tadder? —volvió a preguntarle su papá.

—¡Hay un monstruo! —gritó Tad—. ¡En mi armario!

Su mamá se sentó a su lado; ambos le abrazaron e intentaron tranquilizarle todo lo que pudieron. A continuación tuvo lugar el ritual de los padres. Le explicaron que no había monstruos, que simplemente había tenido una pesadilla. Su mamá le explicó que las sombras podían parecer en ocasiones aquellas cosas feas que a veces enseñaban en la televisión o en las historietas ilustradas, y papá le dijo que todo estaba bien y en orden, que nada en aquella buena casa podía hacerle daño. Tad asintió y se mostró de acuerdo en que sí, aunque sabía que no.

Su padre le explicó que, en la oscuridad, los dos montones desiguales de mantas se le habían antojado unos hombros encorvados, que el osito le había parecido una cabeza ladeada y que la luz del cuarto de baño, reflejada en los ojos de vidrio de su osito, había hecho que estos parecieran los ojos de un animal vivo.

—Verás —le dijo—. Mírame bien, Tadder.

Tad miró.

Su padre tomó los dos montones de mantas y los colocó al fondo del armario de Tad. Tad pudo oír el suave sonido metálico de las perchas, hablando acerca de papá en el lenguaje propio de las perchas. Resultaba divertido y sonrió un poco. Mamá captó su sonrisa y le sonrió a su vez, más tranquila.

Su papá emergió del interior del armario empotrado, tomó el osito y lo colocó entre los brazos de Tad.

—Y ahora, lo último aunque no lo menos importante —dijo papá, haciendo un ceremonioso gesto y una reverencia que provocaron la risa tanto de Tad como de mamá—. La chilla.

Cerró firmemente la puerta del armario y después colocó la silla contra la puerta. Cuando regresó junto a la cama de Tad, papá estaba todavía sonriendo, pero sus ojos mostraban una expresión seria.

—¿De acuerdo, Tad?

—Sí —dijo Tad, y después se obligó a sí mismo a decirlo—. Pero estaba allí, papá. Yo lo he visto. De veras.

—Tu imaginación ha visto algo, Tad —dijo papá mientras su mano grande y cálida acariciaba el cabello de Tad—. Pero no has visto un monstruo en el armario, un monstruo de verdad. No hay monstruos, Tad. Los hay tan solo en los cuentos y en tu imaginación.

Él miró de su padre a su madre y viceversa... sus grandes y queridos rostros.

—¿De verdad?

—De verdad —dijo su mamá—. Ahora quiero que te levantes y vayas a hacer un pipí, como un chico mayor.

—Ya lo he hecho. Por eso me he despertado.

—Bueno —dijo ella, porque los padres nunca te creen—, pues dame ese gusto, ¿te parece?

Y entonces él fue y ella le miró mientras hacía cuatro gotas y le dijo sonriendo:

—¿Lo ves? Tenías ganas.

Resignado, Tad asintió. Regresó a la cama. Le arroparon. Aceptó besos.

Y, mientras su madre y su padre se encaminaban de nuevo hacia la puerta, el temor le envolvió de nuevo como una fría capa llena de bruma. Como un sudario que apestara a muerte irremediable. Oh, por favor, pensó; pero no hubo más, simplemente eso: Oh, por favor oh por favor oh por favor.

Tal vez su padre captó su pensamiento porque Vic se volvió con una mano en el interruptor de la luz y repitió:

—No hay monstruos, Tad.

—No, papá —dijo Tad porque, en aquel instante, los ojos de su padre le parecieron nublados y lejanos, como si necesitara que le convenciesen—. No hay monstruos. Excepto el de mi armario.

La luz se apagó.

—Buenas noches, Tad.

La voz de su madre le llegó leve y suavemente y, en su imaginación, él le gritó: ¡Ten cuidado, mamá, se comen a las señoras! ¡En todas las películas cogen a las señoras, se las llevan y se las comen! Oh por favor oh por favor oh por favor...

Pero se habían ido.

Y entonces Tad Trenton, de cuatro años, se quedó tendido en la cama, todo alambres y rígidos tensores del Erector Set. Se quedó tendido con los cobertores subidos hasta la barbilla y apretando con un brazo el osito contra su pecho, y allí estaba Luke Skywalker en una pared; había una ardilla listada de pie sobre una licuadora en otra pared, sonriendo alegremente (SI LA VIDA TE OFRECE LIMONES, ¡HAZ LIMONADA!, estaba diciendo la descarada y sonriente ardilla); había toda la abigarrada tropa de Sesame Street en una tercera: Big Bird, Bert, Ernie, Oscar, Grover. Tótems buenos; magia benévola. Pero, ¡oh, el viento del exterior, chillando sobre el tejado y patinando por los negros canalones! Ya no podría dormir esa noche.

Sin embargo, poco a poco, los alambres se desenredaron y los rígidos músculos del Erector Set se relajaron. Su mente empezó a perderse...

Y entonces un nuevo grito, este más cercano que el viento nocturno del exterior, le devolvió a un angustioso estado de vela.

Los goznes de la puerta del armario.

Criiiiiiii...

Un leve sonido, tan agudo que tal vez solo los perros y los niños pequeños despiertos por la noche hubieran podido oír. La puerta de su armario se estaba abriendo lenta e inexorablemente, una boca muerta, abriéndose en la oscuridad, centímetro a centímetro.

El monstruo estaba en aquella oscuridad. Estaba agazapado en el mismo sitio de antes. Le sonreía y sus enormes hombros asomaban por encima de su cabeza ladeada y sus ojos tenían el brillo del ámbar, llenos de insensata astucia. Te dije que se irían, Tad, le susurró. Siempre lo hacen al final. Y entonces yo puedo volver. Me gusta volver. Tú me gustas, Tad. Ahora volveré todas las noches, creo, y todas las noches me acercaré un poco más a tu cama... y un poco más... hasta que una noche, antes de que puedas llamarles a gritos, oirás algo rugiendo, algo rugiendo justo a tu lado, Tad, y seré yo y me abalanzaré sobre ti y entonces te comeré y estarás en mí.

Tad contempló a la criatura de su armario con drogada y horrorizada fascinación. Había algo que... casi le resultaba familiar. Algo que casi conocía. Y eso era lo peor, el casi conocerlo. Porque...

Porque estoy loco, Tad. Estoy aquí. Siempre he estado aquí. En otros tiempos me llamaba Frank Dodd y mataba a las señoras y a lo mejor hasta me las comía. Siempre he estado aquí, me quedo cerca, mantengo el oído pegado al suelo. Soy el monstruo, Tad, el viejo monstruo, y muy pronto me apoderaré de ti, Tad. Mira cómo me estoy acercando... y acercando...

Tal vez la cosa del armario le estaba hablando con su propio aliento sibilante o tal ve

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