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DAME UN AñO DE TU VIDA

María Border  

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Fragmento

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Penguin Random House

Para Macarena, Rocío, José y Pablo,

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mis amores

Creemos que el futuro será la consecuencia de nuestras decisiones, hasta que comprendemos que, en realidad, somos parte de una cadena de causas y efectos que el universo planeó con antelación.

PREFACIO

En el subsuelo de su casona de San Isidro Donato Neri hizo girar la butaca de la sala de cine, encendió el reproductor y tomó asiento. Cuarenta años de sacrificios no fueron suficientes y había llegado la hora de sepultar definitivamente el pasado para lograr la meta. No pretendía conmoverse sino reafirmar su decisión porque el estigma perduraba y el reloj de su paciencia se había detenido.

Se sirvió un trago para despedir al hombre que, nuevamente, había recurrido a él pidiendo ayuda. Se restregó los ojos, irritado porque las responsabilidades otra vez lo obligaban a enlodarse.

Desde la pantalla, la mirada tímida de Delia le recordó el fastidio que le produjo casarse con la mujer que, antes del primer aniversario, dio a luz a Vera cuando él necesitaba un primogénito, un varón, un macho al que educar con la garra con que lo adiestró su padre, el tano Neri.

Descabezó el habano antes de hacerlo rodar sobre sus labios para encenderlo. No se había sentado a revisar el pasado para enternecerse, sino para resaltar los motivos por los que pondría en funcionamiento el plan; pero la mente jugó sus cartas y los recuerdos emergieron trayendo a su primera esposa enfundada en el delicado vestido blanco, con la mirada oculta tras el velo del tocado, insegura, inexperta, temerosa. Dio una calada, saboreó el tabaco y exhaló. Delia, hija única del capo Berardi, no había demostrado la calidad de su sangre napolitana ni siquiera en la cama, pero el dinero aportado por el padre, tras el acuerdo sellado con el matrimonio, fue lo que a Donato le permitió iniciar el camino para sacar al apellido Neri de la clandestinidad, fundando La Pequeña Italia, madre del actual Grupo Neri. Su primera esposa murió debilitada por la depresión, y aumentó su capital y la herencia de Vera. A su frágil hija tuvo que protegerla cuando el destino se encargó de dañarla con insistencia, primero quitándole a la madre y luego…

«¡Basta!», se dijo y cambió la cinta en el reproductor, para avanzar en el tiempo y llegar a Meribeth Cameron, la escocesa pelirroja que demostró ser su hembra y le entregó al ansiado hijo varón, aunque luego, tras el divorcio, se lo llevó a Escocia para educarlo bajo sus costumbres.

Donato dejó el habano sobre el cenicero y bebió el último trago de whisky; un single malt de veinte años de la destilería de los Cameron, especialmente seleccionado para él por su hijo Bhric. Sonrió, sabía que Meribeth no había tenido nada que ver con ese obsequio; esa mujer testaruda preferiría estrellar la botella y la barrica entera antes que enviarle un presente. A ella la quiso con toda la potencia del hombre que, en la treintena, viudo, con una hijita y la carga de una fortuna que debía limpiar se encontraba demasiado sobrepasado y precisaba liberar tensiones. Meribeth había sido la mujer indicada en el momento indicado; aunque luego regresó a sus añoradas Highlands portando el galardón vencedor en la contienda constante que había sido el matrimonio con él.

Miró el reloj de pulsera; su actual esposa, Joana, lo esperaba para cenar y él ya había tomado una decisión. El objetivo que signó su vida y el deber que asumió esa tarde se ligaban. Bufó molesto, se peinó las canas con los dedos y se cubrió con el manto que lo convertía en el frío hombre de negocios a quien la sociedad estigmatizó denominándolo igual que a su difunto padre: Tano Neri.

Cuarenta años de lucha no fueron suficientes y uno de sus tres hijos debería terminar el trabajo para que se cumplieran los objetivos. Descartó a Vera por ser mujer y tan temerosa e indecisa como su madre napolitana; la solución no llegaría de la mano de ella. Tampoco recurriría a su hijo menor, Paulo; aunque la mezcla de su sangre italiana con la parsimoniosa brasileña de Joana podría ser útil, su juventud e inmadurez lo harían flaquear. Paulo continuaba gobernado por la ternura que Joana había derramado en demasía sobre él, y eso le impediría tolerar lo mismo que el tano le había hecho soportar a Donato en su juventud.

Bhric era el elegido. Poseía la inteligencia, la garra y la madurez precisa, pero llevaba en la sangre la tozudez de la escocesa Meribeth Cameron y para convencerlo tendría que jugarle sucio. Le resultó irónico que fuera Bhric, “el manchado”, quien se encargara de limpiar a los Neri.

Tomó su celular, marcó el número; fue atendido al segundo ring y certificó:

—Los pactos siguen en pie, no me meto en tus asuntos.

—No podrías —respondió su interlocutor.

El Tano cerró los ojos, conteniendo el desprecio, y advirtió:

—Pero ellas son tema mío. A mi zona ni te acerques, hai capito?

Cortó la comunicación, sorbió el último trago, posó las manos sobre los apoyabrazos para impulsarse en tanto aspiró hondo:

«Bhric, llegó tu hora —pensó Donato, seguro de cuál era el camino acertado, y se quejó—: Ya puedo escuchar a tu madre poniendo el grito en el cielo».

1

Todavía algo dormido, Paulo salió de su departamento y subió al ascensor que lo transportó del sexto al octavo piso. Estaba molesto porque Bhric no quiso esperar un par de horas para darle la bienvenida en la empresa. El compromiso de su hermano con el trabajo le resultaba excesivo. Él hubiera necesitado una mañana de relax en Buenos Aires después de haber disfrutado todo un mes de olas y garotas en Río. Al llegar al palier resopló, al ver que lo esperaba con los brazos cruzados sobre el pecho y las piernas algo separadas.

—Fin de las vacaciones —indicó el dueño de casa.

—Tranquilo, highlander —se burló Paulo—, que yo no me quejé del tiempo que disfrutaste montando olas en el Mar del Norte.

Los hermanos Neri eran compinches y a la vez muy diferentes. Paulo tenía la piel dorada heredada de su madre Joana, ojos marrones que irradiaban el fuego de tierras brasileñas y el cuerpo esculpido al que movía con gracia, lo que lo volvía atractivo para las mujeres atrapadas dentro de su juego de seducción y simpatía. Bhric, en cambio, ostentaba la genética escocesa de Meribeth: gran contextura física, ojos azules, cabello rojizo; carácter parco y palabras medidas. Paulo no se molestaba en ocultar su staff de mujeres; Bhric se excusaba en su falta de tiempo libre para no presentar a sus acompañantes. Congeniaban perfectamente, al punto de que convivían en el mismo edificio; el departamento de Bhric, un tranquilo espacio minimalista, contrastaba con el estallido de color y objetos seleccionados sin ningún rigor decorativo que dominaba el de Paulo.

—Liberate, disfrutá un poco más de la vida —le aconsejó Paulo—, dejá de echarte al hombro los negocios del viejo además del alambique de tu vieja.

Solo el caradura de Paulo podía denominar así a una de las destilerías más prestigiosas de Escocia, y Bhric sonrió antes de servirle una suculenta taza de café negro. Paulo frunció el ceño rechazando la bebida y él se vio obligado a recomendarle:

—Necesito que estés despierto.

—Te pesqué en tu peor día, ¿verdad?

Bhric caminó hacia el otro lado del living, descorrió las cortinas y miró en dirección a la reserva forestal, luego giró para asegurarse de que ya podría mantener con él una conversación seria. Aunque lo dudó, tomó asiento frente a su hermano y lo anotició:

—El Tano —dijo, refiriéndose a Donato— quiere saldar los pendientes que cree tener con nosotros.

—No hay pendientes —aseguró Paulo, más atento—, posicionó La Pequeña Italia como uno de los bancos con la cartera de clientes más amplia del país, es dueño del Grupo Neri y sabe que con eso nos sobra.

—No le alcanza porque se persigue con el pasado.

—Debería dejar atrás esa mierda y enfocarse en lo concreto. Se negó a entrar en el mercado yanqui, no quiere sentarse a hablar con el europeo… ¿Qué mierda quiere?

—Quiere verlos lamiéndole los pies —aseguró Bhric.

—Papá se enrosca en su orgullo; no le des bola y tomate un año sabático conmigo en Ipanema.

—Enfocate —le indicó—. Tiene bronca acumulada por lo de Vera. Mientras nos sigan asociando con nuestro abuelo, Donato sentirá que todo su esfuerzo fue en vano.

Tras beber el resto de café, Paulo estiró las piernas y se puso serio. Vera, la hermana mayor de ambos, siempre les brindó amor; si la alerta era por ella, él se encontraba listo para servir de ayuda:

—¿Cuál es tu plan?

—Viajo a Londres para entrevistarme con financistas —dijo, señalando la mesita donde estaba el billete de avión.

—Es al pedo —le informó, elevando la voz—, el viejo jamás va a aceptar formar parte de un holding que no esté integrado exclusivamente por latinos.

Bhric Neri Cameron frunció el ceño:

—Voy a intentarlo.

Camila Ocampo entró esa noche a la casona del barrio de Palermo guardando en su bolso el celular y llamando a los gritos a su tía:

—¡Martina, el Tata!

Al oírla, la mujer dejó sobre el tocador el cepillo con mango de alpaca que conservaba de su madre, respiró hondo y cerró los ojos. «Finalmente», dijo para sí, antes de recibir a su sobrina.

—¡Vamos! —la apuró—, no hay tiempo.

Se subieron al auto rumbo al sanatorio de la calle Marcelo T. de Alvear, donde José Manuel Ocampo agonizaba a consecuencia del accidente en la ruta que ya se había cobrado las vidas de los padres de Camila. Al llegar junto a él, la nieta le tomó la mano y le acarició la frente, en tanto la hija del hombre se acercó a los pies de la cama y apoyó las palmas sobre la cobija.

—Mis nenas —dijo apenado—, se las voy a dejar complicada. No tuve tiempo, no me dieron tiempo.

—No te alteres, Tata, todo va a estar bien.

Él negó la afirmación de Camila y volvió la mirada a su hija:

—No confíen en nadie, nos jugaron sucio. —Tosió, y las dos se apresuraron a ayudarlo. Algo recompuesto, continuó—: Tina, llamá al Tano, pedile ayuda, dejalo hacer. Él sabe… él puede.

—No hables, papá —le rogó, entendiendo a quién la remitía.

Pero él necesitaba ponerlas al tanto de la situación a la que las arrojaba:

—Tomen las riendas, no los dejen entrar, acaben con las lacras…

Las últimas palabras fueron tan solo un suspiro y pocas horas después José Manuel Ocampo, miembro de una de las familias más tradicionales del país, murió dejando a las herederas en la mayor de las soledades.

Los negocios de los Ocampo eran manejados por José Manuel y su hijo Leonardo, padre de Camila. Martina, con cincuenta y cinco años de soltera, había pisado la empresa en contadas ocasiones. La tragedia familiar la encontró en Europa, desde allí no pudo ocuparse de los rumores que hablaron de sabotaje en la mecánica del auto y delegó el caso en el estudio de abogados que terminó por aceptar la conclusión policial de que había sido un infortunado accidente. Suspendió su carrera de concertista y regresó a la Argentina para dedicarse, junto con su sobrina, al cuidado de su padre.

Camila nada sabía de cómo administrar una empresa de transportes cuando se encontró con la responsabilidad a cuestas. Las obligaciones la apremiaron sin respetar el tiempo del duelo. Su profesión la reclamaba, su tía rogaba que no la dejara sola, los negocios familiares estaban a la deriva y el personal de servicio de la casa donde vivieron sus padres solicitaba instrucciones.

—Tenemos que ocuparnos de todo esto —le planteó a Martina—. No tengo ni idea de por dónde empezar.

Juntas reunieron coraje para recorrer el departamento de Leonardo y su mujer. Belleza, clase, elegancia, objetos de gran valor decorativo, recuerdos de momentos compartidos con quienes fueron parte de sus vidas y ya no estaban. Aunque fue el hogar donde Camila se crió, pocas cosas quiso conservar: algún cuadro, la cucharita de plata esterlina de Tiffany con la que recibió su primer alimento…

—Tu madre siempre se vanaglorió de poseer esta vajilla —comentó Martina, repasando con los dedos la tetera Adams.

—¿Querés quedarte con el juego? —le ofreció la sobrina.

—No —aseguró, alejándose del mueble pero sosteniendo la mirada en la pieza—, el Aynsley de mi madre es soberbio y me gusta más.

Camila sonrió, desconocía cuál de los dos sería más valioso, pero ella prefería la delicadeza de las piezas ornamentadas en azul antes que las de rígidas formas doradas. Dejó a su tía en la sala principal y se dirigió a la suite. Aspiró profundo creyendo reconocer el suave aroma que invadió la piel de la elegante señora Ocampo. Acarició el cubrecama y el portarretratos que guardaba la foto de la familia de tres; conmovida, se sentó sobre la alfombra y se tapó los ojos con las manos. Lloró desconsolada, no recordó cuándo fue la última vez que sintió una tristeza tan grande. La muerte de sus padres la tomó por sorpresa y se obligó a mantenerse entera porque su Tata la necesitaba, pero en ese momento él tampoco estaba. Volvió a mirar la foto de sus padres con ella, y le dio permiso a la angustia para que se expresara libremente.

Sintió los pasos de Martina en el pasillo y con rapidez entró al baño, se lavó la cara, se miró al espejo.

—Camila, ¿dónde estás?

—Ya voy, tía.

Entró al vestidor y sonrió: «Ay, mamá, siempre tan prolija, no me parezco a vos en nada».

—¿Qué haremos con toda esta ropa? —le consultó la tía.

—Donarla —afirmó con practicidad—. Lo que todavía no tengo en claro es si voy a vender el piso amueblado o vacío. —Se detuvo frente al tocador donde su mamá solía maquillarse, un mueble con incrustaciones de nácar en la taracea y cajones custodiando las joyas de uso diario. Lo recorrió con la palma de la mano y tomó la decisión que transmitió a la empleada—: Este me lo quedo, que lo hagan llegar a mi departamento así como está.

—Por hoy fue suficiente, volvamos a la casa, es hora de cenar —propuso Martina y Camila aceptó.

Todavía emocionadas, se sentaron a la mesa de la residencia de José Manuel Ocampo. La muchacha miró a su tía a los ojos y le comentó:

—Hablé con amigos de la familia, Montero dice que papá, aunque no tenía pruebas, sospechaba de algunos de los choferes del sindicato. De cualquier manera, considerar que el accidente fue un sabotaje me parece demasiado.

—No sé, no entiendo nada de eso —se angustió Martina, levantándose de la mesa y encaminándose hacia el Steinway para acariciar sus teclas—. Ellos manejaban todo, tu madre y yo jamás participamos de sus reuniones de trabajo, siempre nos mantuvieron al margen.

—¡Y mirá lo que consiguieron! —exclamó molesta—, que ahora seamos dos inútiles. Porque eso es lo que somos para esta empresa; vos una concertista de piano y yo una modelo; dos inexpertas que entramos a El Chasqui sin recordar ni dónde está el despacho de la presidencia. ¡Qué desastre!

Pero Martina Ocampo solo quería olvidar, alejarse antes de que fuera tarde y la tormenta las arrastrara a las dos hasta sepultarlas:

—Camila, ¿qué nos importa a nosotros la empresa? Yo tengo mi carrera y me mantengo perfectamente, vos te hiciste un lugar en lo tuyo, la herencia nos permitirá vivir bien. Vendamos todo y olvidemos, por favor.

La menor de los Ocampo no respondió. El Chasqui había sido fundado hacía mucho más de un siglo por uno de sus ancestros; desde entonces recorría el país entregando mercancías y transportando pasajeros, ¿a quién le delegarían tanta historia? «Hay que conservarla. No podemos darle la espalda a la tradición de la familia, forma parte del linaje que impone respeto y sostiene la fortuna», pensó Camila y recordó que su abuelo les advirtió que había problemas.

—Tía, ¿quién es el Tano? —Martina tembló al volver a escuchar ese apodo. La sobrina insistió—: ¿Tía?

—Es un banquero.

—¿Por qué te habrá dicho el Tata que lo busques? ¿Necesitamos alguien que administre la empresa o un préstamo?

Martina se levantó del taburete del piano cuyas teclas recorría sin hacer sonar y se sirvió una copa de coñac. Comprendió que había desorientado a Camila, tomó asiento en el sillón frente a ella, bebió un largo trago y comentó:

—El Tano y papá fueron amigos.

—De acuerdo, es su amigo y por eso va a ayudarnos. ¿No?

—Camila, ese hombre forma parte de un pasado que hasta tu abuelo debió haber olvidado. —La incertidumbre en la cara de la sobrina la obligó a explicar—: Ellos estaban distanciados.

—Si ya no eran amigos, ¿por qué el Tata dijo que le pidieras ayuda?

—Tu abuelo deliraba, no podemos fiarnos de sus últimas palabras.

2

Durante el vuelo hacia el aeropuerto de Heathrow, Bhric revisó a conciencia el movimiento bursátil de la Bolsa de Valores de Londres en el Financial Times. Descansó un par de horas en el hotel, se duchó y tomó un taxi hasta el Bow Bells House de Bread Street, dispuesto a desplegar su estrategia para convencer al grupo de gestión.

Tras dos días de reuniones agotadoras se dejó caer sobre un cómodo sillón de la suite y llamó a su hermano Paulo a Buenos Aires.

—¿Estás disfrutando de los encantos del Taj?

Bhric apenas hizo una mueca antes de responder:

—No. Me alojé en la City.

—El Soho es más divertido, deberías haber reservado allí.

Normalmente, Bhric no tenía ánimo para bromas y pasó directamente al grano:

—No aceptaron mi propuesta.

—¡Uh!, juro que no quiero ser ninguna de las personas con las que te reuniste; deben estar buscando trasplante de cerebro, porque seguro que se los fritaste.

Reconoció que algo parecido había hecho cuando les dejó en claro a los ingleses, que se perdían un excelente negocio cuyas puertas les cerraba para siempre; pero no le transmitió esa decisión a Paulo, sino sus próximos pasos:

—Mañana vuelo a Aberdeen, para desintoxicarme, antes de regresar a Buenos Aires.

Paulo sonrió entendiendo que, más allá de ir a ver a su madre, Bhric se alojaría un par de noches en el Douglas para, como dijo, desintoxicarse. No deseó bromear con eso y simplemente pidió:

—Dale mis cariños a Meribeth.

Los hijos de Donato respetaban y querían a las mujeres que los acogieron como propios. De pequeño, cuando Bhric viajaba desde Escocia para visitar a su padre, la brasileña lo recibía en el aeropuerto de Ezeiza con los brazos abiertos; lo mismo sucedía con Vera y Paulo cuando llegaban a las Highlands. El fuerte vínculo entre los hermanos fue el lazo que tanto Meribeth como Joana se ocuparon de alimentar. Aunque la temerosa Vera no se unía a los varones en las divertidas escapadas fraternas, ellos la adoraban. Donato Neri delegó la unión entre sus hijos a las dos mujeres, otorgándoles todo el crédito.

Bhric amaba la Argentina, el país donde nació; pero cada vez que pisaba Aberdeen su sangre bullía reclamándole orígenes que eran propios. Ofrecía su cara al viento y aspiraba el aire con gusto. Desde la tierra, una fuerza conocida ascendía por su cuerpo y lo energizaba. Era escocés en el colorado de su ondulado cabello, la parquedad de sus dichos, la fría mirada azul grisácea, su tenacidad, y en la misteriosa personalidad que calentaba más que un tonel de whisky. Donato le había aportado genes itálicos para que, por momentos, resultara un poco más diplomático y, aunque Joana lo intentó por años, jamás logró moverse con gracia dentro de una pista de baile. Él era un granito esculpido, como cada trozo de piedra de los castillos del lugar que nuevamente lo cobijaba.

Sonrió al bajar del taxi e ingresó ...