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DíAS DE SOL Y NOCHES DE VERANO

Stephanie Perkins   Jennifer E. Smith   Libba Bray   Leigh Bardugo   Jon Skovron   Nina Lacour   Francesca Lia Block   Tim Federle   Verónica Roth   Brandy Colbert   Cassandra Clare   Lev Grossman  

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Fragmento

CABEZA, ESCAMAS, LENGUA, COLA

LEIGH BARDUGO

CABEZA

Abundan los rumores acerca de Annalee Saperstein y los motivos que la llevaron a trasladarse a Little Spindle, pero la historia favorita de Gracie era la que hacía referencia a la ola de calor.

En 1986 Nueva York sufrió un verano tan espantoso que todo aquel que tenía donde ir abandonó la ciudad. El asfalto se ablandó a causa del calor, un hombre apareció muerto en la bañera con un ventilador eléctrico medio sumergido entre las peludas rodillas y la luz se iba y venía como una trampa luminosa para insectos atestada de polillas. En el Upper West Side, sobre las panaderías y los colmados, sobre los supermercados Woolworth’s y Red Apple Market, la gente dormía destapada, chupaba hielo y abría las ventanas de par en par, rezando para que corriera la brisa. Esa fue la razón de que, una asfixiante noche de julio, cuando el Hudson se saltó los márgenes y se largó de juerga por ahí, el río encontrase abierta la ventana de Ruth Blonksy, trabada con una caja de zapatos Candie abollada.

Ruth había pasado la tarde en Riverside Park con sus amigos, tomando granizados de limón y luciendo un vestidito color membrillo, aunque en realidad se trataba de un camisón de estilo retro que había teñido con dos cajas de Rit y un resultado dudoso. Las predicciones anunciaban lluvia desde hacía varios días, pero el cielo todavía se cernía plomizo sobre la ciudad, como una barriga hinchada de nubes grises que se negaban a rasgarse. Con la piel perlada de sudor, Ruth se inclinó sobre la barandilla del parque para contemplar el creciente caudal del río, opaco y casi negro bajo el tapado cielo, y experimentó la inquietante sensación de que el agua le devolvía la mirada.

Una gota de helado de limón resbaló de la cucharita rosa que llevaba en la mano y Ruth se sobresaltó, como si una lengua fría le hubiera lamido la cara interna de la muñeca. En ese momento Marva Allsburg gritó:

—¡Vamos a Jaybee a mirar discos!

Ruth lamió la gota de limón de su muñeca y no volvió a pensar en el río.

Sin embargo, por la noche, cuando despertó con las sábanas empapadas de sudor y una maraña de juncos a los pies de la cama, el pegajoso rastro del azúcar fue lo primero que le vino a la cabeza. Se había dormido vestida y llevaba el camisón color membrillo enrollado a la altura de la barriga. Debajo, su cuerpo era presa de un calor febril. Recordaba a medias haber soñado con el dios del río, una potente fuerza que serpenteaba bajo las profundas corrientes del sueño con su piel grisácea salpicada de verde y azul. Notaba aún la caricia de un beso en los labios y tenía la cabeza embotada, como si acabara de ascender muy deprisa de una gran profundidad. Sus oídos tardaron un poco en despabilarse y ella en reconocer el olor musgoso y metálico del cemento húmedo, y luego le costó un rato más identificar el murmullo que entraba por la ventana abierta: el golpeteo rítmico de la lluvia en las calles todavía sumidas en la quietud previa al alba. El calor había remitido al fin.

Nueve meses más tarde, Ruth dio a luz a una niña de ojos color verde alga y el pelo como sargazos marinos. Cuando el padre de Ruth la echó a patadas por las escaleras del apartamento insultándola en polaco y en inglés y farfullando improperios sobre el puertorriqueño que había llevado a Ruth al baile de fin de curso, Annalee Saperstein la acogió, sin hacer caso de los susurros ni de las muecas de incredulidad que se prodigaban por el barrio. Annalee trabajaba en la lavandería autoservicio de la calle Sesenta y nueve, abierta las veinticuatro horas. Nadie tenía muy claro cuándo dormía, porque si pasabas por delante siempre la veías sentada al mostrador haciendo crucigramas bajo las luces fluorescentes, rodeada de máquinas que zumbaban y traqueteaban, fuera la hora que fuese. Joey Pastan le contestó mal una vez que se quedó sin monedas de veinticinco, y juraba que las secadoras le gruñeron, así que a nadie le pilló por sorpresa que Annalee creyera a Ruth Blonsky. Y el día que Annalee, en la cola del colmado Gitlitz, atizó al padre de Ruth en el pecho con el medio kilo de cecina cortada muy fina que acababa de comprar y le espetó que los espíritus del río son impredecibles, nadie se atrevió a contradecirla.

La hija de Ruth rechazaba la leche. Se limitaba a beber agua salada y a comer kilos y kilos de ostras, almejas y minúsculos cangrejos de río, que llegaban en grandes cajones al atestado apartamento de Annalee. Pero la dieta debió de sentarle bien, porque la niña de ojos verdes se convirtió en una jovencita tan hermosa que un cazatalentos la abordó mientras cruzaba la avenida Ámsterdam. Llegó a ser una famosa modelo, conocida por sus labios carnosos y sus andares lánguidos, y le compró a su madre un ático en Park Avenue que decoraron con cuadros de rosas del desierto y lechos de arroyos secos. Le entregaron a Annalee Saperstein una buena suma de dinero, que le permitió dejar el trabajo en la lavandería y mudarse a la ciudad de Little Spindle, donde abrió una franquicia de la heladería Dairy Queen.

Al menos, eso contaba una de las historias que corrían por ahí acerca de la llegada de Annalee Saperstein a Little Spindle, y a Gracie le gustaba porque cuadraba con el personaje. ¿Por qué, si no, iba a comprar Annalee ejemplares del Vogue italiano y francés, si siempre se vestía con prendas de estar por casa y sandalias Birkenstock con calcetines?

La gente decía que Annalee SABÍA cosas. Por eso acudió a verla Donna Bakewell el verano que un coche atropelló a su terrier y no podía parar de llorar, ni siquiera para dormir, o comprar una lata de judías verdes en el Price Chopper, o contestar al teléfono. La gente la llamaba y la oía sollozar e hipar al otro lado. Sin embargo, a saber por qué, una charla con Annalee obró lo que ningún médico ni pastilla había logrado y secó las lágrimas de Donna de una vez y para siempre. Y por eso Jason Mylo, que tenía la impresión de que su exmujer había echado una maldición a su nueva camioneta Chevrolet, acudió a la heladería a horas intempestivas para hablar con Annalee. Y también por eso, cuando Gracie Michaux vio emerger algo sumamente parecido a un monstruo marino de las aguas del lago Little Spindle, no dudó en acudir en busca de Annalee Saperstein.

Gracie había estado descansando a orillas de la que consideraba SU cala, un entrante rocoso en la ribera sur del lago que nadie más parecía conocer o considerar digno de atención. Se trataba de un paraje demasiado umbrío para que la gente acudiera a tomar el sol, y carecía de las mesas campestres o de las cuerdas para columpiarse que atraían a los veraneantes como moscas durante la temporada turística. Estaba lanzando piedras para que rebotaran en la superficie del agua y recordándose que no debía rascarse la costra de la rodilla, porque quería estar guapa con los pantalones cortos que había cortado aún más al cumplir catorce años, aunque siguió haciéndolo igualmente, cuando oyó un chapoteo y vio una, dos, tres jorobas asomar de la superficie azul del agua, una sierra pequeña y reluciente que estaba allí y al momento siguiente ya no estaba, precedidas del azote de —la mente de Gracie se negaba a aceptarlo y a la vez lo gritaba a los cuatro vientos— una COLA.

Gracie se retiró a rastras hacia los pinos y luego se puso de pie. El corazón le latía desbocado según esperaba un nuevo revuelo en el agua, o que algo enorme y escamoso se arrastrara hasta la arena, pero no fue así. Notó en la boca el sabor salobre de la sangre. Se había mordido la lengua. Escupió una vez, montó en su bici y pedaleó a toda velocidad por el desigual camino de tierra hacia el liso asfalto de la carretera principal. Le ardían las piernas según cruzaba el pueblo a toda pastilla.

No llegó muy lejos, porque Little Spindle no era gran cosa. Había un supermercado, una gasolinera con el único cajero automático del pueblo, una clínica veterinaria, una serie de tiendas de recuerdos y el antiguo centro cultural que se había convertido en biblioteca pública cuando la de Greater Spindle se inundara diez años atrás. A Little Spindle no habían llegado el tráfico, los bloques de apartamentos ni las elegantes villas que se prodigaban en Greater Spindle, tan solo unas cuantas casitas de alquiler y la fonda Spindrift. Si bien el lago era casi tan grande como el de Greater Spindle y estaba rodeado de tierras igual de bonitas, Little Spindle emanaba algo que ahuyentaba a la gente.

De lejos, la laguna ofrecía un aspecto agradable. Vibrantes destellos azules asomaban entre los pinos y la luz del sol se reflejaba en la superficie igual que astillas de cristal, relucientes como diamantes. Sin embargo, a medida que te ibas acercando, tu humor empezaba a cambiar y para cuando alcanzabas la orilla te sentías profundamente deprimido. Tal vez te exhortaras a acercarte a la playa a pesar de todo, y puede que incluso te columpiaras en el viejo neumático, pero después de soltar la cuerda, mientras planeabas una fracción de segundo sobre el agua, comprenderías que habías cometido un terrible error, que cuando traspasaras la superficie nadie volvería a verte, porque el lago no era un lago, sino una boca: ávida, azul y lúgubre. Algunas personas parecían ser inmunes a los efectos del lago de Little Spindle, pero otras se negaban a mojarse siquiera los pies.

El único negocio que marchaba viento en popa durante todo el año era la heladería Dairy Queen, y eso que Stewart se encontraba a pocos kilómetros de allí. Sin embargo, la respuesta al enigma de por qué Annalee había instalado su local en Little Spindle en lugar de hacerlo en Greater Spindle solo ella la conocía.

Gracie no se encaminó directamente a la heladería aquel día, no. Tardó un rato. De hecho, pedaleó hasta su casa, tiró la bici en el jardín y tuvo la mano en la puerta mosquitera antes de cambiar de idea. A su madre y a Eric les gustaba pasar los sábados en el jardín trasero, tirados en sendas tumbonas de plástico, donde dormitaban con las manos unidas como dos nutrias. Ambos trabajaban largas horas en el hospital de Greater Spindle y se echaban la siesta como quien practica un deporte.

Gracie se detuvo en la puerta de su casa, con la mano tendida. ¿Qué le iba a decir a su madre, en realidad? ¿A su agotada madre, que siempre mostraba una expresión preocupada, incluso cuando dormía? Por un instante, a orillas del lago, Gracie se había sentido como una niña, pero ya tenía catorce años. Su re

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