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¿DE QUé HABLAMOS CUANDO HABLAMOS DE BUEN AMOR?

José Eduardo Abadi  

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Fragmento

Si nos preguntaran cuál es el ingrediente esencial de la felicidad a la que todos aspiramos, la respuesta sería, sin duda alguna, el amor. Su presencia o ausencia constituye y define nuestro modo de vivir.

He comprobado que —como problema manifiesto o como conflicto oculto y latente— el amor aparece siempre como clave para entender la identidad de las personas y para determinar su potencial felicidad. Pienso la noción de amor como una vivencia que supera el pensamiento racional (el “logos”), manifestándose en una emocionalidad creativa, auténtica y singular.

El amor no pertenece al dominio de lo que sabemos conscientemente. Su componente emocional, ese misterio que supera la razón, nos exige la búsqueda de nuevas herramientas y eso es lo que lo vuelve tan fascinante.

Todo conflicto humano remite, en última instancia, a una problemática ligada al amor que puede haberse gestado en la infancia, aparecer en la juventud, o manifestarse en la madurez, pero cuya resolución es necesaria si se desea alcanzar el bienestar. Cada uno de nosotros necesita recibirlo y darlo, de lo contrario nos enfrentamos, indefectiblemente, al desamor.

El desamor distorsiona, palidece y clausura nuestra personalidad. Es vacío y también es destrucción, porque en él no es posible sembrar. Tomando las enseñanzas de tantos pensadores, el desamor nos impide vivir en armonía y equilibrio; claves para un desarrollo personal feliz.

La importancia de esta cuestión vital y la conciencia de las formas en las que nos vinculamos (algunas francamente peligrosas) me decidió a plantear mi punto de vista, con la esperanza de estar a tiempo para asumir el desafío de un cambio. Apuesto que es posible, sin duda es una meta ambiciosa, pero también muy necesaria. No podremos concretar ningún objetivo en tanto no comprendamos hasta qué punto los lazos amorosos determinan nuestras posibilidades de crecimiento y bienestar.

El amor es sustancial para alcanzar la felicidad. Es la base de la construcción personal, de nuestra singularidad transformadora, en el fluir de la vida. Habrá quienes por decisión u omisión vean al amor como propiedad exclusiva de las novelas románticas, el cine o las charlas de café, sin advertir que se trata de una dimensión demasiado importante como para ser desatendida; en ella se juega nada menos que la posibilidad de expansión y crecimiento de cada uno de nosotros.

Sin ánimo de condenar la velocidad o el vértigo de los vínculos actuales, propongo reconquistar la densidad del amor y, consecuentemente, la jerarquía del placer para garantizar que los lazos que nos unan sean articulaciones sólidas y generadoras, ya que el amor es piedra fundamental e insustituible de todo proyecto humano que aspire a cuidar y expandir nuestra potencia y valores vitales.

En la actualidad, se torna imprescindible resignificar la palabra “amor”, rescatando del vacío en que está sumergido el término y sus atributos; depende de nosotros dotarlo de sentido verdadero, logrando una auténtica rehumanización del amor. ¿O nos habremos creído, en este mundo posmoderno e hiperconectado, que el amor es un producto (más) de consumo, ubicado en algún lugar de la góndola, listo para comprar?

Anticipo una respuesta: el amor no es una mercadería, más bien todo lo contrario. Como cantaban The Beatles, es todo lo que el dinero no puede comprar: nuestra identidad, el auténtico generador de vínculos, es un estímulo para la creatividad y la ayuda indispensable para reparar lo dañado.

Es mi anhelo que no solo transitemos las nociones teóricas y abstractas (presentes en el libro), sino que, fundamenta

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