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DEL MIñO AL BIDASOA Y OTROS VAGABUNDAJES

Camilo José Cela  

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Fragmento

Nota sobre esta edición

Reúne este volumen, en orden cronológico ascendente, dos libros de viajes escritos por el autor en la estela del éxito obtenido por uno de sus títulos más emblemáticos: Viaje a la Alcarria (1948). Los dos tienen un origen común: el viaje que, por encargo del diario Pueblo, realizó Cela en el verano de 1948 por buena parte de España, visitando las residencias veraniegas de los trabajadores. Conviene recordar que el diario Pueblo era propiedad de los llamados «sindicatos verticales» del régimen franquista, y por aquellas fechas uno de los tres periódicos más importantes del país. Fueron los aprietos económicos, al parecer, los que movieron a Cela a brindarse a colaborar en lo que formaba parte de una campaña destinada a dar publicidad a las políticas sociales del régimen. Las llamadas «residencias de tiempo libre» eran residencias vacacionales dirigidas a los trabajadores y sus familiares que permitían a éstos disfrutar, a precios muy asequibles, de unos días de descanso en edificios bien equipados, situados por lo general en entornos privilegiados, ya fuera en la montaña, en pleno campo o junto a la costa. Algunas de estas residencias, distribuidas por toda la superficie de España, sobreviven en la actualidad, destinadas a los mismos efectos. Por la época en que Cela hizo su recorrido, las había para hombres solos, para mujeres solas y para matrimonios, con y sin hijos. Cómo dice él mismo, «algunas eran limpias y modernas y casi lujosas, y otras, en cambio, sombrías y destartaladas; yo creo que, más que el edificio, lo que determinaba el carácter de estas residencias era el espíritu —abierto o estrecho— y el criterio —liberal o ruin— de sus administradores». En cualquier caso, las crónicas originales que Cela publicó en Pueblo de sus visitas (en su mayoría recogidas al final de este volumen, a modo de anexo) ofrecen una imagen bastante idílica de la institución. Cela viajó aquel verano de 1948 por buena parte de la Península, en automóvil, recorriendo casi a diario distancias bastantes grandes. Según su propio testimonio, visitó un total de «diecinueve residencias, seis de mujeres, once de hombres y dos de matrimonios». Las crónicas correspondientes aparecieron a lo largo de dos meses, desde el 4 de septiembre de 1948, la primera, hasta el 6 de noviembre de ese mismo año, la última. Fue a partir de las notas tomadas en aquel viaje, sumadas a otras muchas anteriores y posteriores, como armó Cela, años más tarde, los dos libros de viajes que componen el presente volumen.

Recibe antes que nadie historias como ésta

Del Miño al Bidasoa. Notas de un vagabundaje se publicó por primera vez en 1952. El libro está escrito, como ya se ha sugerido, conforme a la fórmula ensayada con enorme fortuna en El viaje a la Alcarria. En esta ocasión, sin embargo, su autor acababa de culminar el esfuerzo empleado en la construcción de La colmena (1951), y la escritura del nuevo libro se beneficia del virtuosismo técnico ganado en ese empeño. Del Miño al Bidasoa pasa por ser uno de los títulos «mayores» de la obra de Cela. La riqueza de su anecdotario es proporcional a la de su lengua, que registra modismos de toda la cornisa cantábrica peninsular, y no sólo gallegos. Y si bien la estructura y el rumbo general de la obra es el de un libro de viajes, su textura es en buena medida novelística, al menos en el sentido siempre abierto y escurridizo con que el autor se sirvió en todo momento de este género. Si se contrasta el texto de las crónicas publicadas en Pueblo con el del libro al que sirvieron de base, se percibe muy bien el «método» compositivo de Cela, la forma tan paciente en que teje su prosa, incorporando a su discurrir observaciones de toda suerte, personajes, diálogos, situaciones cuya naturaleza más o menos ficticia no tiene sentido —ni tampoco interés— dilucidar. Sí lo tiene, por el contrario, señalar el cambio que, de las crónicas periodísticas al libro, se produce en el término empleado por el narrador para referirse a sí mismo en tercera persona. Donde en las crónicas —como antes en el Viaje a la Alcarria— se hablaba del «viajero», se habla ahora del «vagabundo», término más acorde, sin duda, con el talante tranquilo, paciente y estoico de quien protagoniza las andanzas narradas.

Aunque publicado siete años más tarde, en 1959, Primer viaje andaluz. Notas de un vagabundaje por Jaén, Córdoba, Sevilla, Huelva y sus tierras retoma y reelabora las crónicas de aquel mismo viaje hecho por el autor en el verano de 1948. De hecho, el libro comienza su recorrido allí donde quedó suspendido Del Miño al Bidasoa, en tierras de Navarra, al poco de haberse despedido «el vagabundo» de su compañero Dupont, que sigue ruta rumbo a Francia. Los dos «viajes» forman, pues, uno solo: una especie de díptico que comparte los mismos rasgos compositivos y estilísticos, una mirada y un talante comunes, el mismo oído atento a las voces de tantos personajes que se cruzan en el camino y cuya forma de hablar Cela registra cuidadosamente, hasta el extremo de inventariar y glosar, al final del texto, algunos de los andalucismos empleados. Lo de «primer viaje» alude al propósito, finalmente incumplido, que tenía Cela, cuando publicó este libro, de darle continuidad con las notas tomadas a su paso por Cádiz, Málaga, Almería y Granada. En otros títulos iría luego completando el testimonio de sus vagabundajes por el resto de la geografía española: Castilla, Extremadura, Levante, los Pirineos...

En la reseña que hiciera en su día de Del Miño al Bidasoa, Antonio Vilanova decía que «existe una curiosa mezcla de fatalismo estoico y de optimismo metafísico en el impulso aventurero de este vagabundo romántico, que busca en el eterno caminar la afirmación más noble de su condición humana [...] Y al propio tiempo, existe una gran dosis de conciencia moral y de dignidad humana en el tenaz empeño con que reclama la libertad de elegir el rumbo de su propia vida». Una observación que importa tener en cuenta al considerar el punto de vista desde el que Cela contempla la problemática realidad de la España de la posguerra.

Como ya se ha dicho, se dan al final del volumen las crónicas publicadas en el diario Pueblo. En primer lugar «Las trece crónicas viajeras que fueron el huevo (o la idea) de Del Miño al Bidasoa», incorporadas por el mismo autor como addenda al texto ya en la primera edición de sus Obras completas. A continuación, las «Notas para un segundo viaje andaluz, libro que no llegó a escribirse», que reúnen las restantes «crónicas viajeras» de Pueblo. Se dan también los prólogos con que, en su edición de las Obras completas de 1965 (Barcelona, Destino), presentaba Cela los dos títulos aquí reunidos. Por último, se recogen tres artículos muy posteriores en los que Cela reflexiona sobre el género de los libros de viajes y recapitula su dilatada experiencia como autor de este género.

Hemos utilizado los textos establecidos por el propio autor en la edición de la obra completa publicada por Destino-Planeta de Agostini en 1990. Las notas que aparecen a pie de página son todas de Camilo José Cela y no son, propiamente notas aclaratorias, sino parte de los textos. La intervención en los textos no ha excedido la unificación y actualización de los criterios de edición y la corrección de erratas, cuando se ha tenido la seguridad de que eran tales y no elecciones del autor. Cierra el volumen una somera cronología de la vida y obra del autor cedida por la Fundación Charo y Camilo José Cela.

A continuación, detallamos las primeras ediciones de los títulos que componen este volumen:

Del Miño al Bidasoa. Notas de un vagabundaje, Noguer, Barcelona, 1952.

Primer viaje andaluz. Notas de un vagabundaje por Jaén, Córdoba, Sevilla, Huelva y sus tierras, Noguer, Barcelona, 1959.

LOS EDITORES

DEL MIÑO AL BIDASOA

 

NOTAS DE UN VAGABUNDAJE

 

Era en [la] vista benigna e suave

e en color era la su vestidura

çenisa o tierra, que seca se cave,

barba e cabello albo syn mesura.

Traía un libro de poca escriptura,

escripto todo con oro muy fino,

e començaba: El medio del camino

e del laurel corona e centura.

MICER FRANCISCO IMPERIAL,

Desyr a las syete virtudes

Capítulo Primero

Escapando del raro oficio del difuntiño

1. EL VAGABUNDO, PEREGRINO EN SANTA MARTA

El vagabundo, entre romeros portugueses, mendigos variopintos y carpazonas de rojo sayal, marcha, corredoira arriba, camino de Santa Marta de Ribarteme, en el campo de Las Nieves, por el monte pontevedrés.

El vagabundo andaba con la salud a vueltas y había prometido un ataúd a la santa si la santa lo libraba del ataúd.

 

Virxen Santa Marta

estrela do norte,

que lle déu a vida

a o que estuvo a morte.

Como el vagabundo no tiene ni amigos ni parientes ni, por no tener nada, ni un perrito que le ladre, lleva, por entre las madreselvas y los tojos del camino, su ataúd a la cabeza, igual que una cesta de frescas manzanas de esperanza.

Una mujer camina de rodillas con un niño vestido de limpio al lado. Es una mujer quizás joven todavía, con el aire pausadamente evadido y los ojos rojos de llorar.

—Que santa Marta, ramiño de plata, nos traiga la salud con el agua del cielo y la flor de los campos.

Un viejo marinero con un ancla tatuada en la frente y cien singladuras grabadas, a golpe de galerna, en el corazón, le hace coro mientras arrastra, casi como un pecado, el cuerpo que se le fatigó antes que el alma y mucho después, ¡que san Telmo nos valga!, que la memoria.

—Que santa Marta, flor de blanco lirio, nos traiga la salud antes que los primeros vientos de la mar.

Y una mocita aún verde como los tallos tiernos del tierno cerezo responde desde los hondos abismos de su pecho:

—Que santa Marta, sol de todo el mundo, nos traiga la salud con el amor que va de camino, como la anduriña.

Los romeiros, en grupos de tres, dos mujeres y un hombre que les da la derecha, cantan hasta enronquecer detrás de la imagen que vacía torrentes de caridad y de esperanza sobre todas las cabezas:

 

Virxen Santa Marta

está no séu trono

que fixo milagros

pol-o mundo todo.

El vagabundo, con la mortaja amarilla, de un muerto amarillo de moribundo o de máscara de ajusticiado, que se había comprado en Ponteareas; una vela de cera de su misma alzada, y su ataúd de rosado pino de los montes de Piñor, allá donde el Císter hace quesos bajo las bóvedas de Osera, semejaba, con sus andares de hombre de los caminos, un alma escapada de la procesión de la santa compaña, con todos los viejos dioses de la vieja mitología celta sirviéndole, como acólitos, en su peregrinar.

En el atrio de San José de Ribarteme, donde se venera la santa de las más hondas devociones y de los más pasmosos milagros, el vagabundo se topó con una millenta de romeros que, como él, iban en busca de la salud perdida, ese último rubí que el mendigo más pobre y desconsolado se resiste a perder sin desojarse buscándolo.

Mozas y viejos patriarcas, ricos en fillos bravos —fillos d’a silveira—, matronas fundadoras de estirpes y niños que no se han de lograr, hombres maduros y mujeres que ya no lo son, forman en el cortejo.

Detrás del pendón y de los andores —unos ramos adornados con plumas, bolas de cristal de colores y roscas de azúcar y de flor de harina— marcha un Niño Jesús minúsculo a hombros de cuatro rapaces varones. Siguen dos ataúdes infantiles también llevados por niños, la Virgen del Carmen y sus marineros, un nuevo ataúd de blanca color e intención, otro —grande y de negros lutos— llevado por hombres que estuvieran a la muerte, y otro, idéntico, que descansa sobre blandos y también robustos hombros femeninos. Cierra la procesión la imagen de santa Marta, cubierta de cera y de presentes. Detrás, marchan los curas con cruz alzada.

El vagabundo, después de la procesión, comió y bebió todo lo que pudo, se templó las carnes, que halló más aliviadas, y, con los últimos solecicos sobre el verde horizonte, se echó otra vez al camino, a ver en qué color pintaba el fiero naipe de la soledad, la baraja sin comodín del errabundo, las cartas que asomaban la sota a la ventana, muy de mañana.

Sobre los aires, como una blanca paloma, aún se escuchaba el canto del romero de retirada, del hombre que había conseguido empujar con vino a la ilusión:

 

Virxen santa Marta

adiós non lle digo,

si posible fora

levab-a conmigo.

El ruiseñor de la zarza se calló mientras los romeros, camino de sus lejanas aldeas, atemorizaban su rizado corazón.

2. A LA SOMBRA DEL APÓSTOL, EN EL CAMINO DE COMPOSTELA

Con el rumbo en la estrella Polar y a las espaldas el cariñoso y cauteloso paisaje de las Rías Bajas, el vagabundo, que va en son de peregrinaje a Compostela, a pedir al apóstol que acabe de curar el mal que comenzara a sanar santa Marta de Ribarteme, se detiene en el vetusto Padrón, a rezar por su alma y por sus dolientes carnes ante la piedra santa —el Pedrón— donde, hace ya muchos años, unos extraños navegantes amarraron la barca que traía el cuerpo muerto de Nuestro Señor Sant Yago, el de la concha de vieira.

Atrás se quedaron ya, como permanentes vigías, las románticas y legendarias Torres del Oeste, pobladas de gaviotas y de recuerdos y habitadas por las más ilustres brujas del occidente.

El vagabundo, al llegar a Padrón, se dirige a la taberna del Cuco, para quien trae unas palabras de presentación.

—Santas y buenas nos las dé Dios y el señor apóstol, que voy preguntando por el Cuco y pienso que ya estoy ante él.

El Cuco, con su aire de trasgo guitarrero, se quedó mirando para el vagabundo con sus ojillos picardeados y a los que el vino ya le había prestado su color.

—Pues sí, señor caminante, que ante él estáis, y para que veáis que soy el mismo Cuco y el amo de la bodega, ahora mismo nos vamos a beber un cuartillo de vino del Ribeiro cada uno y para empezar, que de esta casa, gracias a Dios, no salió seco ningún amigo de don Camilo, que para eso es hombre de fiar y de buena ley, si las hay, y hasta tiene una plaza en el pueblo que lleva su nombre.

El Cuco y el vagabundo, ante sus tazas de vino, hablaron, según las viejas reglas, de todo lo humano y de casi todo lo divino. Si alguien, desde debajo del mostrador o desde detrás de la puerta, hubiera podido escuchar lo que decían, a buen seguro que se hubiese instruido.

A la sombra de Rosalía de Castro, la mujer que logró convertir el llanto en orballo y el orballo en poesía; de la mano del amador Macías, novio doncel, y guiado por el recuerdo de Juan Rodríguez de la Cámara o del Padrón, galán que hacía florecer, con su palabra, las más adustas rosas de la primavera, el vagabundo, después de beberse su vino, quiso marchar a oler las flores de los raros nombres, las flores que vinieron del fin del mundo para que los vagabundos que cruzaran las rúas de Padrón pudieran sentir descanso oliéndolas.

Antes, el Cuco y el vagabundo hablaron del señor don Nicasio Pajares, novelista padronés y conquistador del trópico, autor de un libro muy famoso que se llamaba con el raro y científico nombre de Atorrántida.

Un aire anciano y todavía lozano retozaba por la ladera del viejo monte Meda arrastrando el aroma silvestre del tojo hasta las aguas ilustres del Sar, hasta las bravas aguas del Ulla.

—Se está bien en el jardín, y a gusto…

—Sí, señor, que este jardín se puso para que dijeran lo mismo todos los hombres que van de camino.

Sobre el cementerio de Adina, que cantó Rosalía en verso estremecido y cadencioso, vuela la paloma. Entre la madreselva florecida y la hermética y ofendida camelia, crece el olivo funerario, el olivo que se salió de su geografía, el olivo que no da olivas, de tan aristocrático como se siente, pero que presta sombra y regala recuerdos y esperanzas.

Sobre el más viejo olivo, de pie sobre su copa milagrosamente, crece un cerezo niño, un cerezo que, a su tiempo debido, pinta las rojas gotas de sus cerezas sobre el gris ceniciento que lo sustenta.

—Y vamos de milagro…

—Sí, señor, que milagros los hay a mares, pero lo que pasa es que no nos damos cuenta.

El vagabundo, ya no en la Iria-Flavia, de rodillas ante el altar que se levanta sobre el Pedrón, reza por sus amargas carnes y por las carnes amargas de todos los vagabundos de la tierra, de los hombres de todos los pelos, todas las alzadas y todos los mirares que viven y mueren por los caminos del mundo, esos caminos que nunca se sabe bien adónde llevan.

—Nuestro Señor Sant Yago, tú que anduviste las tierras y los mares para venir a recalar, ya muerto, a esta tierra que te acogió, ruega por nosotros, los hombres que vamos de un lado para otro llevándote como patrón. Amén.

El vagabundo, después de su oración, una oración que le brotó de lo más hondo del pecho, se siente feliz y casi sano.

Por el camino que ya conoció, el vagabundo, con el alma en gozo, se vuelve a la casa de su amigo el Cuco, el hombre que no dejaba salir seco a ningún amigo de sus amigos.

—¿Ya rezó?

—Sí, señor, y para mí que la salud ya me va más templada y mejor puesta en su sitio.

El Cuco sonrió, cazurro como un viejísimo pájaro marino.

—¿Hace otro cuartillo?

Y el vagabundo, que también sabía dejarse querer, respondió, casi con solemnidad:

—Sí, señor; sí hace.

3. SANTIAGO DE COMPOSTELA

Sí; el gótico es el oro, y el románico, la humilde, la sencilla, la bellísima plata.

El vagabundo, mientras escucha retumbar sus pasos bajo los cariñosos, bajo los entrañables, bajo los viejos arcos de Compostela, va pensando en las relaciones que pudieran existir, como por un raro milagro de Dios, entre las arquitecturas, las almas y los metales.

En la taberna del Asesino, el vagabundo, sentado a la mesa de dos besteiros de los montes de Rebordechao que se le hicieron amigos, desayuna aguardiente con rosquillas, se fuma sus cigarros de tabaco de la vega de Padrón, habla de la Castilla que aquellos muros no conocen y se rasca, con la parsimonia y el deleite del sedentario, el picor que invade a los caminantes de todos los países cuando se paran, en cualquier esquina de cualquier paisaje, igual que un rendido y aburrido patache sobre los misteriosos bajos de la costa.

El vagabundo, antes de meterse en la catedral, a dar gracias al santo por conservarlo vivo, un poco triste y decidor, quiere contar las incontables losas de Santiago, las piedras, una a una, de la plaza Cuadrada, que es más bella, según los sabios, que la de San Pedro en Roma, o las de la plaza de los Literarios, que es más entrañable, según los poetas, que la de San Marcos de Venecia.

El vagabundo, paso a pasito, recorre las rúas de cadencioso y caprichoso trazado que lo vieron caminar de niño, cuando andaba bien vestido y aún no era vagabundo, y reza, por lo bajo, la salmodia sin principio ni fin en la que se cantan las alabanzas de los santos del país, de los santos que, desde los cuatro —¿eran cuatro?— puntos de la rosa vinieron al país para no marcharse jamás del corazón, hermético y de par en par abierto al mismo tiempo, de los paisanos.

—Buenos días, tenga usted.

—Buenos días, señora, y su buena planta que Dios se la conserve.

La señora sonrió, casi sin ser notada, con un mohín de ancestral y bien medida coquetería.

—Así sea y que el apóstol le escuche, que tengo para quien tenerla.

En la catedral no es hoy día de ver fumar al botafumeiro. El botafumeiro no fuma sino en las grandes solemnidades, como las madres de familia pletóricas de virtud.

En la catedral, en una amable penumbra, rezan las viejas damas compostelanas, los viejos canónigos, los viejos hidalgos.

Todo es suave silencio, bien estudiado silencio, bajo las altas naves de la catedral. Un niño que quisiera cantar, como un jilguero, su salvaje canción mañanera, se callaría, con un respeto milenario, un respeto que no le habría de caber en cien cuerpos como el suyo, al sentirse testigo, quizás sin saberlo, de la tumba del apóstol.

El vagabundo, después de su confusa y piadosa oración, sale a la calle a empaparse, avaramente, con el orballo, que cae lento como una bendición: igual que un viejo y complicado amor.

El vagabundo —¡no es por nada!— quiere coger en Compostela su abundosa provisión de agua, quiere llenarse hasta el borde las cantimploras del alma, los mismos vasos que el sol secará sin remisión en cuanto vuelva a caminar la heroica, la cruel meseta.

En fin…

En casa Negreira, en la rúa del Villar, el vagabundo, que tiene unos ahorros y le da la gana gastárselos, se mete a comer una enchenta de pimientos de Herbón, de mínimos y franciscanos pimientos de Herbón, una docenita de sardinas cabezudas y un pote nada ruin de lacón con grelos, que era el almuerzo del almirante Gelmírez y el desayuno del mariscal Pardo de Cela, el héroe de todas las leyendas gallegas.

El vagabundo, con la panza de buen año, se aleja de Compostela por el barrio del Hórreo, camino de la iglesia de Santa María la Real do Sar, la de las columnas que juegan a simular caerse.

Por el claustro de Santa María, detrás de un caballero templario vestido de fantasma, corre con un palo en la mano un monaguillo tartaja con el pelo de la hermosa color de la zanahoria.

—¿Adónde vas, muchacho?

—Ya lo ve, mi señor, a dar dos palos a un alma en pena…

Por encima de las cabezas del monaguillo y del vagabundo pasa, casi invisible, un ánima en desgracia.

Capítulo Segundo

Aparece Benitiño do Chao, primo del vagabundo

4. HASTA EL MIÑO, AL PIE DEL MONTE ALEGRE

El vagabundo, por el camino de Orense, dejando a sus espaldas las nobles, las recias, las bien trazadas torres de la catedral compostelana, sale silbando un son de muiñeira,[1] ya sus carnes en sazón por milagro del apóstol, a meterse en tierra pontevedresa por Puente Ulla, en el valle del Hórreo, más allá del Pico Sagro, que presume más de lo que abulta.

En Bandeira, el vagabundo se encuentra con un hermano de la andante orden de los caminos, que le invita a rezar una salve y a tomarse dos tragos de vino en el monasterio de San Lorenzo de Carboeiro, del que dicen que está dibujado en el más puro estilo románico. San Lorenzo de Carboeiro, que está vacío, escucha el rezo de los vagabundos que a él se acercan, desde sus dolientes muros donde vive la yedra y merodea la rapiña.

—¿Va usted muy lejos?

—Sí, señor, que yo le voy al fin del mundo, que todavía nadie me dijo dónde está.

El vagabundo, otra vez solo entre los altos y verdinegros carballos, pasa por Chapa, camino de Silleda, sin pararse a mucho más que a refrescar.

Bandeira y Chapa son aldeas que pertenecen al Ayuntamiento de Silleda, la de las rosquillas y la iglesia de Nuestra Señora del Corpiño, y capital de la tierra de Trasdeza, poblada de ánimas suspiradoras, de amables fantasmas y de remotas tradiciones.

En Lalín, el pueblo de los más bravos mozos gallegos, el vagabundo se siente noble ante las casas de los Pardos, de los Taboadas y de los Lemos.

En Lalín el vino no se pide por tazas sino por cuncas, por hermosas cuncas en cuyo blanco vientre de loza caben media docena de tazas bien cabidas.

En Dozón, y no Dozán como dicen algunos aficionados que quieren tocar de oído la rara ocarina de la geografía, el vagabundo sube hasta el santuario de Nuestra Señora de la Peña de Francia, advocación que ya encontró en sus andanzas por Las Batuecas, dejando atrás el dorado campo de Salamanca y enfrente el abigarrado y minúsculo mundo de Las Jurdes, para abrir su vista ante el valle de Deza, el de los mil verdes diferentes.

Dejando a la siniestra mano el alto de Santo Domingo, el vagabundo se mete en tierra orensana a buscar el río Arenteiro, de cuyas orillas umbrías salieron parte de sus abuelos y un tío al que Dios Nuestro Señor hizo santo, quizás porque hubo la suerte de nacer el día del apóstol del año en que los franceses se asustaron por las calles de Madrid.

Remontando el curso del río Arenteiro, y dejando a un lado el camino que después volverá a encontrar, el vagabundo se mete en Piñor, el pueblo donde tiene primos en cada parroquia y primas en cada aldea, en busca del monasterio de Osera, al que algunos llaman El Escorial gallego y en donde el abad se hacía nombrar conde de Cea.

Por el sendero abajo el vagabundo se mete en Cea, capital del Ayuntamiento de San Cristóbal de Cea, con su santuario de Cobas, su románico en la parroquial y sus imprecisos restos de la Coba-Ursaria. El vagabundo, que no ha visto osos en todo el camino, piensa que en algún tiempo, quizás no lejano, debió de haberlos, dados los nombres con los que se encuentra.

En Cea, el vagabundo duda entre meterse por el camino de Carballino, capital de su señorío y nutricia cabeza del buen yantar del país —para carne, pan y vino, Carballino—, o tirar sin salirse de por donde va, para llegar a Orense en derechura.

Después de pensarlo un tanto, el vagabundo se decidió a caminar contra el sol, que era por donde le quedaba más tierra por delante.

Tamallancos, lugar del Ayuntamiento de Villamarín, que queda por el lado de la peña de Readigo, guarda el pazo de los condes de Muza, de larga, complicada y deleitosa historia.

Desde Cambeo, y cogiendo la carretera que hacia el norte y por Chantada, con su puente romano, su santuario de Castro de Calvas, su priorato de San Salvador de Asma y sus sepulcros celtas de la Torre de Arcas, le llevaría hasta Lugo, el vagabundo se mete al sur, a pasar por Gustey, ya con la niebla del Miño y las torres de Orense al fondo.

Al pie del monte Alegre, por el vetusto y noble caserío de Orense, el vagabundo piensa que ha de entrar con tanta calma como respeto, con tanto aplomo como recogimiento.

Porque Orense es villa vieja y de noble origen, ciudad levantada a buen golpe de cincel sobre piedras de ilustre antigüedad.

5. UN PUENTE ROMANO DE CUMPLIDAS PROPORCIONES

Al cruzar el puente de Orense —un puente romano de proporciones cumplidas—, el vagabundo se encontró con su primo Benitiño do Chao, mozo endemoniado y espabilado, garrido y tarambana, cantor de fados cuando estudiante pobre en Coimbra, maestro de solfa de los jilgueros del pazo de Auristela, a mitad de camino de la luna, soldado de cuota, perito en vinos del Ribeiro, carpazonas en agraz y rosas de olor, tuerto de un mal aire y, como el vagabundo mismo y aun muchos más en su familia, deleitoso y aplicado coleccionista de paisajes y de puestas de sol, que se había jugado al naipe, con el santo de espaldas, sus montes de tojos, sus bosques de carballos y sus prados de blancas margaritas.

—¿Adónde vas?

—Al otro lado del puente, ¿y tú?

Benitiño do Chao, noblemente, resignadamente, casi dulcemente entristecido, tenía un vago aire de capitán en desgracia.

—¿Pones el tabaco?

—Pongo el tabaco.

En la catedral, bajo su gótico viento y al pie de la estatua de David, Benitiño do Chao y el vagabundo, como dos catecúmenos sin mucho ensayo, rezaron un contenido y devoto silabario al Cristo de Nicodemus, el que el obispo Vasco Marino se trajo de Finisterre, donde la tierra acaba y la mar, que no acaba jamás, comienza a herir y a enamorar.

Benitiño do Chao, como el vagabundo, es marinero y de familia de marineros. Pero Benitiño do Chao, igual que el vagabundo, prefiere caminar la tierra porque la mar le sobrecoge sus mal plisadas telas del alma.

—Hace años que nada sé de ti.

—Ni yo de ti.

Benitiño do Chao y el vagabundo van a ver Las Burgas —la Warmsee o lago caliente de los suevos, de donde puede salir el nombre de la ciudad—, quizás para cumplir con su deber de turistas, aunque pobres, y después se acercan a las parroquias del caserío y del campo de Orense, a las parroquias donde nunca falta la caridad de una palabra de buen amor, la fe de un vaso de buen vino o la pagana esperanza de una moza de buena planta.

San Jesús del Cebollino y Santa Marina del Monte, San Salvador de Noalla y las cuatro Santas Eufemias —del Centro de Orense, del Norte de Orense, del Centro de Afuera de Orense y del Norte de Afuera de Orense—, Santa María de Reza y las dos santísimas Trinidades —la de Orense y la de Afuera de Orense—, San Verísimo de Sejalbo, Santa Marta y San Bernardo de Tibianes son andadas, un pie tras otro, como es mandado, por Benitiño do Chao y el vagabundo, los hombres que siempre encuentran una zarza amiga, un sendero clemente y esos dos palmos cuadrados de tierra de nadie que un hombre necesita para descansar o, si las cosas vienen mal dadas, para morir.

Para Benitiño do Chao y el vagabundo, que tenían una rara y bendita sea tendencia a ver el lado bueno de las cosas, Orense, con todo lo que les ofrecía sin pedírselo, tenía muchas más altas razones que las tres que quería el cantar:

Tres cosas hay en Orense

que no las hay en España:

el Santo Cristo, la Puente,

y la Burga hirviendo el agua.

Benitiño do Chao y el vagabundo pensaron en esta vida.

—¿Y el morral?

—Mejor que el vientre.

—Pues, si no te molesta, tira de lo que haya.

Hay quien piensa que Anfíloco, el troyano, fue el fundador de Orense. Hay quien piensa que fueron los celtas. Hay quien piensa que fueron los suevos, quienes se lavaron sus frías carnes en las calientes aguas de la Warmsee. Hay quien piensa que fueron los romanos, que tradujeron la Warmsee por Aquae urentae. Hay también quienes, como Benitiño do Chao y el vagabundo, no piensan nada.

—¿En qué piensas?

—En nada, no estaba pensando en nada.

Por el cielo vuelan las golondrinas detrás de los mosquitos navegantes del Miño, esos mosquitos que, a lo mejor, llevan un guerrero encantado escondido dentro del corazón.

Entre los juncos de la orilla, las ranas se adiestran en su monótona gimnasia mientras cantan, con su mala voz, su poco variada letanía.

El sol está cayendo, más allá de los montes que quedan en el lejano camino de la mar, y Benitiño do Chao y su primo el vagabundo se quedan en silencio, como esperando a que la noche, de un momento a otro, rompa a llorar.

6. DETRÁS DE LA MAROLA, INGLATERRA, Y ALLÁ ENFRENTE, LA HABANA

El vagabundo, con su primo Benitiño do Chao de la mano, llegó a La Coruña, casi de milagro, subido en lo más alto de un camión de bocoyes de vinagre.

—Pensé que habíamos de caer.

—Y yo pensé que habíamos de quedar en salmuera, aunque sin sal.

La Coruña es una ciudad alegre, abierta y decidora; una ciudad sin misterio, pero con encanto, quizás con demasiado encanto para los vagabundos que, como Benitiño do Chao y su primo, prefieren poner ellos la misteriosa veladura de todos los encantos.

Por los Cantones abajo y la Marina, el vagabundo y Benitiño do Chao marchan hacia la ciudad vieja, hacia la silenciosa y señorial calle de Tabernas, en la que el vagabundo tiene allí unos tíos amigos de hacer la caridad.

Antes, el vagabundo y Benitiño do Chao se habían pasado por la calle de los Olmos, a repostar en O Crego, en Salto do Can y en Ribadavia, a comerse dos nécoras y un puñado de pimientos de Herbón.

—¿Pican?

—Más pica la sarna y no alimenta.

Por la playa del Parrote, camino del antiguo hospital, saltan, como delfines, los niños de la mar, los niños de la carne con sabor a sardinas y olor a algas. Desde el jardín de San Carlos, donde el general sir John Moore, el inglés amigo de los españoles, duerme arrullado por los versos que la tierna Rosalía escribió para ofrecérselos en nenias, una niñera del interior mira, con una niña en el brazo, las largas bordadas de un patache villagarciano que anclará tres horas más tarde.

—Parece guapa…

—No te fíes, es la altura.

La mar, por más allá del cementerio, juega sus primeros saltos del espanto, esos saltos que a veces parten en dos los navíos como una rebanada de blando pan de trigo. Un pescador de caña ni mira ni se mueve. Quizás tampoco respire. A lo mejor, es un pescador de caña muerto hace ya muchos años, ¡quién lo sabe!

Un pesquero minúsculo va, por encima de las olas, subiéndolas y bajándolas, detrás de la merluza o de la muerte. El vagabundo afina el mirar, a ver si le adivina el nombre. Su primo Benitiño do Chao también lo hace. Al vagabundo y a su primo Benitiño do Chao les gustan mucho los románticos, los elegíacos, los confusos y remotos nombres de los barcos que, tímidamente, quizás para no despertarla, se hacen a la mar: San Telmo, Dos Hermanas, Bella Juanita, Tabeirón, Cambadés III, Ría de Ortigueira…

—¿En qué piensas?

—En nada, ya te lo dije el otro día; no estaba pensando en nada.

La torre de Hércules es un monumento muy historiado, un monumento con la mar de historias dentro de la barriga. En los libros, hay siempre muchas páginas hablando de la torre de Hércules, que tiene una escalera por dentro para que la gente pueda llegar hasta el mismo tejado.

La torre de Hércules tiene a babor las playas de Riazor y del Orzán. En la playa del Orzán, todos los años se ahogan dos o tres forasteros. Antes había un letrero que decía: prohibido bañarse a los forasteros. Los forasteros, al leer el cartel, lo tomaban a mal y se bañaban. Al poco rato ya estaban ahogados. La playa del Orzán tiene unas corrientes que, si no se conocen bien, llevan para afuera, para la mar adentro.

La playa de Riazor es también mala, pero menos brava. La playa de Riazor tiene unas piedras delante que le quitan fuerza a la mar. En estas piedras, cuando el vagabundo era mozo, aún pescaba, algunas veces, pulpos con bichero.

A estribor de la torre de Hércules quedan las tres rías: la de La Coruña, la de Sada o de Betanzos, y la del Ferrol. Entre las dos primeras queda la peña de la Marola, en aguas donde los marineros se santiguan.

—¿Es peor que Finisterre?

—Peor, no sé; pero mejor no es.

Un velero de alto porte, quizás uno de los últimos veleros ingleses o escandinavos, cruza como un fantasma por la raya en la que se juntan el cielo y la mar. Va tan lejos, que nadie, desde tierra firme, podría jurar por sus muertos que lo siente mover.

Un viejo pescador que fuma, parsimoniosamente, mirando para la mar, parece estar esperando la pregunta de Benitiño do Chao, el primo del vagabundo.

—Buenas tardes, patrón.

—No son malas…

—¿Qué queda detrás de la Marola?

—Inglaterra, que es un país de marineros.

—¿Y allá enfrente?

—Allá enfrente La Habana, que es un país al que llevé muchos hombres que se hicieron ricos y volvieron con un reloj de oro…

Capítulo Tercero

Que sirve para acabarse de beber Galicia

7. HASTA POIZÁ, EN EL CAMINO DE ASTURIAS

El vagabundo, a orillas del mar coruñés, se despide de su primo Benitiño do Chao, que arbitró dar unos conciertos de acordeón en un café cantante de la calle del Orzán, y solo, como había venido y como solía andar, tiró por el camino de San Pedro de Nos, con sus chalets y sus coches lustrosos y charolados; siguió por las cuestas del húmedo Guísamo, ya la mar y sus peces a la espalda; cruzó el rústico y mínimo Costiñán y fue a caer, cuesta de la Angustia abajo, sobre el vetusto y entrañable Betanzos, el pueblo donde el Atlántico vuelve a asomar.

El vagabundo, cada vez que pasa por Betanzos, y ya lleva pasadas unas cuantas en su vida, no puede evitar el acordarse de aquel acto de propaganda electoral en el que el candidato a diputado, asomándose al balcón del ayuntamiento, preguntaba con voz tonante a la multitud:

—¡Betanceiros! ¿Qué queredes?

—¡Que suba o pan e que baixe a caña!

—Pois cando chegue a Madrid, xa falaréi con premura.

—¡Viva Premura!

Betanzos es un pueblo ilustre, antiguo, rebosante de tradición, lleno de historia. La peluquería de señoras Avelina cuelga su marca sobre el noble granito de una fachada con blasón. Las iglesias de Santiago, Santo Domingo, San Francisco y Santa María del Azogue son construcciones de elegante traza y cumplido porte.

Betanzos es también villa de muchas aguas. En Betanzos muere la mar y nace, entre mimbreras que la pleamar oculta, la ría de su nombre. En el mismo Betanzos se encuentran, y se saludan, los ríos Mende o Mendo y Mandeu o Mandeo. El Mendo viene de los montes de la Tieira, regando huertas, leiras de maíz y frescas praderas delicadas. El Mandeo nace en la Coba da Serpe, bebiendo las fuerzas de cien arroyos. Aguas arriba del Mandeo y más allá de las yedras y de las piedras que guardaron a Churruchao, italiano arzobispicida y legendario, los árboles dos Caneiros guardan los amorosos secretos de las mozas betanceiras que se sintieron, allá por los soles de agosto, altas damas del Renacimiento.

Betanzos, hace algo más de un siglo, fue capital de provincia. El vagabundo guarda entre sus papeles un mapa de Galicia, fechado en 1816 y firmado por don Tomás López, geógrafo que fue de los dominios de Su Majestad, e individuo de varias academias y sociedades, en el que el reino aparece dividido en siete provincias: Santiago, La Coruña, Betanzos, Lugo, Mondoñedo, Orense y Tuy, siguiendo el mismo orden de la leyenda.

El vagabundo, en Betanzos, siente envejecer sus carnes y llenarse de honor y de responsabilidad su espíritu. El vagabundo, que es hombre dado, quizás por pobre, a todos los conservadurismos, escucha, al pasear las calles de Betanzos, el latido gemelo de los más viejos corazones.

Por el lugar de Fontelos —atrás la feligresía de San Salvador de Collantres, ya en la cuesta arriba, y Coiros, al pie del monte Espenuca— se sube la cuesta de la Sal, lugar elegido por algunos automovilistas para despedirse de este bajo mundo, de este triste y pobre valle de lágrimas.

En Guitiriz languidecen los agüistas, en San Béjome de Parga —cuyo patrono es el conde de Vigo— un pastorcillo se adiestra en el arte de soplar la solfa por la boquilla de la gaita, y de Baamonde, a orillas del río Parga y a la lejana sombra del Cordal de Ousá, dejando que siga la carretera, que bien va sola y que por Rábade y Lugo lleva hasta Madrid, el vagabundo se mete, a la izquierda, por el ramal que lleva a las Asturias —que nunca se sabe bien cuántas son— cruzando el Eo fronterizo y misterioso.

El vagabundo, que lleva ya mucho camino andado, se sienta, a la sombra de un carballo, a descansar y a poner los pies en alto —que es una honesta y resignada y poco comprometedora manera de echar los pies por alto—, y piensa, mientras escucha a una moza cantar al tiempo que sacha, en las golondrinas del cielo, en la Edad Media, en las serpientes de la mar y en otras vagas ideaciones que le confortan.

Sobre los montes, dos nubes que semejan dos manos fantasmales señalan, con sus blandos y cambiantes dedos, la cabeza del vagabundo. El vagabundo que, ¡no lo puede evitar!, más bien cree en las brujas que deja de creer en ellas, se tapa el mirar con la boina y espera a que el viento, ese gran aliado, se encargue de pintar otras pinturas en el cielo.

Los lugares de Torre y de Poizá, sobre el río Ladra, tienen un aire bucólico y apacible, muy de postal de joven soldado en amoríos que felicita el cumpleaños a su novia, niñera en la ciudad.

El vagabundo que, a veces, se torna sentimental como una cocinera madura y nostálgico como un afilador en la emigración, suspende su caminar de hoy porque nota que un sosiego no demasiado frecuente le sube, igual que un lento fuego, por los vasos de la sangre.

Después de todo, mañana, si los dioses no disponen otra cosa, será otro día.

8. DE VILLALBA A MONDOÑEDO, PASANDO POR ABADÍN

Villalba es un pueblo grande subido en una colina. Villalba se sienta en la ladera sur de la sierra de la Carba, montes que crían una millenta de rumorosas fuentes y frescos arroyuelos. Las mil venas del agua que escurren por sus verdes cuestas forman los regatos Trimas y de la Magdalena que, por las praderas de Boizán y las leiras de Sancobade, forman el río Ladra, que ha de caer al Parga para que se lo beba el serio patriarca Miño. El vagabundo, a las puertas de Villalba, escucha el silbo del jilguero y la recoleta canción del ruiseñor, mientras piensa, casi con la cabeza ida, en el dulce y mínimo Francisco de Asís, que también, bien mirado, fue un vagabundo, un vagabundo que llevaba un ángel posado sobre su corazón.

Como al día siguiente es fiesta —no importa qué fiesta—, las calles de Villalba comienzan a engalanarse. Quizás por la misma razón, un loco bien parecido da unos saltos mortales increíbles en medio de la carretera, sin que nadie le haga caso; en seguida se echa de ver que el loco es un loco que se prodigó, un loco que ha abusado de sus mañas, sus ingenios y sus habilidades, un loco que ya acostumbró a todo el mundo a contemplar —e incluso a olvidar— sus difíciles artes de saltimbanqui.

Por los caminos que traen hasta Villalba se acercan, despaciosos y solemnes, los campesinos que van a la feria arreando una vaca marela o llevando un cerdo color de rosa atado de una pata.

El vagabundo, que sabe por experiencia que las vísperas son aún más fecundas que las mismas fiestas, se deja querer de la caridad y, en cuanto reúne tres duros, se larga de Villalba para no caer en la tentación de gastárselos.

Por Goiriz, entre vetustos castaños de Indias, un paisano de zuecos y en bicicleta lleva el negro y cumplido paraguas a la espalda, colgado del cuello de la chaqueta. El vagabundo, al cruzarse con el paisano, le saluda:

—¡Eh! ¡El del paraguas!

Y el paisano, que no le contesta, se lleva la mano a la espalda, a ver si el paraguas sigue en su sitio, y continúa, carretera arriba, camino de donde vaya.

En Abadín unas mujeres, duchas en el oficio del alarife, trabajan en la construcción de una casa. Según cómo se mire, la cosa tanto puede significar la esclavitud como el matriarcado, tanto la despótica opresión del hombre como el triunfo del feminismo liberador. Todo es cuestión de apreciaciones.

Hacia Gontán —un pueblo pequeño y de distinguido y señorial aspecto— los picos de las montañas aparecen cubiertos por la niebla y el paisaje empieza a hacerse más duro o, quizás mejor, menos sentimental, dulzón y caritativo. Los campos, por esta parte del caminar del vagabundo, tienen una semejanza cierta con la traza de los últimos campos de León, dejando atrás Castilla, o con la de los primeros de Orense, mirando a toda Galicia por delante.

Al fondo del valle, Sardónigas vive, mansamente, bucólicamente, abandonadamente envuelta en sus praderas y, poco más adelante, San Vicente, en el mismo paisaje, agrupa sus diminutas casas al borde del camino.

Con el valle, el mirar del vagabundo se ensancha hasta la loma de Neda, sobre cuyas laderas el campo finge un curioso mosaico. Desde lejos, y entornando un poco los ojos, el campo semeja una tapicería cubista —a triángulos, cuadrados y rombos multicolores: verdes, rojos, amarillos, siena—, una tapicería para forrar los muebles de tubo de acero que estuvieron de moda hace veinticinco o treinta años. Los sociólogos y los economistas a esta tapicería le llaman el problema del minifundio.

Mondoñedo, el pueblo donde le cortaron la cabeza a un retatarabuelo del vagabundo, queda al final del barrio de San Lázaro.

Mondoñedo es ciudad antigua y de rancia prosapia. Mondoñedo, en el siglo pasado, también fue capital de provincia. Mondoñedo, que perdió el gobernador civil, sigue conservando el obispo.

Mondoñedo es villa desde la que el mundo se ve despacio, como hay que verlo. El vagabundo, que ama la calma por encima de todas las cosas de este mundo, se encuentra a gusto en Mondoñedo, paseando sus calles vagamente rumorosas, bebiendo vino en sus hospitalarias tabernas, y hablando de mitología celta y de los caballeros de la corte del rey Artús con don Álvaro, que es un hombre sin prisas, como su pueblo, que es un hombre que conoce las esotéricas ciencias de la espera, las revueltas y complejas artes de la espera.

El vagabundo, que no ha de cruzar de pasada sobre Mondoñedo, prefiere hilar más por menudo sus horas en la ciudad. Y prefiere también dormir de recio —y que Dios se lo perdone— a escurrirse con las últimas gotas del sueño dejando seco y yermo el vaso que podrá escanciar cuando el día levante.

9. EL VIEJO MONDOÑEDO

El vagabundo, caminando como can sin dueño por las calles del viejo Mondoñedo —calles del Perejil y de la Princesa, de Fuentevieja y de San Roque, de la Angustia y de los Remedios—, se siente, ¡qué ilusión!, caballero medieval y tuerto en la guerra, cruzado sin Cruzada a la vista, amador sin amor, o músico mudo y derrotado.

—¿Voy bien para el Valadiñares?

—Sí, señor, si no se tuerce. Pero si lo que busca es agua, ha de encontrarla tire para donde tire, y aun si se está quieto.

—Muchas gracias.

—No hay de qué darlas, hermano, que todos nos hemos de ayudar, y obra de caridad se dice que es enseñar al que no sabe.

—Y orientar al desorientado.

—Sí, señor, y decir los ríos al hombre que tiene sed. Si tira usted para abajo, se ha de dar con el Sixto, que es arroyo cativo aunque, a veces, se enfurece y saca las aguas del plato.

—Sí, señor.

—Si viene usted de Compostela o de la mar coruñesa, salvó usted el Tronceda y el Pelourín, que tiene nombre de rapaz travieso.

—Sí, señor.

—Y tanto. Y si tira usted para arriba, para la mar de Foz, ha de toparse con el Masma, que se bebe en Vilaoalle las aguas de tres ríos.

—Sí, señor.

El vagabundo, con su cumplida orientación de las aguas de Mondoñedo, prefiere apagar su sed por las tabernas, por las murmuradoras, por las rumorosas, por las vivas tabernas mindonienses —o mondoñedinas, que es más claro—, donde se sirve el vino con los viejos rituales que vieron morir a golpe de hacha al mariscal don Pedro Pardo de Cela, el hombre que se enamoró de un paisaje y murió por él.

El vagabundo, a la sombra de los cuatro obispos santos de Mondoñedo —san Martín, en el siglo VI; san Fructuoso, en el VII; san Rosendo, en el X, y san Gonzalo, en el XI—, siente el orgullo de las viejas piedras, de las viejas yedras, de las viejas tradiciones, de las viejas iglesias y de las viejas nubes gallegas, que rompen, casi con un misterioso silencio, los años que para tantas y tantas esquinas del mundo siguen aún vírgenes e ignorados.

Como es sábado y día de yantar de balde en muchas casas nobles que hacen la caridad, el vagabundo, puesto en la cola de la hartura, saca la panza de mal año cantando unas coplejas que aprendió de niño y que, por más tiempos que sobre ellas pasaran, jamás habrían de envejecer ni ajarse; que la yerba es siempre joven —y el cantar—, porque su muerte no deja huella en el amargor de la memoria.

—¿Quieren que cante otra?

—Si no le es molestia y un patacón le vale…

—Ya lo creo que me vale, señora, y aun sin él le habría de cantar una cantata que sé y que habla de dos amadores que tanto se amaban que hubieron de morir de paralís.

El vagabundo, patacón a patacón, reúne los patacones bastantes para soplar dos cuartillos a la caída de la tarde y a la salud de sus benefactores, que es como se llama, en la lengua fina, a las gentes que protegen el canto y dan limosna a los trovadores.

Ya de noche, el vagabundo asiste al concierto de bandurria que da un barbero en una rebotica con olor a pastillas de goma y aroma a malvavisco, y a las explicaciones sobre los caballeros de la Tabla Redonda que regala don Álvaro, de quien ya el vagabundo habló, un señor muy culto que es escritor, poeta y pescador de truchas, que en el país dicen troiteiros.

El vagabundo, que a veces gusta de instruirse, escucha atentamente las melodías del virtuoso de la púa, que tienen tantos años ya, por lo menos, como la catedral que es del tiempo de doña Urraca Alonso.

Fuera, golpeando, casi con discreción, sobre los cristales, cae la lluvia de Mondoñedo: un agua, otra agua, suave y mansa como la pespunteada hoja del culantrillo de las fuentes.

El vagabundo, que se siente casi infinitamente feliz, piensa con pena en su promesa de caminar eternamente, sin un descanso mayor del necesario, sin una pausa que cualquier razón la justifique menos su propia comodidad.

Y el vagabundo, para no albergar en su cabeza pensamientos malsanos, se tumba a dormir en un rincón, pensando en vanos y angélicos revolares, en los revolares que se irá bebiendo, con tanta ilusión como desesperanza, por el prolongado cáliz de los caminos de España, de los caminos cuyos pasos, igual que las arenas de la mar, son incontables.

10. EL EO, EN LA RAYA DE ASTURIAS

A una legua cumplida de Mondoñedo, por Lorenzana ya, el vagabundo, que ha hecho su camino a la vera de una moza guapa y decidora que se llamaba, según decía, Guadalupe Baleira, cruzó el río Villanueva, con sus aguas claras y sus verdes orillas, sus zarzas espinosas y sus dulces, sus suaves, sus acariciadoras praderas.

Aunque no iba cansado, el vagabundo, quizás para sentirse aún más ligero todavía, se bañó en el Villanueva como un niño pescador o un diosecillo antiguo al que echaron de su paraíso por meterse en camisas de once varas: desnudo y solo, igual que el mirlo que canta en el castaño.

Por Villamar, y por en medio de un bosque de negras sombras y de grises murmullos, el vagabundo cruza de paso en busca de las palmeras de Barreiros y de San Miguel, que se miran en las azules aguas del Cantábrico y que, según es fama, pactan con las medusas de la mar.

Dejando a babor las puntas de San Miguel y de la Corbera, el vagabundo que va a decir adiós a la gentil y entrañable Galicia, se mete en Ribadeo por el paso a nivel del trenillo de vía estrecha que va hasta Villaodrid, al pie de la sierra de Meira.

El vagabundo, que había empezado a caminar de noche, se encuentra en Ribadeo muy de mañana y con ganas de tomarse un desayuno caliente. El camino y el baño al alba, cuando con el alba se fue la moza Guadalupe Baleira camino quién sabe si del fin del mundo, le habían abierto los apetitos del estómago y las bienaventuradas aguas de la boca.

El vagabundo, en la plaza de Ribadeo, se mete en un café.

—Buenos días.

—Buenos días tenga usted.

—¿Se puede desayunar?

—No, señor.

—¡Ah, bueno!

Al vagabundo le cogió un poco de nuevas, un poco de sorpresa y sin preparar, la contestación del camarero, y le respondió: ¡Ah, bueno!, igual que pudo haberle respondido otra cosa cualquiera. A veces, uno contesta ¡Ah, bueno! porque no tiene a mano otra cosa mejor que responder.

Para olvidarse de su fracaso, y también para matar el hambre olvidándola con la lectura, el vagabundo compró un ejemplar de Las riberas del Eo, periódico de información galaico-asturiana que, con cierta frecuencia, publica artículos muy eruditos sobre las cosas del siglo XIX de los que es autor don Dionisio, un señor la mar de culto aunque algo chiflado que sabe muchas cosas que los demás ignoran.

Las riberas del Eo es un periódico viejo e importante. La redacción de Las riberas del Eo está en la calle del Viejo Pancho, que fue un poeta natural del pueblo. Las riberas del Eo ha cumplido ya los setenta años de vida. Las riberas del Eo es papel que se puede ver en la Argentina y en el Uruguay, en el Paraguay y en Cuba, en Méjico y en los Estados Unidos.

La primera página del número que el vagabundo lee está ocupada, de arriba abajo, por una esquela mortuoria de doña Petronila López Fernández, viuda que fue de don José López Santamaría, alias Muralla, según aclara el papel. La esquela es una esquela que entristece, una esquela íntima y como en familia, una esquela que a todos alcanza un poco, una esquela en la que se afirman y eternizan los apodos, para que no haya dudas ni malos entendidos.

En las otras páginas, Las riberas del Eo publica sonoros versos, cumplidas notas de sociedad —alegres bodas, jolgoriosos bautizos, felicísimas primeras comuniones, defunciones siempre de lamentar, viajes rendidos con buena estrella, bachilleratos terminados con aprovechamiento— y anuncios, muchos anuncios, un revuelo de anuncios marchando en tropel, como los gorriones o como los niños de las escuelas.

Los anuncios de Las riberas del Eo son los más bellos anuncios de todos los periódicos del mundo. Los anuncios de Las riberas del Eo aclaran todas las dudas del lector y lo mismo sirven para un roto que para un descosido. En Las riberas del Eo se anuncia una Radio Cela, que se distingue por su buen sonido; y una Funeraria Económica que pregona que quien mire por sus intereses forzosamente debe acudir a esta casa que se encarga de toda la documentación; y una bodega que se llama, casi como un poema, La cepa valdeorresa; y una academia que se titula El Rápido, como si fuera una agencia de transportes; y un vino que se nombra Eternidad, y…

El vagabundo, a las riberas del Eo, con Las riberas del Eo en la mano y Asturias enfrente, piensa que el pueblo de don Dionisio bien merece mirarlo con mayor sosiego.

* * *

El vagabundo, en el embarcadero de Porcillán, por las callejas de Ribadeo, va en busca del agua y de los peces del agua, de los relampaguillos que se brindan, como sacrificadas doncellas, a la paciencia del pescador.

El vagabundo, que no es un ducho, un diligente y sabio pescador, pesca seis peces en seis cuartos de hora y los vende, por seis reales, a una señora que marcha, rodeada de seis niños, por el campo de San Francisco, entre los árboles del campo de San Francisco.

—¿Quiere peces, señora?

—¿A cuánto?

—Iba a pedirle a dos reales…

—No lo pida. ¿Hacen a real?

—Hacen, sí, señora.

En la plaza de Arriba, entre la iglesia Nueva —la iglesia que se llamaba nueva hace ya más de un siglo— y Santa Clara, entre San Francisco y el noble dibujo de la casa de los Ibáñez, el vagabundo, olvidado del mundo y de sus pompas y vanidades, se sienta en el suelo, a ver pasar la gente y a tomar el sol, esa estrella que derrocha sin conocer la ruina.

Una niña juega al diávolo, como en las estampas antiguas, y un niño juega a la guerra, igual que en las dolientes estampas de siempre. La niña es una niña pálida y liviana, sentimental y delgadita, con los ojos azules y el delantal blanco y con vivos colorados. El niño es un niño morenucho y también ligero, bullidor y tampoco sobrado de carnes, con los ojos de color marrón y un jersey azul con el cuello blanco y en forma de pico.

—¿Cómo te llamas?

—Me llamo Teófilo.

—Es un nombre muy bonito. ¿Y aquella niña?

—Aquella niña es mi prima.

—Bueno, ¿y cómo se llama tu prima?

—Mi prima se llama Carmelina, pero yo no me hablo con ella.

—¡Pero, hombre! ¿Y por qué?

—Pues ya lo ve usted; nuestros papás tampoco se hablan.

El vagabundo, que nunca fue aficionado a los pleitos de familia, ¡y así le va!, disimula y se calla. El vagabundo —él no sabe por qué ni por qué no— piensa que la razón, probablemente, la tienen los papás de Carmelina. El niño tiene una carita muy poco razonable, una carita de cachorro simpática, sí, pero muy poco razonable.

El vagabundo, quizás para no perder la costumbre, se da una vuelta por las ermitas, por San Roque y por la Trinidad, por la Misericordia y por Santa María de Chiquinquirá, por la de la Orden Tercera y por San Sebastián, por los muros a cuyo cobijo tantos y tantos otros vagabundos habrán dormido, se habrán rascado el hambre o habrán hecho recuento de sus fuerzas, de sus fortunas y de sus calamidades.

El vagabundo pregunta por don Dionisio, su sabio amigo, pero las gentes le responden que don Dionisio está muy lejos, en Madrid, quizás, ganando dinero y haciéndose célebre. El vagabundo siente no toparse en Ribadeo con don Dionisio, porque don Dionisio, amén del alma del país, es hombre dadivoso que invita a pasteles y a copitas de vino dulce.

—¿Y no viene por aquí?

—Poco, por aquí le viene poco, se conoce que tiene mucho que hacer, su oficio es de los más difíciles que hay.

—¡Vaya!

El vagabundo, para saltar a Asturias, no sabe si acercarse a los embarcaderos de Porcillán, de la Cabanela o de la Figueirúa, y pedir un hueco en el primer bote que vaya a hacer el camino, o meterse, Eo abajo, hasta el puente que lo salva.

Por la ruta del agua hubiera llegado, de un salto, a Castropol. Por la de la tierra habría de encontrarse, dos leguas al sur, con Vegadeo.

El vagabundo piensa que, para mejor andarse el Eo, y puesto que Ribadeo ya ha de dejarlo atrás, no le vendrá mal llegarse a Vegadeo, que por algo se llamará así, y se decide por el polvo de la carretera en vez de por la fresca salpicadura de la ría.

Hacia el sur y siempre a la vera del tren de Villaodrid, el vagabundo, que va a decir adiós a Galicia, se mete por un camino marinero, de bellos horizontes y aires salobres, con gaviotas en la marisma, golondrinas en el cielo y rumorosas zagalas andando por la carretera.

Enfrente, Vegadeo prospera aferrada a su banda de estribor.

Capítulo Cuarto

En el que se caminan los primeros caminos de Asturias

11. VEGADEO, EN LA PUERTA DEL OESTE

Y más allá del puente, en la puerta por la que Asturias se abre al occidente, está Vegadeo, en la banda de estribor de la ría.

Al vagabundo se le ocurre que este sería un arranque bonito para un cuento sin fin, un cuento eterno y misterioso, sin pies ni cabeza, como deben ser todos los cuentos.

—¿Y entonces?

—Entonces, cuando Margarita bañó sus trenzas rubias en el Eo, un caballero se le acercó y le dijo: «Gentil Margarita, la de los cabellos de oro, ¿os queréis casar conmigo?», y ella, desde el agua, le contestó: «Sí, buen caballero, yo me casaré con vos en cuanto desencantéis a mi hermana Florinda, a quien una meiga aviesa convirtió en gaviota de la mar».

Sí, sería un cuento muy bonito, un cuento imposible…

Vegadeo es un pueblo grande y animado, con la plaza llena de gentes y de autobuses, y un café donde se puede desayunar, y hasta repetir, si se quiere.

—¿Puedo desayunar?

—¡Claro que puede!

Al vagabundo le molesta un poco, al principio, esa seguridad en el desayuno, ese dar por fáciles las cosas más difíciles.

—No, no, usted perdone; es que a veces, ¿sabe usted?, no se puede aunque se quiera.

La moza del café no creyó que el vagabundo estuviese en sus cabales, en su sano juicio.

—Mientras usted pague…

—No, no, a veces, aunque se pague, ¡se lo juro!

La moza tomó una decisión.

—¿Usted quiere desayunar?

El vagabundo se agarró al clavo ardiendo que se le ofrecía.

—Sí; yo, sí.

Con el breve salto del Eo cambia la lengua e incluso el acento de las gentes. Aquel era un país, y este, ni mejor ni peor, es otro país diferente. Con el rápido paso del Eo se trueca el zueco por la madreña, con sus tres tacones, en el calzar.

Con el veloz, con el apresurado tiempo del Eo —un tiempo tan escaso que ni puede dilatarse—, se unce el ganado a la carreta de distinta forma: por los cuernos, como en Castilla, y no por el pescuezo, como en Galicia. Los bueyes, en los carros asturianos, llevan una piel de cordero colocada, como una peineta, en el testuz y cayéndole sobre los ojos. Las moscas de las dos orillas, según es sensato suponer, son las mismas; pero la manera de espantarlas es diferente. En Galicia las echan a volar con una rama de tojo florecido; en Asturias, con una pastoril zalea.

El vagabundo, que quisiera saber el misterio más hondo de las más sencillas y minúsculas cosas, no se atreve a preguntar, porque las gentes no entienden su curiosidad.

Si el vagabundo fuese rico y no perdiese, con los cuartos, las aficiones que sin ellos tiene, se pagaría un coro de sabios que le fuesen explicando, igual que a un rey antiguo, todas las diminutas sabidurías que los hombres ignoran: el lenguaje de las avecicas del cielo, el amor de los peces de la mar, el color de las flores del prado y su aroma, el tacto de las más bellas conchas y el porqué de los pájaros de hierro de las veletas de las torres y de los campanarios.

—¿Quiere mucho café?

—Mitad y mitad.

—¿Quiere un bollo?

—No, prefiero un cuarto de pan.

—¿De trigo?

—No, de centeno. Uno, salada, no es de pan de trigo.

La moza ni sonrió.

Por la calle, una mujer va pregonando cangrejos, mientras un niño misterioso camina pasando, meditativamente, casi con una hosca crueldad, los dedos por la pared.

Un hombre bigotudo y bien parecido, un hombre cincuentón, encinchado y con bastón y leontina, se queda mirando, con ojos inquisidores, para el vagabundo. El vagabundo, que es hombre a quien atemorizan las personalidades, procura sonreír.

—¿Es usted Pepino, el tonto de Castro de Rey?

El vagabundo respira.

—No, señor. Yo le soy de más allá, yo le vengo a ser de la ría de Arosa.

—¡Ah!

Al vagabundo, estos primeros pasos asturianos le habían llenado de temor…

12. CASTROPOL, FRENTE A RIBADEO

El vagabundo sale de Vegadeo entre maíces crecidos, verdes praderas y huertos de buen ver. Sobre la carretera pican, casi olvidadas, las gallinas que algún automóvil desplumará; las vacas suizas rumian, con parsimonia, su aburrimiento; la golondrina mira para el vagabundo desde los hilos del telégrafo, y la gaviota, entre confiada y recelosa, no se separa veinte pasos de la ría.

Asturias, como en las zarzuelas, se presenta civilizada y cultivada, con sus aires agrestes de bien medida y mejo ...