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DEL MUNDO QUE CONOCIMOS

Abelardo Castillo  

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Fragmento

Prólogo

Del mundo que conocimos no es, no quiere ni simula ser un libro nuevo. Es apenas un nuevo libro. Estas mismas palabras las escribí en el prólogo de El cruce del Aqueronte (1982); éstas y casi todas las que le siguen. Me siento con el derecho de repetirlas porque ese libro ya no volverá a publicarse. Le debo esta aclaración al lector atento, si es que esa especie, como tantas otras, no se ha extinguido en la Argentina. O se la debo a mi lector, suponiendo que el pronombre posesivo no suene aquí algo delirante o descomunal. En todo caso, me la debía a mí mismo: a una cierta ética que no toca solo a la literatura. Cunden en nuestro país, desde hace tiempo, libros colecticios y residuales donde, sin aclaración alguna, se imprimen en distinto orden y con nuevo título textos que ya parecían repetidos en su primera edición. Este género, que podría denominarse “sobras completas”, lo fundaron ensayistas de pensamiento inmóvil y no era criticable. Todos, al fin y al cabo, vivimos repitiendo las mismas ideas: tomarse la molestia de cambiarles la sintaxis es, bien mirado, una ilusión. Lo grave es que algún autor de ficciones vio las ventajas del procedimiento. Los editores no suelen apasionarse por reimprimir una obra; la aceptan o se les pasa por alto, si el autor le cambia el nombre. Recuerdo un narrador de mi generación, excelente por lo demás, que antes de cumplir treinta años ya había publicado tres veces el mismo y su único libro con la sola invención de agregar un cuento y superponerle tres títulos.

Recibe antes que nadie historias como ésta

Quiero quedar en paz con quien me lea. Libros de cuentos, yo sólo he publicado cinco: Las otras puertas, Cuentos crueles, Las panteras y el templo, Las maquinarias de la noche, El espejo que tiembla e integran un ciclo cuyo título general es Los mundos reales. Del mundo que conocimos no pertenece a esa obra: es un mapa personal o selección a la que deliberadamente no voy a llamar antología. Ya se verá por qué. He ordenado estos relatos como si fueran un libro autónomo, es decir, una totalidad. La unidad de efecto, de la que hablaba Edgar Poe, vale no sólo para el cuento sino para el libro de cuentos.

Creo en la literatura como testimonio; creo en la literatura como arte. Ontofanía, modo del conocimiento, lúcido compromiso con la historia, pasadizo que desemboca en el sueño o la locura, escribir ficciones es para mí, antes que nada, un acto poético. La belleza y la forma son la verdad y aun la subversión de un texto: el cuento, ya lo vio Faulkner, es justamente el género donde el prosista toca a veces ciertos límites de la palabra. Por supuesto, no ignoro la distancia que va de Los hermanos Karamázov o Guerra y paz a “El capote” de Gógol, aunque el propio Dostoievski —y seguramente también Tolstói— pensara que toda la literatura rusa sólo aspiraba a repetir “El capote”. Lo que no veo tan claro es la diferencia entre la obra total de un Chéjov o un Maupassant y la de cualquier vasto novelista. No digo esto para justificar o privilegiar un género que no sé si es el mío, ya que no soy del todo ajeno a la novela, sino a modo de perífrasis: para explicar, por fin, por qué este libro no es ni pretende ser una antología. El peor antólogo de un escritor es él mismo; elige sus textos pensando en lo que cree ser, o en lo que le gustaría que el lector creyera que es. La palabra antología, apagado ya el floral aroma griego que la hacía ingenuamente metafórica tiene, hoy, cierta cóncava sonoridad de museo. Supone una elección fundada en méritos; supone un juicio de valor. Infunde la sospecha de que estamos en presencia de lo que es como debe ser. Esto impide que un escritor sea su propio antólogo. No puede serlo sin ser su propio apologista.

A tantos años de mi primer libro, creo saber, como cualquier narrador que haya meditado sobre su literatura y la ajena, qué es un buen cuento, aunque sea mío, y puedo confesar que no todas las páginas de Del mundo que conocimos cuentan con mi aprobación crítica. Alguna vez leí que para un escritor existe una consoladora posteridad presente: la crítica extranjera, las traducciones. No creo del todo en estos simulacros de inmortalidad. Marechal y Arlt nunca fueron traducidos en vida. No obstante, si es cierto que las traducciones, las antologías hechas por otros, el juicio desinteresado de quienes nos ven con lejanía, tiene algún valor, varios de estos cuentos no estarían de más en una selección rigurosa. Como sea, el criterio con el que pensé este libro es otro. Es algo más personal. Estos relatos son, por decirlo así, mis preferencias. Dibujan a su modo una especie de autobiografía, que no debe buscarse en las anécdotas, sino en lo “indecible”, en lo que cada historia significó para mí (verbal o humanamente) en el momento de escribirla. Hay páginas que son como mojones; otras, como saltos en el vacío. Un gran dibujante, Hermenegildo Sabat, me mostró una tarde un cajón que estallaba de caricaturas y monstruos. “Llevate los que quieras”, me dijo, “a mí me sirven para recordar el humor que tenía cuando los hice”. Lo que intento decir es algo así. Hay cuentos, en efecto, que son cuentos; y hay espejos, fotografías agrietadas, jirones de pesadillas o alegrías de alguien que es otro. Yo podría explicar por qué cada una de estas historias es representativa de algo: esa explicación apenas tendría que ver con la literatura. Tengo además la esperanza consoladora de que más de un lector lo descubrirá por sí mismo.

Sólo quiero detenerme en algún cuento.

La idea de “La madre de Ernesto”, acaso mi cuento más conocido, no es mía. Un amigo de la adolescencia, César Nicolás Farabollini, me la contó una tarde, en la cocina de mi casa, en San Pedro. “Por los servicios prestados” fue escrito bajo la dictadura militar. Se publicó en la revista El ornitorrinco en 1979 como un homenaje inverso a las conmemoraciones castrenses de la campaña del desierto. Hacia 1992, después de publicar la novela Crónica de un iniciado, creí haber descubierto que no escribiría más ficciones. Una madrugada de insomnio encendí la computadora y me puse a analizar con mi vetusto Chess Master para D.O.S. viejas partidas mías de ajedrez. En la jugada 11 de un ataque Max Lange recordé que, en un torneo, después de haber hecho esa tremebunda jugada, yo podría haber salido de la sala de juego, matar a toda mi familia y, al volver, mi rival habría seguido pensando. Momento en que cerré el programa, abrí mi Word Perfect 5.1 de antes del Diluvio, y de un tirón, con un teclado sin ñ, ante una pantalla negra, escribí “La cuestión de la dama en el Max Lange”. “El tiempo de Milena”, su origen, fue un sueño, o mejor, tres o cuatro ráfagas de sueños, discontinuos, en una semana de fiebre. La palabra sueño es inexacta. Yo estaba despierto mientras Milena, que todavía no se llamaba Milena, se materializaba a su capricho en algún lugar entre mi cama y el cielo raso, lugar que era, al mismo tiempo, mi dormitorio y los años sesenta y el bar La Comedia y un puente sobre las vías y el Parque Lezica y el paso del Tiempo y la comisaría Quinta, donde le oí decir a Milena con toda claridad que los derechos adquiridos no se pierden. “La fornicación es un pájaro lúgubre”, pese a su título y al escándalo deliberado de su prosa es, me han dicho, una historia muy moral. Tal vez sea menos divertido de lo que parece. Tal vez sea todo lo contrario de lo que parece. Lo empecé a escribir el diez de junio de 1980, como un homenaje a Henry Miller. Más de un año después, cuando lo terminé, resultó ser también un homenaje a Poe.

Nietzsche pensaba que un buen método para combatir la invasión de libros innecesarios era juzgar a sus autores con el mismo rigor que a los criminales peligrosos. Tal vez por eso, los escritores de otras épocas solían apelar, en sus prólogos, a la indulgencia del lector. Es exactamente lo que yo estoy haciendo ahora.

ABELARDO CASTILLO

La madre de Ernesto

Si Ernesto se enteró de que ella había vuelto (cómo había vuelto), nunca lo supe, pero el caso es que poco después se fue a vivir a El Tala, y, en todo aquel verano, sólo volvimos a verlo una o dos veces. Costaba trabajo mirarlo de frente. Era como si la idea que Julio nos había metido en la cabeza —porque la idea fue de él, de Julio, y era una idea extraña, turbadora: sucia— nos hiciera sentir culpables. No es que uno fuera puritano, no. A esa edad, y en un sitio como aquél, nadie es puritano. Pero justamente por eso, porque no lo éramos, porque no teníamos nada de puros o piadosos y al fin de cuentas nos parecíamos bastante a casi todo el mundo, es que la idea tenía algo que turbaba. Cierta cosa inconfesable, cruel. Atractiva. Sobre todo, atractiva.

Fue hace mucho. Todavía estaba el Alabama, aquella estación de servicio que habían construido a la salida de la ciudad, sobre la ruta. El Alabama era una especie de restorán inofensivo, inofensivo de día, al menos, pero que alrededor de medianoche se transformaba en algo así como un rudimentario club nocturno. Dejó de ser rudimentario cuando al turco se le ocurrió agregar unos cuartos en el primer piso y traer mujeres. Una mujer trajo.

—¡No!

—Sí. Una mujer.

—¿De dónde la trajo?

Julio asumió esa actitud misteriosa, que tan bien conocíamos —porque él tenía un particular virtuosismo de gestos, palabras, inflexiones que lo hacían raramente notorio, y envidiable, como a un módico Brummel de provincias—, y luego, en voz baja, preguntó:

—¿Por dónde anda Ernesto?

En el campo, dije yo. En los veranos Ernesto iba a pasar unas semanas a El Tala, y esto venía sucediendo desde que el padre, a causa de aquello que pasó con la mujer, ya no quiso regresar al pueblo. Yo dije en el campo, y después pregunté:

—¿Qué tiene que ver Ernesto? 

Julio sacó un cigarrillo. Sonreía.

—¿Saben quién es la mujer que trajo el turco?

Aníbal y yo nos miramos. Yo me acordaba ahora de la madre de Ernesto. Nadie habló. Se había ido hacía cuatro años, con una de esas compañías teatrales que recorren los pueblos: descocada, dijo esa vez mi abuela. Era una mujer linda. Morena y amplia: yo me acordaba. Y no debía de ser muy mayor, quién sabe si tendría cuarenta años.

—Atorranta, ¿no?

Hubo un silencio y fue entonces cuando Julio nos clavó aquella idea entre los ojos. O, a lo mejor, ya la teníamos.

—Si no fuera la madre…

No dijo más que eso.

Quién sabe. Tal vez Ernesto se enteró, pues durante aquel verano sólo lo vimos una o dos veces (más tarde, según dicen, el padre vendió todo y nadie volvió a hablar de ellos), y, las pocas veces que lo vimos, costaba trabajo mirarlo de frente.

—Culpables de qué, che. Al fin de cuentas es una mujer de la vida, y hace tres meses que está en el Alabama. Y si esperamos que el turco traiga otra, nos vamos a morir de viejos.

Después, él, Julio, agregaba que sólo era necesario conseguir un auto, ir, pagar y después me cuentan, y que si no nos animábamos a acompañarlo se buscaba alguno que no fuera tan braguetón, y Aníbal y yo no íbamos a dejar que nos dijera eso.

—Pero es la madre.

—La madre. ¿A qué llamás madre vos?: una chancha también pare chanchitos.

—Y se los come.

—Claro que se los come. ¿Y entonces?

—Y eso qué tiene que ver. Ernesto se crio con nosotros.

Yo dije algo acerca de las veces que habíamos jugado juntos; después me quedé pensando, y alguien, en voz alta, formuló exactamente lo que yo estaba pensando. Tal vez fui yo:

—Se acuerdan cómo era.

Claro que nos acordábamos, hacía tres meses que nos veníamos acordando. Era morena y amplia; no tenía nada de maternal.

—Y además ya fue medio pueblo. Los únicos somos nosotros.

Nosotros: los únicos. El argumento tenía la fuerza de una provocación, y también era una provocación que ella hubiese vuelto. Y entonces, puercamente, todo parecía más fácil. Hoy creo —quién sabe— que, de haberse tratado de una mujer cualquiera, acaso ni habríamos pensado seriamente en ir. Quién sabe. Daba un poco de miedo decirlo, pero, en secreto, ayudábamos a Julio para que nos convenciera; porque lo equívoco, lo inconfesable, lo monstruosamente atractivo de todo eso, era, tal vez, que se trataba de la madre de uno de nosotros.

—No digas porquerías, querés —me dijo Aníbal.

Una semana más tarde, Julio aseguró que esa misma noche conseguiría el automóvil. Aníbal y yo lo esperábamos en el bulevar.

—No se lo deben de haber prestado.

—A lo mejor se echó atrás.

Lo dije como con desprecio, me acuerdo perfectamente. Sin embargo fue una especie de plegaria: a lo mejor se echó atrás. Aníbal tenía la voz extraña, voz de indiferencia:

—No lo voy a esperar toda la noche; si dentro de diez minutos no ...