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DELICIOSO TABú (TRILOGíA PECADO 3)

J. Kenner  

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Fragmento

 

Creía que a estas alturas Dallas ya sería suyo.

Estaba convencida de que él comprendería que era inevitable.

¿Era culpa suya que tuviera que darle un empujón? ¿Que tuviera que obligarle a entender?

En lo referente al amor, una chica tenía que hacer lo que tenía que hacer, y Dallas Sykes era un hombre con tendencia al melodrama. Le gustaba un buen espectáculo, enviar un mensaje.

Entendería que estuviera furioso al principio, porque su plan para librarse de la competencia era… ¿qué? ¿Radical? ¿Peligroso?

No. Imperativo. En realidad, ella no tenía alternativa. Sencillamente, él era suyo, aunque el mundo todavía no se hubiera dado cuenta.

Más aún, Dallas todavía no se había dado cuenta.

No entendía cómo podía no saberlo. Lo que hubo entre ellos había sido algo especial. Puro. No como aquellas putas que había llevado a su cama. No como esa aventura ridícula con su hermana, más nauseabunda si cabe desde que apareció en todas las redes sociales y su vergüenza generaba titulares y revolvía estómagos.

Nunca sospechó que fuera tonto, pero tal vez se equivocaba. Porque debería saberlo. Debería entender. Y, sin embargo, no era así.

Pero no pasaba nada. Muy pronto lo haría.

Y entonces…

Bueno, entonces sería suyo de verdad.

Otra vez.

1

Chica desaparecida

No está aquí. ¡Maldita sea, no está aquí!

Un pavor abrasador corría por las venas de Dallas Sykes y el miedo se acumulaba en su estómago como un ácido mientras recorría el fosco barrio residencial de la calle Ochenta y dos, escudriñando cada recoveco, buscando a una mujer que sabía que no estaba allí.

Era tarde, la calle se hallaba desierta y los vecinos dormían a salvo en sus camas, tras las ventanas a oscuras de los edificios del Upper West Side, que se alzaban alrededor de Dallas como el muro de un laberinto ineludible.

«¿Dónde está? ¿Dónde coño está?»

Se trataba de una zona muy sombría; las luces que iluminaban unas pocas puertas eran demasiado tenues como para ser útiles. Dallas utilizó la linterna de su teléfono para aclarar la noche mientras peinaba cada puñetero centímetro de la calle en busca de algún rastro de Jane. Una uña rota. Un zapato.

Incluso, Dios no lo quiera, sangre.

Se estremeció y trató de contener el terror. Aquello no estaba pasando.

Maldita sea, todo era culpa suya. Suya.

Le había ocultado la verdad, pensando que era lo mejor. Que así evitaba que sufriera. Pero aquellos secretos enterrados habían salido a la luz de forma salvaje, cruel y peligrosa. Y ahora ella no estaba. Había desaparecido. Era posible que estuviera muerta… Pero no podía estarlo; esa idea resultaba demasiado horrible, demasiado espantosa como para contemplarla siquiera.

Pero ¿cautiva? Oh, Dios, ¿y si por su culpa la habían arrastrado de nuevo al horror de su infancia?

—Sigue buscando. —La voz firme y controlada de Liam surgió a través del altavoz—. Detecto una señal.

—Por supuesto que voy a seguir buscando —masculló Dallas—. Pero no está aquí. —Su voz se elevó hasta alcanzar el nivel de su miedo—. Y su puto móvil tampoco.

—Tranquilo, Dallas. No puedes ayudarla si pierdes los estribos.

—¡Mierda!

Una nueva avalancha de temor le inundó por dentro y tuvo que agarrar con fuerza su propio teléfono para combatir el deseo casi irresistible de estampar el maldito cacharro contra el suelo. Pero no podía hacerlo. Por muy inútil que fuera su móvil en ese momento, era el medio de conexión con ella.

Jane.

Su corazón. Su alma.

La única persona en todo el mundo a la que anhelaba, necesitaba y amaba más que a nadie.

Liam tenía razón; no podía ayudarla si perdía el control. Si dejaba que el miedo y los recuerdos lo ahogasen.

Decidió que no permitiría que eso pasara. Continuaría en la calle. Buscaría. Seguiría cada pista. Pero al final la encontraría, porque cualquier otra alternativa era inconcebible. La encontraría, la rescataría y luego mataría a la maldita puta que se la había llevado.

Mientras reprimía un estremecimiento, miró de nuevo la imagen que alguien le había enviado desde el móvil de Jane.

Jane. Golpeada y magullada.

Jane. Inconsciente e indefensa en una acera. En esa acera. O al menos en algún lugar próximo, porque Liam había rastreado su móvil hasta aquellas coordenadas. Así que ¿dónde demonios estaba?

Inspiró y exhaló muy despacio.

—¿Estás seguro de que la localización es esta?

—Estoy seguro. Me he conectado con su cuenta. Puedo ver la ubicación de su móvil en el mapa y debe estar en un radio de unos ocho metros.

Dallas asintió. Confiaba en su amigo porque sabía muy bien que no podía confiar en sí mismo. No pensaba con claridad. Lo último que recordaba con cierta nitidez era que estaba en el apartamento nuevo que compartía con Jane, un poco conmocionado después de que ella arremetiera contra él por los secretos que le había estado ocultando. Se marchó hecha una furia y él se obligó a esperar, consciente de que necesitaba desahogar toda su ira. Esperaba que diera un paseo, incluso que visitara a su amigo Brody.

No esperaba que la atacaran. Que la cogieran.

Que se repitiera lo que sucedió cuando eran jóvenes.

Y desde luego, no había previsto recibir en su móvil un mensaje que mostraba a Jane tendida en la calle, con los ojos cerrados y el rostro magullado.

La imagen por sí sola ya era bastante espantosa. Pero lo que de verdad le produjo escalofríos fue la máscara de carnaval que había en el suelo, junto a su cuerpo inerte. Una máscara como la que se ponía la Mujer cuando entraba en su celda hacía diecisiete años. La que utilizaba cuando lo apartaba de Jane. Cuando lo torturaba durante horas, días enteros.

Se le encogió el estómago cuando su mente se llenó de imágenes de lo que ella le había hecho. Solo que esa vez no era él la víctima de los abusos crueles de la Mujer, sino Jane.

«No. Por favor, Dios mío, no.»

—Ni máscara, ni Jane. Joder, Liam, ¿dónde coño está?

—Los chicos van para allá. Empezarán a llamar puerta por puerta. La enco

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