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DERECHO A LA FELICIDAD

Enrique De Rosa Alabaster  

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Fragmento

Prólogo

Tan solo preguntas

Más que mil palabras inútiles, vale una sola pero que otorgue paz.

Buda, en El Evangelio de Buda
de Paul Carus

Estoy llegando al lugar donde daré una charla. Como siempre, una cantidad de información se agolpa en mi mente, pero en particular en el PowerPoint de 142 placas que —ya lo sé— son un exceso. Pero sigo fiel a mi estilo y con la convicción de haber preparado material para una conferencia de tres horas cuando en realidad tendré veinte minutos. De alguna manera (de todas maneras), mi fascinación por el tema y transmitírselo a la audiencia se traduce en llevar demasiado para exponer. Desearía decir de año en año pero es década a década que las diferentes versiones del software de Microsoft por momentos se obstinan en no coincidir con la que se encuentra en el lugar de recepción. Y, como final, la siempre presente cuestión en nuestro medio: si la técnica me acompañará o me encontraré describiendo verbalmente cómo eran las imágenes y los cuadros que debían ver. Al mismo tiempo, y en el camino, se instala el proceso habitual de ir condensando cuál es el mensaje, la idea central que se quiere transmitir. Voy pensando cuál es el objeto y el objetivo de mi presentación. No ya el tema sino el objeto. ¿Para qué la doy? ¿Para quiénes? ¿Qué esperan quienes vienen a escucharla?

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El resultado es obvio y también reiterado: el material que tengo preparado no coincidirá con la síntesis elaborada en ese viaje. De nuevo: ¿qué se espera?, ¿qué debo transmitir? Esta discusión interna se produce siempre antes de una charla en los medios o de entrar a cualquier lugar donde haya sido convocado para transmitir algo. Existe el camino habitual, bastante trillado, de repetir lugares comunes, transitados y conocidos por todos. Pero habiendo decidido que esa no es la vía, ¿cuál es el mensaje que uno quiere dar?, ¿cuál es el que el otro espera recibir?

Una referencia al origen de esas preguntas es esclarecedora. Desde la infancia me interesó —o mejor debería decir intrigó y apasionó— el comportamiento. El humano en particular, aunque no exclusivamente, ya que la etología (el comportamiento comparado entre lo que hoy se entiende por animales no humanos y humanos) ha sido una disciplina atrapante. Hoy parece evidente entender a los animales como seres que sienten, sintientes, capaces, entre otras cosas, de experimentar felicidad. En otra época era casi fantasía.

En función de esto, necesariamente casi todo lo que ha atrapado mi interés (y/o posteriormente producido) se centró en las diferentes manifestaciones del comportamiento en las más diversas áreas: desde el arte y la historia hasta el crimen.

Así he ido recorriendo un camino, como todos nosotros, pero que, en mi caso, se manifestaba en distintas situaciones de confrontación, de encuentro con otro, fuese individual o grupal: una consulta, una conferencia, un juicio, una entrevista en medios de difusión masivos. En todas esas instancias, pero sobre todo en los medios, se instalaba un planteo. Algo que podríamos llamar, sin ser demasiado originales, una pregunta.

En esos disímiles contextos empezó a formarse una idea, la hipótesis de que cualquiera fuese el tema abordado o el ámbito donde se desarrolle (desde una patología en un congreso médico o psicológico hasta una nota sobre un tema sexológico, de divulgación o el relato de un comportamiento criminal), la sensación es que más allá del tema específico y el ámbito donde se aborda o transmite, existe algo común a todos. Una necesidad, un deseo que quizás sea el emergente de la búsqueda que cada uno lleva consigo.

En muchos casos eso se manifiesta bajo la forma de una pregunta, expresada de un modo u otro, directa y explícita (o no), pero aun así existente. Después de décadas de dar conferencias, hablar en los medios, dedicarme a la docencia, escribir, tomar contacto con seres humanos de la más variada cultura, encuentro que aparecen diferentes maneras de planteos y preguntas, tanto en el contenido como en la forma y hasta en la carga emocional que conllevan. Sin embargo, a lo largo de todos esos años, hay un factor subyacente común que aparece y es que vivimos, aun sin saberlo, realizando planteos existenciales a lo largo de nuestra vida en los más disímiles escenarios y frente a situaciones aparentemente diferentes. En definitiva, estamos siempre buscando. Buscando quiénes somos y cómo debemos actuar frente a cada circunstancia de la vida. En resumen, lo que queremos saber es, ni más ni menos, qué es la vida, de qué se trata y, quizás más sombríamente, si estaremos a la altura del esfuerzo que esas preguntas parecieran sugerir.

Tal vez el inconveniente mayor resida en la aparente simpleza, inmediatez y casi banalidad de la pregunta. Tanto que hace dudar hasta de su racionalidad. Pero surge por escasos momentos de forma muy evidente. Por eso necesitamos elaborar teorías y buscamos estructurar preguntas más complejas, que aparecerán como más fiables. De este modo, estos cuestionamientos no terminan por enunciarse de manera definitiva nunca. Quizás en el tiempo del armado de esa pregunta transcurra nuestra vida.

Finalmente, cuando la pregunta correcta aparece, también lo hacen las respuestas correctas. Aunque tal vez ya sea tarde. Así, vemos a personas que en el otoño de sus vidas empiezan a expresar cuestiones que para los demás suenan extremadamente simples y hasta obvias. Las preguntas y las respuestas que nos intentan comunicar no parecen ser aquellas que estábamos buscando. Pero son las que mencioné un párrafo más arriba.

La sensación, más que la convicción intelectual de la existencia de una pregunta, es por haber comprobado luego de más de treinta años de docencia, de conferencias, congresos, notas en los medios y conversando con personas, es que el punto central, más allá del tema por el cual me hayan convocado, es que hay algo detrás de esa información expresa que el que asiste o mira espera recibir. El éxito de esa comunicación será entonces no solo poder aportar datos o precisiones respecto a esa variedad de temas que son los emergentes, sino a esa cuestión subyacente y en realidad la fundamental que el que lee, escucha, mira, ha ido a recibir. ¿Qué está realmente preguntando o contando alguien cuando se comunica: lo que dice, o hay aparte otro mensaje más profundo?

En muchos casos, las repercusiones que aparecían bajo la forma de pregunta o crítica, en realidad, no eran, en principio, sobre el tema en cuestión. En verdad, lo que aparece ahí es algo más de fondo: son cuestionamientos o planteos dentro del enorme abanico de las dudas existenciales que buscan una respuesta.

Más concretamente: la certeza de que el otro espera recibir algo más allá de lo que se ve en la superficie. La otra cuestión es qué espera recibir, lograr o aprender alguien cuando lee un artículo, mira un video o escucha un podcast o un programa de radio, una pregunta enviada a un foro, cuando realiza una crítica incluso. De manera más amplia: ¿qué buscamos?, ¿qué esperamos?

Con el tiempo, y las diferentes circunstancias, empecé a ver que la aparente diversidad de las búsquedas tenía un factor común, que, de tan obvio y evidente, se escapaba, se escurría entre los dedos de las manos que intentaban apresarlo. Aprender presionando es difícil. Y a veces sería necesario soltar para que la idea se pose sola sin presiones.

La obviedad impedía ponerle una palabra, darle una etiqueta, e implicaba definiciones aproximativas y torpes. ¿Podría ser que la búsqueda, la pregunta, el deseo subyacente sea cómo estar bien? ¿O, por el contrario, sea cómo no estar mal? Y esto con las diferentes manifestaciones de la pregunta o frase: cómo no estar ansioso, cómo superar ese malestar que visto en el otro parecía lejano y opuesto, pero sin embargo despertaba preguntas o cuestionamientos en esa persona y en uno mismo.

Como señalaba antes, esa pregunta podría estar oculta en temas tan aparentemente lejanos como en los casos criminales, en los llamados por lo ...