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DESAPARECIDAS

Jodi Lynn Anderson  

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Fragmento

1

La primera vez que los Larsen leyeron sobre los asesinatos era una tarde de mediados de septiembre, durante el último año de Maggie en la preparatoria, el día que se mudaron a Gill Creek. Era la primera vez que sentían que algo los acechaba, se acercaba. También fue el primer día que Maggie vio a Pauline Boden. Estaba parada en el borde del lago, recargada en una roca, tan flaca como una cigüeña, contemplando el agua.

—Alguien de tu edad —canturreó la mamá de Maggie, señalando el vasto y frondoso campo que separaba su casa del lago, y a la delgada figura blanca sobre la orilla. Maggie, exasperada, miró a su mamá. Ambas estaban sin aliento, arrastraban sus maletas en el jardín, pero incluso en ese estado, su mamá no se había rendido en su implacable misión de señalar los aspectos positivos.

Maggie dejó caer su caja de ropa de cama enfrente de las escaleras del porche y examinó su nueva casa, consideró que su mamá le había asignado una difícil misión.

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Su tío había descrito la propiedad, que ellos habían heredado hace años, como “rústica”. En fotografías se veía en decadencia. En persona estaba más cerca de “en ruinas” o “abandonada”. Nunca se habían molestado en venir a verla, siempre habían planeado venderla, pero entonces las cosas eran diferentes.

Maggie permaneció de pie con las manos sobre la cadera intentando recuperar el aliento, el sudor le empapaba la sien. Ya habían arrastrado un montón de cajas hacia el porche de enfrente, pero no habían empezado a mover los muebles del camión. No podían pagar una mudanza así que ella trató de aparentar que no le molestaba cargar. Sacó su celular para ver si tenía nuevos mensajes, pero no tenía señal. Buscó algún tipo de colina por los alrededores donde pudiera tener mejor recepción, pero el terreno era plano y bajaba hacia el agua. Sintió un calambre por sus amigos que había dejado en casa.

La señora Larsen también puso sus manos sobre la cadera y miró hacia el jardín.

—Costará trabajo pero es realmente hermoso, ¿no lo crees Maggles?

La propiedad era verdaderamente hermosa, tenía un estilo desgastado, romántico y anticuado. La casa amarilla, antes blanco victoriano, se veía vieja y apenas habitable. “Se construyó en 1886”, había dicho su padre. Se había edificado sobre una ancha extensión de pasto café de verano tardío que llegaba hasta la orilla del lago Michigan bajo una extensión de interminable cielo azul. El pasto estaba animado con saltamontes que revoloteaban de un punto de aterrizaje al siguiente, y Maggie percibía a los grillos despertando. Los grillos eran una novedad. Sólo había vivido en Chicago, se quedaba dormida con los sonidos citadinos casi todas las noches desde que tenía memoria.

Lo que hacía al sitio aún más tranquilo era el hecho de que la propiedad de al lado, la que debía de pertenecer a la chica en la playa, era espectacular. Uno podía decir dónde terminaba un terreno y dónde empezaba el otro por el césped verde vivo y muy cuidado que iniciaba en el límite de la propiedad. Una majestuosa y resplandeciente casa blanca se ubicaba al borde del lago, alrededor de unos cientos de metros de la nueva puerta principal de los Larsen, oscurecida parcialmente por un estrecho bosque de pinos.

—Está increíble —dijo Maggie a su mamá y le dio su mejor sonrisa de “sí puedo”. Por esos días, cada vez que veía a sus padres, ésta era su expresión facial permanente. Quería que supieran que cualesquiera que fueran los problemas con los que lidiaban ahora, ella no iba a ser otro.

—¿Ya viste tu cuarto? —le preguntó su papá mientras subía la escalera con una caja de libros en los brazos, la cabeza calva le brillaba con el sol.

Maggie sacudió la cabeza. No había entrado todavía, estaba depositando cajas en el porche aunque sus padres habían entrado ya varias veces. Era su manera de posponer la inevitable realidad de una nueva casa y una nueva vida que ella no quería. Pero ahora fingió entusiasmo y siguió a su padre hacia dentro.

El interior estaba cubierto con una delgada capa de polvo y los pisos estaban ligeramente inclinados hacia el centro, todo de madera, antiguo, desgastado. Los electrodomésticos de la cocina eran amarillo mostaza pero las paredes eran pastel descolorido, como si los setenta hubieran vomitado sobre los cincuenta. Pequeños artefactos de residentes anteriores yacían desperdigados por aquí y por allá: un dominó en el piso de la cocina, un cupón pegado al refrigerador por un magneto de Mickey Mouse. Maggie cruzó la cocina para llegar a la sala, que daba hacia un piso derrumbado, el cual a su vez daba hacia el brillo azul del lago. Giró a la derecha, pasó por debajo de otro pasaje abovedado, atravesó una telaraña que tuvo que quitarse de la boca, después continuó por el pasillo hacia las escaleras.

Puso la mano en el barandal tambaleante y subió al segundo piso entre rechinidos. A su derecha encontró lo que de inmediato supo que sería su cuarto: un rincón con un techo inclinado y una ventana grande que daba hacia el pasto y del otro lado, a la casa blanca; había un radiador pequeño y amarillento contra una pared. El acogedor espacio se sintió como un escondite del mundo y olía a aire del verano atrapado, floral y polvoriento.

La hizo recordar a las Dashwoods en Sensatez y sentimiento, degradadas a una cabaña cerca del mar. Podía hacer de esto lo mejor, como ellas lo hicieron. Y si la vida terminaba siendo tan sobrecogedora aquí como ella esperaba… Bueno, de cualquier manera sería sólo durante un año, después la graduación y después la vida real. A Jacie, su mejor amiga, le gustaba decir que Maggie sabía todo de la vida por leerla más que por vivirla, tenía el hábito de decirle cuáles eran sus defectos.

Regresó a la planta baja y se dirigió al patio trasero donde sus padres tomaban un respiro en un columpio viejo del porche que parecía que iba a colapsar en cualquier momento. Su papá había comprado un periódico local cuando pasaron por el pueblo, y le pasó la parte que ya había leído.

—Estamos tomando un descanso de diez minutos —dijo él—. Absorbe un poco de sabor local —le sonrió con su apologética sonrisa de “disculpa que te estemos haciendo pasar por esto”. Maggie tomó el periódico, no porque quisiera leerlo sino porque quería ser amable.

Se sentó en el escalón más alto del porche y hojeó el periódico empezando por las últimas páginas (un hábito). Leyó acerca de un capitán pesquero que reparaba barcos viejos, la última aparición de la princesa del Festival de la Cereza y un choque en Sturgeon Bay. Ella y su papá intercambiaron una mirada divertida, el periódico era casi dolorosamente pintoresco.

Pero en la página principal estaba la historia de una adolescente que había muerto en Whitefish Harbor, a cuatro pueblos de distancia (Maggie recordó pasarlo una vez que llegaron a la península). Habían encontrado a la chica ahogada en el lago, flotando cabeza abajo sin señales de resistencia, y la policía trataba de descifrar si había sido un suicidio, un accidente o algo más siniestro.

—¿Encontraron algo interesante ustedes dos? —preguntó su mamá.

—Una chica murió —respondió Maggie a su mamá—, piensan que pudo haberse suicidado.

La señora Larsen puso su mano sobre la garganta, parecía un poco asqueada.

—Ay, qué horrible. Sus pobres padres.

Maggie levantó la vista del periódico y vio que por fin la chica flaca en la orilla volteó y caminó hacia su casa.

—Probablemente sea bastante inaudito en un pueblo pequeño como ése —dijo su padre—. Qué conmoción.

—Bueno —dijo su madre después de un largo suspiro—, el sol se esconderá en una hora, así que vamos. Metamos lo que resta de las cosas.

Maggie se levantó sin quejarse. Su madre siempre había dicho que era la única adolescente que nunca se quejaba de nada.

2

A la mañana siguiente Maggie despertó con el sonido distante de martilleo en la madera. Se sentó, se estiró, recargó la cara en la ventana y miró abajo, hacia el campo, hacia los árboles, el sol le calentaba el rostro. Se levantó de la cama.

Su papá estaba en el porche trasero, con las manos en las caderas, miraba a su alrededor confundido. Sólo tomó un momento ver por qué. Las rejas de su porche derrumbado estaban cubiertas con jarrones de flores silvestres y cajas de… Maggie se acercó para examinar una de… té Earl Grey. Al menos veinte cajas de té cubrían cada superficie disponible en la reja. Recorrió algunas flores con las manos y por fin encontró un sobre blanco pegado a uno de los jarrones. Dentro había una tarjeta blanca con una línea en cursiva desordenada y garabateada al centro: “Bienvenidos a Water Street”.

Ella y su papá intercambiaron una sonrisa divertida y desconcertada.

—Amistoso —dijo su padre.

—Y extraño —añadió Maggie.

No había firma.

—Bueno, ojalá vengan otra vez —dijo su padre. Después bostezó—. Qué lugar —dijo—, Porte des Morts. Por lo menos logramos pasar nuestra primera noche —ensanchó los ojos en una parodia de alivio.

Una hora al sur de donde estaban —Maggie lo sabía por estudiar el mapa que tenían en el auto—, la península de Door County se bifurcaba como el pulgar de un autoestopista dentro del lago, hasta separarse. Todo el condado, según lo que decían las guías turísticas que su papá le había puesto en el regazo en el auto, estaba lleno de pantanos inmaculados y playas pedregosas. Bajos acantilados de piedra gris a lo largo de la costa azul pizarra; bosques de pinos; viejos faros; antiguos autocinemas; anticuados moteles. Bajo la línea del condado, las ciudades abandonaban la península (fuera de los meses de verano, al menos cuando los turistas se desparramaban en casas de campo rentadas y comían su propio peso en caramelos y queso en grano). Pero lo más interesante que había leído era la razón del nombre del condado. Los franceses lo habían bautizado Porte des Mortes (o La puerta de la muerte), porque el estrecho entre Door County y el continente estaba repleto de naufragios, al parecer más que en cualquier otro cuerpo de agua dulce en el mundo. Varias cosas hacen a los estrechos peligrosos: cardúmenes submarinos ocultos, vientos impredecibles y tormentas.

—Me gusta el té Earl Grey —dijo su padre y empezó a levantarlo—, me hace sentir inglés.

Esa semana, cuando no estaban haciendo las tareas de la escuela, Maggie y su papá trataban de dejar la casa bajo un orden habitable mientras su mamá empezaba su nuevo trabajo en el banco de la comunidad Gill Creek. Era un enorme retroceso frente a su trabajo ejecutivo en el banco de Chicago pero fue lo mejor que pudo encontrar. Maggie tenía que hallar un trabajo también. Había ahorrado concienzudamente para la universidad desde que su mamá fue despedida la primera vez, hacía tres años.

Cada mañana Maggie se ponía un overol que había encontrado en Goodwill y limpiaba un cuarto de principio a fin, tallaba todos los pisos de madera de la cocina, el salón, la sala y el pasillo, mientras su papá remendaba una u otra barra, pasamanos o puerta que necesitara arreglo, aprendía a hacer “trabajitos” con un libro que compró en la tienda Bowe. La casa empezó a surgir de sus capas de mugre: linóleo delicadamente floreado de los cuarenta o cincuenta, paredes pastel pálido, antiguos rasguños en el piso. Incluso Maggie encontró el nombre Kitty tallado con descuido en la parte trasera del gabinete de medicinas fechado en 1890, como si una niña pequeña hubiera estado determinada en dejar su marca en el lugar.

El clima era cálido, pero no era el calor del verano, así que dejaron todas las puertas abiertas, sin que importaran unos pocos insectos que se metían por los hoyos de las pantallas. Mientras Maggie trabajaba percibía el sonido distante de las olas rompiendo en el lago y, algunas veces, el martilleo distante en el bosque. Todavía no se había tomado el tiempo para caminar hacia el lago y meter el pie.

Limpió, desempolvó y ordenó su cuarto poco a poco. Las paredes eran una lámina extendida de flores rosas, que descarapeló con una espátula y agua caliente mezclada con suavizante de telas. Una vez que estuvo listo pintó las paredes de azul pálido que su papá había comprado en oferta en Lowes, se veía mucho mejor pero todavía demasiado sencillo. Sacó sus lápices de colores, hojas sueltas y se sentó a trazar un mural para pintar en la pared. Pero después de estar sentada por un rato, golpeando el lápiz contra los dientes, no se le ocurrió nada que realmente la emocionara. Decidió esperar a que le llegara la inspiración, si pasaba. De niña Maggie solía pintar y dibujar siempre, antes de que decidiera que no era práctico. Había sido buena en eso, pero con el transcurso de los años su entusiasmo decayó.

Una vez que las repisas blancas estuvieron inmaculadas, las llenó con fotos de ella y Jacie, ella y sus padres, sus libros favoritos (Jane Eyre, Atrapado sin salida, Beloved), su polvoriento cuaderno de bocetos que no había abierto en años y una figura de una araña en una red que le recordaba a La telaraña de Charlote (que había sido su favorito cuando era niña). Puso una lámpara de pie en la esquina para que iluminara tenuemente la cama para leer, y dobló su colcha blanca ajustándola en los bordes del colchón, como le gustaba. Puso su colección de pinturas y lienzos en un gabinete bajo, en la parte de atrás, donde era poco probable que otra vez vieran la luz del día.

Esa tarde por fin pudo ponerse sus tenis para correr, se amarró el cabello en una cola de caballo y corrió calle abajo por Water Street, que era la única manera de atravesar 3,200 metros de campos, en su mayoría vacíos, y bosques para llegar a algún camino principal. Todo se veía diferente corriendo que desde el auto: el valle escarpado, los pastizales, el brillo de la costa del lago Michigan a su derecha, la hilera de pinos frondosos que proyectaban su sombra en el campo. Desde unas colinas bajas se veían los techos relucientes de otras casas de campo, pero cuando sacó su celular todavía no había señal. Además de la casa de al lado, había sólo otra propiedad oculta en la oscuridad del bosque, señalada por un buzón oxidado y torcido, con una calcomanía en la que se leía: “No pasar”, un letrero de “Cuidado con el perro” a un lado y una entrada para autos larga y serpenteante que desaparecía dentro de los árboles. Tenía que ser la propiedad de la que venían los martilleos, pero no bajó la velocidad para verla más de cerca.

La sangre le bombeaba con fuerza. Cada vez que veía al cielo parecía que estaba haciendo algo diferente: se llenaba de nubes blancas y esponjosas; los aviones dejaban surcos a su paso; o bien se tornaba gris y se acercaba al piso. Cuando corría, a Maggie le gustaba imaginar que era una loba, fuerte y veloz. Siempre la hacía sentirse menos inquieta, un poco menos atrapada en su propia piel. Se presionó para ir más rápido que siempre. Cuando terminó su ruta jadeaba, se agarró las rodillas y se detuvo a mirar un alto depósito gris en un campo de pasto alto, de pronto el cielo se encendió durante medio segundo. Una tormenta de verano se aproximaba y el depósito lucía un blanco severo contra la noche gris. Maggie regresó. Sabía, por su carrera hasta ahí (no se había alejado de Water Street), que no había nada más a lo largo de un kilómetro que naturaleza.

De regreso a casa su papá había desaparecido en lo que había decidido llamar su estudio. Sin duda estaría acomodando en orden alfabético su colección excesiva de libros (tenía más de mil y no había querido tirar ni uno, sin importar la desesperación de su mamá) sobre las repisas desvencijadas. La obsesión por los libros era una de las cosas que Maggie y su papá tenían en común. También se parecían físicamente, tenían cabello castaño simétrico y ligeras pecas en la nariz, aunque a Maggie le gustaba decir que era más bonita y no tan calva. Él no había tenido un trabajo de tiempo completo en dos años, desde que habían decidido que Maggie estudiara en casa. Para él sus clases no estaban al nivel de su capacidad, incluso después de que se saltara un año. (Maggie, a quien le gustaba la escuela y sus compañeros y quien en primer lugar no había querido saltarse un año, se había resistido también a que la sacaran de la escuela, pero había sido inútil.)

La casa estaba silenciosa y sombría por la tormenta que se avecinaba. Maggie se bañó, se cambió y después tomó un libro al azar de una pila al lado de la puerta del estudio, lo sacó al porche trasero para mirar cómo se formaban nubes negras. Trató de evadir esos momentos de quietud toda la semana, esos momentos en los que se sentía agobiada por la nostalgia. Ahora pensaba que nunca más dormiría en su departamento, nunca más pasaría los sábados por la mañana en una cafetería hablando con Jacie y tomando café con leche. Era un sentimiento ingrávido y perturbador, a los dieciséis, todo lo que había conocido en su vida había terminado abruptamente.

El libro que había escogido —miró de refilón la portada— era una monografía sobre mariposas. Lo hojeó, leyó fragmentos sin mucha atención.

Una voz a su lado la sorprendió. Maggie se sacudió y volteó.

—Disculpa, ¿te espanté?

La chica se quedó con un pie vacilando sobre la escalera del porche; era enjuta, sus extremidades eran como las de una gacela, su cabello largo y despeinado, castaño oscuro. Llevaba algo en las manos que se movía y retorcía. Estaba acompañada de un perro vagabundo, grande, larguirucho y baboso. Era la chica que Maggie vio desde lejos ese primer día, en la orilla del lago.

—Pauline —dijo alargando una de sus manos empuñadas para estrechar la de Maggie, quien se inclinó hacia delante en su silla—. Éste es Abe, mi alma gemela —liberó una de sus manos otra vez y dio unas palmaditas en el hocico de Abe.

Pauline subió las escaleras ahora con más confianza y, curiosa, se asomó a la casa.

—Sabes, siempre pensé que ésta era una casa embrujada. Me alegra que estén aquí, ustedes expulsarán a todos los fantasmas —dijo dándose la vuelta para sentarse al lado de Maggie, sin esperar ninguna invitación—. Quiero decir, no es que realmente crea que hay fantasmas. No soy estúpida. Pero es difícil no cuestionárselo. He visto luces prendidas aquí algunas veces.

Maggie no creía en fantasmas. Leyó en algún sitio que las apariciones de fantasmas eran el resultado de campos magnéticos. O de envenenamiento por monóxido de carbono en casas antiguas. Pauline abrió las manos abruptamente para mostrar un patito.

—Lo voy ...