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DESEARáS

Erika Halvorsen  

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Fragmento

Capítulo 1
Latido


OFELIA

Sentí que el galope de mi corazón iba más rápido que el de Paloma, mi yegua zaina. Estábamos tratando de escapar de algo. No sé de qué. Ni Paloma ni yo lo sabíamos. Las montañas me daban esa sensación de trinchera, de protección, de muro, pero esa mañana necesitaba mirar más lejos, más claro, más blanco. Las mañanas siempre habían sido confusas para mí. El sol de la mañana ponía en duda todo. Incluso lo que había pasado la noche anterior. La diferencia entre el sueño y la vigilia había marcado mi vida. Y mi memoria.

Salí temprano de la casa, tenía que tomar una decisión. Andrés dormía. Eso jamás pasaba. Paloma podía percibir mi intranquilidad. Paloma se parecía a mí, era inquieta y libre. Los Pedersen me la habían regalado para mi primer cumpleaños allí, en la Patagonia, junto al cerro Fitz Roy.

El ritmo de la yegua solía tranquilizarme, algo que también me pasaba cuando grababa mis pensamientos en voz alta. Esa mañana necesité hacer las dos cosas. Galopar, tomar distancia y escucharme.

Dejé a Paloma al pie del cerro y subí caminando. El latido de mi corazón aceleraba mi paso y me llevaba adelante.

Mi cuerpo solía ser como Paloma. Él iba siempre adelante.

Subí sin mirar arriba ni atrás, subí mirando los pies. Eso me había enseñado Andrés, a estar pendiente de cada paso, no mirar el sendero recorrido ni la cumbre, ir paso a paso.

Así nos conocimos. Yo intentaba un viaje de limpieza y sanación luego de una temporada asfixiante en una escuela de meditación. Había escuchado sobre un destino en la provincia de Santa Cruz adonde llegaban escaladores de otras partes del mundo para hacer cumbre en el cerro Fitz Roy. Oí un relato y mi cuerpo vibró. Mi cabeza estaba tan confusa que sólo podía confiar en las señales del cuerpo. Y

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