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DESOBEDIENCIA CIVIL Y LIBERTAD RESPONSABLE

Juan José Sebreli   Marcelo Gioffré  

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Fragmento

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INTRODUCCIÓN

Este breve ensayo escrito a cuatro manos tiene un formato muy común en la música y el canto, que es en cambio raro en las letras, aunque las excepciones suelen ser famosas. Todos los capítulos han sido escritos en conjunto salvo el segundo, que abunda en anécdotas o experiencias personales de uno de los autores. Esa modalidad coral nos obligó, más de una vez, al aludir exclusivamente a uno de los autores a hacerlo en tercera persona.

El 28 de mayo la cuarentena llevaba ya diez semanas, los comerciantes mantenían sus negocios cerrados y los argentinos cumplían el aislamiento. Ese día, en una entrevista de Diego Sehinkman, Sebreli sostuvo que la corrección de una cuarentena indefinida que encerraba a personas sanas estaba ya prevista en tratados clásicos de la ciencia política: la desobediencia civil. Sugirió que todos los comerciantes que estaban fundiéndose levantaran las persianas al mismo tiempo, sin palos ni piedras y a la vez tomando todas las precauciones. Unos días después, trescientos intelectuales, artistas y científicos, entre los que estábamos los autores de este libro, firmamos un documento que alertaba sobre la gestión autoritaria de la cuarentena argentina. Se habló más del neologismo “infectadura” que contenía esa carta que de la carta en sí y se multiplicaron los llamados mediáticos. El primer día de junio en el programa Intratables Sebreli dijo que la democracia estaba en peligro y ratificó la necesidad de la desobediencia. El conductor, Fabián Doman, rechazó esa noción y otros integrantes del panel, incluso aquellos que por sus ideas tendrían que haber admitido dicha postura, prefirieron guardar un silencio cómplice. Estos sucesos y ciertas declaraciones posteriores del comediante Juan Acosta llevaron al fiscal Horacio Azzolín, bajo la inspiración de un insólito operativo de ciberpatrullaje de redes, a formular una denuncia penal que recayó en el juzgado de Daniel Rafecas, que si bien fue descartada de plano echó un intimidatorio cono de sombra sobre la libertad de expresión.

Fueron tres episodios, tres fricciones que funcionaron como un test. Lo más asombroso es que la sociedad no alcanzaba a metabolizar una idea tan simple: frente a normas absurdas no hay otro camino que la actitud insumisa. Las grandes culturas de la historia avanzaron rebelándose. De no haber sido así aún regirían la esclavitud y las monarquías absolutistas. Esa perplejidad probaba la ausencia de una pedagogía democrática y este libro va en dirección de llenar el vacío. Es indispensable poner en marcha dispositivos que disuelvan la unión entre el paternalismo autoritario y la sociedad infantilizada.

El propio presidente de la Nación, Alberto Fernández, terció en la controversia cuando, al inaugurar una tunelera en Bernal, munido de un casco blanco y repartiendo besos y abrazos que violaban sus propias recomendaciones se preguntó, aludiendo a Sebreli, cómo podía ser que “gente muy preparada” se manifestara de ese modo. Tal vez en estas páginas encuentre la respuesta. Creemos conveniente anticipar una contestación a esas críticas del presidente, quien además es docente universitario. Hemos participado con frecuencia en ese género subliterario que es la protesta o el manifiesto en diarios, revistas, radio, televisión y, ahora, Zoom. Las reflexiones objetadas y las respuestas que han obtenido pertenecen a dos tipos distintos de argumentación: lo que Max Weber ha llamado moral de la convicción y moral de la responsabilidad. La primera es la usual entre los intelectuales, la segunda corresponde al político. Ambos campos no son antagónicos pero sí distintos, y frecuentemente conflictivos. El político actúa y toma decisiones sobre circunstancia

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