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DIARIOS 1992-2006

Abelardo Castillo  

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Fragmento

Nota

Cuando el 2 de mayo de 2017 Abelardo murió, no para él de manera impensada —sus Diarios son testigo de lo mucho que pensó la muerte—, pero sí de manera imprevista y, para mí, brutal, había terminado de revisar las entradas de este segundo volumen hasta la última página. Digo imprevista porque a los ochenta y dos años estaba en plena posesión de su lucidez y de su memoria, daba semanalmente el taller, acababa de ser jurado del premio Borges de la Feria del Libro, y tomaba apuntes para una nueva novela, que había empezado hacía años, Los ángeles azules. Aunque el cuerpo central del diario estaba revisado, quedaron, sin embargo, innumerables cuestiones pendientes. La intención de esta nota es dar cuenta de cómo llega este volumen al editor y luego al lector.

Ese verano de 2016/2017 trabajamos juntos en la revisión de este tomo, que Abelardo tenía planeado entregar en abril. Yo le dictaba lo que él había marcado en el impreso, él lo volvía a pensar y resolvía si lo volcaba al texto o no; yo buscaba en la biblioteca los libros que citaba, y luego incorporábamos los datos exactos (fechas, ediciones, traducciones, páginas). Si le dolía la espalda, cambiábamos de lugar: yo pasaba a la máquina, él dictaba desde su sillón Voltaire. La alegría final a la que ahora puedo apelar es la imagen de esos últimos meses, uno junto al otro, frente a la pantalla de su computadora.

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Los Diarios concluyen, como él lo decidió, en 2006, cuando su escritura no estaba, a sus ojos, “contaminada” con la idea de publicación. Como dijo tantas veces, sus diarios no fueron escritos con la intención de ser publicados. Y aunque la cuestión de si un diario se escribe para uno mismo o para otro es materia de reflexión en varias de sus páginas, yo creo que estos Diarios son, esencialmente, un espejo; un acto privado de autoconocimiento. Y que ahí reside una parte central de su valor. El lugar, además, donde anotaba ideas para cuentos, escenas de teatro o fragmentos de ensayos. Desde mucho tiempo atrás, yo le insistía con la idea de publicarlos; el argumento de más peso fue que les iba a interesar a los escritores jóvenes. Sus alumnos del taller terminaron de convencerlo. Esto fue en 2012; en 2013 preparó el primer volumen.

Este segundo tomo abarca los años de un hombre que entra en la madurez y luego en la vejez, y las reflexiones que esos temas le ocasionan a alguien que no le huía al pensamiento. Son las anotaciones puntuales de cómo, muchas veces, debió sobreponerse al dolor físico para poder escribir. Es el registro de nuestra vida cotidiana y el testimonio de parte de la historia reciente de nuestro país: la crisis del 2001 y los hechos máximos y mínimos por los que atravesamos y que, arrollados por las circunstancias siempre cambiantes de la Argentina, vamos olvidando. Es un diario político, tema que desde siempre lo apasionó, a pesar de que renegó de la política en los últimos diez años. Son las observaciones que un irónico corrosivo lanza sobre algún hecho o sobre sí mismo, y nos hace reír: el humor fue uno de los modos fundamentales que tuvo para comunicarse. Pero, sobre todo, es la conversación consigo mismo de un escritor obsesionado por la sinceridad, por dar cuenta de sus movimientos mentales, de sus miedos y debilidades sin concesiones, acechándose en cada página en busca de algún rastro de mala fe. Pienso que una parte especial de estos Diarios está en sus lecturas; las lecturas de un lector apasionado para quien los libros fueron el eje capital de su existencia.

El volumen II continúa cronológicamente el I, pero corresponde al momento en que comenzó a llevar el diario en la computadora. Conservó sin embargo el hábito del cuaderno al lado de la cama, donde, a veces, cuando le daba pereza levantarse, anotaba líneas que después pasaba a la máquina. Siempre confió más en la escritura manuscrita. Todos sus libros, del primero al último, empezaron siendo borradores a mano. Recelaba de la escritura digital: decía que su velocidad tiende a engañarnos, nos da la sensación de que el texto puede derivar de un tema a otro y que, por mera contigüidad, parece estar bien. En este sentido, su revisión del original consistió en suprimir líneas que sentía innecesarias o sin interés, precisar datos o alguna palabra y cambiar algunos verbos: del pretérito perfecto (tan sampedrino) al simple: del “he leído” al “leí”.

Quedó a mi cuidado cumplir en soledad con sus recomendaciones específicas de lectura, algo que yo iba a hacer cuando concluyéramos la revisión del original. Y me quedó la responsabilidad de completar el volumen con todo lo que él decidía y yo iba anotando en mi bitácora del diario: los ensayos, notas y reportajes de “Otras páginas”; las múltiples búsquedas de citas, referencias, datos para las notas al pie, remisiones al primer tomo y detalles de todo tipo que me encomendaba apuntar. Tuve que realizar sola la selección de las fotografías. Llevé adelante estos encargos fiel y amorosamente hasta en sus mínimos detalles, y puedo confesar que hasta el límite emocional de mis fuerzas. Tributo que me resulta insuficiente, nimio, ante la lectura de este diario en el que me encuentro a cada paso y cuya voz escuché y me acompañó a lo largo del último año y medio.

Mi agradecimiento a Josefina Itoiz, nuestra sobrina amada, y a Gabriela Franco, amiga benéfica y editora rigurosa del primer tomo junto a Abelardo y de éste junto a mí en la tarea de completarlo, está infinitamente más allá de lo que las palabras pueden decir. Ellas lo saben. Su apoyo y sostén en los momentos de flaqueza crearon las condiciones para que, juntas, lográramos que este volumen final se publique.

Dejo constancia también aquí de mi agradecimiento especial a Julieta Obedman, por su respaldo, cálido y constante, y al sello Alfaguara.

SYLVIA IPARRAGUIRRE

1992

mayo 27

En San Pedro, probando la computadora. Se me ocurrió la idea de aprender a valerme de este aparato un poco irreal mientras voy escribiendo en él por lo menos una parte de mi diario —que debería llamarse periódico, muy periódico—, y al anotar la fecha me pareció recordar que el 27 de mayo (¿es así?, ¿lo estoy inventando ahora?) era el aniversario de algo que tenía que ver con ella, con Ruth. Yo tenía diecisiete años cuando, en este mismo pueblo, nos conocimos. Era hija de alemanes; y ésa fue mi época de los poetas alemanes. Del Novalis de los Himnos a la noche; de Hölderlin —a través de Stefan Zweig—;1 y, sobre todo, de Rilke: el Rilke de aquel librito traducido por Carlos Astrada, donde leí por primera vez el “Señor, concede a cada cual su propia muerte”.2

De todo esto hace nada menos que cuarenta años. Los ojos que le atribuyo a Graciela, en Crónica,3 son los de Ruth, aunque debería decir que en parte lo son, porque tenían los ojos muy parecidos. Fue algo así como mi gran amor del colegio secundario…

Ese algo así exigiría ahora una larga explicación, una explicación que excede demasiado mis ganas reales de seguir escribiendo esta noche.

mayo 28

Tal vez no sea tan mala la idea de obligarme a usar la computadora para seguir con lo que yo llamaba mi cuaderno. Incluso, tal vez siga llamándolo cuaderno. ¿Por qué no?

Una de las ventajas de escribir acá es que es tan sencillo corregir o intercalar algo que se evitan los riesgos de la excesiva espontaneidad, espontaneidad que se supone es el mérito de un diario, pero que, al menos en mi caso, nunca me permite decir con exactitud lo que quiero. Otra ventaja es que, pasado un tiempo, no me hará falta descifrar mi letra. Claro que tampoco voy a poder aprovecharme de su ilegibilidad para escribir esos textos a medio pensar (o en clave) que imagino reconstruir algún día y después, al releerlos, nunca sé qué significan.

¿Qué hago sentado como un bonzo ante esta máquina? Me voy a caminar entre los pinos, a mirar las estrellas, a sentir el frío.

Escribo lo anterior, salgo a caminar, vuelvo. Me digo: Televisión en San Pedro, no. Consecuencia, que en el acto encendí el televisor.

Vi, por cable, una cinta sobre el Apartheid. Grito de libertad. No sé si es una buena película pero me hizo reflexionar sobre unas cuantas cosas. No tienen mucha relación con lo que vi, o la tienen de un modo lateral, como esos pensamientos que se forman debajo de los pensamientos...

mayo 29

San Pedro. Medianoche.

La desconfianza de Poe y de Nietzsche sobre los pensamientos que se tienen sólo cuando uno se sienta a escribir.

más tarde

El socialismo autoritario, aun en su forma más atroz, nunca fue tan monstruoso como las brutalidades que inventaron el capitalismo salvaje y el fascismo. El racismo, el genocidio, la injusticia social en sus manifestaciones más perversas son un modo de ser del poder basado en el dinero. La brutalidad del Estado Soviético —dejo fuera de esto a Lenin, cuya dureza tenía, quiero creer, otro sentido— fue una lucha de hombres con poder político contra hombres sin poder político. No de ricos contra pobres. No de blancos contra negros. Hay que ser muy ciego o muy malintencionado para no ver que el problema social —miseria, drogadicción, suicidio, analfabetismo, mortalidad infantil, prostitución—, en los países socialistas, no existía ni en una remota proporción del modo en que existe en los países atrasados y en los mismos países adelantados del sistema capitalista. El socialismo se derrumbó en Rusia porque fracasó como doctrina económica que no permitió la competencia de la nueva burguesía “socialista” contra la burguesía capitalista de Occidente, y no porque un pueblo oprimido se haya levantado en armas. El régimen soviético era sin duda injusto y totalitario, y llegó a ser criminal, pero no era el nazismo de Hitler. Del mismo modo que su imperialismo era esencialmente distinto del imperialismo inglés o norteamericano. Se entiende que al decir inglés o norteamericano no hago una cuestión de nacionalidades: me refiero a lo económico y a lo racial. Ni siquiera los siniestros campos de trabajo soviéticos tenían el mismo signo que los campos de exterminio de Hitler. No se trata de que fueran menos inhumanos o perversos; sencillamente tenían otro signo. La locura del comunismo estalinista se parecía más a la locura de la Inquisición, lo que por supuesto no la mejora, pero establece una sutil diferencia con el nazismo. La Inquisición y el estalinismo fueron deformaciones —deformaciones poco menos que demoníacas— del cristianismo y del socialismo; el racismo, la brutalidad, los campos de exterminio de Hitler, no eran deformaciones de nada: eran la esencia del nazismo. La diferencia sólo podría entenderla, de buena fe, un cristiano de buena fe, por decirlo así. Ningún cristiano admitiría que Hitler y el Gran Inquisidor son idénticos, aunque sean igualmente irracionales e inhumanos.

Todo esto es mucho menos ingenuo de lo que parece aquí, escrito; y me gustaría tener voluntad para escribir realmente sobre el tema, algún día.

mayo 30

Esta noche, caminando bajo la luna, entre los pinos, oyendo los ladridos remotos y el murmullo de los pájaros que se acomodan en los árboles sentí que la noche habla, en voz baja pero de modo muy elocuente. Y no sólo habla en verso, como creía de chico.

Libertad. Libertad de prensa. Libertad de cultos. Libre empresa. Todos estos estandartes dorados del mundo llamado democrático —lo mismo que la palabra democracia, que de tan útil para cualquier cosa hace ya dos mil quinientos años que no significa nada— son valores del individuo considerado a partir de un cierto estadio de su desarrollo económico e intelectual; son, en rigor, valores del burgués. Valores legítimos, valores que yo, como burgués, no puedo menos que compartir y hasta defender. Pero no son valores universales. El burgués de buen corazón defiende, digamos, la libertad de la prensa para informar sobre la miseria, la discriminación racial, etcétera, y cree que con esto defiende un derecho esencial. No. El derecho esencial es el del pobre y el discriminado a dejar de serlo.

Estos corazones piadosos luchan, honradamente, para que los diarios y la televisión muestren la realidad tal como es. Enhorabuena. Lástima que lo único que les importa es no cambiar esa realidad.

junio 10

Mi computadora se llama Ligeia. Lo que no la mejora en nada.

De pronto, escribiendo unos apuntes inconexos para alguna futura nota en el Clarín, tuve algo bastante parecido a una revelación.

Me ofrecen escribir lo que quiera. ¿Lo que quiera? Conozco muy bien lo que eso supone, lo conozco de memoria. Dije como siempre que sí, que no, que voy a ver, escribí una o dos cosas como para quedar en paz sin tener que rendirle cuentas después a mi conciencia. Pero, ¿y si me dispusiera a escribir por lo menos parte de lo que sí quiero?, ¿y si hiciera de una columna de diario lo que hicieron tipos como Barrett, como Arlt? Tengo 57 años y bastantes más cosas que decir que unos cuantos escritores que conozco. Bastaría escribir una primera serie de notas muy pensadas; conseguir que se hagan módicamente “populares”, como para dar pie a las otras... No sé.

Todo esto sólo significa: aceptar con humildad que lo que se escribe pueda servir para algo. Estoy harto de hipocresía, de banalidad: estoy harto del circo literario. Sería cuestión de trabajar en esto con la honradez de un escritor religioso como Léon Bloy, de un anarquista como Rafael Barrett. Sobre todo, significa aceptar el privilegio de escribir, desde la responsabilidad y desde la ética.

Tomar en serio la literatura sin tomarse en serio a uno mismo. Usar para algo lo que nunca me costó conseguir.

Las cartas del último Hesse. Qué significan, si no la conciencia que toma un escritor de sus palabras.

junio 11

Todo lo que esta fecha significaba hace más de treinta años...

También un 11 de junio se editó El otro Judas. Pero para ese entonces yo ya había dejado de ser yo. Bettina, a fin de cuentas, tuvo razón.

más tarde

Intento leer a Kawabata. Me aburre. Hace tiempo había leído País de nieve: me gustó mucho, también El sonido de la montaña, pero tengo mucha más afinidad con Akutagawa o con Kenzaburo Oé. También con Mishima: Confesiones de una máscara es un hermoso libro. El pabellón de oro, lo empecé con verdadero interés, y pienso continuar.

junio 12

Eso que anoté hace unos días en San Pedro, eso de Barrett y Hesse, lo que llamo “revelación”, expresa muy pobremente lo que sentí. No sólo muy pobremente sino muy enfáticamente. Da toda la impresión de ser falso; por otra parte, es falso. Lo dejo escrito ahí para castigarme y recordarlo; debí de estar atacado de una especie de locura mesiánica para imaginar que esas palabras apostólicas, escritas en San Pedro, tenían sentido en Buenos Aires.

junio 13

Terminando con desgano Las maquinarias de la noche.4 Lo entrego la semana que viene.

Mis libros cada día me gustan menos. Nunca me gustaron demasiado; pero antes esperaba a que se publicaran para sentirlo. He comenzado a mirar Los ángeles azules. Está mal. Si se empieza en ese tono, se corre el riesgo de no remontar nunca hacia la seriedad. Recordar lo que decía Gombrowicz sobre esto.

junio 21

Terminé Las maquinarias. Ayer, revisando mi memoria, me encontré con que tengo unos quince cuentos a medio escribir o por escribir. Esto me sacó cierto peso de encima, pero no consiguió darme alegría. La publicación de Crónica sigue haciendo estragos en mí; no puedo evitarlo. Como si lo único que tuve en la vida hubiera sido su postergación: el estar escribiéndola. Y ahora está ahí, sobre ese sillón.

Un libro propio, editado, es un puro objeto: una cosa muerta. Una cosa más entre las cosas.

Un hombre mayor compra sin saber por qué un libro en una librería de viejo. El libro tiene páginas subrayadas que lo intrigan o lo inquietan. Son de una persona muy joven. Quisiera saber cómo era el dueño de ese libro. El libro fue suyo.

En una ciudad un hombre busca en la guía de teléfonos el nombre de una mujer que conoció hace años. Lo encuentra. Se da cuenta de que ya no puede leer esos pequeños números...

Las larvas

La planta perversa

La chica de la cartera de rafia

junio 23

Leo otra vez lo que escribí el diez y el once. Creo saber lo que pasa. La computadora me produce, a priori, una agobiante sensación de insinceridad. Todo puede ser modificado más tarde sin que quede ningún rastro, no como en los cuadernos, donde por otra parte ni siquiera puedo releerme a causa de mi letra. Trato entonces de demostrar probidad diciendo un poco más de lo que pienso, para que nadie pueda pensar que me censuro. ¿Pero quién es nadie? Entonces la pregunta es la misma de siempre: ¿para quién escribo este diario? No para mí.

De cualquier modo, en los cuadernos de mi juventud también tachaba, arrancaba páginas, las reescribía y las intercalaba, y lo sigo haciendo. La diferencia es física. Las tachaduras de los cuadernos quedan ahí, las páginas arrancadas, las modificaciones me permitían y me permiten recordar el original.

Todo lo que quizá es bueno para escribir ficciones en una máquina de éstas, se vuelve dudoso al escribir un diario.

Intento, hace dos noches, releer las cartas de Artaud. Muy terribles, algunas casi insoportables: aquéllas en que habla de los electroshocks, por ejemplo. Y sin embargo hay algo que no me conmueve en su locura, me pregunto por qué. Lo comparo con Van Gogh o con Hölderlin y lo siento hostil.

junio 24

Otra vez en San Pedro.

Entre las compensaciones que brinda esta casa hay que contar la salamandra. He tirado tantas cosas al fuego que casi comprendo a los piromaníacos; entre otras, quemé la copia a máquina de Crónica —no la copia vieja, que de hecho es el original, a la que le tengo un misterioso apego—, y espero seguir con todo lo que encuentre a mi paso. Mientras escribo esto, la salamandra bufa: bufa de verdad. Hace ruido como un alto horno. No sé qué temperatura hay afuera, pero acá es pleno verano.

junio 30

En Buenos Aires. La idea de que Sylvia tenga que operarse me resulta insoportable. No quiero preocuparla. No tengo miedo de que pase nada, pero igual es algo que no tolero. Dos días enteros durmiendo.

Fuimos a votar. Es fantástico cómo, a la larga, uno termina por aceptar casi con alegría las ficciones de la democracia.

Como más o menos decía Bernard Shaw, la democracia sirve para probar que los pueblos tienen el gobierno que se merecen.

Miro a mi gato Agustín dormir sobre un zapato y no puedo evitar la idea de que somos seres completamente absurdos.

julio 2

Anoche, leyendo a Tolstói. Su impresionante idea del arte como juego. El animal juega con sus saltos, y el hombre juega haciendo versos o música. Lo considera legítimo y hasta hermoso, “porque aumenta las alegrías del hombre”, pero de pronto agrega —y es como ver despertarse a un gigante— que el juego sólo es posible si se ha comido. Mientras todos los hombres no estén alimentados habrá dos artes: el de las clases superiores, que comen, y el otro, imperfecto y brutal, el de los hambrientos. Y sigue, se despereza y sigue. La conclusión es ésta. El arte superior, hoy, sólo es legítimo si vale para todos: mientras no coman todos, el arte sólo se justifica si por lo menos puede darle algo de alegría a todos.

julio 11

Hace unos días murió Daniel Moyano. Siempre sentí un gran cariño por él, un cariño ambiguo. Lo conocí, lo mismo que a Santiago,5 en aquel viaje a Córdoba del 61, y, sin duda, algunas de las cosas que le atribuyo al jujeño pertenecían a Daniel. Ellos eran muy amigos. Recuerdo una reunión en la facultad de Derecho o de Medicina, en Buenos Aires, años más tarde. Ese día me decepcionó y hasta sentí su agresión. Un imbécil que se creía Lukács había definido peyorativamente sus cuentos como “fantásticos y kafkianos”, y yo intenté defenderlo, diciendo que lo kafkiano o lo fantástico, en un escritor argentino como Moyano, debía leerse con referencia a la realidad de nuestro país. A Daniel no pareció gustarle, o tal vez, ahora, lejos de aquellos días en Córdoba, quien ya no le gustaba era yo. Dijo de inmediato que él no se proponía testimoniar nada, que él escribía ficciones y que estaba alejado de cualquier cosa que pudiera ser tomada como literatura comprometida. En ese tiempo yo ya no era el “chango” un poco demente y autor de ningún libro que él conoció en Córdoba, y venía a ser algo así como un transmisor homeopático del existencialismo ateo en el mundito intelectual porteño. Traté de explicarle que yo tampoco creía en la literatura comprometida en un sentido político trivial, que lo que estaba intentando era, justamente, defender el valor, incluso testimonial, de la llamada literatura fantástica. No me entendió ni tenía ganas de entenderme. Tuve la impresión penosa de que no quería contaminarse conmigo ni con ideas izquierdistas. Me callé la boca y no intervine más. Después, en los años setenta, él se exilió en España y una de las pocas veces que lo vi parecía haber aceptado el rol de escritor perseguido políticamente por la dictadura. También hizo unas declaraciones un poco absurdas, que me tocaban de cerca, pero a las que no quise contestar.

La última vez que nos encontramos, grandes abrazos. Otra vez gran cariño, me pareció. Se acordaba perfectamente de aquel viaje a Córdoba, de nuestros encuentros, de Santiago y quería realmente saber si terminaría mi novela. Ahora no sé si alcanzó a leerla. Creo que en el fondo me quería un poco. O seguía queriendo al otro, al “chango” del sesenta.

Un muerto más. Piazzolla. Fuimos un poco amigos y compartimos una cierta época delirante en la que parecía no haber más que whisky, música y mujeres. Recuerdo la noche en que cambié radicalmente mi opinión sobre su música. Esa noche habíamos ido con Egle a Gotán. Lo oí (lo vi) tocar. Fue una impresión monumental. Desde entonces, lo admiré. No me gustaban sus ideas sobre el mundo en general, si es que ciertas tonterías que declaraba pueden llamarse ideas. Era una combinación inolvidable de talento prodigioso e ideas inservibles.

Me afectó mucho más la muerte de Moyano. Tal vez por la edad. Daniel tenía poco más de sesenta años.

julio 23

Como si la novela siguiera operando de un modo furtivo sobre la realidad. Guerri, el personaje que Lalo tira por la ventana en uno de los capítulos de Crónica, está tomado de la realidad: se llama Rafael San Martín y lo conocí a principios de los sesenta en la casa de Nini Gómez o de Lea Lublin. Más o menos por la misma época en que vi por primera vez a Egle Martin y a Lalo Palacios. Recuerdo que me cayó muy mal por más que todo el mundo dijera con entusiasmo que había peleado junto a Fidel Castro en Sierra Maestra. Efectivamente lo llamaban “Guerri”, es decir: guerrillero. Nunca pude justificar el malestar que me causaba. Algo hizo que lo pusiera, jugando un papel más bien indecoroso, en mi novela. De ahí la escena de la ventana, en la fiesta del Cerro.6

El caso es que resultó ser realmente un hijo de la chingada, como decía mi amiga mexicana. Es un delincuente común, raptor de un chico. Estos días su cara anda en todos los diarios y en todos los canales de televisión.

septiembre 2

Anoche, conferencia en el teatro San Martín. Qué es la literatura. Unas doscientas personas: no deja de ser raro que haya doscientas personas a quienes les interese qué es la literatura. Lo de siempre: mi histrionismo, aplausos. Por lo menos tuvo la virtud de que no me repetí demasiado.

Lo que acabo de escribir es falso. Lo hago por coquetería, para simular lucidez y cinismo. Lo de anoche estuvo bien, ésa es la verdad; dije lo que pensaba y lo dije sin especular demasiado con el efecto que podía causar. Todavía estoy solo en casa. De una manera inexplicable, esto —me refiero al hecho de estar solo— me hizo bien. Pude reflexionar. La vaga sensación de que algo empieza a ser como debe ser, como debería haber sido siempre.

septiembre 3

Estuve hojeando mis diarios de cuando tenía 20 y 30 años. Pasar esos cuadernos en limpio, aparte del supersticioso terror que la idea me causa, sería una buena manera de ponerme a escribir, siquiera sea en el sentido mecánico de la palabra. Vi, al pasar, una anotación increíble. Me preguntaba: ¿terminaré la novela este año? La novela, claro, era Crónica de un iniciado, y “este año” era 1965…

Si consigo pasar mis papeles en esta máquina es probable que me acostumbre a ella. No puede ser más malo que saltar del manuscrito a la máquina de escribir. Por lo pronto, no tengo por qué dejar de escribir a mano. Cosa que podría empezar a hacer ahora mismo con Los ángeles azules.

No tiene nada que ver con lo anterior, pero en alguna parte debería haber unas hojas donde, hace años, anoté unos cuantos apuntes breves. No sé para qué quiero esas hojas, ni siquiera sé si las quiero, pero me gustaría encontrarlas.

Encontrar algo que creo perdido es una de las cosas que más me tranquilizan en este mundo.

septiembre 10

Sylvia está de vuelta en casa. Por fin puedo escribirlo. Todo salió bien. Todo empieza a ser como debe ser. Dormí varios días seguidos. Todavía no me siento real.

Orden en mis cosas, empezando por los libros. Estuve buscando Las confesiones de un hijo del siglo de Musset; no consigo encontrarlo. Era una linda edición. Vaya a saber por qué, pero en los últimos tiempos no he hecho más que leer mis libros de adolescencia, casi de niñez. Melpómene, La amada inmóvil, Heinrich von Ofterdingen, el Ritusamhara, Residencia en la Tierra, Los cuadernos y las poesías de André Walter. Hasta me le animé a El cansancio de Claudio de Alas (!). También releí los diarios y los cuadernos en octavo de Kafka, y La náusea. Casi una síntesis de mis “años de aprendizaje”, de mi Bildungsroman privado. Sólo me faltaron Poe, Rilke y El lobo estepario.

Leyendo La náusea tuve la certeza —la misma, por otra parte, que tengo cada cuatro o cinco años— de que es una de las grandes novelas del siglo xx.

Una sensación vagamente parecida a la paz.

Encontrar ahora el libro de Musset sería más o menos como ser eterno. Todo estaría acá, en el presente.

más tarde

Casi dos horas buscando, en el cuarto de arriba, el libro de Musset. Decididamente, no está. Mi última esperanza es San Pedro. En compensación, encontré Mijail, de Panait Istrati. Una edición casi destruida. Tendría que hacer una lista de viejos libros que quiero reponer. Me gustaría una habitación con el doble de tamaño de ésta, para hacer una biblioteca donde pudiera tener todos los libros a la vista. O desprenderme de una cantidad de libros innecesarios. Que se volverían necesarios y seguramente imprescindibles al minuto y medio de haberme desprendido de ellos.

septiembre 11

La verdadera significación de El Aleph, de Borges: los celos del narrador, que explican el porqué de que niegue rencorosamente haber visto el Aleph.

Borges, en 1983,7 me negó esta interpretación: no quería saber nada, al principio, de que el tema central del cuento fuera el amor. Después pareció admitirlo con reticencia y desgano, y finalmente con asombro.

Entonces dijo aquello, tan hermoso para mí.

septiembre 12

Es decir, las siete de la mañana del 13. Esta noche, hablando con Claudia Melnick y con un “escritor joven” (las comillas son un exorcismo: simulo no haber llegado aún a la etapa de mi vida en que la palabra joven me resulte natural, aplicada a los otros). Claudia Melnick tiene talento o eso creo; también tiene una hija muy chica a la que debe criar. Bastante típico en las mujeres jóvenes argentinas que escriben. Separación, hijo. A él lo he leído mal, no puedo juzgarlo. Tiene treinta y tantos años, a esa edad se puede ser joven únicamente en un país atrasado como el nuestro; pero parece un adolescente: una característica de toda esta generación. No se trata del aspecto físico, sino de su relación con la literatura y con el mundo. Hablamos de esas inútiles reuniones literarias que hacen los escritores de Editorial Sudamericana y le pregunté por qué no les daban un sentido, por qué, en vez de aburrirse o discutir, no aprovechaban, por ejemplo, para leerse algo entre ellos. Me preguntó si estaba loco.

En suma, piensa que leer un texto a medio terminar es arriesgarse a que se lo roben; le parece muy natural pensarlo y me confesó que es lo mismo que sienten muchos de ellos. Resulta cómico. No sé si es candor o algo más grave; por lo menos es falta de imaginación. ¿Qué clase de escritor puede tener miedo de que le roben algo esencial? Como si la literatura fueran los temas o las anécdotas, y no lo que cada uno hace con eso.

Hay que imaginar a Tolstói diciendo: “Ando con ganas de escribir la entrada de Napoleón a Rusia”, y temiendo que alguien le robe la idea. Le recordé las lecturas que siempre han hecho entre sí los poetas, los novelistas. Daba la impresión de no creer que semejante cosa fuera posible en el mundo real.

No debe ser difícil desorientarse siendo un escritor joven en un país como el nuestro. Están atentos a demasiadas cosas inútiles: el Mercado, su propia juventud que parece obligarlos a actuar de un cierto modo, en un medio que ya no se escandaliza por nada y que, de hecho, no le presta atención a casi nada, y encima la sensación de que el gran arte carece de sentido, la imposibilidad, justificada, de pensar el mundo como imago. Quieren que se los “conozca”, pero no tienen la menor idea de por qué. Quieren sentirse existir, y creen que el éxito literario sirve para eso. Ni siquiera se avergüenzan de la palabra éxito.

Habría que recordarles aquella broma de Chéjov:

—Debo de haber escrito una obra muy mala, porque todos la aplaudieron.

Broma, dicho sea de paso, hasta por ahí nomás.

Edgar Poe dijo una vez que amaba la fama; simulaba despreciarla, pero la amaba. Puede ser. Una cosa es amar y otra perseguir. En nuestro país, Roberto Arlt podría haber dicho algo parecido, si es que no lo dijo. Sin embargo, Arlt no buscaba la fama, no hacía nada por conseguirla. Seguramente, en sus mejores momentos, se sentía una especie de fatalidad. Y en los peores, un fracasado.

Porque también hay otra pasión del mismo orden pero de signo inverso: el miedo al fracaso. Cuando este miedo tiene un origen legítimo, compromete entero a un hombre. Es la existencia misma lo que se pone en juego.

Tema de cuento:

El tema del corrector de estilo, o mejor, eso que los ingleses llaman editor. Él sabe que en esos libros que andan por ahí y que todos admiran está su mano, su editing. Sabe lo que le deben y lo que él ha hecho por el éxito de los demás. Sabe que, sin embargo, él no podría escribir un libro, aunque fuera imperfecto. Tal vez, es el editor de un solo autor, de un cuentista o un novelista.

Como siempre, me reconcilio con Arlt leyendo Los siete locos. Es un libro asombroso. En alguna parte debo de haber anotado algo que me pasó hace un tiempo en San Pedro. Había ido solo, por unos cuantos días, y decidí releer de un tirón Los siete locos y Los lanzallamas, con la intención de seguir con Sabato, Bioy y otros escritores argentinos. No pude hacerlo; después de leer a Arlt, todos me parecían pasados por lavandina.

septiembre 16

Hay verdades tan evidentes que basta pensarlas para perder las ganas de comunicárselas a nadie.

Escuchando a Ligeti. Antes, a Darius Milhaud y a Schönberg. La música, casi cualquier música, si me gusta, es algo así como un país para mí, un lugar al que vuelvo sin darme cuenta o en el que me despierto de pronto. La palabra despertar, sin embargo, no es exacta.

La música debe escucharse a solas.

septiembre 17

Cansado y disperso. Duermo mal. He aceptado dos trabajos delirantes: un ensayo sobre Horacio Quiroga,8 para una colección de clásicos contemporáneos que se publica en Francia, y un artículo, que me pide Silvia Hopenhayn, sobre los intelectuales y el poder. Delirantes porque no tengo ganas de hacerlos, no por los temas. Al contrario. Sobre Quiroga, en alguna parte, tenía un esbozo de ensayo que podría retomar, completándolo mucho. Me dieron veinte días, voy a ver. El otro, si me decidiera, podría resultar una especie de editorial de El Escarabajo de Oro, veinte o treinta años después.

Seguramente no hay un solo acontecimiento en la vida de un escritor, por mínimo o circunstancial que sea, que no sirva para explicar algún aspecto de su obra. Sin embargo, hay escritores que sólo parecen ser las palabras de sus libros y hay otros que son fundamentalmente la leyenda que ellos y nosotros hemos tramado con su vida. Hemingway es la Guerra Española, el whisky, Marlene Dietrich, peces espada y también sus novelas; Goethe o Thomas Mann pudieron haber sido de cualquier manera, nos basta con el Fausto o La montaña mágica. Malcolm Lowry, sobrio, sería inconcebible: Under the Volcano, escrito por un novelista abstemio, nos resultaría un escándalo prodigioso, una irreverente prueba de habilidad literaria. Escrito por Lowry es exactamente lo que debe ser: una novela infernal. Horacio Quiroga pertenece a este segundo grupo. Quiroga es el suicidio de su padre, la selva misionera, la muerte de su mejor amigo, su fascinación por las mujeres casi niñas y su propio suicidio. También es “El almohadón de plumas”, “Una bofetada” o “Los desterrados”; también es, si se quiere, el “Decálogo del perfecto cuentista” —y sobre todo es bastante más que esto: es el fundador de la literatur ...