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DIECINUEVE GARRAS Y UN PáJARO OSCURO

Agustina Bazterrica  

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Fragmento

Me subo al taxi en Alem al novecientos. Tiro en el asiento la cartera, la bolsa con ropa, la carpeta con los apuntes y el sobre con recibos. Digo, buscando mis guantes, A Flores, Bilbao y Membrillar. Nombre estúpido Membrillar, poco serio. Me imagino a un prócer adicto a los dulces en latas de conserva. ¿Agarramos Rivadavia o Independencia? No encuentro los guantes, y tardo en contestar. Me da igual, agarre por donde quiera. Por Independencia hacemos más rápido, señora. ¿Señora? ¿Me dijo señora? Encuentro los guantes, me calmo, no contesto. Señora, agarro Independencia, entonces. Sigo sin contestar.

Miro el taxi. Cenicero vacío, limpio; cartel de “Pague con cambio” sin el por favor, ni el gracias; chupete rosa colgando del espejo delantero; perro sin dignidad que mueve la cabeza diciendo que sí a todo, a todos. El halo de limpieza detenida, de orden calculado, me exaspera. Me saco los guantes. Busco las llaves, las guardo en el bolsillo del tapado. La vejez disimulada me irrita. Miro por la ventana. Tengo sueño.

¿Le molesta si pongo música, linda? Lo miro con desconcierto. ¿En qué momento pasé del señora al linda? ¿Fue la magnitud de la avenida 9 de Julio la que hizo que su cerebro hiciera las conexiones incorrectas? ¿Fue mi pseudointerés por su hábitat natural lo que hizo que dejara de lado las formalidades? Me da igual, contesto. Pone cumbia, y no me da igual. Miro los datos del taxista para saber con exactitud el nombre que tengo que maldecir internamente. Pablo Unamuno. Me sorprende la ironía del caso. Nunca hubiese imaginado que el portador de un apellido tan ilustre fuese adepto a la cumbia. Me río de mi elitismo imbécil. Descruzo las piernas tratando de disimular. Lo miro. La foto es reciente o el señor Unamuno usa la

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